Morir de bala

«¡Es preferible morir a bala que morir de hambre!”. La frase, recogida por la prensa internacional al pie de una foto que mostraba a un grupo de campesinos trasladando el cadáver en cruz de un compañero por las calles de Tolata, recorrió el mundo en las postrimerías de enero de 1974, cuando los tanques del Regimiento Tarapacá y los aviones de combate de la Fuerza Aérea ahogaron en sangre una protesta campesina por el alza del costo de la vida.

«Los campesinos del Valle de Cochabamba comprendieron que el lema de su desesperada lucha había sido convertido en dramática realidad por el Gobierno boliviano”, escribió un periódico mexicano. Los pobladores de Tolata, Sacaba y Epizana habían bloqueado durante varios días las carreteras de la región al grito de «¡Queremos pan!” y «¡Morir de bala antes que de hambre!”.

Tras la devaluación del peso en 66,6%, después de 16 años de estabilidad monetaria, el gobierno del general Hugo Banzer Suárez decretó el 20 de enero de 1974 el aumento de precios de los alimentos de primera necesidad en más del 100%. Los obreros de la fábrica Manaco encendieron la mecha de la protesta  con un bloqueo de carreteras en Quillacollo, al que se sumaron los campesinos del Valle Alto, Tolata y Sacaba.

«La reacción del Ejército fue inhumana”, señaló la Comisión de Justicia y Paz de la Iglesia Católica. Una unidad del Ejército, integrada por cientos de soldados a bordo de media docena de tanques y una decena de camiones «caimán”, tomó las poblaciones rebeldes. Los militares llegaron ofreciendo «diálogo”, pero sin esperar respuesta abrieron fuego contra los campesinos que exigían la derogatoria de las medidas de hambre.

Según las cifras oficiales, la operación dejó 13 muertos y media docena de heridos, pero Justicia y Paz mencionó más de cien muertos. «Hemos visto montones de cadáveres, campesinos amontonados como leña”, dijo uno de los soldados que participaron en el operativo en un testimonio recogido por la institución.

El Gobierno acusó a «extremistas extranjeros” de haber instigado la protesta y atribuyó la violencia a «muchedumbres amotinadas en estado de embriaguez”. Según organismos defensores de los derechos humanos, tras la masacre, Banzer instó a sus partidarios del «Pacto militar-campesino” a acabar con los «agitadores”: «El primer agitador comunista que vaya al campo, yo les autorizo, me responsabilizo, pueden matarlo. Si no, me lo traen aquí para que se entienda conmigo personalmente. Yo les daré una recompensa”.

«Aquel fue el peor hecho criminal que hubiera cometido  Banzer”, dijo Luciano Tapia, un dirigente indígena de la época.  Desde Buenos Aires, el expresidente y principal líder de la oposición en el exilio, Juan José Torres, declaró: «La masacre coloca al Gobierno con un pie en el sepulcro y con el otro sobre una cáscara de banana”.

Efectivamente, la «masacre del valle” fue un hito en la historia de Bolivia. Supuso la ruptura del «Pacto militar-campesino”, impuesto por el barrientismo en los 60, y marcó el comienzo del fin de la dictadura banzerista, que se desmoronaría  cuatro años después con la huelga de hambre.

Página Siete – 20 de febrero de 2014

Lecciones de la historia

1964 pintaba mal desde los primeros días de enero, cuando Víctor Paz Estenssoro cavilaba sobre su reelección. Contra la opinión de sus propios compañeros de partido, el “Mono” optó aquellos días por buscar un tercer mandato, previa reforma de la Constitución «emenerrista” de 1961, en una decisión que fracturó al Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y abrió la puerta al golpe militar del 4 de noviembre. Pithecanthropus reelectus, lo rebautizó el humorista Paulovich, en una variación de su famoso apodo.

«El golpe vino desde dentro”, declaró años después Sergio Almaraz en su exilio de Lima. Y así fue. Montado en el descontento del partido y en la oposición de diversos sectores sociales, incluida la clase obrera, encabezada por Juan Lechín Oquendo, el vicepresidente y connotado militante de la «célula militar” del MNR, general René Barrientos Ortuño, clausuró el doble sexenio de  la Revolución Nacional (1952-1964) e inauguró el triple sexenio del militarismo (1864-1982). Lo hizo a sangre y fuego.

Paz Estenssoro no lo veía entonces como un punto de inflexión en la historia boliviana. Cuando hablaba de la dictadura barrientista –relata Almaraz– parecía que se refería «a un grave contratiempo que, de todos modos, pasará”. De hecho, para él pasó. Siete años después, en agosto de 1971, se convirtió en protagonista del ciclo militarista al apoyar el golpe de Hugo Banzer, a quien dio sustento político en cogobierno con la Falange Socialista Boliviana (FBS).

Líder indiscutido de la nacionalización de las minas, la reforma agraria y el voto universal, durante su segundo mandato (1956-1960) puso en marcha el Plan Decenal de Desarrollo e impulsó el polo de desarrollo de Santa Cruz, en una gestión que gozó de una tasa de crecimiento promedio del 6%, pero en el plano político se agravaron las tensiones internas del MNR, que ya había sufrido el desgajamiento de su ala derecha con Walter Guevara Arze y el distanciamiento de la COB a raíz del plan de estabilización económica impulsado por Hernán Siles Zuazo (1956-1960).

Pensando en que su liderazgo era imprescindible para culminar las obras iniciadas por la Revolución del 52, Paz Estenssoro impulsó la modificación del artículo constitucional que prohibía la reelección, logrando ser nominado para las elecciones de 1964 con Barrientos Ortuño como compañero de fórmula. Su intento prorroguista tuvo el mismo final que la aventura reeleccionista de Hernando Siles, padre de Hernán y Luis Adolfo: el golpe militar.

Cuando se aprestaba a retornar del exilio para participar en unas elecciones que finalmente no se efectuaron, uno de sus colaboradores le preguntó cuál era el programa del partido. «El programa es el poder”, le respondió, según una de las tantas frases que le atribuye la mitología movimientista. El hombre que se refería al poder como un «maravilloso instrumento” sabía de la importancia de tenerlo, pero la historia demostró que es fácil perderlo cuando se intenta retenerlo contra viento y marea. Una lección que este año cumplirá medio siglo.

Página Siete – 3 de enero de 2014

Los caminos de la libertad

Fue un chispazo, «producto de la necesidad”, como afirma su autor, o de la genialidad, que suele  inspirar in extremis a los necesitados y desesperados. «La necesidad te abre la imaginación”, dice Reynaldo Peters al evocar el instante en que se le ocurrió utilizar un trozo de papel higiénico para presentar la demanda de hábeas corpus en procura de su libertad, hace 40 años, desde  un calabozo de la dictadura banzerista.

Rolando Costa Arduz lo imagina redactando el alegato «con su sonrisa habitual, lleno de jovialidad, con disposición de hacer una travesura”, en una situación «eminentemente humorística”, porque, a su juicio, el entonces joven abogado «usó como factor de combate el humor que era un arma más productiva  que la ira”.

Pero Peters no pretendía burlarse de la justicia, ni mucho menos. No reparó en formalismos, es cierto, porque creía en el estado de derecho y porque se jugaba la vida. En ese momento recordó lo que le había dicho un maestro: así fuera presentado en un trozo de madera, los tribunales están obligados a admitir el recurso de un detenido.
 
Detenido en mayo de 1972 y alojado en El Tropezón, una celda para «elementos de alta peligrosidad” de la policía política del régimen, la Dirección de Investigaciones Criminales (DIC), Peters cree que los presos políticos tienen «un Dios aparte” y que fue él quien lo iluminó cuando el  carcelero le entregó su «ración diaria” de papel higiénico y el que lo guió hasta un rincón oscuro del calabozo, donde encontró un viejo repuesto de bolígrafo que tuvo que calentar para licuar la tinta que se había secado con el tiempo.

Y así, en medio de advertencias de sus compañeros de infortunio sobre la inutilidad de su iniciativa y el temor a las represalias, redactó su ahora famosa pieza jurídica. En el primer otrosí pidió «disculpas anteladas a vuecencias por el papel en que planteo mi demanda…”.

«El hábeas corpus llegó a mis manos en medio de unos calcetines bastante usados”, recuerda su esposa Rosario Sánchez Becerra. Siguiendo sus instrucciones, lo presentó el 18 de mayo. Tras el sofocón, el presidente de la Corte, Luis Olmos, lo aceptó cuatro días más tarde. «Lo histórico del recurso radica en su admisión”, dijo su autor. No sólo porque fue redactado en papel higiénico, sino porque fue aceptado en plena dictadura.

La periodista María Elba Gutiérrez publicó la noticia como nota curiosa en el diario Última Hora. De esta manera, «lo que pudo ser una anécdota se convirtió en una leyenda”. Tras la presentación, Peters fue conducido al Ministerio de Gobierno, donde fue golpeado. «De un culatazo me hicieron saltar las retinas de ambos ojos”, golpe que lo dejó casi ciego. En mayo de 1973 fue puesto en libertad, pero no en aplicación del hábeas corpus, sino de una amnistía parcial, pero «aquel papelito” permitió la intervención de varias organizaciones internacionales a favor de los presos políticos.

El hábeas corpus pasó a la historia como un «monumento jurídico”, pero en realidad es un canto a la libertad. La libertad tiene extraños caminos. Son como los del Señor, inescrutables, como bien saben los dictadores.

Página Siete – 13 de diciembre de 2013

El prisionero del Casino Militar

Regis Debray apareció en el patiecito del Comando Militar de Camiri con la misma ropa que había vestido tres años antes durante las audiencias del Consejo de Guerra, una camisa azul marino y un pantalón café desteñidos por el uso, y unos zapatos negros, gastados por el tiempo. Su melena rubia y su barba rojiza parecían arder bajo los rayos del sol decembrino camireño.

–¿Qué se dice sobre la amnistía?– fue lo primero que preguntó durante la breve entrevista, una de las últimas que concedió antes de ser liberado, en diciembre de 1970.

Hablaba en un castellano preciso, perfeccionado en el trato diario con sus carceleros. Un ligero tartamudeo tensionaba sus palabras al final de cada parlamento. Su escepticismo era notorio pese al cambio que se había operado en Bolivia tras el ascenso al poder del general Juan José Torres el 7 de octubre de ese año. La izquierda exigía la amnistía, pero la derecha militar clamaba contra la «traición” a los soldados muertos de Ñancahuazú.

Torres nunca quiso hablar de la guerrilla en cumplimiento del «pacto de silencio” que supuestamente acordaron los miembros del Alto Mando que decidieron la ejecución del Che Guevara en octubre de 1967, pero siempre negó que hubiese pactado con el Gobierno de Francia la liberación de Debray a cambio de equipamiento para las Fuerzas Armadas, como se dijo en la época.

–La situación era muy difícil. Había una fuerte resistencia en algunos sectores del Ejército; no sabíamos qué podía pasar ante la aprobación de la amnistía. Teníamos que otorgarla porque era un compromiso de nuestro gobierno– declaró años después durante su exilio en Buenos Aires.

Trataba de justificar la «operación comando” que se vio obligado a organizar para liberar a Debray y al argentino Ciro Bustos. Sabía que la medida podía costarle la silla presidencial.

–No quiero hacerme muchas ilusiones para no sufrir después una desilusión mayor–, dijo el francés en tono relajado al final de aquella entrevista.

Tenía 30 años recién cumplidos. Se había cansado de escuchar la palabra amnistía en las últimas tres navidades. Fumó un último cigarrillo y se dirigió a su celda, un cuartito de 10 metros cuadrados en el Casino Militar. Si alguien le hubiese dicho ese día que tres semanas después estaría conversando con el presidente Salvador Allende en Santiago de Chile, no lo hubiera creído.

Página Siete – 29 de noviembre de 2013