“Presagios”, una escritura geológica

Magela Baudoin *

Presagios es un libro de cuentos discreto, de no más de sesenta páginas, en el que me demoré casi dos semanas. Denso, hermoso, mineral, desactivó mis sistemas defensivos de lectora habituada a los resortes del cuento y me puso a trabajar. De pronto me vi, martillo, mapa y lupa de campo en mano, frente a esta escritura geológica que obliga a excavar en los estratos de la memoria que presionan nuestro presente y abren grietas en la historia oficial.

Siguiendo a Cristina Rivera Garza, recordemos que las escrituras geológicas vuelven visibles las capas colectivas del lenguaje. No entiende la escritura como un acto individual y “original”, sino como una superficie sedimentada por voces, archivos, citas, restos culturales y experiencias compartidas. Escribir, desde ahí, supone des-sedimentar y escuchar lenguajes ya habitados por otros.

Geológicos, entonces, son los cuentos de Juan Carlos Salazar. Su misterio se sostiene en almanaques, boleros, documentos judiciales, canciones populares, cartas, supersticiones, leyendas orales, archivos mineros y plegarias religiosas. El libro entero funciona como una excavación de memorias históricas y sensibles de Bolivia. Cada relato trabaja sobre aquello que quedó depositado en la experiencia colectiva y que regresa para interpelarnos.

Salazar desafía en todo el libro la concepción lineal de la historia, típica del Capitaloceno depredador. En cambio se ocupa de las temporalidades que surgen entre las rendijas de los adoquines, de los diarios viejos, de la luna inmensa y crepuscular que nos mira diminutos desde el espacio exterior y alumbra por igual, el chaco desolado y sangrante, las vetas plateadas de una mina exhausta, las conspiraciones independentistas o los papeles fatigados de una biblioteca.

Así, “El viejo Casiano” recuerda las revueltas paceñas, las recorre y las anticipa en una caminata nocturna que desordena la cronología republicana. Casiano las ve venir porque ya las ha soñado —viejo amauta— y porque ese “populacho” que avanza por la ciudad no pertenece solo al presente: trae consigo la carga de otras sublevaciones vencidas, aplazadas, traicionadas y todavía vivas, como heridas abiertas. La Paz aparece entonces como una ciudad estratificada, donde los adoquines sellan cada levantamiento como episodio concluido, mientras el cuento deja oír su rugido de río subterráneo: “¡Ay La Paz de las rebeliones, de las conjuras y de las conspiraciones!”.

En “Almanaque”, Salazar pone en contacto el archivo material y popular del calendario —el almanaque Bristol, con sus santorales y predicciones astrológicas— con el tiempo colosal de la luna, que rige la guerra, la tierra y los órdenes del firmamento. Ese archivo menor guarda memorias laterales de la historia y las enlaza con el archivo brutal de la Guerra del Chaco, sedimentado bajo el territorio como acumulación de muerte. Desde la trinchera, entre listas de caídos y partes militares, el narrador recuerda su Bristol familiar, y la escritura hace coincidir ambos registros hasta volverlos inseparables. El presagio astral y el documento bélico participan entonces de una misma economía de la muerte, bajo una luna inmensa que insiste en la persistencia material de esas vidas, en vez de quedarse solo con los cadáveres.

En Presagios, los muertos nunca desaparecen del todo. En “Bolero”, Raúl Shaw Moreno atraviesa la noche paceña como una presencia convocada por la memoria musical. Lo importante no es el efecto fantástico en sí, es la forma en que la canción popular funciona como aparato de conocimiento para entender aquel tiempo y este. Las letras de los boleros se intercalan en los diálogos y producen una escritura desapropiativa entrañable, capaz de unir memoria íntima, cultura popular e historia colectiva.

En “Suplente”, la sustitución adquiere una dimensión política y afectiva. Un cura ocupa el lugar de “Lucho el bueno”, para intentar salvarlo, y el cuento parece preguntarse qué habría ocurrido si otro hubiese sido el destino (de Luis Espinal), si la historia hubiera tomado apenas un desvío mínimo. La sustitución introduce así una lógica ucrónica y colectiva en la que las vidas aparecen entrelazadas por relevos, cuidados y riesgos compartidos. Sustituir no significa borrar una identidad, significa asumir provisionalmente el lugar del otro, entrar en su peligro, cargar su posibilidad de muerte. Frente a la maquinaria del terror, Salazar imagina entonces una comunidad frágil donde los cuerpos todavía pueden interponerse entre la violencia y la desaparición, aunque fracasen.

“Legado” es quizá el cuento que mejor dialoga con la idea de escritura geológica, porque se construye literalmente sobre un trabajo de excavación archivística. Un hijo revisa el desván del padre muerto y encuentra periódicos, manuscritos, cartas, libros antiguos, cuadernos de notas y relatos fragmentarios sobre un minero desaparecido. El archivo no aparece ordenado ni estabilizado; es una masa heterogénea de materiales corroídos por el tiempo, donde la investigación conduce a una proliferación de huecos. Cada estrato descubierto abre otro vacío. El cuento establece así una equivalencia decisiva entre minería y escritura: el padre busca vetas documentales del mismo modo en que los mineros buscan vetas de plata. Ambos procedimientos implican perforar superficies, descender a profundidades inciertas, leer señales dispersas y exponerse al derrumbe.

“La bicha” puede leerse desde un desplazamiento antropocéntrico. Entender el cuento exige aceptar otro orden de conocimiento. El del mundo animal, con sus señales, ritmos y formas de advertencia se impone. La bicha, una bizcacha enorme que muestra o esconde el mineral, no funciona como simple amenaza fantástica ni como criatura decorativa; introduce una inteligencia no humana que desestabiliza la seguridad con que los personajes interpretan el entorno. Sus signos obligan a leer la naturaleza como una materia viva que registra, responde y devuelve la violencia recibida. El cuento deja entrever un saber animal capaz de denunciar, sin discurso explícito, la depredación humana del mundo natural.

Quiero cerrar esta lectura geológica de Presagios con una precisión importante. Este libro regresa a los restos —guerras, revoluciones, minas agotadas, sistemas políticos derrumbados—, evitando tratarlos como ruinas. Salazar los lee desde una escritura que entiende la investigación como cuidado y justicia, en la línea de Rivera Garza. Excava, por lo tanto, no para ordenar cadáveres ni fijar una verdad definitiva, lo hace para escuchar lo que persiste entre los sedimentos de la historia. Por eso, allí donde el archivo oficial acumula pérdidas, esta escritura encuentra continuidad, vínculos, vida y belleza.

Santa Cruz de la Sierra, 28 de junio de 2026.-

*Magela Baudoin es escritora, periodista e investigadora en literatura.

“Presagios”, una escritura de la memoria, el regreso y la fábula

María Cristina Botelho Mauri

He recibido con mucho agrado por vía de internet el libro que recientemente va presentando Juan Carlos Salazar del Barrio, periodista y académico de número de la Academia Boliviana de la Lengua.  Me refiero a “Presagios”, un título como si fuese una metáfora poética, porque encierra muchas situaciones que en los textos de Juan Carlos Salazar destacan, no es solamente la intuición o premonición, es algo que va más allá, es la sensación de que algo está  a punto de suceder.

Juan Carlos conversa con un ayer que parece hoy, las supersticiones siguen siendo el aviso prematuro de una buena o una mala noticia.  De tradiciones se ha nutrido la historia de Latinoamérica y de allí es que se han escrito grandes narraciones, ya sea cuento, novela, ensayo o crónica.  En este caso particular, la crónica se convierte en un regreso de la memoria y es relatada de manera magistral.

Estos relatos están escritos con un lenguaje sencillo, acudiendo a las muletillas  del habla popular boliviano, como son los mineros y la voz del mismo narrador.  Son textos donde el realismo mágico despliega sus alas y vuela.  Contagia a cada lector  la sensación de que los tiempos que se narran perviven. Se toca la sensibilidad de una manera tan extraordinaria que sería imposible olvidar.

En estos textos aparecen personajes conocidos, pero también olvidados, como Raúl Shaw Moreno que reaparece mediante los versos de algunos boleros.  Entonces, la música se hace cargo para refrescarnos la memoria.  También la política tiene mucho que ver en la escritura de Juan Carlos Salazar y una constante, los curas o las alusiones religiosas.

Son textos breves como lo es el volumen del libro, sin embargo, la riqueza narrativa y descriptiva de paisajes, situaciones y personajes está muy bien lograda.  Es una referencia de un ayer que regresa y sorprende. 

“La bicha”, especialmente me pareció el mejor de todos los relatos.  Sin desmerecer a los otros,   es el que más me ha conmovido. 

Es una escritura de la memoria, el regreso y la fábula.  Etapas históricas marcadas por la fatalidad.   Hay dolor, impotencia y realismo.

Indiana, 23 de mayo de 2026.-

https://inmediaciones.org/presagios-una-escritura-de-la-memoria-el-regreso-y-la-fabula/

El nuevo libro de Juan Carlos Salazar

Mirna Luisa Quezada Siles

El nuevo libro de cuentos de Juan Carlos Salazar, “Presagios”, me dejó una impresión intensa desde sus primeras páginas. En 61 páginas y seis relatos, se condensan parte de la historia, la memoria y el destino en Bolivia. Al leerlo, no pude evitar experimentar una inquietud constante, como si cada línea anunciara algo sombrío o extraño; hubo momentos en los que, sinceramente, me dieron escalofríos.

Cada cuento gira en torno a vaticinios que, casi siempre, anticipan desgracias o hechos curiosos. Percibí cómo en “Almanaque” un simple objeto contiene el anuncio y vivencia de la Guerra del Chaco; en “Bolero”, un recorrido cotidiano se transforma en algo fantasmal; en “El viejo Casiano”, la idea de que la historia se repite resultaba inquietante; en “Suplente”, la violencia irrumpe de forma brutal cuando un sacerdote se hace pasar por otro; en “La bicha”, una presencia extraña se vuelve símbolo de fatalidad y en “Legado” descubrir el pasado se convierte en una forma de anticipar el futuro. Todo parecía decirme que el tiempo no era lineal y que lo que vendría ya estaba, de alguna manera, escrito.

Lo que más me impactó fue la prosa, las imágenes son tan vívidas que sentía que estaba ahí, enfrentando ese temor o angustia que atravesaban los personajes. Hay frases que se me quedaron grabadas y que reforzaron esa sensación una dice: “nada aligera más una carga que la promesa de una ilusión” y resume muy bien ese contraste entre esperanza y fatalidad que atraviesa todo el libro.

Esa sensación de presagio no se quedó solo en la ficción. Recordé que en enero de 2020, cuando fui con mi familia a Copacabana a encender velitas en la capilla ardiente, lo hice por varios nombres; sin embargo, la velita de mi papá se extinguió rápidamente. Ese mismo año mi papá falleció y desde entonces dejé de prender velitas por nombres de personas… prefiero hacerlo con intenciones o grupos grandes de sujetos. Ese detalle, aparentemente mínimo, me dejó una inquietud difícil de explicar, más aún porque ese día ni siquiera pude entrar al templo al salir del pueblo. Años después, en 2025, durante la posesión del nuevo gobierno, también tuve una impresión similar porque el vicepresidente mostró actitudes dudosas que me hicieron pensar que la administración actual tendría problemas y que existiría una división con el presidente. Fueron momentos que, como en los cuentos, parecían pequeñas señales que anunciaban algo más grande.

Al terminar el libro, me quedó claro que es una obra para releer. Siempre pienso que cada buen libro es como cada lindo amor que una persona tuvo porque dejan huellas profundas, pero no todas son iguales. Algunos dejan nostalgia, otros una alegría silenciosa; hay los que se convierten en refugio, los que duelen, los que iluminan y también los que inquietan, persiguen o dejan a las personas, pensativas. “Presagios” me dejó pensativa y quizá por eso me resultó perturbador también porque me enfrentó a la idea de que, a veces, solo nos queda intuir lo que viene y aceptar que no siempre será algo bueno.

Facebook – 22 de mayo de 2026

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La mariposa negra

Daniela Murialdo

Hace un par de años, justo antes de salir a festejar el Año Nuevo una mariposa negra entró a mi habitación. Aunque soy creyente, mi fe se eclipsó por un momento y resolví sacarla antes de partir. Sin embargo, ella decidió salir sin más presiones (o eso creí). Cuando con mi esposo volvimos de la cena no había rastros de la oscura mariposa. A la mañana siguiente, mientras tendía mi cama, la hallé muerta al lado de mi almohada.

Primero me vino a la mente el cuentista uruguayo Horacio Quiroga. Me aterró, no la metáfora de su “Almohadón de plumas”, sino la posibilidad irrefrenable de que esa polilla comenzara a carcomerme la existencia. Era sin dudas un mal presagio. Aun cuando Google, que tiene respuestas según se quiera ser respondido, intentaba tranquilizarme con que ese tipo de insectos, para ciertas culturas (no la mía), suponen bonanza, yo sabía que durante ese año (ese fue el plazo que le fijé al augurio) algo me pasaría. No obstante, no dije nada. Consideré que el silencio debilitaría la profecía y lograría esquivarla. Y así fue. Pero no siempre sucede eso: las mariposas nocturnas en los relatos de Juan Carlos son verdaderas agoreras.

En algún momento pensé en contactarme con el equipo de Plural para sugerirles que ofrecieran a nuestro autor de la noche unas cuantas botellas de agua adicionales; de modo que lo obligaran a excusarse para ir al baño y me dejara a solas con ustedes. Y es que es mi deber advertirles que lo que van a leer son algo más que cuentos; son un regalo sí, pero son un presente griego.

Tan solo fíjense en la portada. Ni José Antonio Quiroga, ni Juan Carlos Salazar me van a hacer creer que no tenían intención de angustiarnos. La noche estrellada de Van Gogh es un presagio en sí mismo. Uno turbulento. El vaticinio agitado de una mente atormentada; una noche que no es negra, pero cuyos remolinos y espirales frenéticas parecen el anuncio de la única trascendencia posible del pintor a través de la muerte.

Los relatos breves del libro se originan en hechos reales, empero siempre se desarrollan en una tensa atmósfera fatalista. El escritor, en un juego psicológico, nos arrastra a compartir con sus sólidos personajes, sus temores, contradicciones, incertidumbres y recuerdos. El lector sabe, en todo momento, que algo va a ocurrir, algo fatídico. De modo que está obligado a atender cada señal, cada presentimiento, cada silencio. Dejamos de ser lectores para convertirnos en meros vigilantes.

El libro arranca de modo engañoso -como todo presente griego- con una narración familiar que sentí autobiográfica (bueno, no cuando habla de sus entregas sexuales clandestinas en la juventud, no, no…): “Almanaque”, en el que el personaje principal recuerda cómo el almanaque Bristol servía de guía de vida -y de muerte-, a todos en casa (“Ahí estaba todo”), está lleno de símbolos astrológicos, incluido el cometa Halley. 

El relato muestra al ser humano necesitado de explicar su existencia a partir de lo sobrenatural: “Mi abuelo y mi viejo -dice Jacinto- se cortaban las uñas y el cabello en cuarto menguante para no terminar con garras y melena. Y su padre asegura que nacer en luna nueva, “que guarda toda la energía en su vientre”, es de buena suerte, pues la luna nueva solamente puede crecer “¡Siempre para arriba!”.

En “El viejo Casiano” la protagonista es La Paz. “¡La Paz de los alzamientos!”, “¡La Paz de las rebeliones!”, “¡La Paz de las conjuras!”. Esa La Paz en la que el amauta presagió el colgamiento de Villarroel; el alzamiento contra los cachorros de la oligarquía un abril; y la Masacre de Todos Santos a cargo del Mariscal de la Muerte (“un cancerbero mitad lengua de veneno y mitad colmillo de acero”). 

El viejo -nos cuenta el escritor- contempló todo esto “desde el sueño al que había sido convocado por los patriotas de antaño, entre conjurados de copa y levita, caballeros de mostachos atusados, frailes sacramentados y uniformados de insignias y trencillas, congregados al toque de ánimas en los salones del Palacio de las Deslealtades para rescatar los anales perdidos en el caos del tiempo”.

En “Suplente”, un comprometido compañero del Padre Paco relata en primera persona, y en clave premonitoria, la toma militar, presumí de la Radio Fides pues la escena se parece mucho a una que conozco de boca del propio sacerdote perseguido durante el golpe del 80, y su espontánea resolución de ofrecerse para ser llevado por los “paras”, en reemplazo del cura buscado, en tanto Espinal, el primero de la lista, ya había sido asesinado. 

“Y yo, como si nada, como si el flagelo no fuera conmigo, como viéndome desde arriba, paralogizado, aturdido, obnubilado por una sola idea, por una sola imagen, la de Lucho “El Bueno”, tendido sobre la mesa de la morgue, desnudo, martirizado, con los miembros lacerados por la tortura, acribillados; con su rostro santo, santificado; puro, purificado, clamando en el desierto de los impuros; abriéndose paso entre los lamentos y el llanto de mis compañeros, ¡Dios mío!, diosito, que ¿qué está pasando, padrecito?, que ¿qué es esto?, ¡golpe!, ¡golpe! Ora pro nobis”.

El único cuidado que ha tenido el Gato con sus lectores, ha sido el estético: con un lenguaje algo vintage, que combina poesía de alta intensidad y crónica, de la que nuestro autor-periodista afortunadamente no logra desprenderse, y que usa para rescatar palabras anacrónicas de belleza particular. El subgénero es más bien el cuento negro. Solo que Salazar no desciende a los submundos de alguna ciudad, sino que se sumerge en las entrañas de sus personajes, que se mueven cómodos en el realismo mágico. 

Escuchen esto: “Se detuvo por un momento a contemplar el paisaje infinito desplegado a sus pies, un lienzo de jaspes suaves y pigmentos coloridos, tejidos con las hebras doradas de la queñua, el flujo chispeante del arroyo, las aguas jade esmeralda de la laguna y el brillo de las calaminas del campamento, astillado en mil rayos plateados. El cielo azul intenso volcaba sobre el entorno toda la luminosidad que guardan los ocasos para resistir el asedio de las tinieblas.” Crónica poética ¿o no? 

Pese a su aire costumbrista, pues tiene una fuerte carga de identidad cultural (referencias a tradiciones, supersticiones, animales simbólicos, etc.), este es un libro de prosa literaria y no una aproximación antropológica forzada. Una antología que podría haber sido escrita por el mexicano Juan Rulfo, el de los destinos trágicos ineludibles. Quien, no tengo dudas, echó desde el cielo unos polvos mágicos a la computadora de nuestro autor mientras tecleaba. No sé si es casualidad, pero en el cuento en el que Salazar, en una conversación espectral, cede su voz a representantes desaparecidos de boleros como Los Panchos, Lucho Gatica o Jorge Negrete, para que sean los cantantes quienes hablen por los interlocutores de amor y desamor, se refiere a una boîte llamada El Gallo de Oro, el nombre de una de novela corta de Rulfo.

En términos coloquiales, sinónimos de “cuentista”, pueden ser “chismoso”, “cotilla”, “fabulista”, “enredador”. Sin embargo, para construir un buen chisme hay que tener talento. He contado esta anécdota alguna otra vez, solo que hoy me siento obligada a contarla de nuevo.  El escritor mexicano Juan Villoro contaba que, en una ocasión, mientras cursaba un taller de literatura, uno de sus compañeros alardeó frente al profesor -el maestro de la minificción Augusto Monterroso-, que se hallaba en plena producción de una novela que estimaba, llegaría a las trescientas páginas. Monterroso había ensayado una cara de alegre sorpresa y le había respondido: “¡Qué bueno, te estás preparando para escribir un cuento!”. Y es que, al decir del mismo Villoro, el cuento es el género más exigente de la prosa, y aun así, el Gato lo logra con honores. 

“Legado” es quizás el cuento más completo y profundo, aunque se los dejo para que lo lean sin tutela. En cambio, termino con “La bicha”, en la que Epifanio, un viejo barretero, “conocedor de los secretos y las entrañas de la montaña”, y empleado de Marcos, alerta al patrón sobre el cuidado que debe tenerse con las vizcachas, pues “son egoístas y ocultan el mineral”. 

Marcos no entiende de premoniciones y se enterca en desafiar su marcado y avisado destino: “La ventisca barrió la arena dispersa en la terracita, aventándola al vacío, y dio paso a un olor a almendras amargas. No era el del cianuro que inunda los ingenios durante el procesamiento de la plata, sino el que emana de la sangre de las vizcachas cuando el cazador les arranca la cola después de la cacería. El olor se fue transformando en un tufo pestilente, el vaho fétido del sulfuro que exhala la boca del infierno.”

La cuentista Mariana Enríquez dice que los japoneses creen que, después de morir, las almas van a un lugar que tiene un cupo limitado. Y que cuando se llegue a ese límite, cuando no quede más lugar para las almas, van a empezar a volver a este mundo.

Mucho me temo que el Gato haya acogido algún presagio antes de escribir estos cuentos y les esté, de algún modo, dando la bienvenida a las primeras almas que vienen de regreso. 

Si después de esta introducción todavía quieren leer el libro, allá ustedes; pero luego no digan que no se los advertí…

(Presentación del libro “Presagios”, de Juan Carlos “Gato” Salazar)

Brújula Digital – 17 de mayo de 2026

https://brujuladigital.net/opinion/la-mariposa-negra