Pérez Alcalá, el hacedor de colores

El color es tan importante como el sabor, decía, mientras dejaba que las verduras se cocieran a fuego lento en su propio jugo. “¡Sería un crimen freírlas!”. Con la fritura, sostenía, no sólo pierden su aroma natural, sino también su frescura y tonalidades. La sartén lucía como un jardín, con los pimientos, el brócoli, el ajo y la cebolla crepitando sobre la plancha.

“Cuando están perladas, como la hierba con el rocío de la mañana, están listas”, era el momento de volcar los langostinos, los camarones, los mejillones y el vino blanco. Tres o cuatro vueltas, lo suficiente para que los mariscos adquirieran su tono sonrojado, y el chupe lucía como un plato de cualquiera de sus bodegones.

Ricardo Pérez Alcalá, el acuarelista, arquitecto, dibujante, poeta, ajedrecista y chef autodidacta nacido en Potosí un 30 de julio de 1939, manejaba los utensilios de cocina con la misma habilidad que la paleta y el pincel, porque las viandas, como las pinturas, debían entrar por la vista. Puesto a cocinar, los fogones no eran otra cosa que un soporte para la creación, como un caballete o una mesa de dibujo. “¡Es una obra de arte!”, presumía al servir sus pucheros.

Descrito por los críticos como “maestro de los colores imposibles”, “alquimista de la acuarela” y “realista mágico”, Perico, como lo conocían sus amigos, era un hacedor de colores. Descubría la belleza literalmente debajo de las piedras, en zaguanes oscuros, puertas astilladas, ventanas desvencijadas y muros devastados por el tiempo, donde los simples mortales veíamos únicamente escombros. A pesar de su agnosticismo, gustaba de imaginar a Dios con una paleta  en la mano pintando el universo en siete días, porque “¡alguien tuvo que crear tanta belleza!”.

“¿Qué haces?”,  le pregunté a manera de saludo durante una visita en su pequeño estudio  de la capital mexicana, allá por los años 80. “Colores”, me respondió. No los inventaba. Los encontraba donde nadie los veía. “Están ahí, en la naturaleza de las cosas…”, explicaba. Y los recreaba.

Lucía una barba negra, espesa y desordenada, su marca de identidad, que recordaba a un Marx sesentón; vestía camisas oscuras, pantalones de pana y llevaba la también característica gorra con visera a lo Lenin, una imagen que, en todo caso, no tenía ninguna connotación ideológica, porque siempre se mostró reacio a la política, actividad de la que decía que chocaba con el buen gusto.

Solía madrugar para recorrer los alrededores de La Paz y observar las sombras que proyectan los cerros gredosos durante los amaneceres. “¡Mira!, parecen castillos medievales”, me dijo durante uno de esos recorridos, mientras apuntaba con el índice las manchas fantasmagóricas que se descolgaban del horizonte trazado por las montañas.

En su búsqueda de colores y tonalidades, recogía piedras de diferentes formas y texturas de los lechos de los ríos, recorría barrios marginales y visitaba pueblos perdidos del campo, fotografiando con la memoria patios y rincones carcomidos por la humedad, paredes descascaradas, muebles despachurrados, portones añosos y tinajas desportilladas que luego cobraban vida con sus pinceles.

Nació en Potosí, en las faldas del Cerro Rico, cuando la población de la Villa Imperial no sobrepasaba los 200 mil  habitantes. Se crió arropado por las leyendas del cono de la abundancia, cuyas tonalidades ocres, cobrizas, grisáceas y rojizas marcaron su imaginación infantil y le enseñaron que es la luz la que descifra los colores, puesto que la plata no es plateada ni el oro es dorado en el vientre de la naturaleza. 

También recorrió las regiones más benignas del departamento, como Betanzos, Tarapaya, Don Diego, Miraflores y Chaquí; conoció el verdor de los valles de los Lípez y los Chichas y descubrió que la geografía potosina albergaba los colores del arco iris y algunos otros por conocer.

Fue su maestro de la escuela Alonso de Ibáñez, quien descubrió su talento a temprana edad, al ver los retratos que hacía de sus compañeros de salón, e inscribió al niño dibujante con dinero de su propio bolsillo en la Escuela de Bellas Artes de Potosí. A sus 12 años ganó el Premio Nacional de Pintura Infantil y a los 15 presentó su primera exposición. 

Terminados sus estudios secundarios, a los 18 años, se trasladó a La Paz para estudiar arquitectura, a la que reconocía como “la madre de todas las artes”. Realizó exposiciones en La Paz, Sucre y Cochabamba, y ganó varios premios, entre ellos los de acuarela del Salón 14 de Septiembre de Cochabamba (1969 y 1971) y del Salón Pedro Domingo Murillo de La Paz y el Gran Premio Nacional de Pintura Pedro Domingo Murillo (1971).

Cuando partió rumbo a México, era un artista maduro, pero desconocido fuera del ámbito nacional. En México encontró el ambiente propicio para su desarrollo. Reconocía su estancia de 14 años en ese país, entre 1978 y 1992, como la más fecunda de su vida. “Gané cuatro premios nacionales y vendía hasta mis garabatos; mis apuntes eran requisados por la dueña de la galería que compraba toda mi obra por adelantado”, le confió a la periodista Isabel Mercado.

Efectivamente, en México ganó el Premio Nacional de Acuarela en cuatro ocasiones (1983, 1984, 1985 y 1989). Fueron los más significativos de su carrera, aunque, con  la modestia que le caracterizaba, no le asignaba al galardón mayor importancia. “Incluso me lo dieron a mí…”, comentaba con el humor ácido con el que solía referirse a sí mismo. Expuso en Brasil, Ecuador, Panamá, México, Estados Unidos,  Francia, España y Rusia. En 2009, recibió el Gran Premio de la Tercera Trienal Internacional de Acuarela, en Santa Marta, Colombia.

No llevaba la cuenta de los cuadros que había pintado a lo largo de su carrera desde el lejano día de su infancia que vendió en el boulevard potosino una pequeña acuarela, en la que había pintado dos salteñas junto a una botella de cerveza y un vaso medio vacíos. Sin embargo, “a ojo de buen tinajero”, calculaba que había producido más de 6.000 piezas entre acuarelas, óleos, dibujos y bocetos.

Utilizaba una técnica que él denomina “acuarela sobre tabla” –“mis tablitas”, decía–,  consistente en un preparado de yeso sobre una superficie de madera. Según el crítico Harold Suárez Llápiz, esa técnica “compleja y extravagante” le permitía dotar al color de “mucho más brillo e intensidad”, al reducir el efecto de la absorción del papel.

Pintaba con el corazón. La poeta y ensayista Blanca Wietüchter, quien le dedicó un libro (Pérez Alcalá, o los melancólicos senderos del tiempo), recordaba que el pintor amaba el ajedrez como un “resquicio de la racionalidad”, que le permitía “hacer trabajar la otra parte del cerebro”, porque para pintar trataba de liberarse de todo sentido racional. Lo hacía con el sentimiento. “Mi objetivo es lograr el misterio inexplicable e irrepetible en todas las facetas del arte”, le dijo a la periodista María Angélica Kirigín.

“Manejaba de manera magistral la luz” y con “una paleta sobria y elegante, imprimía en sus acuarelas misteriosas atmósferas inquietantes”, escribió Suárez Llápiz, quien describe al potosino como un “extraordinario colorista”, un “esteta cultivado”, que “resolvía cada pieza con un minucioso manejo técnico aprovechando muy bien los efectos pictóricos muy luminosos y los tonos de luz ligera y traslúcida que ofrece esta compleja técnica a través del blanco papel de acuarela”.

Como recuerda su biógrafo Marcelo Paz Soldán, Pérez Alcalá llegó a formular su propia teoría, la teoría de los “colores imposibles”, a partir de la constatación de que “el color es luz”. El acuarelista “maneja de manera sublime elementos de la composición pictórica como la luz y el color que, al combinarlos, hacen del suyo un arte único”, apuntó.

Pérez Alcalá le dijo a Isabel Mercado que la pintura debía estar estructurada en “un dibujo riguroso y un estudio del color profundo”, ambientada en una atmósfera propicia y realizada con una técnica depurada. “Sólo quien demuestra que es capaz de dibujar, crear y pintar con el mismo genio puede darse el lujo de dar cinco brochazos y sostener que eso es arte”, señaló. Al fin y al cabo, sostuvo en esa entrevista, “el arte es una mentira en busca de una verdad”.

También incursionó en el muralismo y la escultura. Como arquitecto, diseñó estructuras de gran relevancia, como la Iglesia de San Miguel, en Calacoto, y la Iglesia del Corazón de María, en Miraflores; la Piscina Olímpica y la Normal Simón Bolívar, ambas en Alto Obrajes; la Capilla de San Silvestre, en Aranjuez, y varias residencias del sur de La Paz. Su obra escultórica más conocida es el monumento conmemorativo de la presencia boliviana en el Puerto de Ilo, titulado Boliviamar (1999).

Era conocido por su sentido del humor. “Los grandes genios han muerto relativamente jóvenes… Y yo ya me estoy sintiendo un poco mal…”, bromeaba. Como recuerda su amigo Carlos Toranzo, vivía “con el humor a flor de labios” y no temía reírse de sí mismo.

Extraordinario dibujante y caricaturista, desplegó su humor en la revista satírica Cascabel, que dirigía José Pepe Luque en los años 60, donde firmaba como Cardo, con una C en forma de penca de tuna, que definía muy bien el carácter “espinoso” de sus caricaturas.

“Ricardo tuvo un paso casi fugaz por la revista, pero no muy fácil de olvidar. Su carácter bonachón, con su risueño rostro de ojos saltones y su particular forma de hablar, nos conquistó al momento. Era un observador como nadie, muy agudo y audaz en sus trazos como caricaturista. Pero un día, así como llegó, se fue con sus sueños de ser arquitecto”, rememoró Pepe.

Eran legendarios sus duelos, a chascarrillo limpio, con el poeta y periodista Coco Manto (Jorge Mansilla Torres) y el médico forense Rolando Costa Arduz, a cual más agudo e ingenioso. Con Carlos Toranzo había planificado instalar una salteñería de nombre sugerente:  El Jigote de la Mancha.

Durante una tertulia en México, sorprendió a sus amigos con un poema de su puño y letra, que aparentemente aludía a su difícil inicio en México. “Este es el lugar/ Este es el lugar del hombre/ que llegó de lejos y está parado./ Aquí está el rincón del hombre/ que llegó de lejos, está ilegal y desocupado./ Aquí se encuentra la humedad del rincón/ del hombre que vino de lejos con toda su carga/ y está agobiado. / Este es el lugar del hombre que llegó/ de lejos con tanto lastre/ sobre los hombros, la cabeza y el alma (….)”.

Coco Manto se refirió a esa desconocida faceta del acuarelista en un homenaje realizado en el Museo de la Acuarela Mexicana, en diciembre de 2013.  Recordó que “la pintura es poesía esparcida de palabras con identidad en los colores” y que “la poesía es una pintura que flamea en el color de las palabras”.  “En su raíz esencial –señaló–, todo pintor es un poeta. Y viceversa, viceverso. Color, calor. Los artistas crean para conmover o remover, no para convencer. Por eso los pintores dicen no me veas, siente. Y los poetas y escritores: no me crean, lean”.

Contó con alumnos excepcionales, como Mónica Rina Mamani y Rosemary Mamani Ventura, de quienes se declaraba admirador. “¿Qué puede enseñar alguien que ha sido superado por sus alumnos?”, repetía orgulloso. Decía que el talento no servía de nada si no está respaldado por el trabajo. “El que escucha, olvida; el que mira, recuerda; el que hace, aprende”, repetía.

El poeta y periodista Rubén Vargas resumió los atributos del artista en pocas palabras: “Una gran pintura, un enorme sentido del humor y un exquisito paladar”.

El pintor falleció el 23 de agosto de 2013 bajo el techo de la casa-taller que él mismo diseñó como arquitecto y tardó en construir más de 10 años, frente a los cerros de Irpavi, donde recreó su mundo de luz y color, con la misma perfección de sus acuarelas, con las piedras del altiplano, los adobes de noble textura, las maderas labradas a mano y los mármoles azules que inspiraron su trabajo, porque –según decía– quería vivir dentro de una verdadera obra de arte. Vivir como un artista, pero también morir, “con el último brochazo”, para replicar el autorretrato que él mismo denominó Reclinado sobre mi tumba, una acuarela que lo muestra inclinado sobre una lápida.

Dibujo de Pepe Luque

Página Siete – 18 de agosto de 2019

Cuando Macri despertó, Cristina todavía estaba allí

Cuenta Heródoto en su libro Historia que Creso, el último rey de Lidia, le pidió consejo al oráculo de Delfos sobre su plan para invadir Persia. El oráculo le contestó: “Si cruzas el río Halys (situado en la frontera), destruirás un gran imperio”. Creso interpretó la frase como una respuesta favorable, pero el gran imperio que destruyó fue el suyo.

No sé si Mauricio Macri consultó a algún oráculo cuando afirmó que “estas elecciones definen los próximos 30 años”, como advertencia al pueblo argentino contra el kichnerismo, pero lo cierto es que el electorado interpretó el mensaje a su manera y asestó al mandatario una derrota contundente.

Nadie esperaba una victoria tan espectacular del binomio peronista, con una ventaja de 15 puntos sobre la fórmula encabezada por Macri. Los primeros sorprendidos fueron los candidatos, puesto que las encuestas habían pronosticado un empate o la victoria opositora por la mínima diferencia. Los mercados cerraron el viernes previo con una euforia inusitada, considerando que un empate era un triunfo para el Presidente.

Como ocurrió en el célebre microcuento El dinosaurio de Augusto Monterroso, cuando Macri despertó, Cristina todavía estaba allí.

No voy a entrar a analizar las causas de la derrota oficialista, aunque es obvio que la principal fue la crisis económica y su mala gestión. Más que lecciones –y no me refiero a las que puedan extraer los argentinos, que seguramente serán muchas–, quisiera señalar los avisos para navegantes que ofrece ese proceso, útiles en tiempos electorales.

¿Por qué las encuestadoras se equivocaron de tal manera? Ni siquiera asignándose un margen de error de 10%, que ya es exagerado, hubiesen acertado. Es difícil, si no imposible, salvo la mediación de una catástrofe, que una tendencia cambie de manera tan dramática en cuestión de horas, como ocurrió en Argentina.

No creo que el chasco hubiese sido producto de la falta de profesionalismo de las encuestadoras o de un complot para influir en el ánimo de los votantes. Pienso, más bien, que fue el voto oculto, que no es detectable, precisamente porque el encuestado no revela su preferencia, sea por miedo, vergüenza o cualquier otra razón, el que hundió a Macri.

No es, pues, el voto indeciso el único que puede marcar la diferencia. Es el oculto, que no aparece en las encuestas, porque el encuestado engaña al encuestador con una respuesta “políticamente correcta”, muy de la clase media. “Voto clandestino”, lo llama el ministro Carlos Romero. Primer aviso para navegantes.

La pregunta es hasta qué punto las encuestas revelan el estado de ánimo del electorado –la famosa “foto fija”–, ya sea en períodos de crisis, como la argentina, o de estabilidad, cuando el ciudadano debe decidir entre opciones aparentemente irreconciliables. Si en algún momento tuvo alguna duda, el elector argentino atendió los argumentos económicos antes que los éticos. La inflación, el desempleo, la pérdida del valor adquisitivo, el aumento de las tarifas y la creciente pobreza pesaron mucho más que las denuncias de corrupción que acumula el kirchnerismo.

Por otra parte, como ya vimos en Bolivia durante el gobierno de la UDP, que tuvo que lidiar con una crisis de la que no era responsable, el recuerdo del votante suele ser de corto alcance. Para él, sobre todo en momentos de crisis, todo pasado es mejor, más allá de que los males que le aquejan se hubiesen incubado en ese mismo pasado. Puesto a elegir, preferirá la certidumbre –cierta o aparente– del presente a la incertidumbre –real o imaginaria– del futuro. Otro aviso para navegantes.

El batacazo macrista supone también un desengaño para quienes consideraban irreversible el  avance de la ola conservadora en América Latina y el consiguiente retroceso populista. Los duros ajustes del conservadurismo, sumados a la incompetencia, están dando alas al discurso populista al no acertar en la solución de los problemas económicos y sociales de una población crecientemente empobrecida.

Los medios liberales y conservadores de la región lamentaron la derrota de Macri como propia, porque temen el retorno de una etapa que pensaban superada. “La banda de Cristina Kirchner, que es la misma que la de Dilma Rousseff, que la de Maduro, Chávez y la de Fidel Castro, dio señales de vida”, resumió Bolsonaro. Un eventual cambio en la Casa Rosada tendría un fuerte impacto en la política regional.

La izquierda también celebró la victoria peronista como propia, porque supone un balón de oxígeno en un momento de reflujo de sus expectativas electorales y porque le permite agitar la bandera de la estabilidad económica y social ante un “neoliberalismo fracasado”. Tercer aviso para navegantes.

Página Siete – 15 de agosto de 2019

Dos libros imperdibles

Hernán Maldonado

Prontuario (Casos de la crónica roja que conmocionaron a Bolivia) y Semejanzas (Esbozos biográficos de gente poco común) son dos libros que no tienen ni un año de haber salido a la luz pública y, al leerlos, tuve la sensación de haber visto dos buenas películas que deberían finalizar con la palabra: “Continuará”.

Juan Carlos Salazar, el Gato para sus amigos, se luce con Semejanzas, portarretratos de 40 personalidades, personajes con las que trató, conoció, fueron sus amigos, entrevistó, los vio actuar a lo largo de su extensa carrera periodística.

Como él, al menos a 20 de esas personas yo las traté de cerca y puedo asegurar, sin que me quede nada por dentro, que el Gato hace una primorosa pintura de todos ellos. Así eran, eso es lo que hicieron, pensaban y dijeron, oralmente o por escrito.

El Gato no escribió biografías, simplemente en su libro esboza a personas de carne y hueso con la maestría de un periodista curtido en mil batallas. No disimula su implícita admiración por algunos de los personajes que retrata, como Liber Forti, o su adhesión sin retaceos al líder socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz (Me pregunto si ¿alguien lo conoció mejor que él?).

Prontuario es el otro libro, pero no de la autoría exclusiva del Gato, sino de un equipo mayoritariamente compuesto por periodistas de Página Siete, del que Salazar fue su director. (Quizás escriba otro libro sobre sus experiencias en esa tribuna acosada ferozmente por el régimen de Evo Morales).

En buena parte de sus 224 hojas, el libro es una denuncia del lerdo, negligente, incapaz, ineficiente y corrupto Poder Judicial. El Fin de la fiesta, de la pluma de Isabel Mercado Heredia, muestra cómo el dinero sirve para dejar impune a un criminal, amparado en chicanerías de abogados inescrupulosos y de un juez venal que tras largos años no fue capaz ni siquiera de iniciar un juicio. Si ello hubiera ocurrido el acusado podría haber sido extraditado desde el país en el que se fugó, pero…

Leny Chuquimia Choque escribe sobre el caso del bebé Alexander dejando entrever de que el poder político se sirvió de jueces y fiscales inescrupulosos para inculpar a un joven galeno de un crimen que no cometió (como se probó después de que salió el libro) para denostar al gremio médico que en esos meses estaba en ardua lucha contra el régimen gobernante.

El Gato nos regala con la sabrosa crónica de los Tres crímenes perfectos para retrotraernos al misterio que rodea hasta hoy los asesinatos del periodista Alfredo Alexander y su esposa Martha, del dirigente campesino y ex ministro Jorge Soliz Román y del periodista Jaime Otero Calderon. ¿Cuánto tuvo que ver en los tres el futuro “ministro de la cocaína”, Luis Arce Gómez?

¡Ah!, claro, está la nota de Cecilia Lanza Lobo, justamente refiriéndose al militar hoy preso en Chonchocoro. Hace años, cuando estuvo encarcelado en Estados Unidos, traté de entrevistarlo sobre las acusaciones que se le hacían. Me respondió que estaba muy enfermo “casi ciego” y que solo hablaría cuando estuviera en Bolivia.

Eran mentiras. Aparte de ser cruel, indolente, era y es un mentiroso. En la página 39 refiere a Lanza Lobo que no trabajó como fotógrafo de Presencia y que lo único que hacía era llevar las fotos que tomaba su primo Freddy Alborta para el diario.

Expulsado del Colegio Militar, se dedicó a la fotografía. Alborta (el de las históricas fotos del Che Guevara muerto en La Higuera) todavía no trabajaba en Presencia y el fotógrafo titular era Nils Valle.

Como dije al principio, el libro merece una “continuación” o al menos una nueva edición aumentada y corregida porque algunos casos faltan por escribirse, como el de la Masacre en el Hotel Las Américas: para saber en qué quedan los jueces y fiscales corruptos que encarcelaron al médico Jhiery Fernández, si finalmente será encarcelado el prófugo Alejandro Zapata.

Falta saber si habrá poder alguno que le haga devolver algo de los millones a Gabriela Zapata, los entretelones que llevaron a la muerte a la periodista Hanaly Huaycho Hannover, la esposa del policía que sabía mucho sobre lo ocurrido en el Hotel Las Américas, en fin, un libro que no tiene el clásico FIN de las películas. Amanecerá y veremos.

Página Siete – 11 de agosto de 2019

Tras los pasos de Papá Hemingway

Nada recuerda más la presencia de Papá Hemingway en Cuba que el célebre daiquiri que inventó en un bar de La Habana: “ron helado sin azúcar, pesado y con la copa bordeada de escarcha”, como lo describe el protagonista de una de sus novelas. O como lo sirve el Floridita: dos líneas de ron, un golpe de limón y dos raciones de hielo frappé.

Según Gabriel García Márquez, ningún escritor extranjero, mucho menos un estadounidense, dejó tantas huellas “a su paso por los sitios menos pensados” de Cuba como Ernest Hemingway, pero su colega John Dos Passos pudo haber dicho lo mismo del trajinar del autor de Fiesta y Por quién doblan las campanas por la España de la Guerra Civil y la Pamplona de los “endemoniadamente divertidos” Sanfermines.

“Amo este país y me siento como en casa”, había dicho de Cuba, donde pasó la tercera parte de su vida y donde escribió algunas de sus obras más emblemáticas. ¿Y España? Según le confesó a su amigo Francis Scott Fitzgerald, en Pamplona empezó a conocer “algo de lo que es la eternidad”.

Es cierto que Hemingway “vivió, amó y escribió en Cuba”, como me dijo la entonces directora de la casa-museo del novelista, la Finca Vigía de La Habana, Ada Rosa Alfonso Rosales, durante una entrevista con motivo del cincuentenario de su muerte; pero también es evidente, como declaró su nieto John a un diario español, que en Pamplona “encontró lo que necesitaba”, porque la semana de los Sanfermines “brinda a los hombres la oportunidad de arriesgar su vida cada mañana”.

¿No la había arriesgado en otros lugares?  Vivió como protagonista y testigo las dos guerras mundiales. Durante la primera, un explosivo estuvo a punto de quitarle la vida mientras conducía una ambulancia como voluntario (le extrajeron decenas de esquirlas de las piernas y la espalda); en la segunda, como periodista, presenció el desembarco de Normandía y la liberación de París.

Hay muchas leyendas sobre su participación en la segunda gran guerra: que comandó un grupo de milicianos de la resistencia en una aldea francesa, que fue uno de los primeros en entrar al París liberado, que “liberó” el Hotel Ritz… Lo cierto es que en 1947 fue condecorado con la Estrella de Bronce por el valor que demostró al trabajar “bajo fuego en las zonas de combate con el fin de obtener una imagen precisa de las condiciones” bélicas para sus lectores.

Se dice también que años antes combatió del lado republicano en la Guerra Civil española. Y no sólo eso. Sobrevivió a dos accidentes aéreos en África y practicó la caza mayor, la pesca en alta mar y el boxeo.

Nacido en Oak Park, Illinois, el 21 de julio de 1899, Ernest Miller Hemingway vivió al filo de la navaja, toreando a la muerte como los mozos de Pamplona  en los Sanfermines, hasta que un 2 de julio de 1961, a sus 62 años de edad, se voló la cabeza de un tiro con su escopeta favorita. Para entonces, como dicen sus biógrafos, era una ruina humana y había perdido toda ilusión.

La leyenda lo pinta como un macho, ahogado en ríos de alcohol, sediento de sexo,  un “abusón, cruel e injusto con las mujeres que lo amaron, y tierno, blando y sensible con aquellas damas que lo despreciaron”, como lo describe el periodista y escritor español Màrius Carol, pero su biógrafa Mary V. Dearborn dice que el novelista fue un “prisionero de su propia leyenda” y que ese “mito le hizo la vida increíblemente difícil”. “No fue un tipo duro”, declaró Dearborn en una entrevista, sino un hombre “mucho más vulnerable, más sensible y más trágico” de lo que se cree. “Era más bien un romántico”.

Su vida de novela no sólo alimentó la leyenda, la del aventurero y juerguista, sino su propia obra. Como escribió Mario Vargas Llosa, Hemingway “vivió todo eso y alimentó sus cuentos, novelas y reportajes con esas experiencias, de una manera tan directa que, por lo menos en su caso, no hay duda alguna de que su obra literaria es, entre otras cosas, ni más ni menos que una autobiografía apenas disimulada”.

Nació en el seno de una familia y una comunidad muy conservadoras. Su padre, Clarence Edmonds, era médico y su madre, Grace Hall, música y concertista. Asistió a la secundaria de Oak Park, donde aprendió a tocar el violonchelo y practicó el atletismo y el boxeo. Allí cursó una asignatura de periodismo, ejercicio que lo impulsó posteriormente a pedir trabajo  en el diario Kansas City Star, donde, aún adolescente, inició su exitosa carrera periodística.

Al igual que Mark Twain y otros grandes escritores, Hemingway fue primero periodista. Como dice Vargas Llosa, al periodismo le debe “su estilo y su metodología narrativa: eliminar todo lo superfluo, ser preciso, transparente, claro, neutral, y preferir siempre la expresión sencilla y directa a la barroca y engolada”.

En el Kansas City Star, según decía, aprendió todo lo que sabía del oficio, que resumió en una frase que figura en la cabecera de muchas redacciones del mundo: “Las fórmulas periodísticas han sido probadas, aprobadas y santificadas. Todas en su conjunto se reducen a 110 reglas, de las cuales sólo dos son válidas: 1) usar frases cortas; 2) emplear un estilo directo, sin rodeos”.

Tras su participación como conductor de ambulancia en la Primera Guerra Mundial, cuya experiencia le sirvió para la trama de Adiós a las armas (1929), volvió a Estados Unidos a principios de 1919 y se casó con Hadley Richardson, la primera de sus cuatro esposas, con quien retornó a Francia dos años después como corresponsal del Toronto Star.

Estando en París escuchó las historias de las tardes de lidia en España. Fue en 1923 cuando viajó por primera vez, junto con  Hardley, a Pamplona. Más que fascinado, quedó deslumbrado por los encierros de San Fermín. Volvió en otras ocho ocasiones. La última en 1959, dos años antes de su muerte.

En su segunda visita, en 1924, con un grupo de amigos, entre ellos John Dos Passos,  participó en uno de los encierros. Fue el día que sintió “el escalofrío de la muerte en los talones”. Una foto de la época  lo muestra con los tradicionales pantalones blancos de los mozos y con un capote frente a un toro.

“Las calles eran una masa sólida de gente danzando. La música era algo que golpeaba y latía con violencia. Todos los carnavales que yo había visto palidecían en su comparación”, escribió. Su amigo Juanito Quintana, dueño del hotel donde se alojaba, recuerda que llegaba de madrugada borracho y dando gritos. “Ernesto, esto no puede ser, se me quejan los huéspedes; con este alboroto no hay quién duerma”, le reclamaba.

Hemingway recreó sus vivencias en Fiesta (The Sun Also Rises, 1926), para muchos su mejor novela, cuyo principio rehízo 17 veces hasta dejarlo perfecto.

Pero también conoció los días de muerte, durante la guerra civil (1936-39). Llegó a España como corresponsal de la North American Newspaper Alliance. Para entonces ya se había divorciado de Hardley y se había casado con Pauline Pfeiffer, quien trabajaba para la revista Vogue y con quien recorrió África del Este, en un viaje de 10 semanas que le proporcionó la materia prima para Las verdes colinas de África y el cuento Las nieves de Kilimanjaro.

Comprometido con la causa republicana, la contienda le marcó la vida, una experiencia que reflejó en Por quién doblan las campanas. Según el fotógrafo Robert Cappa, Hemingway llegó a combatir con los voluntarios de las famosas Brigadas Internacionales en la defensa del Ebro. La prensa estadounidense dijo que lo vio “pegar cuatro tiros” en la batalla de Teruel, al final del conflicto.

Nunca ocultó su simpatía por el bando republicano. “Había por lo menos cinco partidos en el lado de la República. Traté de entender y evaluar los cinco (muy difícil) y no pertenecí a ninguno… No tenía más partido que un profundo interés y amor por la República… En España tuve y tengo a muchos amigos del otro lado. Traté de escribir sinceramente sobre ellos. Políticamente, yo estuve siempre del lado de la República desde el día en que fue declarada y desde mucho tiempo antes”,  escribió.

Le gustaban los españoles, su  manera de hablar y de ver la vida, y los veía como “gente romántica y noble”.  Y los españoles lo veían a él –y lo ven–  como un español más. Casi un siglo después de su primera visita a los Sanfermines, la presencia de “Don Ernesto”, como lo llamaban en Pamplona, se siente en toda España. No falta quien apela a la ironía para subrayar su presencia en la ausencia: “Aquí nunca estuvo Hemingway”, se puede leer en más de un restaurante madrileño.

Si su presencia es grande en España, mayor es en Cuba. Desde la Finca Vigía, donde vivió 21 años, hasta la localidad pesquera de Cojímar, donde fondeaba su yate Pilar, a cargo de su patrón Gregorio Fuentes; y desde el hotel Ambos Mundos, su primera vivienda, hasta el mítico bar Floridita, Hemingway está en todos los rincones de la isla y –como dijo García Márquez– “dentro del alma de Cuba, mucho más de lo que suponen los cubanos de su tiempo”.

Llegó a Cuba por primera vez en 1928, acompañado de Paulina Pfeiffer, pero fue su tercera esposa, Martha Gelhorn, quien buscó y encontró la finca. Hemingway la compró por 18.500 dólares con dinero proveniente de los derechos de autor de Por quién doblan las campanas, su obra más exitosa, que vendió más de medio millón de copias en los meses siguientes a su lanzamiento.

“Donde un hombre se siente como en su casa, aparte del lugar donde nació, ése es el sitio al que estaba destinado”, declaró en la Finca Vigía, una casa colonial situada en una pequeña colina de San Francisco de Paula, a 25 kilómetros de La Habana. Allí escribió El viejo y el mar (1952), que le valió el Premio Pulitzer (1953), y allí recibió la noticia de la concesión del Nobel de Literatura (1954). “Yo siempre tuve suerte escribiendo en Cuba”, le confió a un amigo.

Con sus 43.000 metros cuadrados de extensión, rodeada de casi medio millar de árboles de mango y palmas reales, la finca está tal como la dejó cuando salió de Cuba, con sus 9.000 libros y la vieja máquina Royal, aunque él prefería escribir de pie, en un atril, con lápiz y en unos cuadernos escolares.

“Hemingway fue un norteamericano con apego a su tierra natal, pero se sintió definitivamente cubano”, me dijo Ada Rosa Alfonso Rosales, quien defendía la “cubanía” del escritor ante quienes “ignoran, minimizan o tergiversan la importancia de Cuba en su vida y obra”, y ante las sugerencias de que abandonó la isla tras el ascenso de Fidel Castro al poder, en 1959, por miedo al “fantasma comunista”.

Un periodista que estuvo tras los pasos del novelista en La Habana, Ciro Bianchi Ross, resume su vida en la isla con pocas palabras: Amó, hizo amigos perdurables, bebió y compartió su trago con los pescadores de Cojímar e, incluso, inventó el daiquiri especial que lleva su nombre. 

Hizo eso y alguna otra cosa más. Aún permanecen en el misterio sus vínculos con el FBI, a cuyo servicio estuvo durante su estancia en Cuba, cuando supuestamente fue enganchado para montar una operación de espionaje destinada a detectar los puertos de abastecimiento de los submarinos alemanes en el Caribe.

Hemingway abandonó Cuba en julio de 1960, junto con su cuarta esposa, Mary Welsh, a quien había conocido en 1943 en Londres, donde se desempeñaba como corresponsal de la revista Time, y con quien se casó dos años después. “Dejar Cuba le rompió el corazón”, afirmó su biógrafa Dearborn, pues consideraba a la isla su “última frontera”. 

Tras una corta visita a España, retornó ese mismo año a Estados Unidos. Para entonces, ya había traspasado la “última frontera”. Enfermo, alcohólico, deprimido  y cansado de la vida, sufría probablemente, según sus biógrafos, de un trastorno bipolar y varias lesiones cerebrales traumáticas. Era un hombre acabado. Pensaba que era objeto de seguimiento por parte del FBI, pero sus médicos y amigos creían que estaba paranoico.

Su amigo A. E. Hotchner, autor de Papa Hemingway, aseguró que la vigilancia era real y que “contribuyó sustancialmente a la angustia” y “al suicidio” del escritor. El FBI desclasificó en 1980 un file de 124 páginas sobre su relación con el Nobel. Leonardo Padura (El hombre que amaba a los perros) constató que 15 permanecían bajo secreto, “en interés de la defensa nacional”, y 40 aparecían censuradas con diversas tachaduras. En las restantes no había ninguna mención a la vigilancia y a su supuesta vinculación con el suicidio.

Según la periodista Heike Schmidt,  de la Agencia Alemana de Prensa DPA, la tumba de Hemingway en Ketchum es una triste colección de botellas de vidrio reciclable, con cascos de vino tinto y whisky regados sobre la sencilla lápida de mármol. Alguien también colocó allí una botella de refresco. ¿Tomaba Hemingway limonada?  Màrius Carol recuerda que bebía grandes cantidades de ginebra, ron y whisky, pero que no se le ocurría una mejor forma de gastar el dinero que comprando un buen vino, el borgoña Romannée-Conti.

La vida de Hemingway fue una fiesta, aunque Mary V. Dearborn niega que fuera un mujeriego incorregible. Dice que se casó solo cuatro veces y que probablemente no durmió “con más de seis o siete mujeres en toda su vida”, algo difícil de comprobar. “Yo no me enamoro, yo me caso”, había explicado el escritor en una entrevista.

Más allá de la leyenda, lo cierto es que fue un hombre comprometido. Dicen sus biógrafos que una de las frases que más repetía era “aquí detendremos al fascismo entre todos” y que la pronunciaba en cada batalla que cubría como corresponsal.  “El mundo es hermoso y vale la pena luchar por él”, afirmó en Por quién doblan las campanas. Pero, al final, introdujo los dos caños de su escopeta en su boca y apretó el gatillo, tal vez pensando que “la muerte es un remedio soberano para todos los males”, como escribió en Muerte en la tarde.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 28 de julio de 2019