Realismo mágico

El escritor dominicano Juan Bosch (1909-2001), autor de dos obras literarias excepcionales ambientadas en Bolivia, el cuento El indio Manuel Sicuri y la novela El oro y la paz, me dijo en una ocasión en Santo Domingo que “Bolivia es, en sí misma, una gran novela”. Tengo entendido que Miguel de Unamuno apeló a la misma metáfora para describir a la Bolivia del siglo pasado en una conversación o intercambio epistolar con Alcides Arguedas. Lo que no dijeron es que esa gran novela pertenece al género del realismo mágico.

Es cierto que en Bolivia nadie ha ascendido en cuerpo y alma al cielo, como la bella Remedios en Cien años de soledad; tampoco sabemos de nadie que haya nacido con cola de cerdo, como el último Aureliano de la saga de los Buendía, pero cuando escuché recientemente a un honorable diputado nacional, en una de las tantas declaraciones que suelen ofrecer los parlamentarios en la plaza Murillo, no pude menos que recordar a Mauricio Babilonia, con la diferencia de que nuestro personaje criollo tenía las mariposas amarillas revoloteando dentro de su cerebro.

Algo tiene Bolivia de Comala y Macondo, las aldeas míticas de Juan Rulfo y Gabriel García Márquez, donde lo inexplicable encuentra explicación en la fantasía y lo irreal se convierte en real gracias a nuestra mágica vida cotidiana. De tantas cosas irreales que hemos visto pasar nos hemos acostumbrado a ver la anormalidad como algo normal y a considerar lo improbable como algo probable.

El gobernador de La Paz, Feliz Patzi, quien  presume de un doctorado universitario, asegura que gracias a la ayuda de “algunos yatiris”, que “han empezado a invocar y han traído la lluvia”, fue sofocado el incendio que amenazaba al Parque Nacional Madidi. Entonces, digo yo, el error del gobierno no es resistirse a la ayuda internacional, sino no convocar a un equipo de yatiris para sustituir a los bomberos en la Chiquitania.

Otro personaje macondiano es el señor Chi Hyun Chung, quien propone “educar a la mujer para que se comporte como mujer”,  porque, ya se sabe, “el varón tiene un estilo de comportamiento, la mujer tiene otro”. La prueba, según el candidato, es que “mientras el hombre habla uno, la mujer habla diez” ¿Violencia contra la mujer? “¡Qué habrá hecho (la mujer) para que el hombre reaccione de esa manera!”.

La corte electoral, una institución digna de El otoño del patriarca o La fiesta del Chivo, le pone peros por cuestiones técnicas a una encuesta de la Universidad de San Andrés, desfavorable al gobierno, después de haber avalado una candidatura ilegal y anticonstitucional, pasándose a la torera un referéndum vinculante que ellos mismos organizaron, y luego de haber autorizado el pone y saca de candidatos que no fueron elegidos en unas primarias que ellos impusieron sin chistar, costosas e inútiles.

La realidad, como dijo alguna vez García Márquez al hablar de América Latina, supera a la ficción, más aún en tiempos electorales. Como en la Comala rulfiana, las palabras nos llegan como voces gastadas, simples murmullos, con la diferencia de que sus autores las presentan como grandes verdades.  Como el Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, muchos de nuestros políticos son “la mentira de todas las cosas reales” y “la realidad de todas las ficciones”.

A raíz de los incidentes ocurridos en Santa Cruz hace 15 días, Evo Morales denunció un supuesto “golpe de Estado”, una “conspiración contra la democracia”. Pero uno se pregunta, ¿no fue el propio Presidente quien dijo que no aceptar el resultado del referéndum del 21F equivalía a dar un golpe de Estado? “Si el pueblo dice No, ¿qué podemos hacer? No vamos a hacer un golpe de Estado. Tenemos que irnos callados”, dijo públicamente una semana antes de la consulta…  ¡Y no se fue! Entonces, el único “golpe de Estado” es el suyo.

Es de antología el discurso que pronunció ante la Cumbre sobre Acción Climática celebrada en la sede de Naciones Unidas, no solo porque dijo que su gobierno enfrentó los incendios de manera “rápida y efectiva” –con un saldo de más de tres millones de hectáreas arrasadas por el fuego–, sino por afirmar que “sólo liberándonos del lujo, el lucro, el consumismo podremos salvar nuestro planeta tierra”. Es un buen consejo, digo yo, pero, ¿no deberíamos empezar por casa? La recomendación viene de un presidente que ha hecho del despilfarro una política de Estado.

García Márquez describe a su personaje de El otoño del Patriarca como “un déspota viejísimo que se queda solo en un palacio lleno de vacas”. No sabemos cómo vive nuestro Señor Presidente en su lujosa suite de 1.068 metros cuadrados de la “Casa Grande del Pueblo”, pero seguro que “cree que puede ordenar que quiten la lluvia de donde estorbaba y la pongan en tierra de sequía”. Y como en la novela del colombiano, “nadie se mueve, nadie respira, nadie vive sin su permiso”. 

Página Siete – 26 de septiembre de 2019

Xavier Albó, un cura “librepensante”, especialista en “patios traseros”

Sabía poco de Bolivia, casi nada, cuando su superior le comunicó que la Compañía de Jesús le había elegido ese destino para que desempeñara su ministerio sacerdotal. Recordaba que era un país con dos capitales, pero no imaginaba que a su llegada se encontraría con dos países fundidos en uno solo: una Bolivia urbana y otra rural, totalmente indígena. El día que las conoció, se enamoró de ambas y las hizo suyas. Xavier Albó Corrons sintió entonces que había vuelto a nacer y decidió que no retornaría nunca más a su Cataluña natal.

Arribó a Cochabamba el 9 de junio el 1952, con 17 años recién cumplidos. Bolivia vivía bajo el signo del cambio, en plena efervescencia  revolucionaria. Obreros y campesinos recorrían el campo y las ciudades con el fusil al hombro tras el triunfo de la insurrección del 9 de abril, un movimiento que buscaba, precisamente, la integración de las “dos Bolivias”. Si el descubrimiento del mundo indígena le causó asombro, mayor fue su sorpresa al toparse con un pueblo rebelde y levantisco que tres meses antes había impuesto sus reivindicaciones a punta de bala y dinamita.

Poco dado al trabajo de sacristía, “librepensante” y obrero de los “patios traseros”, como denomina a las regiones marginadas de América Latina, Xavier Albó es un “cura raro” o “atípico”, como suele describirlo la prensa. Se enamoró de las “dos Bolivias”, cierto, pero desde el principio optó por una de ellas, por la profunda, la más postergada, la de los indígenas.

Como dice Gloria Ardaya, la activista que convivió con él y otros jesuitas en la comunidad de Los piadosos en los años 70, hizo de los indígenas su “causa mayor”. Y en esta labor, que él tomó como una auténtica misión pastoral, nunca le importó –según su biógrafa, Carmen Beatriz Ruiz– que le llamen “cura de mierda” por andar “levantando indios”. 

Se lo tiene por hacedor y forjador de líderes indígenas y campesinos, pero él, con la modestia y el buen humor que le caracterizan, afirma que si eso fuera cierto, los habría hecho mejor. No hizo a Evo Morales, pero tiene una gran influencia sobre él, a tal punto de que el Presidente se refiere a él como “mi padre Albó”, pese a que le ha dicho en su cara muchas verdades. Tampoco presume de su influencia, porque, según admite, Evo es “inasesorable”,  un animal político “muy vivo”, que al final hace lo que quiere.

Con la barba crecida, abundante y desprolija, suele cubrirse la calva con un lluchu o una boina vasca, según apriete el frío. No le importa mucho el “buen vestir”, como él mismo dice, porque no lo hace para lucir. Le basta con una tenida de chompas de lana de llama y un par de ponchos, una indumentaria que agrega otro detalle “típico” a ese aspecto “singular” al que alude la prensa.

“Una vez me topé con una pobre muchacha en una calle de Buenos Aires y al verme salió corriendo, despavorida… Seguramente pensó que era un sátiro”, solía contar entre risas. A decir de uno de sus compañeros “descurados”, como él llama a los jesuitas que colgaron los hábitos, se parece más bien a un patriarca salido del Viejo Testamento. 

Doctor en Lingüística, Antropología y Filosofía y licenciado en Teología, no presume de ninguno de sus títulos. “¡Llámame p’ajla, como todos!”, propone, anticipándose a quienes se dirigen a él con el “padre” o el “doctor” por delante. Además de sus idiomas maternos, el catalán y el español, habla francés, inglés y algo de alemán. Como sacerdote, aprendió latín, y ya estando en Bolivia, el quechua y al aymara, sus “lenguas favoritas”. 

Pero, ante todo, es un investigador de “campo traviesa”, porque ha recorrido el mundo rural al derecho y al revés cual atleta de la especialidad. Ha donado su biblioteca a la fundación que lleva su nombre. Como el excanciller David Choquehuanca, a quien quería como sucesor de Evo, dice que también ha leído en las arrugas de los ancianos. 

Carmen Beatriz Ruiz lo describe como un hombre que “no tiene miedo nunca de decir lo que piensa, aunque sea  pateando el tablero y en la cara de quienes lo están adulando”, que “mira de frente a los años y a la muerte, con una agenda de proyectos y pendientes que cansarían a una quinceañera”, y como “un hombre a quien no le pesa sentarse a la mesa con moros y cristianos si se trata de una oportunidad para vender su charque o para facilitar el diálogo”.

Nació en La Garriga, un municipio de Barcelona, el 4 de noviembre de 1934, dos años antes del estallido de la Guerra Civil española (1936-1939). Ubicada en la comarca del Vallés Oriental y famosa por sus aguas termales, La Garriga fue una de las poblaciones catalanas más castigadas por los bombardeos franquistas.

El conflicto armado marcó su vida y la de su familia, no sólo porque su padre fue asesinado durante la conflagración, sino porque definió su destino. Su madre, Assemta Corrons, se hizo cargo de él y sus cinco hermanos, pero, en plena guerra, apareció un tío que sería fundamental en su futuro, el  tío Miguel, quien, a pesar de tener ocho hijos, acogió y ayudó a los Albó. Fue él quien lo inscribió en un colegio jesuita, situándole, sin quererlo, en el camino que seguiría el resto de su existencia. “El destino pone a cada uno en su lugar”, diría años después. 

Su madre fue su primera maestra, la que le enseñó a leer y escribir, primero en catalán y después en español. Su afición por las lenguas originarias le viene, pues,  de su experiencia infantil. Era la época en que el catalán –al igual que el vasco y el gallego– estaba confinado a la intimidad del hogar, debido a la represión del régimen franquista, que no aceptaba las lenguas regionales. “Esta presión contra mi lengua originaria me marcó mucho desde pequeño”, rememoró en una ocasión.

Ingresó a la Compañía de Jesús a sus 16 años, en 1951. Tenía otras opciones, los Capuchinos y los Benedictinos, pero se decidió por los jesuitas. Piensa que fue “a buena hora”, por “la apertura que tienen los jesuitas a nivel mundial y la cantidad de cosas que se puede hacer siendo jesuita”, que probablemente no hubiese podido hacer en otras órdenes. Tenía cuatro meses de haber iniciado el noviciado cuando el Provincial de la Compañía le propuso venir a Bolivia. “Fue una decisión de mis superiores de la que yo estoy muy contento”, asegura.

Eran tiempos en que la Compañía de Jesús tenía “supernumerarios” –como dijo el padre José Gramunt, quien llegó a Bolivia con Albó– y se daba el lujo de “exportar” misioneros a todo el mundo, principalmente a África y América Latina, para suplir la falta de vocaciones religiosas en esas regiones. El papa Pío XII encargó a los jesuitas catalanes que apoyaran a Bolivia y Paraguay. “En dos años, nombraron a 80 jesuitas. Yo fui uno de los elegidos”, recordó.

Con él llegaron –al mismo tiempo o poco después– otros jesuitas que tuvieron una gran influencia política y social en Bolivia, como Gramunt, José Prats, Josep Barnadas, Luis Espinal, Pedro Negre, Luis Alegre y Federico Aguiló, entre otros, quienes participaron activamente en la conformación de Iglesia y Sociedad en América Latina (ISAL), una institución promotora del diálogo entre marxistas y cristianos, y la Comisión de Justicia y Paz, pionera en la defensa de los derechos humanos.

Cuando llegó a Cochabamba, “con pelo y sin barba”, usaba todavía sotana y el típico cuello blanco clerical. Tenía cabello, sí, pero también tonsura, el círculo rasurado en la coronilla que indicaba su consagración a Dios, hoy en desuso, al igual que el hábito. Y así, “sotanudo”, se montaba en los camiones destartalados que recorrían el valle cochabambino, entre fardos de fruta y verdura  o compartiendo espacio con vacas y ovejas.

Se instaló en Cliza y lo primero que hizo fue aprender el quechua, que él consideraba imprescindible para cumplir su misión evangelizadora. Al principio no hablaba un quechua fluido, sino el modesto “quechuañol” de todo aprendiz. Hizo su tesis doctoral en Cornell, precisamente, sobre el método de enseñanza de esa lengua.

Tras terminar su formación en Barcelona, Cornell y Quito, retornó a Bolivia para dedicarse por completo a desentrañar el mundo indígena. Lo hizo individual y colectivamente, al frente del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca), del que es su fundador. “Xavier es un trabajador compulsivo. Vive para trabajar al servicio de indígenas y campesinos”, dice Gloria Ardaya.

Gloria lo conoció en 1970, recién llegado de Cornell, cuando se integró, junto a su pareja e hijo, a la Comunidad Los Piadosos, una casa que compartía Albó con un grupo de jesuitas y laicos en la calle Illampu 733. Allí también vivieron “los Luchos” –Espinal y Alegre–,  Josep Barnadas, Óscar Eid y Hans Moeller, entre otros, “cuando la represión de la dictadura banzerista lo permitía”.

“La tarea de Xavier era la de lavar los platos por sus dificultades para cocinar. Conmigo tenía problemas porque mi hijo Luis Ernesto desordenaba sus libros y jugaba con las antiguas cintas de su grabadora, su principal instrumento de trabajo. Un día me amenazó: ‘lo que haga Luis Ernesto en mi habitación yo haré en la tuya’. Días después mi hijo se hizo popó en la suya y hasta ahora estoy esperando que cumpla su amenaza”, recuerda Gloria.

Allí fundó Cipca  (“en mi cuarto y sin un peso”) y allí desarrolló gran parte de su monumental trabajo académico. Era una “una casa abierta”, por donde pasó mucha gente, como Gregorio Iriarte, Amparo Carvajal, Olivia Harris y Filemón Escobar, quien se encontraba clandestino. 

En esa época, según Gloria Ardaya, Albó “no se involucraba mucho” en actividades propiamente “políticas”, a diferencia de “los Luchos” y otros jesuitas, que fueron activos en la conformación de la Comisión de Justicia y Paz y en la redacción de un famoso documento –Evangelio y violencia–, que denunció la violación de los derechos humanos en la dictadura banzerista.

“Estoy convencida de que su politización comenzó con su participación en la huelga de hambre junto a Luis Espinal y se profundizó con el asesinato de Lucho”, sostiene. Albó y Espinal acompañaron la huelga de las mujeres mineras que arrancó la amnistía general a la dictadura banzerista en enero de 1978.

Espinal fue asesinado el 21 de marzo de 1980, cuatro meses antes del golpe de Luis García Meza. Para entonces, la Comunidad ya se había trasladado a Miraflores, al final de la calle Díaz Romero. Con el golpe,  todos abandonaron la casa y no volvieron a vivir juntos. “Ninguno volvió a ser el mismo. Pese a ello, el espíritu de la Comunidad sigue y nos reunimos cada vez que podemos. Es nuestra familia”, dice Gloria.

Fue la época en que muchos jesuitas “se descuraron”, unos a causa de la militancia política, otros por haber optado por el matrimonio. Albó no regresó al San Calixto, la residencia habitual de los jesuitas, sino que se fue a Qurpa, una obra de la Compañía de Jesús ubicada cerca de Tiwanaku, y después a Jesús de Machaca. Trabajó con los indígenas y vivió como ellos. Si en Cliza quedó la mitad de su corazón, en Jesús de Machaca permanece la otra. “Allí me robaron mi plata, mi corazón y mi honra”, declaró en una oportunidad para subrayar su arraigo.

Cuando Evo lo condecoró con El Cóndor de los Andes, junto a su compañero jesuita Mauricio Bacardit, el 4 de abril de 2016, como reconocimiento a su labor en defensa de la democracia y de los derechos de los indígenas y marginados, Albó le regaló un ejemplar del libro Oraciones a quemarropa, de Luis Espinal, con una dedicatoria que firmó como “librepensante”. De esa manera quiso recordarle que, si bien veía con buenos ojos el llamado “proceso de cambio”, lo hacía desde una posición crítica, no desde el llunk’erío.

Fue precisamente en esa ocasión que le sugirió agregar “dos yapas” a la trilogía andina –ama qhella, ama llullay, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso, no seas ladrón)–, los principios ama llunk’u (no seas adulón) y el ama k’illi (no callar). Recordando a Espinal, quien dijo que “callar es lo mismo que mentir”, le pidió a Evo “reconocer” que perdió el referendo del 21 de febrero y le planteó “descansar” el próximo período presidencial y “volver” el 2025.

Antes, en una entrevista con Página Siete, declaró que si la derrota que sufrió el MAS en las primeras elecciones judiciales y en las subnacionales de 2015 servía para que el gobierno aprendiera a ser más pluralista, “entonces el batacazo ha sido en buena hora”, que “la derrota electoral sea una llamada de atención para rectificar”.

A Evo no le gustó que hablara de derrota. “Mi padre Albó no puede mentir, no puedo creer que un padre mienta (…). Yo de frente digo que hemos ganado”, declaró. Albó le respondió: “Evo tiene razón, pero yo también”, porque, efectivamente, el MAS ganó a nivel nacional, pero perdió en La Paz, El Alto y en otros municipios donde había ganado anteriormente.

No fue la única vez que aireó sus discrepancias. También le criticó haber “postergado demasiado la búsqueda de un sucesor”, dijo que el proceso de cambio “nació medio jodido en algunas cosas, aunque no tantas como ocurrió después”, y que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Nunca negó su adhesión al “proceso de cambio”, pero ha dicho que si hubiese tenido que levantar el puño izquierdo, como saludan los masistas, hubiese levantado al mismo tiempo la mano derecha con la señal de la cruz. Tras el fallo del Tribunal Constitucional que autorizó la reelección vitalicia, estuvo barajando la posibilidad de devolverle a Evo el Cóndor de los Andes, pero también llegó a la conclusión de que “aunque le devuelva diez condecoraciones, el Evo es el Evo y hace lo que le viene bien”.

Al recibir el doctorado Honoris Causa de la Universidad de San Andrés, dijo que prefiere mil veces hacer lo que hace, “en lugar de perder el tiempo en cosas burocráticas”, porque “más vale morir viviendo que vivir muriendo”.  Así se las gasta este cura “librepensante”, “especialista en patios traseros del continente”.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 22 de septiembre de 2019

Compañeros de cama

Fue el escritor y periodista estadounidense Charles Dudley Warner, coautor con Mark Twain de la novela La edad dorada: un cuento de hoy, quien dijo que “la política hace extraños compañeros de cama”. Groucho Marx le corrigió: «No es la política la que crea extraños compañeros de cama, sino el matrimonio». Sin ánimo de contradecir a mi “marxista” de cabecera, yo diría que es el “matrimonio electoral” el que forma, si no extraños compañeros de cama,  sí insólitos “compañeros de ruta”, para citar a otro famoso, el inventor del término, Leon Trotsky, quien recomendaba no desdeñar a los “simpatizantes” circunstanciales en la lucha por el poder.

Recordé a Warner, Groucho y Trostky al ver los “fichajes” del MAS para las elecciones del 20 de octubre, que han convertido a los enemigos irreconciliables de ayer en los amigos de hoy. No sólo por esa constatación, sino también por las declaraciones de algunos de los protagonistas de las elecciones del 20 de octubre. Dime a quién criticas (directamente) y te diré a quién apoyas (indirectamente). Dicho de otro modo, dime a quién elogias y te diré cuánto has cambiado.

Evo Morales nos sorprendió al invitar y elegir a connotados empresarios del denostado neoliberalismo para puestos clave del futuro Congreso, a despecho de sus aliados de los movimientos sociales. Según el mandatario, “sin ser masistas, sin ser del proceso”, algunos empresarios, “gente responsable”, se ha sumado “de manera sincera” a su proyecto político. “Me dicen: no soy del MAS, no soy del proceso, pero estoy ganando mejor que con mi partido”,  reveló. No necesitaba decirlo. La alianza es notoria, como se está viendo a propósito de los desgraciados incendios de la Chiquitania.

No sólo eso. En la campaña de “todos contra Carlos Mesa”, hemos visto a personajes del oficialismo hacer pinza con los principales voceros del gonismo para demoler al candidato de Comunidad Ciudadana. El yerno de Gonzalo Sánchez de Lozada, Mauricio Balcázar, acusa a Mesa de “extorsión”, y el exministro Carlos Sánchez Berzaín, desde Miami, pide el voto nulo. No deja de ser paradójico ver a masistas y gonistas unidos en un mismo afán.

Los candidatos del MAS también sorprendieron al afirmar que es “inteligente” por parte de la oposición –se referían a Bolivia dice No– proyectar a Óscar Ortiz, como dijo Evo, y pronosticar, como hizo García Linera,  una “sorpresa electoral” del candidato cruceño. Tampoco deja de ser curioso ver a los representes del oficialismo y de Bolivia dijo No hacer causa común en los debates de televisión.

Lo del jefe militar con nombre de superhéroe (masista) es otra cosa. A juzgar por las prebendas, de las que Página Siete ofreció un cabal recuento, no estamos ante un compañero de cama, sino ante un compañero de cama y rancho.

Semanas antes, el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, a quien se supone en las antípodas del “proceso de cambio”, dijo que su colega boliviano está dando  “señales” de querer apartarse de sus aliados ideológicos tradicionales y que es un dirigente de la “vieja izquierda” que “está evolucionando”. ¿Hacia dónde? Poco después, con motivo de la Cumbre de la Amazonia, elogió a Evo como “un hombre de la tierra” y felicitó a Bolivia porque es un país donde “un indio puede ser presidente sin problema”, unas declaraciones sorprendentes para quien no ha tenido consideración alguna para la causa indígena de su propio país.

Al repasar los “fichajes” de Evo y las “señales” de las que habló Bolsonaro, recordé el tango de Santos Discépolo y Juan de Dios Filiberto, tan bellamente interpretado por el polaco Roberto Goyeneche: “¡Decí, por Dios, qué me has dao, que estoy tan cambiao! ¡No sé más quién soy!”. Para seguir con la letra, supongo que el masismo “extrañao” mira a su líder “sin comprender”.

¿Tanto ha cambiado el MAS? Tal vez. La necesidad (electoral) tiene cara de hereje (ideológico) y el oficialismo sabe dónde le aprieta el zapato. Los que parecen no saberlo son los opositores, que se despedazan en una lucha caníbal –guerra sucia mediante–, sin poder precisar cuál es el objetivo principal de su campaña ni apuntar al rival a vencer, mientras el oficialismo aplaude desde la azotea de la Casa del Pueblo.

Como se ha visto reiteradamente en la historia de Bolivia, los “matrimonios electorales” no son tales, porque son resultado de intereses coyunturales, simples promesas de amor, que tarde o temprano terminan en desengaño. Como dijo  la marquesa de Merteuil, genialmente interpretada por Glenn Close en la película Relaciones peligrosas: “Le prometí amor eterno, y realmente así lo creí durante un par de horas”. No duran eternamente, en cierto, pero dan votos.

Página Siete – 12 de septiembre de 2019

De chispas, fósforos e incendios

El periodista y poeta brasileño Oswald de Andrade dijo alguna vez que “en un incendio sin explicación, hay un silencio del tamaño del cielo”. Atribuir los devastadores incendios que afectan a la Amazonía y a la Chiquitanía al calentamiento global, como causa única y exclusiva del desastre, es una forma de silencio que elude no sólo las explicaciones, sino las responsabilidades de quienes tienen el deber de prevenir y combatir las catástrofes ambientales. Me refiero a los gobernantes cortoplacistas, extractivistas y negacionistas, cuyas políticas depredadoras actúan como chispas en el monte, porque incendiario no es únicamente el que enciende el fósforo, sino también el que proporciona el combustible para prender la pradera.

Evo Morales se queja de que “la derecha” lo culpa de las inundaciones, la sequía y los incendios que aquejan al país, pero él mismo reconoce que Bolivia no tiene equipos para enfrentar siniestros como el de la Chuquitanía. No los tiene. Tampoco tiene ni ha tenido políticas para prevenirlos, sino todo lo contrario.

No voy a insistir en la reacción tardía del Gobierno, su reticencia a acudir a la ayuda internacional y su negativa a declarar la emergencia nacional. Tampoco en el dispendio de recursos y la falta de criterio en la asignación de prioridades en el gasto público. ¿Improvisación? No es una novedad. La crisis del agua de hace tres años en La Paz pudo haberse evitado si las autoridades responsables hubiesen detectado a tiempo, como era su obligación, la reducción de los embalses.

En un recuento de la política gubernamental de los últimos 13 años, Página Siete enumeró las leyes y decretos sobre bosques y tierras que aprobó Morales durante su gestión. Las normas incluyen desde “perdonazos” para quienes ejecutaron desmontes por tala o chaqueo hasta ampliaciones de la frontera agrícola, pasando por la entrega de tierras para asentamientos humanos.

Las leyes 337 (1 /01/2013), 741 (29/09/2015), 1098 (15/09/2018) y 1171 (25/04/2019) perdonan los desmontes no autorizados realizados entre el 12 de julio de 1996 y el 31 de diciembre de 2011; dan luz verde a los desmontes por tala o quema de hasta 20 hectáreas y autorizan “el buen uso y manejo integral de fuego a través de la quema planificada y controlada” para la producción de aditivos de origen vegetal para que Bolivia “ingrese en la era del etanol” y los biocombustibles.

La dotación masiva de tierras a colonos afines al Gobierno y la ampliación de la frontera agrícola ha provocado un chaqueo intensivo por parte de los nuevos agricultores para incrementar las áreas de siembra. Según un informe de la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra (ABT) de abril pasado –citado por Página Siete–,  entre 2017 y 2018 se produjo un “incremento sustancial” de la deforestación (medio millón de hectáreas).  Los propietarios privados fueron responsables del 63%, las comunidades campesinas del 31% y las comunidades indígenas del 6%. 

Al negar la responsabilidad del Gobierno en la deforestación, el ministro de Desarrollo Rural y Tierras, César Cocarico, dijo que los desmontes no son de ahora, sino que datan de 2001, cuando Hugo Banzer los autorizó, con el Decreto 26075. ¡Vaya argumento! ¡Todo un “proceso de cambio” para hacer lo mismo que hizo el neoliberal y derechista Banzer!  

Es cierto que hay una responsabilidad  colectiva internacional, no sólo nacional, ante el ecocidio que está viviendo el planeta. Como afirmó un  diario madrileño, la selva se está quemando por “una mezcla de ignorancia e intereses truculentos” y es necesario que la sociedad reaccione ante esta “barbarie ambiental” para evitar daños irreversibles. Ya sabemos. Hay gobernantes del tipo Trump y Bolsonero a los que no conviene dejar una caja de cerillas al alcance de la mano, pero la caridad empieza por casa. 

El Gobierno está pagando el precio –y los bolivianos con él– de la aplicación de un modelo de desarrollo extractivista depredador. Y no habrá cortafuegos que detenga el desastre si la sociedad no asume el rol protagónico que le corresponde en la defensa del hábitat común, empezando por la toma de consciencia sobre la magnitud y consecuencias de la catástrofe que nos afecta.

No deja de ser aleccionador para un régimen que ha hecho del pachamamismo su bandera que el incendio haya estallado precisamente en agosto, el mes de la Pachamama, aunque está visto que el culto del gobierno a la Madre Tierra se reduce desde hace tiempo a la k’oa de los actos oficiales. Ahí está el Tipnis como símbolo de lo que fue y no es más.

Me pregunto si el Presidente saldrá políticamente indemne de la Chiquitanía. Un político argentino dijo alguna vez, refiriéndose a los gobernantes supuestamente incombustibles, que hay “hombres de asbesto” que “cruzan sin chamuscarse los incendios de inoperancia que han encendido”. ¿Será? Lo veremos en las elecciones del 20 de octubre.

Página Siete – 29 de agosto de 2019