Las «Figuraciones» de Juan Carlos Salazar

Por Darwin Pinto Cascán *

La literatura siempre me lleva a lugares mejores y extrae de mí una versión que sólo existe con ella. La buena literatura es una experiencia que se prolonga hasta después de haber terminado de leer el libro. Es algo que se queda en uno, como un perfume o «esa» mirada que no se va de la mente por muchos días.

Acabo de terminar de leer el libro de cuentos de Juan Carlos Salazar, Figuraciones, y escribo aprovechando que aún estoy tocado por el eco vivo de cada relato. Para mí el libro como un todo, es un bello animal creado por un corazón que ha vivido intensamente y ha encontrado en el uso preciso de las palabras, el modo de darle vida, esencia y nombre.

He disfrutado con todos los sentidos este libro, que aunque no muy extenso, alcanza una maravillosa profundidad en la belleza de cada una de sus historias. Bien escrito, hecho con tinta que sale de la experiencia y de un corazón apasionado por seres y lugares, es una amable criatura, sabia y hermosa.

Cada relato corto es un universo cargado de su propia emoción, de su propio mensaje, de su propio andamiaje. Cada relato tiene cuerpo y tiene alma. Tiene huesos, y amores, y rencores y dolores. Cada uno es un pez único habitando en un océano de 62 páginas.

De las siete historias, me sorprende la transposición del tiempo y el lugar de ¿Acaso crees en Dios?; El retorno a la magia de lo sobrenatural en los campos, en Casilda; lo cíclicas e inevitables que son las fatalidades en El Triste Pizarro; la alegoría de un veneno que hace alucinar a sus mercaderes y a sus consumidores en El santo prestado; o la profunda nostalgia en Aquí vive la muerte. No pude evitar conmoverme profundamente con este cuento, lo cual para mí es una buena señal en lo referente a la factura de la pieza.

En su melodía hay unas pocas notas de Cortázar y tal vez de Rulfo, que sin embargo, no dañan para nada su estilo tan rico en el manejo del lenguaje y tan claro en la clave de sentimiento con el que decide vestir cada historia.

En estos días tan duros para nosotros, leerlo me ha recordado el alto grado de belleza que puede alcanzar la buena literatura cuando se escribe con la honestidad más pura posible: la del corazón.

*Periodista y escritor

https://www.brujuladigital.net/cultura/comentario-las-figuraciones-de-juan-carlos-salazar

Brújula Digital – 07/11/22

Figuraciones

Por Angélica Guzmán Reque *

En el libro Figuraciones de Juan Carlos Salazar, se lee: “Las apariencias son realidades que se visten de poesía para burlar los sentimientos” porque los siete cuentos que lo integran son eso, un renacimiento de sus recuerdos que, cual testigos bullen por permanecer incólumes, por emerger de lo profundo de la reminiscencia, porque son vivencias que sellaron el transcurrir de sus días, de aquellos que nos ayudan a mantener la felicidad o infelicidad de años que se suceden con premura, pero dejan el recuerdo indeleble del paso del tiempo vivido y soñado.

Todos y cada uno de sus cuentos, son, para Juan Carlos la evocación de lo sublime del paisaje, porque detiene su mirada en el color y el aroma que le hacen expresar insondables prosopografías que no solo son poéticas, sino que confieren a la obra el matiz y el sabor necesarios a las páginas que se manifiestan matizadas de verde, de amarillo, de rosa, a la par que corren los ríos de agua cristalina que riega la mirada nítida. “Fue cuando me confesó que asociaba la pólvora con la flor de la retama, con el amarillito amarillando de los campos de retama en flor, como en la canción que se encendía la rebeldía de las guitarreadas estudiantiles.” 

El primer cuento que adorna Figuraciones es Casilda la añoranza de la persona que la revive en una campiña de antaño, una casona que se mantiene en el recuerdo, con el “aroma fresco, sabor a durazno reventón, subía desde la acequia que corría al pie del montículo con sus aguas vidriosas, relampagueantes, pujando por alcanzar el río, entre guijarros bruñidos por el torrente y el tiempo”. Es el que revive el aroma que siempre acompaña y no se deja morir porque son vivencias de los mejores tiempos de las añoranzas de la fe y la superstición de los pueblos que poquito a poco se van sepultando a sí mismos, con ellas se van festividades junto a  minúsculos personajes, creados, no sabremos nunca si de la imaginación fantasmal o de convivencia de las mentes sencillas que emergían, unas veces juguetones, otras provocando miedos: ¿fantasmas?, ¿Seres sobrenaturales? ¿Prodigios?, nunca lo sabremos. Lo que sí se conoce es el retrato de la mujer que llenaba de color y aroma el lugar: “Permanecía absorta, arropada por la fragancia resinosa de los matorrales de queñua, con la mirada fija en el fogón y la olla de barro, donde Josefina, la mujer de Nabor, preparaba la merienda de papas criollas, habas tiernas, choclos de granos dorados y grandes tajadas de queso de cabra.

Otro de los cuentos: El triste Pizarro, retrato de una persona que, como su nombre lo revela, es un rostro enjaulado en la sombra de la melancolía eterna, un ser que trajo consigo, al nacer, la nostalgia del amor frustrado de la madre, alguien que no sabía dialogar, solo respondía con monosílabos: “Nosotros nos entendemos, se limitó a responder el Ñato, cuando el Ojitos Carranza, le preguntó, hecho el gracioso, si no se aburrían de caminar en silencio y de haber convertido los diálogos en soliloquios.“ Es el significado de la amistad, aquella que encontramos en el otro, aquel que no pregunta, no indaga, solo está ahí porque sabe que lo necesitan y es útil, como aquella hermosa frase de Antoine de SaintExupéry en el Principito: «No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo» y Amélie Nothomb dice; “Todo lo que amamos se convierte en una ficción.”

¿Acaso crees en Dios? Terrible cuento del soliloquio de las penas y el recuerdo de un sacrificio en favor de la humanidad y de un martirio en manos de las fuerzas brutales de la ley. Un sentir y un vivir. El sacrificio sangriento al que fuera sometido el Nazareno y, al paso de los años, prosigue la mente de bestias sin sentimiento. Escrito en primera persona, a través de la figura del símil, es la terrible realidad humana que se vivió hacen siglos atrás y, hoy se repite a través del martirio con que se exhorta a una declaración policial o política. Creer o no creer en Dios porque el ser humano, sigue preguntándose, ¿cuál es el límite de las fuerzas sobrehumanas del que castiga y del que sufre? “Si vos no crees en Dios” y, la esperanza persiste, a través del recuerdo, cuando en el cuento leemos: “En medio de un vocerío amontonado de fariseos y samaritanos en túnicas níveas, judíos barbados, plañideras de rebosos enlutados, centuriones plateados y soldados en casacas entorchadas. (…) alcancé a percibir una voz distante. Pater in manus tuas commendo spiritum meum”, decía con palabras dulces, dulcificadas, que rodaban adormecidas por las faldas del monte, arropadas por una brisa crepuscular” y esa esperanza persiste en gente que cree, asílo expresaba John Lennon, uno de los Beatles, que escribió “Imagina a todas las personas viviendo la vida en paz. Podrás decir que soy un soñador, pero no soy el único. Espero que algún día te unas a nosotros, y el mundo sea unidad”. O la que repitió Martin Luther King. “Si ayudo tan solo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano.”

El Santo prestadocuento donde se expone el tema de la religiosidad, es para el ser humano un imperativo necesario de creer en algo superior en el que depositar sus esperanzas e ideales, para poder darle sentido a su vida, es poder encontrar una fuerza que se presenta superior a su propia inteligencia, sentirse, inclusive, acompañado, saber que aquello que parece inalcanzable para él, es posible lograr a través de ese ser, ente o fuerza espiritual. En el cuento se lee “yo le tengo mucha fe al santito, mis amigos mexicanos me han contado que ha hecho favores a tipos picudos, como el Caro, el Señor de los Cielos y el Chapo” Este mismo cuento expone el gran problema de nuestros días La verde los grandes y afortunados seres que gozan de la placidez del dinero, el que lo puede todo, sin embargo, está siempre con la muerte en los talones. Tiene “amigos”, pero son los seguidores del vicio y de la oportunidad de vivir del ocio y de la vida regalada. Los inocentes que se dejan convencer “yo lo conocí de changuito, apenas llegado al pueblo en busca de trabajo. Buena gente sabía ser, calladito, humildito. Yo lo veía rebuscándose la vida”. Decía el gran filósofo y pensador Confucio: “Los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos.”


Tampoco se le olvidó a Juan Carlos, un cuento sobre el valor que tienen los amuletos en la vida de cualquier persona Quitapesares Es el amuleto con que la esperanza de un día mejor o de una buena ventura, la sostenemos con ansiedad y seguridad. Esa fe sencilla con la que se vive y se siente la vida con un amague de felicidad, pero vivencias que no desesperan, sino, más bien se las hace suyas y él dibuja el rictus de alegría en el rostro. “Me cura mis aflicciones en silencio, mientras duermo, y al amanecer, cuando despierto, todos mis temores han desparecido…”, son también, los sitios por donde transitó su felicidad, se apropian de los recuerdos y los visibilizamos como si realmente los volviéramos a vivir. “Los escenarios se apropian de las personas, las recrean y las hacen suyas, hasta convertirlas en ánimas o fantasmas, según los humores y amores que recogen en su transitar por cada momento.”

Aquí vive la muerte, otro de los cuentos, donde leemos: “Cómo no recordarlo, digo yo, si aquí vive la muerte. Sí aquí mismito, en la tierra nuestra, de los trajines nuestros de cada día, porque aquí, en la soledad de la montaña, la vida se ha desposado con la muerte.” El recuerdo del ser amado que parecía vivir profundamente consustanciada con la muerte, que marchaba a la par, como un gemelo identificado consigo mismo. “Todo me queda grande, menos la vida”, presentía. Sobre la muerte ha dicho Henry Van Dyke: “El día de tu muerte sucederá que lo que tú posees en este mundo pasará a manos de otra persona. Pero lo que tú eres será tuyo para siempre.” Y esa realidad la vive la persona que ha sabido amar y sabe que la muerte no le ha arrebatado todo, que se ha quedado dentro de sí y los recuerdos bullen, le acompañan indefinidamente porque bien dice Rabindranath Tagore: “La muerte no está extinguiendo la luz; solo está apagando la lámpara porque ha llegado el amanecer.”

El último de los cuentos titula El espejo y es la rememoración de la figura emblemática del revolucionario Ernesto Che Guevara, por eso expresa: “¿Cuánto tiempo había transcurrido desde entonces? Quiso recordar su partida entre disfraces y precauciones, pero el tiempo se le escapaba como el agua del arroyo inexistente en los días de sol.” Una figura controversial, pero de un valor trascendente por su actitud, sus ideales de un mundo mejor, desde su propia realidad, desde su óptica, sin pensar, quizá, que la humanidad piensa y actúa de muchas maneras, desde su entorno socio cultural. Es la muerte y la forma en que fue ejecutado, sin tomar en cuenta que todo ser humano debe ser sometido a las leyes que rigen, en estos casos sobre los derechos que posee todo serAñade el cuento: “Sintió que miles de agujas de hielo le atravesaban el cuerpo y le estallaban en el corazón. Se escuchó lanzando un aullido, inaudible, y, advirtió que su grito, impotente, quedaba petrificado en una mueca. Se vio suspendido sobre sus despojos, mirándonos desde lo alto, y reconoció su rostro a lo lejos como en un espejo, con la claridad de los amaneceres y la transparencia de lo que hablaría el trovador.

Concluyo con el pensamiento de José Ingenieros, filósofo y escritor argentino, en su ibro El hombre mediocre que dice: “Seres desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre habrá evidente contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el genio, la hipocresía y la virtud”.

*Escritora.

Inmediaciones – Comunicación y Periodismo

De la crónica a la ficción poética

Por Alfonso Gumucio Dagron

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Que esta sea la primera incursión en la ficción de Juan Carlos Salazar del Barrio no significa que se trate de un ejercicio primerizo. Por el contrario, es una obra madura, trabajada como quien pule una escultura de mármol hasta limar todas sus asperezas. No me sorprende la destreza que caracteriza a Figuraciones (2021), porque a lo largo de 50 años de periodismo, el Gato Salazar ha cultivado la crónica, un género más cercano a la literatura que al periodismo: se nutre de hechos reales para convertirlos en el lenguaje universal de la narrativa de ficción.

Sobran ejemplos de escritores que desde la crónica han derivado en la mejor literatura. Hemingway o García Márquez son ejemplos emblemáticos, pero hay muchos más. La misma experiencia vital que nutre la crónica de un periodista acucioso, desarrolla la creatividad de un narrador para quien el lenguaje no es un desafío, sino un río sobre el que navega con despreocupada soltura.

La brevedad del libro (62 páginas) recuerda la precisión en el lenguaje que caracteriza los cuentos de Borges o de Rulfo, quienes se admiraban mutuamente (como sabemos a raíz de un encuentro entre ambos). En los relatos de Juan Carlos Salazar, existe esa misma voluntad: no utilizar más palabras que las necesarias. Hay escritores que estiran sus textos para ocupar más páginas y otros que hacen lo contrario para concentrar la esencia.

Estos cuentos que tienen valor intrínseco como ficciones, serán mejor disfrutados por lectores que conocen la historia reciente de América Latina, aquella que el cronista-cuentista ha vivido de cerca. La lectura será aún más beneficiosa si el lector reconoce los hechos que inspiran a Juan Carlos Salazar. Tenemos ventaja quienes hemos vivido en México y Centroamérica y podemos reconocer el cuento que nos habla al oído sobre la guerrilla salvadoreña o los zapatistas, entre otros guiños contextuales que se inscriben a la par en la historia personal y en la Historia grande, además de una complicidad etaria, por así decirlo, con los lectores que están en el séptimo piso de la vida.

Hay un orden temporal en el libro. El primer cuento, Casilda, apela a la memoria más remota, las historias vividas en la infancia, rodeadas de misterio y fascinación. El autor podría escribir un libro entero con las memorias rumiadas en el subconsciente durante décadas, pero prefiere contenerse, por el momento, con este relato que tiene brochazos costumbristas y un toque de realismo mágico.

El segundo cuento, El triste Pizarro, aborda una etapa de juventud en la que lectores de la misma edad podemos reconocernos en los eucaliptos que rodean el pueblo, las lecturas de Emilio Salgari, los enamoramientos prematuros y clandestinos, entre otras señales que van trazando un camino que inevitablemente lleva lejos del lugar donde uno vivió de niño y joven.

Debo confesar mi debilidad por ¿Acaso crees en Dios?, por la magistral narración de una historia en dos tiempos paralelos. Atrás quedó la Tupiza (no mencionada explícitamente) y ahora estamos en el México del Púas, el famoso campeón de boxeo con conciencia social, un ídolo mexicano. También el México de la pasión de Cristo en Iztapalapa, una tradición cultural que crece cada año más. El cuento teje la violencia simbólica religiosa y la violencia real del bajo mundo en un personaje cuyo nombre emblemático es Jesús Salvador. Un gran cuento.

“Los lugares son como la ropa, sientan bien o mal a las personas…”. Aunque el narrador evita sistemáticamente nombrar países, ciudades o lugares que inspiran sus relatos, es inevitable reconocerlos y reconocerse en ese ir y venir entre México y Bolivia.

Precisamente un cuento, El santo prestado, vincula ambos países a través de una historia de narcotráfico que sucede en el Chapare (que tampoco se menciona). Aquí también la cultura popular, que se expresa en creencias religiosas y mitos urbanos, marca la lectura, mejor aprovechada por quienes tienen antecedentes sobre Jesús Malverde, el santo clandestino de los narcos. La influencia del narcotráfico mexicano en el boliviano es irrefutable, muy lejos de las inocentes influencias culturales que hace 50 años se limitaban a las películas de Jorge Negrete y Cantinflas, o a la proliferación de la música de mariachis. Ahora dominan los nuevos “valores” que descomponen la sociedad: la ostentación del oro y de la muerte. No digo más sobre este cuento que describe esa involución a través de un personaje emblemático: Jacinto.

Disfruto cuando el autor me convierte en cómplice de su experiencia literaria. Me sucedió también con Quitapesares, las muñequitas de tela que hacen los mayas, y que cumplen una función similar a los “atrapasueños” de los indígenas ojibwa (hilos tejidos en un aro con plumas de ave, que se cuelgan sobre la cama para proteger de las pesadillas). De entrada, con las menciones de Jacmel, La Habana, Chiapas, París y Madrid, me sentí pisando territorio conocido, y más aún con los guiños a la Maga de Cortázar (a quien no menciona porque sería redundante hacerlo). Hemos caminado pasos similares en más de cuatro décadas lejos de Bolivia, y eso es algo que nutre la memoria compartida. El cuento es una delicada historia de amor, que nace en tierra zapatista.

Aquí vive la muerte subraya la intolerancia y absurdo de ciertos movimientos armados que ajustician a sus propios camaradas, como sucedió con el poeta Roque Dalton en la guerrilla salvadoreña. No es necesario que se mencione el apellido para reconocer su impronta en este relato que contiene descripciones poéticas hermosas, que me hubiera gustado citar aquí.

El libro se cierra con El espejo, sensible relato en primera persona del guerrillero más emblemático en sus últimos minutos de vida, antes de ser acribillado a balazos. Si no fuera por el dibujo de Luis Zilveti, quedaría en el aire ese famoso apodo de tres letras que ha sido inmortalizado en tantos filmes, ensayos, cuentos y poemas. La perspectiva subjetiva supera a otros relatos sobre lo sucedido en la escuelita de La Higuera.

En Figuraciones Juan Carlos Salazar infiere que el lector es un cómplice informado, cultivado y sensible. Como en la poesía, el autor no precisa ofrecer todos los detalles, sino que invita a recorrer el espacio imaginario compartido que representa toda lectura.

https://www.paginasiete.bo/letra-siete/de-la-cronica-a-la-ficcion-poetica-GD3467989

Página Siete – Domingo, 07 de agosto de 2022 

La valija, de Amalia Decker*

En el breve texto que me solicitó Amalia para la contratapa de su libro, recordé, a propósito del título, una frase de Ernest Hemingway, quien dijo alguna vez que vivimos esta vida como si llevásemos otra en la maleta. Recordé también a ese gran poeta popular que es Joaquín Sabina, quien evoca en una de sus canciones a aquellas mujeres que transitan por la vida con “maletas cargadas de lluvia”.

Dando la razón a Hemingway, escribí en ese breve texto que Amalia lleva muchas vidas en la valija que la acompaña en su errar por el mundo, y como las mujeres de Sabina, que arrastran maletas cargadas de lluvia, Amalia deja caer gotas cargadas de bellas palabras y voces maravillosas.

La Valija, la obra con la que Amalia debuta en el género del cuento, está integrada por 21 relatos breves, distribuidos en cuatro libros. Sus títulos sugieren una diversidad temática sin ligazón aparente alguna, cuentos que muy bien podrían tener una vida independiente como textos autónomos. Sin embargo, la disparidad es solo aparente, como en toda ficción.

Y son los propios personajes los que nos dan la pauta. Amalia nos ofrece, como también escribí, voces maravillosas, colmadas de amor y de pasión, pero sobre todo de nostalgia, una nostalgia por mundos que ella añora pero que no acaban de llegar; mundos que ella los inventa, una y otra vez, en la búsqueda de ese mundo que quisiera para ella y para los demás.

Como las “mujeres de ojos grandes” de Ángeles Mastretta, los personajes de Amalia Decker no llevan otro equipaje que la ilusión y el futuro.

Una valija no solo sugiere viajes. Evoca también al baúl del viejo desván, donde aparcamos cosas que creemos inútiles y que recobran valor cuando las desempolvamos. Baúles como la memoria, que guardan recuerdos que nos servirán con el tiempo para recuperar el pasado, pero también para perfilar el futuro.

Son los “guardados” de los que nos habla Amalia, los “guardaditos” que van conformando nuestra experiencia vital, nuestra propia existencia, para bien y para mal.

Son, pues, los recuerdos rescatados de esa valija los que dan vida a los personajes. Y son esos personajes, en su transitar por la vida, los que dan unidad al volumen.

Según un refrán popular, “solo los que vagan encuentran nuevos caminos”. Es lo que ha hecho Amalia en su vagar por el mundo con su valija a cuestas, buscar nuevos caminos, como lo hacen sus personajes, para dar razón a quien dijo que “no todos los que deambulan están perdidos”. 

“Entre el ensueño y la pesadilla voy en busca del abrazo cálido de la ciudad que yo deseo”, dice uno de ellos, en una frase que refleja muy bien la añoranza de Amalia por ese mundo que no acaba de llegar, pero que ella lo inventa, una y otra vez, como todo hacedor de utopías, “con asombro y con miedo”, en un caminar titubeante.

Su recorrido, nos dice la autora en la presentación, fue “lleno de obstáculos, de desaciertos, de amores, de pasiones, de pérdidas y de dolor”, experiencias con las que fue llenando su valija. “Sentí  que había muerto para volver a nacer y así contarle al mundo estas historias”.

Es tal vez el libro primero, titulado “Pasados por el tamiz del tiempo”, el que mejor refleja esas historias, las que nacen de su experiencia guerrillera, historias de las que Amalia dice que “estuvieron encarceladas en la valija de su memoria por una falsa lealtad”.

En los cinco cuentos, la autora dialoga con Marcela, que no es otra que su alter ego. Es, pues, un diálogo consigo misma.

Obviamente, no estamos hablando de literatura política, entre comillas, pero sí de la reflexión que cabe en toda ficción. En este sentido, sí podemos hablar de un ajuste de cuentas con el pasado, porque, como dice la interlocutora de Marcela,  no es posible dejar la mente en blanco eternamente.

Marcela dice que ha corrido mucha agua bajo el puente, pero que no sabe cuánto más tiene que llover para borrar ese pasado que le ha dejado una huella indeleble, una militancia que describe como un “viaje de naufragios que le robaron los sueños juveniles”.

“Creíamos que éramos invencibles… Y en realidad, ya estábamos vencidos”, dice Marcela en su severa autocrítica.

No hay frustraciones que no generen utopías ni utopías que no terminen en frustraciones.

Y los textos reflejan el desencanto que sufre la protagonista, es decir Amalia, de su experiencia en la Cuba revolucionaria, la Cuba que para mi generación y la generación de Amalia era el faro que iluminaba el futuro colectivo.

Marcela, como todos los jóvenes de entonces, imaginaba que las enormes palmeras de La Habana eran mujeres preñadas que se mecían al ritmo suave de un son cubano.

Si las historias del libro primero estuvieron “encarceladas” en la valija de su memoria por una “falsa lealtad”, las historias de los otros tres libros son producto, como dice su autora, del “libre albedrío”, que le ha permitido imaginarlas e inventarlas, durante esas horas, como dice una de sus protagonistas, que “se disuelven solas o por inercia”.

Son las querencias de hombres y mujeres que caminan por las calles buscando el rostro o el olor del ser querido, para dar la razón a Pablo Neruda cuando decía que el amor es más corto que el olvido.

Todos sabemos que el «desamor” no existe, porque no se puede «desquerer”, como no se puede desandar un camino, aunque se retorne por el mismo sendero.

Los caminos son de ida y vuelta, es cierto, pero siguen siendo los mismos, solo que vistos desde perspectivas diferentes. El desamor, si existe, es la otra cara del amor o, si se quiere, la cal viva que suele repartir el destino por cada porción de arena que ofrece  a lo largo de la vida.

Los personajes de Amalia, los malqueridos y los bienamados, recorren ese camino, algunos de ida, otros de vuelta, sintiendo, como dice uno de ellos, que no hay tierra debajo de sus pies.

No hay amor sin pasión, y no hay pasión sin deseo sensual, el que regala el placer de los cuerpos en la entrega incondicional a través de la imaginación y la fantasía. Los personajes de Querencias se entregan al juego erótico en pasajes que marcan una de las características de los relatos del tercer libro del volumen.

Es el caso del juego amoroso de Valentina y Joaquín en la mecedora de la abuela, donde los jóvenes amantes disfrutan sus encuentros clandestinos, espiados por la prima de Valentina.

“A ella también le gustaba que los espiara”, dice la fisgona. “Mientras los miraba amándose, mi cuerpo entero se erizaba… No solo me gustaba verlos sino sentir esa extraña sensación de cosquillo que me invadía en todo el cuerpo”, apunta la protagonista silenciosa de las citas amatorias.

O como Inés, que conduce  paso a paso a su joven amante, Sebastián, por “el túnel de la pasión”.

El Edén es el sueño y la metáfora de la búsqueda de la riqueza y la realización personal––utopía al fin– a  través de códigos y caminos del narcotráfico, personajes  que diseñan su propio destino y llevan la vida marcada para siempre, de la que solo se puede salir con las botas por delante.

Es la mirada piadosa y adolorida de mujeres, como Eva, la Princesa del Edén, que pagan con su cuerpo y en metal  los favores de los hombres del poder, de mujeres que terminan cediendo por las buenas o por las malas.

Los cinco cuentos de Inventando ciudades son, para mi gusto, los mejor logrados, los más íntimos y por ello mismo, las más reflexivos, escritos con la maestría de las mejores narradoras.

Son textos, como ella misma dice, que le permitieron transitar entre la nostalgia y la imaginación, volar y descubrir en los pliegues de su memoria el eco de los recuerdos y encontrar los rumores esenciales de la vida.

Los títulos de cada uno de ellos nos anticipan la poesía de su contenido: el rumor de vida, las voces del viento, el polvo de las hadas, la sinfonía de la vida.

Me quedo con el párrafo de unos de los textos: “Mis pies caminan en un camino ajeno, como si todo concluyera  paradójicamente en una ciudad de extrañas pretensiones. Es un laberinto de espejos donde a pesar de buscarme no me encuentro”.

Es una bella metáfora de su búsqueda permanente, de su incesante persecución de utopías y del impulso que la empuja a inventar los mundos que añora.

*Texto leído en la presentación del libro de cuentos La valija. La Paz, 14 de julio de 2022.-