Juan Carlos Salazar nos entrega en “Presagios” un libro que no se limita a narrar historias, sino que las convierte en ecos que resuenan más allá de la página. Cada cuento es una pieza de un mosaico mayor: el tiempo, la memoria y la fatalidad. La escritura de Salazar es precisa, sobria, pero cargada de fuerza; sus frases se leen como sentencias que marcan al lector y lo obligan a detenerse, a pensar, a recordar.
Los seis relatos que componen el volumen se despliegan como distintas formas de entender la inevitabilidad. “Almanaque” convierte un objeto cotidiano en símbolo cultural y familiar, un calendario que anticipa y recuerda al mismo tiempo. “Bolero” transforma la música en archivo emocional, donde las canciones son memoria viva de épocas y afectos. “Legado” rompe la linealidad del tiempo con cartas y descripciones que evocan la herencia como un entramado simbólico más que material. En “Suplente”, la fatalidad se impone con la fuerza de lo inevitable: el destino escrito de antemano que no concede escape. “El viejo Casiano” mezcla mito y memoria histórica, convirtiendo a su protagonista en figura que encarna la historia boliviana, mientras que “La bicha” nos recuerda que incluso en lo cotidiano los presagios marcan el rumbo de los acontecimientos.
El libro se sostiene en una diversidad de técnicas narrativas —monólogo, diálogo, epístolas, narrador omnisciente— y en personajes que, más allá de su individualidad, encarnan símbolos culturales y nacionales. Lo íntimo se convierte en metáfora de lo histórico, lo personal se funde con lo colectivo, y el tiempo se revela como un círculo donde todo lo vivido y lo que vendrá está contenido.
En este recorrido, Salazar dialoga con grandes maestros de la literatura. Borges aparece en Legado, con su concepción del tiempo como un entramado no lineal. García Márquez se asoma en Suplente, donde la fatalidad se impone como destino escrito. Faulkner y Cortázar se sienten en El viejo Casiano, con personajes que condensan la memoria de una comunidad y con la mezcla de mito y cotidianidad. Chéjov se percibe en la sencillez y precisión de los relatos, en la manera de atrapar lo humano en gestos mínimos. Pero lo decisivo es que Salazar no imita: dialoga con ellos para construir una voz propia, boliviana y contemporánea.
En medio de estas páginas, una frase se alza como huella imborrable: “El pasado es prólogo del presente y epílogo del futuro.” Esa sentencia resume la visión de Salazar y se convierte en el eco que acompaña al lector mucho después de cerrar el libro.
“Presagios” no es solo un conjunto de cuentos: es una invitación a leer despacio, a escuchar el murmullo del tiempo en cada palabra, a reconocer que la memoria es también un presagio. Es un libro que deja marca, que exige ser recordado, y que confirma a Juan Carlos Salazar como una voz imprescindible en la narrativa breve boliviana contemporánea.
Presagios es un libro de cuentos discreto, de no más de sesenta páginas, en el que me demoré casi dos semanas. Denso, hermoso, mineral, desactivó mis sistemas defensivos de lectora habituada a los resortes del cuento y me puso a trabajar. De pronto me vi, martillo, mapa y lupa de campo en mano, frente a esta escritura geológica que obliga a excavar estratos de la memoria que presionan nuestro presente y abren grietas en la historia oficial.
Siguiendo a Cristina Rivera Garza, una escritura geológica vuelve visibles las capas colectivas del lenguaje. No entiende la escritura como un acto individual y “original”, sino como una superficie sedimentada por voces, archivos, citas, restos culturales y experiencias compartidas. Escribir, desde ahí, supone des-sedimentar y escuchar lenguajes ya habitados por otros.
Geológicos, entonces, son los cuentos de Juan Carlos Salazar. Su misterio se sostiene en almanaques, boleros, documentos judiciales, canciones populares, cartas, supersticiones, leyendas orales, archivos mineros y plegarias religiosas. El libro entero funciona como una excavación de memorias históricas y sensibles de Bolivia. Cada relato trabaja sobre aquello que quedó depositado en la experiencia colectiva y que regresa para interpelarnos.
Salazar desafía en todo el libro la concepción lineal de la historia, la típica del Capitaloceno depredador. En cambio se ocupa de las temporalidades que surgen entre las rendijas de los adoquines, de los diarios viejos, de la luna inmensa y crepuscular que nos mira diminutos desde el espacio exterior y alumbra por igual, el chaco desolado y sangrante, las vetas plateadas de una mina exhausta, las conspiraciones independentistas o los papeles fatigados de una biblioteca.
Así, “El viejo Casiano” recuerda las revueltas paceñas, las recorre y las anticipa en una caminata nocturna que desordena la cronología republicana. Casiano las ve venir porque las ha soñado –viejo amauta– y porque ese “populacho” que avanza por la ciudad no pertenece solo al presente: trae consigo la carga de otras sublevaciones vencidas, aplazadas, traicionadas y todavía vivas, como heridas abiertas. La Paz aparece entonces como una ciudad estratificada, donde los adoquines sellan cada levantamiento como episodio concluido, mientras el cuento deja oír su rugido de río subterráneo: “¡Ay La Paz de las rebeliones, de las conjuras y de las conspiraciones!”.
En “Almanaque”, Salazar pone en contacto el archivo material y popular del tiempo –el almanaque Bristol, con sus santorales y predicciones astrológicas–, con el tiempo colosal de la Luna, que rige la guerra, la tierra y los órdenes del firmamento. Ese archivo menor guarda memorias laterales de la historia y las enlaza con el archivo brutal de la Guerra del Chavo, sedimentado bajo el territorio como acumulación de muerte. Desde la trinchera, entre listas de caídos y partes militares, el narrador recuerda su almanaque, y la escritura hace coincidir ambos registros hasta volverlos inseparables. El presagio astral y el documento bélico participan entonces de una misma economía de la muerte, bajo una luna inmensa que no trae hasta nosotros solo cadáveres, sino la persistencia material de esas vidas.
En Presagios, los muertos nunca desaparecen del todo. En “Bolero”, Raúl Shaw Moreno atraviesa la noche paceña como una presencia convocada por la memoria musical. Lo importante no es el efecto fantástico en sí, sino la forma en que la canción popular funciona como aparato de conocimiento para entender aquel tiempo y este. Las letras de los boleros se intercalan en los diálogos y producen una escritura desapropiativa entrañable, capaz de unir memoria íntima, cultura popular e historia colectiva.
En “Suplente”, la sustitución adquiere una dimensión política y afectiva. Un cura ocupa el lugar de “Lucho el bueno”, para intentar salvarlo, y el cuento parece preguntarse qué habría ocurrido si otro hubiese sido el destino, si la historia hubiera tomado apenas un desvío mínimo. La sustitución introduce así una lógica ucrónica y colectiva: las vidas no aparecen aisladas, sino entrelazadas por relevos, cuidados y riesgos compartidos. Sustituir no significa borrar una identidad, sino asumir provisionalmente el lugar del otro, entrar en su peligro, cargar su posibilidad de muerte. Frente a la maquinaria del terror, Salazar imagina entonces una comunidad frágil donde los cuerpos todavía pueden imponerse entre la violencia y la desaparición, aunque fracasen.
“Legado” es quizá el cuento que mejor dialoga con la idea de escritura geológica, porque se construye literalmente sobre un trabajo de excavación archivística. Un hijo revisa el desván del padre muerto y encuentra periódicos, manuscritos, cartas, libros antiguos, cuadernos de notas y relatos fragmentarios sobre un minero desaparecido. El archivo no aparece ordenado ni estabilizado: es una masa homogénea de materiales corroídos por el tiempo, donde la investigación no conduce a una resolución plena, sino a una proliferación de huecos. Cada estrato descubierto abre otro vacío. El cuento establece así una equivalencia decisiva entre minería y escritura: el padre busca vetas documentales del mismo modo en que los mineros buscan vetas de plata. Ambos procedimientos implican perforar superficies, descender a profundidades inciertas, leer señales dispersas y exponerse al derrumbe.
“La bicha” puede leerse desde un desplazamiento antropocéntrico. Entender el cuento exige aceptar otro orden de conocimiento: el del mundo animal, con sus señales, ritmos y formas de advertencia. La bicha, vizcacha enorme que muestra o esconde el mineral, no funciona como simple amenaza fantástica ni como criatura decorativa; introduce una inteligencia no humana que desestabiliza la seguridad con que los personajes interpretan el entorno. Sus signos obligan a leer la naturaleza no como paisaje disponible, sino como una materia viva que registra, responde y devuelve la violencia recibida. El cuento deja entrever un saber animal capaz de denuncias, sin discurso explícito, la depredación humana del mundo natural.
Quiero cerrar esta lectura geológica de Presagios con una precisión importante. Este libro no vuelve sobre los restos –guerras, revoluciones, minas agotadas, sistemas políticos derrumbados– para tratarlos como ruinas. Salazar los leer desde una escritura que entiende la investigación como cuidado y justicia: excavar no para ordenar cadáveres ni fijar una verdad definitiva, sino para escuchar lo que persiste entre los sedimentos de la historia. Por eso, allí donde el archivo oficial acumula pérdidas, esta escritura encuentra continuidad, vínculos y belleza.
He recibido con mucho agrado por vía de internet el libro que recientemente va presentando Juan Carlos Salazar del Barrio, periodista y académico de número de la Academia Boliviana de la Lengua. Me refiero a “Presagios”, un título como si fuese una metáfora poética, porque encierra muchas situaciones que en los textos de Juan Carlos Salazar destacan, no es solamente la intuición o premonición, es algo que va más allá, es la sensación de que algo está a punto de suceder.
Juan Carlos conversa con un ayer que parece hoy, las supersticiones siguen siendo el aviso prematuro de una buena o una mala noticia. De tradiciones se ha nutrido la historia de Latinoamérica y de allí es que se han escrito grandes narraciones, ya sea cuento, novela, ensayo o crónica. En este caso particular, la crónica se convierte en un regreso de la memoria y es relatada de manera magistral.
Estos relatos están escritos con un lenguaje sencillo, acudiendo a las muletillas del habla popular boliviano, como son los mineros y la voz del mismo narrador. Son textos donde el realismo mágico despliega sus alas y vuela. Contagia a cada lector la sensación de que los tiempos que se narran perviven. Se toca la sensibilidad de una manera tan extraordinaria que sería imposible olvidar.
En estos textos aparecen personajes conocidos, pero también olvidados, como Raúl Shaw Moreno que reaparece mediante los versos de algunos boleros. Entonces, la música se hace cargo para refrescarnos la memoria. También la política tiene mucho que ver en la escritura de Juan Carlos Salazar y una constante, los curas o las alusiones religiosas.
Son textos breves como lo es el volumen del libro, sin embargo, la riqueza narrativa y descriptiva de paisajes, situaciones y personajes está muy bien lograda. Es una referencia de un ayer que regresa y sorprende.
“La bicha”, especialmente me pareció el mejor de todos los relatos. Sin desmerecer a los otros, es el que más me ha conmovido.
Es una escritura de la memoria, el regreso y la fábula. Etapas históricas marcadas por la fatalidad. Hay dolor, impotencia y realismo.
El nuevo libro de cuentos de Juan Carlos Salazar, “Presagios”, me dejó una impresión intensa desde sus primeras páginas. En 61 páginas y seis relatos, se condensan parte de la historia, la memoria y el destino en Bolivia. Al leerlo, no pude evitar experimentar una inquietud constante, como si cada línea anunciara algo sombrío o extraño; hubo momentos en los que, sinceramente, me dieron escalofríos.
Cada cuento gira en torno a vaticinios que, casi siempre, anticipan desgracias o hechos curiosos. Percibí cómo en “Almanaque” un simple objeto contiene el anuncio y vivencia de la Guerra del Chaco; en “Bolero”, un recorrido cotidiano se transforma en algo fantasmal; en “El viejo Casiano”, la idea de que la historia se repite resultaba inquietante; en “Suplente”, la violencia irrumpe de forma brutal cuando un sacerdote se hace pasar por otro; en “La bicha”, una presencia extraña se vuelve símbolo de fatalidad y en “Legado” descubrir el pasado se convierte en una forma de anticipar el futuro. Todo parecía decirme que el tiempo no era lineal y que lo que vendría ya estaba, de alguna manera, escrito.
Lo que más me impactó fue la prosa, las imágenes son tan vívidas que sentía que estaba ahí, enfrentando ese temor o angustia que atravesaban los personajes. Hay frases que se me quedaron grabadas y que reforzaron esa sensación una dice: “nada aligera más una carga que la promesa de una ilusión” y resume muy bien ese contraste entre esperanza y fatalidad que atraviesa todo el libro.
Esa sensación de presagio no se quedó solo en la ficción. Recordé que en enero de 2020, cuando fui con mi familia a Copacabana a encender velitas en la capilla ardiente, lo hice por varios nombres; sin embargo, la velita de mi papá se extinguió rápidamente. Ese mismo año mi papá falleció y desde entonces dejé de prender velitas por nombres de personas… prefiero hacerlo con intenciones o grupos grandes de sujetos. Ese detalle, aparentemente mínimo, me dejó una inquietud difícil de explicar, más aún porque ese día ni siquiera pude entrar al templo al salir del pueblo. Años después, en 2025, durante la posesión del nuevo gobierno, también tuve una impresión similar porque el vicepresidente mostró actitudes dudosas que me hicieron pensar que la administración actual tendría problemas y que existiría una división con el presidente. Fueron momentos que, como en los cuentos, parecían pequeñas señales que anunciaban algo más grande.
Al terminar el libro, me quedó claro que es una obra para releer. Siempre pienso que cada buen libro es como cada lindo amor que una persona tuvo porque dejan huellas profundas, pero no todas son iguales. Algunos dejan nostalgia, otros una alegría silenciosa; hay los que se convierten en refugio, los que duelen, los que iluminan y también los que inquietan, persiguen o dejan a las personas, pensativas. “Presagios” me dejó pensativa y quizá por eso me resultó perturbador también porque me enfrentó a la idea de que, a veces, solo nos queda intuir lo que viene y aceptar que no siempre será algo bueno.