He
decidido dirigir una carta pública al periodista Juan Carlos Salazar del Barrio
a propósito de su libro de cuentos Figuraciones.
Querido
Gato, me has conmovido con tu libro de cuentos. Están muy buenos. Como siempre
(nos pasa con los que escribimos cuentos), hay súper buenos, buenos, menos
buenos, pero siempre buenos.
Entre
los súper buenos está Aquí vive la muerte.
¡Qué historia! Tan bien narrada. La mezcla de aquella vieja mística
revolucionaria con la caradurez de los jefes y, además, el amor en medio de las balas. La poesía y la
vida del soldado que se está jugando el pellejo por algunos versos bien
aprendidos. Tiene un parentesco político con mi novela El Eco de los gritos.
Los
primeros cuentos tienen ese guiño campesino de tierra adentro que también está
en los textos del mexicano Juan Rulfo
o el peruano Arguedas. Frescos, amorosos, llenos de sentimiento, sin
llegar al ismo.
Hay
frases inolvidables: “El duelo eterno con la sonrisa vestida de luto” o “el
cambio de aire es el mejor bálsamo para el dolor de las horas amargas”. O esa
otra: “… en busca de una llave para que le permitiera abrir la puerta de las
confidencias”.
Te
diré algo, querido Gato, que me dijeron a mí cuando presenté mi novela Tomasa. Me dijeron: “Ustedes los
periodistas ejercitan la escritura de siempre, por eso las novelas o cuentos
que escriben no tienen los perifollos de los escritores de capilla”.
Tu
cuento del boxeador es otra joya o el de El
santo prestado. En fin, tu libro no tiene desperdicio. Esos párrafos del
enamorado que lee el horóscopo en un diario y luego en varios, buscando siempre
el horóscopo, es la gran metáfora de esas pasiones que no son amor, son
metejones que no se olvidan.
Unos
cuentos que nos llevan desde los campos floridos de tu Tupiza hasta ese espejo
en el que se mira el Che, pasando por las guerrillas salvadoreñas y el México
de los amores y el exilio.
¡Ah
las ferias del libro! Gran manera de convertir a los escritores en vendedores
ambulantes, pero también es el lugar donde uno se encuentra con los lectores,
que suelen afirmar: “¡Qué lindo escribe señor!” O como ese otro, ese lector
profundo, que quiere saber si sigue con vida la abuela
Herminia, la abuela de Casilda.
Finalmente,
te quiero agradecer, querido Gato, quiero agradecerte por tu libro leyendo unas
líneas de mi cuento favorito:
“Lenca
lo sabía. Lo sabía desde el momento en que se echó en brazos de la causa como
quien abraza a un amante clandestino. Sin mirar para atrás, sin importarle el
hoy ni el mañana. No le tenía miedo a la muerte, lo sabe Dios, porque, como la
vida misma, convivía con ella. Sí le temía a la soledad del sepulcro. ‘Toda
tumba –decía, parafraseando no sé a quién– debe albergar dos corazones, aunque
ellos no lo sepan’. Yo también lo sabía, pero, claro, una cosa es saberlo y
otra vivirlo”.
Un hombre triste, muy triste; una niña curiosa, no mucho; un paisano reconvertido en charro mexicano; un Jesús que no creía en Dios, y un mesías muy humano que se mira en el espejo. Esos son algunos de los personajes que pasean por los cuentos de Juan Carlos Salazar, maestro de periodistas, que incursiona por primera vez en la literatura con el libro de relatos Figuraciones.
La obra editada por Plural, cuyo dibujo de la tapa tiene
la firma del artista Luis Zilveti, será presentada este sábado 25 de
septiembre, a las 19:00, en la Feria Internacional del Libro de La Paz. La
periodista Amalia Decker comentará el trabajo.
Es su primer libro de cuentos y uno se pregunta por qué.
Si el Gato —el famoso apodo de Salazar— es experto en contar historias: en vivo
y en directo cuanto charla o desde la maestría de su pluma, que ha corrido
certera por crónicas de batallas modernas, derrocamientos de tiranos e
investiduras de Papas durante décadas como corresponsal.
En esos años nacieron algunos de los cuentos y con los
años fueron más. Durante la pandemia, el autor los revisó una vez más y
se dio cuenta que, como Borges, se había cansado de corregir. Era el
momento de publicarlos y ello significaba el salto del periodista al mundo de la
ficción.
El volumen incluye siete cuentos: Casilda (que se publica hoy en Letra
Siete), El Triste Pizarro, ¿Acaso crees en Dios?, El santo prestado, Quitapesares, Aquí vive la
muerte y El espejo. Transitan por
ellos personajes que reflejan el “heroísmo de los derrotados, la audacia
de los inocentes, la porfía de los sobrevivientes”. Y transita también el humor
y la poesía bien dosificados de acuerdo a la naturaleza de cada relato.
Sobre el cuento, la literatura, el periodismo, la crónica
–y las fronteras que los separan o los puentes que los unen– conversamos con
Juan Carlos Salazar, Premio Nacional de Periodismo, exdirector de Página Siete
y actual director de la carrera de Comunicación de la UCB:
Tras su exitosa
carrera en el periodismo, ¿cuál fue el impulso para sacar su primer libro de
cuentos?
Transmitir vivencias, sensaciones y percepciones que no
tienen cabida en una crónica o en un reportaje. Las estructuras periodísticas,
incluso las más flexibles, como la de la crónica, tienen reglas rígidas que no permiten
fantasías ni “figuraciones”. Yo he dedicado mi vida profesional a describir el
mundo real desde el periodismo. Ahora quiero hacerlo desde la literatura,
seguro de que la ficción cobra vida y recupera certezas cuando la imaginación
desvela lo que la realidad oculta.
Para muchos
periodistas la ficción es casi una mala palabra. ¿Cómo aborda un emérito
periodista el mundo de la ficción en el que los hechos, los personajes no deben
ser reales sino –más complejo aún- verosímiles?
García Márquez decía que la novela y el cuento admiten la
fantasía sin límites, pero que el reportaje tiene que ser verdad hasta la
última coma, aunque nadie lo sepa ni lo crea. Siguiendo el mismo razonamiento,
podríamos decir que la ficción debe ser verosímil para ser creída. El Gabo
pobló Macondo de seres imaginarios, pero ¿alguien podría dudar de la existencia
de Remedios, La Bella, que
ascendió a los cielos en cuerpo y alma, o de Aureliano, el hijo de Aureliano
Babilonia y Úrsula Amaranta que
nació con cola de cerdo? ¿Acaso no quedamos convencidos de que Mauricio Babilonia caminaba seguido por
una nube de mariposas amarillas?
El título del
libro –Figuraciones– alude
precisamente a “cosas que se figuran o imaginan (RAE)”, pero ¿cuánto de
realidad inspira los relatos’? Pienso, por ejemplo, en “El espejo”, que bien podría funcionar como crónica de los últimos
momentos del Che Guevara.
Todo relato está basado en
percepciones de la realidad, sensaciones fugaces, que cobran cuerpo y sentido
gracias a la imaginación, pero también en vivencias inacabadas. Siempre me
pregunté cómo vivió el Che esos dos o tres minutos últimos de los condenados a
muerte, qué le pasó por la cabeza cuando se dio cuenta de que había llegado su
hora final. Al comentar este cuento, el historiador Gustavo Rodríguez Ostria,
autor de una biografía inédita del Che, dijo que la ficción permite una
libertad que el historiador no dispone. Es lo que hice. Llenar con imaginación
un espacio que la historia dejó abierto.
Los cuentos de
Figuraciones transitan por temáticas diversas que van desde miedos infantiles
hasta amores de guerrilleros. El resultado, permítame decirlo, crea personajes
entrañables como el Triste Pizarro,
el Jesús que no creía en Dios o el mexicano-boliviano. ¿Cómo elige sus
personajes y sus historias?
Estaban ahí, donde los encontré, pidiéndome que contara
sus historias.
Los escenarios
donde se desarrollan los cuentos son también diversos, desde el campo
valluno (presumo su Tupiza natal) hasta Centroamérica en guerra. ¿Cómo traza su
cartografía literaria?
El azar y los propios personajes. En todo caso, como digo
en uno de los cuentos, los escenarios se apropian de las personas, las recrean
y las hacen suyas, hasta convertirlas en ánimas o fantasmas, según los humores
y amores que recogen en su transitar por cada entorno.
A su pluma
reconocida en crónicas, se suman dos elementos fundamentales en Figuraciones: uno es el humor, qué
brilla por ejemplo en El santo prestado,
y la poesía. que emociona en Quitapesares.
¿Cómo maneja esos recursos?
No están en las palabras. Están en los personajes y hay
que ser fiel a ellos. Si el autor tiene algún mérito, es haberlos detectado en
las apariencias que van dando paso a las figuraciones. Al fin y al cabo, las
apariencias no son otra cosa que realidades que se visten de poesía para burlar
los sentimientos. Ocurre lo mismo con el humor. Nace del personaje y vive con
el personaje.
¿Qué hace que los
siete cuentos que incluyen Figuraciones sean una unidad?
El heroísmo de los derrotados, la audacia de los
inocentes, la porfía de los sobrevivientes.
A la irrupción de
jóvenes escritores se suma una tanda de experimentados en otras áreas que
debutan en literatura –pienso en Patiño y Zaratti desde la columna, usted desde
el periodismo– ¿Cómo ve la actual literatura boliviana? ¿Habrá un nuevo impulso
a partir de la mirada de estás generaciones diversas?
La creación literaria es un acto individual, muy
personal. No creo mucho en las modas ni en las etiquetas, tal vez en las
coincidencias. Es difícil saber cuán perdurable o influyente será la producción
literaria de los escritores contemporáneos. En cuanto a los colegas que
incursionaron en la literatura, y conozco a varios, no dudaría en afirmar que
tienen mis mismas motivaciones.
¿Cuáles son
sus referentes literarios imprescindibles?
Juan Rulfo, Horacio Quiroga, Augusto Monterroso y, desde
luego, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, a quienes leo y releo desde mi
juventud. Como periodista, no puedo dejar de mencionar al Gabo y a Ernest
Hemingway, quienes lograron lo imposible: contar una crónica como un cuento y
un cuento como una crónica.
En esta
“civilización del espectáculo” (Vargas Llosa dixit), ¿por qué vale la pena
apostar por la literatura?
Es una apuesta personal. Tal vez uno escribe para uno
mismo, por la necesidad que tienes de volcar sentimientos que llevas dentro y
que de otra manera no encontrarían salida, a diferencia del periodismo, que es
un oficio nacido para contar las cosas de los demás.
Periodismo o
literatura? ¿Crónica o cuento? ¿Por qué?
Como decía un querido colega español Manu
Leguineche, periodismo y literatura son orillas del mismo río. Tengo a muchos
amigos periodistas que han cruzado el río, sin poder resistirse a la tentación
literaria. Yo mismo abandoné la orilla que frecuenté durante toda mi vida
profesional.
¿En qué obra nueva
trabaja ahora? ¿Una novela acaso? Bloom decía que la novela es la corriente que
conjunciona todos los géneros.
Quiero terminar un libro de crónicas, que empecé durante la cuarentena, sobre mi experiencia en la cobertura de conflictos armados. Será el último de crónica periodística, instalado como estoy en la otra orilla del río. Tengo algunos otros planes, pero no muy definidos. Quise publicar estos primeros cuentos, escritos también durante la cuarentena, porque, como dijo Borges, me cansé de corregirlos.
Hace unos días, Juan Carlos Salazar me dedicó el libro El periodismo en tiempos de dictadura: Las
experiencias de Prensa, Apertura y ANF (Plural, 2021), del cual él es
coordinador y autor. La llamativa portada anuncia el tenor del texto: un niño
canillita levantando un diario y, al fondo, un tanque y militares con
metralletas en mano. La obra, de 120 páginas, recoge una trilogía de crónicas
escritas por Fernando Salazar-Paredes, Harold Olmos y el Gato Salazar, sobre tres experiencias paralelas pero contemporáneas
entre sí: las de los semanarios Prensa y Apertura y la de la Agencia de
Noticias Fides.
Antes de comentar la obra en sí, quiero ponderar la labor
periodística del Gato, periodista de
ese linaje de cronistas para los que todo lo que ven, sienten y tocan tiene
algo de interesante, dependiendo del enfoque con que se lo cuente, como quedan
ya muy pocos. Además de haber trabajado en varias agencias de noticias
extranjeras, dirigido el diario Página
Siete y ser, hoy, director de la carrera de Comunicación Social de la UCB,
ha ido dejando en libros gran parte de sus experiencias del peregrinaje
periodístico, el más apasionante de todos los que hay, según García Márquez.
La guerrilla que
contamos, Che, una cabalgata sin fin,
Semejanzas y El periodismo en tiempos de dictadura (libros de los cuales él es
autor independiente, coordinador o coautor), reúnen reportajes, crónicas
y semblanzas que, cuando mañana sean vistas por las nuevas generaciones de
periodistas e intelectuales, serán fuente de consulta para la exhumación de la
historia de esta sociedad y este país, pues el buen periodismo es el borrador
de la historia oficial y definitiva. Y sé que ahora incursiona en la
literatura, con relatos breves que, si bien se nutren de su sangre objetiva de
cronista, dan rienda suelta a la imaginación.
El periodismo en
tiempos de dictadura compendia crónicas o, más bien, testimonios colmados
de pasión, pese a todos los años que ya pasaron. No narran con el frío
objetivismo del crítico, sino más bien con el entusiasmo y el optimismo del
periodista novel y, acaso, el dolor y la frustración de los primeros
sinsabores en la vida de un joven profesional de la prensa.
Inicia el libro con un prólogo de Renán Estenssoro, quien
hace un nostálgico recorrido por la historia del periodismo, aludiendo a la
importancia que éste tiene en el contrapeso que se debe poner frente al poder.
“La lucha del periodismo contra el poder es la lucha de todos los tiempos”,
indica. Yo amplificaría ese aserto, diciendo que son los escritores, y aun
todos los buenos intelectuales, los que siempre han hecho resistencia al poder,
al poder viciado de corrupción y abuso; los que han dado lucha, pero una lucha
espiritual y de ideas, noble y no violenta porque la guían los ideales; “el
buen combate”, como diría San Pablo.
El primer texto es de Salazar-Paredes y está dedicado al
semanario Prensa. La parte más
interesante del mismo es la referida al análisis del contexto de medios y
periódicos de la Bolivia pre y post 52. El autor indica que junto con Prensa nacieron otros medios que se
denominaban “alternativos”, pues ofrecían una tónica diferente a la de los
medios tradicionales, controlados los más por intereses económicos y políticos
de las élites.
El texto de Salazar-Paredes también devela los entretelones
administrativos, gerenciales, operativos y financieros con los que se las
debían arreglar para el sostenimiento de una publicación impresa de este tipo.
Empresas osadas para un medio social no solamente indiferente con la lectura
sino, además, en plena ebullición política que amenazaba con arrestos, balas y
tanques a los escritores y periodistas independientes que pretendían informar con
la verdad.
Ahora bien, todos saben que la prensa, incluso la más seria,
abriga inclinaciones políticas y tendencias sociales, y no está mal. Es un
error decir que la prensa más idónea es o debería ser apolítica, y seguramente
los trabajadores de un medio periodístico tienen aspiraciones y
reivindicaciones quizás contrarias a las del director o gerente. Es por eso que
por aquellos años se introdujo la llamada columna sindical, un espacio en el
que los trabajadores podían escribir artículos, aunque éstos fueran contrarios
a los lineamientos del medio. Ciertamente este hecho fue bueno y “democratizó”
los medios impresos.
Por su parte, Harold Olmos narra la odisea que significó Apertura, un semanario que, al igual que
Prensa, duró poco. Eran tiempos en
que el periodismo jugaba un rol preponderante porque, entre otros motivos, una
pléyade de periodistas de primer nivel y comprometidos con la política (Huáscar
Cajías o José Gramunt) era el que lo elaboraba. Además, la sensación de
prohibición y clandestinidad era, de alguna manera, estimulante y apasionadora.
Se escribía sin parar en salas de redacción montadas por los mismos redactores,
entre máquinas que trastabillaban sin cesar, entre el humo de los cigarrillos y
el miedo a los tanques y las balas. ¡Qué tiempos debieron haber sido…!
¿Puede causarnos algo de nostalgia el que antes, sin TV ni
redes sociales, la prensa escrita haya tenido una influencia mucho mayor que la
de hoy? Pienso que sí. Pues antes, por lógica, las columnas y los artículos
estaban copados solo por personas que tenían algo interesante que decir. A
diferencia de hoy, cuando cualquier persona puede emitir sus opiniones en
redes, por muy estultas que éstas sean, o cuando los programas televisivos
(vacuos la mayor parte) atrapan la atención de la mayoría de la población, ayer
la prensa tenía una mayor calidad y, por tanto, la opinión pública no debió ser
tan propensa a la fruslería.
Pero se nos plantea ahora el asunto de la democratización de
los medios, como parte del llamado de atención que hizo el Informe MacBride.
Ciertamente la unidireccionalidad de los flujos de información no es positiva,
pero estimo que el otro extremo linda con la banalización del periodismo. Aurea
mediocritas. (Horacio)
La parte que más nostalgia me causó es la que está dedicada
a la ANF, pues este medio, hace algunos años, a instancias del padre Sergio
Montes, me abrió las puertas para que durante algún tiempo publicara
semanalmente artículos teológicos y religiosos, que escribía con mucho cariño y
dedicación.
Es Juan Carlos Salazar el autor de este último testimonio.
Refiere que los de ANF eran “periodistas tres en uno”: debían investigar y
reportear, redactar los boletines de prensa, luego empaquetarlos y, finalmente,
ir a la terminal de buses y a las oficinas del Lloyd Aéreo Boliviano para
despachar la información para Oruro y Cochabamba. La ANF se fue abriendo paso,
contra viento y marea, hasta llegar a cumplir casi seis décadas desde su
fundación. Concorde a la modernidad, diversificó sus formatos, saltando a las
plataformas digitales y haciendo mesas redondas y entrevistas audiovisuales,
entre otras cosas.
Como dice el mismo Gato, “en un país donde lo efímero pugna cotidianamente por convertirse en historia y muere en el intento, solo la ayuda del Espíritu Santo puede explicar la porfiada permanencia de la obra de la Compañía de Jesús en el mercado de noticias durante más de medio siglo”.
El periodismo en
tiempos de dictadura no solo recuerda, como sus autores califican,
“aventuras periodísticas” que se impulsaron en momentos difíciles y
convulsionados en el país. Este libro es el retrato de esa generación de
valerosos y extraordinarios periodistas que ejercieron, de manera apasionada,
este oficio en las turbulentas décadas de los 60, 70 y 80 del Siglo XX.
Al recorrer sus páginas, se evoca la sala de redacción con
sus ruidosas máquinas de escribir y, especialmente, el espíritu comprometido
con la noticia de quienes decidieron tomar la pluma como arma para defender sus
ideas. Fernando Salazar, Harold Olmos y Juan Carlos Salazar nos trasladan a una
época ardiente y agitada, y aunque no muy lejana, muy diferente a la actual.
Los semanaios Apertura
y Prensa, pese a su fugaz existencia,
no constituyen las anécdotas de la historia del periodismo, más bien
representan, junto a la Agencia de Noticias Fides (ANF), el carácter y el
espíritu combativo de esa generación de periodistas.
¿Qué motivó a esos hombres y mujeres a impulsar un periodismo
contestario al poder?, ¿lucharon por una ideología político partidaria o por la
democracia?, y esa lucha, finalmente ¿triunfó? Sí, por supuesto que triunfó. En
1982, Bolivia recuperó la democracia y los militares se retiraron a sus
cuarteles tras casi trece años de haber gobernado el país.
ANF inició su trabajo en 1963, mientras que los semanarios Prensa y Apertura lo hicieron en 1970 y en 1980. En ese entonces, un mundo
polarizado se batía en la denominada Guerra Fría. Mientras Estados Unidos y la
Unión Soviética combatían en Vietnam y en otros países de África, Mao Tse Tung
arrasaba en China con la denominada Revolución Cultural.
En Bolivia las cosas no eran distintas. El país, al igual
que el mundo, estaba dividido. De un lado estaban los radicales que apoyaban
movimientos guerrilleros procubanos –encarnados en los tristes y sangrientos
episodios comandados por el Che Guevara en Ñancahuazu y los hermanos Peredo en
Teoponte– y del otro militares de derecha y de izquierda.
Transcurrieron alrededor de 17 años entre el nacimiento de
ANF y la publicación del primer número de Apertura.
En este lapso, se sucedieron alrededor de 11 diferentes gobiernos. Con
excepción de las breves gestiones de Luis Adolfo Siles, Walter Guevara y Lidia
Gueiler, todos fueron militares. Los protagonistas de las tres historias de
medios que relata este libro, los vivieron y sufrieron.
Eran otros tiempos. El periódico tenía un poder
extraordinario sobre la opinión de la gente. Por ello, tanto políticos como
militares procuraban controlar la prensa. Un editorial podía poner a temblar a
un ministro y una apertura podía ser el inicio del fin de un régimen. Unos
luchaban por informar y los otros por acallar.
Este periodo representa, sin duda, uno de los mejores
momentos del periodismo boliviano. No por sus compromisos ideológicos, sino más
bien, por la calidad de sus periodistas, sus convicciones y su férrea oposición
al poder. La prensa gozaba de una gran credibilidad y de una fuerte ascendencia
sobre la gente. Sin duda, este prestigio también se debía al hecho de que en
sus filas se encontraban auténticas personalidades de la cultura, el derecho y
la política.
La lucha del periodismo contra el poder es la lucha de todos
los tiempos. Desde la aparición del primer periódico, hace más de 500 años,
hasta la fecha, el enfrentamiento ha sido permanente. Y aunque las batallas se
han librado en varios frentes y en diferentes zonas geográficas, el afán de
constituirse en un contrapeso al poder ha sido la brújula que ha guiado el
curso de sus acciones.
Prensa fue un
medio que el Sindicato de la Prensa de La Paz encomendó crear a Juan León,
Fernando Salazar y Andrés Chichi Soliz, entre otros. Sus objetivos eran
ideológicos tal como señala Fernando Salazar en su relato. La historia y el
enfoque de Apertura es diferente,
aunque existen ciertas similitudes. Ambos semanarios tuvieron una fugaz
existencia –alrededor de tres meses– y dejaron de publicarse tras un golpe y el
encumbramiento de un nuevo gobierno militar.
Prensa desapareció
con la caída de Ovando Candía y Apertura
con la de Lidia Gueiler. También existen ciertos nombres que se repiten, como
el de Juan León Cornejo y Juan Carlos Salazar. Los dos semanarios respondieron
a iniciativas gremiales. Al Sindicato de Trabajadores de la Prensa de La Paz,
en el caso de Prensa, y a los
corresponsales extranjeros en el caso de Apertura.
Sin embargo, a diferencia de Prensa, la principal preocupación de Apertura fue la democracia, que en aquellos años –al inicio de la
década de los 80– luchaba desesperadamente por nacer. En sus
publicaciones, el semanario denota una visión periodística de la realidad que
vivía el país y, especialmente, su gente. La existencia de un semanario de esa
naturaleza, en un contexto como el que impuso García Mesa, era imposible.
En ese entonces, la edad promedio de la mayoría de los
protagonistas de esta historia bordeaba los 30. Es decir, había en ellos una
mezcla de juventud y ansias de luchar y de hacer periodismo. El exilio fue,
para muchos, la respuesta que les dio el poder a sus inquietudes. Varios, la
mayoría, desarrollaron una exitosa carrera periodística en el extranjero.
Algunos retornaron al país y otros no. Sin embargo, la fortaleza y el ímpetu de
su juventud junto a sus deseos de participar con voz en la configuración del
país, constituyen una parte fundamental de nuestra democracia y de la identidad
nacional, que hoy, 40 años después, se encuentran nuevamente en entredicho.
ANF es, sin duda, uno de los proyectos periodísticos
más ambiciosos y serios que ha tenido el país, no sólo por la sólida visión e
interpretación periodística de la realidad que le imprimió su fundador y
director por varias décadas, José Gramunt de Moragas, sino también por una
trayectoria valiente y transparente, apoyada en sólidos cimientos éticos.
Juan Carlos Salazar coordinó este volumen que recuerda tres
casos excepcionales de periodismo, cada uno con sus matices y enfoques. Si bien
son diferentes, tienen algo en común y es que la discusión y confrontación
de ideas que generaron al igual que otros medios de aquella época, sin
importar su inclinación ideológica, constituyen los pilares sobre los que se
construye nuestra democracia plural, representativa y aún imperfecta.
Pasó mucho tiempo y pasaron muchos gobernantes. Y si bien ahora en la redacción reina el suave sonido del tecleo, perviven en el corazón de sus periodistas los mismos principios y convicciones que motivaron a esa generación de periodistas. Y es que, definitivamente, el poder de la palabra puede más que el poder de las armas.