El regreso del primer graduado, 50 años después

Por Cándido Tancara Castillo

Mientras estudiaba Geología quedó conquistado por el periodismo en la Agencia de Noticias Fides (ANF), de la que fue cofundador en 1964 con el padre José Gramunt de Moragas. Entonces no había una carrera de comunicación o periodismo en ninguna de las universidades en el país, se puso a estudiar Derecho, porque era afín con lo que hacía, y en eso fue enviado a hacer cobertura de  la guerrilla del Che Guevara, entre 1966 y 1967, que se estableció en alrededores del río Ñancahuazú, en el límite de Santa Cruz y Chuquisaca. Esa vez dejó la carrera y de manera definitiva.

“Muchos colegas latinoamericanos hubiesen pagado por esa cobertura y yo tuve la suerte de hacerla y  me pagaron por ella”, dijo Juan Carlos Salazar del Barrio, que entonces cumplía con el requisito de cinco años de trabajo en un medio de comunicación, exigencia de la Universidad Católica Boliviana (UCB) para matricular a los primeros estudiantes del entonces Instituto Superior de Ciencias y Técnica de la Opinión Pública.

Así se llamaba la carrera que hoy lleva el nombre de Comunicación Social. Entonces se inscribieron 30 periodistas, que no solo tenían que cumplir el requisito de cinco años de trabajo, sino que debían estar en pleno ejercicio. Entonces se sumaron periodistas de los diarios Presencia, El Diario, Hoy, Última Hora, también de ANF, de la ahora BoliviaTv, entre otros. Todos los periodistas anteriores a la primera carrera de la UCB en el país eran autodidactas o historiadores, abogados y de ciencias políticas.

“El 23 de diciembre se cumplen 50 años de la primera colación de grado de la UCB, de la primera generación de profesionales, no solo de periodistas sino también de economistas y administradores de empresas, en la que salí con el título de periodista, del fundador de la Universidad Católica, monseñor Genaro Prata”, sostuvo Salazar. Justo cuando se cumple medio centenar de años de su titulación fue designado como director de la Carrera de Comunicación Social.

“Es un gran orgullo cumplir 50 años como profesional y hacerlo en este puesto de mi alma máter, es muy importante para mí, una tremenda satisfacción y un tremendo orgullo. Me siento feliz. No soy comunicador, soy periodista, no es bueno ni malo, hice toda mis carrera profesional en el periodismo, escribiendo, dando cuenta de la realidad; y, tengo nueve años enseñando en la Católica; he amamantado de la dos vertientes, primero como periodista y después como académico”, dijo.

Salazar publicó dos libros, es coautor de otros dos y coordinó la publicación de  dos más: La guerrilla que contamos y  Semejanzas; Che, una cabalgata sin fin y Prontuario; De buena fuente y Presencia, una escuela de ética y buen periodismo.

 “Suelo citar a un académico  inglés ‘me gustar escribir sobre lo que sé y me gusta enseñar lo que quiero aprender’. Yo he aprendido mucho con mis alumnos, con mis colegas docentes, en los nueve años como docente, después de retirarme del periodismo activo, me siento feliz de ofrecer algo de mi experiencia a las nuevas generaciones”, apunta.

Salazar hizo periodismo entre 1964 y el 1971 en ANF; del 71 al 76 en Argentina, donde fue exiliado por el gobierno de facto de Hugo Banzer; 23 años en México y 12 en Madrid, España. Desde que salió del país, trabajó en la agencia de noticias alemana DPA, donde terminó como director y se jubiló en 2011 cuando volvió a Bolivia.

El nuevo director de la Carrera de Comunicación Social recuerda las coberturas emblemáticas que realizó en las cinco décadas de periodismo, entre ellas  la de la guerrilla del Che. “Sin quererlo terminé especializándome como corresponsal de guerra, no tanto por vocación, como la ‘guerra sucia’ o represión militar en Argentina, caída del gobierno democrático y ascenso de militarismos, cobertura en Centroamérica, alzamiento en Chiapas (México), el período especial en Cuba tras la caída de la URSS, otra forma de guerra, y los primeros atentados yihadistas en Europa”. También realizó cobertura informativa a mundiales de fútbol, olimpiadas, visitas de  Papas, festivales de música, cine…

Después de su retorno al país, Salazar trabajó un año en ANF, con el padre Gramunt para asumir  después la dirección de Página Siete (2013-2016). Luego fue asesor editorial de la red Unitel, presidente del directorio de la Fundación para el Periodismo y hace nueve años es docente de dos materias en la UCB: Periodismo y Redacción de noticias.

Recuerda que en el siglo pasado los periodistas estaban especializados en radio, televisión y prensa, pocos se pasearon por los tres medios. Hoy, dice, el Siglo XXI demanda periodistas multimedia, en los hechos que manejen los tres lenguajes, incluyendo el trabajo en las redes sociales.

Salazar anuncia que desde la dirección de la carrera de Comunicación intentará formar periodistas para el “nuevo periodismo”, preparados “para este periodismo multimedia”, periodistas “capaces de manejar todas las técnicas y todos los instrumentos que nos proporciona la revolución tecnológica” y “capaces de trabajar en cualquier plataforma digital para elaborar contenidos informativos”.

Afirma que en estos tiempos es importante cuidar la integridad de los nuevos profesionales como un aporte a la sociedad. “También me gustaría ver que ese periodista esté preparado en ese gran peligro del Siglo XXI, que significa la desinformación y la manipulación informativa; para enfrentar no solo es necesario una sólida ética y moral sino también el conocimiento y el manejo de técnicas de verificación de la información que circula”. Ese periodista multimedia debe estar preparado para “descubrir las noticias falsas, necesitamos manejar esas técnicas que ponen a nuestro alcance la revolución tecnológica”.

Salazar sostiene  que el coronavirus aceleró la llegada del periodismo digital y en todos los medios. “La mayoría de los medios y de los periodistas se han tenido que adaptar rápidamente a las nuevas circunstancias durante la cuarentena y ahora es la nueva realidad”.

Página Siete – 13 de diciembre de 2020

Cría cuervos

En una popular canción de los años 70, Víctor Jara clamaba a Dios “que la tortilla se vuelva” para que pudiera resplandecer la justicia en el mundo. La “tortilla” se ha vuelto una y otra vez en Bolivia en los dos últimos años, pero no para rescatar los valores de equidad,  igualdad, libertad y respeto en la aplicación de las leyes, sino para mostrarnos el lado más feo y perverso de la justicia, el que muestra a la diosa Temis sin la balanza de la ecuanimidad, pero sí con la espada de la venganza.

Los jueces y fiscales elegidos por los dos tercios masistas no esperaron que el gobierno transitorio se consolidara en el poder para perseguir a sus antiguos mandantes. Tampoco aguardaron que la restauración terminara de entronizarse en la casa de gobierno para liberar a los perseguidos de ayer y perseguir a los mandamases de la transición. Lo hicieron sin pudor alguno, para vergüenza ajena. Propia no la tuvieron.

Las elecciones judiciales, exhibidas por el Movimiento Al Socialismo (MAS) como la panacea de ese mal endémico que es la justicia, fueron un fracaso. La primera, celebrada el 16 de octubre de 2011, se saldó con el 57,67% de votos blancos y nulos, y la segunda, realizada el 3 de diciembre de 2017, cosechó un 65,86% de rechazo, sin contar la abstención.

Tal fue el fracaso del experimento que el propio Evo Morales admitió dos años y cuatro meses después de las primeras elecciones, el 12 de febrero de 2014, que de nada sirvió “incorporar poncho y pollera en la justicia”, porque “no cambia nada”, la retardación y la corrupción, como él mismo dijo, seguían  siendo “el cáncer”. Quince meses después, el 22 de mayo de 2015, su segundo, el matemático, se permitió ironizar: “Un tribunal de justicia huele a azufre”.

Lo cierto es que el MAS no buscaba una solución para el problema, sino la consolidación de su hegemonía política. Logrado el control del Ejecutivo, el Legislativo y el Poder Electoral, necesitaba capturar el Judicial. Sacrificada la meritocracia en aras del “cuoteo” de las organizaciones sociales, la “revolución judicial” quedó en nada.

En lo único que demostró efectividad fue en la persecución de disidentes, tanto que los siguió persiguiendo después del cambio de gobierno. “Cría cuervos a tu antojo, pa’ que te saquen los ojos”, cantaba Rocío Jurado en la tonadilla de título homónimo. ¡La judicialización de la política en su apogeo!

Tras el fracaso de las elecciones judiciales y el reconocimiento de que la justicia no era justa ni barata ni mucho menos rápida, el gobierno del MAS convocó a una cumbre en Sucre. ¿Alguien recuerda cuáles fueron las conclusiones de ese evento? Transcurrió sin pena ni gloria. El gobierno ignoró las propuestas de los expertos y convocó a la gente de siempre, a los representantes de las organizaciones sociales, desconocedores de la materia. 

Hoy sabemos que Bolivia se encuentra entre los 10 países con peor justicia del mundo, en el puesto 121 entre 128 países, de acuerdo con el ranking elaborado por la organización internacional Proyecto de Justicia Mundial (WJP), que publica anualmente un Índice sobre el Estado de Derecho.

Es el penúltimo de América Latina y el Caribe, sólo superando a Venezuela, que ocupa el último puesto. El índice toma en cuenta ocho parámetros en una puntuación que va del 0 al 1: restricciones a los poderes del gobierno, ausencia de corrupción, transparencia, derechos fundamentales, orden y seguridad, cumplimiento normativo, justicia civil y justicia penal.

El nuevo ministro de Justicia, Iván Lima, quien en sus primeras actuaciones ha lanzado algunas señales esperanzadoras de renovación, ha anunciado una nueva reforma y ha convocado a algunos expertos para diseñarla. Su idea es, según ha anticipado, lograr una “justicia imparcial e independiente” mediante la introducción de la meritocracia como parámetro supremo en la selección de los operadores, objetivo en el que coincide la oposición.

No hay democracia sin justicia independiente. Por eso no la hubo en el pasado. Una de las funciones de la justicia es precisamente controlar el uso del poder. El ciudadano precisa de una instancia ante la cual acudir si es víctima de una ilegalidad o de un abuso de poder. Sin esa justicia, ¿se puede hablar de democracia?

Todo cambio político trae aparejado el anuncio de una reformas judicial “definitiva”, pero las hemerotecas demuestran que todas murieron en el intento y pasaron a ese barril sin fondo de las promesas incumplidas. Si de por sí cuesta creer en algo que no vemos, resulta tanto o más difícil aceptar una tierra prometida cuando las evidencias marcan la ruta contraria, porque  lo que hemos visto hasta ahora en materia de designaciones gubernamentales, no es precisamente una reivindicación del mérito. 

¿Qué destino final tendrá la promesa estrella del señor Lima? Veremos si no pasa al olvido y no tengamos que entonar el  Porque te vas, la canción de José Luis Perales popularizada por Carlos Saura en su película Cría cuervos: “Todas las promesas de mi amor se irán contigo/ Me olvidarás/ Me olvidarás”. Tiempo al tiempo.

Página Siete – 3 de diciembre de 2020

¿Metamorfosis en el Chapare?

Más de un gobernante ha evocado al término de su mandato la novela La silla del águila del mexicano Carlos Fuentes (2003), cuando uno de los personajes le recuerda al protagonista de la historia, el presidente imaginario de un México no tan imaginario, el drama que supone la pérdida del poder.  “Aunque haya ganado las elecciones –le dice–, jamás olvide que al final va a perder el poder. Prepárese usted. La victoria de ser Presidente desemboca fatalmente en la derrota de ser expresidente”.

No sé cuán preparados están los políticos para ese dramático salto, pero la transición suele ser traumática. La soterrada lucha que se da entre el hombre que se resiste a ceder el poder y el que se empeña en conquistarlo para consolidar su autoridad, acaba, por lo general, en el exilio del “derrotado”, así sea el “exilio dorado” de una embajada, cuando no termina en la cárcel. En este caso, la etimología y el sino se dan la mano en el prefijo “ex”.

La historia de Bolivia es pródiga en ejemplos. Víctor Paz Estenssoro sufrió los dos tipos de exilio. Primero en la embajada de Londres, tras la victoria de su compañero de partido, Hernán Siles Zuazo, en 1956, y después en Lima, como consecuencia del golpe del 4 de noviembre de 1964. Gonzalo Sánchez de Lozada siguió el mismo camino en octubre de 2003. Renunció obligado por una movilización popular, como renunció y se exilió Evo Morales a cuenta de otra movilización ciudadana, en octubre de 2019.

Por muchas razones los “ex” terminan siendo personajes incómodos para sus sucesores, porque la política es ingrata y los políticos no suelen reconocer mentores ni padrinazgos una vez que se han instalado en el poder, ese “largo orgasmo” que otorga la “fortuna política”, como lo define Carlos Fuentes.

Claro, hay casos y casos. El mexicano Luis Echeverría quiso mantenerse en el candil como autoproclamado “líder del Tercer Mundo” y fue fulminado por su sucesor, José López Portillo, quien lo envió de embajador a las Islas Fiyi. Un humorista de la época comentó que su primera misión era averiguar dónde quedaba el archipiélago. Sobre el castigo, la humillación. Al Gore “incomodó conciencias” con su campaña sobre el peligro del calentamiento global, como documenta la película Una verdad incómoda, pero no molestó a su anfitrión, George W. Bush, pese a que había sido su “víctima” en las elecciones de 2000. ¿Ocurrirá lo mismo con Donald Trump?

¿Qué rol cumplirá Evo Morales bajo la nueva administración masista?, es la pregunta que se hacen analistas y observadores del quehacer político. ¿Será el poder detrás del trono? ¿Ejercerá un poder dual desde el Chapare? En definitiva, ¿cómo será la convivencia de Luis Arce con su mentor? El expresidente retornó de su exilio en una doble condición. Derrotado por el movimiento ciudadano que  impidió su reelección ilegal en octubre de 2019, volvió aupado por una victoria ajena, aunque fraguada por él mismo, la de su vicario, quien le debe la designación y el apoyo en la conquista de la silla presidencial. 

Aunque no dijo “¡qué hay de lo mío!” como muchos de los “buscapegas” de su partido que se  lanzaron al asalto de puestos públicos, Morales volvió pisando fuerte, dispuesto a ocupar la parcela del poder que considera suya. En sus primeras intervenciones, presumió de haber debatido con el Presidente la designación de las nuevas autoridades y dio  instrucciones al Gobierno y a la Asamblea Legislativa para emprender las acciones que él considera prioritarias.

Arce no asistió al acto. Morales atribuyó su ausencia a sus múltiples ocupaciones en la gestión pública, pero el nuevo mandatario se preocupó de hacer notar mediante sus cuentas en las redes sociales que, mientras se producía el baño de masas en el Chapare, él no estaba inmerso en ningún trabajo administrativo, sino impartiendo clases por Zoom a sus alumnos de la universidad.

Días después, el propio Morales anunció que fue ratificado como presidente del Movimiento Al Socialismo (MAS) y que en esa condición dirigirá la campaña para las elecciones subnacionales de marzo por próximo, lo que equivale a decir que elaborará las listas de candidatos. El que nombra controla.

Algunos analistas creen ver señales de independencia tanto en la ausencia de Arce en la recepción de Chimoré como en ciertas declaraciones del vicepresidente. Sin embargo, el exministro Carlos Romero afirmó que Arce y Choquehuanca conforman “un binomio legítimo que ha ganado por mérito propio la Presidencia y la Vicepresidencia del Estado”, pero que “la dirección política y estratégica del proceso es de Evo Morales”. 

Conociendo su trayectoria y personalidad,  cuesta imaginarlo al margen de la política diaria o en un trabajo de bajo perfil, aunque en los días posteriores a su llegada a Bolivia haya guardado un discreto silencio. Pues sí, como dice su brazo derecho, el cocalero Andrónico Rodríguez, es “prematuro” hablar de su jubilación.

Volviendo a la obra de Carlos Fuentes, el consejero le dice al protagonista de la novela: “Hay que tener más imaginación para ser expresidente que para ser presidente”. Me temo que Evo Morales nunca se vio a sí mismo como un expresidente. Por algo quiso prorrogarse indefinidamente en el poder. Si no cambió en 14 años, menos lo hará ahora que se considera el padre de la restauración masista. El único que cambió de la noche mañana fue Gregorio Samsa, el personaje de Franz Kafka, que se acostó siendo uno y despertó siendo otro. Las metamorfosis se dan únicamente en la literatura.

Página Siete – 19 de noviembre de 2020

Quino visto por Felipito

Jorge Timossi estaba en una cafetería de Argel cuando cayó en sus manos una tira cómica de Quino. Encontró un inconfundible aire familiar en uno de los personajes. Levantó la vista, vio su imagen reflejada en el espejo ubicado detrás de la barra, la contrastó con el dibujo y no le cupo ninguna duda. Volvió a su oficina y le envió un telegrama al creador de Mafalda, su amigo de infancia: “Confiesa, hijo de puta”. Semanas después, recibió por correo un póster con el retrato de un Felipito desconcertado: “¿Qué culpa tengo de parecerme a mí mismo?”.

Efectivamente, cuando vio por primera vez el cómic, a mediados de la década de los 60, el entonces joven corresponsal de la agencia cubana de noticias Prensa Latina se reconoció de inmediato en el amigo íntimo de Mafalda, un niño de cara alargada y boca prominente, pelos duros y rubios que se prolongaban en punta sobre la frente a manera de visera, y dos dientes frontales de conejo. Era su vivo retrato. 

Quino se inspiró en mi imagen desde el punto de vista físico, pero en realidad se retrató a sí mismo en el personaje, como un niño tímido, soñador, generoso y más bueno que el pan, como era él mismo en su niñez, en su juventud e incluso en su vida adulta”, me diría años después al contarme la anécdota en Ciudad de México.

Pero el problema no era que Felipe se pareciera físicamente a él, algo que no lo podía negar ni siquiera de viejo, sino que, al final, terminó asumiendo la personalidad de su caricatura: tímido, fantasioso, enamoradizo y un tanto despistado, como el original. “Felipito, Quino y yo somos trillizos”, solía decir, muerto de la risa, durante las tertulias del Club de Corresponsales Extranjeros en México y el bar del Hotel Habana Libre.

Timossi no inspiró ninguno de los diálogos del personaje infantil en la tira cómica, como él mismo reconocía, pero podía suscribir cualquiera de sus frases célebres: “Siempre hay un sarcástico materialista dispuesto a estropearnos la fantasía” o “¡Algún día se dará más importancia a la cultura que al dinero!”. Lector apasionado del Llanero Solitario y ajedrecista precoz, como Felipe, el periodista y el caricaturista compartieron desde niños gustos y aficiones.

Periodista, ensayista, poeta y cuentista, la prensa lo recordó a su muerte, en mayo de 2011, no como el cronista y narrador que fue, autor de varios libros, sino como “el niño que inspiró a Quino”, tal vez porque el propio Timossi alentó el mito al asumirse ante sus compañeros y colegas como Felipillo.

Sus amigos le sugerían entre broma y broma que le cobrara a Quino derechos de autor por el uso de su imagen, pero él solía decir que le bastaba con haber sido “inmortalizado” por el  creador de Mafalda, así sea con un nombre que no era el suyo.

Jorge Francisco Timossi Corbado (1936/2011) y Joaquín Salvador Lavado Tejón (1932/2020), conocido simplemente como Quino, eran casi de la misma edad. Se conocieron de niños como vecinos del mismo edificio, cuando la familia Timossi se mudó de Palermo al centro de Buenos Aires. Él tenía siete años, la edad de Felipe, y Quino once.

Desde entonces llevaron vidas paralelas. Caminaron juntos un largo trecho de la juventud, con los mismos amigos, un grupo de jóvenes intelectuales que hacían sus primeras armas en el periodismo y las letras, como el poeta Francisco (Paco) Urondo, el periodista Rodolfo Walsh, la actriz Zulema Katz, la escritora Susana (Pirí) Lugones, la poeta Clara Fernández Moreno y el escritor y humorista Miguel Brascó, entre otros, con quienes compartían ideales e ilusiones.

Quino era un tipo muy tímido, igual que yo. Un mendocino muy flaco y de espejuelos redonditos. En las reuniones casi no hablaba. Sólo abría la boca una vez cada media hora pero para hacer un chiste desopilante… Lo que no llegábamos a darnos cuenta era que, además de hacer esos chistes, Quino también nos observaba”, recordaría años después en una entrevista con Página 12 al evocar las reuniones del grupo de casa de Pirí Lugones.

Decía que Quino lo miró de frente y  de perfil, por afuera y por adentro, y que creó a Felipe de un solo trazo, pero que en realidad puso en su creación más de sí mismo que del propio modelo, puesto que lo hizo soñador, tierno, generoso, retraído y observador.

“Efectivamente, (yo tenía)  el pelo, los dientes, la delgadez, pero también algunas cosas psicológicas… Evidentemente yo era muy tímido, como Felipe. Me enamoraba de todas las mujeres habidas y por haber, me gustaba jugar a los cowboys… Alguna vez dijo que me veía muy, muy flaco, muy pálido, todo vestido de negro y con una flor roja en la mano”, declaró a Página 12.

En todo caso, según Timossi, todos los personajes de la tira nacieron de las observaciones del dibujante. “Todos tenían algo de todos y cada uno de los pibes del barrio”, recordó en una ocasión. Todos, excepto Felipe y Mafalda, inspirada esta en Periquita, la niña revolucionaria creada en 1933 por Ernie Bushmiller con el nombre de Nancy, “idénticas  física e intelectualmente”. 

Pero él y sus amigos recién se enteraron de que eran observados y tomados como “objeto de estudio” por el humorista cuando apareció la tira, publicada por primera vez el 29 de septiembre de 1964 en la semanario Primera Plana. Timossi lo describía como un “observador compulsivo”, un hombre de gran sensibilidad, que sabía captar las contradicciones de los adultos en la sociedad de su época y que buscaba inspiración en los discursos de los políticos y en las penurias de sus “víctimas”, los ciudadanos de a pie.

Quino, según su amigo de infancia, quiso reflejar en su historieta y en sus personajes, sobre todo en Mafalda , la irreverente, y  Felipe, el soñador, sus propias preocupaciones y las preocupaciones de una juventud inconformista y rebelde sobre la democracia, la guerra y la paz, el hambre y la justicia, y en temas que entonces no estaban tan de moda, como la ecología y el feminismo.

Probablemente, también estaba influido por las ideas izquierdistas de Rodolfo Walsh y Paco Urondo, militantes de la guerrilla, secuestrados y asesinados por la dictadura militar a mediados de los 70. De hecho, él mismo debió buscar refugio en Italia para eludir la represión. 

Eran tiempos de convulsión política por la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles y políticos de las minorías, los vientos de democratización en la Europa del Este, la emergencia de los países del Tercer Mundo, ahogados en la pobreza, y el surgimiento de los movimientos contraculturales beatnik y hippie y de la guerrilla castrista en América Latina.

Como dijo el humorista alguna vez, Mafalda era “la niña que intenta resolver el dilema de quiénes son los buenos y quiénes los malos en este mundo”, aunque al final de su vida lamentaría que el mundo estuviera dominado por los malos y que no quedara “ningún Felipe”, sino “hijos de puta, como Susanita”, la personificación del egoísmo, la discriminación y el  racismo, la “niña bien” de la pandilla que le decía a Felipito: “¿No entendés que son pobres porque quieren?”.

Fue Rodolfo Walsh quien lo puso en contacto con el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti, quien organizaba la agencia Prensa Latina por encargo del Che Guevara. De esa manera llegó a La Habana a fines de 1959. Con el idealismo propio de Felipito, obtuvo la nacionalidad cubana y se enroló de por vida en la revolución como un convencido fidelista.

No era periodista. Era técnico químico de profesión, oficio que, sin embargo, abandonó pronto, atraído por las letras. Como Felipito, que quería ser ingeniero, se sentía mejor construyendo mundos de fantasía. Corresponsal trotamundos, cubrió la invasión estadounidense a la República Dominicana de 1965, la caída de Salvador Allende en Chile, la revolución iraní, el ascenso de Muamar Gadafi al poder en Libia y muchos de los conflictos de la segunda mitad del siglo pasado en América Latina y África. 

“Sobreviviente de las historias periodísticas de este contienen”, como solía definirse, tuvo que “superar la timidez con audacia” para enfrentar las situaciones de peligro que le tocó vivir a lo largo de su carrera, como lo haría Felipe en su mundo de fantasía cuando imaginaba encarnar al Llanero Solitario.

 Un día se cansó del trabajo gris que realizaba en un laboratorio de Buenos Aires y se lanzó a la “conquista” de América Latina con poco dinero y una mochila al hombro. Corría 1959. Empezó por Bolivia. Estrenándose como escribidor, dejó constancia de su asombro al descubrir  “la hondonada montañosa, bajo un cielo que se adivinaba sin nubes y un frío seco que cortaba la respiración y estimulaba la sensación de estar colaborando en la creación de este pasmoso valle” (“En plena puna”).

Volvió 26 años después, en plena crisis del gobierno del Hernán Siles Zuazo, para dar cuenta de las protestas obreras. “La Paz se estremecía por los cartuchos de dinamita que los mineros lanzaban al aire con una destreza de muerte, con una salvaje precisión”, escribió en La mita.

Contaba que, tras recorrer el Lago Titicaca y la frontera boliviano-peruana,  se quedó sin dinero para seguir viaje a Brasil. Acudió al cónsul brasileño en La Paz, el poeta Thiago de Melo, quien le proporcionó los fondos necesarios para trasladarse a Sao Paulo, donde tomó contacto con la oficina de Prensa Latina. Viajó en tren. “Fue el viaje más increíble y bello de mi vida”, recordaría años después.

Recaló en La Habana a fines de 1959 para incorporarse a Prensa Latina, recién creada por Jorge Ricardo Masetti –muerto años después cuando organizaba una guerrilla en el norte argentino–, junto con otros jóvenes periodistas por entonces desconocidos, como Gabriel García Márquez, Rogelio García Lupo y el propio Walsh.

Amigo personal de Salvador Allende, cubrió para la agencia cubana los tres años del gobierno socialista y el sangriento golpe militar de Augusto Pinochet. En vísperas de la asonada, lo visitó en la residencia presidencial y jugó con él una partida de ajedrez. Cuenta que al acomodar las piezas, Allende le dijo: “La cosa está muy fea. Tomaré una determinación en un par de días. Ya ve: hice buenos enroques y alguna variante. Pero se me están acabando los peones”. Tres días después se suicidó en pleno bombardeo a La Moneda.  Le hizo la última entrevista, vía telefónica, el mismo 11 de septiembre, cuando estaba rodeado en el palacio.

Recopiló sus crónicas en sendos libros, De buena fuente (1988) y Crónicas casi reales (1995), editados en La Habana, Caracas y Buenos Aires, y en un libro testimonial, Grandes Alamedas, el combate del presidente Allende (1974). También publicó poesía: Poemas de un corresponsal (1981),  Palmeras (1982), Las cosas como son (1991); los libros de cuentos Los consejos del abuelo conejo (1997) y Juego de Apariencias (1998), la novela Un perfume para Lam (1988) y los ensayos El desafío cubano (1968), Irán no alineado (1978) y Palabras sin fronteras: Literatura y periodismo en América Latina (2001).

Una de sus últimas obras fue el libro Cuentecillos y otras alteraciones (1995), ilustrado por Quino y publicado en España, Cuba, Brasil, México, Italia y Canadá, en el que alterna relatos breves con caricaturas alusivas de Felipito.

Durante la presentación del libro en Madrid, en marzo de 1997, Quino admitió que tomó como modelo a Timossi, “un tipo flaco, con unos graciosos dientecillos de conejo”, adicto al Llanero Solitario, al ajedrez y a la música de los Beatles, pero que puso mucho de sí mismo en el personaje. “Metí mucho de mí en el carácter de Felipe, sobre todo mi pereza y mi indecisión”.

Posteriormente publicó Los cuentos de Barbarroja (1999), cuyo protagonista es el siniestro Manuel Piñeiro Losada, conocido como Comandante Barbarroja, el hombre que tuvo en sus manos los servicios de inteligencia cubanos y manejó las guerrillas latinoamericanas durante varios años como jefe del Departamento de América del Partido Comunista Cubano (PCC).

Cuando dejó Prensa Latina, se desempeñó como vicepresidente del Instituto Cubano del Libro y director de la Agencia Literaria de Derechos de Autor de Cuba.  Recibió todas las distinciones del mundo socialista de la época, como el Premio Internacional de la Organización Internacional de Periodistas (OIP), el Premio Nacional de Periodismo José Martí de Cuba por su obra de vida y la Orden Félix Varela, una de las condecoraciones más importantes que otorga el gobierno cubano.

Murió de un infarto el 9 de mayo de 2011, a sus 75 años, casi medio siglo después del nacimiento del singular “muñequito dientón”, cuya figura apareció por primera vez en la prensa argentina el 19 de enero de 1965. Tenía fama de hombre duro, hosco y ríspido entre sus colegas cubanos, pero entre sus amigos latinoamericanos era el Felipito de las caricaturas, “bueno como el pan”.

Como le advirtiera Masetti a su llegada a La Habana en 1959, que en Cuba había que ser “más revolucionario que periodista”, Timossi fue ante todo un militante, hombre del aparato, muy cercano al poder. Incondicional de Fidel Castro, se declaraba “fidelista”, en primer término, y “soldado de la revolución”.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 8 de noviembre de 2020