Robert Redford, “el tupiceño”

“¿El Redford…?”, devuelve la pregunta el viejo Manuel, dándose tiempo. “Dicen que se sentaba en ese banco, frente a la iglesia… Que iba al mercado a comer tamales…”, agrega con su sonrisa desdentada.

Habla de “el Redford” con la misma naturalidad con la que se refiere a cualquier vecino. Para algunos tupiceños, Robert Redford y Paul Newman son casi paisanos, porque creen que se paseaban por las calles del pueblo cuando filmaban la historia de Butch Cassidy y Sundance Kid, los bandoleros estadounidenses que trajinaron por Tupiza y encontraron la muerte en San Vicente, “aquicito nomás”, a principios del siglo pasado.

Más de un tupiceño se alegró cuando leyó en un periódico que Redford había emprendido una campaña para “proteger los paisajes en los que rodó la película”. Pero la noticia no se refería a Tupiza, ni siquiera a San Vicente, un pueblo que se está cayendo a pedazos, sino al verdadero escenario del rodaje, el Parque Nacional Canyonlands de Utha, amenazado por la explotación petrolera.

Lo cierto es que “el Redford” nunca estuvo en Tupiza ni habló de Tupiza. Tampoco Newman, porque la famosa cinta Dos hombres y un destino (1969) se filmó en México y en Tierra de Cañones (Canyonlands), cuyos cerros colorados son parecidos a los tupiceños.

Pero, como solía decir un galán del cine mexicano, eso “no tiene la menor importancia”, porque si el mito existe y la gente lo cree, la verdad sale sobrando. Al fin y al cabo, Butch/Paul y Sundance/Robert hicieron de Tupiza un atractivo turístico al dar a conocer mundialmente la leyenda de los forajidos.

Desde Tupiza parten excursiones diarias a San Vicente, cuya población recibe a los visitantes –en su mayoría extranjeros– con un pintoresco letrero: “Aquí descansan los restos de Butch Cassidy y Sundance Kid”.

Cuando se estrenó Dos hombres y un destino en el Cine 7 de Noviembre, “el Redford” no era muy conocido en Tupiza –tampoco en el resto del mundo–, pese al éxito de La rebelde, la cinta que filmó con Natalie Wood, y La jauría humana, la que rodó con Marlon Brando, Angie Dickinson y Jane Fonda, ambas en 1966. Un año después volvió a trabajar con la Fonda en Descalzos por el parque, que lo consagró como el sex symbol del momento. Pero, en realidad, debe su popularidad a Dos hombres y un destino y a El golpe (1973), también en pareja con Newman.

Charles Robert Redford Jr. nació el 18 de agosto de 1936 en Santa Mónica, Los Ángeles, en el seno de una familia católica de origen irlandés. Martha, su madre era ama de casa, y Charles, su padre, lechero. Se crió en uno de los barrios broncos de Los Ángeles. Su biografía oficial lo pinta como un niño rebelde, aficionado al dibujo y proclive a inventar y contar historias.

A la muerte de su madre, en 1955, abandonó los estudios y se fue a Europa para probar suerte como artista, oficio al que le había tomado afición en su época de escolar. No fue una buena experiencia. Volvió desilusionado. Lo único que le dejó la vida de bohemia en Francia e Italia fue la afición por el alcohol.

Poco tiempo después conoció a Lola van Wagenen, con quien estableció una larga relación. Gracias a ella dejó de beber y se inscribió en el Pratt Institute de Nueva York para estudiar arte e interpretación.

En 1958 nació su primer hijo, Scott, quien falleció meses después. Uno de sus profesores le consiguió en ese mismo año un pequeño papel en Broadway, y en 1960 comenzó a trabajar para la televisión en Playhouse 90 y, a continuación y casi sin parar, en Perry Mason, Alfred Hitchcock presenta y La dimensión desconocida , las series más populares de su época. Su padre, un empleado de la petrolera Standard Oil, hubiese preferido verlo en algo más estable: “¿Por qué no te buscas un trabajo de verdad?”, le dijo en una ocasión. Para entonces ya era todo un jefe de familia, tras el advenimiento de su hija Shawna y su hijo David James.

En 1961 triunfó con la obra teatral Sunday in New York y se convirtió en una estrella con Descalzos por el parque. Un año después protagonizó su primer largometraje, War Hunt, de Denis Sanders. Y desde entonces no paró. También en 1962 llevó al cine Descalzos por el parque, junto a Jane Fonda, que fue un gran éxito.

Con Paul Newman congenió desde un principio. Dos hombres y un destino, de George Roy Hill, y El golpe, también de Hill, consagraron a ambos como una de las parejas más importantes de la historia de la cinematografía. El golpe se llevó siete estatuillas Óscar. Se dice que no tuvo la misma química con Dustin Hoffman, con quien coprotagonizó otro filme de gran éxito, Todos los hombres del presidente (1976), de Alan J. Pakula, sobre el escándalo de Watergate, nominada a seis premios Óscar.

Son igualmente memorables sus actuaciones con Mia Farrow, en El Gran Gatsby (1974), y Meryl Streep, en Memorias de África (1980), que cosechó siete premios Óscar. A la dirección de Sydney Pollack debe otras dos cintas de éxito, Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972) y Tal como éramos (1973), coprotagonizada por Barbra Streisand.

Bajo la conducción de Michael Ritchi protagonizó una de sus primeras películas de corte político, El candidato (1972), sobre un abogado joven e idealista que se da de bruces con el mundo de la política en momentos que Richard Nixon buscaba su reelección y no imaginaba que terminaría renunciando a causa del escándalo de Watergate.

En 1980 creó un centro de enseñanza para jóvenes cineastas, el Instituto Sundance, que patrocina desde entonces el Festival Sundance, en Park City, Utah. Lo hizo con sus propios recursos. El instituto suele subvencionar a realizadores noveles con todos los gastos pagados durante cuatro semanas y les proporciona profesores, asesoramiento y material técnico para sus proyectos.

El nombre viene de su icónico filme Dos hombres y un destino, en la que da vida al bandolero The Sundance Kid. Se dice que la idea la tomó de la escuela del Nuevo Cine Latinoamericano de Santiago de los Baños, Cuba, la que conoció por invitación de su fundador, Gabriel García Márquez.

De ideas progresistas, difundió su ideario dentro y fuera del celuloide. “Creo que el cine tiene un poder político del que no somos totalmente conscientes y yo hablo de política a través de mis películas”, declaró en una ocasión. “Para construir un mundo mejor, en ocasiones hay que destruir el antiguo, y eso crea enemigos”, afirmó en otra oportunidad.

Estuvo varias veces en Cuba. Impresionado por los logros que dijo haber encontrado en la isla, no tuvo empacho en declarar su admiración por el líder cubano. “Admiro a Fidel Castro. ¿Cómo no admirar a un hombre que se las ha arreglado para mantener a su país frente a toda la presión norteamericana?”, declaró.

Apoyó a Barack Obama porque creía que “era tiempo para un cambio”, pese a que, según decía, prefería respaldar a “políticos de un nivel más terrenal, como congresistas o alcaldes”. No siempre fue así y alguna vez expresó su decepción por los políticos. “Hoy la política –dijo– no es cuestión de ideología ni de interés público, sino de egos. Y eso es algo muy triste”.

A partir de Dos hombres y un destino, el nombre de Redford quedó ligado definitivamente al de Sundance Kid. Y también al de Tupiza. “Donde diablos esté Bolivia, allí es adonde nos vamos…”, le dice Newman en la película. Lo hicieron, pero sólo en el cine.

El cronista tupiceño Francisco Salazar Tejerina, Don Pancho, el primero que investigó las andanzas de los dos pistoleros en Bolivia, relató en su folleto Leyendas y tradiciones de Tupiza que un día recibió la visita de un ciudadano estadounidense que dijo ser nieto de Butch Cassidy y quería que le contara la historia de su abuelo. “Yo entonces no sabía mucho, le dije todo lo que sabía; me dijo que tenía que escribir un libro”, escribió Don Pancho.

El gringo estuvo husmeando por toda Tupiza en busca de información. “Un día que yo estaba descansando en la plaza, noté que me estaban sacando fotos desde un vehículo estacionado cerca, seguramente para su libro. Supe después que también hicieron una película sobre la vida de Butch Cassidy con la que han debido ganar mucho dinero”, agregó.

El cronista, por entonces nonagenario, no se equivocaba. La cinta recaudó 102 millones de dólares el primer año de su exhibición en Estados Unidos y convirtió a Redford en celebridad.

(Dibujo de Marcos Loayza)

Página Siete – 14 de octubre de 2018

Jorge Suárez, el sonetista de la copla

Jorge Suárez no cantaba ni tocaba la guitarra. Tampoco declamaba bien, pero lo intentaba, a fuerza de convicción y sentimiento. Lo primero que pedía al guitarrista de turno en las noches de bohemia era acompañamiento para recitar Manuel sombrerero, su “poema musical” en ritmo de cueca, bailecito y redoble. Aclaraba la voz con un trago seco y se lanzaba a contar la epopeya de uno de los tantos héroes anónimos de la revolución del 9 de Abril. Claro, no era un buen declamador, pero sí un gran poeta y narrador.

Enfundado a reventar en su abrigo gris de siempre, bufanda al cuello, pedía bailecito y empezaba: Rompe la alborada el trueno / trágico de cribadora / y trepida la ametralladora / ronca desde el hondo callejón moreno. Aspiraba profundamente su Derby, lanzaba la bocanada de humo y vámonos con el redoble: ¡Baja de los cerros, baja! / ¡Baja, Manuel sombrerero! / Que te espera en el desfiladero / una rosa roja para tu mortaja. Rasguido doble, otro seco y se va la primerita de la cueca: Palomitay, dale un beso / de despedida a Manuel, / con tu boquita de miel / dale un beso palomita, / mañana dirás un rezo, / ni te acordarás de él. Con o sin acompañamiento, sus sonetos sonaban a copla.

Era su época de “poeta social”, en los albores de los 70, aunque no era conocido como tal, sino como periodista, oficio con el que se ganaba la vida. Ya había publicado ¡Hoy! Fricasé (1953), con Félix Rospigliosi, Los melodramas auténticos de políticos idénticos (1960) y Elegía a un recién nacido (1964); pergeñaba uno a uno sus Sonetos con infinito, que publicaría años más tarde, en 1976, y probablemente El otro gallo ya revoloteaba en su cabeza.

En su “sociedad poética”, a la que bautizaron con derroche de humor como el “Consorcio de ingenieros del Soneto” (COSINETE), Suárez y Rospigliosi “acometieron el soneto en todas sus formas” y cantaron al yatiri, al liwi-liwi, a la imilla, al heladero, a la solterona, al varita, a la birlocha, al cargador, al conscripto, al hualaicho, al lustrabotas y al botabasura, entre otros personajes del pueblo, pero también a lugares tan emblemáticos como la Calle Comercio, el tambo, Churubamba, el thantakhatu y el Panóptico. Y, por supuesto, ¡al fricasé!

Nació en La Paz el 26 de marzo de 1931 y murió en Sucre el 27 de julio de 1998. Tras egresar del colegio San Calixto, viajó a Cochabamba con Rospigliosi para asistir a un festival de poesía, donde cautivó con sus versos de “tono revolucionario”, a decir del poeta José Antonio Terán Cabero.

Llegaron poco después del triunfo de la revolución del 52. Suárez decidió quedarse para estudiar Derecho, pero pronto abandonó la carrera para dedicarse al periodismo en el diario El Mundo, que dirigía Víctor Zannier, el periodista que años más tarde llevaría el diario y las manos del Che Guevara a Cuba.

“Un día de esos, de pronto, apareció al frente de la casa. No sé quién le ayudaría a encontrar mi domicilio, pero ahí estaba, solo, con el pelo alborotado y los ojos enrojecidos. Estaba muy cansado, tenía palpitaciones en el pecho. Ya desde entonces tenía ese problema, tenía la presión alta. No había dormido. Pidió algo para aliviarse, le ofrecimos agua, no sabíamos qué malestar era el suyo ni acertábamos con alguna medicina. Reposó un rato y luego se fue a descansar. Lo acomodamos y se echó a dormir”, rememoró años después Terán Cabero, el famoso Soldado Terán, en un testimonio recogido por Luis H. Antezana. Era el Suárez de cuerpo entero.

El excanciller Gustavo Fernández, por entonces un joven estudiante de Derecho, estaba pensionado con Suárez y Rospigliosi en la casa de Doña Julia, la mamá del Soldado, y recuerda la rivalidad entre ambos poetas. “No eran broncas, más bien eran pullas, burlas, juegos mordaces. Se llevaban muy bien, pero se pinchaban y provocaban constantemente”, que no eran otra cosa que la prolongación de las “cáusticas escaramuzas” que sostenían ambos en la Alcaldía, donde trabajaban.

Fue en esa época, a fines de los 50 o principios de los 60, antes de retornar a La Paz, que se distanció –nadie sabe por qué– de Rospigliosi. “Jorge era en su juventud no sólo bromista sino, alguna vez, hasta perverso”, confió Terán a Antezana. “Solía burlarse de los versos del prójimo y los tergiversaba con cierta maldad provocativa”. Para muestra, sus melodramas auténticos y sus epitafios. Esa manera de ser, según el periodista José Luis Alcázar, le ganaba muchas antipatías, puesto que no todos entendían sus sátiras ni sus ironías.

Terán recuerda que Suárez y Rospigliosi emprendieron una polémica en verso, “desbordante de veneno y de calificaciones insultantes”. Suárez firmaba sus columnas como Paspartú. “Rospigliosi lo llamaba Pasparsucio (…), algo muy penoso para quienes admirábamos el talento de ambos amigos”.

Así, con “el pelo alborotado y los ojos enrojecidos”, sudoroso y asesando, como lo describe Terán, Suárez subía por la calle Ayacucho hasta la plaza Murillo, donde estaba ubicada la redacción de Jornada, el último periódico paceño de prensa plana y tipos móviles, que fundó el 4 de noviembre de 1964. Aunque el vespertino apareció el mismo día del golpe del general René Barrientos Ortuño, Suárez siempre negó que su periódico hubiese sido financiado por el militar golpista, concretamente por su ministro de Gobierno, Antonio Arguedas, como decían las malas lenguas.

En mancuerna con otro periodista de talento, Mario Rueda Peña, El Gato, hizo escuela en crónica roja. Eran legendarios los títulos de su sección policial, en los que mezclaba la sátira con la picaresca criolla. “Cholita perdió la honra por recuperar su sombrero”, tituló en una ocasión a toda página. Suárez –el Loco para sus amigos- sostenía que su vespertino vivía de sus ventas y de la publicación de edictos.

“No hago periodismo para ganarme la vida. Es para mí una vocación tan viva como la literatura. No podría saber si empecé haciendo periodismo o empecé haciendo literatura, pero no alcanzo a concebir mi propia obra al margen de una u otra actividad”, declaró en una ocasión. En todo caso, para él, periodismo y literatura eran oficios complementarios, dos formas de escritura, las dos caras de una misma medalla.

Periodista al fin y al cabo, fue el único poeta que cantó al canillita: Entre una polvareda de grises barrenderos / –carne de alba estrujada, blanco niño morado– / caen en tu silencio níqueles usureros / que hacen el pan más bueno y el dolor más cantado. / Las horas febrilizan tus pasos pregoneros / llegando tu pequeño corazón desbocado / donde asoma el fantasma de los ojos severos / que en los negros inviernos te destroza el costado.

Durante los gobiernos militares de Alfredo Ovando Candia y Juan José Torres (1969-71) fue embajador en México y Argentina. El golpe de Hugo Banzer Suárez lo sorprendió en Buenos Aires. Tras un largo exilio, retornó a Bolivia para dedicarse de lleno al quehacer literario, aunque también ejerció el periodismo en el diario El Correo del Sur de Sucre. En los años 80, dirigió el Taller de Cuento Nuevo en Santa Cruz, donde, según el poeta Homero Carvalho, se forjaron “algunos de los más importantes narradores cruceños, benianos y chaqueños”. Y publicó El otro gallo (1982).

Con el “humito blanco” y el “aroma rubio” de su Derby, al que le dedicó un poema, “oculto en la bufanda de su invierno”, era un personaje de su propia poesía, el caminante que va dejando “rosas de polvo sobre la calzada”, el poeta que va “rompiendo con la frente el día”, un “rayo de otro cielo”.

(Dibujo de Marcos Loayza)

Página Siete – 19 de agosto de 2018

Víctor Jara, el de la sonrisa ancha y la vida eterna

“Son cinco minutos /  la vida es eterna / en cinco minutos”, cantaba Víctor Jara cuando recordaba a Amanda, la de “la calle mojada, la sonrisa ancha, la lluvia en el pelo”, y cuando evocaba a Manuel, el compañero amado “que nunca hizo daño” y que “en cinco minutos quedó destrozado”. El cantautor estaba en la plenitud de su vida y su arte.

Años después, preso y desgarrado por la tortura, escuchando otras sirenas, no las que convocaban a Manuel a la vuelta al trabajo, siguió cantando, pero esta vez de dolor. “Canto qué mal que sales / Cuando tengo que cantar espanto /  Espanto como el que vivo / Espanto como el que muero”, escribió en su último y desgarrador poema de apenas 20 palabras.

Tuvo una muerte lenta, desde que fue detenido en la Universidad Técnica del Estado (UTE), junto con otros 600 profesores, estudiantes y funcionarios, el 12 de septiembre de 1973, al día siguiente del golpe pinochetista, hasta su asesinato. Un oficial con lentes oscuros y rostro pintado, conocido como El príncipe, lo reconoció cuando entraba al Estadio Chile con las manos entrelazadas en la nunca. “¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!”, gritó al verlo, según un testigo. “¡A ese huevón, a ése! ¡No me lo traten como señorita, carajo!”, agregó. “¡Así que vos sos Víctor Jara, el cantante marxista, comunista concha ‘e tu madre, cantor de pura mierda!”, le espetó.

Los soldados lo sacaron de la fila a culatazo limpio. El prisionero cayó casi inconsciente a los pies del oficial. Allí empezó su calvario. No fueron cinco minutos. Fue golpeado y torturado durante cuatro días. Un oficial le rompió los dedos a pisotones. “¡A ver si ahora vas a tocar la guitarra, comunista de mierda!”. 

Su cuerpo, cubierto de sangre, apareció detrás de un matorral, junto al Cementerio Metropolitano. La primera autopsia, practicada en 1973, reveló 44 balazos. Una nueva, realizada en 2009, confirmó que el poeta murió por múltiples impactos. “Mi corazón late como campana”, se les escuchó decir poco antes de ser conducido a la muerte.

La justicia es lenta, pero llega. En el caso de Víctor Jara, tardó 45 años. Los nueve militares responsables del asesinato fueron declarados culpables y condenados a 18 años de cárcel, en un proceso que concluyó el 4 de julio. Además, el Estado chileno deberá indemnizar a la familia de la víctima con dos millones de dólares.

Nacido 28 de septiembre de 1932 en el seno de una familia campesina de la provincia de Ñuble, en el sur chileno, encontró la vocación musical de la mano de su madre, Amanda Martínez, quien tocaba la guitarra y cantaba. De su padre, Manuel Jara, heredó el amor a la tierra. Las necesidades familiares lo obligaron a ayudar a su padre desde niño en los trabajos del campo. Se dice que en honor a sus padres compuso Te recuerdo, Amanda.

Por consejo de un cura, ingresó en un seminario. “Lo hice por razones íntimas y emocionales, por la soledad y la desaparición de un mundo que hasta entonces había sido sólido y perdurable, simbolizado por un hogar y el amor de mi madre”, recordaría años más tarde. Buscó refugio en la Iglesia pensando en que allí podría “encontrar un amor diferente y más profundo que quizá compensaría la ausencia de amor humano”. Sin embargo, abandonó el seminario dos años después, al comprobar que no tenía vocación.

Ícono cultural del socialismo chileno y latinoamericano, el autor de El manifiesto desarrolló una amplia carrera como autor, director y actor teatral, pero sobre todo como cantor y compositor, hasta convertirse en referente internacional de la canción protesta y la Nueva canción chilena.

Estudió actuación y dirección en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile. A sus 27 años, dirigió su primera obra de teatro, Parecido a la felicidad, de Alejandro Sieveking, y con La mandrágora, de Maquiavelo, realizó una gira por varios países latinoamericanos.

Compaginó su actividad teatral con la musical. En 1957, ingresó al conjunto folclórico Cuncumén. En 1959 grabó su primer disco y en 1961 compuso su primera canción, Paloma, quiero contarte, e hizo una gira europea con Cuncumén. Fue director artístico del grupo Quilapayún y en 1966 grabó su primer longplay como solista, Víctor Jara. Entre 1969 y 1973 publicó Pongo en tus manos abiertas, Canto Libre, El derecho a vivir en paz, La población y Canto por travesura.

Asumía el compromiso político y la militancia en la protesta social como actividades inherentes a su oficio de cantautor y promotor de la cultura. Afiliado desde joven al Partido Comunista, solía decir que sólo el amor a la justicia conduce a la dignificación del hombre. “Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz, / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón”, proclamaba en El manifiesto

Participó activamente en la campaña electoral que llevó a Salvador Allende al poder. Al asumir la presidencia, el líder socialista lo nombró “Embajador cultural”. El día de la rebelión militar, Jara  tenía previsto intervenir con Allende en un acto político programado en la UTE.

Al estallar el golpe, el artista se sumó a la resistencia. Estudiantes, trabajadores y profesores permanecieron esa noche concentrados en la universidad. Los golpistas detuvieron al día siguiente a 600 personas, entre ellos a Jara, y los trasladaron al Estadio Chile, que años después sería rebautizado con el nombre del poeta. A sus compañeros de prisión, cerca de 5.000, dedicó uno de sus últimos poemas: “¡Cuánta humanidad / con hambre, frío, pánico, dolor, / presión moral, terror y locura!”.

Uno de los testigos de la detención, el abogado Boris Navia, recordó que Jara fue golpeado con furia una y otra vez, en el cuerpo y en la cabeza. “Casi le estalla un ojo. Nunca olvidaré el ruido de esa bota en las costillas. Víctor sonreía. Él siempre sonreía, tenía un rostro sonriente, y eso descomponía más al facho. De repente, el oficial desenfundó la pistola. Pensé que lo iba a matar. Siguió golpeándolo con el cañón del arma. Le rompió la cabeza y el rostro de Víctor quedó cubierto por la sangre que bajaba desde su frente”, declaró al diario El País de Madrid.

Cuando fueron exhumados sus restos en 2009, el pueblo chileno le brindó un emotivo homenaje.

“Este sábado entierran a Víctor Jara por segunda vez. Quien amó tanto la vida, 36 años después, vuelve a pasear su muerte”, escribió Joan Manuel Serrat. Al conocer el fallo, la expresidenta Michelle Bachelet, detenida y torturada por los golpistas, declaró: “Víctor Jara canta con más fuerza que nunca y Chile hace justicia con su historia”.

Como Amanda, Víctor Jara tenía la sonrisa ancha, y como Manuel, nunca hizo daño. Hoy tiene vida eterna.

(Dibujo de Marcos Loayza)

Página Siete – 22 de julio de 2018

Federico García Lorca: Hace 120 años nació el romancero gitano

Cuentan que deambulaba por los bares de la Alcaicería de Granada, lloriqueando, siempre ebrio, frente a una copa de vino, repitiendo una y otra vez: “Perdóname, Federico, perdóname”. Era uno de los hermanos Rosales, jefe de la Falange Española en la región, arrepentido de su felonía. Años antes había entregado a Federico García Lorca a los esbirros de la dictadura franquista. Como escribiría el poeta Antonio Machado, el “Homero español” salió al campo frío por una calle larga, aún con las estrellas de la madrugada, caminando entre fusiles, rumbo al paredón.

Nacido un 5 de junio de hace 120 años en Fuente Vaqueros, una comarca andaluza de la vega granadina, el poeta del Romancero gitano fue fusilado en el camino de Víznar a Alfacar, Granada, el 18 de agosto de 1936, acusado de socialista, masón y homosexual. “El pelotón de verdugos no osó mirarle la cara. Todos cerraron los ojos; rezaron: ¡ni Dios te salva! Muerto cayó Federico, sangre en la frente y plomo en las entrañas”, lloró Machado en su poema El crimen fue en Granada (1937).

“Tengo una poesía de abrirse las venas, una poesía evadida ya de la realidad como una emoción donde se refleja todo mi amor por las cosas y mi guasa por las cosas. Amor de morir y burlar de morir”, había escrito, premonitoriamente. Como no le preocupó nacer –según afirmó alguna vez–, tampoco le preocupaba morir. Pensaba, como dijo en otra ocasión, que sólo aquellos que temen a la muerte, la llevan sobre sus hombros.

Su nombre completo era Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca, hijo de Federico García Rodríguez, un hacendado que cultivaba remolacha y tabaco, y de una maestra de escuela, Vicenta Lorca Romero, tierna y querendona, quien le fomentó el gusto por la buena lectura, aunque en su niñez se mostraba más interesado en la música que en la literatura.

Solía reunirse con otros jóvenes intelectuales en la tertulia El Rinconcillo del café Alameda, con quienes se trasladó en 1919 a la famosa Residencia de Estudiantes de Madrid, donde trabó amistad con los intelectuales más importantes de la época, como Salvador Dalí, Luis Buñuel y Rafael Alberti. Se dice que Lorca animó a escribir a Dalí y Dalí a pintar a Lorca, quien llegó a presentar una exposición en Barcelona.

También frecuentó a Juan Ramón Jiménez y a la camada de escritores que dieron nombre a la Generación del 27, como Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre y Rafael Alberti, entre otros. En 1921 conoció al maestro Manuel de Falla, con quien emprendió varios proyectos vinculados a la música, una de sus vocaciones juveniles. De esa relación nació el Poema del cante jondo.

Tenía 38 años recién cumplidos cuando estalló la sublevación de Francisco Franco, el 17 de julio de 1936, en Marruecos. Para entonces ya había escrito sus obras más emblemáticas, Poema del cante jondo (1921), Romancero gitano (1928), Un poeta en Nueva York (1930), Bodas de sangre (1933) y Yerma (1934, y terminado de escribir La casa de Bernarda Alba, el “drama de la sexualidad andaluza”.

Detestaba la política partidaria y se dice que incluso resistió la presión de sus amigos para hacerse miembro del Partido Comunista. Sin embargo, sufrió duras críticas de los sectores conservadores por su amistad con personalidades socialistas, como el ministro Fernando de los Ríos y la actriz Margarita Xirgu. Su popularidad y sus declaraciones a la prensa contra las injusticias sociales que él veía en España y en su Andalucía natal lo convirtieron en un blanco perfecto para el fascismo.

Alguna vez se definió como “católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico”, pero, si en algo creía, era en la libertad. “En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida”, afirmó en una ocasión.

La instauración de la Segunda República (1931) trajo una bocanada de aire fresco a la España conservadora. Junto con el escritor y escenógrafo Eduardo Ugarte y financiado por el Ministerio de Educación que dirigía Fernando de los Ríos, codirigió La Barraca, un grupo de teatro universitario, con el que representó obras teatrales del Siglo de Oro, pero el proyecto se vio truncado por el estallido de la guerra civil española.

Ya antes de que estallara el conflicto, España vivía un clima de violencia e intolerancia. Los embajadores de Colombia y México le ofrecieron asilo, temerosos de que pudiera ser víctima de un atentado debido a su identificación con la República, pero Lorca rechazó las ofertas y retornó a su tierra, adonde llegó el 14 de julio de 1936, tres días antes del alzamiento de Franco en Melilla. “Me voy a Granada y que sea lo que Dios quiera”, había dicho a su familia.

En Granada buscó refugio en casa del poeta Luis Rosales, donde –según creía- estaba más seguro, debido a que dos de sus hermanos, en los que confiaba, eran dirigentes falangistas. A pesar de ello, el 16 de agosto de 1936, se presentó una patrulla de la Guardia Civil para detenerlo. Se dice que el gobernador de Granada, José Valdés Guzmán, consultó con uno de los líderes del alzamiento, el temible teniente general Gonzalo Queipo de Llano, lo que debía hacer con Lorca. El militar respondió: “Dale café, mucho café”. Es decir, que lo pasara por las armas.

Dos días después, lo sacaron de su celda, le dieron el “paseo de la muerte” y lo ajusticiaron en un descampado. El régimen franquista nunca reconoció su implicación en el crimen. Aunque no existen datos precisos, se dice que fue fusilado en el camino Víznar-Alfacar. Su cuerpo permanece enterrado en una fosa común anónima en un paraje conocido como Fuente Grande, junto con otros tres compañeros de desdicha.

«Estoy persuadido de que Lorca está en el parque que lleva su nombre, a dos pasos de la acequia de Aynadamar, construida por los árabes en el siglo XI para trasladar agua a Granada. La palabra significa Fuente de las Lágrimas. Toda una profecía”, dijo su biógrafo, el historiador dublinés Ian Gibson.

Como el Rosales que lloraba por el perdón de Federico, uno de los periódicos del franquismo intentó un mea culpa. “El crimen fue en Granada; sin luz que iluminara ese cielo andaluz que ya posees. Los cien mil violines de la envidia se llevaron tu vida para siempre”, escribió Luis Hurtado Álvarez en Antorcha, un semanario falangista de Antequera, en marzo de 1937. Su director, el poeta y catedrático Nemesio Sabugo Gallego, pagó con la prisión su osadía.

(Dibujo de Marcos Loayza)

Página Siete – 17 de junio de 2018