Las dos orillas narrativas de Juan Carlos Salazar, el escritor que surgió del periodismo

Por Irene Selser *

Conocí a Juan Carlos Salazar hace años en México, cuando se juntaron aquí todos los exilios de Centro y Sudamérica, en los años 70 y 80, huyendo activistas, escritores, músicos, periodistas y profesores de las dictaduras militares de derecha que asolaron la región. Hoy México es casa y hogar de nuevos exiliados obligados a huir de nuevas dictaduras, ahora de izquierda.

Celebro el encuentro aquí este 25 de junio con Juan Carlos –el Gato– Salazar, que fue un colega y amigo muy cercano de mi padre, el gran periodista e historiador argentino Gregorio Selser, quien falleció en México a los 69 años, en agosto de 1991, pero de quien queda un legado de dos bibliotecas con su nombre en la FLACSO y en la Cancillería mexicana, y una hemeroteca que es también centro de estudio con tres millones de documentos, esta última ubicada en el plantel Colonia Del Valle de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), bajo el nombre de CAMeNA–Biblioteca Gregorio y Marta Selser. Lo menciono por la amistad y el cariño que los unió, y la misma pasión y entrega de ambos al oficio periodístico.

Sabemos que, a lo largo de la historia, la relación entre periodismo y literatura ha sido tan estrecha desde José Martí y Rubén Darío a Gabriel García Márquez, de Dickens a Hemingway, de Rodolfo Walsh en Argentina a Julius Fučík en Checoslovaquia, por mencionar sólo a algunos, que es claro que el periodismo no es una actividad menor, sino una escuela esencial para acercarse al mundo, comprenderlo y narrarlo. Así lo hicieron también Honoré de Balzac, Charles Dickens, los corresponsales de guerra Jack London, John Reed, George Orwell (1903-1950), el no menos magnífico Albert Camus; Truman Capote; Eduardo Galeano en Uruguay y el ya citado Rodolfo Walsh, pionero de la investigación periodística moderna, asesinado en 1977 por la dictadura militar argentina, que nunca rebeló dónde están sus restos.

Las mismas características que todos ellos compartieron están presentes en la obra literaria de Juan Carlos Salazar, como es la observación directa de la realidad, habiendo permitido el periodismo conocer de primera mano los conflictos sociales y políticos; una capacidad narrativa, trasladando las técnicas del periodismo a la literatura; un compromiso con el tiempo histórico, siendo testigos de transformaciones sociales, revoluciones o guerras; y una renovación del lenguaje periodístico, que a su vez se enriquece desde su propio rigor aprendiendo a convivir con las exigencias de la literatura.

Leí con mucho placer los dos libros de cuentos de Juan Carlos Salazar, publicados en La Paz por Editorial Plural, el primero de ellos Figuraciones, que vio la luz en 2021 y el segundo, Presagios, que el autor acaba de presentar en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia.

En Figuraciones, el periodista recién convertido en escrito nos sumerge a lo largo de siete relatos en el imaginario rural boliviano, donde la realidad cotidiana se entreteje con la mitología, la memoria y la poesía. A través de prosa cuidada y evocadora, Salazar dar vida a personajes y escenarios que revelan la riqueza, pero también la complejidad del mundo andino y campesino.

Desde las primeras páginas, nos vemos envueltos en la atmósfera de los pueblos y las haciendas, con una frontera muy difusa entre lo real y lo fantástico. Es el caso del cuento “Casilda”, donde la protagonista es una niña que explora los límites de la propiedad familiar y que, a través de sus preguntas y su curiosidad, se revelan las creencias populares sobre duendes y espíritus. La narración se enriquece con descripciones sensoriales: el aroma de los duraznos, el rumor de la acequia, el color de los maizales y el trasfondo de historias de amores trágicos que dotan al cuento de una dimensión mítica.

Como buen periodista, la prosa de Juan Carlos se detiene en los detalles y en su respeto por la oralidad, y es como periodistas se nos exige ser fieles a la realidad, respetando en los diálogos las expresiones locales y los giros lingüísticos. Las voces de los protagonistas se alternan con la voz narrativa y anónima del periodista; capaz de entrelazar rumores y leyendas colectivas, como en “El Triste Pizarro”, cuya real tristeza se convierte en un símbolo de la herencia emocional y social de los pueblos pequeños.

Temas universales como la muerte, la fe, el amor o la identidad, que muchas veces subyacen en la crónica periodística, aunque sin ser nombrados, se hacen presentes en Figuraciones desde una perspectiva local y concreta.

En “¿Acaso crees en Dios?”, el protagonista, apodado Jesusito, narra su experiencia como boxeador frustrado y actor improvisado de la Pasión de Cristo, mezclando la violencia policial, la marginalidad y la religiosidad popular. El cuento utiliza el humor, la ironía y la crítica social para mostrar la complejidad de la fe y la supervivencia en contextos adversos que podrían ser cualquier de los nuestros.

La obra también se adentra en la memoria histórica y política de Bolivia y de América Latina, como en “Aquí vive la muerte” y “El espejo”, donde la guerra, la revolución y la figura del Che Guevara aparecen como telón de fondo de las vidas individuales. Los libros que como periodista escribió y coescribió el Gato Salazar sobre las dificultades para cubrir la guerrilla del Che Guevara en Bolivia, que entre 1966 y 1967 –cuando el Gato tenía 21 años– intentó crear desde ahí un foco revolucionario continental, se han convertido en una referencia clave para entender cómo los medios locales e internacionales cubrieron la tragedia del mítico guerrillero argentino.

A la vuelta de 60 años, Salazar recurre a la literatura para explorar lo que la crónica periodística, no pudo: la relación entre utopía y desencanto, la heroicidad y la derrota; el sentido de la violencia y de la pérdida, y la muerte como parte de una identidad que es la de todos.

El estilo de Salazar es lírico y reflexivo, enriquecido con descripciones de la naturaleza, los rituales y las festividades rurales cargadas de simbolismo, pero también de una ternura y un humor que humanizan a los protagonistas. El cuento “Quitapesares” es un buen ejemplo de cómo el autor utiliza objetos y costumbres —como el muñequito quitapesares de los indígenas chiapanecos— para hablar de la nostalgia, el consuelo y la búsqueda de sentido.

Figuraciones es un libro que celebra la riqueza de la tradición oral y la imaginación popular boliviana, al tiempo que reflexiona sobre los grandes temas de la existencia humana a partir de diferentes escenarios, referencias culturales y experiencias que él mismo vivió como periodista, alimentando las historias a partir de su contacto directo o indirecto con otras realidades y geografías.

Como en “Quitapesares”, donde el Gato deambula de la mano de sus personajes entre Haití, La Habana Vieja, Santa Cristóbal de las Casas o Madrid. O en “El santo prestado”, con la figura del bandolero mexicano Jesús Malverde, venerado como un santo popular, tal vez, también, por el Gato.

En otros relatos, como “Aquí vive la muerte” y “El espejo”, se abordan temas y escenarios que remiten a la revolución latinoamericana, la guerrilla y la vida en la selva, con referencias a Cuba, la figura, de nuevo, del Che y la experiencia del exilio o el desplazamiento.

Cinco años después, en el libro Presagios, el periodista se muestra ya como un escritor consumado, con una obra completa y madura, que, como afirman sus críticos, comparte la elegancia y la riqueza verbal de Alejo Carpentier; el uso preciso de frases directas, a veces en tono ríspido, seco, como lo hacía Juan Rulfo; descripciones preciosas y precisas de paisajes al modo de Hemingway o la narración de una historia dentro de otra, al estilo de Jorge Luis Borges.

Los seis cuentos de ese libro “Almanaque”, “Bolero”, “El viejo Casiano”, “Suplente”, “La bicha” y “Legado”, exploran las creencias, supersticiones y tradiciones relacionadas con los presagios, la Luna, los astros y las señales del destino en la cultura popular boliviana. Cada cuento aborda, desde una perspectiva íntima y a veces nostálgica, la manera en que las personas interpretan los signos del entorno y cómo estos influyen en sus vidas, decisiones y destinos. Aquí se entrelaza la memoria familiar, con la historia nacional y la mitología local, mostrando cómo el pasado y las creencias ancestrales siguen presentes en la vida cotidiana.

Con un lenguaje cuidado y poético, Salazar alterna la primera persona en varios de los relatos, aportando cercanía. El tono es más reflexivo e incluso melancólico, en ocasiones, invitando a sumergirnos en la memoria y en la interpretación de los signos y los símbolos del destino. Están presentes de nuevo el humor, la ironía y la crítica social, sobre todo en la forma en que se retratan las supersticiones y las contradicciones de la vida cotidiana.

En el penúltimo cuento, “La bicha”, sobrecoge el trasfondo de la vida minera, la lucha del hombre contra la naturaleza y la pobreza, y cómo las creencias populares influyen en la percepción del éxito y el fracaso; mientras que, en el último, “Legado”, el narrador –que por momentos uno siente que es el mismo autor–, revisa los papeles y libros heredados de su padre en lo que termina siendo una meditación sobre la memoria, la herencia y la búsqueda de sentido, así como sobre la fugacidad de la vida y la permanencia de los sueños y las obsesiones familiares.

Sin deudas ya con el periodismo, Juan Carlos Salazar se vuelca enteramente en Presagios al ejercicio escritural reivindicando en estas páginas la sabiduría popular y la exploración de la identidad a través de la literatura en la forma de relatos breves que rescatan la riqueza de la tradición oral, la memoria familiar y la historia nacional.

Sin embargo, esa aparente ausencia de deudas con el ejercicio del veterano cronista o el editor de notas internacionales, no significa que estos hayan desaparecido de su escritura. Al contrario, constituyen el cimiento sobre el que se sostiene toda su obra narrativa. La disciplina de observar con paciencia, aprender a escuchar las voces ajenas, reconocer el peso de los detalles y comprender que detrás de cada historia individual late una realidad colectiva, son aprendizajes que sólo una larga vida de reportero podía convertir en ficción. En Figuraciones, esa experiencia se traduce en personajes profundamente humanos y en escenarios construidos con precisión. En Presagios, esos mismos recursos alcanzan una dimensión más introspectiva, donde la realidad ya no necesita ser documentada porque ha sido plenamente interiorizada y transformada en creación artística.

Así, los dos libros de cuentos de Juan Carlos Salazar dialogan entre sí como las dos orillas de una misma trayectoria y las dos orillas, a la vez, de dos formas de narrar. El primero revela cómo la experiencia periodística alimenta la ficción con hechos, voces y memorias; el segundo demuestra que, una vez asimilado ese aprendizaje, el escritor puede trascenderlo para convertir la realidad en símbolo, la memoria en imaginación y la experiencia en una reflexión universal sobre el tiempo, el destino y la condición humana.

No dudo en afirmar que, como sucede con los mejores escritores que antes fueron periodistas, Salazar ya no necesite escribir desde el periodismo para seguir beneficiándose de todo lo que este le enseñó. De ahí que Figuraciones y Presagios puedan leerse también como el resultado de una larga conversación entre los dos oficios: una conversación en la que la precisión de la crónica se funde con la libertad de la imaginación para dar vida a una obra que enriquece la narrativa boliviana contemporánea y, desde luego, también la hispanoamericana, ya que la vida de Juan Carlos Salazar deambuló, asimismo, entre dos orillas geográficas a ambos lados Atlántico.

*Texto leído por la poeta, periodista y editora Irene Selser en el acto académico “Entre la narración y el periodismo: La obra de Juan Carlos Salazar”, realizado el 25 de junio en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el marco del seminario “Explicar y narrar: nuevas narrativas de la investigación”, organizado por el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y la Universidad de Calgary.

Seminario UNAM: ”Entre la narración y el periodismo: la obra de Juan Carlos Salazar”

La obra periodística y literaria de Juan Carlos Salazar del Barrio fue presentada y analizada el jueves 25 de junio en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en el marco del seminario interinstitucional “Explicar y narrar: Nuevas poéticas de la investigación”, organizado por el Instituto de Ciencias Sociales (IIS) de la UNAM y la Universidad de Calgary.

La sesión académica se realizó en el Auditorio Pablo González Casanova del IIS, en la Ciudad Universitaria de la capital azteca, con la asistencia de docentes, estudiantes, periodistas e invitados.

La presentación y comentarios estuvieron a cargo de Laura Montes de Oca, investigadora de la Universidad de Calgary; Hugo José Suárez, investigador del Instituto de Ciencias Sociales (IIS) de la UNAM, y la poeta, narradora y editora Irene Selser, quienes abordaron diversos aspectos de la trayectoria del autor y de su trabajo como periodista y narrador.

El autor disertó sobre periodismo y literatura, lenguajes que describió como “orillas de un mismo río”.

Laura Montes de Oca, investigadora de la Universidad de Calgary, doctora en Ciencia Social por El Colegio de México y autora de numerosos trabajos académicos en el campo de la sociología, destacó la trayectoria del autor como periodista y narrador.

Por su parte, Hugo José Suárez señaló que “construido en la era de la realidad, no virtual”, Salazar “puso el cuerpo donde fue” y “lo que escribió, lo vio y lo vivió”.  “Pocos periodistas tan completos y complejos como Juan Carlos Salazar”, agregó.

Al referirse a su paso del periodismo a la literatura, describió al autor como “el periodista que no dudó en cruzar la puerta que fuera necesaria sin importar con qué se encontraría del otro lado, dispuesto a registrarlo y comunicarlos”, abriéndose a una dimensión no explorada. Añadió que “entró a la ficción” después de “estar empapado de una realidad que es en sí misma fascinante y mágica”.

“Así, riguroso, inteligente e imaginativo, el autor crea situaciones o reflexiones sin soporte fáctico pero que nos ayudan a pensar, nos transportan a lugares que, si bien son imaginados, no dejan de ser potentes”, expresó. “Es un constructor de puentes que nos invita a pensar desde otro lado”.

Suárez es sociólogo, doctorado por la Universidad Católica de Lovaina e investigador del IIS de la UNAM y autor de una veintena libros, entre ellos «Sociología crónica», «Hacer sociología sin darse cuenta», «Sueño ligero» y «Viajar, mirar, narrar».

Por su parte, la poeta y periodista Irene Selser dijo que el estilo de Salazar “es lírico y reflexivo, enriquecida con descripciones de la naturaleza, los rituales y las festividades rurales cargadas de simbolismo, pero también de una ternura y un humor, propios del autor, que humanizan a los protagonistas”.

Al referirse a su primer libro de cuentos, dijo que “Figuraciones es un libro que celebra la riqueza de la tradición oral y la imaginación popular boliviana, al tiempo que reflexiona sobre los grandes temas de la existencia humana a partir de diferentes escenarios, referencias culturales y experiencias que él mismo vivió como periodista, alimentando las historias a partir de su contacto con otras realidades y geografías”.

“Cinco años después de aparición de Figuraciones –prosiguió–, el periodista nos sorprende en Presagios, con un libro que lo muestra como un escritor consumado; una obra completa y madura que, como afirman sus críticos y estamos de acuerdo, comparte la elegancia y la riqueza verbal de Alejo Carpentier; el uso preciso de las frases directas, a veces en tono ríspido, como lo hacía Juan Rulfo; descripciones preciosas y precisas de paisajes al modo de Hemingway o la narración de una historia dentro de otra, al estilo de Jorge Luis Borges”.   

Licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Buenos Aires, Irene Selser es autora de una decena de libros, entre los que destacan «Sur Silencio», «La senda del castaño» y «Patria de náufragos».

Al abordar el tema del seminario, Salazar dijo que apeló a la ficción, cruzó el “río narrativo”, cuando no encontró asidero en los hechos para contar una historia que la percibía como cierta o probable. “La ficción cobra vida cuando la imaginación desvela lo que la realidad oculta”, expresó. “Es en la zona de nadie, entre las dos orillas del río narrativo, en el cause que acoge lo real y lo imaginario, en el trance maravilloso de la creación, donde la literatura le disputa la palabra al periodismo”, concluyó.

«Presagios», una obra literaria completa, madura y redonda

Darwin Pinto Cascán*

El 30 de mayo coincidimos con Juan Carlos Salazar en la Feria del Libro de Santa Cruz-2026. Era apenas la segunda vez que lo veía, pero para mí ya no se trataba de un desconocido. Había leído parte de su obra y en ocasión del grato encuentro me obsequió su libro de cuentos: Presagios. En retribución de caballero le quise obsequiar el mío: Crónicas de un delator, pero muy amablemente me pidió que le permitiera comprarlo. ¿Cómo le digo que no a un señor con su prestigio, sus maneras y su carrera? Acepté que comprara mi libro y nos despedimos con las necesarias, pero auténticas formas de la cortesía.

En el feriado de Corpus Christi me atrincheré en mi estudio de trabajo en casa con Presagios en las manos y la decisión tomada de escribir una reseña. ¿Por qué? Porque le agradezco al maestro Salazar la elegancia y la riqueza verbal en sus cuentos, como lo hacía Alejo Carpentier; el uso preciso de frases directas a la yugular del lector y la historia, a veces en tono ríspido, seco, como lo hacía Juan Rulfo; también por las preciosas descripciones de paisajes para nada innecesarias en tanto suman al todo de la historia, al modo de Hemingway o incluso eso de narrar una historia dentro de otra historia, al estilo Borges.

Es obvio que todos los escritores se construyen a partir de los maestros que eligen y sobre ese cimiento se levanta una voz propia que en el caso de Salazar es notable y notoria. ¿Y cómo es? Es a veces una prosa urgente, intensa, de cosa que se desmorona hacia arriba sin perder forma o belleza, muchas veces en presente y en primera persona, es decir, trae al lector dentro del cuento y lo hace testigo directo en el tiempo literario en que transcurre el relato. Hay en él intensidad, precisión, estética, personajes claros y memorables, pero especialmente, temas muy bien definidos y acotados.

¿Qué significa esto en buen castizo? Cada cuento es un mundo único, con su tiempo, sus leyes, sus fronteras, sus dolores, sus traumas y sus encantos. Salvo los últimos dos cuentos del libro que tienen que ver con las frustraciones de la minería, ninguno de los otros cuentos se conectan entre sí. Son únicos, aunque eso sí, el viento de la política como problema nacional los atraviesa de costado a casi todos, y es natural que eso pase, porque ya es sabido que Bolivia no es un país que sufre conflictos permanentes… Bolivia es un conflicto sin resolver.

Con el paso de los años uno sabe cuando está ya ante una obra literaria completa, madura y redonda. Este es un ejemplo. Este no es un intento de libro, ni un globo de ensayo a ver si salió mejor que el anterior, no es una prueba de galeras, es una selección de cuentos con cabeza, corazón, cuerpo, técnica, oficio, instinto, maduración y, en todas partes, ternura. Sus cierres suelen ser circulares —mis favoritos— con lo que la historia que siempre requiere una forma, aquí adopta la figura de la perfección. No hallé fallas, ni huecos, ni cosas que cuelgan o sobran. Es un libro a prueba de balas. Y lo puedo probar.

“Almanaque” es el cuento de los ciclos. El de las influencias de los astros en los asuntos más complejos de la vida y de la muerte de los hombres. Un abuelo que nace y muere con el paso del cometa Halley; una señora que muere en un eclipse, con toda la connotación metafísica y astronómica que tienen estos fenómenos celestes en las culturas de la Tierra. La historia trata sobre la exactitud de los ciclos (lunares, agrícolas, oceánicos, estacionales, humanos), es decir, el origen, el final y el reinicio de los procesos en esta caja que llamamos mundo, aunque sabemos que de caja no tiene nada, porque es más bien una esfera en forma de naranja.

“Bolero” es el cuento de la nostalgia. Trata sobre un encuentro entre Raúl Shaw Moreno, boliviano integrante del grupo de bolero, Los Panchos, con el narrador de la historia en un paceño amanecer en momentos en que el segundo se recoge de una farra con altas dosis de política. Este encuentro puede ser una alucinación por combinar whisky con teoría social o una auténtica reunión a escala metafísica, totalmente posible dentro de las leyes naturales y sobrenaturales de la mejor ficción. Es el paseo con el símbolo de un género musical que impacta generaciones, incluyendo al narrador que camina con el genio sin saber que… Es sin duda un cuento de nostalgia, del amor joven, de las letras profundas que hablan de las celdas del corazón y de las alas de la libertad. El volumen de la prosa, el manejo del idioma, la riqueza del ritmo y los sentidos, la pasión, la urgencia, la claridad aparecen con mucha fuerza en este cuento.

“El Viejo Casiano” trata sobre la violencia política. Las visiones del amauta transitan a través del tiempo –de atrás hacia adelante– para retratar momentos de furia “constructiva” que se derrama negra y roja sobre las angostas calles de La Paz. Un cuento rápido, intenso, como lo exige el tema.

“Suplente” es el cuento de un martirio. Es un intento desesperado de rescate imposible, de traer de vuelta a un muerto muy querido. Un golpe de Estado, con paramilitares, granadas, torturas, lo del manual; un sacerdote que no sabe si quiere pero que declara ser otro, uno llamado Lucho el Bueno, que bien puede ser un conocido cura español martirizado por orden de García Meza. Intenso, profundo y conmovedor relato.

“La Bicha” es el cuento del cazador – cazado. Combina la musicalidad de Carpentier con la aridez de Rulfo –con lo que evita el a veces molesto barroquismo de Carpentier–, además de la sabrosa intensidad de desmoronamiento hacia arriba con la que Salazar construye sus relatos. Se trata de una prosa poética gobernada por la inevitable precisión periodística propia de un maestro de la ficción y la no ficción. Las palabras elegidas aquí no son medios del mensaje, son también el mensaje en sí mismo. Es un cuento con referencias, al igual que Bolero. La necesidad última, el ver desde el borde el fondo del abismo es el combustible de esta cacería de la vizcacha por parte de un minero en quiebra, luego de que ocurre algo que en principio parece una buena noticia. Es el cuento más largo y para mí, el más cinematográfico de todos.

“El Legado” es el cuento de la historia dentro de otra historia. En este texto un hijo debe ordenar el estudio de trabajo de su padre muerto, acción en la que encuentra escritos del progenitor, pero también, sorpresivamente, textos antiguos de buscadores de riquezas de la época colonial, cuyo tema único es la frustrada obsesión por la minería. A veces pienso que esa ira permanente que moviliza a sectores del altiplano tiene que ver con aquella primigenia frustración por la paradoja de la tierra rica y el pueblo pobre. Salazar otra vez combina la realidad externa con el mundo interno del narrador, con lo onírico, con el potente monólogo interior joyceano, pero embellecido y profundizado, porque lo escribe él y lo hace en la maravillosa lengua de Cervantes.

Terminé de leer Presagios y sólo una idea me quedó dando vueltas: Aspiro a lograr un dominio tan limpio del idioma y una claridad tan diáfana en la ejecución de un género como el cuento, cuyo mecanismo interno es de pura relojería. También disfruto sentirme acompañado con esta forma de literatura intensa, inteligente y clara, por lo que debo decir que celebro haberme encontrado con Juan Carlos Salazar el 30 de mayo en la FIL de Santa Cruz, ocasión en que tuvo, de nuevo, la enorme generosidad de obsequiarme una obra suya.

Santa Cruz de la Sierra, 5 de junio de 2026.

*Periodista y escritor.

Ramona Cultural –  6 de junio de 2026.

https://www.ramonacultural.com/contenido-r/presagios-una-obra-literaria-completa-madura-y-redonda/

“Presagios”: el tiempo escrito en la memoria

Jorge Larrea Mendieta

Juan Carlos Salazar nos entrega en “Presagios” un libro que no se limita a narrar historias, sino que las convierte en ecos que resuenan más allá de la página. Cada cuento es una pieza de un mosaico mayor: el tiempo, la memoria y la fatalidad. La escritura de Salazar es precisa, sobria, pero cargada de fuerza; sus frases se leen como sentencias que marcan al lector y lo obligan a detenerse, a pensar, a recordar.

Los seis relatos que componen el volumen se despliegan como distintas formas de entender la inevitabilidad. “Almanaque” convierte un objeto cotidiano en símbolo cultural y familiar, un calendario que anticipa y recuerda al mismo tiempo. “Bolero” transforma la música en archivo emocional, donde las canciones son memoria viva de épocas y afectos. “Legado” rompe la linealidad del tiempo con cartas y descripciones que evocan la herencia como un entramado simbólico más que material. En “Suplente”, la fatalidad se impone con la fuerza de lo inevitable: el destino escrito de antemano que no concede escape. “El viejo Casiano” mezcla mito y memoria histórica, convirtiendo a su protagonista en figura que encarna la historia boliviana, mientras que “La bicha” nos recuerda que incluso en lo cotidiano los presagios marcan el rumbo de los acontecimientos.

El libro se sostiene en una diversidad de técnicas narrativas —monólogo, diálogo, epístolas, narrador omnisciente— y en personajes que, más allá de su individualidad, encarnan símbolos culturales y nacionales. Lo íntimo se convierte en metáfora de lo histórico, lo personal se funde con lo colectivo, y el tiempo se revela como un círculo donde todo lo vivido y lo que vendrá está contenido.

En este recorrido, Salazar dialoga con grandes maestros de la literatura. Borges aparece en Legado, con su concepción del tiempo como un entramado no lineal. García Márquez se asoma en Suplente, donde la fatalidad se impone como destino escrito. Faulkner y Cortázar se sienten en El viejo Casiano, con personajes que condensan la memoria de una comunidad y con la mezcla de mito y cotidianidad. Chéjov se percibe en la sencillez y precisión de los relatos, en la manera de atrapar lo humano en gestos mínimos. Pero lo decisivo es que Salazar no imita: dialoga con ellos para construir una voz propia, boliviana y contemporánea.

En medio de estas páginas, una frase se alza como huella imborrable: “El pasado es prólogo del presente y epílogo del futuro.” Esa sentencia resume la visión de Salazar y se convierte en el eco que acompaña al lector mucho después de cerrar el libro.

“Presagios” no es solo un conjunto de cuentos: es una invitación a leer despacio, a escuchar el murmullo del tiempo en cada palabra, a reconocer que la memoria es también un presagio. Es un libro que deja marca, que exige ser recordado, y que confirma a Juan Carlos Salazar como una voz imprescindible en la narrativa breve boliviana contemporánea.

Inmediaciones – 8 mayo, 2026

https://inmediaciones.org/presagios-el-tiempo-escrito-en-la-memoria/?fbclid=IwY2xjawSKX2NleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEehGUhk9Az67WmoOCI9K0iXe6xiHBFP7cP__hGUyKCaXHVSmeEeMGHkANoYCA_aem_YWdncwCCEUQFkBsMFCZsdaBeRn6d&brid=YWdncwG5iaBsbg_ZN47ZME-mGxI7