“Presagios”: el tiempo escrito en la memoria

Jorge Larrea Mendieta

Juan Carlos Salazar nos entrega en “Presagios” un libro que no se limita a narrar historias, sino que las convierte en ecos que resuenan más allá de la página. Cada cuento es una pieza de un mosaico mayor: el tiempo, la memoria y la fatalidad. La escritura de Salazar es precisa, sobria, pero cargada de fuerza; sus frases se leen como sentencias que marcan al lector y lo obligan a detenerse, a pensar, a recordar.

Los seis relatos que componen el volumen se despliegan como distintas formas de entender la inevitabilidad. “Almanaque” convierte un objeto cotidiano en símbolo cultural y familiar, un calendario que anticipa y recuerda al mismo tiempo. “Bolero” transforma la música en archivo emocional, donde las canciones son memoria viva de épocas y afectos. “Legado” rompe la linealidad del tiempo con cartas y descripciones que evocan la herencia como un entramado simbólico más que material. En “Suplente”, la fatalidad se impone con la fuerza de lo inevitable: el destino escrito de antemano que no concede escape. “El viejo Casiano” mezcla mito y memoria histórica, convirtiendo a su protagonista en figura que encarna la historia boliviana, mientras que “La bicha” nos recuerda que incluso en lo cotidiano los presagios marcan el rumbo de los acontecimientos.

El libro se sostiene en una diversidad de técnicas narrativas —monólogo, diálogo, epístolas, narrador omnisciente— y en personajes que, más allá de su individualidad, encarnan símbolos culturales y nacionales. Lo íntimo se convierte en metáfora de lo histórico, lo personal se funde con lo colectivo, y el tiempo se revela como un círculo donde todo lo vivido y lo que vendrá está contenido.

En este recorrido, Salazar dialoga con grandes maestros de la literatura. Borges aparece en Legado, con su concepción del tiempo como un entramado no lineal. García Márquez se asoma en Suplente, donde la fatalidad se impone como destino escrito. Faulkner y Cortázar se sienten en El viejo Casiano, con personajes que condensan la memoria de una comunidad y con la mezcla de mito y cotidianidad. Chéjov se percibe en la sencillez y precisión de los relatos, en la manera de atrapar lo humano en gestos mínimos. Pero lo decisivo es que Salazar no imita: dialoga con ellos para construir una voz propia, boliviana y contemporánea.

En medio de estas páginas, una frase se alza como huella imborrable: “El pasado es prólogo del presente y epílogo del futuro.” Esa sentencia resume la visión de Salazar y se convierte en el eco que acompaña al lector mucho después de cerrar el libro.

“Presagios” no es solo un conjunto de cuentos: es una invitación a leer despacio, a escuchar el murmullo del tiempo en cada palabra, a reconocer que la memoria es también un presagio. Es un libro que deja marca, que exige ser recordado, y que confirma a Juan Carlos Salazar como una voz imprescindible en la narrativa breve boliviana contemporánea.

Inmediaciones – 8 mayo, 2026

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“Presagios”, una escritura de la memoria, el regreso y la fábula

María Cristina Botelho Mauri

He recibido con mucho agrado por vía de internet el libro que recientemente va presentando Juan Carlos Salazar del Barrio, periodista y académico de número de la Academia Boliviana de la Lengua.  Me refiero a “Presagios”, un título como si fuese una metáfora poética, porque encierra muchas situaciones que en los textos de Juan Carlos Salazar destacan, no es solamente la intuición o premonición, es algo que va más allá, es la sensación de que algo está  a punto de suceder.

Juan Carlos conversa con un ayer que parece hoy, las supersticiones siguen siendo el aviso prematuro de una buena o una mala noticia.  De tradiciones se ha nutrido la historia de Latinoamérica y de allí es que se han escrito grandes narraciones, ya sea cuento, novela, ensayo o crónica.  En este caso particular, la crónica se convierte en un regreso de la memoria y es relatada de manera magistral.

Estos relatos están escritos con un lenguaje sencillo, acudiendo a las muletillas  del habla popular boliviano, como son los mineros y la voz del mismo narrador.  Son textos donde el realismo mágico despliega sus alas y vuela.  Contagia a cada lector  la sensación de que los tiempos que se narran perviven. Se toca la sensibilidad de una manera tan extraordinaria que sería imposible olvidar.

En estos textos aparecen personajes conocidos, pero también olvidados, como Raúl Shaw Moreno que reaparece mediante los versos de algunos boleros.  Entonces, la música se hace cargo para refrescarnos la memoria.  También la política tiene mucho que ver en la escritura de Juan Carlos Salazar y una constante, los curas o las alusiones religiosas.

Son textos breves como lo es el volumen del libro, sin embargo, la riqueza narrativa y descriptiva de paisajes, situaciones y personajes está muy bien lograda.  Es una referencia de un ayer que regresa y sorprende. 

“La bicha”, especialmente me pareció el mejor de todos los relatos.  Sin desmerecer a los otros,   es el que más me ha conmovido. 

Es una escritura de la memoria, el regreso y la fábula.  Etapas históricas marcadas por la fatalidad.   Hay dolor, impotencia y realismo.

Indiana, 23 de mayo de 2026.-

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La mariposa negra

Daniela Murialdo

Hace un par de años, justo antes de salir a festejar el Año Nuevo una mariposa negra entró a mi habitación. Aunque soy creyente, mi fe se eclipsó por un momento y resolví sacarla antes de partir. Sin embargo, ella decidió salir sin más presiones (o eso creí). Cuando con mi esposo volvimos de la cena no había rastros de la oscura mariposa. A la mañana siguiente, mientras tendía mi cama, la hallé muerta al lado de mi almohada.

Primero me vino a la mente el cuentista uruguayo Horacio Quiroga. Me aterró, no la metáfora de su “Almohadón de plumas”, sino la posibilidad irrefrenable de que esa polilla comenzara a carcomerme la existencia. Era sin dudas un mal presagio. Aun cuando Google, que tiene respuestas según se quiera ser respondido, intentaba tranquilizarme con que ese tipo de insectos, para ciertas culturas (no la mía), suponen bonanza, yo sabía que durante ese año (ese fue el plazo que le fijé al augurio) algo me pasaría. No obstante, no dije nada. Consideré que el silencio debilitaría la profecía y lograría esquivarla. Y así fue. Pero no siempre sucede eso: las mariposas nocturnas en los relatos de Juan Carlos son verdaderas agoreras.

En algún momento pensé en contactarme con el equipo de Plural para sugerirles que ofrecieran a nuestro autor de la noche unas cuantas botellas de agua adicionales; de modo que lo obligaran a excusarse para ir al baño y me dejara a solas con ustedes. Y es que es mi deber advertirles que lo que van a leer son algo más que cuentos; son un regalo sí, pero son un presente griego.

Tan solo fíjense en la portada. Ni José Antonio Quiroga, ni Juan Carlos Salazar me van a hacer creer que no tenían intención de angustiarnos. La noche estrellada de Van Gogh es un presagio en sí mismo. Uno turbulento. El vaticinio agitado de una mente atormentada; una noche que no es negra, pero cuyos remolinos y espirales frenéticas parecen el anuncio de la única trascendencia posible del pintor a través de la muerte.

Los relatos breves del libro se originan en hechos reales, empero siempre se desarrollan en una tensa atmósfera fatalista. El escritor, en un juego psicológico, nos arrastra a compartir con sus sólidos personajes, sus temores, contradicciones, incertidumbres y recuerdos. El lector sabe, en todo momento, que algo va a ocurrir, algo fatídico. De modo que está obligado a atender cada señal, cada presentimiento, cada silencio. Dejamos de ser lectores para convertirnos en meros vigilantes.

El libro arranca de modo engañoso -como todo presente griego- con una narración familiar que sentí autobiográfica (bueno, no cuando habla de sus entregas sexuales clandestinas en la juventud, no, no…): “Almanaque”, en el que el personaje principal recuerda cómo el almanaque Bristol servía de guía de vida -y de muerte-, a todos en casa (“Ahí estaba todo”), está lleno de símbolos astrológicos, incluido el cometa Halley. 

El relato muestra al ser humano necesitado de explicar su existencia a partir de lo sobrenatural: “Mi abuelo y mi viejo -dice Jacinto- se cortaban las uñas y el cabello en cuarto menguante para no terminar con garras y melena. Y su padre asegura que nacer en luna nueva, “que guarda toda la energía en su vientre”, es de buena suerte, pues la luna nueva solamente puede crecer “¡Siempre para arriba!”.

En “El viejo Casiano” la protagonista es La Paz. “¡La Paz de los alzamientos!”, “¡La Paz de las rebeliones!”, “¡La Paz de las conjuras!”. Esa La Paz en la que el amauta presagió el colgamiento de Villarroel; el alzamiento contra los cachorros de la oligarquía un abril; y la Masacre de Todos Santos a cargo del Mariscal de la Muerte (“un cancerbero mitad lengua de veneno y mitad colmillo de acero”). 

El viejo -nos cuenta el escritor- contempló todo esto “desde el sueño al que había sido convocado por los patriotas de antaño, entre conjurados de copa y levita, caballeros de mostachos atusados, frailes sacramentados y uniformados de insignias y trencillas, congregados al toque de ánimas en los salones del Palacio de las Deslealtades para rescatar los anales perdidos en el caos del tiempo”.

En “Suplente”, un comprometido compañero del Padre Paco relata en primera persona, y en clave premonitoria, la toma militar, presumí de la Radio Fides pues la escena se parece mucho a una que conozco de boca del propio sacerdote perseguido durante el golpe del 80, y su espontánea resolución de ofrecerse para ser llevado por los “paras”, en reemplazo del cura buscado, en tanto Espinal, el primero de la lista, ya había sido asesinado. 

“Y yo, como si nada, como si el flagelo no fuera conmigo, como viéndome desde arriba, paralogizado, aturdido, obnubilado por una sola idea, por una sola imagen, la de Lucho “El Bueno”, tendido sobre la mesa de la morgue, desnudo, martirizado, con los miembros lacerados por la tortura, acribillados; con su rostro santo, santificado; puro, purificado, clamando en el desierto de los impuros; abriéndose paso entre los lamentos y el llanto de mis compañeros, ¡Dios mío!, diosito, que ¿qué está pasando, padrecito?, que ¿qué es esto?, ¡golpe!, ¡golpe! Ora pro nobis”.

El único cuidado que ha tenido el Gato con sus lectores, ha sido el estético: con un lenguaje algo vintage, que combina poesía de alta intensidad y crónica, de la que nuestro autor-periodista afortunadamente no logra desprenderse, y que usa para rescatar palabras anacrónicas de belleza particular. El subgénero es más bien el cuento negro. Solo que Salazar no desciende a los submundos de alguna ciudad, sino que se sumerge en las entrañas de sus personajes, que se mueven cómodos en el realismo mágico. 

Escuchen esto: “Se detuvo por un momento a contemplar el paisaje infinito desplegado a sus pies, un lienzo de jaspes suaves y pigmentos coloridos, tejidos con las hebras doradas de la queñua, el flujo chispeante del arroyo, las aguas jade esmeralda de la laguna y el brillo de las calaminas del campamento, astillado en mil rayos plateados. El cielo azul intenso volcaba sobre el entorno toda la luminosidad que guardan los ocasos para resistir el asedio de las tinieblas.” Crónica poética ¿o no? 

Pese a su aire costumbrista, pues tiene una fuerte carga de identidad cultural (referencias a tradiciones, supersticiones, animales simbólicos, etc.), este es un libro de prosa literaria y no una aproximación antropológica forzada. Una antología que podría haber sido escrita por el mexicano Juan Rulfo, el de los destinos trágicos ineludibles. Quien, no tengo dudas, echó desde el cielo unos polvos mágicos a la computadora de nuestro autor mientras tecleaba. No sé si es casualidad, pero en el cuento en el que Salazar, en una conversación espectral, cede su voz a representantes desaparecidos de boleros como Los Panchos, Lucho Gatica o Jorge Negrete, para que sean los cantantes quienes hablen por los interlocutores de amor y desamor, se refiere a una boîte llamada El Gallo de Oro, el nombre de una de novela corta de Rulfo.

En términos coloquiales, sinónimos de “cuentista”, pueden ser “chismoso”, “cotilla”, “fabulista”, “enredador”. Sin embargo, para construir un buen chisme hay que tener talento. He contado esta anécdota alguna otra vez, solo que hoy me siento obligada a contarla de nuevo.  El escritor mexicano Juan Villoro contaba que, en una ocasión, mientras cursaba un taller de literatura, uno de sus compañeros alardeó frente al profesor -el maestro de la minificción Augusto Monterroso-, que se hallaba en plena producción de una novela que estimaba, llegaría a las trescientas páginas. Monterroso había ensayado una cara de alegre sorpresa y le había respondido: “¡Qué bueno, te estás preparando para escribir un cuento!”. Y es que, al decir del mismo Villoro, el cuento es el género más exigente de la prosa, y aun así, el Gato lo logra con honores. 

“Legado” es quizás el cuento más completo y profundo, aunque se los dejo para que lo lean sin tutela. En cambio, termino con “La bicha”, en la que Epifanio, un viejo barretero, “conocedor de los secretos y las entrañas de la montaña”, y empleado de Marcos, alerta al patrón sobre el cuidado que debe tenerse con las vizcachas, pues “son egoístas y ocultan el mineral”. 

Marcos no entiende de premoniciones y se enterca en desafiar su marcado y avisado destino: “La ventisca barrió la arena dispersa en la terracita, aventándola al vacío, y dio paso a un olor a almendras amargas. No era el del cianuro que inunda los ingenios durante el procesamiento de la plata, sino el que emana de la sangre de las vizcachas cuando el cazador les arranca la cola después de la cacería. El olor se fue transformando en un tufo pestilente, el vaho fétido del sulfuro que exhala la boca del infierno.”

La cuentista Mariana Enríquez dice que los japoneses creen que, después de morir, las almas van a un lugar que tiene un cupo limitado. Y que cuando se llegue a ese límite, cuando no quede más lugar para las almas, van a empezar a volver a este mundo.

Mucho me temo que el Gato haya acogido algún presagio antes de escribir estos cuentos y les esté, de algún modo, dando la bienvenida a las primeras almas que vienen de regreso. 

Si después de esta introducción todavía quieren leer el libro, allá ustedes; pero luego no digan que no se los advertí…

(Presentación del libro “Presagios”, de Juan Carlos “Gato” Salazar)

Brújula Digital – 17 de mayo de 2026

https://brujuladigital.net/opinion/la-mariposa-negra

Los Presagios del Gato Salazar

Juan Carlos Salazar (Tupiza, 1945) navega entre el periodismo y la literatura con el conocimiento y agilidad de un experimentado: se mueve entre ambas arenas con la soltura y dedicación de un orfebre, de alguien que elige cada palabra como el rigor con la que se decide a publicarla. No por nada, entre otros galardones, fue reconocido con el Premio Nacional de Periodismo en 2016 y ahora, afianzando su camino hacia la ficción, publica su segundo libro de cuentos, que bautizó como Presagios (Plural, 2026).

El Gato, como es conocido por sus amigos y cercanos, lleva una barba ahora blanca y dos ojos brillantes que observan con certeza, pero que parecen, también, incluir un cariño. “Escribo para ganar amigos”, dice con la liviandad de quien está tranquilo con lo conseguido en los años de carrera, de trabajo, de sacrificio: “Creo que la realización personal consiste en vivir de lo que te gusta hacer. Y yo he tenido ese privilegio, vivir de lo que me gusta hacer: escribir”.

Y es así: Salazar es cofundador de la Agencia de Noticias Fides (ANF), en 1964, y miembro del equipo fundacional del diario Hoy de La Paz, en 1969. Tras realizar diversas labores en Europa, regresó a Bolivia para dirigir el periódico Página Siete, desde 2013 a 2016.

Ingresó a la Academia Boliviana de la Lengua en septiembre de 2024 (silla Ñ) con el discurso “Periodismo y literatura, orillas de un mismo río”, donde la respuesta estuvo a cargo de Mariano Baptista Gumucio, decano de la institución. 

Es autor de Semejanzas (Plural, 2018) y Genio y figura (Plural, 2024), libros de semblanzas de personajes que conoció a lo largo de su carrera profesional, y de A la guerra en taxi (Plural, 2023), sobre su experiencia en la cobertura de conflictos armados en América Latina. Es coautor de los libros de crónicas La guerrilla que contamos (Plural, 2017) y Che: Una cabalgata sin fin (Página Siete, 2017), sobre la cobertura de la guerrilla del Che en Bolivia, y Prontuario (Editorial 3600, 2018). Su primera incursión en la literatura de ficción se dio con el libro de cuentos Figuraciones (Plural, 2021).

A raíz de la presentación de esta su más reciente obra, una colección de cuentos que, en palabras del también escritor Carlos Decker, “dejan al lector con la sensación de querer más” y donde “su permanencia radica en su atmósfera; porque, en el fondo, todos compartimos la misma inquietud: saber qué ocurrirá mañana”, Salazar responde a unas cuantas preguntas, donde relata la génesis de esta obra, así como la raíz de su amor por las palabras escritas, ya sea en el campo de la literatura o del periodismo. “No se puede elegir entre dos hijos”, resalta, atrincherándose en la ruta de las letras, por donde quiera que vayan.

1.- ¿Cómo nació el proceso de construcción del libro Presagios? Es decir, hace cuánto que la tenía en mente. ¿Cómo fueron apareciendo las historias, los personajes y/o los escenarios de los relatos?

R.- Como idea, hace cuatro años, tras la publicación de mi primer libro de cuentos, “Figuraciones”. Los personajes y los escenarios fueron apareciendo poco a poco. Unos se quedaron, otros desaparecieron. Los que quedaron tomaron forma el año pasado, en un proceso lento de escritura y reescritura, un juego de quitar, poner y pulir frases y palabras. Las historias surgen en el proceso, a partir de un personaje, un escenario, una idea o simplemente una imagen: un almanaque, un bolero, un libro antiguo o un animalito aparentemente inofensivo, con una “música de fondo”, que es la que da coherencia a las historias, que en el caso mi último libro son los presagios, las premoniciones.         

2.- Este es su segundo libro de cuentos. ¿Qué le gusta más de este género?

R.- La posibilidad de transmitir vivencias, imágenes, sensaciones y percepciones que no tienen cabida en una crónica periodística y, menos aún, en una noticia, debido a que las reglas periodísticas son demasiado rígidas. Y también por la muy humana necesidad de fabulación, el deseo íntimo de inventar mundos que añoramos y que no acaban de llegar. Así nació mi primer cuento, “El espejo”, sobre la agonía del Che Guevara. ¿Cómo contar sus últimos segundos de vida? Solo a través de la ficción.  

3.- Usted tiene una larga y destacada carrera en el periodismo. ¿Cómo separa este oficio del de la escritura de ficción? ¿Hay una simbiosis entre ambas?

R.- Como decía un amigo periodista, Manu Leguineche, el periodismo y la literatura son orillas de un mismo río, la narrativa, que es la mejor descripción de la simbiosis de ambos lenguajes. Otro periodista que navegó en ambas aguas, Jorge Suárez, dijo alguna vez que son “dos formas de escritura, dos formas de habitar el mundo”. Periodismo y literatura son hijos de la misma madre, dos caras de la misma medalla. El periodismo nació para contar historias. El género que adoptó desde épocas tempranas fue el de la crónica, un formato que también está en el origen del relato literario.  

4.- Si tuviera que elegir entre el periodismo y la literatura, ¿con cuál se queda?

R.- ¿Un padre puede elegir entre dos hijos? Al cruzar a la “otra orilla” de la narrativa, la ficción, pensé que dejaría el periodismo, pero no fue así. Después de los cuentos de “Figuraciones” publiqué un libro de crónicas (“A la guerra en taxi”) y otro de semblanzas (“Genio y figura”). Ahora mismo estoy trabajando en otro libro de crónicas. 

5.- ¿Cuál es el recuerdo más feliz de su infancia?

R.- Mis correrías entre los sauces, los molles y los maizales de mi pueblo, Tupiza; mis primeras lecturas en la escuelita “7 de Noviembre”, donde aprendí a leer y escribir, y mi encuentro con el Almanaque Bristol, al que le dedico un cuento en “Presagios”.

6.- ¿Cómo decidió dedicarse al periodismo? ¿Cuándo y cómo vislumbró la llamada del oficio?

R.- Me inicié en la radio y la agencia Fides, cuando no existían carreras de Periodismo ni de Comunicación Social. Era la época en que los periodistas se forman en las redacciones de los periódicos. Mientras trabajaba en Fides, estudié un año de Geología y tres de Derecho. Cinco años después de iniciarme en Fides, ingresé al Instituto Superior de Ciencias y Técnicas de la Opinión Pública de la Universidad Católica, antecedente de la actual Carrera de Comunicación Social, del que soy su primer egresado.

7.- Usted también da clases a estudiantes universitarios. ¿Cómo los ve actualmente? ¿Siente una diferencia con las generaciones pasadas que deseaban dedicarse al periodismo?

R.- Estamos viviendo un momento de crisis o transición a causa de la revolución tecnológica. No es la primera vez. Ha ocurrido siempre en momentos de cambios tecnológicos significativos, aunque esta vez el choque sea más dramático por el auge de Internet y la “guerrilla cibernética” de las redes sociales, que han cambiado paradigmas y referentes. Los medios están cambiando como soportes de la información, pero la elaboración de los contenidos sigue siendo objeto del periodismo y su producción continúa en manos de los periodistas.

No es la tecnología ni las técnicas que  emplean los periodistas los elementos que definen el periodismo, sino los principios éticos que lo guían y la función que desempeña en la sociedad y en la vida de todo ciudadano. La tecnología es una herramienta, pero no puede sustituir al periodismo.

Cuando alguien me pregunta qué hacíamos los periodistas cuando no había Internet ni computadoras ni celulares, yo le respondo: ¡Hacíamos periodismo!, porque estábamos obligados a acudir al lugar de los hechos y contar lo que veíamos sin intermediarios. Es lo que tenemos que hacer. Volver a la esencia del periodismo. Solo el buen periodismo salvará al periodismo.

8.- ¿Cuáles son sus tres o cinco libros favoritos? Los que más lo han inspirado y a los que, tal vez, ha regresado en más de una ocasión.

R.- Tengo autores favoritos, a los que leo y releo. Últimamente a Juan Rulfo, Horacio Quiroga, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. En el caso de los bolivianos, debido a mi ausencia de 40 años, estoy disfrutando a los clásicos, como Óscar Cerruto, Jorge Suárez, Adela Zamudio, Jesús Urzagasti, como si los leyera por primera vez.    

9.- ¿Cuál es su plato favorito? El que, digamos, pediría comer cada cumpleaños.

R.- No tengo uno especial, pero sí antojos: saice, falso conejo, silpancho…

10.- ¿Cómo nacen las historias que luego lleva al papel? Es decir, ¿es un escritor de imágenes? ¿Le gusta más dejarse llevar por la historia y los personajes o le gusta tener ya la estructura bien armada antes de iniciar un proyecto?

R.- Como dije, en una idea, una imagen, un escenario o un personaje, que van construyendo su propia historia. Primero, el sujeto; después, la historia. Nunca escribo nada si no sé cómo empieza y cómo termina la historia. Si no concibo el principio y el fin, no la escribo.    

11.- ¿Por qué escribe? Es decir, ¿por qué le dedica tiempo y energía a esto?

R.- Creo que la realización personal consiste en vivir de lo que te gusta hacer. Y yo he tenido ese privilegio, vivir de lo que me gusta hacer: escribir. Dediqué mi vida profesional a describir el mundo real desde la crónica y el reportaje. Ahora lo hago desde la literatura, seguro de que la ficción cobra vida cuando la imaginación desvela lo que la realidad oculta. Los escritores suelen decir que escriben para sus amigos. Yo lo hago para ganar amigos. 

12.- ¿Nos puede contar uno o dos de los recuerdos, de los muchos que tiene, más memorables de su carrera periodística?

R.- Recuerdo con mucha nostalgia mis primeros años en el periodismo, como mi cobertura de la guerrilla del Che Guevara en Bolivia, un hecho que marcó mi vida personal y profesional.

13.- ¿Qué les diría a los jóvenes escritores y periodistas que desean persistir en esos oficios en estos tiempos de incertidumbre económica y política, donde la tecnología se ha convertido en un punto más de competencia en el ámbito laboral? ¿Qué podría recomendarles?

R.- Yo soy optimista. No soy de los que apuestan por la inminente muerte del periodismo a expensas de la tecnología. Ni la radio mató a la prensa escrita ni la televisión mató a la radio. La tecnología es un instrumento, pero no puede sustituir al periodista. Cambian los soportes, es cierto, pero no la esencia de nuestro oficio. El escritor guatemalteco Augusto Monterroso se consagró como el autor del cuento más corto de la historia de la literatura en español, El dinosaurio, un texto de apenas siete palabras y 50 caracteres: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí”. Si el centenar de caracteres de un post basta para escribir un cuento de la complejidad, concisión y belleza de El dinosaurio, ¿por qué no ha de ser posible redactar una pieza periodística de calidad dentro de los mismos límites digitales?

Una Palabra – 17/05/2026

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