Pedro Shimose, el “verso suelto”

Suele definirse como un “verso suelto”. Y lo es. Por su independencia de criterio y por la libertad con que se mueve, en su mundo y en las vecindades. Como esa forma de expresión poética alejada de toda pauta de rima y métrica, Pedro Shimose se guía por sus propias convicciones, sin importarle las consonancias o disonancias con las opiniones ajenas. Se diría que el “versolibrismo” es su filosofía de vida.

Vivió días duros a causa de las represiones políticas y los apremios cotidianos. Eran los tiempos en que quería escribir y le salía espuma. Lo expresa sin resentimiento, mientras otea el pasado en un café de Madrid. Tiene la mirada dulce, el rostro diáfano y la piel tersa, casi juvenil. Nada delata sus  80 años, si obviamos el gris de su cabello.

Poeta laureado, periodista, trovador popular y dibujante de mano alzada, adivinó la poesía en la floresta de su Riberalta natal. A los ocho años le escribía poemitas a su madre, Laida; después, a las querencias juveniles idealizadas. Aficionado a la música, compuso polcas y taquiraris. “La pelada del sombrero de saó, sí existe, pero no fue mi corteja”, me aclara.

Memorioso, como es, entrega sus recuerdos a borbotones, pero los vierte con delicadeza oriental y tono entrañable. Te lleva de la mano por el panteón de los ilustres, como Nicolás Guillén, Miguel Ángel Asturias, Octavio Paz, Nicanor Parra, Vicente Aleixandre o Rafael Alberti, a quienes conoció en tertulias y recitales. Evoca su viaje a La Higuera a lomo de mula con Yevgueni Yevtushenko, el poeta ruso de las camisas floreadas, quien le pidió que corrigiera el poema que acababa de escribir en memoria del Che Guevara. “¡No me atreví!”, me confiesa, con esa sonrisa que le estalla en los ojos incluso cuando rememora vivencias amargas.

Nació en Riberalta, el vergel al de la barranca colorada que los indígenas amazónicos originarios conocían como Pamahuayá, que significa “el lugar donde está la fruta”. Hijo de un emigrante japonés, Ginkichi Shimose, y de una riberalteña mestiza, Laida Kawamura Rodríguez, vio la luz el 30 de marzo de 1940. Creció arrullado por las “aguas insomnes” de los ríos Beni y Madre de Dios, entre ceibas en flor, palmeras de penachos cansados, bibosis frondosos  y tajibos de flores blancas. Cantó a su pueblo con la cadencia de su mejor poesía.

No hay nada más lindo que contemplar tus crepúsculos.

Soñar sueños que soñaron nuestros padres.

Circular por el color violeta del aire anochecido 

y terminar echándote de menos.

Renacer en tu fragancia húmeda,

buscándome en la niebla de los arroyos más recónditos,

Lejos de mí mismo  en los ríos y curichis,

en el naufragio de la isla que descubrimos juntos

cuando tus barcos recorrían mi infancia.

Llegó a un “mundo revuelto”, como relató en una conferencia que ofreció en Santander, cuando Bolivia había perdido la guerra contra el Paraguay, España se había desangrado en una lucha fratricida y los cuatro jinetes del apocalipsis cabalgaban desbocados sobre Europa. “Fui nacido gracias a un despiste doble. Pudiendo haber nacido en otro sitio, me nacieron en pleno trópico sudamericano, y pudiendo haber nacido en otra época (en el siglo X europeo, por ejemplo), me nacieron en medio de un estruendo infernal”.

Recuerda a su padre como un campesino bueno, sencillo y pobre, “ni samurái, ni aristócrata arruinado, ni intelectual cazafortunas”, que llegó a Bolivia a principios del siglo pasado, abriéndose paso a través de la selva peruana, junto con otros doscientos inmigrantes japoneses. Se instaló en Riberalta, donde se casó con Laida, con quien fundó una familia de siete hijos. 

Dice que hizo dinero al frente de una cooperativa agrícola, pero perdió todo cuando el gobierno le expropió su propiedad y lo encarceló, como a otros japoneses y alemanes radicados en Bolivia, después del bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945. “Yo le llevaba comida a la cárcel (…) Mi padre nunca se lamentó de nada, ni acusó a nadie, ni clamó justicia”.

Siente que le debe mucho, porque le enseñó a apreciar la belleza de la vida, una “enseñanza estética vinculada a la moral, un modo de percibir y sentir las cosas, entre ellas el país, el amor, la muerte, la dignidad humana”. Le enseñó el amor a la naturaleza mientras paseaban por un jardín cuajado de orquídeas, azaleas,  crisantemos, siemprevivas y geranios, y le mostró “el camino de la perfección a través de la percepción de la belleza”. 

De él aprendió  que ser rico después de ser pobre es una experiencia que enriquece, pero ser pobre después de ser rico, enriquece más.  Le resumió la sabiduría en una sola frase: “Las palabras deben ser pronunciadas cuando no hay más remedio. Los actos son más importantes”. 

Él me educaba con parábolas de vientos y bambúes.

(Los peces en el cielo)

Navegábamos por redes y colores,

surgíamos del agua,

soñábamos la luz y las naranjas.

(…)

Él sabe de su humilde grandeza de hombre y sabe

que como él respeta le respetan,

y que le aman como él ama.

Este es mi padre.

Su madre, como casi todas las mujeres  de su época,  apenas pudo estudiar hasta el tercero de primaria, pero le guió en sus primeras lecturas y lo arrulló desde la infancia con los Versos sencillos, de José Martí, y las Rimas, de Gustavo Adolfo Bécker, “poemas que hablaban de amores melancólicos y amistades limpias; de oscuras golondrinas, arpas olvidadas y de una rosa blanca”.  

Dibujabas árboles y ríos. Navegabas la corriente oculta de la forma. Urdías  oropéndolas y lunas. Funda mas destrucciones  y naufragios, madre vida madre tierra madre selva madre selva.

Estudió en el colegio Pedro Krámer de Riberalta. Sus padres le habían fomentado la lectura y su devoción a los libros, pero fue la extraordinaria biblioteca de su escuela, donada por el Rey del caucho, Nicolás Suárez, la que le abrió las puertas a un mundo hasta entonces desconocido.

Allí leyó a los grandes clásicos de la literatura universal y frecuentó a los autores que aún forman parte de su vida. Allí también buscó las respuestas para sus obsesiones juveniles y allí, como diría más tarde, se incubó su poesía.

A sus 17 años se fue a La Paz por aquello de que en las ciudades grandes “suceden cosas”. Su padre hubiese querido que estudiase Medicina, pero él ya había empezado a tomar en serio la poesía. Intentó disuadirlo. “Escribe novelas”, le había dicho. “Los poetas se mueren de hambre”. Salió de Riberalta “con pasaje de ida y dinero para dos meses, recaudado entre los amigos de la colonia japonesa”. En La Paz se inscribió en Derecho y Ciencias Políticas. “Vivía en un cuartito, iba a la universidad caminando, comía en la calle y ahorraba para libros”.

Estando en el primer año de carrera se presentó a un concurso literario del que el crítico y sacerdote Juan Quirós era jurado. Ganó con un poema a Simón Bolívar. Quirós quiso conocerlo. “¿Tú eres Pedro Shimose?”, le preguntó cuando se presentó. “Sí”, le respondió con la timidez del novato. “¡Ah!, pensé que era un seudónimo. ¿Y de dónde viene tu apellido?”,  insistió. “Mi padre es japonés”, contestó, según relató en una entrevista. De ese primer encuentro nació una amistad profunda y duradera. 

A partir de entonces comenzó a frecuentar la facultad de Filosofía y Letras, de la que monseñor Quirós era docente. De la mano de Quirós llegó posteriormente al diario Presencia. Descubrió la biblioteca de la Universidad Mayor de San Andrés, donde leyó nuevos autores y encontró nuevos amigos. Era la época en que se sentía “embrujado” por Góngora, Franz Tamayo, Pablo Neruda, Walt Whitman, García Lorca y Saint-John Perse, entre otros. Ya había escrito Triludio en el exilio (1961) y empezaba a escribir Sardonia (1967).

“La poesía canta y sintetiza  experiencias, emociones, percepciones y creencias religiosas, míticas o políticas. Está más cerca de la magia, de la religión, del mito”, resumiría años después. “El verso es medida, cadencia, ritmo, música, es la esencia verbal de un sentimiento”.

Se sentía atraído por la poesía, pero también por la música, una afición que, sin embargo, apenas pudo desarrollar en Riberalta, donde no había conservatorio ni condiciones para aprender a leer y escribir partituras. Tampoco tenía dinero para hacer este tipo de estudios. ¡Incluso tener una guitarra era un lujo! Pero, además, el oficio de músico era muy mal visto, lo que no le impidió formar parte de un conjunto musical, el trío Los Forasteros, con los también riberalteños Harold Olmos y Carlos Mercado. Tal vez por eso su poesía está impregnada de musicalidad.

Mañana, la palmera

dejará de crecer.

No dejes que me muera

sin volverte a ver.

Después de ser madera

guitarra quiero ser,

para cantar la espera

que espera florecer.

En 1958 compuso la más famosa de sus canciones, el taquirari Sombrero de Saó. “No fue resultado de una decepción amorosa personal, como muchos piensan”, sino la historia amorosa de un amigo de Riberalta, quien pretendía a una muchacha y enfrentaba la férrea oposición de su madre (“Oí, flojo, sinvergüenza, tiravida ¿qué querés?”). Fue el Trío Oriental el que la catapultó a la fama en 1966. “En pocos meses,  dominaba el escenario folclórico boliviano y empezaba a expandirse por todo el mundo”, recuerda Olmos.

Pedro dice que la canción le dio muchísimas satisfacciones, porque le hizo popular en Bolivia, pero al mismo tiempo “muchos disgustos”, debido a la reticencia de las discográficas a reconocerle los derechos de autor. Tiene otras composiciones entrañables, como Adiós mi Riberalta y Siringuero, pero dice sentirse avergonzado de otras, como Razones para ser soltero, muy popular en su época  (Por eso vivo soltero/ de vos nada espero para ser feliz/ no quiero ser el esclavo/ de un hermoso clavo / que me haga sufrir).

Con Los Forasteros apoyó la primera campaña electoral del humorista Alfonso Prudencio Claure (Paulovich), postulado por el Partido Social Cristiano (PSC) a una diputación. No fue su única incursión en política. Militó en el PSC entre 1959 y 1966, año en que fue elegido presidente de la Juventud en un congreso celebrado en el Teatro Achá de Cochabamba, pero duró poco, víctima de las intrigas de la politiquería boliviana. Dice que estuvo en el partido equivocado, porque “Bolivia no es un país católico”. “Dejé de ser político y me convertí en moralista”.

Se incorporó a la Universidad de San Andrés en 1969, en plena “revolución universitaria”, primero como docente de Filosofía y Letras y después como director de Extensión Cultural. Lo hizo de la mano de Jorge Lazarte, por entonces influyente dirigente estudiantil trotskista, y del rector Óscar Prudencio. Trajo al ballet de Moscú e invitó a Yevgueni Alexandrovitch Yevtushenko, con quien viajó a La Higuera, porque el poeta ruso quería conocer el lugar donde murió el Che, a quien le dedicó un poema escrito en castellano (La llave del comandante).

Eran los “días agitados y confusos” de las vísperas del golpe de Hugo Bánzer y Pedro se había ganado la fama de “comunista”, lo que le valió el exilio. Antes estuvo en Lille, Francia, más para dar la espalda a una decepción amorosa que para estudiar periodismo con una beca del cardenal Lienárt. “La beca no es del cardenal, es de los obreros del carbón de Lille”, le dijo el purpurado cuando lo visitó en su despacho para agradecerle.

En 1968 publicó su tercer libro, Poemas para un pueblo, en el que se refleja –según el poeta y crítico Eduardo Mitre– esa “poesía inmersa en la historia, agónica en la medida en que la padece, protagónica en cuanto tiende a transformarla mediante el testimonio, la denuncia, el grito de rebeldía”;  en la que mantiene “una dimensión social y aun política constante”, lejos de “los registros puramente líricos, subjetivos, abstraídos de un contexto  histórico-social determinado”. Él veía la injusticia en las calles, en las escuelas y en los centros laborales como parte de la vida cotidiana boliviana.

Para hablar de mi patria es preciso sufrirte. 

Pertenezco a esta patria sin victorias.

Mentiría si dijera que mi patria es la mejor del mundo.

Mentiría si dijera que mi patria es la peor del mundo.

Mi patria es un martirio de odios y tinieblas,

el sitio en donde amo, sueño, lucho, canto y muero.

Mi patria está fundada sobre el alba, sobre tu alba, América Latina.

Ella está sostenida por los muertos.

La llevo como una herida, sin mar y sin victorias.

En 1971 salió al exilio, a España, como resultado –según cree– de su activismo en la universidad, convertida durante el proceso del general Juan José Torres en un centro de efervescencia política e ideológica.  Dice que en el destierro se hizo “más hombre y más humano” y que aprendió a no compadecerse de sí  mismo ni a echarle la culpa a los demás, aunque admite que “hubo días negros de amargura y desaliento”.

Madre no llores, dime hasta luego y escríbeme seguido.

La cordillera está cerrada. La pena es un juguete en manos de  mis hijos.

Le digo a Rosario que se mantenga serena.

Atrás quedan mis treinta y un años “adiós, vidita del alma

y hasta el otro día”.

En 1972, ya en el exilio, ganó el Premio Casa de las Américas con su libro Quiero escribir, pero me sale espuma, un título prestado del peruano Cesar Vallejo. El galardón le dio fama internacional. Aunque posteriormente se distanció del castrismo y la Revolución Cubana, siempre se mostró agradecido por un reconocimiento que se tradujo en una edición de 23.000 ejemplares, “algo nunca soñado por un poeta”.

Poeticomienzo en vino avinagrado:

¿cómo escribir del tizne sin carbones;

de las tos, sin gargajo; y sin borrones,

cómo escribir de mí si estoy fregado?

Garrapateo espumas, cabreado,

con humo y humedad en los pulmones;

doliéndome en la sombra y los rincones

mi soledad en verso encebollado.

Desgarrado y vencido por las furias;

en el exilio, triste, voy sufriendo

el hambre de mi pueblo en mis penurias.

En lágrimas y pus voy escribiendo.

A medias muero en jácaras espurias.

A medias vivo, voy sobreviviendo.

También en el exilio escribió Caducidad de Fuego (1975), un “libro desolado”, que marca una “línea divisoria” en su poesía. “Yo subía a la colina y desde allí contemplaba mi infortunio. En mis manos se hacía trizas las diademas de mis sueños y, conteniendo el llanto, escribí Caducidad de fuego”, recordó en una ocasión. Le siguieron Al pie de la letra (1976), el libro de cuentos El Coco se llama Drilo (1976), Reflexiones maquiavélicas (1980), Diccionario de Autores Iberoamericanos (1982), Bolero de caballería (1985), Historia de la literatura hispanoamericana (1989), Riberalta y otros poemas (1996) y No te lo vas a creer (2000).

Fue asesor de publicaciones y director de poesía del Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI) y dirigió la colección Letras del Exilio de la editorial Plaza & Janés. Recibió el Premio Nacional de Cultura de Bolivia (1999) y la Orden del Sol Naciente del Japón (2019).

El escritor rumano-brasileño Stefan Baciu dijo que “Shimose fue uno de los primeros poetas capaces de dar salto hacia el futuro, llegando a una notable renovación con medios personales”, en tanto que el español Jorge Rodríguez Padrón opinó  que la palabra del poeta boliviano es “un tono, una prosodia, un ritmo interior decisivo que fluye con la facilidad del habla, pero que se adensa en el vértigo de la fundación poética”.

Según The Times, “Shimose oscila entre una protesta vigorosa e ingeniosa y la intranquila inquietud expresada en el soneto de Vallejo” que da título a uno de sus libros. Para Robert Marquez, el trabajo del riberalteño muestra la “angustiada visión de un exiliado” de Vallejo y la “sensibilidad al ritmo” de Nicolás Guillén. Shimose entiende la poesía y la literatura como una suma de palabras, palabras que permiten  “soñar la justicia, la libertad y la convivencia en paz en este mundo devastado por la locura humana, donde las víctimas de ayer son los verdugos de hoy; palabras que nos hablan de los viejos e irrenunciables ideales de la humanidad; de las selvas vírgenes por donde serpentean arroyos de aguas cristalinas; de los mares limpios que ignoran la codicia del hombre; de los cielos puros y las noches serenas”.

Algún periodista le preguntó por qué escribía. Quizás, respondió, por “un deseo  de inmortalidad o un deseo de seducir a una mujer hermosa”. O tal vez por “un sentimiento de pavor ante el misterio de la muerte o una inmensa alegría ante el espectáculo de la naturaleza”. O también, como dice en uno de sus versos autobiográficos, porque la poesía lo visitaba de noche.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 22 de marzo de 2020

La “republiqueta ” del Chapare

La palabra “republiqueta” no figura en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, pero la historiografía reconoce con ese nombre a los territorios independientes organizados por grupos guerrilleros durante la Guerra de la Independencia del Alto Perú (1811-1825). Su característica era la precariedad institucional y el dominio militar que ejercían los rebeldes sobre los mismos. Probablemente debemos el término al político e historiador argentino Bartolomé Mitre, quien en su Historia de Belgrano y de la guerra de la independencia argentina (1859) designa así a las zonas controladas por los rebeldes en lo que hoy es Bolivia.

Eran famosas las “republiquetas” de Ayopaya, La Laguna, Larecaja, Tarija y Cinti. La de Ayopaya, encabezada por José Miguel Lanza, dominaba 1.400 kilómetros cuadrados entre Cochabamba y Oruro con más de 600 hombres en armas, y la de La Laguna, liderada por Miguel Ascencio Padilla y Juana Azurduy, contaba con un “ejército” de 200 fusileros y 4.000 indígenas en el norte de Chuquisaca. 

Las de Larecaja, con el cura Idelfonso Escolástico de las Muñecas; Tarija, con el Moto Méndez, y Cinti, con José Vicente Camargo, también eran “territorios libres”, gobernados y administrados mediante el cobro de impuestos  por sus caudillos, quienes disponían de sus propias “montoneras” para enfrentar a las tropas realistas.

La “tradición” altoperuana de las “republiquetas” parece haberse extendido a los tiempos de la Bolivia republicana, a juzgar por las evidencias que van surgiendo en torno a las actividades del narcotráfico en la zona cocalera del Chapare. El ministro de Defensa, Luis Fernando López, dijo recientemente que “el Chapare es un micro-Estado narcoterrorista independiente”, en lo que podría ser una nueva definición de las “republiquetas” del siglo XXI. 

En una entrevista con el diario El Deber, López confirmó la presencia de extranjeros armados en la región, aunque admitió que no sabe si en número suficiente “como para montar una milicia”, pero que son parte de ese “micro-Estado narcoterrorista”,  donde impera la ley de los narcotraficantes y donde los “policías no entran”. 

La propia presidenta Jeanine Añez aseveró que en la zona están operando al menos nueve organizaciones criminales extranjeras, cuyos miembros –según López– “vienen con armamento a conquistar un territorio que no les pertenece”. Es la primera vez que las advertencias sobre el peligro de las actividades ilegales que han sentado raíz en el trópico vienen de las dos más altas autoridades del Estado. 

Jean-Francois Barbieri, agregado policial de la Embajada de Francia en La Paz, entre 2009 y 2012, confirmó en declaraciones a Página Siete que en Bolivia están presentes los cárteles mexicanos y colombianos, no como simples “emisarios” compradores de droga, sino como operadores de los megalaboratorios que fabrican el clorhidrato de cocaína en la selva. 

Agregó que “la Ley 906 -que autorizó el incremento de la producción de hoja de coca hasta 22.000 hectáreas- encubre al narcotráfico”, y que, “en este tema”,  el gobierno de Evo Morales operó como “casi un narco-Estado, cubriendo la producción de coca ilegal”.

En una conversación con analistas políticos, un alto funcionario gubernamental admitió que el Chapare se encuentra dominado por una “estructura delincuencial” que involucra no sólo a elementos políticos y sindicales, sino a los miembros de los organismos de seguridad que se desplazaron a la zona durante la pasada gestión, una estructura que –según dijo– será “muy difícil de erradicar” sin el concurso de la fuerza pública, con todos los riesgos que supone un enfrentamiento armado, sobre todo en un momento de transición política como el actual.

Según un documento del Consejo Nacional de Lucha contra el Tráfico Ilícito de Drogas (Conaltid), revelado por Página Siete, el Gobierno se plantea definir “las zonas y extensión de cultivos dentro de los límites legales” y reformular la Ley General de la Coca en el marco de una nueva estrategia para evitar el desvío de la coca excedentaria al  narcotráfico.

No será fácil. Barbiere advirtió que, si se cambia la ley, “seguramente los cocaleros del Chapare van a ir a una guerra civil”. No necesitaba decirlo. El dirigente cocalero Leonardo Loza anticipó que ningún productor de coca permitirá cambio alguno. “Primero muertos a perder nuestros campos de coca en la zona del Chapare”, señaló.

Uno de los protagonistas de la guerra de la independencia definió  a las “republiquetas” de antaño como  “pequeñas repúblicas huerfanitas buscando una república madre que las cobijara y la sabían muy lejos”. Dependerá de éste y del futuro gobierno que la transnacional de la droga no se convierta en la “república madre” del Chapare. Menudo desafío.

Página Siete – 12 de marzo de 2020

La Higuera: el fin de los de barba y melena

Augusto Vera Riveros

Haciendo de lado toda valoración ideológica, quién no sabe algo del Che Guevara… La leyenda de su vida pública –sobre todo en Bolivia– ha llegado a oídos de gran parte de los latinoamericanos. En la década de 1970, la juventud de la clase media alta quiso emular el rostro de esa figura, dejándose crecer el cabello y la barba, aunque no tuvieran muchos pelos en la cara.

Quizá el hecho de más notoriedad de  1967 fue la promulgación de la Constitución Política del Estado; su vigencia superó los 40 años. Pocas semanas después, tres muy jóvenes periodistas de formación autodidacta encontraban la oportunidad de comenzar una carrera exitosa en ese ámbito y con una prueba de fuego: periodismo de guerra.

Y luego de 50 años, José Luis Alcázar, Juan Carlos Salazar y Humberto Vacaflor narran sus experiencias de una cobertura que, en el frente de operaciones, sin duda fue de algo más que sobresaltos, y que La guerrilla que contamos traduce con esmero pero también con picardía. En 280 páginas, la editorial Plural nos presenta lo que sus autores subtitulan como la historia íntima de una cobertura emblemática.

En un razonamiento lógico, parecería ilógico que estos tres audaces un poco más que adolescentes se hayan armado, en representación de sus casas periodísticas, de apenas una libretita de apuntes y, en algún caso, de una máquina fotográfica,  y que transcurrido medio siglo cuenten sus experiencias del levantamiento armado dirigido por Ernesto Che Guevara.

La  lectura de ese libro me hizo caer en cuenta que no resulta descabellado haberlo hecho  luego de tantos años, porque la rutilante carrera de sus autores ha servido, entre otras cosas, precisamente para comprender con genial madurez lo que aquel lejano 1967 significó para la posterior influencia del guerrillero en el pensamiento de los pueblos.

Para cubrir un conflicto de las características del que La guerrilla que contamos trata, se requiere de una formación mayor que la de cualquier otro periodista, porque además de los conocimientos básicos que todos necesitan para desarrollar no solo labor informativa, sino de corresponsalía, se debe poseer técnicas específicas que, unidas a la experiencia y la prudencia, eviten en la medida de lo posible los indudables riesgos que corren. Algunos conflictos bélicos en el mundo dieron como resultado, en proporción, más muertes de periodistas que de militares.

Las crónicas, divididas en tres partes y cada una escrita por uno de los coautores, establecen que ni Alcázar, Salazar o Vacaflor, sabían cómo funcionaba el ejército ni sus aparatos de censura para obtener información de ellos y no caer en los partes,  que no siempre son ciertos. El libro más bien evidencia que los militares, cuyo centro de operaciones era Camiri, sí conocían por la experiencia que solo la edad hace posible, el funcionamiento de los medios de comunicación y sus periodistas para encontrar la forma de evitar que éstos obtengan informaciones que resulten ventajosas para los insurgentes o que deterioren su imagen ante la opinión pública. 

Empero, una cosa es segura: a quienes fueron enviados al conflicto armado les sobró ese olfato que el periodista debe poseer para acceder a la información que las circunstancias a veces pueden negar. A pesar de ello, los corresponsales, a más de galantear a alguna moza chaqueña, nunca perdieron la compostura ni la prudencia  en un evento que, independientemente de sus convicciones progresistas muy propias de la juventud, puso en juego la seguridad del Estado. Su agudeza y la posibilidad ya no solo de transmitir los hechos, sino de llegar hasta el propio guerrillero y lograr una entrevista, no les dejó perder el norte de un trabajo que, en resumen de cuentas, sirve hoy de documento fundamental para la averiguación del mito que representa todavía hoy el argentino-cubano.

Confieso que antes de leer La guerrilla que contamos ninguna de mis lecturas sobre el tema me había permitido saber que después de un grupo de avanzada que el Che había enviado a la zona de Ñancahuazú y su propia aprobación a las características geográficas del lugar, el objetivo central era su propio país, Argentina, desde donde tenía planeado instaurar el germen de su revolución.

Ñancahuazú y sus alrededores fueron concebidos como lugar de formación y escuela de guerrilleros,  y solo una indiscreción de uno de los insurgentes  hizo que se descubriera su presencia en el sudeste boliviano, obligando a que se desataran los duros enfrentamientos.

Resulta fascinante la lectura de las tres partes que componen la obra. Cada una con un estilo propio, pero todas con un denominador común: la descripción de las limitaciones de aquellos años, que obligaban a redoblar el ingenio periodístico, disfrutando en cierta forma del oficio a pesar de exponer sus propias vidas. Los tres hacen crónicas no solo de la insurgencia guerrillera en Bolivia, sino de su propia actividad periodística. Podría decirse que el entonces “más soltero de todos” –como se autodefine en la obra el propio Vacaflor– de una ironía que ha pervivido hasta hoy  como consumado columnista, fue también el más resuelto del grupo. Eso le valió su expulsión de la zona militar y, por supuesto, de la cobertura bélica.

En sus inicios, Alcázar, Salazar y Vacaflor hicieron periodismo de guerra, el más extremo del  ya riesgoso oficio del  periodismo. La labor de este equipo  fue heroica y entre todo el caudal de información que obtuvieron –y con ella el enriquecimiento de la historia– solo un objetivo quedó trunco: el de entrevistar al mito viviente. 

Tocar las manos aún calientes del Che luego de su ejecución, en la escuelita de La Higuera, pudo ser el consuelo de uno de ellos. Quizá… pero ahí terminaron los intensos meses de despachos, tertulias y chismes en medio de colegas de todo el mundo, militares y espías, de los que el restaurante Marietta del pueblo fue su escenario. La Higuera, distante a unos 60 Km de Vallegrande, se llevaba no solo al comandante insurrecto, sino de alguna manera a todos los “jóvenes de barba y melena”, como en la página 50 de la obra se los describe, y que sobrevivieron a ese día.

Página Siete – 1 de marzo de 2020

La desesperación del abstemio

Jacqueline Carey, una escritora estadounidense de literatura fantástica, dijo alguna vez que “es cómico ver cómo la desesperación puede pronto convertirse en un viejo amigo”. Es lo que parece estar ocurriendo con Evo Morales, a juzgar por sus frecuentes y desafortunadas declaraciones en su desesperación por reconquistar el poder a cualquier precio. Pero, claro, sería cómico si no fuera por el riesgo que entrañan para la reconciliación y la democratización del país.

Evo Morales ha pasado de proponer el cerco a las ciudades para rendir por hambre a la población urbana a postular la conformación de milicias armadas y amenazar veladamente con un golpe militar. Y lo hace desde el cinismo que le caracteriza, a nombre de una supuesta restauración de la democracia y el Estado de  Derecho, que él fue el primero en violar al desconocer la voluntad popular expresada en el referéndum del 21 de febrero y las elecciones del 20 de octubre. 

En su más reciente declaración, dijo que mantiene contacto con “algunos miembros” de las Fuerzas Armadas, a los que describió como “militares patrióticos”, que “protestan contra el excomandante y el actual comandante” y que “se comunican preocupados por lo que está pasando y empiezan a cuestionar a sus comandantes”. Y lanzó la amenaza: “este contacto va a continuar, que sepa la derecha”.

No hay que esperar una autocrítica del masismo ni de su líder. Evo Morales nunca reconocerá el daño que hizo a la democracia y a la institucionalidad de Bolivia. “Pueden hacer lo que quieran conmigo, pero que no destrocen la democracia”, declaró al comentar su inhabilitación como candidato, como si el desconocimiento del referéndum y el posterior fraude electoral no hubiesen “destrozado la democracia” y provocado la crisis de octubre y noviembre pasados. 

¿Acaso no fue él quien dijo que desconocer el resultado del referéndum equivalía a dar un golpe de Estado? ¿No reconoció el fraude al ofrecer nuevas elecciones con un nuevo Tribunal  Electoral antes de renunciar y buscar asilo en México?

Evo Morales nunca creyó en la democracia como forma de gobierno, sino, únicamente, como un medio para la conquista del poder y para retenerlo, no para ponerlo en juego ante el surgimiento y  conformación de nuevas mayorías. Tan es así que ahora apuesta a la vía democrática del voto, pero, como no está seguro de lograr la victoria, esgrime la amenaza del golpe militar. Si no es por las buenas, será por las malas.

Las declaraciones del expresidente dejan en fuera de juego a su vicario, el candidato masista, quien, como su mandante, se llena la boca reclamando la “restauración del Estado de Derecho”, pero no se atreve a contradecirle en sus amenazas contra la estabilidad del país. Por el contrario, afirma que en Bolivia “no hay libertad de expresión”, como si él mismo y su jefe no estuvieran haciendo uso de esa libertad, como demuestra la amplia cobertura periodística a sus actividades y declaraciones. No marcar distancias con las proclamas subversivas de su líder  es avalarlas, también ante el electorado.

La incontinencia verbal de Evo Morales es la peor noticia para el MAS y la mejor para las fuerzas que buscan evitar su retorno al poder, no sólo porque pone en figurillas a su candidato, sino porque revela la desesperación de su líder y la poca seguridad que tiene en el éxito electoral de su binomio. 

Al decir que el Tribunal Electoral obedece “instrucciones” de la “dictadura”, además de expresar cinismo, está abriendo el paraguas para una futura impugnación al resultado si éste no le gusta.

La inhabilitación de Evo Morales ha sido una decisión apegada a la ley, al margen de intereses políticos coyunturales, que es lo que se esperaba del nuevo Tribunal Supremo Electoral. La restitución de la institucionalidad electoral es probablemente el gran logro de los cien primeros días del gobierno de transición, porque garantiza elecciones imparciales, seguras y confiables.

Desde su fuga del país, el exmandatario ha incurrido en acciones y declaraciones cada vez más contradictorias, al desmentir con cada una de ellas lo que hizo y dijo en la anterior. No es que antes haya sido coherente, pero su alejamiento del poder parece haberle conducido a la desesperación del abstemio. 

No le voy a dar la razón a Dan Brown, el autor de la famosa novela El Código Da Vinci, quien dice que “ante la desesperación, los seres humanos se vuelven animales”. ¿O sí? Quien sí la tiene es Joseph Fink, autor de un podcast muy popular en Estados Unidos, cuando sostiene que “la desesperación no crea empatía ni aclara el pensamiento”. Algo muy importante en tiempos electorales.

Página Siete – 27 de febrero de 2020