«Presagios», una obra literaria completa, madura y redonda

Darwin Pinto Cascán

El 30 de mayo coincidimos con Juan Carlos Salazar en la Feria del Libro de Santa Cruz-2026. Era apenas la segunda vez que lo veía, pero para mí ya no se trataba de un desconocido. Había leído parte de su obra y en ocasión del grato encuentro me obsequió su libro de cuentos: Presagios. En retribución de caballero le quise obsequiar el mío: Crónicas de un delator, pero muy amablemente me pidió que le permitiera comprarlo. ¿Cómo le digo que no a un señor con su prestigio, sus maneras y su carrera? Acepté que comprara mi libro y nos despedimos con las necesarias, pero auténticas formas de la cortesía.

En el feriado de Corpus Christi me atrincheré en mi estudio de trabajo en casa con Presagios en las manos y la decisión tomada de escribir una reseña. ¿Por qué? Porque le agradezco al maestro Salazar la elegancia y la riqueza verbal en sus cuentos, como lo hacía Alejo Carpentier; el uso preciso de frases directas a la yugular del lector y la historia, a veces en tono ríspido, seco, como lo hacía Juan Rulfo; también por las preciosas descripciones de paisajes para nada innecesarias en tanto suman al todo de la historia, al modo de Hemingway o incluso eso de narrar una historia dentro de otra historia, al estilo Borges.

Es obvio que todos los escritores se construyen a partir de los maestros que eligen y sobre ese cimiento se levanta una voz propia que en el caso de Salazar es notable y notoria. ¿Y cómo es? Es a veces una prosa urgente, intensa, de cosa que se desmorona hacia arriba sin perder forma o belleza, muchas veces en presente y en primera persona, es decir, trae al lector dentro del cuento y lo hace testigo directo en el tiempo literario en que transcurre el relato. Hay en él intensidad, precisión, estética, personajes claros y memorables, pero especialmente, temas muy bien definidos y acotados.

¿Qué significa esto en buen castizo? Cada cuento es un mundo único, con su tiempo, sus leyes, sus fronteras, sus dolores, sus traumas y sus encantos. Salvo los últimos dos cuentos del libro que tienen que ver con las frustraciones de la minería, ninguno de los otros cuentos se conectan entre sí. Son únicos, aunque eso sí, el viento de la política como problema nacional los atraviesa de costado a casi todos, y es natural que eso pase, porque ya es sabido que Bolivia no es un país que sufre conflictos permanentes… Bolivia es un conflicto sin resolver.

Con el paso de los años uno sabe cuando está ya ante una obra literaria completa, madura y redonda. Este es un ejemplo. Este no es un intento de libro, ni un globo de ensayo a ver si salió mejor que el anterior, no es una prueba de galeras, es una selección de cuentos con cabeza, corazón, cuerpo, técnica, oficio, instinto, maduración y, en todas partes, ternura. Sus cierres suelen ser circulares —mis favoritos— con lo que la historia que siempre requiere una forma, aquí adopta la figura de la perfección. No hallé fallas, ni huecos, ni cosas que cuelgan o sobran. Es un libro a prueba de balas. Y lo puedo probar.

“Almanaque” es el cuento de los ciclos. El de las influencias de los astros en los asuntos más complejos de la vida y de la muerte de los hombres. Un abuelo que nace y muere con el paso del cometa Halley; una señora que muere en un eclipse, con toda la connotación metafísica y astronómica que tienen estos fenómenos celestes en las culturas de la Tierra. La historia trata sobre la exactitud de los ciclos (lunares, agrícolas, oceánicos, estacionales, humanos), es decir, el origen, el final y el reinicio de los procesos en esta caja que llamamos mundo, aunque sabemos que de caja no tiene nada, porque es más bien una esfera en forma de naranja.

“Bolero” es el cuento de la nostalgia. Trata sobre un encuentro entre Raúl Shaw Moreno, boliviano integrante del grupo de bolero, Los Panchos, con el narrador de la historia en un paceño amanecer en momentos en que el segundo se recoge de una farra con altas dosis de política. Este encuentro puede ser una alucinación por combinar whisky con teoría social o una auténtica reunión a escala metafísica, totalmente posible dentro de las leyes naturales y sobrenaturales de la mejor ficción. Es el paseo con el símbolo de un género musical que impacta generaciones, incluyendo al narrador que camina con el genio sin saber que… Es sin duda un cuento de nostalgia, del amor joven, de las letras profundas que hablan de las celdas del corazón y de las alas de la libertad. El volumen de la prosa, el manejo del idioma, la riqueza del ritmo y los sentidos, la pasión, la urgencia, la claridad aparecen con mucha fuerza en este cuento.

“El Viejo Casiano” trata sobre la violencia política. Las visiones del amauta transitan a través del tiempo –de atrás hacia adelante– para retratar momentos de furia “constructiva” que se derrama negra y roja sobre las angostas calles de La Paz. Un cuento rápido, intenso, como lo exige el tema.

“Suplente” es el cuento de un martirio. Es un intento desesperado de rescate imposible, de traer de vuelta a un muerto muy querido. Un golpe de Estado, con paramilitares, granadas, torturas, lo del manual; un sacerdote que no sabe si quiere pero que declara ser otro, uno llamado Lucho el Bueno, que bien puede ser un conocido cura español martirizado por orden de García Meza. Intenso, profundo y conmovedor relato.

“La Bicha” es el cuento del cazador – cazado. Combina la musicalidad de Carpentier con la aridez de Rulfo –con lo que evita el a veces molesto barroquismo de Carpentier–, además de la sabrosa intensidad de desmoronamiento hacia arriba con la que Salazar construye sus relatos. Se trata de una prosa poética gobernada por la inevitable precisión periodística propia de un maestro de la ficción y la no ficción. Las palabras elegidas aquí no son medios del mensaje, son también el mensaje en sí mismo. Es un cuento con referencias, al igual que Bolero. La necesidad última, el ver desde el borde el fondo del abismo es el combustible de esta cacería de la vizcacha por parte de un minero en quiebra, luego de que ocurre algo que en principio parece una buena noticia. Es el cuento más largo y para mí, el más cinematográfico de todos.

“El Legado” es el cuento de la historia dentro de otra historia. En este texto un hijo debe ordenar el estudio de trabajo de su padre muerto, acción en la que encuentra escritos del progenitor, pero también, sorpresivamente, textos antiguos de buscadores de riquezas de la época colonial, cuyo tema único es la frustrada obsesión por la minería. A veces pienso que esa ira permanente que moviliza a sectores del altiplano tiene que ver con aquella primigenia frustración por la paradoja de la tierra rica y el pueblo pobre. Salazar otra vez combina la realidad externa con el mundo interno del narrador, con lo onírico, con el potente monólogo interior joyceano, pero embellecido y profundizado, porque lo escribe él y lo hace en la maravillosa lengua de Cervantes.

Terminé de leer Presagios y sólo una idea me quedó dando vueltas: Aspiro a lograr un dominio tan limpio del idioma y una claridad tan diáfana en la ejecución de un género como el cuento, cuyo mecanismo interno es de pura relojería. También disfruto sentirme acompañado con esta forma de literatura intensa, inteligente y clara, por lo que debo decir que celebro haberme encontrado con Juan Carlos Salazar el 30 de mayo en la FIL de Santa Cruz, ocasión en que tuvo, de nuevo, la enorme generosidad de obsequiarme una obra suya.

Santa Cruz de la Sierra, 5 de junio de 2026.

Ramona Cultural –  6 de junio de 2026.

https://www.ramonacultural.com/contenido-r/presagios-una-obra-literaria-completa-madura-y-redonda/

“Presagios”: el tiempo escrito en la memoria

Jorge Larrea Mendieta

Juan Carlos Salazar nos entrega en “Presagios” un libro que no se limita a narrar historias, sino que las convierte en ecos que resuenan más allá de la página. Cada cuento es una pieza de un mosaico mayor: el tiempo, la memoria y la fatalidad. La escritura de Salazar es precisa, sobria, pero cargada de fuerza; sus frases se leen como sentencias que marcan al lector y lo obligan a detenerse, a pensar, a recordar.

Los seis relatos que componen el volumen se despliegan como distintas formas de entender la inevitabilidad. “Almanaque” convierte un objeto cotidiano en símbolo cultural y familiar, un calendario que anticipa y recuerda al mismo tiempo. “Bolero” transforma la música en archivo emocional, donde las canciones son memoria viva de épocas y afectos. “Legado” rompe la linealidad del tiempo con cartas y descripciones que evocan la herencia como un entramado simbólico más que material. En “Suplente”, la fatalidad se impone con la fuerza de lo inevitable: el destino escrito de antemano que no concede escape. “El viejo Casiano” mezcla mito y memoria histórica, convirtiendo a su protagonista en figura que encarna la historia boliviana, mientras que “La bicha” nos recuerda que incluso en lo cotidiano los presagios marcan el rumbo de los acontecimientos.

El libro se sostiene en una diversidad de técnicas narrativas —monólogo, diálogo, epístolas, narrador omnisciente— y en personajes que, más allá de su individualidad, encarnan símbolos culturales y nacionales. Lo íntimo se convierte en metáfora de lo histórico, lo personal se funde con lo colectivo, y el tiempo se revela como un círculo donde todo lo vivido y lo que vendrá está contenido.

En este recorrido, Salazar dialoga con grandes maestros de la literatura. Borges aparece en Legado, con su concepción del tiempo como un entramado no lineal. García Márquez se asoma en Suplente, donde la fatalidad se impone como destino escrito. Faulkner y Cortázar se sienten en El viejo Casiano, con personajes que condensan la memoria de una comunidad y con la mezcla de mito y cotidianidad. Chéjov se percibe en la sencillez y precisión de los relatos, en la manera de atrapar lo humano en gestos mínimos. Pero lo decisivo es que Salazar no imita: dialoga con ellos para construir una voz propia, boliviana y contemporánea.

En medio de estas páginas, una frase se alza como huella imborrable: “El pasado es prólogo del presente y epílogo del futuro.” Esa sentencia resume la visión de Salazar y se convierte en el eco que acompaña al lector mucho después de cerrar el libro.

“Presagios” no es solo un conjunto de cuentos: es una invitación a leer despacio, a escuchar el murmullo del tiempo en cada palabra, a reconocer que la memoria es también un presagio. Es un libro que deja marca, que exige ser recordado, y que confirma a Juan Carlos Salazar como una voz imprescindible en la narrativa breve boliviana contemporánea.

Inmediaciones – 8 mayo, 2026

https://inmediaciones.org/presagios-el-tiempo-escrito-en-la-memoria/?fbclid=IwY2xjawSKX2NleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEehGUhk9Az67WmoOCI9K0iXe6xiHBFP7cP__hGUyKCaXHVSmeEeMGHkANoYCA_aem_YWdncwCCEUQFkBsMFCZsdaBeRn6d&brid=YWdncwG5iaBsbg_ZN47ZME-mGxI7

“Presagios”, una escritura geológica

Magela Baudoin

Presagios es un libro de cuentos discreto, de no más de sesenta páginas, en el que me demoré casi dos semanas. Denso, hermoso, mineral, desactivó mis sistemas defensivos de lectora habituada a los resortes del cuento y me puso a trabajar. De pronto me vi, martillo, mapa y lupa de campo en mano, frente a esta escritura geológica que obliga a excavar estratos de la memoria que presionan nuestro presente y abren grietas en la historia oficial.

Siguiendo a Cristina Rivera Garza, una escritura geológica vuelve visibles las capas colectivas del lenguaje. No entiende la escritura como un acto individual y “original”, sino como una superficie sedimentada por voces, archivos, citas, restos culturales y experiencias compartidas. Escribir, desde ahí, supone des-sedimentar y escuchar lenguajes ya habitados por otros.

Geológicos, entonces, son los cuentos de Juan Carlos Salazar. Su misterio se sostiene en almanaques, boleros, documentos judiciales, canciones populares, cartas, supersticiones, leyendas orales, archivos mineros y plegarias religiosas. El libro entero funciona como una excavación de memorias históricas y sensibles de Bolivia. Cada relato trabaja sobre aquello que quedó depositado en la experiencia colectiva y que regresa para interpelarnos.

Salazar desafía en todo el libro la concepción lineal de la historia, la típica del Capitaloceno depredador. En cambio se ocupa de las temporalidades que surgen entre las rendijas de los adoquines, de los diarios viejos, de la luna inmensa y crepuscular que nos mira diminutos desde el espacio exterior y alumbra por igual, el chaco desolado y sangrante, las vetas plateadas de una mina exhausta, las conspiraciones independentistas o los papeles fatigados de una biblioteca.

Así, “El viejo Casiano” recuerda las revueltas paceñas, las recorre y las anticipa en una caminata  nocturna que desordena la cronología republicana. Casiano las ve venir porque las ha soñado –viejo amauta– y porque ese “populacho” que avanza por la ciudad no pertenece solo al presente: trae consigo la carga de otras sublevaciones vencidas, aplazadas, traicionadas y todavía vivas, como heridas abiertas. La Paz aparece entonces como una ciudad estratificada, donde los adoquines sellan cada levantamiento como episodio concluido, mientras el cuento deja oír su rugido de río subterráneo: “¡Ay La Paz de las rebeliones, de las conjuras y de las conspiraciones!”.

En “Almanaque”, Salazar pone en contacto el archivo material y popular del tiempo –el almanaque Bristol, con sus santorales y predicciones astrológicas–, con el tiempo colosal de la Luna, que rige la guerra, la tierra y los órdenes del firmamento. Ese archivo menor guarda memorias laterales de la historia y las enlaza con el archivo brutal de la Guerra del Chavo, sedimentado bajo el territorio como acumulación de muerte. Desde la trinchera, entre listas de caídos y partes militares, el narrador recuerda su almanaque, y la escritura hace coincidir ambos registros hasta volverlos inseparables. El presagio astral y el documento bélico participan entonces de una misma economía de la muerte, bajo una luna inmensa que no trae hasta nosotros solo cadáveres, sino la persistencia material de esas vidas.

En Presagios, los muertos nunca desaparecen del todo. En “Bolero”, Raúl Shaw Moreno atraviesa la noche paceña como una presencia convocada por la memoria musical. Lo importante no es el efecto fantástico en sí, sino la forma en que la canción popular funciona como aparato de conocimiento para entender aquel tiempo y este. Las letras de los boleros se intercalan en los diálogos y producen una escritura desapropiativa entrañable, capaz de unir memoria íntima, cultura popular e historia colectiva.

En “Suplente”, la sustitución adquiere una dimensión política y afectiva. Un cura ocupa el lugar de “Lucho el bueno”, para intentar salvarlo, y el cuento parece preguntarse qué habría ocurrido si otro hubiese sido el destino, si la historia hubiera tomado apenas un desvío mínimo. La sustitución introduce así una lógica ucrónica y colectiva: las vidas no aparecen aisladas, sino entrelazadas por relevos, cuidados y riesgos compartidos. Sustituir no significa borrar una identidad, sino asumir provisionalmente el lugar del otro, entrar en su peligro, cargar su posibilidad de muerte. Frente a la maquinaria del terror, Salazar imagina entonces una comunidad frágil donde los cuerpos todavía pueden imponerse entre la violencia y la desaparición, aunque fracasen.

“Legado” es quizá el cuento que mejor dialoga con la idea de escritura geológica, porque se construye literalmente sobre un trabajo de excavación archivística. Un hijo revisa el desván del padre muerto y encuentra periódicos, manuscritos, cartas, libros antiguos, cuadernos de notas y relatos fragmentarios sobre un minero desaparecido. El archivo no aparece ordenado ni estabilizado: es una masa homogénea de materiales corroídos por el tiempo, donde la investigación no conduce a una resolución plena, sino a una proliferación de huecos. Cada estrato descubierto abre otro vacío. El cuento establece así una equivalencia decisiva entre minería y escritura: el padre busca vetas documentales del mismo modo en que los mineros buscan vetas de plata. Ambos procedimientos implican perforar superficies, descender a profundidades inciertas, leer señales dispersas y exponerse al derrumbe.

“La bicha” puede leerse desde un desplazamiento antropocéntrico. Entender el cuento exige aceptar otro orden de conocimiento: el del mundo animal, con sus señales, ritmos y formas de advertencia. La bicha, vizcacha enorme que muestra o esconde el mineral, no funciona como simple amenaza fantástica ni como criatura decorativa; introduce una inteligencia no humana que desestabiliza la seguridad con que los personajes interpretan el entorno. Sus signos obligan a leer la naturaleza no como paisaje disponible, sino como una materia viva que registra, responde y devuelve la violencia recibida. El cuento deja entrever un saber animal capaz de denuncias, sin discurso explícito, la depredación humana del mundo natural.

Quiero cerrar esta lectura geológica de Presagios con una precisión importante. Este libro no vuelve sobre los restos –guerras, revoluciones, minas agotadas, sistemas políticos derrumbados– para tratarlos como ruinas. Salazar los leer desde una escritura que entiende la investigación como cuidado y justicia: excavar no para ordenar cadáveres ni fijar una verdad definitiva, sino para escuchar lo que persiste entre los sedimentos de la historia. Por eso, allí donde el archivo oficial acumula pérdidas, esta escritura encuentra continuidad, vínculos y belleza.

Santa Cruz de la Sierra, 28 de junio de 2026.-

“Presagios”, una escritura de la memoria, el regreso y la fábula

María Cristina Botelho Mauri

He recibido con mucho agrado por vía de internet el libro que recientemente va presentando Juan Carlos Salazar del Barrio, periodista y académico de número de la Academia Boliviana de la Lengua.  Me refiero a “Presagios”, un título como si fuese una metáfora poética, porque encierra muchas situaciones que en los textos de Juan Carlos Salazar destacan, no es solamente la intuición o premonición, es algo que va más allá, es la sensación de que algo está  a punto de suceder.

Juan Carlos conversa con un ayer que parece hoy, las supersticiones siguen siendo el aviso prematuro de una buena o una mala noticia.  De tradiciones se ha nutrido la historia de Latinoamérica y de allí es que se han escrito grandes narraciones, ya sea cuento, novela, ensayo o crónica.  En este caso particular, la crónica se convierte en un regreso de la memoria y es relatada de manera magistral.

Estos relatos están escritos con un lenguaje sencillo, acudiendo a las muletillas  del habla popular boliviano, como son los mineros y la voz del mismo narrador.  Son textos donde el realismo mágico despliega sus alas y vuela.  Contagia a cada lector  la sensación de que los tiempos que se narran perviven. Se toca la sensibilidad de una manera tan extraordinaria que sería imposible olvidar.

En estos textos aparecen personajes conocidos, pero también olvidados, como Raúl Shaw Moreno que reaparece mediante los versos de algunos boleros.  Entonces, la música se hace cargo para refrescarnos la memoria.  También la política tiene mucho que ver en la escritura de Juan Carlos Salazar y una constante, los curas o las alusiones religiosas.

Son textos breves como lo es el volumen del libro, sin embargo, la riqueza narrativa y descriptiva de paisajes, situaciones y personajes está muy bien lograda.  Es una referencia de un ayer que regresa y sorprende. 

“La bicha”, especialmente me pareció el mejor de todos los relatos.  Sin desmerecer a los otros,   es el que más me ha conmovido. 

Es una escritura de la memoria, el regreso y la fábula.  Etapas históricas marcadas por la fatalidad.   Hay dolor, impotencia y realismo.

Indiana, 23 de mayo de 2026.-

https://inmediaciones.org/presagios-una-escritura-de-la-memoria-el-regreso-y-la-fabula/