Mina, bolero y amartelo: «Presagios» de don Gato

Liliana Carrillo V.*

Un aire a mina, bolero y amartelo tiene Presagios, el segundo libro de cuentos de Juan Carlos “Gato” Salazar. Tiene también vizcachas, almanaques Bristol, bibliotecas viejas y boleros tristes conspirando para probar que los periodistas pueden –y muchos deben– aventurarse en las lides literarias. Porque, al final, se trata de contar historias de éste o del otro lado del umbral.

En su segundo libro de ficción —Figuraciones (2021) fue el primero—, Salazar reafirma su estrategia de “llenar con imaginación un espacio que la historia dejó abierto”. Los seis relatos presentan personajes, contextos o datos reales y verificables en un mundo de ficción. Ir tras los hechos es labor de periodista, el oficio que don Gato ha ejercido durante décadas, y que penetra, como pocos, las pasiones del alma humana.

Dicho esto, y sin ánimo de espoilear, un repaso a los cuentos de Presagios (Plural, 2026)

Almanaque: Qué artefacto fino es este cuento que tiene como protagonista a un calendario famoso. “Ni el cura conocía tan bien el santoral como Don Bristol”, reflexiona Jacinto bordando su propia genealogía con el hilo de la luna y los planetas. Es un cuento entrañable, filosófico pero no moralista y signado por el amartelo por el abuelo que extrañaba tanto, aunque murió cuatro años antes que él naciera.

Bolero: Los reflectores apuntan a Raúl Shaw Moreno, la voz de Los Panchos, nada menos. Es La Paz de hace algunas décadas, una farra que se convierte en paseo y una charla que deriva en un duelo sobre boleros. De fondo —y a ratos en primer plano— boleritos, y alguna zamba infiltrada, para llorar malos amores. Por alto que esté el cielo en el mundo/ por hondo que sea el mar profundo/ no habrá una barrera en el mundo/ que mi amor profundo no rompa por ti. Nada diré de la vuelta de tuerca del final que cambia la dimensión del cuento.

El viejo Casiano: Un paseo por la historia de La Paz, guiado por los ojos de un viejo amauta. Entre calles de nombres recios, el narrador bosqueja el germen violento, desde sus orígenes, de esta ciudad de paradójico apellido. Qué bien logrado el juego de tiempos que se entretejen con la historia y los mitos. Doble mérito por las referencias, bien dosificadas, de hechos y fechas precisas.

Suplente: Puro ritmo, pura música, pura poesía en esta historia de curas del tercer mundo, jodida por la violencia. Hay en su narrador una veta poética grande que, intuyo, cada vez se resigna menos a no brillar.

La bicha: La terquedad de un hombre, ciego a las señales, que decide emprender una guerra solitaria contra las vizcachas que se han convertido en obstáculo para llegar a su veta. Esta historia de minas tiene la ambientación y el ritmo precisos. Rozando el género de lo fantástico, presenta personajes complejos, contradictorios, entrañables (hasta las bichas).

El Legado: Poderoso cuento, el más literario del libro, acaso. Ordenando el desván de su difunto padre, un hombre descubre una serie de documentos y libros antiguos que revelan la obsesión de su progenitor por desentrañar el paradero de Mateo Garvizu, un minero español del siglo XIX que desapareció tras hallar una veta de oro en el altiplano. A través de la lectura de una carta perdida y la bitácora de investigación de su padre, el protagonista habrá de coser presagios para descubrir su legado. El cuento intercala registros en tres planos temporales, construye personajes profundos y melancólicos y estalla en descripciones.

“Hay presentimientos que son/ como el rumor del viento/ antes de la tempestad”, escribió Gustavo Adolfo Bécquer. No es el caso de los cuentos de Presagios, que llegan con augurios de buena literatura.

*Liliana Carrillo V. es periodista.

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Ecos y huellas en los «Presagios» de Juan Carlos Salazar

Carlos Decker-Molina

Son seis cuentos que, paradójicamente, dejan al lector con la sensación de querer más. Juan Carlos Salazar del Barrio, periodista devenido en escritor, cultiva una prosa clara, sin afectaciones ni pertenencias a capillas literarias. Su escritura fluye con naturalidad, pero no por ello carece de densidad: posee una notable fortaleza semántica.

Hay frases que lo confirman: “El pasado es prólogo del presente y epílogo del futuro”, o “venciste de muerto sin conocer tu propia victoria”. O aún más desgarradora: “mis labios, convertidos en trapos por el miedo”.

Tras la lectura de los seis cuentos que componen Presagios (Plural 2026), emergen filiaciones literarias que no pesan como sombra, sino que enriquecen la obra. En “Legado”, por ejemplo, se percibe la huella de Borges en su concepción del tiempo como una estructura no lineal: recordar es también prefigurar. El presagio, en ese sentido, adquiere una dimensión filosófica.

En “Suplente”, en cambio, aparece el eco de García Márquez, sobre todo en la idea del destino anunciado, inevitable, que avanza como una profecía ya escrita. Y junto a ellos se asoman otras presencias: Faulkner, con su fatalidad donde el pasado irrumpe y determina; y Chéjov, en la insinuación sutil del porvenir, en aquello que no se dice, pero se presiente.

También se percibe la influencia de Cortázar, especialmente en “El viejo Casiano”, donde el lector avanza entre recuerdos aparentemente cotidianos que, de pronto, revelan –de manera poética– el destino de un país. Aquí, el presagio se vuelve inquietante por su cercanía con la historia.

De los seis cuentos, hay tres que me resultan particularmente entrañables: “Almanaque”, “Bolero” y “La Bicha”.

En “Almanaque” aparece mi propia infancia: mi abuelo comprando cada enero el Almanaque Bristol para intentar descifrar el año por venir. Ese objeto —casi mágico— ha recorrido la literatura latinoamericana: García Márquez lo menciona en La hojarasca y, si la memoria no me falla, también en El amor en los tiempos del cólera; Miguel Ángel Asturias lo incorpora en Mulata de tal. El cuento sugiere algo inquietante: el futuro ya está contenido en el pasado. Basta hojear el Bristol del año anterior y compararlo con el nuevo para descubrir que los presagios, en realidad, siempre estuvieron ahí.

“Bolero” es, quizá, mi favorito, también por una coincidencia personal. Hace años escribí un libreto de radioteatro titulado Cuando ya no estés conmigo, basado en boleros como Bésame mucho, Sabor a mí, Piensa en mí e Historia de un amor. Nunca llegó a grabarse. Sin embargo, en una de esas limpiezas periódicas de papeles, encontré el texto y, tras compartirlo con un amigo, surgió la idea de llevarlo a un café concert.

Esta misma semana nos reunimos con una cantante sueca-latina y un grupo de artistas para hacerlo realidad. La coincidencia con el cuento de Salazar es inevitable, aunque mi intento queda empequeñecido frente a la construcción literaria de Bolero: allí, el presagio es fantasmal, y no existe una frontera clara entre pasado y futuro; todo es memoria que sigue respirando.

Finalmente, “La Bicha”. En sus páginas reconocí escenas que podrían pertenecer a mi propia vida: las salidas de caza con mi padre en las alturas del Tunari, el despuntar del sol, la espera contenida, la aparición del animal que observa, huele, duda y regresa a su guarida, como si anunciara lo inevitable. Aquí la comparación con Faulkner resulta inevitable: el presagio es trágico, el pasado invade el presente y lo condiciona.

Presagios, de Juan Carlos Salazar del Barrio –entrañablemente conocido como “Gato”–, es un libro que no se lee una sola vez. Cada relectura abre nuevas capas: el presagio puede ser emocional, trágico o fantasmal. Y, en ese proceso, el lector termina reconociéndose en el texto, como si el libro también hubiera sido escrito por él.

Es, en definitiva, un libro para quedarse. Su permanencia radica en su atmósfera. Porque, en el fondo, todos compartimos la misma inquietud: saber qué ocurrirá mañana. De ahí nuestra antigua obsesión por leer el futuro, ya sea en un almanaque, en los sueños o en las hojas de coca.

Estocolmo, Marzo de 2026.-

«Presagios» reafirma la técnica de J.C. Salazar y consolida su prestigio de escritor en el género del cuento

Óscar Rivera-Rodas*

Con el presente volumen, Juan Carlos Salazar del Barrio reafirma su técnica y consolida su prestigio de escritor en el género de la narración breve moderna. Los cuentos de Presagios, (Plural, 2026) como los del volumen anterior, Figuraciones (Plural, 2021), son excelentes, con estructuras muy bien definidas respecto al tiempo y al espacio, y con diversos niveles interiores que enriquecen su profundidad.

El cuento es un relato sintético, cuya estructura está arraigada en un fragmento del mundo y del tiempo de sus personajes, a diferencia de la novela cuya estructura puede extenderse a través de periodos temporales múltiples y simultáneos, y ocupar innumerables lugares expandiendo sus recursos narrativos a extremos ilimitados.

Los recursos narrativos de Presagios se concentran en la síntesis del acontecimiento preeminente en sus descripciones, diálogos, comentarios, aunque pueden referir, desde su instancia principal, situaciones temporales y espaciales distintas. En algunos casos, prescinden del narrador principal que, puede ser omnisciente, y narrar en «tercera persona» la historia de los personajes, distintos de su condición.

Muestran una variedad de discursos. «Almanaque», por ejemplo, es un monólogo, «Bolero» es un diálogo y «Legado», una estructura discursiva rica en descripciones, diálogos, monólogos, anotaciones, epístolas… Es el más impresionante por su riqueza.

Los relatos dan lugar preferencial a los personajes, definidos por el escritor con precisión en su condición humana, mental y afectiva, en el contexto de su comunidad y su cultura. De este modo surgen seres literarios diversos convertidos en narradores, en «primera persona», de su propia condición en una instancia concreta, temporal y espacial, de su historia individual. Es decir, son personajes muy bien elaborados.

A partir de motivos realistas, proyectan dimensiones culturales distintas. «Almanaque» exhibe la importancia del conocimiento astrológico como una manifestación cultural legítima. «Bolero», inmerso en la cultura popular, celebra la importancia de un ritmo musical tan afín a las relaciones amorosas del siglo pasado en América Latina. «Legado», extraordinario relato, que a partir de una buhardilla repleta de libros y papeles se desplaza hacia la historiografía, que despliega la cultura medieval que los españoles llevaron a América Latina en el siglo XVI.

Mediante esta técnica, Juan Carlos Salazar expone a los personajes y sus respectivos relatos a una relación directa con los lectores; lo que implica, asimismo, el manejo de la escritura en su aproximación a la lectura.

*Profesor de Literatura latinoamericana de la Universidad de Tennessee (EEUU).

https://inmediaciones.org/?s=juan+carlos+salazar

Juan Carlos Salazar: oficio, palabra y país

Entrevista de Inmediaciones

Juan Carlos Salazar del Barrio nació en Tupiza en 1945. Periodista, docente universitario, escritor y académico de la lengua, ha sido testigo de los momentos más críticos de la historia boliviana y latinoamericana. Cofundador de la Agencia de Noticias Fides (ANF), corresponsal de la Agencia Alemana de Prensa (DPA), editor internacional del diario Excélsior de México, y autor de textos que cruzan el periodismo con la literatura.

Se desempeño como director de la Carrera de Comunicación Social de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo” en La Paz. Su ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua con el discurso “Periodismo y literatura, orillas de un mismo río” no fue una formalidad: fue una declaración de principios. Salazar ha defendido el periodismo como ejercicio ético, como forma de memoria, como herramienta de ciudadanía.

Su obra escrita es parte esencial de esa defensa. En Genio y figura (Plural, 2024), reúne semblanzas de personajes como Pedro Shimose, Jaime Saenz, Xavier Albó, Gladys Moreno, Violeta Parra, Cantinflas y Octavio Paz, entre otros. No son retratos complacientes: son exploraciones narrativas que cruzan la cultura, la política y la historia. El libro, ilustrado por Marcos Loayza, es también una declaración de estilo: Salazar escribe con precisión, con afecto, con mirada crítica.

En A la guerra en taxi, recopila crónicas de conflictos armados que cubrió como corresponsal en América Latina. Es un libro sobre el riesgo, la urgencia y la dignidad del oficio. Y en Figuraciones, despliega una escritura más íntima, más reflexiva, donde el lenguaje se vuelve territorio y la memoria se vuelve forma.

Esta entrevista no busca homenajes. Busca grietas. Busca al hombre que ha hecho del oficio una forma de país.

Con esta publicación, Inmediaciones reafirma su compromiso de abrir espacios de pensamiento crítico y memoria viva, acercando a sus lectores a voces que ayudan a comprender la relación entre el oficio periodístico, la fuerza de la palabra y la construcción de la identidad nacional.

Entrevista sin red a Juan Carlos Salazar

1.- ¿Qué te llevó al periodismo en un país donde la palabra siempre ha sido campo de batalla?

R.- La casualidad. Quise estudiar Geología para seguir la tradición familiar y ayudar a mi padre en su negocio minero, pero me fue mal en el examen de ingreso en la Universidad y tuve que buscar trabajo a la espera del año lectivo siguiente para realizar un nuevo intento. Un profesor del colegio (yo estudié con los jesuitas) me dijo que Radio Fides estaba buscando un “gacetillero” para redactar las noticias del mediodía. El padre José Gramunt, director de la emisora, me hizo una prueba y me contrató. Al año siguiente entré a Geología, pero el periodismo ya me había atrapado. Como en esa época no había Periodismo ni Comunicación Social en ninguna universidad de Bolivia, dejé Geología y me inscribí en Derecho y Ciencias Políticas, que era lo más cercano a la vocación que había encontrado en Fides. Cinco años después, en 1969, se abrió el Instituto de Ciencias y Técnicas de la Opinión Pública de la Universidad Católica, antecedente de la actual Carrera de Comunicación, al que me inscribí sin pensarlo dos veces. Egresé en la primera promoción. La lectura del buen periodismo hizo el resto.

2.- ¿Qué aprendiste cubriendo conflictos en América Latina? ¿Qué se ve desde la calle que no se ve desde la redacción?

R.- Siempre tuve como referentes a los grandes periodistas de la época. Leía con interés y admiración los reportajes que publicaba la revista Life, como los de Herbert Matthews sobre la guerrilla de la Sierra Maestra, y las crónicas de los corresponsales de guerra de las agencias internacionales en Viernam. Yo tenía una idea muy romántica del periodismo. Pensaba que valía la pena ejercerlo si te daba la oportunidad de viajar por el mundo para contar las grandes historias. No busqué ser “corresponsal de guerra”, pero la guerrilla del Che Guevara me abrió las puertas de la agencia DPA y la agencia me dio la oportunidad de cubrir varios conflictos armados de la América Latina de la segunda mitad del siglo XX, experiencias que relaté en mi libro de crónicas “A la guerra en taxi”. En esa época no existía Internet, tampoco computadoras; los celulares no se habían inventado y las grabadoras eran unos aparatos de varios kilos de peso. Mis instrumentos de trabajo eran una libreta de notas y un bolígrafo. Era el periodismo de la adrenalina, reporterismo puro, con el que soñábamos todos los periodistas de mi generación.

3.- ¿Qué significa para ti haber fundado ANF? ¿Qué papel debe jugar una agencia de noticias en la construcción democrática?

R.- ANF fue mi primera escuela, cinco años antes de que ingresara a la universidad, y el padre Gramunt mi primer maestro. El periodismo es un oficio y, como todo oficio, se aprende en un taller. El taller del periodista es la redacción. En ANF aprendí los gajes del oficio, la universidad me dio la formación académica. Práctica y teoría. Todo medio, no solo una agencia, juega un papel importante en la construcción democrática. El periodismo es un método de interpretación de la realidad social. El periodista es intérprete y protagonista. Intérprete, porque relata lo que ocurre en su entorno; protagonista, porque influye e interviene en la construcción de la realidad. Arthur Miller dijo alguna vez que “un buen periódico es una nación hablándose a sí misma”. Es la importancia que doy al medio y así lo entendíamos en Fides.

4.- ¿Qué te enseñó tu paso por Excélsior y por DPA sobre el periodismo internacional?

R.- Hice casi toda mi carrera profesional (40 años) fuera de Bolivia, con DPA. Trabajé en Excélsior cuando ese periódico era considerado –según el New York Times– como uno de los diez mejores del mundo. Son medios que me permitieron tener una mirada global de la época y me dieron la oportunidad de ser un testigo privilegiado de hechos y procesos históricos, desde la guerrilla del Che Guevara en Bolivia, en 1967, hasta los primeros atentados yihadistas en Europa, en la primera década del siglo XXI, para citar algunos. Y, claro, agradezco a DPA por haberme dado la oportunidad de vivir de lo que me gustaba hacerr. En eso consiste la realización personal.   

5.- ¿Qué te incomoda del periodismo actual en Bolivia? ¿Qué se ha perdido en el oficio?

R.- El periodismo nació para contar historias. Cuando el joven Mark Twain quiso ganarse la vida como reportero le preguntó al director del periódico de su pueblo qué debía hacer para ser periodista. “Salga a la calle, mire lo que pasa y cuéntelo con el menor número de palabras”, le respondió el editor. Es lo que hizo el novel periodista y futuro escritor a partir de ese momento. Mirar lo que ocurría en la calle y describir los hechos de los que era testigo. Me temo que la tecnología nos ha hecho perder esa costumbre, la de salir a la calle para recoger y contar historias. Los periodistas ya no reportean, “googlean”. No hablo del periodismo boliviano en particular, sino en general. Cuando un estudiante de una universidad de Madrid me preguntó qué hacíamos los periodistas cuando no había Internet ni celulares, le respondí: “Hacíamos periodismo”. Yo creo que es importante “volver a la calle”, hacer el periodismo de siempre, el que hacían los grandes maestros, como Hemingway o García Márquez, Nos quejamos de la crisis el periodismo, pero la culpa no la tiene la revolución tecnológica. Augusto Monterroso se consagró como el autor del cuento más corto de la historia de la literatura en español, El dinosaurio (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí”), Si siete palabras y 48 caracteres bastaron para escribir un cuento de la complejidad, concisión y belleza de ese texto, ¿por qué no ha de ser posible redactar una pieza periodística de calidad dentro de los mismos límites digitales?          

6.- ¿Crees que los medios bolivianos son independientes? ¿O están atrapados entre intereses políticos y económicos?

R. Los medios responden a su contexto político, económico, social, y los periodistas, a su formación. La independencia no es abstracta. No se es independiente en general. Se es independiente en relación a algo o a alguien. El periodista debe ser independiente respecto de quien informa. Si cubre la fuente política, no puede trabajar al mismo tiempo para el gobierno; si cubre la información financiera, no puede ser asalariado de la banca. Como dice el proverbio bíblico: “No se puede servir a dos señores». La independencia, así entendida, tiene que ver con una de las funciones esenciales del periodismo: la fiscalización del poder. No lo puede fiscalizar si no es independiente de él.             

7.- ¿Qué les falta hoy a los periodistas para recuperar la confianza pública? ¿Es rigor, es calle, es coraje?

R.- La primera obligación de un medio y de un periodista es la búsqueda de la verdad, a partir del reconocimiento de que no existe una verdad única. De este reconocimiento nace el respeto al pluralismo y a la concepción de un medio como plataforma de ideas plurales. Una de las principales funciones del periodismo en una sociedad democrática es la fiscalización del poder, no solo del político, sino de todos los poderes, como el económico o los fácticos. La búsqueda de la verdad, requiere rigor, sobre todo en tiempos de desinformación como los actuales; la defensa del control independiente del poder, coraje, ahora y siempre.    

8.- ¿Qué cambiarías de los medios si pudieras intervenir en su estructura?

R.- Resulta difícil precisar en medio de la revolución tecnológica que estamos viviendo, más allá de señalar la importancia de que los medios se adapten a los cambios en curso. En todo caso, estamos hablando de cambios técnicos, porque la esencia del periodismo no ha cambiado. Hay nuevos medios y nuevos formatos, pero detrás de cada plataforma, sea convencional o digital, siempre estará un periodista como responsable de la elaboración de los contenidos.

9.- ¿Qué papel deberían asumir los medios en la construcción de ciudadanía? ¿Y qué papel están evitando por comodidad o conveniencia?

R.-  Como dije, el periodista es intérprete y protagonista del acontecer diario, no solo porque cuenta lo que ocurre en su entorno, sino porque además influye e interviene en la construcción de esa realidad. De ahí viene su responsabilidad social. Según una de las mejores definiciones de nuestro oficio, “el propósito principal del periodismo es proporcionar a los ciudadanos la información que necesitan para ser libres y capaces de gobernarse a sí mismos”. Es el rol que nos corresponde. No cumplirlo, cual quiera que sea el motivo, es traicionar a la principal misión del periodismo.    

10.- ¿Qué te irrita más: el medio que se disfraza de neutralidad o el que se entrega sin pudor al poder?

R.- Creo haber respondido a esta pregunta al referirme a la independencia de la prensa y del periodista.

11.- ¿Qué significa para ti haber dirigido la carrera de Comunicación Social en la UCB? ¿Qué desafíos enfrentan hoy quienes enseñan a comunicar?

R.- Para mí fue un honor dirigir la Carrera de la que fui su primer egresado. Un honor y un desafío, porque pocas carreras, como la de Comunicación Social, han vivido tan de cerca la revolución tecnológica, una revolución que yo la experimenté personalmente, al pasar del telégrafo Morse, que utilicé para informar sobre la guerrilla del Che, a Internet, con el télex, el fax, la computadora, la laptop y el celular de por medio, en menos de 40 años. La adaptación de los cambios tecnológicos, que obviamente se reflejan en los medios y formatos del periodismo, fue una de las tareas principales de mi gestión. Durante el último año, pusimos en marcha la nueva Carrera de Comunicación Digital Multimedia, paralela a la existente de Comunicación Social..

12.- ¿Qué te ha enseñado la docencia que no te enseñó la redacción?

R.- La docencia te obliga a estudiar y a actualizarte. El escritor, periodista y académico inglés Colin MacCabe, a quien suelo citar con frecuencia, dijo  alguna vez: “Me gusta escribir sobre lo que sé y me gusta enseñar lo que quiero aprender”. Yo aprendí mucho con mis estudiantes de la universidad.

13.- ¿Crees que la formación universitaria está preparando comunicadores críticos o solo técnicos de contenido?

R.- Es lo que pretendemos, al menos en mi universidad, la formación de profesionales con espíritu crítico.       

14.- ¿Qué debería cambiar en los planes de estudio para que la comunicación vuelva a ser una herramienta de ciudadanía?

R.- La formación integral es fundamental, no solo de los profesionales de la Comunicación. La formación profesional debe estar al servicio de la sociedad. Formar para vivir y para convivir.   

15.- ¿Qué te llevó a escribir Genio y figura? ¿Por qué elegir la semblanza como género para pensar la cultura?

R.- La semblanza y la crónica son mis géneros periodísticos favoritos. Antes de “Genio  y figura”, publiqué “Semejanzas”, un libro de semblanzas de “gente poco común” que conocí a lo largo de mi carrera profesional. Me acerqué al género biográfico desde muy joven, primero como lector de una sección de la revista Selecciones del Reader’s Digest, llamada “Mi personaje inolvidable”, y después de una hermosa columna que publicaba Alfonso Prudencio Claure (Paulovich) en Presencia Literaria bajo el título de  “Apariencias”. La semblanza es un género que permite trazar “bocetos”, esbozos de la trayectoria de una vida, resultado de una percepción; una “semejanza” que nos permite aproximarnos a la persona y también a su tiempo.           

16.- ¿Qué personaje te costó más retratar? ¿Y cuál se escribió solo, como si te dictara desde la memoria?

R.- Me han resultado más fáciles las semblanzas de las personas que conocí personalmente, porque pude escribirlas desde la cercanía, a partir de conversaciones, observaciones, anécdotas, etc., como las de Juan Rulfo, Pedro Shimose, García Márquez, Paulovich, Alfredo Domínguez, Violeta Parra o Jorge Suárez. Me resultaron más difíciles las de los personajes que no conocí, que requirieron no solo investigación, sino, sobre todo, imaginación para recrear sus circunstancias.   

17.- ¿Qué te exige más: escribir una crónica o construir una semblanza?

R.- Depende del hecho y del personaje. Mis crónicas son relatos de hechos de los que fui testigo, elaborados al calor de una determinada cobertura periodística, como los que integran “La guerrilla que contamos”, sobre la guerrilla del Che en Bolivia,  o “A la guerra en taxi”, sobre los conflictos armados que me tocó cubrir. Escribí lo que vi y lo que viví, bajo la presión del tiempo, es decir “sobre la marcha”, que es lo que ocurre cuando trabajas para una agencia de noticias. Las semblanzas también obedecen a coyunturas concretas, como la muerte del personaje o un acontecimiento concreto, pero, por lo general, tienes más tiempo para la investigación y la redacción de los textos.        

18.- ¿Qué vínculo ves entre periodismo y literatura? ¿Dónde se cruzan y dónde se separan?

R.- Un amigo y colega español, Manu Leguineche, decía que “el periodismo y la literatura son orillas de un mismo río”, una hermosa descripción de la simbiosis de los dos lenguajes, que yo tomé prestada para el título de mi discurso de ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua, que versó, precisamente, sobre ese tema. Leguineche no era el único que pensaba así. Para García Márquez, el periodismo y la literatura “son hijos de la misma madre, la narrativa”. También para Jorge Suárez eran oficios complementarios. Los concebía como “dos formas de escritura, dos formas de habitar el mundo”; dos constantes que lo acompañaron a lo largo de toda su vida: “su pasión y profesión, el periodismo, y su destino, la literatura”. Como escribí en el epígrafe de mi libro de cuentos “Figuraciones”, la ficción cobra vida cuando la imaginación desvela lo que la realidad oculta. Dicho de otro modo, la realidad cobra una nueva vida al cabalgar en la ficción. Es en la zona de nadie, entre las dos orillas del río narrativo, en el cauce que acoge lo real y lo imaginario, en ese trance maravilloso de la creación, donde la literatura le disputa la palabra al periodismo.

19.- ¿Qué palabra te obsesionó mientras escribías Genio y figura? ¿Y cuál decidiste no usar nunca más?

R.- No recuerdo ninguna palabra en particular. Soy obsesivo, con las ideas que se expresan en imágenes, con las palabras/imágenes, porque mi intención es “mostrar” antes que “contar”. Busco utilizar palabras/imágenes en lugar de adjetivos, por ejemplo; y adjetivos, solo  si sirven para sugerir o para decir lo que los sustantivos no dicen. Esta obsesión implica buscar las palabras precisas en cada línea.

20.- Qué te reveló el proceso de edición? ¿Qué se gana y qué se pierde cuando se publica?

R.- Publicar es un alivio. Es dejar de editar. Suelo escribir con bastante rapidez, gracias al oficio periodístico, pero la edición, al menos en mi caso, consume la mayor parte de la producción de una crónica o cuento. Una vez publicado, no vuelvo a leer al texto.     

21.- ¿Qué libros tuyos aún no han sido escritos? ¿Y por qué siguen esperando?

R.- Tengo un segundo libro de cuentos casi listo. Estoy trabajando en las últimas correcciones. Espero que salga pronto, cuando mi editor disponga. No tenía pensado volver a la crónica y la semblanza, pero son los formatos que elegí para un libro que tengo en proyecto sobre mi pueblo, Tupiza, el “Macondo de Bolivia”. También tengo una novela en mente, pero es apenas una idea.     

22.- ¿Qué significa para ti haber ingresado a la Academia Boliviana de la Lengua? ¿Es reconocimiento, responsabilidad o provocación?

R.- Es un honor ocupar una silla de una institución que cobijó a tantos y reconocidos intelectuales a lo largo de su casi un siglo de vida, y a colegas que dieron brillo al periodismo boliviano, como Luis Ramiro Beltrán, Huáscar Cajías, Juan Quirós, Alberto Bailey, Walter Montenegro y Raúl Rivadeneira, que ya no están con nosotros, y a Pedro Shimose, Óscar Rivera Rodas,  Mariano Baptista Gumucio y Mario Frías Infante, para citar a algunos de los actuales académicos. Y es también un honor haber “heredado” la silla que ocupó durante 30 años el querido y entrañable Paulovich, Alfonso Prudencio Claure, y una enorme satisfacción que el asiento asignado corresponda a la emblemática eñe (Ñ), la letra reina de nuestra lengua.

23.- ¿Qué palabra te obsesiona últimamente? ¿Y cuál has dejado de usar por decepción o hartazgo?

R.- Tengo una pelea permanente con las palabras, sobre todo cuando escribo un cuento. Es una pelea permanente, pero no definitiva. Siempre termino haciendo las paces con ellas, porque cuando una palabra suena mal, cuando no encaja, es que no está en el lugar correcto o no representa la imagen que quieres transmitir. Cuando consigues que la palabra coincida con la imagen que buscas, desaparece la obsesión y tampoco hay decepción.     

24.- ¿Qué historia te dolió más contar? ¿Y cuál te devolvió esperanza?

R.- La historia de los conflictos armados de la segunda mitad del siglo pasado. Una época de sátrapas, profetas y redentores, de redentores que se convirtieron en sátrapas en el ejercicio del poder; la época en que los gobiernos latinoamericanos transitaban por los caminos sin Dios ni ley del continente, cuando la política era “una cuestión de vida o muerte”, parafraseando a Graham Greene. Como escribí en mi libro “A la guerra en taxi”, los periodistas acuden a los escenarios de los conflictos armados para reconstruir la historia a través de sus protagonistas, los hombres y mujeres que luchan para sobrevivir a sus dramáticas circunstancias. Buscan ponerle rostro a la tragedia cotidiana y terminan convirtiéndose, ellos mismos, en personajes de su propia crónica, en una cara más de la guerra, al reencarnarse en experiencias ajenas. Los personajes que describí en “Semejanzas” y “Genio y figura” me devolvieron la esperanza en la humanidad. Una colega me preguntó en una entrevista por qué todos mis personajes eran positivos. Le dije que no se me daban los negativos. Tal vez porque vi demasiada  maldad o por la necesidad de reivindicar a gente que hace lo que puede para aliviar las miserias de sus semejantes.          

25.- ¿Qué libros te acompañan como refugio? ¿Y cuáles te han dolido más que la realidad misma?

R.- No tengo lecturas permanentes. Van por etapas. Por ejemplo, después de vivir cuarenta años fuera de Bolivia, retomé la literatura boliviana. Volver a leer a Cerruto, Céspedes, Arguedas, Urzagasti, Medinaceli, Sáenz  o Julio de la Vega, no fue releerlos, sino, dado el tiempo transcrito, leerlos por primera vez. Enfrascado como estoy en el cuento, sí releo a Rulfo, Horacio Quiroga, Borges y Cortázar. En el caso de Rulfo, a quien conocí en México, es una lectura recurrente desde que lo leí por primera vez, hace más de medio siglo.         

26.- ¿Qué pregunta nunca te han hecho y te gustaría que te hicieran ahora, aunque incomode?

R.- Un viejo maestro del periodismo decía que el periodista está para preguntar y no para responder. Mi oficio ha sido ese: preguntar. Tal vez por eso nunca me he preguntado, valga la redundancia, si no he sido interrogado sobre algún tema. Seguramente hay muchos, aunque ninguno que me incomode.    

27.- ¿Qué le dirías al Juan Carlos joven que soñaba con cambiar el país desde el periodismo? ¿Y qué le dirías al Juan Carlos de mañana?

R.- García Márquez dijo alguna vez que “ser periodista es tener el privilegio de cambiar algo todos los días”. Es decir, ser partícipe de la construcción de una comunidad, de un país, de una sociedad. La construcción de una sociedad mejor.  Es un privilegio y una responsabilidad, porque un periodista interpreta la realidad para que la gente pueda entenderla y  adaptarse a ella, pero también para que pueda modificarla. De allí deriva su responsabilidad social. No sé si he contribuido y en qué medida a ese cambio,  pero lo he intentado, desde la redacción y desde la cátedra. Ese fue mi derrotero y seguirá siendo el mismo.

Inmediaciones – 5 febrero de 2026.