María Josefa Mujía, la alondra de la “enlutada lira”

María Josefa Mujía, la poeta ciega del “corazón enjuto, cubierto de negro luto”, la “alondra” de la “enlutada lira”, vio la luz, el color, los matices y las formas, que los ojos le negaban, a través de sus sentimientos. Descubrió, como diría José Saramago, que la ceguera cubre la apariencia del mundo, pero deja intacta la realidad, detrás de un velo negro, que ella supo descorrer con su poesía.

Hija del coronel español Miguel Mujía y de la chuquisaqueña Andrea Estrada,  quedó ciega a los catorce años, circunstancia que marcó toda su producción poética. Según sus biógrafos,  perdió la vista a causa del llanto que le provocó la muerte de su padre, por quien sentía adoración.

El historiador, biógrafo y crítico literario Gabriel René Moreno (1834-1908), su amigo y confidente epistolar,  la describe como una mujer “bella, pura, sumida en la soledad y negra noche”,  dotada de “clara y precoz inteligencia” (Estudios de literatura boliviana), en tanto que el escritor y poeta José Macedonio Urquidi (1883-1978) dice que era una persona “dulce y encantadora”, un “alma enternecida y selecta” (Bolivianas ilustres).

Pero el mayor elogio a su poesía fue formulado por el filólogo y crítico literario español Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), quien escribió que los versos de la poeta ciega “tienen más intimidad de sentimiento lírico” que todo lo que había visto hasta entonces en el Parnaso boliviano.

Nacida en Sucre el 26 de noviembre de 1812, primogénita entre seis hermanos, su infancia transcurrió en los dramáticos días de la guerra de independencia. Su nombre completo era María Josefa Catalina Mujía Estrada. Gabriel René Moreno describe la historia de su vida como “corta y sencilla”, “solitaria y retirada”, a causa de su ceguera. De acuerdo con Urquidi, era “sencilla y conmovedora”.

La muerte de su padre –relata su confidente epistolar– le produjo “el más profundo dolor, causándole el continuado llanto la pérdida absoluta de la vista”. Ricardo Mujía (1860-1938), poeta como ella y sobrino suyo, escribió que la “negra noche circundó aquel espíritu ávido de contemplaciones, sediento de ideal”, en plena adolescencia, “¡cuando despuntaba su belleza, cuando comenzaba a sonreír la esperanza y cuando ya era el apoyo de su santa madre!”.  Como diría ella refiriéndose a sí misma, “se enturbiaron sus pupilas”.

Cuentan sus biógrafos que, durante su niñez, hizo grandes y sorprendentes progresos en su educación y en el estudio de varios idiomas. La desgracia le sobrevino cuando empezaba a dedicarse a la lectura, principalmente de los grandes clásicos, y al estudio de las bellas artes. “Desde entonces principia para la joven una vida de lento martirio y de triste soledad, en que su existencia se consume poco a poco”, escribe Moreno.

La familia hizo lo imposible para mitigar su mal, pero sus esfuerzos –y los de la medicina de la época– fueron vanos. Uno de sus hermanos, Augusto, acudió en su ayuda y consuelo, convirtiéndose, a decir de Urquidi, en la persona que la guiaba “en los eternos crepúsculos y sombras de su noche oscura”, como lector y escribiente. Era él quien le leía los libros de la biblioteca paterna y el que transcribía sus versos.

Según Ricardo Mujía, jamás revisaba ni corregía los poemas que le dictaba a su hermano. “Las estrofas eran rápidamente concebidas”, y cada verso era “una improvisación más o menos animada, según el sentimiento predominante en este espíritu soñador”.

Su aislamiento y aguda sensibilidad le ayudaron a crearse un mundo interior de belleza que supo plasmar en cada uno de sus versos.  Según el poeta y crítico literario Óscar Rivera-Rodas (La poesía hispanoamericana del siglo XIX), María Josefa sustituyó “las imágenes representativas de la realidad externa –con la que ya no tiene relación sensible–, por la corriente de sentimientos y pensamientos que la llevan de una emoción a otra, por su experiencia subjetiva”.

Gabriel René Moreno tenía registradas “unas cuarenta composiciones” suyas, de las cuales sólo cuatro o cinco habían visto la luz pública. Las demás permanecían inéditas y eran conocidas únicamente en el círculo de la familia y de los amigos. Fue precisamente Augusto, quien, sin el consentimiento de su hermana, mostró el poema La ciega a un amigo suyo, quien lo convenció de publicarlo en el diario Eco de la Opinión de Sucre, en 1850.

En las ocho estrofas de La ciega, uno de sus poemas más conocidos y celebrados, la autora desgrana su desventura.

Todo es noche, noche oscura

Ya no veo la hermosura

De la luna refulgente,

Del astro resplandeciente

Sólo siento su calor,

No hay nube que el cielo dora,

Ya no hay alba, no hay aurora

De blanco y rojo color.

Ya no es bello el firmamento,

Ya no tiene lucimiento

Las estrellas en el cielo;

Todo cubre en negro velo,

Ni el día tiene esplendor,

No hay matices, no hay colores,

Ya no hay plantas, ya no hay flores,

Ni el campo tiene verdor.

(…)

Pobre ciega desgraciada,

Flor en su abril marchitada,

Qué soy yo sobre la tierra?

Arca do tristeza encierra

Su más tremendo amargor;

Y mi corazón enjuto,

Cubierto de negro luto,

Es el trono del dolor.

Al analizar los versos de La ciega, Óscar Rivera Rodas dice que si en algunos destacan  la imagen, en otros es la emoción; “mientras en aquellos la emoción es casi completamente cubierta por la imagen, en éstos desaparece la imagen y predomina la emoción”. “Los núcleos significativos –sostiene– son aquí sentimientos: noche triste, confusión, pavor, nada, lobreguez, horror. De hecho, estos términos implican imágenes. Pero lo que se subraya aquí es que la imagen se pone al servicio del sentimiento”.

Como afirma el historiador Josep M. Barnadas, los versos de María Josefa “provocaron inmediatos ecos poéticos” de sus contemporáneos, como Manuel  José Cortés, Mariano Ramallo, Manuel José Tovar y Daniel Calvo.  Según Gabriel René Moreno, “leídos y releídos en todos los círculos de la capital, produjeron más efecto del que podría esperarse”. Muy pocos conocían personalmente a su autora y todos se preguntaban “quién era este cisne misterioso que desde su lóbrego nido daba al aire tan sentidos acentos”.

Pocos días después de que se publicara La ciega en el Eco de la Opinión, Manuel José Cortés le respondió con un poema en el mismo periódico:

Privó a tus ojos de la lumbre hermosa

Del luminar del día, airado el Cielo;

De noche larga, triste y tenebrosa

Extendiéndose en tu vida el denso velo.

Pero dentro de ti, claro, sereno

El sol del genio brilla refulgente:

Su luz alumbra de portentos lleno

Un  nuevo mundo que creó tu mente.

“Y fue natural que otras liras vibrasen en triste y armonioso concierto con la de la ciega. Está con todo lo que la rodeaba, joven bella, pura, sumida en soledad y negra noche, atribulada todavía más por la pérdida de algunos seres amados, y siempre llena de humilde resignación y de vida intelectual, encerraba todo lo que tiene de bello y sublime el dolor: era un manantial de poesía y de inspiración”, escribió Moreno.

En El árbol de la esperanza, poema elogiado por Marcelino Menéndez y Pelayo, establece un paralelismo entre el destino y la desventura de un árbol marchito y seco y su propia desgracia:

Árbol de esperanza hermoso,

En copa y ramas frondoso

Y elevado yo te vi:

Ora en el suelo tendido,

Destrozado y abatido

Te miro, ¡triste de mí!
 
(…)
 
Siendo de edad aun temprana,

En tu corteza yo ufana

Catorce letras grabé;

No eran dichas ilusorias,

Ni de amores ni de glorias

Las palabras que tracé.
 
Contigo se ha derribado

Todo el bien imaginado

Que el pensamiento creó;

Cual oscilación ligera

Toda ilusión hechicera

Contigo ya se extinguió.

Según Barnadas, María Josefa, a quien atribuye “tonalidades exclusivamente personales”, suele reflejar en su obra “su atribulada condición, su aislamiento del mundo exterior, pero sin excluir una humilde resignación”. La describe como la “poetiza del dolor” y afirma que sólo excepcionalmente se encuentra en ella “tonos más radiantes”.

En su modestia y humildad, Mujía creía que sus poemas no estaban a la altura de lo que ella consideraba una verdadera obra literaria. “Mis pobres composiciones en verdad no son más que una miserable arcilla para ser mezcladas entre las bellas flores del genio y no merecen salir a la luz pública”, le respondió a Gabriel René Moreno cuando éste le pidió que le enviara sus poesías para su publicación.  “Como autora, propietaria de ellas, tengo derecho para impedir el que salgan impresas, porque no son dignas ni de ser leídas”. No sólo eso, sino que llegó a pedirle que “eche al fuego” las que tenía en su poder.

Considerada una de las primeras representantes del romanticismo en Bolivia y “fundadora” de la poesía nacional, destacó con otros intelectuales de los primeros años de la Bolivia independiente, como Nataniel Aguirre, Manuel José Cortés y Adela Zamudio, quien también le rindió homenaje con un poema del mismo nombre, La ciega. Su obra estaba dispersa en decenas de periódicos de Bolivia, América y Europa.

El investigador Gustavo Jordán Ríos rescató 684 manuscritos, todos dictados por María Josefa, incluidas, 328 poesías, una novela (A la Virgen Santísima del Rosario) y decenas de cartas personales, material que fue publicado en el libro Obras completas. Su autor considera a la poeta como “una mujer iluminada por la divinidad”, no sólo porque habiendo perdido completamente la vista a los 14 años nunca dejó de producir, sino porque sus poemas “eran dictados de una sola vez y sin que los revisara o volvieran a leérselos”. 

María Josefa se hundió en una depresión profunda tras la muerte de su hermano Augusto, en 1854, y el posterior fallecimiento de su hermana Micaela, esposa del poeta Mariano Ramallo, quien había sustituido a Augusto como guía y compañía. Falleció en Sucre el 30 de julio de 1888, aquejada de múltiples dolencias físicas, ciega y sorda.  Sus restos desaparecieron del cementerio de Sucre, donde fueron sepultados por su sobrino Ricardo. Aparentemente fueron enterrados en una fosa común.

Como dijo un periódico de la época, sus últimas poesías “tenían algo de los cantos de los cisnes moribundos”. En la última estrofa  de La ciega, escribió: “Agotada mi esperanza/ Ya ningún remedio alcanza,/ Ni una sombra de delicia/ A mi existencia acaricia;/ Mis goces son el sufrir:/ Y en medio de esa desdicha/ Sólo me queda una dicha,/ Y es la dicha de morir”.

En su poema dedicado a la fe, religiosa como era, habla de la muerte como esperanza, la dicha que ha de encontrar en “una región eterna y de ventura,/ y que será del alma resignada/ dulce morada”.  Esperanza y consuelo, porque, al fin y al cabo, como diría José Saramago: “En la muerte la ceguera es igual para todos”.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 16 de febrero de 2020

Dulces promesas de amor

“La palabra diputado sonó en mis oídos con la misma dulzura que una promesa de amor”, dice el protagonista de La candidatura de Rojas, Enrique Rojas y Castilla, cuando su tío abuelo le sugiere que se postule para el Parlamento porque ha llegado la hora de “hacer algo por el porvenir de la familia”. Al ver los afanes proselitistas de unos y otros en los últimos días, no resistí la tentación de evocar la frase que abre la maravillosa novela de Armando Chirveches (1881/1926), lectura obligada en tiempos electorales, como el actual, así sólo sea para tomar con humor la siempre malhumorada política boliviana.

Todo novelista sabe que la primera frase de su obra –el famoso íncipit (“empiezo”)– es crucial para atrapar al lector. Basta recordar los emblemáticos inicios de Pedro Páramo, Cien Años de Soledad o Conversación en la catedral, para no mencionar al más célebre de todos, el de Don Quijote. La genial frase de Chirveches no sólo cumple a cabalidad con ese objetivo, puesto que nos embarca en la historia desde el vamos, sino que sugiere con ironía la trama de la obra y pinta de una sola pincelada la política criolla, la de ayer, la de hoy y la de siempre.

¿Cuántos de nuestros políticos no habrán sido seducidos por esa dulce promesa de amor que parece ser toda candidatura, pasando por encima de lealtades, principios e ideologías?

Las grandes crisis exhiben a los políticos en su verdadera dimensión. Los desnuda. Dicho de otro modo, los políticos muestran la madera de la que están hechos en las grandes crisis. Es el momento de los renunciamientos o de las apuestas por las metas superiores. 

“Todas las situaciones críticas tienen un relámpago que nos ciega o nos ilumina”, dijo alguna vez Víctor Hugo. ¿Cuánto nos ha cegado o nos ha iluminado el relámpago de noviembre? 

A los partidos se los juzga por sus programas y sus propuestas; a los líderes políticos por su trayectoria, por su historia personal, que es el capital político y moral de un dirigente y el único aval de su coherencia política e ideológica ante el pueblo que dice o quiere representar.

A estas alturas de la vida, cuando parece estar más vigente que nunca el “fin de las ideologías”, proclamado hace 30 años por el politólogo Francis Fukuyama, resulta difícil hablar de izquierdas y derechas. Sin embargo, no dejan de llamar la atención los malabarismos ideológicos de muchos de nuestros políticos y los argumentos que esgrimen para justificar el cambio de bando.

La palabra “transfugio” no existe en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, pero tiene carta de ciudadanía en la política boliviana. ¿Qué se puede pensar de personajes que hasta hace apenas tres meses defendían públicamente al “hermano Evo” y ahora apuestan por un “héroe” del signo contrario?  ¿O de aquellos que en tres elecciones habrán vestido tres camisetas partidarias distintas? Desde luego, no son de fiar. Pero, ¿son de fiar quienes los eligieron como candidatos? 

¿Y qué hay de los políticos que hasta hace poco se mostraban afines a la socialdemocracia y hoy aparecen en las antípodas ideológicas? ¿Y qué de los sindicalistas que renuncian a la dictadura del proletariado para apoyar al caudillo populista de turno? La palabra “tránsfuga” sí figura en el diccionario. Significa “persona que pasa de una ideología o de colectividad a otra”. No quiero generalizar. Por supuesto, hay excepciones, políticos de una sola línea y una sola palabra, como diría Marcelo Quiroga Santa Cruz.

La coherencia no es el fuerte de nuestra política. Quienes gritaban “¡Patria o muerte!” fueron los primeros en optar por la patria ajena, al buscar asilo, incluso cuando nadie los perseguía porque no había gobierno. Nadie esperaba que dieran su vida, como proclamaban, pero al menos que no atizaran cobardemente la violencia desde lejos. Es cierto que no todos actuaron de la misma manera, pero quienes se quedaron para dar la cara y apostaron por la pacificación, en una actitud meritoria y valiente, fueron castigados y excluidos de las listas elaboradas por el líder fugado.

Ni coherencia ni lealtad. Tampoco la seriedad. Para “salvar a la patria” hay cientos de candidatos, pero muchos de ellos -¡más de 350!- ni siquiera han podido cumplir los requisitos mínimos para su inscripción. Y no hablo de las caricaturas, como los programas truchos, los copy paste, armados al cierre de los plazos, ni del “alquiler” de siglas ni de las denuncias sobre la “venta” de candidaturas. Hablo de llenar un formulario y reunir fotocopias.  

¡La política es así! ¡Es lo que tenemos!, dicen quienes convocan al electorado al “realismo”. Al fin y al cabo, sostienen, nadie ha jurado sobre la Biblia mantener la palabra empeñada ni portar la misma camiseta de por vida. Las coyunturas cambian. Por tanto, debemos adaptarnos a ellas. Es la “doctrina de Groucho Marx”: un principio para cada coyuntura y un principio para cada candidato.

“¡Ah, la política!”, diría Don Manuel María Menéndez, el padrino de Enrique Rojas  en la novela de Chirveches, cuando le aconseja a su ahijado no lanzarse como candidato: “¡La política! Conozco mucho a esa señora, o mejor dicho, a esa mujer pública, veleidosa como la que más, cuyos favores se pagan, lo mismo que los de las otras, con dinero. ¡La política!”. No es que sea pesimista. Es lo que hay.

Página Siete – 13 de febrero de 2020

Vieja y nueva política

A la actriz Marlene Dietrich se le atribuye haber dicho que “la mejor forma de cumplir con la palabra empeñada es no darla jamás”. La presidenta Jeanine Añez ha provocado un terremoto político al anunciar su candidatura presidencial tras haberla descartado en al menos tres oportunidades, porque, según consideraba hasta entonces, hubiese sido “deshonesto” hacerlo desde su función gubernamental. La señora Añez empeñó su palabra y después cambió de opinión.

Hay quienes dicen, para justificar la decisión presidencial, que “todos han dicho y hecho lo mismo”. Es cierto, pero solamente dos han cambiado de opinión mientras ejercían el poder, Evo Morales y la señora Añez. No es lo mismo hacerlo desde el llano que desde el Gobierno. Los primeros intentan conquistar el poder en igualdad de condiciones, en tanto que los segundos buscan mantenerlo, aferrándose a él, en situación de ventaja. La oposición juega en cancha ajena, el Gobierno como “local”. Entonces, no es lo mismo, o como diría Cantinflas, “es lo mismo, pero no es igual”.

Es ingenuo  pensar que se puede disociar la gestión de la campaña, como promete el Gobierno, por la sencilla razón de que la persona que hace una y otra cosa es la misma y no puede desdoblarse en presidenta y candidata, así cumpla sus labores en horarios de oficina y se ocupe del proselitismo en su tiempo libre. A partir de hoy, como ya se ha visto, todo lo que haga y diga la señora Añez será visto en función de su candidatura. Sus obras, buenas o malas, tendrán un inevitable impacto en la campaña, más allá de que utilice o no –y yo creo que no lo hará– los recursos materiales del Estado.

Los partidarios de la candidata también han justificado la decisión de la señora Añez en la supuesta necesidad de forjar una opción unitaria para hacer frente al binomio masista, pero, por lo que se ha visto hasta ahora, lo único que ha logrado la postulación es incrementar las ofertas electorales sin consolidar a ninguna. En lugar de unión, más división.

La Presidenta dijo en su momento que no quería “sacar rédito” de la etapa histórica que le ha tocado vivir, que no tenía ningún cálculo político y que  “sería deshonesto” o  “no sería honesto” postularse para las elecciones del 3 de mayo. Hacía bien en descartarse porque estaba asumiendo a cabalidad el compromiso histórico del Gobierno de transición de buscar la pacificación del país y la restauración de la democracia.

Unas elecciones libres, transparentes y creíbles no sólo requieren de un Tribunal Electoral independiente y confiable, como es el actual, sino también de un Gobierno neutral que las patrocine. Un Gobierno que sea neutral, pero además que lo parezca, por aquello de que “la mujer del César no sólo debe ser honrada, sino además parecerlo” (Julio César). Siendo una contendiente más, a partir de ahora, las palabras y las acciones de la señora Añez serán permanentemente puestas en duda por sus rivales, con el consiguiente impacto negativo para el proceso de transición, que es lo más grave.

Por supuesto, no es un problema legal. La señora Añez está habilitada constitucionalmente para postularse. Tampoco “democrático”, porque, en democracia, es el electorado el que dirime las controversias, avalando o rechazando candidatos y propuestas.  Pero sí es un problema ético y es alarmante escuchar voces que para justificar una candidatura minimizan la importancia de los valores y los principios. No se entiende por qué lo que ayer fue malo hoy es bueno y justificable.  

Si algo reprochamos a Morales, entre otras cosas, es el incumplimiento de la palabra empeñada, primero en su compromiso de no buscar la reelección y después en el de respetar el resultado del referendo. Recordemos que él dijo que desconocer el veredicto del 21F equivalía a dar un golpe de Estado. Y lo hizo. ¿Tiene autoridad moral para hablar de “golpe”? 

La Presidenta dijo en tres ocasiones que sería “deshonesto” postularse como candidata. Al faltar a su palabra, ¿está reconociendo que es deshonesta?  En todo caso, no deja  de ser triste que sea Eva Copa, la máxima representante institucional del MAS, la que se lo reproche: “No puedes hacer lo que siempre reprochabas”.

Como dice la española Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, “ninguna sociedad puede funcionar si sus miembros no mantienen una actitud ética, ni ningún país puede salir de la crisis si las conductas antiéticas de sus ciudadanos y políticos siguen proliferando con toda impunidad”.

Y los políticos están para dar el ejemplo. ¿De qué renovación podemos hablar si persistimos en las mismas lacras? Y no sólo me refiero al valor que debemos asignar a la palabra empeñada, sino también a la lealtad y la consecuencia. ¿No hemos atribuido la ausencia de esos valores a la “vieja política”? ¿No hemos visto cómo su falta de observancia ha provocado el desplome del viejo sistema de partidos? Una democracia que no se sustente en sólidos principios éticos no es tal. Al ver lo que estamos viendo en los “nuevos políticos”, lo único que uno puede pensar es en lo rápido que han envejecido.

Página Siete – 30 de enero de 2020

Contexto histórico del periodismo boliviano, de Ángel Tórres*

El periodista e historiador Robert Brockmann, autor del exitoso libro El general y sus presidentes y del recién editado Tan lejos del mar, dice que “en cada periodista hay un historiador en potencia”. El periodista escribe la historia del día y el historiador, en opinión de Brockmann, “sólo va un poco más atrás” para contarnos el pasado. Y así ocurre en el caso del autor de “Contexto histórico del periodismo boliviano”. Ángel Tórres aborda la historia desde su oficio de periodista, al estilo que recomienda Brockmann de tratar los hechos históricos como si fueran reportajes de actualidad (1).

Con un estilo ágil y fluido y un lenguaje conciso y directo, propios del periodismo, pero al mismo tiempo con el rigor que debe caracterizar a toda investigación histórica, Ángel Tórres nos transporta desde los albores de la Independencia hasta nuestros días a través de los medios impresos, para demostrar, una vez más, que la prensa es espejo de la sociedad, a la que interpreta y proyecta en el proceso histórico. Y así su trabajo nos permite registrar los agitados pasos de la vida nacional, desde la aparición de El Cóndor de Bolivia, el primer periódico de la época republicana, hasta La Patria de Oruro y El Diario de La Paz, los centenarios decanos de la prensa boliviana todavía vigentes.

En pequeñas crónicas, viñetas casi autónomas, que muy bien podrían leerse de manera independiente, aunque enlazadas en el tiempo histórico, Tórres nos relata la vida y muerte de periódico emblemáticos, como El Iris de La Paz, que sustentó al gobierno de Santa Cruz; La situación, un ejemplo de la “máxima abyección y el más bajo nivel” del periodismo al servicio de un dictador, en este caso Mariano Melgarejo; o La calle, el diario en que el Augusto Céspedes, Carlos Montenegro y otros intelectuales fraguaron la doctrina y la militancia del “nacionalismo revolucionario”.

En ese mismo estilo, el autor nos cuenta las enconadas lides políticas que dieron marco –casi sin excepción– a las diversas épocas del periodismo boliviano y que, en muchos casos, tenían como campo de batalla a las propias redacciones de los periódicos, sean oficialistas u opositores, con su secuela de secuestro y “empastelamiento” de ediciones, clausura de imprentas, prisión y destierro de periodistas, cuando no de fusilamientos. Y de pronto, como relata con mucho sentido del humor, uno que otro “lance de honor” entre gobernantes y editores ultra honorables o súper ofendidos, por aquello de que “nadie puede escribir como periodista lo que puede sostener como caballero”.

A diferencia de otros historiadores, Tórres ubica el desarrollo del periodismo boliviano en el marco histórico, contextualizando su evolución en el devenir político, económico y social del país. “Nuestro periodismo nace con la República” y con la “introducción tardía de la imprenta” en el Alto Perú, nos dice, en abierta discrepancia con quienes ven el origen de nuestra prensa en lo que el propio Tórres describe como simples “papeles anónimos escritos a pulso” que recogieron las protestas contra los excesos de la Corona en las postrimerías de la Colonia.

Tórres divide la historia del periodismo boliviano en cinco períodos: 1) El cívico independentista patrio, que ubica entre la fundación de la República y los primeros motines cuartelarios; 2) la etapa de la afirmación de la nacionalidad y la prensa estatista, que se desarrolla bajo la administración del Mariscal Santa Cruz; 3) el período de los caudillos militares, en el tercer cuarto del siglo XIX, que el autor caracteriza como “paternalista estatal y de prensa caudillesca”; 4) la época de la consolidación de los partidos políticos, y finalmente, 5) el período empresarial-industrial, durante el cual la prensa adquiere su actual fisonomía.

A diferencia de la monumental historia de Eduardo Ocampo Moscoso (2), a la que tiene como una de sus fuentes, el libro de Ángel Tórres es un manual didáctico, un texto de lectura fácil, útil y recomendable para estudiantes de Periodismo y Comunicación y para todos aquellos interesados en acercarse a la historia del periodismo boliviano, pues se trata, como bien dice el autor, de una “relectura” de la historia boliviana en función de la evolución de su prensa. Otra ventaja de escribir historia desde el oficio periodístico.

Conocí a Ángel Tórres hace 50 años, en las postrimerías del “doble sexenio” del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y en vísperas del golpe que daría inicio a un largo ciclo militar, cuando el autor del libro se desempeñaba como redactor político de El Diario y yo hacía mis primeras armas como reportero de Radio Fides, en una época –la década de los 60– en que el mundillo del periodismo político se concentraba en la Sala de Prensa del Palacio de Gobierno. Más tarde, en marzo de 1967, tuve la suerte de toparme con él camino a Camiri, en la que sería la más extraordinaria aventura periodística de nuestra época, la guerrilla del Che Guevara.

Ángel publicó en La Patria de Oruro un testimonio de aquella aventura (3). Se trata de una foto en la que aparecemos ambos con el uniforme de las tropas Ranger, un uniforme que tuvimos que vestir como condición para entrar al campamento de Ñancahuazú poco después de su ocupación por las tropas del Ejército. La foto es de alguna manera histórica dentro del periodismo –por eso la menciono en esta ocasión–, porque demuestra que hace cinco décadas ya hubo en Bolivia “periodistas empotrados” –como se los denomina actualmente– en las filas de un ejército en guerra. La presencia de reporteros uniformados dentro de las tropas estadounidenses que invadieron Irak en marzo de 2003 desató una gran polémica a nivel mundial y abrió un debate todavía no resuelto sobre la condición de vestir uniforme que imponen los ejércitos a los informadores para aceptarlos en las misiones de guerra. Las organizaciones de periodistas rechazan esta imposición por razones éticas y reclaman su derecho a acoplarse a las tropas vestidos de civil.

Este y otros temas vinculados a la cobertura periodística de los conflictos armados ya eran tema de discusión de los periodistas bolivianos en aquella época. Pero no eran los únicos. Recuerdo que ya entonces, en las largas y tediosas noche del pequeño Hotel Berlín de Camiri, donde teníamos nuestro centro de operaciones, Ángel Tórres gustaba de explayarse sobre la historia de Bolivia y veía la guerrilla del Che como un nuevo eslabón de la trágica historia nacional.

La afición de Tórres a la historia no es nueva. Nace, precisamente, de su vocación de periodista, del afán de investigación que mueve a todo reportero y que se cristaliza ahora en este nuevo libro.

Notas

(1) Robert Brockmann: Somos y seremos gente de tierra adentro. Nueva Crónica (1era. Quincena de mayo 2012).

(2) Eduardo Ocampo Moscoso. Historia del periodismo boliviano. Librería Editorial Juventud (1978).

(3)  “Gato Salazar”, de la guerrilla del “Che” a la insurgencia zapatista. La Patria de Oruro (2 de octubre de 2011).

*Reseña del libro Contexto histórico del periodismo boliviano. Journal de Comunicación Social – No. 4 – Mayo de 2017.