“A la guerra en taxi”, con Juan Carlos Salazar

Por Roberto Navia Gabriel

El periodismo de guerra tiene sus propias historias y sus propios héroes. Juan Carlos Salazar del Barrio es uno de ellos, un corresponsal intrépido que ha recorrido los escenarios más peligrosos y desafiantes en busca de la verdad y la información. En su libro A la guerra en taxi, finamente publicado por Editorial Plural, nos sumerge en su apasionante trayectoria, en la que los taxis se convierten en vehículos testigos de los conflictos armados que ha presenciado y cubierto a lo largo de los años.

Desde sus primeros pasos en la profesión, Juan Carlos Salazar nos lleva de la mano a través de sus experiencias en distintos países y momentos históricos. Con maestría narrativa, nos transporta a la guerra civil de El Salvador en los años 80, donde los taxistas se convierten en compañeros de viaje y guías en medio del caos y la violencia. Nos cuenta cómo, en un país tan pequeño, pero tan devastado por el conflicto, los taxistas eran capaces de acercarlo al frente de batalla más cercano en cuestión de horas.

Pero la historia de Salazar del Barrio no se detiene allí. Nos lleva también a otros escenarios de guerra, como Bolivia, Argentina, México y Cuba, donde se enfrentó a distintos desafíos y limitaciones tecnológicas propias de la época. Nos relata cómo, en una era sin teléfonos móviles ni grabadoras livianas, tuvo que valerse de una libreta de notas y un bolígrafo, e incluso del antiguo telégrafo Morse, para transmitir sus noticias desde lugares remotos y peligrosos.

A través de sus relatos, el autor nos sumerge en el mundo del periodismo en tiempos de conflicto, donde el miedo, la incertidumbre y el silencio son parte del día a día. Nos muestra la importancia de la valentía y la determinación para llevar la verdad al mundo, a pesar de las dificultades y los obstáculos en el camino.

Pero más allá de las historias de guerra y periodismo, A la guerra en taxi es también un homenaje a esos hombres y mujeres anónimos que, desde el volante de un taxi, se convierten en testigos y cómplices de los momentos más intensos de la historia. Los taxistas, con su mirada aguda y su oído atento, son capaces de captar los rumores y las verdades ocultas en una ciudad. Son los guías que conducen a los periodistas por los laberintos de la realidad, compartiendo sus historias y conocimientos.

En este libro, Juan Carlos Salazar nos invita a un viaje fascinante, en el que los taxis se convierten en un símbolo de conexión con la verdad en medio del caos de la guerra. Nos muestra cómo, a través de estas singulares travesías, se pueden descubrir las historias que no se encuentran en los titulares, las voces que no son escuchadas y los detalles que marcan la diferencia.

A la guerra en taxi es un testimonio vibrante y conmovedor, que nos muestra el valor del periodismo en situaciones extremas y la importancia de los pequeños detalles en la búsqueda de la verdad que las convierte en crónicas memorables. Es un llamado a no olvidar a los anónimos de la vida, a todos ellos que han sido muy importantes para que las historias de Juan Carlos Salazar y de cientos de periodistas de guerra y de postguerra, no se olviden nunca. 

Es que, leyendo a Juan Carlos Salazar, uno confirma que el periodismo nos lleva a los rincones más peligrosos y volátiles del mundo, donde los reporteros arriesgan sus vidas para contar historias en medio de estas situaciones extremas.

En A la guerra en taxi, el autor también nos sumerge en sus experiencias como corresponsal y cómo sus piernas de aventurero responsable lo llevaron por tantos países como tantas historias. Desde su incursión en Bolivia en 1967, donde cubrió sobre Ernesto Che Guevara, hasta sus desafiantes viajes a Argentina, El Salvador, México y Cuba. Este periodista enorme nos lleva a través de una serie de recuerdos inmortales que capturan la esencia del periodismo que la humanidad no solo que debe saber, sino, que no debe olvidar.

Olvidar lo que Juan Carlos Salazar escribe, es imposible. Porque sus textos son profundos y están poéticamente escritos. Escribe con la música en los dedos. Sus crónicas llevan una banda sonora que acompañan incluso después de que uno ha terminad de leerlo.

El libro me ha atraído desde el primer momento que lo he visto.

El título del relato se origina en la pregunta recurrente que los taxistas hacían a los periodistas que llegaban a San Salvador durante la guerra civil de los años 80:

—»¿Periodista? ¿Quiere ir a la guerra?». 

El libro que he leído en los intervalos de mi última expedición por el norte amazónico, pone énfasis en ese maravilloso periodismo que se hacía cuando los medios de comunicación no tenían la tecnología actual. La pasión por contar la verdad seguía siendo el motor que impulsaba a los periodistas a arriesgarlo todo por informar al mundo.

Ahí radica la esencia de este oficio maravilloso. En tener una pluma y las ganas de recorrer el mundo. 

A la guerra en taxi es ese periodismo que tiene sus estructuras en la naturaleza vital del periodismo: se necesita la fuerza de la historia. Pero también el talento para conseguirla y narrarla.

Por lo general, los lectores no nos enteramos cómo el periodista llegó hasta las mecas de sus historias. Pero por suerte, nosotros, tenemos la fortuna de que existe en este mundo un hombre que se llama Juan Carlos Salazar del Barrio, que, con su tremenda generosidad, nos revela de una manera bellamente escrita, la importancia que tuvieron los taxis para eternizar crónicas que ya son inmortales. 

En un mundo donde la palabra escrita tiene un poder e influencia inmensa, con cada libro que Salazar nos regala a sus lectores, consolida su lugar entre los inmortales del gran periodismo. Su obra se encuentra al lado de figuras como John Reed y su monumental trabajo México Insurgente, y John Kenneth con su innovador México Bárbaro.

A lo largo de su destacada carrera, no solo ha informado sobre eventos, sino que ha profundizado en el tejido de las sociedades, desenterrando historias no contadas y revelando verdades ocultas. Su compromiso de evidenciar las voces polifónicas me recuerda al extraordinario trabajo de Svetlana Alexievich y su obra maestra Los muchachos de Zinc.

Siguiendo los pasos del gran Ryszard Kapuściński, Salazar se ha embarcado en viajes transformadores, capturando la esencia de las culturas y las civilizaciones. Así como lo hizo el periodista polaco con Viaje con Heródoto, Juan Carlos muestra su habilidad para unir el pasado y el presente, iluminando a los lectores con profundos conocimientos sobre la experiencia humana.

Así como Oriana Fallaci dejó una huella imborrable en el periodismo con su trabajo revolucionario, Entrevista con la historia, Juan Carlos Salazar ha seguido provocando reflexiones y encendiendo debates con sus poderosos textos que desafían el statu quo. Su trabajo resuena en los lectores, instándolos a examinar críticamente el mundo que les rodea.

El trabajo de Juan Carlos Salazar nos insta a leer, a escribir y, sobre todo, a viajar. Nos recuerda que, solo viajando, explorando nuevas culturas y paisajes, podemos comprender verdaderamente las complejidades y maravillas de nuestro mundo.

Opinión, Ramona – Cochabamba, 18 de junio de 2023

https://www.opinion.com.bo/articulo/ramona/guerra-taxi-juan-carlos-salazar/20230617173736910877.html

A la guerra en taxi, una lectura fascinante

Por María Silvia Trigo

Antes de comentar la obra, me gustaría hacer una breve referencia a la trayectoria del autor. Juan Carlos Salazar es posiblemente el periodista que muchos hubiéramos querido ser, no solo por los puestos que ocupó en América Latina y Europa como periodista y jefe del servicio en español de la Agencia Alemana de Noticias DPA –y en otros medios bolivianos–, sino fundamentalmente por las emblemáticas coberturas realizadas y la diversidad de los caminos transitados.

Le tocó trabajar en una época complicada, en la que prácticamente todos los periodistas –queriendo o sin querer– eran una especie de corresponsales de guerra. Cubrió la América Latina del último tercio del siglo XX, en los oscuros años de los golpes militares y las dictaduras, de las persecuciones y masacres, del terrorismo de Estado y los conflictos internos. Una cronología que él define como “la cronología del espanto”. Este libro es un testimonio de su larga y prolífica vida periodística.

A la guerra en taxi compila crónicas sobre los hechos que fueron narrados por Juan Carlos Salazar desde la década del 60 hasta los primeros años del siglo XXI. Nos lleva desde la búsqueda del Che en Bolivia, donde se estrenó como periodista, hasta el inicio de la guerra yihadista en Europa, pasando por el alzamiento indígena de Chiapas, los conflictos armados de Centroamérica y las operaciones del Plan Cóndor, entre otros momentos clave de la historia contemporánea.

El libro incluye también retratos de personajes –buenos y malos, tiranos y redentores– que marcaron la época, como el siniestro y poco conocido Claudio San Román, jefe del Control Político y responsable de montar una red de campos de concentración durante el primer gobierno del MNR o como monseñor Romero, el cura progresista y defensor de los derechos humanos que acabó asesinado a tiros en El Salvador.

Es precisamente el hecho de traer de nuevo a la luz estos sucesos y personajes lo que le da un singular valor a este trabajo. Dice un filósofo español que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla, y las crónicas de Salazar son un recordatorio de ese pasado reciente que no podemos sepultar en el olvido. “La guerra y la paz son el anverso y reverso del mismo drama humano”, advierte el autor en su libro.

Durante su carrera, Juan Carlos estuvo en el lugar donde sucedieron las cosas y se ocupó de mirar lo grande y lo pequeño. Entrevistó a los protagonistas de la historia y también a desconocidos, en un afán por entender la realidad con honestidad y desde todos sus ángulos. Este libro nos trae los puntos de vista de leyendas como Salvador Allende y de gente común, como aquella ama de casa con cuyo testimonio nos cuenta sobre el inicio del racionamiento de alimentos en Cuba y cómo se las ingeniaban para resolver el menú de cada día.

Algo que encuentro fascinante en estas páginas es que incluye anécdotas de hechos importantes que suelen ser ignorados cuando se escribe la historia oficial. Lo que podríamos llamar “las tras bambalinas de la historia”, esas que solo conocen los periodistas inquietos y sagaces como él. ¿Qué decía en la foto que el Che Guevara le regaló a Salvador Allende? ¿Cómo fue la salida de Paz Estenssoro al exilio y quiénes lo acompañaron en su última noche en el palacio? ¿Qué encontraron los periodistas en su despacho a la mañana siguiente? ¿Cómo reaccionó la esposa de Juan José Torres cuando le avisaron que habían encontrado el cadáver torturado de su marido?, son algunas de las curiosidades que se revelan y de las cuales no daré pistas para invitarlos a leer el libro.

No puedo dejar de mencionar la memoria prodigiosa, el vasto conocimiento y la destreza narrativa de Juan Carlos. A pesar de que cuenta capítulos dramáticos de la región, las crónicas están llenas de escenas y descripciones precisas y bellamente escritas. Hay momentos de tensión, de conmoción y suspenso, que solo puede lograr una pluma entrenada como la suya. Mientras leía, lo he visto recorriendo zonas de conflicto con una bandera blanca como símbolo de paz y lo he visto contar cadáveres en un pueblo de Chiapas que en la víspera se había convertido “en el reino de la muerte”.

A lo largo de estas 300 páginas se revive una época a través de las vivencias del autor, que recoge una infinidad de voces para contarnos cómo era el mundo que acabamos de dejar. El lector encontrará titulares de la época y citas de los grandes actores de la política regional intercalados con versos de poetas como Octavio Paz, Gabriela Selser y Ernesto Cardenal, entre otros.

Cuando inicié esta presentación, mencioné que posiblemente muchos periodistas hubiéramos querido ser como él. Otro de los motivos es que es uno de los pocos privilegiados que vivió en carne propia la evolución del periodismo y en este libro queda ese registro. Inició su vida profesional cubriendo la guerrilla de Ñancahuazú desde donde mandaba notas a la Agencia de Noticias Fides a través de un telégrafo Morse y llegó a cubrir el primer suceso histórico que fue transmitido en vivo y directo por televisión a todo el mundo: el ataque a las torres gemelas en Nueva York. Pocos periodistas conocen tan bien todas las arenas del oficio como él.

Para finalizar, quiero darle las gracias al autor. No solo por invitarme a la presentación del libro, sino por su obra. Es cierto que, como menciona al final del libro, los tiempos han cambiado y también los periodistas. Pero este libro es un tirón de orejas y a la vez una fuente de inspiración para nuevas generaciones. Es un recordatorio de que el periodismo no sólo se hace por teléfono y de que el pulso no sólo se mide en las redes sociales. Es un libro de crónicas, pero también es el resumen del deber ser del periodismo, la esencia, el lugar a dónde debemos volver. Muchas gracias y felicidades, maestro.

Página Siete, LetraSiete – La Paz – domingo, 18 de junio de 2023

https://www.paginasiete.bo/letra-siete/a-la-guerra-en-taxi-una-lectura-fascinante-EY8177431

El precio barato de un taxi

El autor conversa con Juan Carlos Salazar sobre su nuevo libro, “A la guerra en taxi”. “Al poder no le gusta el ejercicio periodístico porque lo cuestiona”, dice el periodista y escritor.

Por Erick Ortega

Hay tres verdades, cuando menos, que estallan en el libro de Juan Carlos Salazar. En primer lugar, el periodismo no puede estar nunca el lado del poder; sí hay buenos y malos (estos mucho más) en el ejercicio del poder; y por último el periodista debe ir a la guerra, no importa cómo, ya sea en taxi o a pie cargando una pesada mochila por terrenos indómitos. Empecemos por el final, contando la importancia de llegar allá donde hay que llegar, a la noticia.

Un conductor detiene al Gato (quien no es fanático de los mininos, aunque tiene esculturas de ellos en su casa) y le hace una pregunta doble: “¿Periodista? ¿Quiere ir a la guerra?”. Esta experiencia le da título al último libro de Salazar, A la guerra en taxi, que se presentó esta semana.

No, la pregunta doble no era una excepción. Los taxistas solían permanecer a la caza de periodistas durante la guerra en El Salvador, allá por los años 80. El Salvador, llamado también “El pulgarcito de América”, es un país tan chico que le permitía a un periodista llegar allá tomando los servicios de un taxi.

Para esa época el Gato ya era un experto en esas correrías; estuvo reportando en la guerrilla del Che Guevara en Bolivia, en 1967 y sus reportes hoy en día son históricos.

Conversar con él o leerlo es conocer más del oficio. Cuenta, por ejemplo, que el fotógrafo Robert Capa, quien retrató la Guerra Civil española decía que si una foto no es lo suficientemente buena, es porque el fotógrafo no estuvo lo bastante cerca de su objetivo… y lo mismo pasa con los periodistas. Hay que estar ahí, en medio de la guerra. Después de todo el periodista recrea la historia.

Eso sí, para recrear la historia Salazar tuvo que colocarse una mochila pesada, donde cargaba su máquina de escribir (aquella que hoy en día está en su casa de la zona Sur) y también debía tragarse artículos porque el telegrafista de Vallegrande no tenía la experiencia para transcribir las historias largas, aquellas que incluso se quedaron cortas, ante la importancia de lo vivido.

Y sí, hay malos y buenos en la vida. Existen también los peores, aquellos que durante años se pusieron la sotana de santos y agarraron las armas del pueblo y con los años se volvieron en sus verdugos. Siempre los peores son los profetas que se convirtieron en sátrapas en el ejercicio del poder. Salazar les dedica un buen espacio en su libro y tiene muchas historias que contar.

En las calles y discotecas, muchos hemos cantado a Molotov y repetimos: “Si le das más poder al poder, más duro te van a venir a coger”… y el Gato lo sabe. “El poder corrompe y el poder total corrompe totalmente y eso es lo que hemos visto. A uno le cuesta imaginar, hablo por ejemplo lo que significó Nicaragua en los años 80, a principio el sandinismo despertó la ilusión en todo el continente. Ves ahora a Ortega y Murillo y son irreconocibles, son peores que Somoza”. Sí, Daniel Ortega y Rosario Murillo fueron la cara revolucionaria que se le plantó de frente al dictador Anastasio Somoza y hoy son su reflejo.

Hay más. El general Efraín Ríos Mont en Guatemala era un pastor de una iglesia evangélica y él decía que los hombres deberían ir con una Biblia y una ametralladora para combatir al comunismo. Él puso a los indígenas ante la disyuntiva: ¿frijoles o fusiles? Nunca les dio la alternativa porque los mató a todos. A fin de cuentas, su política de tierra arrasada se resumía en bombardear comunidades indígenas hasta liquidarlos a todos. Y sí, todo aquello fue registrado y contado por Salazar.

En Bolivia el general Hugo Banzer Suárez también tenía una imagen clara al respecto y en la Masacre del Valle, en enero de 1974, el dictador autorizó a los campesinos matar a los “extremistas”. Esta parte de la historia de Bolivia es parte de la obra del Gato.

Sí, hay personajes buenos y malos. Incluso, a veces, los periodistas también aparecen en el lado de los malos. Es cuando éstos forman parte del engranaje de un gobierno determinado, sea de izquierda o derecha.

“Siempre el poder me ha cuestionado y yo llevo casi 60 años”, dice orgulloso Salazar. Acota: “El periodista y el periodismo trabaja en cuatro ámbitos: el ámbito democrático, el autoritario, el dictatorial y el ámbito de conflicto (armado) yo he trabajado en los cuatro ámbitos y en los cuatro ámbitos me he sentido acosado por el poder. Al poder no le gusta el ejercicio periodístico porque cuestiona, porque lo cuestionan”.

Sí, el ejercicio del oficio es cuestionar. Hay que indagar y hurgar debajo de la alfombra. Y este trabajo es un privilegio de pocos. “Yo volvería a ser periodista. Yo tuve el privilegio de vivir de lo que me gusta hacer y me pagaban por eso”, refiere con orgullo quien fue director de Página Siete.

Él sostiene que el periodismo es un oficio y como todo oficio pues se aprende en un taller y el taller del periodista es la redacción y la calle. “Ahí donde aprende el periodista”, sentencia. Pero también hoy en día, acota es necesaria la academia, la lectura constante y una especialización mayor.

Salazar supo ir de aquí allá, y muchas veces lo hizo en taxi. Tomó un taxi en el aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez (ciudad mexicana) y se fue a la guerra de Chiapas, a mediados de la década del 90; viajó por este medio desde el Palacio de Gobierno hasta la Universidad Mayor de San Andrés, cuando se avecinaba el golpe de René Barrientos, en noviembre del 64; y supo recorrer la capital haitiana para ser testigo de la práctica de vudú.

“Mira, yo nunca me he considerado un periodista de guerra, pero me pregunto y lo digo también en el libro: En la época que me ha tocado vivir, una época tan conflictiva, ¿qué periodista no lo era?, porque todos estábamos cubriendo siempre una guerra.

Así, de taxi en taxi los ojos claros del Gato Salazar fueron conociendo lugares y descubriendo noticias. Quizás este servicio privado callejero era más caro que el vehículo público, pero a éstos les faltaba velocidad y llegar lo más cerca de la noticia, algo clave para un periodista. Además, y lo más importante, la experiencia de ir a una guerra en taxi no tiene precio.

https://www.paginasiete.bo/letra-siete/el-precio-barato-de-un-taxi-FY7427362

Página Siete – Domingo, 30 de abril de 2023

A la guerra en taxi*

Stephen King dijo alguna vez que “en lo que concierne al pasado, todo el mundo escribe ficción”. Paul Auster opinaba en el mismo sentido. “En el mundo real –escribió– nos ocurren cosas que se parecen a la ficción. Y si la ficción resulta real, entonces quizás debamos reconsiderar nuestra definición de realidad”. 

No es raro, pues, que, al ver la tapa y leer el título de mi reciente libro, A la guerra en taxi (Plural), un conjunto de crónicas sobre los conflictos armados que me tocó cubrir a lo largo de mi carrera profesional, algún lector piense que está ante una novela, como ya me lo han dicho. 

Yo mismo escribí en el epígrafe de mi libro de cuentos, Figuraciones (Plural, 2021), que “la ficción cobra vida y recupera certezas cuando la imaginación desvela lo que la realidad oculta”. Dándole la vuelta a la idea, bien podría decir que es la realidad la que cobra vida al cabalgar en la ficción. Y nada más parecido a la ficción que la realidad latinoamericana, la de antes y la de ahora.

Parece de cuento la anécdota que da lugar al título de mi libro. Me ocurrió durante mi primera visita a El Salvador para cubrir la guerra civil. Después de acomodarme en la habitación del hotel, un hotel que servía de búnker a los enviados de la prensa mundial, bajé al vestíbulo y salí a la puerta para ver si me encontraba con algún colega.

Allí estaban estacionados varios taxis a la espera de pasajeros. Uno de los taxistas se me acercó y me preguntó. “¿Es usted periodista?” Sí, le respondí. Y a continuación me hizo una invitación: “¿Quiere ir a la guerra?”.

El Salvador es un país muy pequeño, de apenas 21.000 kilómetros cuadrados –la mitad de Oruro–, y claro, como me dijo un diplomático argentino, los frentes de batalla estaban “a un tiro de distancia” de la capital. Nunca mejor dicho.

Años después, al abordar un taxi en el aeropuerto de la capital de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, rumbo a San Cristóbal de las Casas, para cubrir el alzamiento indígena zapatista, el chofer me sorprendió con la misma pregunta: “¿Periodista? ¿Va usted  a la guerra?”. 

Era la segunda vez que me desplazaba al escenario de un conflicto armado en un medio de transporte eminentemente citadino. Y es que en los años de fuego, la guerra y el taxi eran “parte del paisaje urbano”, como me dijo el periodista y poeta argentino Juan Gelman, enviado del diario Página 12 de Buenos Aires, cuando le comenté las anécdotas.

Durante una de mis visitas a El Salvador, escribí una crónica que reproduzco en el libro sobre la geografía de la guerra.  

Chalatenango –el principal escenario– es una palabra de origen náhuatl. Proviene de “shal”, que significa arena, “at”, agua, y “tenan”, muro. Chalatenango significa “muro de agua y arena”. Suchitoto, otro de los escenarios,  es el “lugar del pájaro flor”. Viene de “shuchit” (flor) y “tutut” (pájaro). Perquín, vocablo lenca, es el “camino de brasas”. El cerro San Vicente o Chichontepec, una montaña de dos picos, tiene también un nombre sugerente: “Cerro de las dos tetas”. Guazapa, el volcán, es la “peña sonora”.

La geografía de la guerra salvadoreña era un poema, pero el conflicto la convirtió en un infierno y ahogó los nombres de sus montañas, valles y cañadas en un baño de sangre.

Ni qué decir de la geografía de Chiapas. Los cerros que rodean a la hermosa ciudad colonial de San Cristóbal de las Casas, tienen nombres sonoros, como Tzontehuitz, Huitepec y Mitzitón. Es una región bañada por ríos y arroyos de cursos poéticos, como “Peje de Oro” y “Ojo de Agua”. 

¿Cómo conciliar tanta poesía con la brutalidad de la guerra? ¿Cómo no escribir una novela en lugar de una crónica periodística? La tentación era grande.

Como escritor y periodista, yo admito muchas influencias, de escritores y periodistas, a quienes he leído desde siempre. 

En el caso de mi libro, reconozco la de John Dos Pasos, el autor de USA, una hermosa trilogía sobre la Gran Depresión americana. En Paralelo 42, 1919 y El Gran dinero, los títulos de la trilogía, Dos Pasos utiliza varios géneros para montar una verdadera sinfonía de la sociedad estadounidense de la época. Utiliza la crónica, la semblanza e incluso la noticia, en una estructura maravillosa. Y, claro, también la ficción, con la historia novelada de los personajes de su obra.

La estructura de mi libro incluye igualmente crónicas, semblanzas y algunas viñetas, a manera de postales, para describir hechos, escenarios y personajes. Pero, claro, falta la ficción, aunque mis lectores dirán que muchos de mis personajes son producto de la imaginación antes que de la realidad. 

Al comentar mi libro de semblanzas Semejanzas (Plural, 2018), una colega me preguntó por qué todos mis personajes eran positivos. Yo le respondí que no se me daban los negativos. Pero en este libro intenté retratar a los “malos de la película” de la época. Espero haberlo logrado.

Escribí la semblanza del represor con nombre de santo que creó su propio infierno, la del brujo que organizó la banda paramilitar más siniestra que conoció América Latina, la del “malavida” que se jactaba de haber sido el “secretario general” del Plan Cóndor en Bolivia, la del pastor evangélico de la Biblia y la ametralladora que arrasó las comunidades indígenas de Guatemala en nombre de Dios. 

Y, claro, por el libro desfilan los sátrapas, los profetas y los redentores que poblaron el continente en el siglo pasado; y los redentores que derrocaron a los sátrapas para imitarlos cuando llegaron al poder.

Hay guerras y guerras. Desde la guerrilla urbana, como la que se libró en Argentina, hasta la guerra civil salvadoreña, pasando por la insurgencia indígena zapatista de Chiapas y las operaciones de “tierra arrasada” ejecutadas por los militares guatemaltecos contra las comunidades indígenas. Está la del Che en Bolivia o la que libraron los cubanos contra el hambre. O las invasiones extranjeras o la que declaró el terrorismo yihadista a Occidente.

Pero, la guerra es la guerra, llámese “sucia”, como la de los militares argentinos, o “santa”, como la que decían librar los generales anticomunistas centroamericanos. Todas las guerras son sucias, ninguna es santa. Es el mismo conflicto, con diferentes rostros. 

A todas ellas me refiero en mi libro. Y también a la paz, porque la guerra y la paz son el anverso y reverso del mismo drama humano. Y la paz, como el hambre, tiene cara de hereje. Logra reconciliar a enemigos irreconciliables al sentarlos en una misma mesa, como ocurrió en El Salvador y Guatemala.

Escribo “crónicas desarmadas”, como dice el subtítulo, porque aludo a guerras olvidadas, a causas traicionadas, a banderas arriadas y –como en toda guerra– a un inútil derramamiento de sangre. 

Basta ver lo ocurrido en Centroamérica. Con la paz llegó la democracia, con elecciones libres y alternancia en el poder, pero no la solución de los problemas estructurales que dieron origen a los conflictos armados de la época. La dictadura retornó a Nicaragua, con la reelección eterna de Daniel Ortega desde 2006, y la violencia delincuencial de los “maras” sustituyó a la violencia política en El Salvador y Guatemala.  

Durante la guerrilla del Che, hace 55 años, utilicé el telégrafo Morse para trasmitir mis crónicas;  en El Salvador, en los años 80, tuve en mis manos un extraño artilugio, la texi de Olivetti, antecedente de la laptop, que en realidad era una máquina de escribir con una pequeña pantalla, donde cabían cinco líneas, con dos ventosas que se conectaban al auricular del teléfono para la transmisión de los datos. 

Chiapas vio llegar a los “corresponsales modernos”, con una laptop, un celular en la cintura e incluso un teléfono satelital a manera de mochila.

Del telégrafo Morse al Internet pasaron menos de 40 años. Las historias sobre la guerrilla del Che se difundieron por el mundo a golpe de teletipo y en “spots” filmados con cámaras de cine de 16 mm, que llegaban a las teleaudiencias con un retraso de más de 24 horas. 

A pesar de los adelantos tecnológicos posteriores, ni la guerra civil centroamericana ni la rebelión zapatista tuvieron la difusión “en vivo y en directo” de los conflictos armados actuales, como lo que vimos en la Guerra del Golfo y lo que estamos viendo ahora en Ucrania.

Y no es la única diferencia. La cobertura de siete meses de la guerrilla del Che costó a mi agencia ¡500 dólares!, una suma que hoy probablemente apenas alcanzaría para pagar los viáticos de un día de un corresponsal de guerra en Europa o el Medio Oriente… ¡O la tarifa de un taxi para cruzar la frontera de dos países en llamas!

Los tiempos han cambiado. También los periodistas. Y las guerras no son lo que eran.

*Palabras de presentación del libro. RamonaOpinión – 30 de abril de 2023.

https://www.opinion.com.bo/articulo/ramona/a-la-guerra-en-taxi/20230429212411905651.html