Juan Carlos Salazar: una vida entre la crónica y la ficción

Isabel Navia

Movida de Altura – 7 de octubre de 2026

La Cátedra Luis Ramiro Beltrán revisó hoy la trayectoria periodística y literaria de Juan Carlos Salazar del Barrio, más conocido como “El Gato”, en un encuentro que recorrió sus años de oficio, su incursión en la literatura y sus reflexiones sobre el presente y el futuro del periodismo.

El encuentro contó con la presencia, en el panel, de José Luis Aguirre Alvis, Elías Blanco, Robert Brockmann y Claudio Rossell.

En la sesión se destacaron los vínculos de Salazar con Tupiza, su lugar de nacimiento, una tierra que, como destaca el investigador Elías Blanco, ha dado numerosos escritores y figuras de la cultura boliviana.

Tras jubilarse de la Agencia DPA en España, Salazar regresó a Bolivia y, a pedido del padre José Gramunt de Moragas, colaboró en la modernización de la Agencia Fides. Ese retorno también le permitió recuperar parte de su producción periodística. Su padre había conservado cuidadosamente recortes de sus artículos, incluidos trabajos que se perdieron durante el terremoto de México de 1985. Ese archivo familiar, resguardado luego por su madre, se convirtió en la base de varios de sus libros.

Para Juan Carlos Salazar, el periodismo es ante todo un oficio que se aprende en la redacción y tiene en el lenguaje su principal herramienta. Su experiencia en la DPA, donde trabajó con noticias, crónicas y semblanzas, fue una escuela fundamental. En ese recorrido encontró una relación natural con la literatura, retomando la idea de Manuel Leguineche de que “el periodismo y la literatura son orillas del mismo río”.

La literatura, explicó, permite explorar aquello que el periodismo deja necesariamente fuera. Las reglas de la profesión —la verificación, el contraste de fuentes y la precisión de los hechos— establecen límites que la ficción puede atravesar para imaginar los espacios vacíos de una historia.

Su primer cuento, La agonía del Che Guevara, surgió precisamente de esa necesidad de imaginar los últimos momentos del guerrillero, algo que no podía abordar desde una crónica periodística. Más tarde publicó Figuraciones y Presagios, este último atravesado por recuerdos, homenajes al Almanaque Bristol, el bolero y el cine, además de una presencia recurrente de la muerte y la memoria.

El encuentro también abordó su mirada política. Salazar señaló que las dictaduras le enseñaron a valorar la democracia y los derechos, y consideró la persecución a periodistas y las restricciones a la libertad de expresión durante el gobierno de Evo Morales como una “herida profunda”.

Frente a los cambios tecnológicos, sostiene que el periodismo no está muriendo, sino cambiando de soporte. Su esencia, afirmó, permanece: siempre habrá un periodista detrás de la información. En un contexto marcado por la desinformación, reivindicó la verificación, el contraste y la ética profesional como herramientas fundamentales.

La sesión concluyó con un reconocimiento a Salazar como uno de los periodistas bolivianos de mayor trayectoria, fundador y formador de nuevas generaciones, y como un escritor que ha convertido el encuentro entre periodismo y literatura en uno de los rasgos centrales de su obra.

Las dos orillas narrativas de Juan Carlos Salazar, el escritor que surgió del periodismo

Por Irene Selser *

Conocí a Juan Carlos Salazar hace años en México, cuando se juntaron aquí todos los exilios de Centro y Sudamérica, en los años 70 y 80, huyendo activistas, escritores, músicos, periodistas y profesores de las dictaduras militares de derecha que asolaron la región. Hoy México es casa y hogar de nuevos exiliados obligados a huir de nuevas dictaduras, ahora de izquierda.

Celebro el encuentro aquí este 25 de junio con Juan Carlos –el Gato– Salazar, que fue un colega y amigo muy cercano de mi padre, el gran periodista e historiador argentino Gregorio Selser, quien falleció en México a los 69 años, en agosto de 1991, pero de quien queda un legado de dos bibliotecas con su nombre en la FLACSO y en la Cancillería mexicana, y una hemeroteca que es también centro de estudio con tres millones de documentos, esta última ubicada en el plantel Colonia Del Valle de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), bajo el nombre de CAMeNA–Biblioteca Gregorio y Marta Selser. Lo menciono por la amistad y el cariño que los unió, y la misma pasión y entrega de ambos al oficio periodístico.

Sabemos que, a lo largo de la historia, la relación entre periodismo y literatura ha sido tan estrecha desde José Martí y Rubén Darío a Gabriel García Márquez, de Dickens a Hemingway, de Rodolfo Walsh en Argentina a Julius Fučík en Checoslovaquia, por mencionar sólo a algunos, que es claro que el periodismo no es una actividad menor, sino una escuela esencial para acercarse al mundo, comprenderlo y narrarlo. Así lo hicieron también Honoré de Balzac, Charles Dickens, los corresponsales de guerra Jack London, John Reed, George Orwell (1903-1950), el no menos magnífico Albert Camus; Truman Capote; Eduardo Galeano en Uruguay y el ya citado Rodolfo Walsh, pionero de la investigación periodística moderna, asesinado en 1977 por la dictadura militar argentina, que nunca rebeló dónde están sus restos.

Las mismas características que todos ellos compartieron están presentes en la obra literaria de Juan Carlos Salazar, como es la observación directa de la realidad, habiendo permitido el periodismo conocer de primera mano los conflictos sociales y políticos; una capacidad narrativa, trasladando las técnicas del periodismo a la literatura; un compromiso con el tiempo histórico, siendo testigos de transformaciones sociales, revoluciones o guerras; y una renovación del lenguaje periodístico, que a su vez se enriquece desde su propio rigor aprendiendo a convivir con las exigencias de la literatura.

Leí con mucho placer los dos libros de cuentos de Juan Carlos Salazar, publicados en La Paz por Editorial Plural, el primero de ellos Figuraciones, que vio la luz en 2021 y el segundo, Presagios, que el autor acaba de presentar en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia.

En Figuraciones, el periodista recién convertido en escrito nos sumerge a lo largo de siete relatos en el imaginario rural boliviano, donde la realidad cotidiana se entreteje con la mitología, la memoria y la poesía. A través de prosa cuidada y evocadora, Salazar dar vida a personajes y escenarios que revelan la riqueza, pero también la complejidad del mundo andino y campesino.

Desde las primeras páginas, nos vemos envueltos en la atmósfera de los pueblos y las haciendas, con una frontera muy difusa entre lo real y lo fantástico. Es el caso del cuento “Casilda”, donde la protagonista es una niña que explora los límites de la propiedad familiar y que, a través de sus preguntas y su curiosidad, se revelan las creencias populares sobre duendes y espíritus. La narración se enriquece con descripciones sensoriales: el aroma de los duraznos, el rumor de la acequia, el color de los maizales y el trasfondo de historias de amores trágicos que dotan al cuento de una dimensión mítica.

Como buen periodista, la prosa de Juan Carlos se detiene en los detalles y en su respeto por la oralidad, y es como periodistas se nos exige ser fieles a la realidad, respetando en los diálogos las expresiones locales y los giros lingüísticos. Las voces de los protagonistas se alternan con la voz narrativa y anónima del periodista; capaz de entrelazar rumores y leyendas colectivas, como en “El Triste Pizarro”, cuya real tristeza se convierte en un símbolo de la herencia emocional y social de los pueblos pequeños.

Temas universales como la muerte, la fe, el amor o la identidad, que muchas veces subyacen en la crónica periodística, aunque sin ser nombrados, se hacen presentes en Figuraciones desde una perspectiva local y concreta.

En “¿Acaso crees en Dios?”, el protagonista, apodado Jesusito, narra su experiencia como boxeador frustrado y actor improvisado de la Pasión de Cristo, mezclando la violencia policial, la marginalidad y la religiosidad popular. El cuento utiliza el humor, la ironía y la crítica social para mostrar la complejidad de la fe y la supervivencia en contextos adversos que podrían ser cualquier de los nuestros.

La obra también se adentra en la memoria histórica y política de Bolivia y de América Latina, como en “Aquí vive la muerte” y “El espejo”, donde la guerra, la revolución y la figura del Che Guevara aparecen como telón de fondo de las vidas individuales. Los libros que como periodista escribió y coescribió el Gato Salazar sobre las dificultades para cubrir la guerrilla del Che Guevara en Bolivia, que entre 1966 y 1967 –cuando el Gato tenía 21 años– intentó crear desde ahí un foco revolucionario continental, se han convertido en una referencia clave para entender cómo los medios locales e internacionales cubrieron la tragedia del mítico guerrillero argentino.

A la vuelta de 60 años, Salazar recurre a la literatura para explorar lo que la crónica periodística, no pudo: la relación entre utopía y desencanto, la heroicidad y la derrota; el sentido de la violencia y de la pérdida, y la muerte como parte de una identidad que es la de todos.

El estilo de Salazar es lírico y reflexivo, enriquecido con descripciones de la naturaleza, los rituales y las festividades rurales cargadas de simbolismo, pero también de una ternura y un humor que humanizan a los protagonistas. El cuento “Quitapesares” es un buen ejemplo de cómo el autor utiliza objetos y costumbres —como el muñequito quitapesares de los indígenas chiapanecos— para hablar de la nostalgia, el consuelo y la búsqueda de sentido.

Figuraciones es un libro que celebra la riqueza de la tradición oral y la imaginación popular boliviana, al tiempo que reflexiona sobre los grandes temas de la existencia humana a partir de diferentes escenarios, referencias culturales y experiencias que él mismo vivió como periodista, alimentando las historias a partir de su contacto directo o indirecto con otras realidades y geografías.

Como en “Quitapesares”, donde el Gato deambula de la mano de sus personajes entre Haití, La Habana Vieja, Santa Cristóbal de las Casas o Madrid. O en “El santo prestado”, con la figura del bandolero mexicano Jesús Malverde, venerado como un santo popular, tal vez, también, por el Gato.

En otros relatos, como “Aquí vive la muerte” y “El espejo”, se abordan temas y escenarios que remiten a la revolución latinoamericana, la guerrilla y la vida en la selva, con referencias a Cuba, la figura, de nuevo, del Che y la experiencia del exilio o el desplazamiento.

Cinco años después, en el libro Presagios, el periodista se muestra ya como un escritor consumado, con una obra completa y madura, que, como afirman sus críticos, comparte la elegancia y la riqueza verbal de Alejo Carpentier; el uso preciso de frases directas, a veces en tono ríspido, seco, como lo hacía Juan Rulfo; descripciones preciosas y precisas de paisajes al modo de Hemingway o la narración de una historia dentro de otra, al estilo de Jorge Luis Borges.

Los seis cuentos de ese libro “Almanaque”, “Bolero”, “El viejo Casiano”, “Suplente”, “La bicha” y “Legado”, exploran las creencias, supersticiones y tradiciones relacionadas con los presagios, la Luna, los astros y las señales del destino en la cultura popular boliviana. Cada cuento aborda, desde una perspectiva íntima y a veces nostálgica, la manera en que las personas interpretan los signos del entorno y cómo estos influyen en sus vidas, decisiones y destinos. Aquí se entrelaza la memoria familiar, con la historia nacional y la mitología local, mostrando cómo el pasado y las creencias ancestrales siguen presentes en la vida cotidiana.

Con un lenguaje cuidado y poético, Salazar alterna la primera persona en varios de los relatos, aportando cercanía. El tono es más reflexivo e incluso melancólico, en ocasiones, invitando a sumergirnos en la memoria y en la interpretación de los signos y los símbolos del destino. Están presentes de nuevo el humor, la ironía y la crítica social, sobre todo en la forma en que se retratan las supersticiones y las contradicciones de la vida cotidiana.

En el penúltimo cuento, “La bicha”, sobrecoge el trasfondo de la vida minera, la lucha del hombre contra la naturaleza y la pobreza, y cómo las creencias populares influyen en la percepción del éxito y el fracaso; mientras que, en el último, “Legado”, el narrador –que por momentos uno siente que es el mismo autor–, revisa los papeles y libros heredados de su padre en lo que termina siendo una meditación sobre la memoria, la herencia y la búsqueda de sentido, así como sobre la fugacidad de la vida y la permanencia de los sueños y las obsesiones familiares.

Sin deudas ya con el periodismo, Juan Carlos Salazar se vuelca enteramente en Presagios al ejercicio escritural reivindicando en estas páginas la sabiduría popular y la exploración de la identidad a través de la literatura en la forma de relatos breves que rescatan la riqueza de la tradición oral, la memoria familiar y la historia nacional.

Sin embargo, esa aparente ausencia de deudas con el ejercicio del veterano cronista o el editor de notas internacionales, no significa que estos hayan desaparecido de su escritura. Al contrario, constituyen el cimiento sobre el que se sostiene toda su obra narrativa. La disciplina de observar con paciencia, aprender a escuchar las voces ajenas, reconocer el peso de los detalles y comprender que detrás de cada historia individual late una realidad colectiva, son aprendizajes que sólo una larga vida de reportero podía convertir en ficción. En Figuraciones, esa experiencia se traduce en personajes profundamente humanos y en escenarios construidos con precisión. En Presagios, esos mismos recursos alcanzan una dimensión más introspectiva, donde la realidad ya no necesita ser documentada porque ha sido plenamente interiorizada y transformada en creación artística.

Así, los dos libros de cuentos de Juan Carlos Salazar dialogan entre sí como las dos orillas de una misma trayectoria y las dos orillas, a la vez, de dos formas de narrar. El primero revela cómo la experiencia periodística alimenta la ficción con hechos, voces y memorias; el segundo demuestra que, una vez asimilado ese aprendizaje, el escritor puede trascenderlo para convertir la realidad en símbolo, la memoria en imaginación y la experiencia en una reflexión universal sobre el tiempo, el destino y la condición humana.

No dudo en afirmar que, como sucede con los mejores escritores que antes fueron periodistas, Salazar ya no necesite escribir desde el periodismo para seguir beneficiándose de todo lo que este le enseñó. De ahí que Figuraciones y Presagios puedan leerse también como el resultado de una larga conversación entre los dos oficios: una conversación en la que la precisión de la crónica se funde con la libertad de la imaginación para dar vida a una obra que enriquece la narrativa boliviana contemporánea y, desde luego, también la hispanoamericana, ya que la vida de Juan Carlos Salazar deambuló, asimismo, entre dos orillas geográficas a ambos lados Atlántico.

*Texto leído por la poeta, periodista y editora Irene Selser en el acto académico “Entre la narración y el periodismo: La obra de Juan Carlos Salazar”, realizado el 25 de junio en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el marco del seminario “Explicar y narrar: nuevas narrativas de la investigación”, organizado por el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y la Universidad de Calgary.

Juan Carlos Salazar, tejiendo puentes

Hugo José Suárez*

El periodismo es un oficio que privilegia la palabra. Quienes se sumergen en él, tienen las letras como aliadas, compañeras, cómplices inquietas. Sí, subrayo inquietas porque una vez incorporadas y naturalizadas, alborotan la existencia. Se mira el mundo con ellas, se lo describe, se lo construye, se lo inventa. El vínculo entre escritura y periodismo se convierte en una relación indisoluble, casi incontrolable, autónoma y caprichosa. No es casual que una parte de los grandes escritores hayan atravesado por la prensa.

Juan Carlos es uno de esos periodistas que le pica la palabra. Necesita sacarla, organizarla. Lee y escribe; vive y redacta. Su trayectoria en el oficio es larga, hizo de todo, y en todos lados. Fundó una agencia de noticias, fue editor internacional, fue corresponsal y director del Servicio Internacional en español de la Agencia Alemana de Prensa (DPA) durante cuatro décadas, y mil cosas más. Vivió en Argentina, en México y en España.

Viajó por todos los rincones del continente buscando la noticia. Fue testigo y narrador casi de medio siglo de la intensa historia latinoamericana. Por supuesto, su grabadora registró lo más extraordinario, entró a palacios y selvas, barricadas y urnas; entrevistó a líderes, dirigentes y población civil.

Fue testigo de la guerrilla del Che en Bolivia, de los movimientos armados en Centro América, de la “guerra sucia” en Argentina, del levantamiento zapatista en Chiapas, del “período especial” en Cuba y de los procesos democráticos por doquier. ¿Dónde no estuvo el corresponsal contando lo que pasaba ante sus ojos? Difícil decirlo.

Como buen periodista que ocupó todos los puestos del oficio, desde redactor hasta director, acudió a muchos soportes para sus notas: la crónica, el editorial, el artículo de opinión, el reportaje, la noticia, la entrevista, el cable. Además, formado en la era de la realidad -no virtual-, puso el cuerpo donde fue. Lo que escribió, lo sintió y lo vivió. Subió al taxi para ir a la guerra, al avión para viajar a otro país alejado, a la moto si era necesario, o caminó cuando la noticia lo requería. Pocos periodistas tan completos y complejos con Juan Carlos Salazar.

Luego de sus largos años acumulados en el ejercicio del periodismo, tras su jubilación en España, retornó a su natal Bolivia. Pero lejos de retirarse de la profesión, volvió a ella con más fuerza. Dirigió el periódico más importante del país entre el 2014 y el 2016, cuando la prensa fue duramente asediada por el gobierno de Evo Morales. Fue director de la Carrera de Comunicación en la Universidad Católica Boliviana.

Pero más, generoso con sus lectores, emprendió una noble tarea: organizar, reescribir, reformular parte de su obra, lo que dio como fruto varios volúmenes fabulosos que fueron publicados en la última década por la editorial Plural en La Paz. Así, nos encontramos por ejemplo con La guerrilla que contamos -conjuntamente con Luis Alcázar y Humberto Vacarflor- o A la guerra en taxi, donde el autor nos invita a acompañarlo por los recovecos de la política y la violencia en el continente. 

Hay dos textos también notables que retratan a personajes de distinta naturaleza: Semejanzas y Genio y figura –el último con las extraordinarias ilustraciones de Marcos Loayza–. En ambos, el protagonista es el otro. Su pluma dibuja a enormes escritores como García Márquez, Adela Zamudio, Vargas Llosa o Juan Rulfo; políticos o líderes: Luis Espinal, Liber Forti, Salvador Allende, Domitila Barrios de Chungara, Filemón Escóbar, Víctor Paz, Gloria Ardaya, Hernán Siles Zuazo; mundo de la cultura como Amalia Décker, Charles Aznavour, Vileta Parra o Ricardo Pérez Alcalá.

Viajero de lo social, Juan Carlos es un explorador nato, pero no sólo vive, también cuenta, lo que agradecemos todos los que recibimos sus textos.Además de su inquieta trayectoria, en los últimos años dio un paso más. No sé por qué decidió un desplazamiento: entró a la ficción, tal vez como resultado de vivir empapado de una realidad que, en sí misma, es fascinante y mágica. Los dos últimos libros en el género son Figuraciones y Presagios. No me queda claro: el periodista que no dudó en cruzar la puerta que fuera necesaria sin importar con qué se encontraría del otro lado, dispuesto a registrarlo, se abre a una dimensión no explorada. ¿Por qué?

Así argumenta el propio Juan Carlos: “El periodismo y la literatura son hijos de la misma madre, sin lugar a dudas. El que se anime hacer un poco de ficción por lo menos en mi caso es para poder transmitir, dar paso a las vivencias, a percepciones, sensaciones que no encontraron cabina en la crónica periodística”. Y es cierto. Él mismo argumenta que toda ficción tiene un pie en la realidad, pero fiel al oficio de periodista, antes de fantasear sobre un dato, prefiere inventar una historia.

Así por ejemplo, luego de haber cubierto la muerte del Che en 1967, guardó por décadas la pregunta sobre qué pudo haber pasado por la mente del guerrillero al saberse acorralado. Imposible saberlo, claro está. ¿Se debe apagar el teclado cuando no hay datos para responder de manera certera a un tema? Juan Carlos sugiere que no, es el momento de acudir a la literatura. 

Inteligente y riguroso, el autor crea situaciones sin soporte fáctico pero que ayudan a pensar; nos transporta a situaciones que, si bien son imaginadas, no dejan de ser potentes.

Juan Carlos aporta nuevos giros a la comprensión de lo social. Es un constructor de puentes que nos invita a reflexionar desde otro lado.

*Texto leído por el escritor y sociólogo Hugo José Suárez en el acto académico “Entre la narración y el periodismo: La obra de Juan Carlos Salazar”, realizado el 25 de junio en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el marco del seminario “Explicar y narrar: nuevas narrativas de la investigación”, organizado por el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y la Universidad de Calgary.

Seminario UNAM: ”Entre la narración y el periodismo: la obra de Juan Carlos Salazar”

La obra periodística y literaria de Juan Carlos Salazar del Barrio fue presentada y analizada el jueves 25 de junio en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en el marco del seminario interinstitucional “Explicar y narrar: Nuevas poéticas de la investigación”, organizado por el Instituto de Ciencias Sociales (IIS) de la UNAM y la Universidad de Calgary.

La sesión académica se realizó en el Auditorio Pablo González Casanova del IIS, en la Ciudad Universitaria de la capital azteca, con la asistencia de docentes, estudiantes, periodistas e invitados.

La presentación y comentarios estuvieron a cargo de Laura Montes de Oca, investigadora de la Universidad de Calgary; Hugo José Suárez, investigador del Instituto de Ciencias Sociales (IIS) de la UNAM, y la poeta, narradora y editora Irene Selser, quienes abordaron diversos aspectos de la trayectoria del autor y de su trabajo como periodista y narrador.

El autor disertó sobre periodismo y literatura, lenguajes que describió como “orillas de un mismo río”.

Laura Montes de Oca, investigadora de la Universidad de Calgary, doctora en Ciencia Social por El Colegio de México y autora de numerosos trabajos académicos en el campo de la sociología, destacó la trayectoria del autor como periodista y narrador.

Por su parte, Hugo José Suárez señaló que “construido en la era de la realidad, no virtual”, Salazar “puso el cuerpo donde fue” y “lo que escribió, lo vio y lo vivió”.  “Pocos periodistas tan completos y complejos como Juan Carlos Salazar”, agregó.

Al referirse a su paso del periodismo a la literatura, describió al autor como “el periodista que no dudó en cruzar la puerta que fuera necesaria sin importar con qué se encontraría del otro lado, dispuesto a registrarlo y comunicarlos”, abriéndose a una dimensión no explorada. Añadió que “entró a la ficción” después de “estar empapado de una realidad que es en sí misma fascinante y mágica”.

“Así, riguroso, inteligente e imaginativo, el autor crea situaciones o reflexiones sin soporte fáctico pero que nos ayudan a pensar, nos transportan a lugares que, si bien son imaginados, no dejan de ser potentes”, expresó. “Es un constructor de puentes que nos invita a pensar desde otro lado”.

Suárez es sociólogo, doctorado por la Universidad Católica de Lovaina e investigador del IIS de la UNAM y autor de una veintena libros, entre ellos «Sociología crónica», «Hacer sociología sin darse cuenta», «Sueño ligero» y «Viajar, mirar, narrar».

Por su parte, la poeta y periodista Irene Selser dijo que el estilo de Salazar “es lírico y reflexivo, enriquecida con descripciones de la naturaleza, los rituales y las festividades rurales cargadas de simbolismo, pero también de una ternura y un humor, propios del autor, que humanizan a los protagonistas”.

Al referirse a su primer libro de cuentos, dijo que “Figuraciones es un libro que celebra la riqueza de la tradición oral y la imaginación popular boliviana, al tiempo que reflexiona sobre los grandes temas de la existencia humana a partir de diferentes escenarios, referencias culturales y experiencias que él mismo vivió como periodista, alimentando las historias a partir de su contacto con otras realidades y geografías”.

“Cinco años después de aparición de Figuraciones –prosiguió–, el periodista nos sorprende en Presagios, con un libro que lo muestra como un escritor consumado; una obra completa y madura que, como afirman sus críticos y estamos de acuerdo, comparte la elegancia y la riqueza verbal de Alejo Carpentier; el uso preciso de las frases directas, a veces en tono ríspido, como lo hacía Juan Rulfo; descripciones preciosas y precisas de paisajes al modo de Hemingway o la narración de una historia dentro de otra, al estilo de Jorge Luis Borges”.   

Licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Buenos Aires, Irene Selser es autora de una decena de libros, entre los que destacan «Sur Silencio», «La senda del castaño» y «Patria de náufragos».

Al abordar el tema del seminario, Salazar dijo que apeló a la ficción, cruzó el “río narrativo”, cuando no encontró asidero en los hechos para contar una historia que la percibía como cierta o probable. “La ficción cobra vida cuando la imaginación desvela lo que la realidad oculta”, expresó. “Es en la zona de nadie, entre las dos orillas del río narrativo, en el cause que acoge lo real y lo imaginario, en el trance maravilloso de la creación, donde la literatura le disputa la palabra al periodismo”, concluyó.