Ecos y huellas en los Presagios de Juan Carlos Salazar

Carlos Decker-Molina

Son seis cuentos que, paradójicamente, dejan al lector con la sensación de querer más. Juan Carlos Salazar del Barrio, periodista devenido en escritor, cultiva una prosa clara, sin afectaciones ni pertenencias a capillas literarias. Su escritura fluye con naturalidad, pero no por ello carece de densidad: posee una notable fortaleza semántica.

Hay frases que lo confirman: “El pasado es prólogo del presente y epílogo del futuro”, o “venciste de muerto sin conocer tu propia victoria”. O aún más desgarradora: “mis labios, convertidos en trapos por el miedo”.

Tras la lectura de los seis cuentos que componen Presagios (Plural 2026), emergen filiaciones literarias que no pesan como sombra, sino que enriquecen la obra. En “Legado”, por ejemplo, se percibe la huella de Borges en su concepción del tiempo como una estructura no lineal: recordar es también prefigurar. El presagio, en ese sentido, adquiere una dimensión filosófica.

En “Suplente”, en cambio, aparece el eco de García Márquez, sobre todo en la idea del destino anunciado, inevitable, que avanza como una profecía ya escrita. Y junto a ellos se asoman otras presencias: Faulkner, con su fatalidad donde el pasado irrumpe y determina; y Chéjov, en la insinuación sutil del porvenir, en aquello que no se dice, pero se presiente.

También se percibe la influencia de Cortázar, especialmente en “El viejo Casiano”, donde el lector avanza entre recuerdos aparentemente cotidianos que, de pronto, revelan –de manera poética– el destino de un país. Aquí, el presagio se vuelve inquietante por su cercanía con la historia.

De los seis cuentos, hay tres que me resultan particularmente entrañables: “Almanaque”, “Bolero” y “La Bicha”.

En “Almanaque” aparece mi propia infancia: mi abuelo comprando cada enero el Almanaque Bristol para intentar descifrar el año por venir. Ese objeto —casi mágico— ha recorrido la literatura latinoamericana: García Márquez lo menciona en La hojarasca y, si la memoria no me falla, también en El amor en los tiempos del cólera; Miguel Ángel Asturias lo incorpora en Mulata de tal. El cuento sugiere algo inquietante: el futuro ya está contenido en el pasado. Basta hojear el Bristol del año anterior y compararlo con el nuevo para descubrir que los presagios, en realidad, siempre estuvieron ahí.

“Bolero” es, quizá, mi favorito, también por una coincidencia personal. Hace años escribí un libreto de radioteatro titulado Cuando ya no estés conmigo, basado en boleros como Bésame mucho, Sabor a mí, Piensa en mí e Historia de un amor. Nunca llegó a grabarse. Sin embargo, en una de esas limpiezas periódicas de papeles, encontré el texto y, tras compartirlo con un amigo, surgió la idea de llevarlo a un café concert.

Esta misma semana nos reunimos con una cantante sueca-latina y un grupo de artistas para hacerlo realidad. La coincidencia con el cuento de Salazar es inevitable, aunque mi intento queda empequeñecido frente a la construcción literaria de Bolero: allí, el presagio es fantasmal, y no existe una frontera clara entre pasado y futuro; todo es memoria que sigue respirando.

Finalmente, “La Bicha”. En sus páginas reconocí escenas que podrían pertenecer a mi propia vida: las salidas de caza con mi padre en las alturas del Tunari, el despuntar del sol, la espera contenida, la aparición del animal que observa, huele, duda y regresa a su guarida, como si anunciara lo inevitable. Aquí la comparación con Faulkner resulta inevitable: el presagio es trágico, el pasado invade el presente y lo condiciona.

Presagios, de Juan Carlos Salazar del Barrio –entrañablemente conocido como “Gato”–, es un libro que no se lee una sola vez. Cada relectura abre nuevas capas: el presagio puede ser emocional, trágico o fantasmal. Y, en ese proceso, el lector termina reconociéndose en el texto, como si el libro también hubiera sido escrito por él.

Es, en definitiva, un libro para quedarse. Su permanencia radica en su atmósfera. Porque, en el fondo, todos compartimos la misma inquietud: saber qué ocurrirá mañana. De ahí nuestra antigua obsesión por leer el futuro, ya sea en un almanaque, en los sueños o en las hojas de coca.

Estocolmo, marzo de 2026.-