Las dos orillas narrativas de Juan Carlos Salazar, el escritor que surgió del periodismo

Por Irene Selser *

Conocí a Juan Carlos Salazar hace años en México, cuando se juntaron aquí todos los exilios de Centro y Sudamérica, en los años 70 y 80, huyendo activistas, escritores, músicos, periodistas y profesores de las dictaduras militares de derecha que asolaron la región. Hoy México es casa y hogar de nuevos exiliados obligados a huir de nuevas dictaduras, ahora de izquierda.

Celebro el encuentro aquí este 25 de junio con Juan Carlos –el Gato– Salazar, que fue un colega y amigo muy cercano de mi padre, el gran periodista e historiador argentino Gregorio Selser, quien falleció en México a los 69 años, en agosto de 1991, pero de quien queda un legado de dos bibliotecas con su nombre en la FLACSO y en la Cancillería mexicana, y una hemeroteca que es también centro de estudio con tres millones de documentos, esta última ubicada en el plantel Colonia Del Valle de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), bajo el nombre de CAMeNA–Biblioteca Gregorio y Marta Selser. Lo menciono por la amistad y el cariño que los unió, y la misma pasión y entrega de ambos al oficio periodístico.

Sabemos que, a lo largo de la historia, la relación entre periodismo y literatura ha sido tan estrecha desde José Martí y Rubén Darío a Gabriel García Márquez, de Dickens a Hemingway, de Rodolfo Walsh en Argentina a Julius Fučík en Checoslovaquia, por mencionar sólo a algunos, que es claro que el periodismo no es una actividad menor, sino una escuela esencial para acercarse al mundo, comprenderlo y narrarlo. Así lo hicieron también Honoré de Balzac, Charles Dickens, los corresponsales de guerra Jack London, John Reed, George Orwell (1903-1950), el no menos magnífico Albert Camus; Truman Capote; Eduardo Galeano en Uruguay y el ya citado Rodolfo Walsh, pionero de la investigación periodística moderna, asesinado en 1977 por la dictadura militar argentina, que nunca rebeló dónde están sus restos.

Las mismas características que todos ellos compartieron están presentes en la obra literaria de Juan Carlos Salazar, como es la observación directa de la realidad, habiendo permitido el periodismo conocer de primera mano los conflictos sociales y políticos; una capacidad narrativa, trasladando las técnicas del periodismo a la literatura; un compromiso con el tiempo histórico, siendo testigos de transformaciones sociales, revoluciones o guerras; y una renovación del lenguaje periodístico, que a su vez se enriquece desde su propio rigor aprendiendo a convivir con las exigencias de la literatura.

Leí con mucho placer los dos libros de cuentos de Juan Carlos Salazar, publicados en La Paz por Editorial Plural, el primero de ellos Figuraciones, que vio la luz en 2021 y el segundo, Presagios, que el autor acaba de presentar en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia.

En Figuraciones, el periodista recién convertido en escrito nos sumerge a lo largo de siete relatos en el imaginario rural boliviano, donde la realidad cotidiana se entreteje con la mitología, la memoria y la poesía. A través de prosa cuidada y evocadora, Salazar dar vida a personajes y escenarios que revelan la riqueza, pero también la complejidad del mundo andino y campesino.

Desde las primeras páginas, nos vemos envueltos en la atmósfera de los pueblos y las haciendas, con una frontera muy difusa entre lo real y lo fantástico. Es el caso del cuento “Casilda”, donde la protagonista es una niña que explora los límites de la propiedad familiar y que, a través de sus preguntas y su curiosidad, se revelan las creencias populares sobre duendes y espíritus. La narración se enriquece con descripciones sensoriales: el aroma de los duraznos, el rumor de la acequia, el color de los maizales y el trasfondo de historias de amores trágicos que dotan al cuento de una dimensión mítica.

Como buen periodista, la prosa de Juan Carlos se detiene en los detalles y en su respeto por la oralidad, y es como periodistas se nos exige ser fieles a la realidad, respetando en los diálogos las expresiones locales y los giros lingüísticos. Las voces de los protagonistas se alternan con la voz narrativa y anónima del periodista; capaz de entrelazar rumores y leyendas colectivas, como en “El Triste Pizarro”, cuya real tristeza se convierte en un símbolo de la herencia emocional y social de los pueblos pequeños.

Temas universales como la muerte, la fe, el amor o la identidad, que muchas veces subyacen en la crónica periodística, aunque sin ser nombrados, se hacen presentes en Figuraciones desde una perspectiva local y concreta.

En “¿Acaso crees en Dios?”, el protagonista, apodado Jesusito, narra su experiencia como boxeador frustrado y actor improvisado de la Pasión de Cristo, mezclando la violencia policial, la marginalidad y la religiosidad popular. El cuento utiliza el humor, la ironía y la crítica social para mostrar la complejidad de la fe y la supervivencia en contextos adversos que podrían ser cualquier de los nuestros.

La obra también se adentra en la memoria histórica y política de Bolivia y de América Latina, como en “Aquí vive la muerte” y “El espejo”, donde la guerra, la revolución y la figura del Che Guevara aparecen como telón de fondo de las vidas individuales. Los libros que como periodista escribió y coescribió el Gato Salazar sobre las dificultades para cubrir la guerrilla del Che Guevara en Bolivia, que entre 1966 y 1967 –cuando el Gato tenía 21 años– intentó crear desde ahí un foco revolucionario continental, se han convertido en una referencia clave para entender cómo los medios locales e internacionales cubrieron la tragedia del mítico guerrillero argentino.

A la vuelta de 60 años, Salazar recurre a la literatura para explorar lo que la crónica periodística, no pudo: la relación entre utopía y desencanto, la heroicidad y la derrota; el sentido de la violencia y de la pérdida, y la muerte como parte de una identidad que es la de todos.

El estilo de Salazar es lírico y reflexivo, enriquecido con descripciones de la naturaleza, los rituales y las festividades rurales cargadas de simbolismo, pero también de una ternura y un humor que humanizan a los protagonistas. El cuento “Quitapesares” es un buen ejemplo de cómo el autor utiliza objetos y costumbres —como el muñequito quitapesares de los indígenas chiapanecos— para hablar de la nostalgia, el consuelo y la búsqueda de sentido.

Figuraciones es un libro que celebra la riqueza de la tradición oral y la imaginación popular boliviana, al tiempo que reflexiona sobre los grandes temas de la existencia humana a partir de diferentes escenarios, referencias culturales y experiencias que él mismo vivió como periodista, alimentando las historias a partir de su contacto directo o indirecto con otras realidades y geografías.

Como en “Quitapesares”, donde el Gato deambula de la mano de sus personajes entre Haití, La Habana Vieja, Santa Cristóbal de las Casas o Madrid. O en “El santo prestado”, con la figura del bandolero mexicano Jesús Malverde, venerado como un santo popular, tal vez, también, por el Gato.

En otros relatos, como “Aquí vive la muerte” y “El espejo”, se abordan temas y escenarios que remiten a la revolución latinoamericana, la guerrilla y la vida en la selva, con referencias a Cuba, la figura, de nuevo, del Che y la experiencia del exilio o el desplazamiento.

Cinco años después, en el libro Presagios, el periodista se muestra ya como un escritor consumado, con una obra completa y madura, que, como afirman sus críticos, comparte la elegancia y la riqueza verbal de Alejo Carpentier; el uso preciso de frases directas, a veces en tono ríspido, seco, como lo hacía Juan Rulfo; descripciones preciosas y precisas de paisajes al modo de Hemingway o la narración de una historia dentro de otra, al estilo de Jorge Luis Borges.

Los seis cuentos de ese libro “Almanaque”, “Bolero”, “El viejo Casiano”, “Suplente”, “La bicha” y “Legado”, exploran las creencias, supersticiones y tradiciones relacionadas con los presagios, la Luna, los astros y las señales del destino en la cultura popular boliviana. Cada cuento aborda, desde una perspectiva íntima y a veces nostálgica, la manera en que las personas interpretan los signos del entorno y cómo estos influyen en sus vidas, decisiones y destinos. Aquí se entrelaza la memoria familiar, con la historia nacional y la mitología local, mostrando cómo el pasado y las creencias ancestrales siguen presentes en la vida cotidiana.

Con un lenguaje cuidado y poético, Salazar alterna la primera persona en varios de los relatos, aportando cercanía. El tono es más reflexivo e incluso melancólico, en ocasiones, invitando a sumergirnos en la memoria y en la interpretación de los signos y los símbolos del destino. Están presentes de nuevo el humor, la ironía y la crítica social, sobre todo en la forma en que se retratan las supersticiones y las contradicciones de la vida cotidiana.

En el penúltimo cuento, “La bicha”, sobrecoge el trasfondo de la vida minera, la lucha del hombre contra la naturaleza y la pobreza, y cómo las creencias populares influyen en la percepción del éxito y el fracaso; mientras que, en el último, “Legado”, el narrador –que por momentos uno siente que es el mismo autor–, revisa los papeles y libros heredados de su padre en lo que termina siendo una meditación sobre la memoria, la herencia y la búsqueda de sentido, así como sobre la fugacidad de la vida y la permanencia de los sueños y las obsesiones familiares.

Sin deudas ya con el periodismo, Juan Carlos Salazar se vuelca enteramente en Presagios al ejercicio escritural reivindicando en estas páginas la sabiduría popular y la exploración de la identidad a través de la literatura en la forma de relatos breves que rescatan la riqueza de la tradición oral, la memoria familiar y la historia nacional.

Sin embargo, esa aparente ausencia de deudas con el ejercicio del veterano cronista o el editor de notas internacionales, no significa que estos hayan desaparecido de su escritura. Al contrario, constituyen el cimiento sobre el que se sostiene toda su obra narrativa. La disciplina de observar con paciencia, aprender a escuchar las voces ajenas, reconocer el peso de los detalles y comprender que detrás de cada historia individual late una realidad colectiva, son aprendizajes que sólo una larga vida de reportero podía convertir en ficción. En Figuraciones, esa experiencia se traduce en personajes profundamente humanos y en escenarios construidos con precisión. En Presagios, esos mismos recursos alcanzan una dimensión más introspectiva, donde la realidad ya no necesita ser documentada porque ha sido plenamente interiorizada y transformada en creación artística.

Así, los dos libros de cuentos de Juan Carlos Salazar dialogan entre sí como las dos orillas de una misma trayectoria y las dos orillas, a la vez, de dos formas de narrar. El primero revela cómo la experiencia periodística alimenta la ficción con hechos, voces y memorias; el segundo demuestra que, una vez asimilado ese aprendizaje, el escritor puede trascenderlo para convertir la realidad en símbolo, la memoria en imaginación y la experiencia en una reflexión universal sobre el tiempo, el destino y la condición humana.

No dudo en afirmar que, como sucede con los mejores escritores que antes fueron periodistas, Salazar ya no necesite escribir desde el periodismo para seguir beneficiándose de todo lo que este le enseñó. De ahí que Figuraciones y Presagios puedan leerse también como el resultado de una larga conversación entre los dos oficios: una conversación en la que la precisión de la crónica se funde con la libertad de la imaginación para dar vida a una obra que enriquece la narrativa boliviana contemporánea y, desde luego, también la hispanoamericana, ya que la vida de Juan Carlos Salazar deambuló, asimismo, entre dos orillas geográficas a ambos lados Atlántico.

*Texto leído por la poeta, periodista y editora Irene Selser en el acto académico “Entre la narración y el periodismo: La obra de Juan Carlos Salazar”, realizado el 25 de junio en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el marco del seminario “Explicar y narrar: nuevas narrativas de la investigación”, organizado por el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y la Universidad de Calgary.

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