No me buscarás en vano, de Amalia Decker*

Una novela admite diversas lecturas. No solo depende de la intención con la que el autor construye su historia y, obviamente, de la trama, sino también de la mirada de su destinatario final, el lector.

Yo percibo en la nueva novela de Amalia Decker muchos de los ingredientes del género negro, que saltan a la vista desde el sugerente título de la obra: No me buscarás en vano (Plural Editores). Y, por supuesto, en el argumento, una historia de intriga y violencia que atrapa al lector de principio a fin.

Como me ocurrió a mí durante la lectura, seguramente el lector se preguntará: ¿Qué investigaba y qué descubrió el columnista que ejercía la crítica del poder desde el periodismo? ¿A quién afectaba lo que estaba escribiendo al punto de causarle la muerte? ¿Quién guarda su secreto?

Si bien no existe un detective al estilo de la clásica novela negra, sí vemos a cuatro mujeres, las protagonistas de la historia, empeñadas en descubrir el misterio que rodea al supuesto suicidio del columnista.

Raymond Chandler, maestro de la novela negra, pone en boca de su mítico detective Philip Marlowe una frase que me vino a la memoria al leer No me buscarás en vano. El cínico y carismático héroe de Chandler dice en El sueño eterno que “los cadáveres pesan más que los corazones destrozados”.

Parafraseando a Marlowe, yo diría que los corazones rotos de las protagonistas de la novela de Amalia pesan tanto o más que la misma muerte de Carlos, el héroe omnipresente, de quien apenas sabemos que es columnista de prensa, autor de artículos explosivos, que presume de hacer “el amor con las palabras, jugar con ellas, para liberarlas de su prisión y darles nueva vida”.

Las protagonistas son cuatro mujeres que caminan a tientas sobre la delgada frontera que separa la verdad de la mentira, sabedoras de que la mentira es a veces el único camino que conduce a la verdad; cuatro sobrevivientes, a las que el mal de amores ha convertido en mujeres peligrosas. “El amor es una maldición”, dice una de ellas, Alejandra, porque te hace feliz y también desgraciada. “Lo peor de todo –agrega–, es que nos enseña a odiar”.

Lo único que las une es un ayer que las confronta y persigue y la búsqueda de la verdad. Ni siquiera la venganza, sino la verdad como único motivo para seguir viviendo. Como dice Philip Marlowe, el detective de Chandler, “hay un gran poder en la verdad y siempre hay algo detrás de la mentira”.

Los personajes son gente de a pie, gente de carne y hueso, cada uno con sus luces y sombras, con sus propios intereses y motivaciones, que se mueven en mundos moralmente ambiguos, entre la lealtad, la confianza y la traición, como el policía de doble personalidad,  presunto ejecutor de los siniestros planes del poder político. O su amante, que vendía su cuerpo en un bar para ejecutivos antes de convertirse en esposa de un ministro. O el cura que cumplía penitencia eterna por los pecados que escondía bajo la sotana.

Son personajes envueltos en las turbias relaciones del poder, atrapados en los enjuagues sucios de la política, las redes de la corrupción y la violencia, sobrevivientes del poder defenestrado, que se mueven –como dice uno de ellos– en las mieles y la mierda del poder como peces en el agua; personajes que se han olvidado de vivir, que buscan su redención en la redención ajena y una respuesta a sus dilemas éticos.

Como dice el cubano Leonardo Padura, autor de Pasado perfecto, la primera novela de la saga del detective Mario Conde, la novela negra tiene “la virtud de que te coloca directamente en un lado de la realidad y de la sociedad que siempre es el más oscuro”, porque “habla de lo peor de la sociedad”.

Es la sociedad que retrata Amalia, un país sin ley o un país donde la única ley es la ley de los que detentan el poder, que es lo mismo; un país, en fin –en palabras de Alejandra–, donde “los presentimientos tienen la mala concha de convertirse en profecías”.

La atmósfera en la que se desarrolla la historia –otra característica que la acerca al género negro– es a veces asfixiante, donde el silencio del entramado del poder convive con la violencia, la corrupción, el miedo; donde las sombras se proyectan “como grullas dormidas” –en palabras de Soledad– y abren las puertas a los recuerdos a manera de ráfagas, como fantasmas que se han puesto de acuerdo para acudir juntos en las noches de insomnio. “Tengo la sensación de estar bailando entre las sombras”, dice una de las protagonistas.

La atmósfera tiene a la lluvia como cómplice y telón de fondo. “La ciudad se diluye en una lluvia pertinaz”, dice Alejandra. “La tormenta se acaba de desatar, junto a la danza de los árboles, agitados por el viento”, reflexiona Soledad. “El cielo está gris y triste”, comenta en otra ocasión. Días lluviosos, que empiezan de manera extraña, con la angustia que anuncia los malos presagios, porque, como dice una de ellas, los tiempos de la Historia no coinciden con los suyos.

Y también la lluvia como metáfora: “Sentí sus manos como una suave lluvia en un día cálido”, dice Soledad. Alejandra comenta a su vez: “Mis penas van y vienen como la lluvia”; “la lluvia parece haber llegado para quedarse, pienso si acaso podría yo dejar correr el agua y vivir en paz”, reflexiona más adelante.

El relato descansa en dos de las cuatro protagonistas, Alejandra y Soledad –con Pilar y Shirley como interlocutoras–, quienes hilvanan la historia en primera persona, con una narración de gran intensidad y fluidez, que intercala la reflexión del soliloquio con la descripción de personas y ambientes y los diálogos con el resto de los personajes.

Alejandra y Soledad se retratan a sí mismas y retratan a los demás, con descripciones muy bien logradas, tanto en lo físico como en lo sicológico: las mujeres, hermosas, inteligentes y atormentadas; los hombres, seductores, misteriosos, manipuladores y manipulados, unidos entre ellas y ellos por amores y desamores, en los extraños engranajes y las sutiles redes que teje la vida.

“Cierro los ojos y me esfumo. Me miro sin mirarme y siento que mi rostro se dulcifica con la última figura que se atraviesa: desgarbado, flaco y de sonrisa preciosa”, dice Soledad del amante que no fue. Alejandra describe a Soledad: “Toda ella es un enigma. Sus movimientos me dicen más que sus palabras. Tiene ojos bonitos, con un raro destello. Son negros como el ala de cuervo”.

“Al levantar la vista –dice Soledad de Shirley-,  me sorprendo con su belleza. Un poco salvaje, pero sí que es linda. Los ojos negros y rasgados, una boca carnosa y joven. Lo único que no forma parte de toda esa belleza armónica es el cabello teñido a un rubio que chilla en su rostro mate”. Y describe a Alejandra: “Camina sobre unos zapatos planos. Es un poco más alta que yo. Lo primero que me llama la atención es su forma de caminar. Sin proponérselo, lo hace con gracia de bailarina”.

El relato es lineal. Las narradoras nos cuentan los hechos de la forma y en la medida que los viven, y nos muestran los sucesos pasados con detalles, suministrados a cuentagotas para mantener la tensión, que van perfilando el fondo y el trasfondo de la trama. Alejandra nos pone en contexto al hablar de su exmarido: “Conocí a gran parte de los actores (del viejo poder). Dormía hasta hace unos meses con uno de ellos. Incluso, el propio presidente defenestrado visitó mi casa un par de veces antes de huir con sus más cercanos colaboradores para no ser linchado por la turba enfurecida”.

En otro pasaje, Soledad le confía a Alejandra: “¿Recuerdas la balacera en una hacienda de Santa Cruz, donde mataron a unos supuestos terroristas? (…). Descubrí que el tal Javier no se llama así y que además fue quien dirigió ese operativo tan comentado en la prensa”.

Si alguien quiere ver un guiño de la autora a la adscripción de su novela, o al menos su afición al género negro, lo encontrará en el detalle de la breve conversación que sostiene Soledad con el portero de la vivienda de Alejandra: “¿Quién la busca para avisarle?”, pregunta el empleado. “Agatha Christie”, responde Soledad, una sicóloga-policía que ejerce su profesión en una comisaría de barrio.

Amalia ha recuperado en sus obras sus vivencias políticas, como en Carmela y Mamá, cuéntame otra vez, y también las familiares, como en Tardes de lluvia y chocolate. En todas ellas ha desplegado sus dotes literarias, pero es en No me buscarás en vano en la que mejor desarrolla su faceta de narradora, no solo por la ambientación y la descripción de sus personajes, sino y sobre todo por el ritmo y la fluidez del relato, que permite al lector seguir la trama como testigo privilegiado de los hechos.

En todo caso, como escribí en alguna ocasión, si hay algo que caracteriza a la obra literaria de Amalia, la “música de fondo”, para llamarla de algún modo, es la nostalgia, una nostalgia por mundos que ella añora pero que no acaban de llegar; mundos que ella inventa, una y otra vez, en la búsqueda del mundo que quisiera para ella y para los demás.

No voy a revelar el final de la novela, pero, parafraseando a Agatha Christie, podemos decir que “el mal nunca queda sin castigo, pero a veces el castigo es secreto”.

*Texto leído en la presentación de la novela, el 25 de julio de 2024, en la Fundación Patiño.

Brújula Digital – 29/07/|24.-

Gato con botas

Por Alfonso Gumucio Dagron

Sin querer queriendo, Juan Carlos “Gato” Salazar calzó las botas de reportero de guerra a lo largo de su fructífera carrera de más de medio siglo como corresponsal nacional e internacional.

Una foto histórica (que está en otro libro suyo), donde aparece con el rostro imberbe de adolescente, lo sitúa como corresponsal de la Agencia de Noticias Fides en Camiri, durante la guerrilla del Che Guevara, en 1967, y a partir de allí las circunstancias quisieron que se convirtiera en cronista (y víctima) de la violencia desatada en Bolivia, Chile y Argentina durante las dictaduras de Banzer, Pinochet y Videla, y años después desde su puesto en la Agencia Alemana de Noticias (DPA) en México, cubriera las guerrillas y acuerdos de paz en Centroamérica, la eclosión de la insurrección zapatista, el “periodo especial” en Cuba o la “tercera guerra mundial” del terrorismo y de la informática desde la DPA en Madrid.

Toda una vida de periodismo serio, documentado, impecable y apasionante que el “Gato” ha plasmado en su libro A la guerra en taxi. Crónicas desarmadas (2023), donde reúne una selección de las notas de corresponsalía que hizo en su vida y que quizás se hubieran perdido si no era porque su padre tuvo el cuidado de guardar los recortes que se publicaban en diarios y revistas de toda la región y del mundo.

Los papeles dispersos se los lleva el viento. Reciclar lo que uno ha publicado a lo largo de décadas de trayectoria es una buena idea a condición de organizar el material y convertirlo en un cuerpo que respira nueva vida porque reactiva las sinapsis que el tiempo había debilitado. Este libro no es la suma de viejos artículos, sino un ensayo bien estructurado con un estilo narrativo consistente.

La crónica es un género que el autor cultiva con talento. No es casual el subtítulo “Crónicas desarmadas”, porque los cronistas de entonces ejercían su oficio armados de una libreta de apuntes o una máquina de escribir portátil.

Hay guerras de todo tipo, además de las convencionales: guerra de guerrillas, insurrecciones, golpes militares, guerras “sucias” y desastres naturales que obligan al periodista a calzar las botas y llegar (aunque sea en taxi), al frente de los hechos para dar testimonio de ellos.

Para quien haya transitado por los países que menciona el autor, y más aún en los tiempos en que se sitúan las crónicas, este libro es una suerte de exorcismo para la memoria. Lo ha sido para mí en cada página referida a Guatemala, Cuba, Haití, Nicaragua, México y por supuesto Bolivia. El relato pormenorizado de su relación estrecha en el exilio en Buenos Aires con el expresidente Juan José Torres es un ejemplo de los personajes con los que tuvo el privilegio de caminar un trecho de vida.

La sección referida al “periodo especial” en Cuba es reveladora de la deriva autoritaria y del fracaso económico del socialismo caribeño, pero a diferencia de otros textos tan viscerales como superficiales, los de este libro son agudas crónicas bien informadas y documentadas porque su eje es la vivencia personal: no se puede escribir sobre Cuba sin haber estado allí. Los textos escritos con sobriedad (y cierta tristeza entre líneas) se distinguen de aquellos que parecen alegrarse de que a los cubanos les vaya mal: aquí se subraya la dignidad y la resiliencia de un pueblo engañado (como tantos otros en nuestra región).

No son menos intensos los relatos “en caliente” de la breve y estridente insurrección zapatista en Chiapas, aterrizados en la vida cotidiana de las comunidades indígenas atrapadas entre dos fuegos, indiferentes y confundidas frente al sancocho ideológico-poético del subcomandante Marcos, que logró su objetivo de fascinar a intelectuales del mundo, deseosos de asistir a la emergencia de un horizonte diferente a todos los hasta entonces conocidos.

Una suerte de epílogo, “Las guerras no son lo que eran”, constata que el periodismo tampoco es lo que era. El ataque a las torres gemelas en Nueva York en 2001 o las bombas del 11 de marzo de 2004 en Madrid inauguran la irrupción de la transmisión en vivo de la historia y la emergencia de las redes virtuales “sin pasar por los medios tradicionales”. Un campo abierto y desafiante para los nuevos periodistas que tienen que competir con charlatanes de toda especie que proliferan en plataformas virtuales como pastores evangélicos.

Los periodistas de la era TIC no tienen ni idea de lo que era ser corresponsal de guerra en las últimas décadas del siglo pasado. Ahora, ni con toda la tecnología a su favor, pueden ejercer su oficio con la dignidad y la elegancia que lo hacía la generación que los precedió, por ello quizás dejan el espacio libre a la nueva ola de charlatanes digitales, “influencers” y tiktokeros cuyo ombligo es más prominente que los hechos que narran. Salazar del Barrio se toma el trabajo de explicar con “chuis” a las nuevas generaciones lo que era manejar un teletipo o enviar una “pepa” en clave para tener la primicia.

Este formidable narrador sabe tejer tiempos, personajes y hechos sin desviarse del relato, pero haciéndolo intenso e interesante. No solo es un testigo de la historia, sino que enriquece cada descripción con datos duros y verificables, con referencias precisas y abundando en el contexto que ayuda a situar los hechos, sus causas y sus consecuencias. Es decir, un periodismo de alto rigor profesional que combina equilibradamente una aguda percepción histórica y social, con datos objetivos y entrevistas privilegiadas con protagonistas de los hechos.

A veces describe episodios de la historia en los que no estuvo presente, pero lo hace con la maestría de un cronista que revive cada momento y se apropia de los hechos en sus mínimos detalles. Aunque desaparezca el relato en primera persona, la investigación y el conocimiento profundo compensa la ausencia de la voz testimonial.

Los Tiempos – 28 de noviembre de 2023

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“A la guerra en taxi” en la Feria del Libro de Cochabamba

Santiago Espinoza A.

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A la guerra en taxi: Crónicas desarmadas reúne crónicas, reportajes, perfiles y algunos textos más libres de las ataduras genéricas del periodismo, en los que Juan Carlos Salazar desgrana sus coberturas sobre los albores del periodo dictatorial en Bolivia (y sus resistencias), los horrores de la Operación Cóndor en Argentina y otros países, el genocidio ejecutado por EEUU y sus gobiernos títeres en Centroamérica, las penurias del “periodo especial” en Cuba y la guerrilla zapatista en México.

Más que una antología de textos de su autor, A la guerra en taxi está confeccionado como un mapa periodístico de algunos de los principales conflictos armados que desangraron a los países latinoamericanos durante la segunda mitad del siglo pasado.

En sus textos se respira, de buenas a primeras, el aliento del periodista de raza: ese que sabe dónde encontrar historias y personajes, ese que sabe aquilatar sus narraciones con la información indispensable, ese que sabe cifrar en palabras sus certezas y dudas.

Ramona – Opinión – Cochabamba, 15 de octubre de 2023.-

https://www.opinion.com.bo/articulo/ramona/feria-libro-editoriales-bolivianas-primerisimo-primer-plano/20231007205440923374.html

“A la guerra en taxi”: geografía poética de la violencia

Por Santiago Espinoza A.

Juan Carlos Salazar del Barrio es un periodista boliviano de dilatada y meritoria carrera dentro y, sobre todo, fuera de Bolivia. Comenzó como reportero en los años 60 en la Agencia de Noticias Fides, el exilio lo llevó a Argentina en los 70 y, de ahí en más, el oficio lo condujo a las principales capitales latinoamericanas y europeas, que vivió y recorrió como corresponsal y director del Servicio Internacional en Español de la Agencia Alemana de Noticias (DPA) durante más de 40 años, antes de retornar a su país de origen, donde sigue haciendo periodismo, aunque ya no desde las trincheras de la coyuntura diaria, sino refugiado en los búnkeres sin tiempo de los libros y la formación. Esta apretada semblanza viene a cuento por dos razones. En primer término, por si al eventual lector su nombre no le suena de inmediato. En segundo, porque el itinerario periodístico y vital es fundamental para entender el origen de los textos que componen su libro A la guerra en taxi: Crónicas desarmadas (Plural, 2023).

En sus poco más de 300 páginas, el volumen reúne crónicas, reportajes, perfiles y algunos textos más libres de las ataduras genéricas del periodismo, en los que desgrana sus coberturas sobre los albores del periodo dictatorial en Bolivia (y sus resistencias), los horrores de la Operación Cóndor en Argentina y otros países, el genocidio ejecutado por EEUU y sus gobiernos títeres en Centroamérica, las penurias del “periodo especial” en Cuba y la guerrilla zapatista en México. Más que una antología de textos de su autor, A la guerra en taxi está confeccionado como un mapa periodístico de algunos de los principales conflictos armados que desangraron a los países latinoamericanos durante la segunda mitad del siglo pasado. En sus textos se respira, de buenas a primeras, el aliento del periodista de raza: ese que sabe dónde encontrar historias y personajes, ese que sabe aquilatar sus narraciones con la información indispensable, ese que sabe cifrar en palabras sus certezas y dudas.

Algo que personalmente aprecio de los textos de Salazar es su despojamiento de vanidad para relatar peripecias que, en manos de un reportero menos hábil y/o más pagado de sí mismo, podrían derivar en fábulas exhibicionistas de aventuras exóticas. El autor boliviano no es ni se asume como un turista, esto es, un visitante ocasional más interesado en sacarse fotos con un paisaje de fondo que en conocer el lugar donde ha ido a parar. El suyo es un ejercicio periodístico en el sentido más digno de la palabra: reconocer la extrañeza del sitio en el que se encuentra y, desde ahí, intentar comprender qué y por qué ocurren las cosas a su alrededor. Los trabajos reunidos en este libro caminan a contrapelo de cierta tendencia autocomplaciente de la crónica actual, en la que el cronista se antoja más importante que el espacio y las personas que debería narrar. No en vano perteneciente a una generación más apegada al rigor de las salas y mesas de redacción, Salazar sortea el vicio pretencioso de generaciones posteriores que quieren hacer alta literatura antes que periodismo y, a la larga, no acaban haciendo bien ninguna de las dos cosas.

Ahora bien, no es que la escritura de Salazar carezca de estilo o renuncie al compromiso con la palabra escrita. Para nada. Hay sobradas muestras de un estilo forjado por los largos años de urgencia periodística y refinado por el deslumbramiento ante la potencia poética del lenguaje. De esto último son muy decidores algunos textos más breves que los reportajes, diferenciados por una tipografía especial y consignados con títulos en cursivas, en los que su autor dibuja perfiles de “monstruos” (Claudio San Román, José López Rega, Luis Arce Gómez) y de “santos” (Óscar Arnulfo Romero, Rutilio Grande, Chan Kin Viejo). La poesía estalla, también, en escritos que, como “Villa Balazos”, “Perfumes democráticos” y “La poética geografía de la guerra”, hacen dialogar a Jaime Saenz y Jorge Suárez con la insurrección callejera en la Revolución del 52 y la resistencia al golpe de Barrientos en 1964, o a la canción popular del nicaragüense Carlos Mejía Godoy con el espíritu libertario que animó las guerrillas centroamericanas. Incluso su dedicación a la aventura zapatista es indicadora de su fascinación por la poesía, al tratarse de una guerrilla que, para muchos, dejó más palabras escritas que balas asesinas.

De conceder al lugar común, debería sugerir la lectura de A la guerra en taxi a periodistas y prospectos de periodistas, pero quiero creer que esa es sugerencia innecesaria por implícita. Prefiero pensar que las “crónicas desarmadas” de Salazar merecen ser leídas por todo aquel que crea en la exploración de la poesía que guardan los seres y las cosas del mundo, incluso los seres que ejercen la violencia, incluso las cosas que mueven la violencia.

Ramona – Opinión – 13 de agosto de 2023

https://www.opinion.com.bo/articulo/ramona/guerra-taxi-geografia-poetica-violencia/20230812201920917088.html