Francisco, una lección de buen periodismo*

El mensaje del Papa Francisco con motivo de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales constituye, en sí mismo, una lección de periodismo, una cátedra magistral del buen periodismo y la comunicación social.

Francisco apela a las palabras de Juan, “Ven y lo verás”, para decirnos a periodistas y comunicadores: “Ir y ver”, como “el mejor método de comunicación humana auténtica”, ir y ver, que es la primera lección que todo periodista debe aprender para poder relatar, en palabras del Papa, “la vida que se hace historia”.

Al escuchar su mensaje no podemos menos que recordar a los viejos maestros, quienes nos enseñaban el abecedario de este hermoso oficio, que es el de “ponerse en marcha, ir a ver, estar con las personas y escucharlas”, para contar la realidad, no solo para entenderla y adaptarnos a ella, sino también para modificarla.

Cuentan que el joven Mark Twain, cuando quiso ganarse la vida como periodista, se acercó al director del diario de su pueblo y le preguntó:“¿En qué consiste ser periodista?”. El veterano editor le respondió: “Salga a la calle, mire lo que pasa y cuéntelo con el menor número de palabras”.

Mark Twain, quien había fracasado en todos los oficios en los que había incursionado, así lo hizo, salió, vio y contó lo que vio, y se convirtió no solo en periodista, sino en el gran escritor que todos conocemos.

Francisco nos habla con la misma autoridad del editor experimentado. Para poder relatar la vida que se hace historia, nos dice, es necesario salir y ponerse en marcha, ir a ver lo que pasa en nuestra comunidad, en nuestro país, en el mundo, hablar con las personas, escucharlas y recoger sus opiniones sobre la realidad que nos circunda.

Hay que “desgastar las suelas de los zapatos”, nos dice, al instarnos a aplicar el “método todo más sencillo” para conocer una realidad, que es el de salir al encuentro de la gente para verificar de la manera más honesta lo que acontece en el mundo, para darle oportunidad a la sociedad de tomar la palabra y ofrecer su testimonio.

Pero Francisco no solo nos habla como lo haría el jefe de redacción de cualquier medio, sino, y sobre todo, nos habla como pastor.

En ocasiones como estas es bueno evocar a los cuatro evangelistas, a Mateo, Marcos, Lucas y Juan, considerados por los católicos como los primeros periodistas del cristianismo. Desde el punto vista periodístico formal, ¿no es cada Evangelio una crónica perfecta?

El Evangelio de la multiplicación de los panes y los peces, con 191 palabras, y el de la bodas de Caná, con 224, por ejemplo, son grandes reportajes. Si hubiese habido un periódico en la Galilea de entonces, seguramente hubiesen ocupado la portada del medio. Podríamos citar todos y cada uno de los evangelios, textos que reúnen las características propias del género estrella del periodismo: información, testimonios, descripciones e imágenes, que permiten a los autores del Nuevo Testamento recuperar y recrear la atmósfera, el ambiente y las emociones que rodearon a los principales hechos de la vida de Jesús.

Los evangelistas no solo recogieron la Buena Nueva, sino que la difundieron. Y precisamente en eso radica la misión del periodista y el comunicador. No limitarse a buscar la verdad, sino también a difundirla. No basta conocerla, estar bien informado, sino darla a conocer, dar testimonio de lo que vemos, porque, como nos enseñó Luis Espinal, el periodista mártir, “callar es lo mismo que mentir”.

Francisco nos habla como comunicador y como pastor. “Vengan y verán”, nos dice, como dijo Cristo a sus primeros discípulos, y nos invita a “ir y ver”, a caminar hasta encontrar la verdad para difundirla.

Nos advierte contra el riesgo de limitarnos a producir “periódicos fotocopia”, a elaborar noticieros “sustancialmente iguales”, sin salir a la calle, y nos alerta del peligro de la información construida en las redacciones frente al computador y desde las redes sociales.

Nos invita, pues, como el mejor redactor jefe, a recuperar el género de la investigación y el reportaje en beneficio del periodismo de calidad, de un periodismo que interpela la realidad, que busca la verdad de las cosas y se concentra en la vida concreta de las personas.

El periodismo, como relato de la realidad, nos dice, requiere de la capacidad de ir allá donde nadie va, de un movimiento y de un deseo de ver. Precisa de la curiosidad, la apertura y la pasión del periodista. Sus palabras me recordaron a un viejo jefe de redacción que decía a sus colegas: “la noticia está donde nadie la ve”. Como la noticia, muchas veces la verdad está donde no se ve.

El Papa Francisco habla como pastor y como profeta.

Nos advierte sobre los nuevos males del siglo XXI. Las redes sociales, nos dice, pueden multiplicar nuestra capacidad de contar y de compartir; la tecnología nos da la posibilidad de ofrecer una información de primera mano, útil y oportuna, pero al mismo tiempo nos sitúan ante el evidente riesgo de una comunicación carente de controles, manipulable y manipuladora.

Son instrumentos formidables, nos dice, que nos exigen responsabilidad como usuarios y como consumidores.

Los periodistas hemos abandonado en muchos casos el principio básico de la verificación de datos, el fact checking, víctimas, como somos, de la “dictadura del clic”. La verificación, es bueno recordarlo, es la primera herramienta para combatir ese mal del siglo XXI que son las fake news.

“Ir y ver”, nos repite Francisco, instándonos a volver al rigor como esencia de la práctica periodística, a primar los hechos, a apostar por la investigación, teniendo en cuenta que la investigación está en la base misma del buen periodismo.

La paradoja de nuestro tiempo es que estamos viviendo en un mundo hiperconectado y con un acceso sin precedentes a la información de todo tipo, pero, por eso mismo, estamos más expuestos que nunca a la manipulación y al engaño.

Pero el problema, como nos dice el Papa, no son las redes sociales ni la tecnología, que son los instrumentos que tiene la gente para interactuar en el seno de la sociedad, sino nosotros mismos como agentes y sujetos de esa interacción.

Por eso mismo, hoy más que nunca es importante formar ciudadanos con espíritu crítico, informados y conscientes de lo que reciben y leen a través de las redes, capaces de hacer por sí mismos lo que hoy hacen los verificadores: chequear y verificar la información, antes de compartirla. Y a esto nos invita el Papa Francisco, a “ir y ver” lo que ocurre en nuestro entorno y en el mundo, para que seamos los agentes de la verdad y los anticuerpos del engaño, la desinformación y la manipulación.

*Texto leído en el acto académico de la Universidad Católica Boliviana San Pablo con ocasión de la LV Jornada de las Comunicaciones Sociales. ANF – 16 de mayo de 2021.

El Desencanto, bitácora de una desilusión*

La desilusión supone la existencia previa de una ilusión. No puede haber desencanto si no hubo encanto. El diccionario de Oxford define el desencanto como la “pérdida de la esperanza o la ilusión, especialmente la de conseguir una cosa que se desea o al saber que algo o alguien no es como se creía”.

Y de eso trata el libro de Hugo José Suárez, del desencanto, la decepción que siente y expresa su autor al ver y comprobar que ese algo que lo había ilusionado no es o ha dejado de ser lo que él creía. Pero no solo de eso.

El desencanto es la bitácora valiente y dolorosa de una desilusión, un ajuste de cuentas con una fascinación, pero al mismo tiempo es la cronología de la descomposición de un proceso político, el relato descarnado, como dice el autor, del derrumbe de un castillo de naipes, de un “castillo de cartas que se viene abajo”. Y, ante todo, es un testimonio de gran honestidad intelectual, valiente y conmovedor.

La portada del libro es en sí misma una hermosa metáfora de su contenido. Nos muestra una pequeña choza de adobe delante de la monumental Casa Grande del Pueblo; es decir, una gráfica que muy bien podría representar el contraste entre la magnitud de un sueño y el verdadero tamaño de la dura realidad.

Hugo José Suárez nos lleva de la mano por las tripas del llamado “proceso de cambio”, al que describe como “el proyecto más lúcido y a la vez contradictorio de la historia contemporánea de Bolivia”; lo hace desde el ascenso de Evo Morales, en 2006, hasta su caída, en 2019, pasando por la consolidación de su poder, lapso en el cual pasa del “enamoramiento inicial” a la sorpresa del descalabro.

“Descubrí –nos dice– otros rostros de la política real, rostros que ese momento no había querido ni podido ver”, una observación que termina, inexorablemente, en la frustración.

Nos habla de los “frutos fabulosos y horrendos al mismo tiempo” que dejó ese proceso, sus luces y sombras, como resultado de las “pasiones” que despertó y la “mezquindad” que carcomió sus bases, para citar sus propias palabras.

Y nos relata cómo empezó a perder la ilusión desde el momento en que puso su pluma, su capital simbólico, como define a su inicial actitud militante, al servicio de un proyecto colectivo del que se sentía copartícipe.

Hay un párrafo que refleja muy bien el ánimo y la ilusión con que el autor percibió la apertura de ese proceso: “Lloré al verlo en el parlamento, mientras le ponían la banda presidencial”, dice al recordar al asunción de Evo Morales el 22 de enero de 2006. “Sentía –prosigue– que se materializaba uno de nuestros sueños. Se hacía realidad aquello por lo que habíamos luchado tantos años…. Lloré con él –agrega–, y lo aposté todo, me entregué sin reparos al proyecto”.

El autor escribe, como nos advierte, “desde una posición de izquierda crítica y ecuménica”, desde una “izquierda adolorida”, desde el dolor que puede provocar la frustración del ideal traicionado. 

Al enumerar los valores y principios que inspiran su crítica y autocritica, Suárez enumera, tal vez sin proponérselo, los valores y principios incumplidos, los que provocaron el derrumbe y el propio desencanto, la causa y el efecto.   

El autor nos dice que no obedece a jefes, que no promueve monopolios de la verdad, que habla con voz propia, una palabra apasionada por la diversidad, por la irreverencia, por la autonomía, que habla en nombre de una izquierda que no se cuadra  frente a las estatuas, ni dogmas, ni doctos; que no se inclina ante los lineamientos intelectuales o políticos de un comité central o de los “líderes históricos”.

¿No son precisamente esos los grandes errores y defectos que nos tocó ver durante la descomposición del llamado “proceso de cambio”? Una pluralidad y una diversidad sustituidas por la verdad única y aplastadas por el afán hegemónico de un régimen; un partido y unas organizaciones sociales cuadradas frente a una estatua, que hicieron programa y praxis del culto a la personalidad, y un régimen, en fin, que hizo dogma no digo ya de  la palabra sino incluso de los deseos del caudillo.

Por eso El desencanto no solo es la bitácora valiente y dolorosa de una desilusión, sino también la cronología de la descomposición de un proceso político; el desengaño de un intelectual militante, pero también la descripción del derrumbe de un proceso que se proponía cambiar al país, pero cuyas propuestas, como la del “buen vivir”, terminaron en el archivo de los discursos de retórica hueca.

El autor nos ofrece una colección de columnas periodísticas sobre los momentos claves y decisivos de la gestión masista, escritas al calor de la política coyuntural, y puñado de ensayos político-sociológicos, en los que analiza esos mismos momentos a la luz del contexto y la perspectiva de sus posibles desenlaces.

Escribe, pues, con la urgencia militante, en el primer caso, y con  la pluma sosegada, en el segundo, pero, siempre, con la limpieza y elegancia del buen escritor y la agudeza analítica del buen observador.

Pero no solo eso. Al comentar los sucesos de los días que siguieron al fraude y a la huida de Evo Morales a México, Suárez recoge los post y mensajes que difundió en las redes sociales, textos que reflejan muy bien la urgencia de las horas dramáticas que vivía el país.

“El MAS abrió las puertas del infierno. Dio el salto al abismo con el país en los brazos”, escribe en su muro. Y más adelante se lamenta: “Evo pudo haber organizado una transición  democrática, ordenada. Prefirió sembrar el caos”. Días después apunta: “En Bolivia no hay golpe de Estado. Hay un pueblo que defendió su voto”. Y así sucesivamente, día tras días.

Los textos que escribió en su muro no solo nos acercan de nueva cuenta a los días dramáticos que sacudieron al país en octubre y noviembre de 2019, sino que nos muestran de manera dramática cuán cerca estuvo Bolivia del enfrentamiento fratricida. Hugo José titula una de sus columnas: “Evo en el precipicio”. Yo creo que no era Evo el que estaba caminando al borde del abismo, sino Bolivia entera.

El autor escribe desde la lejanía, desde París y México, pero esa distancia, lejos de desmerecer o devaluar su testimonio, le permite observar y analizar el desarrollo de los acontecimientos tal vez con mayor serenidad que la que mostramos quienes los vivimos de cerca, en carne propia. Desde sus miradores, observa el acontecer nacional, no da crédito a lo que ve y expresa su indignación.

Alguien dijo alguna vez que “una decepción es un martillo que te golpea, que te romperá si eres de cristal, pero que te forjará si eres de hierro”. Y así toma el autor su desencanto. Vive “el duelo por la muerte de un gran proyecto”, como él mismo dice, pero al mismo tiempo, ve renacer entre sus cenizas la esperanza de tiempos mejores, a partir, como nos insta, de una lectura renovada de la dramática experiencia boliviana.

“Esta es la historia de una apuesta, quizá no equivocada, acaso ingenua”, nos dice sobre su libro. Y agrega: “Es una pequeña muestra de cómo pueden cambiar las personas y los proyectos, cómo la política tiene múltiples rostros y el poder puede desvirtuar las mejores intenciones”. Y señala: “Queda este testimonio de un desengaño. Ojalá que al menos estas letras sirvan para aprender una lección”.

Jean Paul Sartre solía decir que “como todos los soñadores”, él “confundía el desencanto con la verdad”. Hugo José Suárez en un soñador, pero qué bueno que haya soñadores, porque son los sueños los que mueven la historia. Lo que vivió Hugo José Suárez, como muchos bolivianos, no fue un desencanto, sino el descubrimiento de una verdad. En todo caso, y es bueno recordarlo, las

desilusiones siempre dan paso a cosas mejores.

*Texto leído en la presentación del libro El Desencanto. Página Siete – 16 de mayo de 2021.

El annus horribilis

La famosa revista estadounidense Time dedicó la portada de una reciente edición al 2020, año al que cataloga como el peor de los últimos tiempos a causa del coronavirus y otros males. La tapa muestra un 2020 tachado con una X en rojo. Un año para olvidar, sin lugar a dudas. Yo no llegué a tanto, pero, después de vivir lo que vivimos, apelé en una de mis columnas al título de una película, El año que vivimos peligrosamente (Peter Weir, 1982), para sintetizar las dramáticas circunstancias que marcaron la historia nacional en ese periodo.

“2020 nos puso a prueba como ningún otro”, afirmó Time al tiempo de señalar que la mayoría de los estadounidenses no han visto nada peor de lo que vieron el 2020, puesto que deberían tener más de 100 años para recordar la devastación de la Primera Guerra Mundial y la pandemia de gripe de 1918, 90 para haber vivido la Gran Depresión y 80 la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos vivió un annus horribilis también a causa de la incertidumbre provocada por un Presidente que se negaba a aceptar la alternancia ordenada por el soberano.

El nuestro no fue mejor. No sólo fuimos víctimas del coronavirus, como el resto del mundo, sino que sufrimos otras “pandemias”, no menores, que se fueron concatenando una tras otra sin darnos tiempo para tomar aire, en esa suerte de maldición bíblica que se suele abatir sobre nuestro país de tanto en tanto.

Perdimos cientos de miles de hectáreas de bosques en la Amazonia, sufrimos un intento de fraude electoral, sobrevivimos un cerco a las ciudades, fuimos víctimas de un bloqueo de carreteras, con atentados criminales a la salud pública, y aguantamos la pandemia “a pecho descubierto” debido a la falta de recursos humanos y materiales.

Pero no sólo eso. Fuimos testigos de la caída y recuperación electoral de un régimen autoritario, en una “voltereta” histórica sin precedentes que será vista y juzgada de forma positiva o negativa, según el cristal político con el que se la mire. El hecho objetivo es, sin embargo, que el movimiento ciudadano impidió una reelección ilegal e ilegítima, una movilización que logró que el No del 21F fuera un  no definitivo.

¿A dónde vamos después de este año horrible?, reflexionaba Time. ¿Puede haber algo peor que el 2020? La humanidad aguarda esperanzada la vacuna anti-Covid, pero, ¿hay vacunas para los males asociados a la pandemia? La agenda del 2021 no augura un mejor año debido, precisamente,  a esa “maldita conjunción astral”, como la llamó algún columnista, que ha puesto en línea a la crisis sanitaria con la crisis política, la institucional y la del modelo económico.

Como dice el filósofo coreano Byung-Chul Han, la pospandemia no augura nada bueno porque el Covid-19 ha puesto de relieve los problemas sociales, los fallos y las desigualdades de cada sociedad, y porque ha demostrado que la vulnerabilidad y la mortalidad humana no son democráticas. La pandemia se ha revelado no sólo como un problema médico, sino social.

El coronavirus nos ha traído el miedo a la muerte, pero también el miedo a las secuelas de la pandemia, a sus efectos económicos, traducidos en recesión, desempleo y revueltas sociales. Y ahora  mismo, el miedo al rebrote. 

No tenemos que dirigir nuestra mirada fuera de Bolivia para advertir los peligros que entraña el futuro. Con una sociedad polarizada, partida en dos mitades aparentemente irreconciliables, unas elecciones regionales poco esperanzadoras y la amenaza de un rebrote del coronavirus, el  año que despedimos podría dejar de ser un mal recuerdo para convertirse simple y llanamente en el prólogo de males peores. 

Ciertamente, no es una mirada optimista. Tampoco lo es la de Byung-Chul Han, uno de los pensadores más innovadores en la crítica de la sociedad actual, quien dice que “el virus es un espejo” de la sociedad en que vivimos, una “sociedad de supervivencia”, basada en el miedo a la muerte, donde “sobrevivir se convertirá en algo absoluto, como si estuviéramos en un estado de guerra permanente”; una sociedad, en fin, que pone en riesgo a la democracia misma, porque el miedo también alimenta a los autócratas.

Por supuesto, no deseo otra cosa que un buen año para Bolivia y los bolivianos, un 2021 que traiga más ventura que desventura. Aferrémonos  a la creencia de que el hombre siempre pondrá la dignidad y la solidaridad por encima de todas las cosas, porque, como dijo Albert Camus en su novela La peste, “hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.

Con esta columna pongo fin a un ciclo, un ciclo que se inició en junio de 2019, cuando no imaginábamos los peligros del annus horribilis que se avecinaba. Mis colegas mexicanos dicen con mucho sentido del humor que los abogados encarcelan sus errores, los médicos los sepultan y los periodistas los publicamos. Yo publiqué los míos y pido disculpas por ello, sobre todo si con ellos induje al error a mis amables lectores. Agradezco infinitamente a Página Siete por el espacio que concedió a mis “páginas sueltas”.

Página Siete – 17 de diciembre de 2020

Violeta Parra, la gratitud a una vida ingrata

Nadie agradeció tanto a la vida ni hubo una vida más ingrata que la suya. Le agradecía por haberle dado dos luceros que le permitían distinguir entre multitudes al hombre que amaba, pero clamaba contra el corazón ciego, sordo y mudo que le causaba tormento; le daba gracias por permitirle distinguir lo bueno de lo malo y la dicha del quebranto, pero maldecía al alto cielo y se preguntaba qué había sacado con querer al hombre amado. Violeta Parra terminó poniendo fin a sus días en la Carpa de la Reina después de haberle cantado a la vida.

Llegó a La Paz una tarde de mayo de 1966 en busca del amor perdido. “¿Aquí vive Gilbert Favre?”, le preguntó a Pepe Ballón tras deambular durante horas por la plaza San Francisco y el mercado de las brujas de las calles adyacentes. “¿Quién lo busca?”, le replicó el creador de la Galería y Peña Naira sin responder a su pregunta. “Una amiga, Violeta Parra”, respondió. Pepe la recordaba flaca, feucha y greñuda, “nada que ver con la imagen idealizada” que le había pintado el “Gringo bandolero”, como era conocido el quenista suizo, en las noches de bohemia.

Famosa en Chile como cantante, compositora y divulgadora de la música popular, Violeta Parra era por entonces desconocida en Bolivia. Favre, en cambio, era un artista reconocido en los medios culturales paceños. Había llegado un año antes huyendo de Chile, cansado del carácter dominante y posesivo de Violeta. “Tenía su genio”, recordaba Ballón.

“Ya me voy, ya me voy para Bolivia…”, cantó al salir de Chile rumbo a La Paz. Favre la acogió en el cuartito que le había cedido Ballón en el patio trasero de la peña, una estancia de dos por cuatro que apenas daba cabida a un camastro, una mesita de noche y una silla. Durante meses fue su “nidito de amor y desamor”, hasta que sobrevino la ruptura definitiva.

Comunista, atea y anticlerical de hueso colorado, “¿qué haces con tantos curas?” me espetó cuando Pepe Ballón me presentó como un “joven reportero de Fides y amigo de la casa”, días después de su debut. Lucía un faldón gris lleno de lamparones y una chompa de alpaca prestada por el Gringo. A diferencia de su amante, un personaje extrovertido, amiguero y parlanchín, la cantautora era reservada, huraña, casi hosca, aunque entrada en confianza se mostraba cálida y amistosa.

Fue presentada una noche de viernes como “la extraordinaria folklorista chilena” que era. Cantó en el cierre del programa, un show que incluía al trío de Favre, integrado por el guitarrista tupiceño Alfredo Domínguez y el charanguista Ernesto Cavour, y a Los Jairas, el conjunto de Favre, Cavour, Julio Godoy y Yayo Jofré.

Poco agraciada, desaliñada en el vestir y con las greñas que se empeñaban en cubrirle el rostro, la cantante chilena se desplazaba silenciosa por el patio de Naira y por el mismo escenario. Cuando actuaba, iba directamente el grano, sin mediar palabra, con el rasguido de su guitarra como única introducción. No tenía una voz extraordinaria, ni mucho menos. Sus canciones sonaban un tanto monótonas, pese a la fuerza de su poesía.

Gladys Cortéz, esposa de Alfredo Domínguez, recordaba el consejo que le dio a su compañero cuando el guitarrista le dijo en su timidez que no era cantor ni tenía voz para el canto. “Pero, ¡qué te importa! Lo que tienes es una voz, cantas como tú eres; yo tampoco soy cantora, pero quiero decir lo que yo escribo…”, le replicó. Su consejo fue decisivo para que Alfredo se decidiera a interpretar sus propias canciones.

A excepción de Gracias a la vida –un verdadero himno a la vida–, su poesía estaba teñida por el dolor y la angustia del desamor:  “Maldigo la primavera/ Con sus jardines en flor/ Y del otoño el color/ Yo lo maldigo de veras/ A la nube pasajera/ La maldigo tanto y tanto/ Porque me asiste un quebranto/ Maldigo el invierno entero/ Con el verano embustero/ Maldigo profano y santo/ Cuánto será mi dolor”, cantaba en una de ella, Maldigo al alto cielo. O también: “Qué pena siente el alma/ cuando la suerte impía/ se opone a los deseos/ que anhela el corazón/ Qué amargas son las horas/ de la existencia mía/ sin olvidar tus ojos/sin escuchar tu voz”, en Qué pena siente el alma

La desesperanza y la depresión en la que le había sumido el amor perdido parecían reflejarse en el desgarrador lamento de Qué he sacado con quererte

¿Qué he sacado con la luna
que los dos miramos juntos?
¿Qué he sacado con los nombres
estampados en el muro?
Como cambia el calendario,
cambia todo en este mundo.
¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!
¿Qué he sacado con el lirio
que plantamos en el patio?
No era uno el que plantaba;
eran dos enamorados.
Hortelano, tu plantío
con el tiempo no ha cambiado.
¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!
¿Qué he sacado con la sombra
del aromo por testigo,
y los cuatro pies marcados
en la orilla del camino?
¿Qué he sacado con quererte,
clavelito florecido?
¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!
Aquí está la misma luna,
y en el patio el blanco lirio,
los dos nombres en el muro,
y tu rastro en el camino.
Pero tú, palomo ingrato,
ya no arrullas en mi nido.
¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!

Hija de un maestro de escuela y músico, Nicanor Parra Alarcón, y de una modista y tejedora campesina, Rosa Clarisa Sandoval, nació en San Fabián de Alico, en la Región de Ñuble, el 4 de octubre de 1917. Era la tercera de nueve hermanos, quienes desde niños se inclinaron por el arte. Violeta formó dúos con sus hermanos Hilda, Eduardo y Roberto, en tanto que el primogénito, Nicanor, se consagró como el creador de “antipoesía” y fue galardonado en 2011 con el Premio Cervantes de Literatura.

Sus biógrafos dicen que empezó a tocar la guitarra a los nueve años y que compuso sus primeras canciones a los 12. Transcurrió su infancia en el campo. Llegó a estudiar un año de la escuela normal, pero debió abandonar los estudios para ayudar a la manutención de la familia tras la muerte de su padre. Para sobrevivir, actuaba con sus hermanos en plazas, restaurantes, bares y circos. A sus 15 años se fue a vivir a Santiago, invitada por su hermano Nicanor.

Comenzó su carrera a los 20 como intérprete de boleros y rancheras en un restaurante de Santiago, donde conoció al obrero ferroviario Luis Cereceda Arenas, con quien se casó en 1938 y tuvo dos hijos, Isabel y Ángel, quienes siguieron sus pasos en el mundo del espectáculo y llegaron a convertirse en destacados músicos. Se dice que fue Cereceda quien la inició en la actividad política como militante del Partido Comunista. 

Casada en segundas nupcias con Luis Arce Leytón, un tenor de ópera, tuvo dos hijas, Carmen Luisa y Rosa Clara, fallecida dos años después. Para entonces había grabado en dúo con Hilda –Las hermanas Parra– sus primeros discos, dedicados al folklore. Vinculada por su hermano Nicanor a los círculos culturales santiaguinos, conoció a Pablo Neruda y otros poetas. Fue también Nicanor quien la animó a investigar y recuperar la música tradicional chilena, labor que  quedó plasmada en el libro Cantos folklóricos chilenos y en sus primeros discos como solista.

En 1954 ganó el Premio Caupolicán a la Folklorista del Año, lo que le valió para presentarse en un festival de Varsovia, Polonia, viaje que aprovechó para conocer la Unión Soviética y recorrer parte de Europa.  Estando en París, grabó el disco Guitare et chant: chants et danses di Chili (1956), una recopilación del folklore chileno, que le dio una gran popularidad. A su retorno a Chile, editó varios discos, como Canto y guitarra (1957) y Acompañada de guitarra (1958). 

Para entonces ya era conocida como una cantante preocupada por los problemas sociales y había incursionado en otros campos del arte, como la cerámica y la pintura al óleo y en arpillera, que más tarde llevaría a Europa. Antes de viajar a Argentina, donde se instaló por una temporada, publicó el álbum Toda Violeta Parra (1961), el primero que se conoció en Bolivia.

En su diario inédito Memorias de un gringo, un manuscrito citado por la historiadora del arte Erica Deuber Ziegler en la revista Fuentes de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa, Favre cuenta cómo conoció a Violeta. Fue en 1960, cuando acompañó al antropólogo y arqueólogo suizo Jean-Christian Spahni al desierto de Atacama para realizar un estudio de las poblaciones indígenas de los Andes.

Mientras Spahni se ocupaba de los preparativos para la expedición en Santiago, Favre se puso a buscar material para un posible reportaje sobre el folklore chileno. De esa manera llegó al departamento de Folklore de la Universidad y de allí lo llevaron a casa de Violeta Parra, donde –según Deuber Ziegler– “pasó la noche y salió, al día siguiente, por la ventana”. Después de tres meses de estar trabajando con Spahni, se aburrió y partió a pie por el desierto, donde casi se pierde, rumbo a Santiago en busca de Violeta. Volvió a la Universidad y encontró a su hijo Ángel, quien lo llevó a la casa de los Parra el 4 de octubre, día del cumpleaños de la cantante.

Favre se convirtió en el amor de su vida. Violeta le dedicó algunas de sus canciones más célebres, entre ellas la inolvidable Gracias a la vida. Existen muchas versiones sobre el momento en que la compuso. Según relata Favre en Memorias de un gringo, fue en el cuartito de Naira donde le puso la letra y la música.

Según Leni Ballón, hija de Pepe, aparentemente ya había escrito una primera versión en Chile, pero “si no la compuso en Naira en su totalidad, sí le dio los últimos retoques y la estrenó en La Paz”, feliz como estaba de su recuentro y aparente reconciliación con el suizo. De hecho, parece aludir al “hogar” de la pareja en Naira cuando menciona en la canción “la casa tuya, tu calle y tu patio”.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
me dio dos luceros, que cuando los abro
perfecto distingo lo negro del blanco
y en el alto cielo su fondo estrellado
y en las multitudes el hombre que yo amo.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
me ha dado el oído que en todo su ancho
graba noche y día, grillos y canarios
martillos, turbinas, ladridos, chubascos
y la voz tan tierna de mi bien amado.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
me ha dado el sonido y el abecedario
con el las palabras que pienso y declaro
madre, amigo, hermano, y luz alumbrando
la ruta del alma del que estoy amando.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
me ha dado la marcha de mis pies cansados
con ellos anduve ciudades y charcos
playas y desiertos, montanas y llanos
y la casa tuya, tu calle y tu patio.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
me dio el corazón que agita su marco
cuando miro el fruto del cerebro humano
cuando miro al bueno tan lejos del malo
cuando miro al fondo de tus ojos claros.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
me ha dado la risa y me ha dado el llanto
así yo distingo dicha de quebranto
los dos materiales que forman mi canto
y el canto de ustedes que es mi mismo canto
y el canto de todos que es mi propio canto
Gracias a la vida que me ha dado tanto.

“En su relato autobiográfico, Gilbert narra cómo en febrero de 1965, en Santiago, después de una tentativa de suicidio de Violeta con barbitúricos, escapó del dominio autoritario de su enamorada, tomó su grabadora Revox, la cámara fotográfica que ella le había regalado, su quena y su clarinete, se presentó en la embajada de Perú para obtener una visa, fue mal recibido, luego pasó a la embajada de Bolivia donde enseguida le hicieron sus papeles. Para pagar su pasaje en el tren Arica-La Paz, vendió su clarinete a un comerciante de instrumentos de música”, dice Deuber Ziegler.

Violeta lloró la partida y dejó constancia de su dolor en Run run se fue pa’l norte, una canción cargada de nostalgia y desesperanza  (“En un carro de olvido/ antes del aclarar/ de una estación del tiempo/ decidido a rodar/ Run Run se fue pa’l norte/ no sé cuándo vendrá/ Vendrá para el cumpleaños/ de nuestra soledad”).

Favre no quiso regresar a Chile, enamorado como estaba, no de Violeta, sino de Bolivia y la música boliviana. Como escribió Deuber Ziegler, sentía admiración por una ciudad como La Paz, a la que veía “mágica, maravillosa”, por la gentileza de su gente y por la “increíble riqueza y diversidad” de su  música popular.

Tras su estancia en La Paz, interrumpida en una ocasión por un breve viaje a Santiago, la artista retornó definitivamente a Chile a fines de 1966 y se suicidó el 5 de febrero de 1967. Se dice que lo hizo con una pistola que compró en La Paz.  

Leni Ballón la recuerda como “una mujer maravillosa, talentosa,  virtuosa y de gran sensibilidad”, perdidamente enamorada de Favre, a quien cansó con su acoso permanente. Tras su llegada a La Paz, en mayo de 1966, cantó en varias oportunidades en la peña y presentó una exposición de dibujos. “Los dibujos emotivos trasuntan en su autora un espíritu que capta y expresa escenas y personajes que adquieren vida en sus rastros (…) Son obras que demuestran gran sensibilidad, no en vano Violeta tiene alma de artista”, escribió El Diario.

Después de un mes, retornó a Santiago, llevándose a Los Jairas y a Los Choclos, un conjunto de zampoñeros integrado por  lustrabotas de la Plaza Murillo para que actuaran en su peña, La Carpa de la Reina. Volvió a La Paz por otra corta temporada. Fue cuando estrenó Gracias a la vida.

  Lení la vio por última vez en Santiago, en septiembre de 1966, cinco meses antes de su suicidio. La invitó a La Carpa de la Reina. “Me ofreció todo un concierto de charango, acompañada en el bombo por el músico uruguayo Alberto Zapicán, con un charango que se había llevado de Bolivia”. 

Joaquín Sabina, quien se proclamaba “embajador violetero”, la consideraba “un magisterio, una tremenda inspiración”, no sólo por su sentido de lo popular, sino también por la poesía que escribía. Le compuso Violetas para Violeta, canción que estrenó en Santiago: Maldigo del alto cielo/ que nos expropió su canto,/ sus décimas, su pañuelo,/ su quinchamalí, su llanto,/ viola de chicha y pomelo,/ cacerolas del espanto.

Nadie supo definir el amor mejor que ella. “El amor es torbellino/ de pureza original/ hasta el feroz animal/ susurra su dulce trino/ Detiene a los peregrinos/ libera a los prisioneros/ el amor con sus esmeros/ al viejo lo vuelve niño/ y al malo solo el cariño/ lo vuelve puro y sincero”, cantó en Volver a los 17. 

Violeta fue muriendo poco a poco, a medida que perdía el amor, cercada por la soledad, desolada. “Que la vida es mentira/ que la muerte es verdad/ ¡Ay, ay, ay, de mí!”,  había lamentado en Run run se fue pa’l norte.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 20 de diciembre de 2020