«Figuraciones»

Por Hernán Maldonado

Juan Carlos Salazar, talentoso colega y entrañable amigo desde los años 60, me acaba de honrar obsequiándome su primer libro de cuentos: Figuraciones.

Se trata de otra faceta en su dilatada producción literaria que empezó con el periodismo en la Agencia de Noticias Fides, de la que es cofundador, y que se extiende en el tiempo.

Anteriormente ya nos sorprendió con otros libros en coautoría, pero esta es la primera vez que incursiona en el cuento. Figuraciones, fue uno de los libros más vendidos en la reciente Feria del Libro de La Paz.

Me imagino que varios de los cuentos que expone fueron escritos hace tiempo y en diversos escenarios por la excelente descripción de paisajes. Por ejemplo, creo que Casilda es producto de su observación en las costumbres de algún rincón de su natal Tupiza.

La prosa de Juan Carlos corre como fresco manantial con ingeniosas frases como: “Sonrisa vestida de luto”. “¿Dónde se ha visto un santo con bigote?…” “Las ramas de los sauces que se van sin irse”, “el pata verde” (en lugar del pisacoca) etc.

En mucho tiempo acudí al diccionario para entender los significados de palabras que jamás escuché, como tijtincha, palquia, capias, escaqueaba, telele, paliacates…

En la historia de Jacinto, florece el lenguaje coloquial mexicano (Salazar vivió mucho años allí), pero que parece recrearse también en El Chapare. Es estremecedora la descripción de la tortura del infeliz al que sus verdugos le preguntan: ¿Acaso crees en Dios?

Salazar ha vivido intensamente, como corresponsal de la dpa, los años en los que cientos de jóvenes del continente se fueron a las montañas encandilados por la Revolución Cubana. Esos sentires, sin juicio de valor, alguno, se “reviven” con Lenca.

Juan Carlos cierra su libro con lo que muchos nos figuramos fueron los últimos momentos de la vida del Che Guevara. El excelso criminólogo boliviano, Huáscar Cajías, solía decir que nadie puede trasmigrar el alma humana. Salazar lo hace. Así debió ser. Así fue.

Tierra Lejana – 2 de Octubre de 2021

¿Qué libros nacionales fueron los best sellers de la feria?

Jorge Soruco / La Paz

Los libros de cuento de Salazar, Patiño y Baudoin en Plural; la nueva novela de Barrientos en El Cuervo; los clásicos de Viscarra y Cárdenas en 3.600;  el cómic histórico de Ruilova  en Pseudogente y las obras juveniles de La Hoguera están entre las más vendidas en la Feria Internacional del Libro de La Paz. Las editoriales nacionales aun realizan sus evaluaciones de la FIL, que acabó el domingo.

Algunas de las empresas, como Plural, aclararon que no pueden identificar en este momento sus best sellers.  Esto se debe a que las cifras tienen pocas diferencias y que recién realizarán una evaluación en profundidad.

En el caso de Plural, se adelanta que el podio es para los libros de cuentos: Figuraciones, el primer trabajo de ficción  del periodista Juan Carlos Salazar; La vida era solo una hipótesis, el segundo tomo de relatos de Jorge Patiño y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, de la escritora Magela Baudoin. A esos ejemplares se suma el ensayo La revolución permanente en Bolivia, de Fernando Molina.

En el stand de La Hoguera fueron las obras de literatura infanto juvenil las que más llamaron la atención de los compradores. Esto va más allá que las novelas individuales, ya que los responsables de la editorial destacaron, por ejemplo, la saga completa de Uma,  serie que cuenta las aventuras del niño del mismo nombre.

“Ya sea en serie completa o tomos individuales los libros de Uma de Mariana Ruiz Romero están entre los más solicitados. También está El cuaderno de Valentina, dirigido a un público de menor edad”, informó Daniela Nogales, una de las responsables de la editorial.

En la lista también se encuentran Hola extraña, de  Florencia Squillaci; Feliz error, de Morely Sánchez, y Pablo Pablovsky, de Felipe Parejas. Todos los títulos pertenecen al sello Puraletra de La Hoguera, que agrupa los libros dirigidos a jóvenes.

En 3.600 los preferidos fueron los libros que son considerados por la editorial como long sellers, es decir aquellos que siguen vendiendo bien pese a que ya tienen varios años.  El principal entre ellos es la obra completa de Víctor Hugo Viscarra.

Otras de las preferidas fueron  Periférica Blvd., de Adolfo Cárdenas Franco, y El misterio del estido, de Willy Camacho. Una sorpresa fue Germinales, el primer trabajo de Carlao Delgado.

El Cuervo tienen dos competidores por el primer puesto: la novela Miles de ojos de Maximiliano Barrientos y la reedición del volumen  de cuentos de Giovanna Rivero Tierra fresca de su tumba. El segundo se presentó en el primer semestre del año y se agotó.

La editorial cochabambina Pseudogente  tiene en su lista de más vendidos   un cómic y una novela infanto juvenil. La historieta es Memorias, de Álvaro Ruilova e Iván Villka, que reúne historias que fueron ganadoras del Premio  Eduardo Abaroa.

Sol de Infancia de Cecilia Delgado es un libro ilustrado para niños y jóvenes. Forma parte de la saga Keila y Keisy cuyas anteriores entregas también fueron editadas por Pseudogente.

El presidente de la Cámara Departamental del Libro, Ernesto Martínez Acchini,  consideró que para el viernes ya se tendrá una evaluación completa de la 25 Feria Internacional del Libro de La Paz. Asimismo, adelantó que  está preparando una encuesta para saber más acerca de la conducta de los lectores del país.

Página Siete – 28 de septiembre de 2021

Presentación de «Figuraciones»*

Agradezco a Amalia sus comentarios; le agradezco también por haberme acompañado en el proceso de creación de estos cuentos. Sus generosas opiniones, así como las que me hicieron llegar otras queridas amigas y amigos, me alentaron a dar vida a estas figuraciones.

Me refiero a la periodista y escritora argentina Victoria Azurduy, a la escritora chilena Odette Magnet, al poeta, escritor argentino y columnista del diario Clarín de Buenos Aires Miguel Espejo y al entrañable pintor boliviano Luis Zilveti, cuyos comentarios, que aparecen en la contratapa del libro, me ayudaron como ya dije a emprender esta aventura.

Una de las preguntas más recurrentes que me han formulado los amigos y colegas periodistas es, precisamente, qué me impulsó a incursionar en la ficción tras haber dedicado mi vida profesional al periodismo; cómo se dio esa transición del relato periodístico al literario; cuándo y en qué momento.

Tal vez, como declaré en alguna entrevista, por la necesidad de transmitir vivencias, imágenes, sensaciones y percepciones que no tienen cabida en una crónica o en un reportaje, menos aún en una noticia.

Como sabemos todos los ejercemos este oficio, las estructuras periodísticas, incluso las más flexibles, como el formato de la crónica, tienen reglas rígidas que no permiten fantasías ni “figuraciones”.

Es, pues, yo diría, la necesidad de expresión que siente todo periodista cuando no encuentra asidero para contar una historia que la percibe como cierto o probable.

La creación literaria es un acto individual, muy personal. Uno escribe, tal vez, para uno mismo, por la necesidad que tienes de volcar sentimientos que llevas dentro y que de otra manera no encontrarían salida, a diferencia del periodismo, que es un oficio nacido para contar las cosas de los demás.

En todo caso, esta transición no debería llamar la atención, porque, como decía un gran amigo y colega español, el corresponsal de guerra Manu Leguineche, a quien suelo citar a menudo, el periodismo y la literatura son orillas de un mismo río. O en palabras del periodista mayor, Gabriel García Márquez: son hijos de la misma madre, la narrativa. Y en el peor de los casos, primos hermanos, pero parientes de un mismo linaje.

Toda narrativa está anclada en la realidad, en percepciones del mundo que nos circunda. La periodística, en hechos, y la literaria, en sensaciones fugaces, en vivencias inacabadas, que dejan profundas huellas en nuestro espíritu y que cobran cuerpo y sentido por obra y gracia de la imaginación.

Es el abordaje de la realidad desde una perspectiva diferente, la exploración de aristas apenas perceptibles por nuestros sentidos. Una búsqueda, si se quiere, porque, como dijo Kafka,  “la literatura es siempre una expedición a la verdad”, una verdad que se hace cierta el momento en que la concebimos.

A García Márquez no le costó trabajo cruzar el río, porque había descubierto que la historia contada en un reportaje o en una crónica no solo podía llegar a ser igual a la vida, sino, más aún, mejor que la vida misma. Es lo que le permitió contar una crónica como un cuento y un cuento como una crónica.

¿Cuándo abandoné la orilla del periodismo para incursionar en la ficción? Tal vez el día en que no pude respaldar con hechos mis propias percepciones, mis intuiciones, las vivencias inacabadas que mencioné al principio.

Siempre me pregunté, por ejemplo, cómo vivió el Che Guevara la agonía de los condenados a muerte, qué le pasó por la mente cuando se dio cuenta de que había llegado su hora final, qué recuerdos le atormentaron o lo consolaron cuando vio entrar al sargento Mario Terán a la escuelita de La Higuera para ejecutar la sentencia del Alto Mando militar.

No pude contarlo en una crónica, puesto que no tenía las evidencias que prescriben las reglas del periodismo, así que intenté reconstruir ese dramático final, esos dos o tres minutos últimos de su vida, en un cuento, en El Espejo, abusando tal vez de una figuración.

Lo imaginé así: (el Che) “sintió que miles de agujas de hielo le atravesaban el cuerpo y le estallaban en el corazón. Se escuchó lanzando un aullido, inaudible, y advirtió que su grito, impotente, quedaba petrificado en una mueca. Se vio suspendido sobre sus despojos, mirándose desde lo alto, y reconoció su rostro a lo lejos como en un espejo, con la claridad de los amaneceres y la transparencia de la que hablaría el trovador. Se descubrió con los mechones desprolijos, sedosos, brillantes; la barba rala y el bigotillo a lo Cantinflas; la boina negra, apoyada sobre la oreja izquierda, con la estrella roja de cinco puntas en la frente; el habano humeante en la boca y la mirada perdida en el infinito. Sonrió, socarrón, mientras la imagen se desvanecía en su propio confín”.

Al comentar este cuento, el historiador Gustavo Rodríguez Ostria, autor de una biografía inédita del Che, también muy generoso en su comentario, dijo que la ficción permite una libertad que el historiador no dispone. Y eso es lo que hice. Llenar con imaginación un espacio que la historia dejó abierto.

Como ya dije toda ficción tiene un anclaje en la realidad. García Márquez decía que la novela y el cuento admiten la fantasía sin límites, pero que la crónica tiene que ser verdad hasta la última coma, aunque nadie lo sepa ni lo crea. Siguiendo el mismo razonamiento, yo diría que el relato literario debe ser verosímil, creíble, aunque no sea cierto.

Los personajes surgen de los pliegues de la memoria, apenas esbozados, escondidos como estaban en rincones desapercibidos, para inventarse a sí mismos y recorrer su propia historia, con el autor como testigo o si acaso como un simple amanuense que se deja llevar por su propia criatura.

Así nació Lenca, la guerrillera que transita por la tierra de los carbones encendidos, el lugar donde vivía la muerte; el Triste Pizarro, un joven condenado a vivir un duelo eterno con la sonrisa vestida de luto, víctima del sino hereditario de los malqueridos; y Casilda, la niña que cree descubrir la certeza que la realidad le negaba detrás de las sombras tortuosas y amenazantes que suelen tejer los ocasos.

Son estos personajes los que dan unidad, si es que tienen alguna, a los siete cuentos del libro: el heroísmo de los derrotados, la audacia de los inocentes, la porfía de los sobrevivientes.

Con los personajes surgen los escenarios y muchas veces son los mismos escenarios los que dan nacimiento a los personajes. Están ahí a la espera de que el autor los rescate. Los paisajes se apropian de las personajes, los recrean y los hacen suyos, hasta convertirlos en ánimas o fantasmas, según los humores y amores que recogen en su transitar por cada entorno.

Así pude entrever las aguas vidriosas, relampagueantes, que pujaban por alcanzar el río, entre guijarros bruñidos por el torrente y el tiempo, en la acequia de la hacienda de la abuela Herminia; el bosquecillo de eucaliptus de un pueblo, cuando ese pueblo todavía no era pueblo, sino apenas una parroquia de chacras y fincas floridas; las selvas pobladas por mil especies de mariposas y cubiertas por cuatrocientas variedades de orquídeas de un escenario bélico; al venado de cola blanca que correteaba en un bosque de mangales; o el firmamento de la gran ciudad que escondía las tres estrellas amarillas con nombres de odaliscas: Sadal-melik, Sadal-suud  y Sadach-bia.

La poesía, si existe, no está en las palabras, sino en los personajes. Nace con ellos y vive con ellos. Si el autor tiene algún mérito, es haberla detectado en las apariencias que dan paso a las figuraciones.  Al fin y al cabo, las apariencias no son otra cosa que realidades que se visten de poesía para burlar los sentimientos.

La creación literaria, como dije,  es un acto individual, muy personal, un acto que abre la puerta a la reflexión, más allá del propósito lúdico del autor. No es que yo crea en la literatura como mensaje, mucho menos como mensaje político, pero si en la introspección de la propia creación.

El cuento Aquí vive la muerte, una frase que recogió una colega mexicana de una campesina salvadoreña, me permitió reflexionar sobre la inutilidad de la lucha armada, la “violencia revolucionaria”, la que alguna vez, siendo jóvenes,  justificamos o toleramos.

“Los muertos nunca son ajenos, todos son propios”, dice Lenca, la guerrillera protagonista.

Es también una condena a las atrocidades de la guerra, como el asesinato del Poeta Mártir, Roque Dalton, a manos de sus propios compañeros de lucha. “Puedo entender la guerra, el combate cara a cara con el enemigo, pero no los ajustes de cuentas entre amigos, los fratricidios y parricidios entre compañeros”, dice Lenca, en otra reflexión autocrítica que la lleva a la revisión de sus propias convicciones.

El guerrillero agónico vive las dudas de todo convencido en el balance de su vida, en el final de su andadura, entre las consignas en desuso que pugnan por liberarse de las ataduras del olvido y las premoniciones que se le atoran en la mente.

O el Cristo ateo subido a la cruz que, en medio del vocerío amontonado de fariseos y samaritanos en túnicas níveas, judíos barbados, plañideras de rebosos enlutados, centuriones plateados y soldados en casacas entorchadas, alcancé a percibir una voz liberadora distante: “Pater in manus tuas commendo spiritum meum”.

Como digo en uno de los epígrafes del libro, a manera de presentación y justificación de mis textos, la ficción cobra vida y recupera certezas cuando la imaginación desvela lo que la realidad oculta.

Mis historias son eso, apariencias que creí observar, figuraciones mías, que quise rescatar por el solo hecho de verlas convertidas en realidad.

Espero que sean de su agrado.

*Texto leído en la presentación de Figuraciones en la Feria del Libro de La Paz, 25 de septiembre de 2001.

Juan Carlos Salazar transita a la ficción a través de «Figuraciones»

Brújula Digital

Juan Carlos Salazar, el destacado periodista boliviano, decidió transitar de la crónica periodística al cuento a través de Figuraciones, su nueva creación literaria. Fue en la ficción que encontró el espacio perfecto para vaciar sus vivencias, percepciones, sensaciones, miedos y alegrías de un mundo infinito al que describió como un parto difícil.

Para Salazar, periodista con una larga y brillante trayectoria, quien transitó de los medios más emblemáticos del país en tiempos de dictadura, hasta las agencias internacionales más reconocidas, el incursionar al género de la ficción de la mano de siete personajes fue un desafío personal y profesional.

“El periodismo y la literatura son hijos de la misma madre, sin lugar a dudas. El que se anime hacer un poco de ficción por lo menos en mi caso es para poder transmitir, dar paso a las vivencias, a percepciones, sensaciones que no encontraron cabina en la crónica periodística”, explica desde el otro lado de la pantalla a través del Zoom.

En una conversación muy fluida con Brújula Digital señala que la crónica tiene reglas muy estrictas, un esquema poco flexible, que da poco para la imaginación, para la realización y las figuraciones. Precisamente fueron esas sensaciones, esas realizaciones que llevaba consigo el autor a lo largo de su vida personal y profesional, que necesita encontrar alguna salida.  “Y creo que la mejor salida es la ficción porque la imaginación permite dar vida a estas cosas que vemos a lo largo de nuestra vida profesional”, señala.

¿Todos los personajes son ficción o hubo alguno real? se le pregunta y rápidamente responde: “Toda ficción tiene un anclaje en la realidad, ya sea en los personajes, ya sea en las situaciones, ya sea en los escenarios, etcétera, pero una de las condiciones de la literatura es que todo personaje resulte creíble”.

Y pone a colación los personajes que construyó el colombiano Gabriel García Márquez para poblar el pueblo de Macondo, “son personajes fantásticos, que no se tiene duda alguna de que existieron porque son personajes creíbles”.

En el caso Figuraciones, Salazar señala que varios personajes son también la composición de varios personajes, con excepción del “Che” Guevara en el cuento El espejo.

“Desde que cubrí la guerrilla del Ché hace 50 años, siempre me pregunté durante todo ese tiempo ¿cómo fueron los últimos minutos de vida del Ché Guevara cuando sabía que iba a ser ejecutado, cuando vio al sargento que lo iba a ejecutar?. Son segundos seguramente y yo pensaba ¿qué película se le pasó por la mente?, que me imaginaba que es lo que le pasa a todo condenado a muerte”, asegura.

Trató entonces el autor de imaginar esos instantes finales del “comandante” argentino, que son parte de la imaginación. “Alguna vez me dijo Gustavo Rodríguez Ostria, que la ficción se da libertades que la historia no lo permite”.

En Casilda, el autor se basa en la mitología de su tierra, Tupiza, rescata sus propios miedos infantiles, como el duendecillo que asusta a la gente o incluso embaraza a la campesina dejándole un “hijo opa”, o El triste Pizarro que fue un personaje al que vio el autor una sola vez en su vida, y que a partir de esa imagen de tristeza en su rostro construyó no solo al personaje, sino el cuento.

Salazar al momento de elegir a sus personajes, los rescata de su propia vivencia, los recoge de su experiencia, como el caso de Lenca, una mujer de la guerrilla centroamericana. Aquí vive la muerte se inspiró en una campesina de El Salvador.

¿Sufriste con tus personajes al momento de escribir estas ficciones basadas en personajes y narrativas? a lo que responde: “ha sido un parto particularmente difícil porque la tendencia de cualquier periodista es irse a la crónica, pero los únicos que han logrado esa maravillosa síntesis son Ernest Hemingway y Gabriel García Márquez, que han logrado contar un cuento como si fuera crónica y una crónica como si fuera un cuento”.

Juan Carlos Salazar se pasó toda la cuarentena escribiendo, reescribiendo, buscando la palabra justa, la frase justa que mantenga la atención narrativa, aquella que atrape al lector. Y confiesa que una vez que publica su libro no se vuelve a leer.

Así, el autor tupiceño nos trae siete cuentos bien logrados que atrapan al lector desde el principio; Casilda, El triste Pizarro, ¿Acaso crees en Dios?, El santo prestado, Quitapesares, Aquí vive la muerte y El espejo.

BD JMC

Brújula Digital – 25 de septiembre de 2021