Raúl Salmón, periodista

Gabriel García Márquez dijo alguna vez que la crónica policial es la mejor escuela de periodismo y narrativa; que en esa escuela aprendió a “contar una historia verdadera como si fuera una novela”, porque en la crónica roja “lo importante no es el suceso en sí, sino cómo se cuenta”.

En esa misma escuela, la escuela de los grandes narradores, se hizo periodista Raúl Salmón de la Barra (1926-1960). Como García Márquez, el autor de Escuela de pillos hizo de la crónica roja su campo de entrenamiento como narrador.

En uno de sus pocos textos autobiográficos, publicado a manera de prólogo al libro H, un texto de apuntes periodísticos, Salmón rememoró: “Cuando comencé a garabatear frases, oraciones, me hice reportero policial y deambulé por comisarías de barrio y celdas colectivas “donde guardan al hombre convertido en fiera” (Salmón, 1976, p. 1).

Se diría que estaba predestinado al oficio, porque nació en la Plaza San Pedro, en una casa ubicada frente al Panóptico, “donde no están todos los que son, ni son todos los que están”, según comentaba con humor (Ibid).

Salmón se inició a sus 20 años, en 1946, en el vespertino Ultima Hora. Siguió su carrera en los diarios La Noche, El Comercio, La Tribuna y El Diario de La Paz. En 1955 se trasladó a Lima, donde radicó hasta 1957, en lo que él denominaba un “exilio voluntario”. En ese lapso, trabajó en los periódicos Extra y Mundo, siempre como reportero policial, y en radio Central, como guionista.

Un índice bío-bibliográfico difundido en su momento por Radio Nueva América, menciona que viajó a México, Colombia y Europa como “enviados especial” y “corresponsal” de “varios diarios latinoamericanos” que no específica.

Como García Márquez y el periodista argentino Rodolfo Walsh, quien también se inició en el oficio como cronista policial, Salmón escribió durante todos esos años “sobre muertos, atracos y asesinatos”, e hizo “contactos –como él mismo decía– con el bien y con el mal” (Ibid).

En esa escuela aprendió a reconstruir los hechos como si fueran escenas de cine o de teatro.

De sus andanzas con “detectives y lanceros, morreros y soplones”, según escribió en su breve texto autobiográfico, salió su obra Escuela de pillos, publicada en 1949, que él denominaba “engendro teatral”, una obra que estuvo casi dos años en cartelera, con más de 500 representaciones. De esa misma época datan El canillita y Fuera de la ley.

Uno de los personajes de Escuela de pillos es precisamente un reportero policial. Aparece en el último acto entrevistando en el penal a un “hombre convertido en fiera”, acusado del asesinato de un policía. Parco y rutinario en el interrogatorio periodístico, el reportero desliza un comentario que refleja la opinión del autor sobre la Justicia: si algún día se castigara la lenidad de la Justicia  –dice–, “las cárceles se llenarían de jueces” (Salmón, 1995, p. 62).

Escuela de pillos reproduce en su contratapa la opinión del periodista y dramaturgo Humberto Palza Soliz, quien señalaba que “las obras de Salmón son comunicaciones antes que creaciones y están elaboradas dentro de lo realista y experimental”, con “la mayor desnudez, la suma crudeza, las crueldades y desgarramientos terribles en un mundo sucio, moral, espiritual” (Ibid).

Autodidacta, como todos los periodistas de su época, formó parte de esa generación que alternaba el trabajo con “la bohemia y el torbellino político”; cuando la labor periodística era a destajo y los periódicos se armaban en cajas de tipografía móvil y se imprimían en imprentas de prensa que no habían conocido la evolución posterior a Gutemberg, según recordó en un homenaje a Mario Guzmán Aspiazu, Ángel Salas, Víctor Hugo Villegas y otros colegas de su tiempo, recogido en el libro La palabra paceña; (Salmón, 1980, p. 127).

Describió al periodista de esa generación como un “hombre que, representando a la opinión pública, se convierte en fiscalizador del país a través de la noticia y de la opinión editorial”, que desarrolla su tarea “en un medio siempre conflictivo y siempre conflictual”, un trabajo que consideraba “ingrato”, porque “por cada halago, recoge diez desengaños” (Ibid).

En su breve texto autobiográfico, dice que rompió “suelas de zapatos en caminatas juveniles por latinoamericanas calles de Dios”, donde ganó experiencias y pasó hambres; que dio “unas cuantas vueltas al mundo (…) en pos de nuevas experiencias” para su triple afición: el periodismo, la radio y el teatro.

“Lo que aprendí, aprendí del periodismo”, le confesó al escritor y periodista Ricardo Sanjinés Ávila, en una entrevista publicada en el libro Sin Límite. (Sanjinés, 1996, p. 270).

Raúl Salmón o “RS”, como gustaba identificarse, es sinónimo de radio. Su nombre está indefectiblemente asociado a ese medio de comunicación y al propio periodismo radiofónico.

No existe mucha información sobre sus primeros años en el medio radiofónico. Hombre de radio al fin, en una época en que la incipiente técnica del audio no alcanzaba para salvar los archivos radiofónicos, los testimonios que pudo haber dejado se perdieron en el éter.

Su índice bío-bibliográfico menciona que en 1947, durante el gobierno de Enrique Hertzog,  fue “encarcelado y luego confinado por razones políticas”, que no especifica, y que en 1948 se traslado a Buenos Aires en su primer “exilio voluntario”.

El Diario del 21 de abril de 1948 anunció su retorno de Argentina contratado por Radio La Paz, para –según precisaba el periódico– “dirigir y supervisar una serie de programas” de la emisora paceña que mostrarían una “nueva modalidad” en el quehacer radiofónico.

Volvió a salir de Bolivia a mediados de los años 50, en un segundo “exilio voluntario”, esta vez rumbo a Lima, donde trabajó en varios medios.

Hizo época en radio Central como guionista de radioteatros. La emisora estaba ubicada en el mismo edificio que radio Panamericana, donde trabajaba otro joven reportero, Mario Vargas Llosa. Allí se conocieron.

En una entrevista concedida al periodista Raúl Peñaranda el 1 de febrero de 2014 para el diario Página Siete, en ocasión de su última visita a Bolivia, el Nobel de Literatura relató que Salmón fue “el primer escritor profesional” que conoció en persona y que lo buscaba mucho porque le “fascinaba su imagen”.

“Me iba constantemente a radio Central, que estaba en el mismo edificio, y era donde él escribía todos los radioteatros y todos los dirigía y todos los protagonizaba, realmente era multifacético y muy divertido”, afirmó.

En esa misma entrevista, negó, como ya lo había hecho varias veces antes, que hubiese pretendido escribir la biografía de Salmón en su novela La tía Julia y el escribidor, y afirmó que, como toda obra de ficción, exageró algunos de sus rasgos para dar vida a su personaje.

“Los modelos son solo eso; la novela estaba inspirada en ese personaje, pero hay muchísimas cosas que no tienen nada que ver con el Raúl Salmón de carne y hueso”, declaró.

En otra declaración de prensa, Vargas Llosa dijo que «ningún escritor tuvo jamás en el Perú el público de los radioteatros de Raúl Salmón”; que “los oían hasta las piedras” y que “los peruanos alfabetos, semianalfabetos, desde la aristocracia hasta el proletariado estaban encandilados por Salmón”.

A su retorno a Bolivia, a fines de los 50, trabajó en radio Altiplano, propiedad de Mario Carrasco Villalobos, nieto del fundador del matutino El Diario, pero a inicios de los 60 lanzó su propio emprendimiento. Adquirió radio América, emisora que relanzó el 12 de marzo de 1961 bajo el nombre de Nueva América, que muy pronto se convirtió en una de las favoritas de la audiencia paceña.

La radio de entonces no era la de hoy. A fines de los 60 e inicios de los 70, Bolivia contaba con un total de 102 emisoras. La quinta parte estaba en La Paz. La televisión llegó en 1969, con un único canal, el estatal.

Solo cuatro emisoras –Altiplano, Fides, Illimani y Nueva América– contaban con redacciones de prensa propias. Sus reporteros fueron también los primeros en utilizar grabadoras portátiles –primero a cuerda y después a pilas–, toda una innovación tecnológica para el periodismo radiofónico de la época.

Salmón presumía de haber modernizado la radiodifusión boliviana con la creación de nuevos formatos recreativos, como los radioteatros y los programas en vivo, y también periodísticos.

Fue un innovador en el periodismo radiofónico al introducir los espacios de opinión, como Sepa usted,  El informal y Anverso y Reverso, que competían con el editorial ¿Es o no es verdad? del padre José Gramunt, de Radio Fides, y también el comentario humorístico político, con Trapitos al sol, un antecedente de otros programas de ese mismo estilo que surgieron en los años posteriores.

En Sepa Usted y El Informal contó con el apoyo de un gran periodista de la época, Mario Guzmán Aspiazu, conocido por el pseudónimo de Sagitario.

También introdujo en los noticieros el “periodismo testimonial”, como él lo denominaba, un trabajo reporteril que consistía en la difusión de la noticia en directo y desde el mismo lugar de los hechos, un tipo de cobertura que no era común en la época.

En un artículo publicado en la Revista Boliviana de Comunicación en octubre de 1986 bajo el título “Esbozo sobre la radio en Bolivia”, escribió que la radio vivía entonces su “momentos de oro”.

Cuando el periodista Sanjinés Ávila le preguntó a qué atribuía el éxito de Radio Nueva América, dijo que hizo radio “cuando la radio era la mística de trabajo sin vueltas ni revueltas” (Ibid).

Presidió en varias ocasiones la Asociación Boliviana de Radiodifusoras (Asbora) y fue el primer presidente de la Cámara Nacional de Medios de Comunicación Social, fundada meses antes de su fallecimiento.

La Sociedad Española de Radiodifusión (SER) le otorgó en 1986 el prestigioso Premio Ondas por “sus esfuerzos en la defensa de la libertad de expresión”, una distinción que trece años antes, en 1974, había recibido el padre José Gramunt, director de Radio Fides. Son los dos únicos bolivianos que recibieron ese galardón.

En una entrevista concedida al suplemento cultural Puerta Abierta del diario Presencia de La Paz, el 4 de agosto 1990, dos meses antes de su fallecimiento, resumió su ideario en materia de periodismo y radiodifusión.

Dijo que “la libertad de expresión nace con el hombre” y que “los comunicadores sociales resguardan esa libertad escribiendo y hablando con responsabilidad”, porque “es la única forma de no incurrir en el grave pecado del libertinaje”. Agregó que “en la naturaleza de todo medio debe estar impresa la obligación de defender la libertad de expresión que no es ningún tipo de beneficio otorgado por el gobierno alguno”.

También se mostró contrario a cualquier reglamentación de la libertad de expresión. “La experiencia latinoamericana señala –afirmó– que allí donde la ley hace prohibiciones en materia de medios de comunicación, es donde surge la trampa o la infracción”. En este sentido, se manifestó partidario de “mentalizar al público para que ejercite su derecho de elección y selección que consiste simplemente en mover el dial de un televisor”.

Creía en la función fiscalizadora del periodismo. A la pregunta de Sanjinés Ávila sobre si le había molestado la crítica de la prensa a su gestión edilicia, respondió: “Fui fiscalizador; y  no me incomoda ser fiscalizado”. Al fin y al cabo, como decía de sí mismo, era un “periodista transitoriamente convertido en alcalde”.

En el homenaje que rindió a Sagitario, su compañero en Sepa Usted y El Informal, y al trazar su perfil, tal vez pensaba en su propia labor periodística. Elogió su “tozuda lucha por la libertad de expresión”, “la defensa del hombre víctima de la pobreza y la injusticia”, sus “tiernas crónicas en defensa del niño” y su “lucha comprometida –y por ello mismo digna– que no supo de claudicaciones, acomodos ni tentaciones” (Ibid).

A pesar de haber dicho que se vacunó temprano “contra la politiquería y su mugre militante” y que, como “periodista independiente”, fue un “hombre sándwich, golpeado, permanentemente, por los de arriba y por los de abajo”, finalmente hizo carrera política como alcalde de La Paz.

Fue el primer radialista que se lanzó a la arena política, ejemplo que seguiría años después el compadre Carlos Palenque.

Tenía un gran sentido del humor,  un humor –como escribió Alfonso Prudencio Claure (Paulovich) en la contratapa de Penúltimas H– “extraído del pueblo mismo”, que se reflejaba no solo en sus comentarios periodísticos y su obra literaria, sino también en las opiniones que vertía sobre sí mismo.

Haciendo gala de ese humor, se presentó en el breve prólogo a su libro Penúltimas H con el siguiente texto que denominó “autobombo”: “Doctor en Filosofía, Letras y Ramas Anexas; miembro de la Real Academia de la Mala Lengua Española; catedrático Honoris Causa y profesor de los Cursos de Castellano para extranjeros malhablados en la Universidad de ‘lo que natura no da, Salamanca no presta’. Es autor, entre otros enjundiosos libros, de la Historia de las malas palabras iberoamericanas; Surrealismo, pesimismo y pistolerismo; El boliviano feo y el chileno simpático; El hombre del brazo… de palo, etc.” (Salmón, 1977, p. 1).

Claro, no era el mismo concepto que tenían de él destacados intelectuales de su época, como el escritor Fernando Diez de Medina, quien, en un artículo publicado en El Diario el 27 de noviembre de 1986 bajo el título “El hombre de Nueva América”, lo reivindicó como político y periodista, al describirlo como “paladín de las causas justas y veraz servidor de la cultura”.

“Su amor al bien y su culto a la verdad –escribió– le labraron numerosísimos amigos  y no pocos enemigos, pues libró valerosas campañas denunciando peculados, tropelías políticas y actos ilícitos merecedores de sanción”.

(Texto leído por el autor  en el homenaje a Raúl Salmón, organizado por la Academia Boliviana de la Lengua el 30 de junio de 2025 en el Centro Cultural de España, con motivo del centenario de su nacimiento).

Luis Ramiro Beltrán, el adelantado

Tenía 12 años cuando se inició en el periodismo, en La Patria de Oruro, y 16 el día que asumió la jefatura de Redacción del periódico. Cuando llegó al diario La Razón de La Paz, cumplidos los 18, ya era un periodista hecho y derecho. A sus 23 años escribió el guión de la primera película sonora del cine boliviano, Vuelve Sebastiana, y cuando se incorporó a la Universidad de Michigan en 1964 para cursar el doctorado en Comunicación, era un comunicador formado.

Luis Ramiro Beltrán Salmón (1930-2015) siempre fue un adelantado a la hora de abrir caminos.

Hijo de otros dos precursores, llevaba el periodismo en la sangre. Su padre, Luis Humberto Beltrán, fundó el diario La Mañana de Oruro, y su madre, Betsabé Salmón, fue una de las pioneras del periodismo femenino en Bolivia, fundadora de la revista Feminiflor, la primera en su género, en los años 20 del siglo pasado.

La revolución de las nuevas tecnologías y la explosión de las redes sociales han puesto de moda conceptos tales como “periodismo ciudadano” y “periodismo participativo”. Sus teóricos hablan de “democratizar la información”, de “desintermediarla”, de hacer partícipes a los ciudadanos del proceso informativo y comprometerlos en la elaboración y difusión de sus contenidos, en una suerte de “democracia virtual” que encuentra su natural correlato político en la “democracia participativa”.

¿Quién lo dijo antes?

Cuando Luis Ramiro Beltrán acudió a Ottawa el 7 de diciembre de 1983 para recibir el Premio McLuhan, el “Nobel de la comunicación social”, ya había escrito sobre la necesidad de “democratizar la información” y había propuesto “un cambio de la comunicación vertical/antidemocrática hacia la comunicación horizontal/democrática”. Y ya había formulado el concepto de la «comunicación alternativa para el desarrollo democrático».

Nació en Oruro el 11 de febrero de 1930. Autodidacta en sus inicios, como reportero en La Patria y La Razón, estudió periodismo y técnicas de cine y televisión en Puerto Rico, donde trabajaba para el Servicio Agrícola Interamericano, y en 1972 obtuvo el doctorado en Comunicación y Sociología en la Universidad de Michigan.

Conocedora de su afición por la lectura, Doña Betsabé, su madre, guía y maestra, lo llevó a Buenos Aires en 1940, a sus 10 años, para que conociera al famoso periodista y escritor Constancio C. Vigil, editor de la revista infantil Billiken, de la que era un lector consumado.

Dos años después, en 1942, aprovechando su amistad con el director de La Patria, Rafael Peláez, logró que lo admitiera como aprendiz de reportero. En 1948, cuando todavía cursaba el último año de secundaria en el Instituto Americano de La Paz, se incorporó a La Razón, el primer “diario moderno” de Bolivia, el que fundó y financió el magnate minero Félix Avelino Aramayo, en 1917, adquirido posteriormente por su hijo, Carlos Víctor, uno de los barones del estaño. Una foto de la época lo muestra junto a Alfonso El Abate Tellería, Hugo Alfonso El Padrino Salmón, Ramiro Cisneros y Walter Montenegro como integrante de la emblemática redacción de ese periódico, precursora del periodismo profesional boliviano.

Un años antes, en 1947, acudió a un foro internacional organizado por el New York Herald Tribune, en el hotel Waldorf de Nueva York, donde habló en representación de los estudiantes de América Latina en un diálogo público con el millonario Nelson Rockefeller, la actriz sueca Ingrid Bergman y el político peruano Víctor Haya de la Torre.

En 1953, antes de su viaje a Puerto Rico, donde realizó sus primeros estudios de periodismo y cine y televisión, Jorge Ruiz, pionero del cine sonoro boliviano, le pidió que escribiera el guion de Vuelve Sebastiana, sobre la milenaria etnia chipaya en riesgo de extinción, una película considerada precursora del género de “docuficción” y de lo que años después iría a llamarse el “Nuevo Cine Latinoamericano”.

Beltrán, que por entonces no tenía ninguna idea del lenguaje cinematográfico, leyó cuanto pudo sobre el tema, que por esa época no era mucho. Munido de la información que pudo obtener se lanzó a la “íntima aventura” de escribir el guion. “Tenso y anhelante –declaró años después–, empleé días y noches revisando apuntes, confrontando dudas, intentando esto y aquello e inclusive hablando a solas conmigo mismo hasta terminar de cumplir el delicado encargo lo mejor que pude”.

La película relata la historia de una niña pastora (Sebastiana Kespi) cuya curiosidad la lleva a salir de su comunidad y adentrarse en un pueblo vecino hostil, que antes había sometido a su comunidad al aislamiento, donde conoce a un niño aymara (Jesús) con el que entabla una relación de amistad y solidaridad por encima de las diferencias étnicas y grupales.

Según el crítico cinematográfico Mauricio Souza Crespo, “Vuelve Sebastiana no es sólo el principio de la visibilidad del cine boliviano sino de una obsesión moral: la de los peligros de la migración del campo a la ciudad. Es a la descripción de esos peligros que Jorge Sanjinés dedicará luego casi toda su obra cinematográfica”.

La película obtuvo los primeros lauros internacionales para el cine boliviano en los festivales de Cine Documental y Experimental de Uruguay (1956), Santa Margherita de Italia (1958) y Cine Documental de Bilbao, España (1961).

Beltrán trabajó como representante de USAID y de varias agencias de Naciones Unidas en diferentes países de América Latina y consultor de la UNESCO en París; dirigió varios proyectos de comunicación, muchos de ellos enfocados a la agricultura, la ganadería y el mundo rural, que él englobaba bajo la definición genérica de “comunicación para el desarrollo”, pero dedicó mayoritariamente su tiempo y esfuerzo al estudio y la investigación de los fenómenos comunicacionales.

En su famoso ensayo Adiós a Aristóteles. La comunicación horizontal, publicado en 1979, definió la comunicación como un “proceso de interacción social democrática”.

Beltrán entendía la comunicación como un proceso de relaciones sociales, un fenómeno de intercambio múltiple de experiencias y no un ejercicio unilateral de influencia individual, una definición que contrastaba con la noción tradicional de considerarla como un simple acto de transmisión de información de fuentes activas a receptores pasivos.

Consideraba al diálogo como el eje central de la “comunicación horizontal”, porque permite una genuina “interacción democrática” y porque posibilita la retroalimentación, que da lugar a una comunicación multidireccional equilibrada, en la que todas y cada una de las personas pueden dar y recibir una comunicación en condiciones similares. “Toda persona –decía– debe contar con oportunidades similares para emitir y recibir mensajes de manera que se evite la monopolización de la palabra mediante el monólogo”.

Una de sus divisas era “no renunciar jamás a la utopía”. Bajo esa consigna, apoyó activamente la formulación del Nuevo Orden Mundial de la Información y de la Comunicación” (NOMIC) y la difusión del famoso Informe MacBride (“Voces múltiples, un solo mundo”), redactado por una comisión presidida por el Premio Nobel de la Paz irlandés Seán McBride, en 1980, bajo los auspicios de la UNESCO.

Admirador del filósofo y comunicador canadiense Herbert Marshall McLuhan (1911-1980), quien acuñó en la década de los 60 el término “aldea global” para describir la interconexión mundial a través de las comunicaciones, Beltrán declaró al recibir el Premio McLuhan, el 17 de diciembre de 1983, que nunca imaginó que su nombre pudiera estar algún día vinculado al del gran pensador de la comunicación. “En el umbral de 1984, hagamos votos de todo corazón porque el sueño de McLuhan de una fraterna ‘aldea global’ prevalezca sobre la pesadilla de Orwell”, dijo en la ocasión, en alusión a la novela de George Orwell (1984).

Considerado como uno de los fundadores de la escuela crítica de la comunicación en América Latina, el Centro Internacional de Estudios Superiores para América Latina (CIESPAL), con sede en Quito, Ecuador, lo describió como “un pensador incómodo e intempestivo”, que influyó decisivamente en el “pensamiento emancipatorio” de la comunicación de los años 70.

Beltrán postuló la comunicación horizontal, democrática, como instrumento del cambio social, frente a la comunicación vertical/antidemocrática, cuando nadie hablaba de comunicación participativa ni de “periodismo ciudadano”; cuando no existían redes sociales, que supuestamente han “democratizado” la comunicación, ni nadie mencionaba que el propósito del periodismo consiste en proporcionar al ciudadano la información que necesita para ser libre y capaz de gobernarse a sí mismo. Luis Ramiro Beltrán Salmón, que lanzó tales ideas cuando no eran moda y cuando las ciencias de la Comunicación en América Latina estaban en pañales, fue un pionero y un revolucionario. Aunque en esa época él no lo supiera.

Raúl Rivadeneira Prada, pionero en el estudio de la comunicación social

Robinson Crusoe sobrevivió 28 años en la isla de la “Desesperación”, como la bautizó, en “estado de naturaleza” y sin comunicación con otros seres humanos. Pero la soledad y la incomunicación del náufrago, aún antes del rescate de Viernes, era relativa, porque el héroe de la novela del periodista y novelista inglés Daniel Defoe (1660-1731) compensaba sus “necesidades comunicativas” con la lectura de los libros y el uso de las herramientas e instrumentos que logró rescatar del naufragio, “recursos socioculturales” que le permitían establecer una “comunicación intrapersonal”.

Así lo entendía Raúl Rivadeneira Prada (1940-2017), teórico de la comunicación, quien sostenía que aún en las condiciones de vida solitaria, la comunicación está presente a través de la transmisión de información (sintáctica), los significados de los mensajes (semántica) y sus efectos sobre la conducta humana (pragmática).

Rivadeneira Prada consideraba que la comunicación es “un fenómeno psicosocial básico, sin el cual resulta impensable la misma sociedad”, tanto más si “la información e intercambio de ella es conditio sine qua non para el desarrollo de la vida psíquica, biológica y social de cualquier ser humano individual”.

Al estudio de este fenómeno dedicó gran parte de su vida profesional.

Periodista, abogado, escritor, docente universitario y académico, Rivadeneira Prada fue un pionero en el estudio de la comunicación social a nivel latinoamericano. Sus libros La opinión pública (1976) y Periodismo (1977), dos clásicos con más de 20 ediciones desde su publicación en México, fueron textos oficiales en las escuelas y facultades de Periodismo y Comunicación Social de varias universidades del continente.

Nacido en Sucre el 7 de mayo de 1940, estudió Derecho en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y realizó un curso de especialización en periodismo en el Instituto Konrad Adenauer de Alemania (1965-1966). Con una larga experiencia en la docencia universitaria, fue profesor de Periodismo en la Escuela de Ciencias de las Comunicación del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), de Guadalajara, México; Asesor académico en la Universidad Autónoma de Baja California, de Tijuana, México (1974-1977), y director de la carrera de Ciencias de la Comunicación Social de la Universidad Católica Boliviana (1993-1999).

Como periodista, dirigió el diario católico Presencia, de La Paz (1998-1999). Discípulo del crítico Juan Quirós, fue un activo colaborador de la revista Signo.

Publicó más de treinta libros sobre teoría de la comunicación y periodismo, lexicografía y lingüística, narrativa y crítica literaria, y centenares de artículos periodísticos y ensayos sobre los temas de su especialidad.

En su primer libro, La opinión pública, analizó el complejo fenómeno de la opinión pública a la luz de la teoría general de los sistemas, en tanto que en el segundo, Periodismo, realizó un examen metodológico de los símbolos y códigos de la prensa escrita y un análisis del mensaje, la noticia, la opinión pública, la propaganda, la libertad de prensa y otros temas de la comunicación.

El alemán Otto A. Baumhauer, uno de los más prestigiosos teóricos de la comunicación de la segunda mitad del siglo pasado, autor de La situación de las ciencias de la comunicación, La comunicación y el entorno,y Comunicación y educación, lo elogió por “la reflexión teórica y científica de los fenómenos psicosociales” de la comunicación y por haber mostrado “de modo ejemplar una serie de interrelaciones en los sistemas comunicativos, de la que resultan las opiniones públicas, controles sociales y climas comunicativos”.

Publicó seis libros sobre lexicografía, como Lexicosas (2009) y La pureza del idioma (2013), y otros seis sobre crítica literaria: Rulfo en llamas (1980), El teatro de evocación de Guillermo Francovich (1989), El grano en la espiga (1997), Troja literaria (2002), Escritores en su tinta (2009), La escritura inaugural de Mario Vargas Llosa (2012), y un libro testimonial sobre el Teatro Experimental Universitario de la UMSA: Historia del TEU (1999).

Con Carlos Coello, Mario Frías Infante y Carlos Castañón Barrientos, integró el equipo de lexicógrafos bolivianos que incorporó 2.809 bolivianismos a la última edición del diccionario de la Real Academia de la Lengua.

Fue el primero en realizar una aproximación a la narrativa de Rulfo (El llano en llamas y Pedro Páramo) desde el punto de vista de la teoría general de sistemas, aporte que el escritor Alfonso Gumucio Dagron, comunicador como él, describió como “un desafío innovador, casi temerario”. En la presentación de Rulfo en llamas, ensayo publicado originalmente en México, el poeta Jesús Urzagasti señala que el trabajo de Rivadeneira pone al descubierto “el secreto orden, el andamiaje oculto de un artista y poeta”, en la obra rulfiana.

Según el poeta y periodista Pedro Shimose, fue “uno de los narradores más notables de su generación y un excelente crítico literario”, cuya “trayectoria como periodista, lexicógrafo y profesor universitario relegó injustamente su obra literaria a un segundo plano”. Como narrador, publicó El tiempo de lo cotidiano (1987), Colección de vigilias (1992), Tiempo de ficción (2007) y El saxofonista y su perro cantor (2013).

Ingresó a la Academia Boliviana de la Lengua el 26 de septiembre de 1985 con el discurso “Lenguaje y era audiovisual”. La respuesta estuvo a cargo del periodista e historiador Rodolfo Salamanca Lafuente. Ocupó la silla F y dirigió la corporación de 2005 a 2011. También fue miembro de número de la Academia de Ciencias de Bolivia y de la Academia Boliviana de la Historia.

Rivadeneira Prada se ocupó ampliamente de la comunicación política a partir del análisis de los discursos partidarios, la propaganda y el manejo mediático de los partidos, sobre todo en los periodos electorales, como lo hizo en La guerra de los insultos (1979) y en El laberinto político en Bolivia (1984).

Fue uno de los primeros en abordar el tema de la globalización desde la perspectiva de la comunicación política. En un ensayo publicado en abril de 2008 (“Globalización de la comunicación y democracia”), señaló que la globalización “es un problema de opinión pública, pero no de una opinión pública tradicionalista, conservadora de papeles institucionalizados”, sino de “una opinión pública que disuelve la frontera entre sociedades ricas en información y sociedades pobres en información”.

Rivadeneira Prada supo conjugar la práctica con la teoría, como reportero y teórico de la comunicación. Daba crédito al valor empírico vocacional, pero también al conocimiento, porque, al fin y al cabo, como decía, “el estudio del periodismo es inseparable del de la comunicación humana” y sobre todo del “sistema de comunicación de masas”.

Defensor intransigente de la libertad de prensa y luchador por los derechos civiles, presidió la Asociación de Periodistas de La Paz (1970-71) en un periodo crítico de la historia nacional, entre 1970 y 1971, y sufrió las consecuencias de su activismo durante las dictaduras de Hugo Banzer Suárez y Luis García Meza como exiliado en Argentina y México.

Sostenía que “la censura y la propaganda son tan antiguos como cualesquiera otras formas de intervención en las cuestiones públicas o privadas”, y que “los formadores de opinión han sido y son los más perseguidos por el Estado o por quienes detentan la autoridad que emana de él; por organizaciones sociopolíticas o económicas y aun por individuos”. Falleció en La Paz el 18 de mayo de 2017.

Violeta Parra, la gratitud a una vida ingrata

Nadie agradeció tanto a la vida ni hubo una vida más ingrata que la suya. Le agradecía por haberle dado dos luceros que le permitían distinguir entre multitudes al hombre que amaba, pero clamaba contra el corazón ciego, sordo y mudo que le causaba tormento; le daba gracias por permitirle distinguir lo bueno de lo malo y la dicha del quebranto, pero maldecía al alto cielo y se preguntaba qué había sacado con querer al hombre amado. Violeta Parra terminó poniendo fin a sus días en la Carpa de la Reina después de haberle cantado a la vida.

Llegó a La Paz una tarde de mayo de 1966 en busca del amor perdido. “¿Aquí vive Gilbert Favre?”, le preguntó a Pepe Ballón tras deambular durante horas por la plaza San Francisco y el mercado de las brujas de las calles adyacentes. “¿Quién lo busca?”, le replicó el creador de la Galería y Peña Naira sin responder a su pregunta. “Una amiga, Violeta Parra”, respondió. Pepe la recordaba flaca, feucha y greñuda, “nada que ver con la imagen idealizada” que le había pintado el “Gringo bandolero”, como era conocido el quenista suizo, en las noches de bohemia.

Famosa en Chile como cantante, compositora y divulgadora de la música popular, Violeta Parra era por entonces desconocida en Bolivia. Favre, en cambio, era un artista reconocido en los medios culturales paceños. Había llegado un año antes huyendo de Chile, cansado del carácter dominante y posesivo de Violeta. “Tenía su genio”, recordaba Ballón.

“Ya me voy, ya me voy para Bolivia…”, cantó al salir de Chile rumbo a La Paz. Favre la acogió en el cuartito que le había cedido Ballón en el patio trasero de la peña, una estancia de dos por cuatro que apenas daba cabida a un camastro, una mesita de noche y una silla. Durante meses fue su “nidito de amor y desamor”, hasta que sobrevino la ruptura definitiva.

Comunista, atea y anticlerical de hueso colorado, “¿qué haces con tantos curas?” me espetó cuando Pepe Ballón me presentó como un “joven reportero de Fides y amigo de la casa”, días después de su debut. Lucía un faldón gris lleno de lamparones y una chompa de alpaca prestada por el Gringo. A diferencia de su amante, un personaje extrovertido, amiguero y parlanchín, la cantautora era reservada, huraña, casi hosca, aunque entrada en confianza se mostraba cálida y amistosa.

Fue presentada una noche de viernes como “la extraordinaria folklorista chilena” que era. Cantó en el cierre del programa, un show que incluía al trío de Favre, integrado por el guitarrista tupiceño Alfredo Domínguez y el charanguista Ernesto Cavour, y a Los Jairas, el conjunto de Favre, Cavour, Julio Godoy y Yayo Jofré.

Poco agraciada, desaliñada en el vestir y con las greñas que se empeñaban en cubrirle el rostro, la cantante chilena se desplazaba silenciosa por el patio de Naira y por el mismo escenario. Cuando actuaba, iba directamente el grano, sin mediar palabra, con el rasguido de su guitarra como única introducción. No tenía una voz extraordinaria, ni mucho menos. Sus canciones sonaban un tanto monótonas, pese a la fuerza de su poesía.

Gladys Cortéz, esposa de Alfredo Domínguez, recordaba el consejo que le dio a su compañero cuando el guitarrista le dijo en su timidez que no era cantor ni tenía voz para el canto. “Pero, ¡qué te importa! Lo que tienes es una voz, cantas como tú eres; yo tampoco soy cantora, pero quiero decir lo que yo escribo…”, le replicó. Su consejo fue decisivo para que Alfredo se decidiera a interpretar sus propias canciones.

A excepción de Gracias a la vida –un verdadero himno a la vida–, su poesía estaba teñida por el dolor y la angustia del desamor:  “Maldigo la primavera/ Con sus jardines en flor/ Y del otoño el color/ Yo lo maldigo de veras/ A la nube pasajera/ La maldigo tanto y tanto/ Porque me asiste un quebranto/ Maldigo el invierno entero/ Con el verano embustero/ Maldigo profano y santo/ Cuánto será mi dolor”, cantaba en una de ella, Maldigo al alto cielo. O también: “Qué pena siente el alma/ cuando la suerte impía/ se opone a los deseos/ que anhela el corazón/ Qué amargas son las horas/ de la existencia mía/ sin olvidar tus ojos/sin escuchar tu voz”, en Qué pena siente el alma

La desesperanza y la depresión en la que le había sumido el amor perdido parecían reflejarse en el desgarrador lamento de Qué he sacado con quererte

¿Qué he sacado con la luna
que los dos miramos juntos?
¿Qué he sacado con los nombres
estampados en el muro?
Como cambia el calendario,
cambia todo en este mundo.
¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!
¿Qué he sacado con el lirio
que plantamos en el patio?
No era uno el que plantaba;
eran dos enamorados.
Hortelano, tu plantío
con el tiempo no ha cambiado.
¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!
¿Qué he sacado con la sombra
del aromo por testigo,
y los cuatro pies marcados
en la orilla del camino?
¿Qué he sacado con quererte,
clavelito florecido?
¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!
Aquí está la misma luna,
y en el patio el blanco lirio,
los dos nombres en el muro,
y tu rastro en el camino.
Pero tú, palomo ingrato,
ya no arrullas en mi nido.
¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!

Hija de un maestro de escuela y músico, Nicanor Parra Alarcón, y de una modista y tejedora campesina, Rosa Clarisa Sandoval, nació en San Fabián de Alico, en la Región de Ñuble, el 4 de octubre de 1917. Era la tercera de nueve hermanos, quienes desde niños se inclinaron por el arte. Violeta formó dúos con sus hermanos Hilda, Eduardo y Roberto, en tanto que el primogénito, Nicanor, se consagró como el creador de “antipoesía” y fue galardonado en 2011 con el Premio Cervantes de Literatura.

Sus biógrafos dicen que empezó a tocar la guitarra a los nueve años y que compuso sus primeras canciones a los 12. Transcurrió su infancia en el campo. Llegó a estudiar un año de la escuela normal, pero debió abandonar los estudios para ayudar a la manutención de la familia tras la muerte de su padre. Para sobrevivir, actuaba con sus hermanos en plazas, restaurantes, bares y circos. A sus 15 años se fue a vivir a Santiago, invitada por su hermano Nicanor.

Comenzó su carrera a los 20 como intérprete de boleros y rancheras en un restaurante de Santiago, donde conoció al obrero ferroviario Luis Cereceda Arenas, con quien se casó en 1938 y tuvo dos hijos, Isabel y Ángel, quienes siguieron sus pasos en el mundo del espectáculo y llegaron a convertirse en destacados músicos. Se dice que fue Cereceda quien la inició en la actividad política como militante del Partido Comunista. 

Casada en segundas nupcias con Luis Arce Leytón, un tenor de ópera, tuvo dos hijas, Carmen Luisa y Rosa Clara, fallecida dos años después. Para entonces había grabado en dúo con Hilda –Las hermanas Parra– sus primeros discos, dedicados al folklore. Vinculada por su hermano Nicanor a los círculos culturales santiaguinos, conoció a Pablo Neruda y otros poetas. Fue también Nicanor quien la animó a investigar y recuperar la música tradicional chilena, labor que  quedó plasmada en el libro Cantos folklóricos chilenos y en sus primeros discos como solista.

En 1954 ganó el Premio Caupolicán a la Folklorista del Año, lo que le valió para presentarse en un festival de Varsovia, Polonia, viaje que aprovechó para conocer la Unión Soviética y recorrer parte de Europa.  Estando en París, grabó el disco Guitare et chant: chants et danses di Chili (1956), una recopilación del folklore chileno, que le dio una gran popularidad. A su retorno a Chile, editó varios discos, como Canto y guitarra (1957) y Acompañada de guitarra (1958). 

Para entonces ya era conocida como una cantante preocupada por los problemas sociales y había incursionado en otros campos del arte, como la cerámica y la pintura al óleo y en arpillera, que más tarde llevaría a Europa. Antes de viajar a Argentina, donde se instaló por una temporada, publicó el álbum Toda Violeta Parra (1961), el primero que se conoció en Bolivia.

En su diario inédito Memorias de un gringo, un manuscrito citado por la historiadora del arte Erica Deuber Ziegler en la revista Fuentes de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa, Favre cuenta cómo conoció a Violeta. Fue en 1960, cuando acompañó al antropólogo y arqueólogo suizo Jean-Christian Spahni al desierto de Atacama para realizar un estudio de las poblaciones indígenas de los Andes.

Mientras Spahni se ocupaba de los preparativos para la expedición en Santiago, Favre se puso a buscar material para un posible reportaje sobre el folklore chileno. De esa manera llegó al departamento de Folklore de la Universidad y de allí lo llevaron a casa de Violeta Parra, donde –según Deuber Ziegler– “pasó la noche y salió, al día siguiente, por la ventana”. Después de tres meses de estar trabajando con Spahni, se aburrió y partió a pie por el desierto, donde casi se pierde, rumbo a Santiago en busca de Violeta. Volvió a la Universidad y encontró a su hijo Ángel, quien lo llevó a la casa de los Parra el 4 de octubre, día del cumpleaños de la cantante.

Favre se convirtió en el amor de su vida. Violeta le dedicó algunas de sus canciones más célebres, entre ellas la inolvidable Gracias a la vida. Existen muchas versiones sobre el momento en que la compuso. Según relata Favre en Memorias de un gringo, fue en el cuartito de Naira donde le puso la letra y la música.

Según Leni Ballón, hija de Pepe, aparentemente ya había escrito una primera versión en Chile, pero “si no la compuso en Naira en su totalidad, sí le dio los últimos retoques y la estrenó en La Paz”, feliz como estaba de su recuentro y aparente reconciliación con el suizo. De hecho, parece aludir al “hogar” de la pareja en Naira cuando menciona en la canción “la casa tuya, tu calle y tu patio”.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
me dio dos luceros, que cuando los abro
perfecto distingo lo negro del blanco
y en el alto cielo su fondo estrellado
y en las multitudes el hombre que yo amo.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
me ha dado el oído que en todo su ancho
graba noche y día, grillos y canarios
martillos, turbinas, ladridos, chubascos
y la voz tan tierna de mi bien amado.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
me ha dado el sonido y el abecedario
con el las palabras que pienso y declaro
madre, amigo, hermano, y luz alumbrando
la ruta del alma del que estoy amando.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
me ha dado la marcha de mis pies cansados
con ellos anduve ciudades y charcos
playas y desiertos, montanas y llanos
y la casa tuya, tu calle y tu patio.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
me dio el corazón que agita su marco
cuando miro el fruto del cerebro humano
cuando miro al bueno tan lejos del malo
cuando miro al fondo de tus ojos claros.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
me ha dado la risa y me ha dado el llanto
así yo distingo dicha de quebranto
los dos materiales que forman mi canto
y el canto de ustedes que es mi mismo canto
y el canto de todos que es mi propio canto
Gracias a la vida que me ha dado tanto.

“En su relato autobiográfico, Gilbert narra cómo en febrero de 1965, en Santiago, después de una tentativa de suicidio de Violeta con barbitúricos, escapó del dominio autoritario de su enamorada, tomó su grabadora Revox, la cámara fotográfica que ella le había regalado, su quena y su clarinete, se presentó en la embajada de Perú para obtener una visa, fue mal recibido, luego pasó a la embajada de Bolivia donde enseguida le hicieron sus papeles. Para pagar su pasaje en el tren Arica-La Paz, vendió su clarinete a un comerciante de instrumentos de música”, dice Deuber Ziegler.

Violeta lloró la partida y dejó constancia de su dolor en Run run se fue pa’l norte, una canción cargada de nostalgia y desesperanza  (“En un carro de olvido/ antes del aclarar/ de una estación del tiempo/ decidido a rodar/ Run Run se fue pa’l norte/ no sé cuándo vendrá/ Vendrá para el cumpleaños/ de nuestra soledad”).

Favre no quiso regresar a Chile, enamorado como estaba, no de Violeta, sino de Bolivia y la música boliviana. Como escribió Deuber Ziegler, sentía admiración por una ciudad como La Paz, a la que veía “mágica, maravillosa”, por la gentileza de su gente y por la “increíble riqueza y diversidad” de su  música popular.

Tras su estancia en La Paz, interrumpida en una ocasión por un breve viaje a Santiago, la artista retornó definitivamente a Chile a fines de 1966 y se suicidó el 5 de febrero de 1967. Se dice que lo hizo con una pistola que compró en La Paz.  

Leni Ballón la recuerda como “una mujer maravillosa, talentosa,  virtuosa y de gran sensibilidad”, perdidamente enamorada de Favre, a quien cansó con su acoso permanente. Tras su llegada a La Paz, en mayo de 1966, cantó en varias oportunidades en la peña y presentó una exposición de dibujos. “Los dibujos emotivos trasuntan en su autora un espíritu que capta y expresa escenas y personajes que adquieren vida en sus rastros (…) Son obras que demuestran gran sensibilidad, no en vano Violeta tiene alma de artista”, escribió El Diario.

Después de un mes, retornó a Santiago, llevándose a Los Jairas y a Los Choclos, un conjunto de zampoñeros integrado por  lustrabotas de la Plaza Murillo para que actuaran en su peña, La Carpa de la Reina. Volvió a La Paz por otra corta temporada. Fue cuando estrenó Gracias a la vida.

  Lení la vio por última vez en Santiago, en septiembre de 1966, cinco meses antes de su suicidio. La invitó a La Carpa de la Reina. “Me ofreció todo un concierto de charango, acompañada en el bombo por el músico uruguayo Alberto Zapicán, con un charango que se había llevado de Bolivia”. 

Joaquín Sabina, quien se proclamaba “embajador violetero”, la consideraba “un magisterio, una tremenda inspiración”, no sólo por su sentido de lo popular, sino también por la poesía que escribía. Le compuso Violetas para Violeta, canción que estrenó en Santiago: Maldigo del alto cielo/ que nos expropió su canto,/ sus décimas, su pañuelo,/ su quinchamalí, su llanto,/ viola de chicha y pomelo,/ cacerolas del espanto.

Nadie supo definir el amor mejor que ella. “El amor es torbellino/ de pureza original/ hasta el feroz animal/ susurra su dulce trino/ Detiene a los peregrinos/ libera a los prisioneros/ el amor con sus esmeros/ al viejo lo vuelve niño/ y al malo solo el cariño/ lo vuelve puro y sincero”, cantó en Volver a los 17. 

Violeta fue muriendo poco a poco, a medida que perdía el amor, cercada por la soledad, desolada. “Que la vida es mentira/ que la muerte es verdad/ ¡Ay, ay, ay, de mí!”,  había lamentado en Run run se fue pa’l norte.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 20 de diciembre de 2020