Tupiza en el recuerdo*

Según el dicho popular, un viaje se vive tres veces: cuando lo soñamos, cuando lo vivimos y cuando lo recordamos. El libro de Hugo José Suárez, Tupiza, un viaje hacia los recuerdos (Editorial 3600), recoge esos tres momentos: los sueños de su autor, sus vivencias y sus recuerdos. El sueño de la Tupiza que imaginaba antes de conocerla, la experiencia que vivió cuando la conoció y, finalmente, el recuerdo de esa vivencia.   

Víctor Hugo dijo alguna vez que “viajar es nacer y morir a cada instante”. El viaje es una metáfora de la vida misma. Como toda aventura, tiene un nacimiento y una muerte, dos momentos vitales en la existencia de un ser humano. Llegar es nacer, partir es morir.

Todo viaje nace en la imaginación y muere en el recuerdo, muere cuando la memoria ajusta cuentas con la realidad. Recordamos lo que sentimos más que lo que vivimos. Y, escribimos, como dijo García Márquez, no lo que vivimos, sino lo que recordamos.

Ibn Battuta, el gran explorador marroquí que recorrió durante veinte años parte de África, Europa, Oriente Medio, Asia central y China a mediados del siglo XIV, dijo que “viajar te deja sin palabras”, pero que cada viaje te convierten en “un narrador de historias”.

Los viajes han convertido Hugo José Suárez en un narrador de historias. De hecho, tiene un libro de viajes y fotografías, a manera de bitácora virtual, que lleva por título Viajar, mirar, narrar, publicado en 2018.

Suárez recuerda su visita a Tupiza y Santa Rosa, la hacienda de sus abuelos maternos, José María y Elena, ubicada entre Nazareno y Suipacha, a pocos kilómetros de Tupiza, una finca construida en 1840, cuyo primer propietario fue el presidente Aniceto Arce. Diputado, empresario, intelectual, político liberal y emprendedor, don José María Suárez arriesgó todo su capital para rehabilitar Santa Rosa. Y lo logró.

El autor escribe: “Tupiza estuvo presente en el relato de mi familia desde que tengo memoria. Objetos, anécdotas, historias, fotos, visitas. Como el eco permanente de un período que marcó a mi madre, mi tío y mi abuela, resonaba alguna referencia en cualquier conversación. Era el pasado, siempre reanimado en la palabra, siempre actualizado en el relato”.

Transcurrieron décadas antes de conocerla. Finalmente surgió la posibilidad y viajó acompañado de once miembros de su familia. Para todos los integrantes de la partida, escribe, “Tupiza resonaba de distinta manera”, porque cada uno se había hecho su propia idea del pueblo del que tanto habían oído hablar.

Beatriz, la hija del patriarca, les dice al partir: “Voy para compartir con ustedes el lugar donde fui más feliz y más triste en mi vida a la vez”. ¿Por qué?, le pregunta Hugo José. “Porque era la reina del lugar –le responde–, y porque mi papi murió allá, y todo se me vino abajo”.

Y, claro, la pequeña ciudad que los recibió estaba lejos de ser el pueblo que ellos habían imaginado, muy distinto al que cobijó a la familia a mediados del siglo pasado.

No me llama la atención, porque a mí, como tupiceño, me ocurrió exactamente lo mismo en mi primer retorno, después de 50 años. Me ocurrió lo mismo en mi primer retorno, digo, porque el segundo me supo diferente.

El autor cita a manera de epígrafe una hermosa frase del poeta mexicano Rubén Bonifaz Nuño, quien dijo alguna vez: “Regreso a donde nunca estuve”. Viajar a Tupiza, para Hugo José, fue exactamente eso, regresar a un lugar donde nunca estuvo antes; para un tupiceño, sería regresar al lugar del que nunca había salido.

El fundador de las letras tupiceñas, Eduardo Wilde (1844-1913), quién nació y vivió en Tupiza a mediados del siglo XIX, hace en una hermosa descripción de su pueblo natal en su novela Aguas abajo.

Wilde describe a Tupiza como una villa “modesta, elemental y rara”, con solo dos calles, la calle izquierda y la calle derecha, nombres que no se justificaban porque la izquierda era más derecha que la otra, y porque podían cambiar de nombre según la dirección del transeúnte; una villa donde “no había periódicos, ni demagogos ilustres, ni tribunos hipócritas y abnegados, ni defensores profesionales de los derechos del pueblo, nombrados por sí mismos”.

En realidad –dice Wilde–, allí no había un pueblo “propiamente hablando”, sino “un reducido número de habitantes”, quienes “trabajaban mansamente, se divertían en las fiestas, rezaban a sus santos, enterraban sus muertos (muy pocos, por cierto) y dejaban correr la vida según como venía”.

Yo no diría que el pueblo en el que transcurrió mi infancia era el mismo de Wilde. Ni el de la familia Suárez. Pero, probablemente, algo le quedaba, porque los pueblos, como se sabe, no son sus calles, sus plazas ni sus construcciones, sino el espíritu que vive en su gente y que pervive en sus tradiciones.

En su descripción del pueblo que encontró, Hugo José nos habla de los tamales envueltos en chala y las humintas aromatizadas con albahaca, que guardan el mismo sabor de antaño; del pan que sabe a pueblo; de los almacenas repletos de tambores de coca y lejía de distintos colores y formas; de su mercado único, donde –nos dice– “el tiempo parece tener otro ritmo”, y de su escuelita pueblerina, donde yo aprendí a leer.

Menciona a personajes que conocí en mi niñez y adolescencia: las hermanas Eguía, el doctor Inchauste, Don Julián el boticario, Don Marcos Lozano y el anarquista Líber Forti, mi amigo y mentor, quien –¡oh sorpresa!– fue el gran amor de la abuela Elena tras la muerte del abuelo José María.

En la lectura me reconozco y reconozco a la Tupiza de siempre. La de Wilde, la de Hugo José y, por supuesto, la mía.

Un enclave, como bien lo describe, “en un valle luminoso tapizado de maizales, molles y sauces llorones”, bañado por las aguas dorados de su río y arropado por sus cerros colorados; un pueblo de artistas y gente bohemia, que un diplomático español describió hace 40 años como la “Santillana cantábrica de Bolivia” por su vida cultural.

Líber Forti decía que Tupiza es un pueblo que da “la sensación de un sentimiento fantástico, que es el amor”, en una descripción que recuerda a la definición que alguna vez ofreció García Márquez del mítico Macondo como “un estado de ánimo”. Tupiza es el Macando boliviano.

Los descendientes de José María y Elena visitan Nazareno y Suipacha para conocer la “casa grande” de Santa Rosa, ubicada entre ambas aldeas. Hugo José se encuentra con pueblos fantasmas, caseríos que han perdido la vida; casas abandonadas, con puertas de madera viejas y muros de adobe cayéndose a pedazos, techos destruidos por el tiempo.

Su madre le cuenta que en el hotel de Don Marcos Lozano, en Nazareno, el único del pueblo, hoy abandonado, se realizaban grandes fiestas, a las que acudía la élite de la región, muy bien arreglada. Una historia que escuché de mi madre, puesto que la hacienda de mi bisabuela, Charaja, estaba ubicada frente a Nazareno, al otro lado del río.

De Santa Rosa, nos dice, no quedaba “ni el eco del grito que fue”; solo adobes, tierra, polvo, plantas e insectos; un trozo de azulejo, un diminuto pedazo de vidrio de lo que fue un vitral y un elegante adorno encima de los arcos del solario de la entrada.

Hugo José, además de narrador, es un excelente fotógrafo. Yo diría un excelente “narrador gráfico”. Y como suele hacer en todos su viajes, además de tomar notas, registró con su cámara las imágenes de Tupiza, Nazareno y Suipacha. Allí están las paredes, las puertas, las ventanas, los portales y, claro, las gentes.

Las imágenes me recordaron a otro gran fotógrafo y narrador: Juan Rulfo. Y, por supuesto, a Pedro Páramo, porque estoy seguro de que Hugo José detectó en las ruinas que recorrió los murmullos y latidos de sus antiguos moradores; la música de las fiestas y el terso pasar de las páginas de los cientos de libros que dice que albergaba la fabulosa biblioteca de la “casa grande”.

Al terminar el viaje, Hugo José escribe: “Nos vamos con la misma nostalgia, con ese sentimiento extraño de visitar un cementerio que todavía alberga algunas memorias que se niegan a morir”.

El autor cita como otro epígrafe una frase del escritor y filósofo mexicano José Vasconcelos, quien dijo que “un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía”. Y es lo que siente el lector al recorrer las páginas de Tupiza, un viaje hacia los recuerdos.

(*) Texto leído en la presentación de Tupiza, un viaje hacia los recuerdos en la Feria Internacional del Libro de La Paz, el 1 de agosto pasado.

Presentación de Los hijos de Goni*

Al leer el libro de Quya Reyna, Los hijos de Goni, lo primero que me vino a la memoria fue una frase de Augusto Monterroso. El gran maestro del microrrelato, muy amigo de Bolivia, por cierto, dijo alguna vez: “La vida existe para volverse cuento”.

Me preguntaba también si estaba ante una serie de crónicas o ante una colección de cuentos, dos formas de escribir, el periodismo y la literatura, que, como dijo Jorge Suárez, son “dos formas de habitar el mundo”.

O, en palabras de un querido amigo y colega, Manu Leguineche, quien decía que el periodismo y la literatura son “orillas del mismo río”, la narrativa, una hermosa descripción de la simbiosis de los dos lenguajes. O “hijos de la misma madre”, a decir de Gabriel García Márquez; o “dos caras de la misma medalla”, según Graham Greene.

Quya, en sus relatos, navega en ambas aguas. Muestra el oficio del periodista al describir el mundo que habita con realismo descarnado, y lo recrea con la belleza de la palabra, como narradora.

La crónica es el género que más se acerca a la literatura, el más rico del periodismo, porque se vale de técnicas similares para la reconstrucción de escenarios, situaciones, ambientes y personajes, con un estilo libre, sin fronteras. El periodista e historiador británico Timothy Garton Ash la define como “la literatura de los hechos”.

Y es lo que hace Quya. Recrear los hechos con voz propia, reconstruirlos desde adentro, con las mejores figuras literarias, la utilización justa de la metáfora, la alegoría, el humor, la ironía o la paradoja.

“Mi incursión en el comercio callejero –escribe– fue desde muy pequeña, como la de varios alteños. Tu madre te tiene ahí adentro, en el vientre, vendiendo. Creces viendo vender y luego vendes. Ciclo de la vida aymara, supongo: vender primero en nailon, luego en un cochecito pequeño llamado ‘burrito’, luego en cochecito grande…”

¿En qué momento el periodista cruza la delgada frontera que separa el periodismo de la literatura?

A García Márquez no le costó trabajo cruzar el río de la narrativa, pasar de una orilla a otra, porque había descubierto que la historia contada en un reportaje o una crónica no solo podía llegar a ser igual a la vida, sino mejor que la vida misma. Es lo que le permitió escribir una crónica como un cuento y un cuento como una crónica. O una crónica como una novela. Como dijo Juan Villoro, García Márquez fue capaz de reportear “el rumor que dejaba el azúcar cuando subía a las naranjas”.

Y es lo que hace Quya Reyna. Reportea la vida de El Alto y el alteño con el rigor del periodista, pero con la sencillez y frescura del creador.

Como buena periodista, mira donde nadie mira y encuentra historias donde nadie las busca, en un mundo del que se habla mucho y se conoce poco.

El alteño –nos dice– es como el apthapi, “un plato sin receta, uno que se construye desde lo que hay en casa, desde lo que se cosecha, dependiendo de la temporada”.

Quya, sin embargo, nos da la receta, la va construyendo desde su propia vivencia, para vaciar en un awayu multicolor todos los elementos que conforman la urbe que la vio nacer, y ofrecernos un plato que contiene los ingredientes de todas las cosechas y temporadas de ese conglomerado humano.

Hemingway solía recomendar a los futuros periodistas y escritores utilizar palabras sencillas y evitar expresiones ampulosas, adjetivos innecesarios, pero sobre todo les aconsejaba “no buscar mirlos blancos, ni grandes tragedias”, porque “todos los mirlos son negros, todas las tragedias son grandes y todos los sucesos son importantes”.

Quya utiliza palabras sencillas, sí, y evita las expresiones ampulosas y los adjetivos innecesarios, pero encuentra mirlos blancos, como el Huicho, y convierte episodios insignificantes en sucesos, como el negocio del baño público, un negocio redondo, ¡de 500 pesos diarios!, porque, claro, “el hombre caga todo el tiempo” y necesita un baño para cagar cuando está fuera de su casa.

Como escribí alguna vez, los personajes de una historia real o ficticia surgen de los pliegues de la memoria del autor, escondidos como estaban en rincones desapercibidos, para inventarse a sí mismos –o reinventarse– y hacer su propio recorrido.

Con Quya como testigo o, si acaso, como simple amanuense que se deja llevar por sus propias criaturas, seguimos el recorrido de Don Filomeno, de Doña Adela o de Zulma.

La poesía no está en las palabras sino en los personajes, en esos seres anónimos, ignorados, los “extraños”, como los llamaba la mamá Adela, pero trascendentales por su filosofía de vida.

Con los personajes surgen los escenarios y muchas veces son los escenarios los que recrean a los personajes. Están ahí a la espera de que el autor los rescate. Los paisajes se apropian de ellos, los recrean y los hacen suyos.

Es lo que vemos en los tendidos de mercadería de las caseritas, en los gritos de los vendedores ambulantes y la música a todo volumen de las ferias de Villa Dolores y Ciudad Satélite, en la lucha del “khamaneo” diario de los comerciantes minoristas.

Quya escribe que se quedó muda cuando vio por primera vez la ciudad de La Paz desde la Ceja de El Alto, a la que describe con sus “casas pequeñitas y edificios largos, sobresaliendo entre el paisaje”, y con el Illimani “bien acomodado entre las cordilleras, como si nos mostrara a esa ciudad y nos dijera: Esto es mío”.

La autora aborda temas lacerantes, dolorosos, dramáticos con ternura y sentido del humor, un sentido del humor que no significa superficialidad, porque detrás de la forma hay reflexión y, sobre todo, interpelación.

Quya dice que siempre se esforzó en desarrollar un sentido del humor muy amplio, desde lo vulgar, hasta lo más fino. Y, sin lugar a dudas, lo logra y con un gran estilo.

El mismo título del libro puede llevar a equívocos, a suponer que estamos ante un alegato político. Nace de una anécdota, del reclamo del padre a los hijos cuando dejaban restos de comida en el plato, un lujo que un pobre no se puede dar. ¡Pero que se creen ustedes para sobrar la comida! ¿Se creen hijos de Goni?, les recrimina. Cuando Quya lee por primera vez Mafalda, a sus ocho años, lo primero que piensa es: ¡Cómo es posible que no coma sopa! La sopa cuesta mucho. ¡Esta es otra hija de Goni!

El regaño paterno no queda en una anécdota, porque lleva a la autora a preguntarse ¿qué significa ser hijo de Goni?

Sus reflexiones, breves y certeras, nacen de su agudo sentido de observación, una  mirada crítica, que muestra una realidad, la de El Alto y del alteño, alejada del mito y la ideología, como cuando escribe que “el Alto creó una ciudadanía a partir del dinero” o cuando declara que “el aimara es capitalista, pragmático y vela por sus propios intereses”.

Al referirse al espíritu emprendedor del alteño, escribe: “Yo creo que un hombre de El Alto no es nada si no es más que su vecino”, porque “por eso, nada más que por eso un alteño no puede vivir sin decirle a su vecino: tu envidia es mi bendición”.

Activista y medioambientalista por convicción, reflexiona: En el mundo no hay ambientalista más grande que el pobre, porque está acostumbrado a sacar provecho de todo lo que tiene y a reciclar todo lo que llega a las manos.

Los textos de Quya son “crónicas casi reales”, como describía Jorge Timossi a ese género indefinido que navega entre el periodismo y la literatura, un género sin límites ni fronteras, que admite todos los géneros y todos los estilos, donde la realidad se mezcla con la imaginación y la no-ficción se confunde con la ficción.

*Texto leído en la presentación del libro en la Feria Internacional del Libro de La Paz, el 5 de agosto de 2025.-