Juan Carlos Salazar: oficio, palabra y país

Inmediaciones

Juan Carlos Salazar del Barrio nació en Tupiza en 1945. Periodista, docente universitario, escritor y académico de la lengua, ha sido testigo de los momentos más críticos de la historia boliviana y latinoamericana. Cofundador de la Agencia de Noticias Fides (ANF), corresponsal de la Agencia Alemana de Prensa (DPA), editor internacional del diario Excélsior de México, y autor de textos que cruzan el periodismo con la literatura.

Se desempeño como director de la Carrera de Comunicación Social de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo” en La Paz. Su ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua con el discurso “Periodismo y literatura, orillas de un mismo río” no fue una formalidad: fue una declaración de principios. Salazar ha defendido el periodismo como ejercicio ético, como forma de memoria, como herramienta de ciudadanía.

Su obra escrita es parte esencial de esa defensa. En Genio y figura (Plural, 2024), reúne semblanzas de personajes como Pedro Shimose, Jaime Saenz, Xavier Albó, Gladys Moreno, Violeta Parra, Cantinflas y Octavio Paz, entre otros. No son retratos complacientes: son exploraciones narrativas que cruzan la cultura, la política y la historia. El libro, ilustrado por Marcos Loayza, es también una declaración de estilo: Salazar escribe con precisión, con afecto, con mirada crítica.

En A la guerra en taxi, recopila crónicas de conflictos armados que cubrió como corresponsal en América Latina. Es un libro sobre el riesgo, la urgencia y la dignidad del oficio. Y en Figuraciones, despliega una escritura más íntima, más reflexiva, donde el lenguaje se vuelve territorio y la memoria se vuelve forma.

Esta entrevista no busca homenajes. Busca grietas. Busca al hombre que ha hecho del oficio una forma de país.

Con esta publicación, Inmediaciones reafirma su compromiso de abrir espacios de pensamiento crítico y memoria viva, acercando a sus lectores a voces que ayudan a comprender la relación entre el oficio periodístico, la fuerza de la palabra y la construcción de la identidad nacional.

Entrevista sin red a Juan Carlos Salazar

1.- ¿Qué te llevó al periodismo en un país donde la palabra siempre ha sido campo de batalla?

R.- La casualidad. Quise estudiar Geología para seguir la tradición familiar y ayudar a mi padre en su negocio minero, pero me fue mal en el examen de ingreso en la Universidad y tuve que buscar trabajo a la espera del año lectivo siguiente para realizar un nuevo intento. Un profesor del colegio (yo estudié con los jesuitas) me dijo que Radio Fides estaba buscando un “gacetillero” para redactar las noticias del mediodía. El padre José Gramunt, director de la emisora, me hizo una prueba y me contrató. Al año siguiente entré a Geología, pero el periodismo ya me había atrapado. Como en esa época no había Periodismo ni Comunicación Social en ninguna universidad de Bolivia, dejé Geología y me inscribí en Derecho y Ciencias Políticas, que era lo más cercano a la vocación que había encontrado en Fides. Cinco años después, en 1969, se abrió el Instituto de Ciencias y Técnicas de la Opinión Pública de la Universidad Católica, antecedente de la actual Carrera de Comunicación, al que me inscribí sin pensarlo dos veces. Egresé en la primera promoción. La lectura del buen periodismo hizo el resto.

2.- ¿Qué aprendiste cubriendo conflictos en América Latina? ¿Qué se ve desde la calle que no se ve desde la redacción?

R.- Siempre tuve como referentes a los grandes periodistas de la época. Leía con interés y admiración los reportajes que publicaba la revista Life, como los de Herbert Matthews sobre la guerrilla de la Sierra Maestra, y las crónicas de los corresponsales de guerra de las agencias internacionales en Viernam. Yo tenía una idea muy romántica del periodismo. Pensaba que valía la pena ejercerlo si te daba la oportunidad de viajar por el mundo para contar las grandes historias. No busqué ser “corresponsal de guerra”, pero la guerrilla del Che Guevara me abrió las puertas de la agencia DPA y la agencia me dio la oportunidad de cubrir varios conflictos armados de la América Latina de la segunda mitad del siglo XX, experiencias que relaté en mi libro de crónicas “A la guerra en taxi”. En esa época no existía Internet, tampoco computadoras; los celulares no se habían inventado y las grabadoras eran unos aparatos de varios kilos de peso. Mis instrumentos de trabajo eran una libreta de notas y un bolígrafo. Era el periodismo de la adrenalina, reporterismo puro, con el que soñábamos todos los periodistas de mi generación.

3.- ¿Qué significa para ti haber fundado ANF? ¿Qué papel debe jugar una agencia de noticias en la construcción democrática?

R.- ANF fue mi primera escuela, cinco años antes de que ingresara a la universidad, y el padre Gramunt mi primer maestro. El periodismo es un oficio y, como todo oficio, se aprende en un taller. El taller del periodista es la redacción. En ANF aprendí los gajes del oficio, la universidad me dio la formación académica. Práctica y teoría. Todo medio, no solo una agencia, juega un papel importante en la construcción democrática. El periodismo es un método de interpretación de la realidad social. El periodista es intérprete y protagonista. Intérprete, porque relata lo que ocurre en su entorno; protagonista, porque influye e interviene en la construcción de la realidad. Arthur Miller dijo alguna vez que “un buen periódico es una nación hablándose a sí misma”. Es la importancia que doy al medio y así lo entendíamos en Fides.

4.- ¿Qué te enseñó tu paso por Excélsior y por DPA sobre el periodismo internacional?

R.- Hice casi toda mi carrera profesional (40 años) fuera de Bolivia, con DPA. Trabajé en Excélsior cuando ese periódico era considerado –según el New York Times– como uno de los diez mejores del mundo. Son medios que me permitieron tener una mirada global de la época y me dieron la oportunidad de ser un testigo privilegiado de hechos y procesos históricos, desde la guerrilla del Che Guevara en Bolivia, en 1967, hasta los primeros atentados yihadistas en Europa, en la primera década del siglo XXI, para citar algunos. Y, claro, agradezco a DPA por haberme dado la oportunidad de vivir de lo que me gustaba hacerr. En eso consiste la realización personal.   

5.- ¿Qué te incomoda del periodismo actual en Bolivia? ¿Qué se ha perdido en el oficio?

R.- El periodismo nació para contar historias. Cuando el joven Mark Twain quiso ganarse la vida como reportero le preguntó al director del periódico de su pueblo qué debía hacer para ser periodista. “Salga a la calle, mire lo que pasa y cuéntelo con el menor número de palabras”, le respondió el editor. Es lo que hizo el novel periodista y futuro escritor a partir de ese momento. Mirar lo que ocurría en la calle y describir los hechos de los que era testigo. Me temo que la tecnología nos ha hecho perder esa costumbre, la de salir a la calle para recoger y contar historias. Los periodistas ya no reportean, “googlean”. No hablo del periodismo boliviano en particular, sino en general. Cuando un estudiante de una universidad de Madrid me preguntó qué hacíamos los periodistas cuando no había Internet ni celulares, le respondí: “Hacíamos periodismo”. Yo creo que es importante “volver a la calle”, hacer el periodismo de siempre, el que hacían los grandes maestros, como Hemingway o García Márquez, Nos quejamos de la crisis el periodismo, pero la culpa no la tiene la revolución tecnológica. Augusto Monterroso se consagró como el autor del cuento más corto de la historia de la literatura en español, El dinosaurio (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí”), Si siete palabras y 48 caracteres bastaron para escribir un cuento de la complejidad, concisión y belleza de ese texto, ¿por qué no ha de ser posible redactar una pieza periodística de calidad dentro de los mismos límites digitales?          

6.- ¿Crees que los medios bolivianos son independientes? ¿O están atrapados entre intereses políticos y económicos?

R. Los medios responden a su contexto político, económico, social, y los periodistas, a su formación. La independencia no es abstracta. No se es independiente en general. Se es independiente en relación a algo o a alguien. El periodista debe ser independiente respecto de quien informa. Si cubre la fuente política, no puede trabajar al mismo tiempo para el gobierno; si cubre la información financiera, no puede ser asalariado de la banca. Como dice el proverbio bíblico: “No se puede servir a dos señores». La independencia, así entendida, tiene que ver con una de las funciones esenciales del periodismo: la fiscalización del poder. No lo puede fiscalizar si no es independiente de él.             

7.- ¿Qué les falta hoy a los periodistas para recuperar la confianza pública? ¿Es rigor, es calle, es coraje?

R.- La primera obligación de un medio y de un periodista es la búsqueda de la verdad, a partir del reconocimiento de que no existe una verdad única. De este reconocimiento nace el respeto al pluralismo y a la concepción de un medio como plataforma de ideas plurales. Una de las principales funciones del periodismo en una sociedad democrática es la fiscalización del poder, no solo del político, sino de todos los poderes, como el económico o los fácticos. La búsqueda de la verdad, requiere rigor, sobre todo en tiempos de desinformación como los actuales; la defensa del control independiente del poder, coraje, ahora y siempre.    

8.- ¿Qué cambiarías de los medios si pudieras intervenir en su estructura?

R.- Resulta difícil precisar en medio de la revolución tecnológica que estamos viviendo, más allá de señalar la importancia de que los medios se adapten a los cambios en curso. En todo caso, estamos hablando de cambios técnicos, porque la esencia del periodismo no ha cambiado. Hay nuevos medios y nuevos formatos, pero detrás de cada plataforma, sea convencional o digital, siempre estará un periodista como responsable de la elaboración de los contenidos.

9.- ¿Qué papel deberían asumir los medios en la construcción de ciudadanía? ¿Y qué papel están evitando por comodidad o conveniencia?

R.-  Como dije, el periodista es intérprete y protagonista del acontecer diario, no solo porque cuenta lo que ocurre en su entorno, sino porque además influye e interviene en la construcción de esa realidad. De ahí viene su responsabilidad social. Según una de las mejores definiciones de nuestro oficio, “el propósito principal del periodismo es proporcionar a los ciudadanos la información que necesitan para ser libres y capaces de gobernarse a sí mismos”. Es el rol que nos corresponde. No cumplirlo, cual quiera que sea el motivo, es traicionar a la principal misión del periodismo.    

10.- ¿Qué te irrita más: el medio que se disfraza de neutralidad o el que se entrega sin pudor al poder?

R.- Creo haber respondido a esta pregunta al referirme a la independencia de la prensa y del periodista.

11.- ¿Qué significa para ti haber dirigido la carrera de Comunicación Social en la UCB? ¿Qué desafíos enfrentan hoy quienes enseñan a comunicar?

R.- Para mí fue un honor dirigir la Carrera de la que fui su primer egresado. Un honor y un desafío, porque pocas carreras, como la de Comunicación Social, han vivido tan de cerca la revolución tecnológica, una revolución que yo la experimenté personalmente, al pasar del telégrafo Morse, que utilicé para informar sobre la guerrilla del Che, a Internet, con el télex, el fax, la computadora, la laptop y el celular de por medio, en menos de 40 años. La adaptación de los cambios tecnológicos, que obviamente se reflejan en los medios y formatos del periodismo, fue una de las tareas principales de mi gestión. Durante el último año, pusimos en marcha la nueva Carrera de Comunicación Digital Multimedia, paralela a la existente de Comunicación Social..

12.- ¿Qué te ha enseñado la docencia que no te enseñó la redacción?

R.- La docencia te obliga a estudiar y a actualizarte. El escritor, periodista y académico inglés Colin MacCabe, a quien suelo citar con frecuencia, dijo  alguna vez: “Me gusta escribir sobre lo que sé y me gusta enseñar lo que quiero aprender”. Yo aprendí mucho con mis estudiantes de la universidad.

13.- ¿Crees que la formación universitaria está preparando comunicadores críticos o solo técnicos de contenido?

R.- Es lo que pretendemos, al menos en mi universidad, la formación de profesionales con espíritu crítico.       

14.- ¿Qué debería cambiar en los planes de estudio para que la comunicación vuelva a ser una herramienta de ciudadanía?

R.- La formación integral es fundamental, no solo de los profesionales de la Comunicación. La formación profesional debe estar al servicio de la sociedad. Formar para vivir y para convivir.   

15.- ¿Qué te llevó a escribir Genio y figura? ¿Por qué elegir la semblanza como género para pensar la cultura?

R.- La semblanza y la crónica son mis géneros periodísticos favoritos. Antes de “Genio  y figura”, publiqué “Semejanzas”, un libro de semblanzas de “gente poco común” que conocí a lo largo de mi carrera profesional. Me acerqué al género biográfico desde muy joven, primero como lector de una sección de la revista Selecciones del Reader’s Digest, llamada “Mi personaje inolvidable”, y después de una hermosa columna que publicaba Alfonso Prudencio Claure (Paulovich) en Presencia Literaria bajo el título de  “Apariencias”. La semblanza es un género que permite trazar “bocetos”, esbozos de la trayectoria de una vida, resultado de una percepción; una “semejanza” que nos permite aproximarnos a la persona y también a su tiempo.           

16.- ¿Qué personaje te costó más retratar? ¿Y cuál se escribió solo, como si te dictara desde la memoria?

R.- Me han resultado más fáciles las semblanzas de las personas que conocí personalmente, porque pude escribirlas desde la cercanía, a partir de conversaciones, observaciones, anécdotas, etc., como las de Juan Rulfo, Pedro Shimose, García Márquez, Paulovich, Alfredo Domínguez, Violeta Parra o Jorge Suárez. Me resultaron más difíciles las de los personajes que no conocí, que requirieron no solo investigación, sino, sobre todo, imaginación para recrear sus circunstancias.   

17.- ¿Qué te exige más: escribir una crónica o construir una semblanza?

R.- Depende del hecho y del personaje. Mis crónicas son relatos de hechos de los que fui testigo, elaborados al calor de una determinada cobertura periodística, como los que integran “La guerrilla que contamos”, sobre la guerrilla del Che en Bolivia,  o “A la guerra en taxi”, sobre los conflictos armados que me tocó cubrir. Escribí lo que vi y lo que viví, bajo la presión del tiempo, es decir “sobre la marcha”, que es lo que ocurre cuando trabajas para una agencia de noticias. Las semblanzas también obedecen a coyunturas concretas, como la muerte del personaje o un acontecimiento concreto, pero, por lo general, tienes más tiempo para la investigación y la redacción de los textos.        

18.- ¿Qué vínculo ves entre periodismo y literatura? ¿Dónde se cruzan y dónde se separan?

R.- Un amigo y colega español, Manu Leguineche, decía que “el periodismo y la literatura son orillas de un mismo río”, una hermosa descripción de la simbiosis de los dos lenguajes, que yo tomé prestada para el título de mi discurso de ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua, que versó, precisamente, sobre ese tema. Leguineche no era el único que pensaba así. Para García Márquez, el periodismo y la literatura “son hijos de la misma madre, la narrativa”. También para Jorge Suárez eran oficios complementarios. Los concebía como “dos formas de escritura, dos formas de habitar el mundo”; dos constantes que lo acompañaron a lo largo de toda su vida: “su pasión y profesión, el periodismo, y su destino, la literatura”. Como escribí en el epígrafe de mi libro de cuentos “Figuraciones”, la ficción cobra vida cuando la imaginación desvela lo que la realidad oculta. Dicho de otro modo, la realidad cobra una nueva vida al cabalgar en la ficción. Es en la zona de nadie, entre las dos orillas del río narrativo, en el cauce que acoge lo real y lo imaginario, en ese trance maravilloso de la creación, donde la literatura le disputa la palabra al periodismo.

19.- ¿Qué palabra te obsesionó mientras escribías Genio y figura? ¿Y cuál decidiste no usar nunca más?

R.- No recuerdo ninguna palabra en particular. Soy obsesivo, con las ideas que se expresan en imágenes, con las palabras/imágenes, porque mi intención es “mostrar” antes que “contar”. Busco utilizar palabras/imágenes en lugar de adjetivos, por ejemplo; y adjetivos, solo  si sirven para sugerir o para decir lo que los sustantivos no dicen. Esta obsesión implica buscar las palabras precisas en cada línea.

20.- Qué te reveló el proceso de edición? ¿Qué se gana y qué se pierde cuando se publica?

R.- Publicar es un alivio. Es dejar de editar. Suelo escribir con bastante rapidez, gracias al oficio periodístico, pero la edición, al menos en mi caso, consume la mayor parte de la producción de una crónica o cuento. Una vez publicado, no vuelvo a leer al texto.     

21.- ¿Qué libros tuyos aún no han sido escritos? ¿Y por qué siguen esperando?

R.- Tengo un segundo libro de cuentos casi listo. Estoy trabajando en las últimas correcciones. Espero que salga pronto, cuando mi editor disponga. No tenía pensado volver a la crónica y la semblanza, pero son los formatos que elegí para un libro que tengo en proyecto sobre mi pueblo, Tupiza, el “Macondo de Bolivia”. También tengo una novela en mente, pero es apenas una idea.     

22.- ¿Qué significa para ti haber ingresado a la Academia Boliviana de la Lengua? ¿Es reconocimiento, responsabilidad o provocación?

R.- Es un honor ocupar una silla de una institución que cobijó a tantos y reconocidos intelectuales a lo largo de su casi un siglo de vida, y a colegas que dieron brillo al periodismo boliviano, como Luis Ramiro Beltrán, Huáscar Cajías, Juan Quirós, Alberto Bailey, Walter Montenegro y Raúl Rivadeneira, que ya no están con nosotros, y a Pedro Shimose, Óscar Rivera Rodas,  Mariano Baptista Gumucio y Mario Frías Infante, para citar a algunos de los actuales académicos. Y es también un honor haber “heredado” la silla que ocupó durante 30 años el querido y entrañable Paulovich, Alfonso Prudencio Claure, y una enorme satisfacción que el asiento asignado corresponda a la emblemática eñe (Ñ), la letra reina de nuestra lengua.

23.- ¿Qué palabra te obsesiona últimamente? ¿Y cuál has dejado de usar por decepción o hartazgo?

R.- Tengo una pelea permanente con las palabras, sobre todo cuando escribo un cuento. Es una pelea permanente, pero no definitiva. Siempre termino haciendo las paces con ellas, porque cuando una palabra suena mal, cuando no encaja, es que no está en el lugar correcto o no representa la imagen que quieres transmitir. Cuando consigues que la palabra coincida con la imagen que buscas, desaparece la obsesión y tampoco hay decepción.     

24.- ¿Qué historia te dolió más contar? ¿Y cuál te devolvió esperanza?

R.- La historia de los conflictos armados de la segunda mitad del siglo pasado. Una época de sátrapas, profetas y redentores, de redentores que se convirtieron en sátrapas en el ejercicio del poder; la época en que los gobiernos latinoamericanos transitaban por los caminos sin Dios ni ley del continente, cuando la política era “una cuestión de vida o muerte”, parafraseando a Graham Greene. Como escribí en mi libro “A la guerra en taxi”, los periodistas acuden a los escenarios de los conflictos armados para reconstruir la historia a través de sus protagonistas, los hombres y mujeres que luchan para sobrevivir a sus dramáticas circunstancias. Buscan ponerle rostro a la tragedia cotidiana y terminan convirtiéndose, ellos mismos, en personajes de su propia crónica, en una cara más de la guerra, al reencarnarse en experiencias ajenas. Los personajes que describí en “Semejanzas” y “Genio y figura” me devolvieron la esperanza en la humanidad. Una colega me preguntó en una entrevista por qué todos mis personajes eran positivos. Le dije que no se me daban los negativos. Tal vez porque vi demasiada  maldad o por la necesidad de reivindicar a gente que hace lo que puede para aliviar las miserias de sus semejantes.          

25.- ¿Qué libros te acompañan como refugio? ¿Y cuáles te han dolido más que la realidad misma?

R.- No tengo lecturas permanentes. Van por etapas. Por ejemplo, después de vivir cuarenta años fuera de Bolivia, retomé la literatura boliviana. Volver a leer a Cerruto, Céspedes, Arguedas, Urzagasti, Medinaceli, Sáenz  o Julio de la Vega, no fue releerlos, sino, dado el tiempo transcrito, leerlos por primera vez. Enfrascado como estoy en el cuento, sí releo a Rulfo, Horacio Quiroga, Borges y Cortázar. En el caso de Rulfo, a quien conocí en México, es una lectura recurrente desde que lo leí por primera vez, hace más de medio siglo.         

26.- ¿Qué pregunta nunca te han hecho y te gustaría que te hicieran ahora, aunque incomode?

R.- Un viejo maestro del periodismo decía que el periodista está para preguntar y no para responder. Mi oficio ha sido ese: preguntar. Tal vez por eso nunca me he preguntado, valga la redundancia, si no he sido interrogado sobre algún tema. Seguramente hay muchos, aunque ninguno que me incomode.    

27.- ¿Qué le dirías al Juan Carlos joven que soñaba con cambiar el país desde el periodismo? ¿Y qué le dirías al Juan Carlos de mañana?

R.- García Márquez dijo alguna vez que “ser periodista es tener el privilegio de cambiar algo todos los días”. Es decir, ser partícipe de la construcción de una comunidad, de un país, de una sociedad. La construcción de una sociedad mejor.  Es un privilegio y una responsabilidad, porque un periodista interpreta la realidad para que la gente pueda entenderla y  adaptarse a ella, pero también para que pueda modificarla. De allí deriva su responsabilidad social. No sé si he contribuido y en qué medida a ese cambio,  pero lo he intentado, desde la redacción y desde la cátedra. Ese fue mi derrotero y seguirá siendo el mismo.

Inmediaciones – 5 febrero de 2026.

Gato y figura

Por Alfonso Gumucio Dagron 

Me tocó presentar en julio de 2018 Semejanzas (Plural), 42 retratos a mano alzada que podrían considerarse como el primer tomo de Genio y figura (Plural, 2024), otros 35 retratos que elabora Juan Carlos Salazar sobre 18 personajes bolivianos y 17 extranjeros, algunos que conoció y otro que no. Lo que parece importar es el ejercicio de la crónica, un género periodístico en el que “El Gato” Salazar es un maestro. 

Rescato de aquella presentación prepandémica unas líneas que se aplican también a este nuevo libro: “En Semejanzas no están todos los que son, ni son todos los que están (y alguno sobra a mi criterio) pero así son los libros de tipo antológico, porque no se puede poner todo en un libro, como no se puede incluir todo en un cuadro o en una película. El Gato ha conocido de cerca a muchos otros personajes. El riesgo de algunos de estos esbozos (Quico Arnal, por ejemplo) es que quien no haya conocido a los personajes retratados puede quedarse con sabor a poco, pero quienes los hemos conocido, disfrutamos con esa mirada de microscopio que completaría la más sesuda biografía”.

Poniendo ahora lado a lado ambas obras, no llegaré a afirmar que los personajes son una excusa para desarrollar su estilo de cronista, pero sí diré que muchas veces los retratos literarios de personajes pueden ser “cocinados” a partir de la información pública que abunda en el mundo virtual de internet. Pero la diferencia entre Wikipedia y Genio y figura es obvia: la calidad de la escritura, el estilo narrativo de la crónica y el sello creativo de su autor. 

Cronista de lujo, Salazar sabe rescatar la información pública y devolverla al lector matizada de anécdotas, para que la disfrute como si fuera una primera vez, porque el secreto está no tanto en los ingredientes básicos (los datos duros) como en la manera de sazonar y el lento proceso de cocción. Esta es crónica sabrosa: la diferencia es parecida a la que existe entre la comida rápida y la comida hecha en casa. Las cosas en su punto y nada guardado. 

Sobre cada personaje, el autor tiene la definición adecuada. Por ejemplo, sobre Xavier Albó: “…se parecía más bien a un patriarca salido del viejo testamento”, o Adela Zamudio: “era coleccionista de mariposas y recitaba sus versos acompañada de una guitarra. Pionera del feminismo, cuando no era la moda, vivió la soledad de los adelantados, pero también la esperanza de los precursores, de las causas justas y de los cazadores de utopías…”. O sobre el violinista Jaime Laredo: “tiene un apellido musical, predestinado, compuesto por las sílabas de tres notas del pentagrama: La-Re-Do. Sílabas y notas que él las considera de buena suerte”.

Hay perfiles más atractivos que otros, dependiendo sobre todo de su conocimiento de los personajes. Es obvio que el haber conocido personalmente a alguien ofrece la posibilidad de decir algo que nadie más puede. Por ello, yo prefiero aquellos esbozos donde el autor puede intervenir en primera persona y dar testimonio de un encuentro, o también aquellos capítulos sobre personajes internacionales que tuvieron algún vínculo con Bolivia que no ha sido plenamente investigado o narrado antes.

Por ejemplo, rescata en párrafos brillantes el encuentro de Juan Bosch con Bolivia, su admiración por el altiplano, esa “vasta extensión de aplanadora soledad”. Nos cuenta que Bosch (futuro presidente de República Dominicana) se enamoró de Bolivia que lo acogió como exiliado, y que “creía que Dios había situado el Paraíso terrenal entre las cumbres nevadas de los Andes y las llanuras selváticas del Amazonas, y que había sembrado de oro las aguas del rio Tipuani, porque no tenía a la mano otro fruto prohibido”. 

A mi juicio, nuestro “Gato” cronista desperdicia la oportunidad de abundar en un testimonio más personal y anecdótico de personajes que conoció bien, como Harold Olmos, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Ricardo Pérez Alcalá o Ana María Romero. Incluso creo que el lead o entradilla de esos perfiles podría abrirse con el relato insustituible de la relación personal. 

Confieso que los retratos que menos me han cautivado son los de personajes mundialmente famosos que no conoció. ¿Qué más se puede decir sobre García Lorca, Graham Greene, o Hemingway que no se haya dicho ya en las biografías y sesudos estudios existentes? En cambio, algo nuevo se puede añadir (o por lo menos magnificar, con lupa) en personajes que tuvieron que ver con Bolivia, así fuera tangencialmente, entre los que destaca el cantante de origen armenio Charles Aznavour, el poeta cubano Nicolás Guillén e incluso el actor Robert Redford. Aunque este último nunca estuvo en nuestro país, dejó una estela mítica gracias a la película Butch Cassidy And The Sundance Kid que se hizo a partir de un guion de Oscar Soria que pensaba llevar al cine Gonzalo Sánchez de Lozada, pero que fue “apropiado” por una de las grandes compañías productoras de Hollywood.  

Cada perfil está sazonado por citas magníficas, como si el autor tuviera a mano un molino que acuña buenas frases, adecuadas para cada personaje retratado, aunque a veces la crónica peca de imprecisión: “Sus biógrafos, dicen…” es una frase que se repite, pero que pocas veces aterriza en una referencia concreta. Se toma la licencia en múltiples ocasiones de poner citas entrecomilladas sin mencionar la fuente, algo que puede irritar a los académicos que revisarán estas crónicas en el futuro. 

Aunque la historia de Violeta Parra y su amor turbulento con el “Gringo” Favre es bien conocida, el autor aporta nuevos datos a partir del manuscrito inédito “Memorias de un gringo”, al que tuvo acceso la historiadora de arte Erica Deuber Ziegler. Yo no sabía, por ejemplo, que Favre llegó a Chile y Bolivia acompañando al paleontólogo suizo Jean Christian Spahni, a quien entrevisté en el hotel Sucre el 12 de febrero de 1971, hace 55 años. De pronto, el mundo se hace más pequeño cuando nos topamos con esas coincidencias.

Algo interesante pero poco desarrollado en el libro, es el tramado que se teje entre algunas de las historias. Hay hilos secretos entre los perfiles de Pedro Shimose, Harold Olmos y Paulovich, como los hay entre Violeta Parra, Alfredo Domínguez y Gastón Suárez. Es como una costura invisible entre páginas de pliegos diferentes. 

Los dibujos sobre los personajes, realizados por Marcos Loayza, son otra forma de delinear cada retrato, pero, al igual que los textos, hay algunos más afortunados que otros. Mis preferidos son los de Charles Aznavour, García Lorca, Paulovich y Alfredo Domínguez.

Brújula Digital|01|02|26| – Bitacora | 01/02/2026

https://brujuladigital.net/bitacora/2026/02/01/gato-y-figura-56733

Juan Carlos Salazar, maestro del oficio, lanza su «Manual de periodismo»

“El periodista es un contador de historias. Mirar y contar está en la esencia del reato periodístico, porque las noticias satisfacen un instinto básico del hombre, el instinto de estar informado”.

Así presenta, Juan Carlos Salazar, su libro Manual de periodismo, en los primeros párrafos de la introducción. Y agrega: “ver, averiguar y conocer por experiencia propia lo que ocurre en el mundo, recrear la realidad con el asombro de quien la observa por primera vez, es el objeto del periodismo y el afán del periodista”.

La obra, editada por la Carrera de Comunicación Social de la UCB, fue presentada la noche del miércoles en la sede de esta en la zona de Obrajes de La Paz. Salazar es un experimentado y reconocido periodista que ejerció por décadas afuera del país y a su retorno, ejerció la dirección del diario Página Siete y la docencia, entre otras múltiples labores. Pero, en los últimos años, ante todo, se tomó el tiempo para cumplir un viejo pendiente: escribir y publicar un buen puñado de libros que tuvo en mente y proyecto por muchos años.

En la contratapa del libro de quien llama “maestro de este oficio”, Claudio Rossell –uno de los invitados a tomar la palabra en el acto de lanzamiento– comenta que Salazar “nos ofrece un imprescindible texto de referencia y apoyo en la formación de nuevos profesionales de la comunicación con vocación para ‘el mejor oficio del mundo’”.

Brújula Digital|27|11|25|

https://brujuladigital.net/cultura-y-farandula/2025/11/27/juan-carlos-salazar-maestro-del-oficio-lanza-su-manual-de-periodismo-54290?fbclid=IwY2xjawOmWdhleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEenJCw44KaeQy3IGyblHsVZeEgab8s5nk8IP6ROmTZSRaKVnsz9MwLPHiq25E_aem_kyIMsQczQcin00oWR3D4UA

Presentación del “Manual de Periodismo”, de Juan Carlos Salazar del Barrio

En un momento marcado por la desinformación, la expansión de la propaganda disfrazada de comunicación estratégica y la creciente confusión que genera la posverdad, el periodismo reafirma su importancia como herramienta imprescindible para comprender la realidad. En este contexto, se presenta Manual de Periodismo, la nueva obra del reconocido periodista y maestro Juan Carlos Salazar del Barrio, concebida como un aporte fundamental para las nuevas generaciones de comunicadores.

El libro surge como una defensa del oficio periodístico en un ecosistema mediático en transformación constante. La sobreabundancia de información —y desinformación— ha erosionado la confianza del público y ha puesto a prueba la capacidad de los profesionales para interpretar hechos, contextualizarlos y construir narrativas responsables. Ante este escenario, Salazar del Barrio propone una guía clara, rigurosa y accesible que devuelve al periodismo su sentido original: ser un instrumento de conocimiento y un servicio ético para la sociedad.

A lo largo de sus páginas, Manual de Periodismo condensa décadas de experiencia acumulada por el autor en redacciones, coberturas y labores de formación. Su voz está fortalecida por anécdotas, enseñanzas prácticas y una comprensión profunda del método periodístico. Desde los principios éticos hasta las técnicas de reportería, edición y construcción de noticias, el texto invita a reflexionar sobre el qué, quién, cuándo, dónde, cómo y por qué del oficio, ofreciendo herramientas indispensables para quienes ejercen o aspiran a ejercer “el mejor oficio del mundo”.

Además de ser un compendio técnico, el libro es también un llamado a recuperar la mirada crítica, la curiosidad y la responsabilidad social que definen al buen periodista. En tiempos donde los límites entre información y propaganda tienden a diluirse, Salazar del Barrio reivindica la necesidad de profesionales con formación sólida, convicciones éticas firmes y compromiso con el colectivo.

Movidadealtura.com – 23 de noviembre de 2025.