La historia se mide por épocas, pero se confabula en un instante. ¿Qué hubiera pasado si el canal estatal de televisión hubiese llegado puntualmente a la cita el 17 de julio de 1980? La televisión llegó tarde y pidió a los líderes del Consejo Nacional de Defensa de la Democracia (Conade) que repitieran la lectura de la convocatoria a la resistencia del golpe fascista de Luis García Meza.
Al confirmarse la noticia del estallido del golpe en Trinidad, el Conade se reunió de emergencia en la sede de la Central Obrera Boliviana (COB) y tras un corto debate aprobó una resolución convocando a la huelga general, el bloqueo de caminos y la resistencia activa a la asonada fascista.
«Cuando nos estábamos retirando para pasar a la clandestinidad, llegó la televisión y nos pidió a los miembros del presidium que volviéramos a nuestros lugares para repetir y grabar la lectura del comunicado”, rememora Óscar Eid, uno de los protagonistas de la fatídica jornada.
Así lo hicieron, como atestigua una foto histórica, la última en la que se ve al líder socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz con vida.
Los rostros y las miradas de los líderes de la resistencia reflejan la gravedad del momento. El minero Simón Reyes da lectura al comunicado, flanqueado por Óscar Eid, con los ojos cerrados y el pensamiento en otra parte, y Juan Lechín Oquendo, con la cara petrificada.
Sólo el padre Julio Tumiri, presidente de la Asamblea de Derechos Humanos, parece atento a la lectura del documento, junto al fabril Óscar Sanjinés, mientras Carlos Flores, de traje y corbata, detrás de Quiroga Santa Cruz, parece ajeno a su destino.
Pero es la mirada de Marcelo Quiroga Santa Cruz la que revela el presagio de la mala hora.
Reyes no había terminado de leer –releer– el comunicado para la televisión cuando irrumpieron los paramilitares de García Meza y Luis Arce Gómez, disparando ráfagas de ametralladora.
«¡Estamos desarmados!”, gritaban los dirigentes políticos y sindicales para evitar la masacre. Mientras bajaban las escaleras con los brazos en alto, un paramilitar reconoció a Quiroga Santa Cruz. «¡Es éste!”, dijo, vaciándole el cargador de su arma. «Iban por él”, rememoró Eid. Junto al socialista, cayó Flores.
Querido compañero Gato (Juan Carlos Salazar): Decía el Comandante de América, en respuesta, a una señora Guevara que le preguntaba si eran parientes, «no creo que seamos parientes muy cercanos, pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos compañeros, que es más importante”.
Te ví en el programa Pentágono y observé tu reacción cuando alguien hizo referencia a las majaderas acusaciones que le hicieron a nuestro común y digno amigo Raúl Peñaranda sobre su parentela. A los parientes uno no los escoge, dijiste, a los amigos sí.
Dicen algunos aprendices de genealogías que los Salazar de Bolivia, sean éstos de Tupiza o de La Paz, provienen de un ilustre capitán granadino que vino a estos lares en la famosa expedición que trajo mujeres de España a Paraguay. Pues algún cura comedido convenció al Gobernador de que los varones vivían en pecado al acostarse con las indianas y corrían el riesgo de la excomunión, lo que era un decir, porque a pesar de que sí se envió damas españolas, el mestizaje continuó, sin que nadie pueda limitarlo.
Hernando de Salazar se llamaba ese capitán que llegó en 1552 a Asunción y fue muy amigo, y posteriormente concuñado, de otro capitán, Ñuflo de Chávez; juntos fundaron lo que se conoce como Santa Cruz de la Sierra.
Queda establecido entonces que no somos parientes, pero tal vez lo somos por culpa del muy proficuo Don Hernando. Pero lo que sí somos, es amigos y compañeros.
Como amigo y compañero he sentido íntima satisfacción por tu designación como director de Página Siete, pues conozco de tu profesionalismo y de tus convicciones. Recuerdo esas peligrosas jornadas que, con Andrés Solíz Rada, Juan León Cornejo, Víctor Hugo Carvajal, Jean Leclere du Sablon, tú y otros periodistas comprometidos, cada lunes sacábamos el semanario del Sindicato de la Prensa, luchando contra las adversidades de un contradictorio Gobierno que nos dio esa posibilidad y que, a la vez, nos la negaba mediante oscuros artificios.
Ahí nos forjamos en la lucha. Muchos, como Andrés y yo, terminamos presos; finalmente, ya con la dictadura de Banzer, todos salimos al largo exilio. Nuestro delito era ser periodistas. Fueron esos gobiernos autoritarios los que convirtieron a toda esa pléyade de periodistas en compañeros y, como dice Guevara, eso es lo que importa.
Nos volvimos a encontrar, junto con Cucho Vargas, Chichi Solís y Pachi Ascarrunz, en la fundación del diario Hoy. Aún conservo una fotografía en la que, como siempre, estas sonriente, pero sin barba, al lado de Pepe Luque y Mario Cañipa.
Hay que resaltar, en este breve recuento, al matutino Presencia de las primeras épocas, sementero fecundo de periodistas, donde muchos nos formamos y llegamos a lo que ahora somos. Me vienen a la memoria Juan Javier Zevallos, Juan León, Alfredo Arce, Humberto Vacaflor, Jaime Humérez, Alberto Bailey, Norah Claros, Luis Ballivián, Raúl Rivadeneira, José Luis Alcázar, José Vidaurre, Pedro Shimose, Alfonso Prudencio, Luis Peñaranda, Juan Quiroz, Hernán Maldonado, los hermanos Carvajal y otros, incluyendo tu propio breve periplo por ese gran periódico.
A propósito, he dejado para el final mencionar al gran forjador de esa hornada de periodistas -no comunicadores, como bien lo distinguiste- Don Huáscar Cajías. Con cultura excepcional, paciencia, buen humor, disciplina y gran sentido de la pedagogía, ese maestro hizo del periodismo en Bolivia, como diría Alejo Carpentier, «una maravillosa escuela de flexibilidad, de rapidez, de enfoque concreto; de ahí que todo buen periodista debe manejar el adjetivo con virtuosismo que, a veces, no tiene el novelista detenido en sus cuartillas…”. Sobre todo, don Huáscar nos enseñó lo más valioso que poseemos: a tener convicciones y luchar por ellas.
He aquí un ejemplo a seguir en tus nuevas responsabilidades. Cajías, con serenidad y aplomo, supo salir airoso de una serie de embates, desde atropellos a sus periodistas, intimidaciones hasta la increíble censura gubernamental dentro del periódico mismo.
En Bolivia, no sólo ahora, ser periodista es enfrentarse a los riesgos de las amenazas en algunos casos, las agresiones en otros y, finalmente, la intolerancia de quienes creen que el manejo de la cosa pública les otorga una impunidad permanente. Hay un par de ellos que –amenazadoramente– no sólo aconsejaban a que andemos con el testamento bajo el brazo, sino que proclamaban quedarse por 20 años en el poder. Hoy están terminando sus días en la cárcel de Chonchocoro.
Este periodista heteróclito que te escribe, tu amigo, no tu pariente, pero sobre todo tu compañero, te desea lo mejor en esta nueva aventura. Cuenta con todos y cada uno de los que he mencionado, aún con aquellos cuya presencia terrenal extrañamos.
Después de medio siglo de trayectoria en el campo del periodismo, tanto en América Latina como España, Juan Carlos Salazar del Barrrio asumió un nuevo desafío en su carrera profesional: ser el director de Página Siete, con el objetivo de consolidarlo como un diario de referencia en el país, manteniendo la línea independiente y plural con la que fue fundado.
Si bien durante 12 años trabajó como Jefe del Servicio
Internacional en Español de la agencia DPA, asegura que su nuevo cargo será uno
de los mayores retos por ser su primera experiencia como director de un medio
en Bolivia.
“Es un reto personal. Siempre se aprende en la vida, y yo
aprenderé de mis colegas y de este nuevo ejercicio profesional”, asegura.
¿Qué objetivos se
ha trazado al asumir este cargo?
En primer lugar quisiera decir con toda claridad que voy
a mantener la línea editorial del periódico, de independencia y pluralidad que
lo ha caracterizado.
Pero así como los periodistas estamos obligados a buscar
la verdad por inalcanzable que sea, creo
que también estamos obligados a buscar un periodismo de excelencia y ese es uno
de mis propósitos principales en el ámbito laboral.
Creo que Página
Siete ya es un diario de referencia, pero hay que seguir trabajando y tengo
algunas ideas y proyectos que voy a proponer a los redactores, porque sin un
equipo no se ,lo puede hacer.
¿Por qué decidió
aceptar este cargo?
Es un lindo reto. Yo me había jubilado el 31 de diciembre
de 2010, después de trabajar casi 40 años en la agencia alemana DPA, y había
decidido volver a Bolivia para hacer las cosas que el periodismo, que es una
profesión tan agitada, no me había dejado hacer durante tanto tiempo.
Tenía libros en la mente que empecé a escribir y también
cumplir un viejo deseo de estudiar historia, pero bueno, Página Siete me tentó y agradecí la confianza. Para mí es un honor
que hayan pensado en mí. Asumo el reto con mucho entusiasmo y responsabilidad.
¿Cuál será su
estrategia para dirigir Página Siete?
A mí no me preocupa la línea editorial porque no debería
ser una preocupación. Es decir, la Constitución Política del Estado garantiza
el derecho a la libre expresión, el derecho a la libre opinión y libre
interpretación.
Me preocupa esa percepción en determinados sectores de la
sociedad –y creo que nos debería llamar a la reflexión– de que el ejercicio del
periodismo independiente es un riesgo. En una sociedad democrática, en un Estado
de Derecho no cabe o no debería caber ese temor.
¿Cuál será el
mayor desafío en esta gestión?
El mayor desafío es eminentemente profesional,
precisamente seguir levantando el periódico, buscar su consolidación como
diario de referencia que es, ampliar su auditorio y mercado de lectores.
El periódico tiene tres años y tengo entendido que ya
está saliendo de las dificultades iniciales que tiene todo diario al empezar,
y no tengo duda de que eso va a ser
posible. Página Siete tiene un buen
equipo de periodistas y simplemente hay que lograrlo.
¿Cómo ha visto el
crecimiento de Página Siete durante
estos tres años?
Bien, muy bien. Recuerdo que para el primer aniversario,
Raúl Peñaranda me había pedido un artículo y le decía que el reto de un diario,
ante la crisis de los medios tradicionales, era hacer el diario del día
siguiente con la frescura del día de hoy.
Yo creo que Página
Siete ha trabajado mucho en ese sentido y lo ha logrado, porque es difícil
hacer hoy un diario, por una razón elemental: cuando un diario llega al puesto
de venta, el lector ya está enterado de lo que pasó en el país, lo vio un día
antes en Internet, en radio o en televisión, así que hay que darle una razón muy
poderosa al lector para que compra el
periódico. El lector tiene que encontrar algo que no haya visto en otros medios digitales.
Mi idea esa: hacer el periódico de mañana con la frescura
de hoy. Ese es un reto importante y hay que intentarlo.
¿Qué expectativa
tiene con todo lo que se viene ahora?
Estoy muy contento con las reacciones que estoy viendo en
las redes sociales. Francamente no me las esperaba y veo un amplio apoyo, la
gente me llama para darme ánimo.
Mis expectativos simplemente son trabajar para consolidar
el periódico, expectativas netamente profesionales
que espero conseguirlas.
Página Siete – 1 de septiembre de 2013
Raúl Garafulic: “Salazar tiene una de las más nutridas
carreras periodísticas”
El presidente del Directorio de Página Siete, Raúl Garafulic, afirmó ayer que la designación de
Juan Carlos Salazar como sucesor de Raúl Peñaranda tiene que ver con su
“nutrida carrera periodística”, desempeñada desde los años 70.
Garafulic afirmó que después de haber evaluado algunos
nombres de mucho prestigio y experiencia, “creemos que con Juan Carlos Salazar Página Siete ha hecho la mejor elección
posible”.
¿Cuáles son las
razones para la elección de Salazar?
Salazar tiene una de las más nutridas carreras periodísticas que conozco y llegó a ser
director del Servicio Internacional en Español de la agencia noticiosa alemana
DPA. Él es un hombre que conoce y maneja muy bien los secretos de la profesión. En los últimos
años fue el brazo derecho del padre José Gramunt en el manejo de la agencia
Fides, por lo tanto está perfectamente interiorizado del acontecer noticioso
nacional.
¿Qué dice de su
calidad humana?
He conversado con varias personas que trabajaron con él y
todos destacan su extraordinaria calidad humana y por ello le será fácil
integrarse al equipo de trabajadores de Página
Siete. Además, es un hombre que ejercerá con comodidad la representación del periódico ante las
diferentes instancias de nuestra sociedad.
¿Cuáles son los
desafíos?
Su trayectoria periodística garantiza que mantendrá una
línea de pluralismo e independencia, con la necesaria dosis de valentía que
requiere la dirección de Página Siete.
Además, fue el propio Raúl Peñaranda uno de los que lo recomendó para el cargo.
¿Será fácil
criticar a Salazar?
Juan Carlos fue expulsado de Bolivia por las dictaduras
militares y vivió fuera del país durante 40 años, así que no tienen
vinculaciones que lo expongan a ataques e injurias que puedan ser utilizados
contra él.
“¿Dónde y en qué momento nos hemos
distanciado?”, preguntaron los ministros Carlos Romero y Walter Delgadillo a
Rafael Quispe en los días previos a la represión de la VIII Marcha del TIPNIS
en Chaparina. Aún antes de los sucesos del 25 de septiembre, el gobierno era
consciente del divorcio que se había producido entre el «presidente indígena» y
sus «bases originarias» de Tierras Bajas. Como «en el jardín de los senderos
que se bifurcan» de Jorge Luis Borges, era evidente que Evo Morales había
tomado la senda equivocada. «Ahora tenemos un presidente con rostro indígena,
pero con un pensamiento neoliberal y un corazón de dictador», era la
significativa conclusión del decepcionado Rafael Quispe, dirigente de una de
las organizaciones que contribuyó activamente al ascenso de Morales al poder.
Chaparina, el arroyo que separaba a los
marchistas de los colonizadores en estado de apronte, no era precisamente el
Rubicón, pero sí el gran obstáculo que debía cruzar necesariamente Evo Morales
en su declarada decisión de construir la carretera por el corazón del
territorio indígena del Isiboro Sécure. Está claro que no pudo sortearlo y que
naufragó en sus aguas. La intervención policial no solucionó el conflicto. Por
el contrario, removió y echó sal a las heridas abiertas en el proceso previo,
potenció la causa del movimiento reivindicador y desnudó de manera dramática al
gobierno en su pretensión de mantenerse como adalid de los derechos indígenas y
de la Madre Tierra.
Virtualmente paralizado y actuando a remolque de la
situación, Morales tardó más de 24 horas en comparecer ante la opinión pública
para dar una explicación sobre el violento suceso, otras 24 para pedir
disculpas a los indígenas por la «imperdonable» represión y 24 horas más para
pedir perdón, como correspondía, dada la gravedad de los hechos. Su rostro,
habitualmente impenetrable, apareció en las tres ocasiones nublado por la
preocupación. Y no era para menos. Era la segunda vez en nueve meses que debía
dar marcha atrás e intentar una rectificación del rumbo, en medio de una aguda
crisis política. Si el «gasolinazo» de diciembre del 2010 había marcado un
primer punto de inflexión en el “proceso de cambio”, Chaparina era el
parteaguas.
Los marchistas no tardaron ni una semana en reagruparse y reanudar su caminata
a la ciudad de La Paz. Rodeados de un movimiento solidario sin precedentes y
con un gobierno desconcertado -y, ahora sí, maniatado-, los indígenas
recuperaron la iniciativa y marcaron la agenda política de las siguientes
semanas, al punto de arrancarle al régimen la Ley Corta sobre la intangibilidad
del TIPNIS. ¿Cuánto pesó Chaparina en las elecciones judiciales del 16 de
octubre? Es difícil saberlo, pero no hay ninguna duda de que contribuyó a reforzar
el perfil plebiscitario de esos comicios.
El triunfal ingreso de los marchistas a La Paz el 19 de octubre, entre vivas a
los héroes del TIPNIS y gritos de «¡Evo traidor!», devino en un nuevo acto
plebiscitario. Algunos masistas pidieron
al presidente un golpe de timón. La renuncia de la ministra de Defensa, Cecilia
Chacón, indignada por la violenta intervención policial, y la dimisión de Sacha
Llorenti al ministerio de Gobierno, abrieron una oportunidad para el “cambio de
rumbo”, pero Evo Morales no lo vio así.
El mandatario no sólo confirmó su hoja de ruta, sino que intentó revertir su
derrota al alentar la contramarcha del Conisur e impulsar la “consulta
póstuma”, congelar las investigaciones de la represión de Chaparina y,
finalmente, premiar a Sacha Llorenti con la representación de Bolivia en
Naciones Unidas.
Un año después de la intervención, no se sabe quién rompió la “cadena de mando”
de los organismos represivos. “Yo sé quien dio la orden, pero no lo puedo
decir”, admitió el vicepresidente Álvaro García Linera. La frase es de
antología, pero las preguntas que formuló Cecilia Chacón al gobierno de Evo
Morales quedarán para la historia por el silencio culpable que merecieron como
respuesta: “¿Quién preparó el plan? ¿Quién lo propuso? ¿Quién lo autorizó?
¿Quién lo ejecutó? ¿Quién aplaudió que se ejecutara ‘limpiamente y sin
bajas’?”.
En su afán de justificar lo injustificable, Sacha Llorenti declaró en vísperas
de su renuncia que la policía reaccionó a una «agresión» de los indígenas, de
quienes dijo que rodearon y amenazaron a los agentes con sus arcos y flechas, a
las que describió como «armas letales». Y, ¡quién lo iba a decir!, resultó
cierto. Los envenenados «flechazos» de los marchistas resultaron «letales» para
el proyecto de Evo Morales, porque, como admitió el senador masista Eduardo
Maldonado, el «proceso de cambio» quedó «herido de muerte».