Gastón Suárez, escritor por juramento

Le gustaba vagar por la campiña tupiceña, entre los maizales, los sembradíos de habas y los durazneros; zambullirse en las aguas amarillas del río Tupiza, trepar los cerros colorados y pescar cangrejos en las acequias de Chajrahuasi, sumergido en ensoñaciones fantásticas e imaginando aventuras fabulosas, que años después plasmaría en sus narraciones. Todavía era un niño. Había abandonado la escuela, pero aún no maduraba la gran decisión de su vida. Cuando cumplió los 12 años, Gastón Suárez Paredes juró ante su madre que un día sería escritor, un gran escritor.

Quiso ser un escritor a la altura de los novelistas que alimentaban las lecturas de su madre, María Paredes, una maestra rural aficionada a los autores románticos franceses, a quien pretendió compensar con su juramento juvenil por el disgusto que le ocasionó con su deserción escolar. Y lo logró años después. Para entonces había desertado también de todos los trabajos que le permitían ganarse el día a día, sabedor de que el oficio de escritor requería de tiempo completo.

El filósofo y dramaturgo boliviano Guillermo Francovich elogió su obra, de la que dijo que muestra “el prodigio de vivir”; el crítico Óscar Rivera-Rodas lo describió como un “agudo observador del comportamiento humano”, “el escritor de la introversión psicológica más destacado de la nueva promoción de narradores bolivianos”; el novelista Julio de la Vega se refirió a sus cuentos como “joyas literarias”, y el ensayista e historiador Jorge Salinas Salinas destacó la poesía de su narrativa.

El autor de Vigilia para el último viaje, El gesto, Vértigo  y Mallko nació en Tupiza el 27 de enero de 1929 y falleció a los 55 años, el 6 de noviembre de 1984, cuando se perfilaba como uno de los más grandes narradores bolivianos. De su madre heredó el gusto por la lectura y el amor por el arte, predisposición que encontró en la Tupiza de los años 40 y 50 un terreno fértil para su desarrollo intelectual.

El pueblo que vio nacer al futuro cuentista, novelista y dramaturgo era una villa privilegiada, dinámica y progresista, con vecinos que se reunían por las noches en tertulias literarias y conciertos familiares con los artistas locales, el pueblo que un diplomático español describió como la “Santillana cantábrica de Bolivia”. Fue la época en que nació el conjunto Nuevos Horizontes, dirigido por el anarquista Liber Forti, que hizo de Tupiza la capital del teatro de Bolivia, donde el aspirante a escritor vio por primera vez las obras de los grandes autores del teatro universal.

Suárez era un hombre sencillo y de buen talante. Asumía su oficio, las críticas y los elogios con la sencillez del narrador no consumado. Era alegre y desenvuelto en su expresión, pausado en el hablar y comedido en sus opiniones.  El embajador de España en Bolivia en los primeros años de la década de los 80, Tomás Lozano Escribano, lo describió como “uno de los bolivianos más puros que han existido”. Peinado a la gomina, traje azul marino y la corbata siempre bien anudada, tenía un aire de galán cinematográfico y cantante de música romántica.

Abandonó la escuela antes de terminar el ciclo primario a causa de una experiencia traumática. “Mientras él estaba en clases, se sentaba en las primeras filas, de pronto a su maestro le dio un  ataque de epilepsia y empezó a botar espuma  por la boca. Él pensó  que se trataba de un demonio o de una posesión diabólica y salió aterrado, llorando, y nunca más volvió a la escuela”, según relata su hijo Ruy.

A partir de entonces, su madre se hizo cargo de su educación, guiándolo en el aprendizaje de las materias de su edad y en sus lecturas. Incluso lo llevaba con ella a la escuela donde daba clases. Un día Gastón hizo conciencia de que era un alumno desertor y,  “como un acto expiatorio”,  le juró a su madre que llegaría a ser una persona diferente. “Se me ocurrió que si llegaba a ser un escritor de mérito mi madre olvidaría esos hechos incoherentes de mi infancia y sería compensada por sus sacrificios en mi educación”, rememoró en una ocasión.

Pero no volvió a la escuela.  No sólo era miedo, sino que, como admitiría años después en una entrevista, no soportaba la escuela, no aceptaba el encierro de las aulas, acostumbrado como estaba al aire, al campo y las flores. Todo lo que hizo a partir de entonces estaba en función de la meta que se había propuesto, aunque, para sobrevivir, tuvo que hacer de todo. Fue  ferroviario, empleado bancario, minero, camionero, taxista, periodista, corrector de pruebas, etc., porque “en los países subdesarrollados uno tiene que trabajar de todo, cumplir oficios ajenos”. Eso sí, nunca dejó de leer ni de escribir.

“Un día dije basta. Si quiero ser escritor, tengo que dejar todo lo que estoy haciendo y dedicarme de lleno a estudiar y escribir”, me confesó durante una entrevista en la galería Naira, donde los actores Leo Redín e Ilde Artés teatralizaron dos de sus cuentos (Crisóstomo y Los hermanos).

Gastón Suárez renunció al puesto que tenía en el Banco Minero, compró un camión a plazos y empezó a recorrer el país como transportista. Era una aventura, sí, pero se sentía bien consigo mismo. “El hecho de estar vivo implica una esperanza”. Así conoció Bolivia de palmo a palmo y palpó la realidad nacional durante dos años.

Fruto de esa experiencia son sus libros, porque lo hizo en una época en que “las vivencias van dejando su impronta en el espíritu y son el bagaje más importante en la creación literaria”. Sus cuentos tienen como escenario los campamentos mineros, las aldeas, los campos de sembradío de los valles de los Chichas y la vida de provincia; el mundo urbano está presente en su obra teatral, y el altiplano en su novela.

Ese periplo le permitió ver el país como el protagonista de Mallko, el cóndor “monarca del aire, obstinado peregrino”, que, “enhiesta la cabeza, libre como el viento”, horadaba “el manto cerrado de las nubes” y alcanzaba “el cielo azul y el blanco océano” de la “región transparente”, desde donde contemplaba los dominios del hombre.

Se sintió escritor cuando vio publicado por primera vez un cuento suyo, El perro rabioso, en el diario gubernamental La Nación, en los años 50. Siguieron otras publicaciones, pero recién en 1963 vio luz su primer libro, Vigilia para el último viaje, una serie de cuentos que tuvo una favorable acogida de público y crítica, uno de cuyos relatos, El iluminado, un relato breve estructurado en un solo párrafo, fue incluido en varias antologías hispanoamericanas. “Este primer libro fue para mí un comienzo muy estimulante”.

En 1967 publicó su primera obra teatral, Vértigo, que obtuvo ese mismo año el primer premio de las Jornadas Julianas de la Alcaldía de La Paz, gracias a la puesta en escena del conjunto Nuevo Teatro, dirigido por Eduardo Armendia e Iván Barrientos, dos actores y directores formados en Nuevos Horizontes. Suárez atribuyó el éxito de la obra al hecho de que planteaba por primera vez problemas tales como la eutanasia, el control de la natalidad, la soledad, la incomunicación, la vejez y la moral  religiosa, temas tabú en esa época.

La escribió mientras recorría el país como camionero, entre viaje y viaje, y cuando todavía luchaba con el lenguaje en su “autoeducación”, corrigiendo, puliendo y reescribiendo frases y párrafos enteros de sus textos, pues tenía “una verdadera obsesión por encontrar la palabra precisa, la idea trascendente y el halo poético que posibiliten una creación  artística de calidad”.

“Los personajes de Vértigo exhiben sus problemas, sus resentimientos, sus rencores. El autor se encuentra así dentro de ellos al mismo tiempo que los mira desde fuera. Y puede decir, como uno de sus personajes, que es un observador de las contradicciones y de las miserias de los hombres y que, por lo mismo, siente amor por ellos”, comentó Francovich.

Suárez escribió otro libro de cuentos, Gesto, en 1969; una narración infantil, Las aventuras de Miguelín Quijano, con motivo del Año Internacional del Niño y un tiraje de 5.000 ejemplares, en 1979, y una segunda obra de teatro,  Después del Invierno (1981), con introducción de Julio de la Vega y prólogo de Jorge Siles Salinas, pero su obra preferida era Mallko (1974), porque la escribió, según dijo, “con verdadera pasión y en una época en que estaba atravesando una crisis espiritual”.

La novela obtuvo una mención de honor del Premio Hans Christian Andersen de Dinamarca y fue elegida como texto escolar en España (1981). Según Francovich, Mallko constituye “una sucesión de magníficos cuadros realistas, que muestran las peripecias de la azarosa existencia humana en el solemne y majestuoso ambiente de los Andes, en medio de las moles de basalto coronadas de nieve”, y rescata “el realismo, la compasión, la penetración psicológica  de sus obras anteriores”.

Le costó llegar al éxito, porque, mientras escribía, debía luchar para llenar la olla con sus magros ingresos. “La lucha por la vida me consumía. Prácticamente no escribía nada, sólo leía. Llegó un momento en que dejé de pensar en ser escritor  y a considerar mis sueños como una simple megalomanía. Pero aquel juramento de mi infancia venía a atormentarme cuando menos lo esperaba”, relató en una ocasión. 

Al principio, como dijo él mismo, vivía para escribir, pero después tuvo que escribir para vivir. “La aventura de ser escritor me ha dejado en la situación de escribir, editar y distribuir personalmente mi producción. Y creo que soy uno de los pocos escritores que viven o mal viven de sus libros”.

Suárez también se vio tentado por el cine. Fue el guionista de Mina Alaska, película dirigida por Jorge Ruiz, con Chrysta Wagner y Hugo Roncal, financiada por los empresarios Mario Mercado y Gonzalo Sánchez de Lozada. Luis Espinal elaboró el guión de Vigilia para el último viaje, que nunca llegó a la realización debido al asesinato del sacerdote en 1980.

Es autor de una única canción, Rosendo Villegas Velarde, popularizada por el guitarrista tupiceño Alfredo Domínguez, su amigo de infancia. Considerada por un crítico como “una de las canciones más apasionadas y más tristes del folklore boliviano”, tiene la estructura y el ritmo de un cuento breve:

No me hagas eso, Rosendo/ Por nuestro cariño tan lindo te imploro, Rosendo/ No me hagas eso, no me hagas eso/ Tu mama ha comprao el ajuar/ Vendimos la vaca, la cucha, la oveja/ La chicha ya estaba madura/ Toda la gente ya estaba invitada/ No me hagas eso, Rosendo, no me hagas eso/ Porqué me jugás esa mala pasada/ No ves que mi pena es fuerte/  Rosendo Villegas Velarde, no me hagas eso/ No te mueras, no te mueras, no te mueres…

Fue tentado por la política. El general René Barrientos Ortuño le ofreció un ministerio, pero rechazó la invitación. Sí aceptó la oferta que le hizo Lidia Gueiler para que asumiera la embajada en España, más por amor a España que por otra cosa, pero no llegó a viajar a Madrid por el golpe de Luis García Meza. 

Suárez creía que la política es incompatible con la labor de un escritor. Como Ernesto Sábato, pensaba que el único compromiso del escritor es con la verdad. “El escritor, para mí –decía–, es un permanente buscador de la verdad y eso le confiere un carácter de independencia”.  Tenía algo de anarquista. Su ideal de vida, según declaró en una ocasión, era el del escritor Henry David Thoreau: vivir en el bosque, ser absolutamente libre, sembrar tus propias hortalizas y no pagar impuestos al Estado.

En una de sus últimas entrevistas, dijo que tenía la esperanza de escribir algún día el libro de su vida. La muerte lo sorprendió cuando preparaba una tercera obra de teatro, La Promoción, una novela y un nuevo libro de cuentos.

Como en el verso de Gregorio Reynolds que presidió su funeral, Suárez “vivió sin hacer daño” y “murió de repente”,  en “la envidiable dicha y la envidiable muerte”.  Escribió sobre el amor, el desamparo, la soledad, la solidaridad y la belleza de la naturaleza. 

“Hay que morar en nosotros mismos. Sentir el vértigo de la nada para emprender el vuelo. Luciérnaga fugaz es tu vida en la noche de los tiempos. El amor. El amor es lo que da sentido al ser”, dice uno de los personajes de Vértigo, en lo que bien podría ser la síntesis de vida de Gastón Suárez Paredes, el desertor escolar que se hizo escritor para cumplir un juramento.

Página Siete –   5 de mayo de 2019

Juan Bosch, entre sicuris y buscadores de oro

Juan Bosch respiró el “aire transparente, frío, limpio y seco” del altiplano boliviano, esa “vasta extensión de aplanadora soledad”, y disfrutó la luz y la paz del aire húmedo y el vuelo silencioso de los pájaros de la región amazónica, navegando por los afluentes de los grandes ríos bolivianos, el Beni y el Madre Dios.

Enamorado de la “bien querida tierra boliviana”, que lo acogió en uno de sus tantos exilios de la segunda mitad del siglo pasado, el escritor y político dominicano creía que Dios había situado el Paraíso Terrenal entre las cumbres nevadas de Los Andes y las llanuras selváticas del Amazonas y que había sembrado de oro las aguas del río Tipuani porque no tenía a la mano otro fruto prohibido.

Bosch llegó a Bolivia en abril de 1954 tras ser expulsado de Cuba, acusado de haber participado en la organización del asalto al Cuartel Moncada, encabezado por Fidel Castro, el 26 de julio de 1953. Buscó inicialmente asilo en Costa Rica, acogido por su amigo José Figueres, recién elegido presidente, pero debió abandonar el país, rumbo a La Paz, por presiones del  Chivo  (Rafael Leónidas Trujillo) y el Tacho (Anastasio Somoza), los dos dictadores que por esa época señoreaban a sus anchas en la región.

Estuvo apenas cuatro meses en Bolivia, entre abril y agosto de ese año, en plena efervescencia de la revolución del 9 de abril de 1952. Durante su estancia, recorrió el altiplano y el norte paceño, observó a su gente y sus costumbres, apuntó lo que vio y dejó constancia de sus vivencias en dos piezas literarias excepcionales, el cuento El indio Manuel Sicuri y la segunda de sus dos únicas novelas, El oro y la paz, ambientada en el Tipuani de la fiebre del oro. Pese a ser dos obras muy difundidas, traducidas a varios idiomas, son poco conocidas en Bolivia, como desapercibida pasó la estancia de su autor en La Paz.

Conocí a Bosch en una de mis primeras visitas a República Dominicana, en febrero de 1985, cuando obreros y estudiantes  protagonizaban masivas protestas contra los duros ajustes ordenados por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Lo volví a visitar en días más apacibles, en octubre de 1992, esta vez con la colega Ana María Campero, durante un receso de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Celam).

Su estudio en Santo Domingo estaba presidido por tres grandes retratos, las fotografías de Fidel Castro, Salvador Allende y Ho Chi Minh, el líder nirvietnamita que puso en jaque al ejército de Estados Unidos en los arrozales de Vietnam. “No soy comunista ni socialista, tampoco marxista, pero sí revolucionario”, quiso aclarar durante la primera entrevista, mientras los “indignados” de la época levantaban barricadas y se fajaban con la policía en las calles de la capital, en los coletazos de la “poblada de abril” que sacudió diez meses antes al país. 

Hombre afable, gran conversador, se prodigaba en sus análisis sobre la situación política regional, salpicando sus observaciones con recuerdos y anécdotas de su peregrinaje de tres décadas por el continente, donde había conocido a todos los líderes políticos de su generación. “Como están las cosas, no podemos ser otra cosa que revolucionarios, porque América Latina requiere de cambios políticos y económicos radicales, profundos y urgentes”, apuntó al aludir a sus simpatías políticas, no siempre ideológicas, tan bien reflejadas en las paredes de  su despacho.

Para entonces, cumplidos los 75 años, el blanco había borrado el gris en el corte casi militar de su cabello y hablaba con el aplomo del hombre que había dirigido el país en una de las épocas más tormentosas de su historia y sufrido la persecución, la cárcel y el exilio por defender una causa. 

“Viví a la sombra de dos intervenciones militares estadounidenses cuando todavía no había cumplido los 10 años”, recordó, en alusión las  invasiones de 1915 y 1916, a Haití y República Dominicana, los países siameses de la isla La Española, y “sufrí  la invasión de los Marines  de 1965”. Es una de las razones que apuntalaron su “antiimperialismo”, que él explicó en sendos ensayos, El Pentagonismo, sustituto del Imperialismo (1966) y El Caribe: Frontera Imperial (1970).

Bosch siempre se consideró un hombre de izquierda, influido por la revolución cubana y la amistad con Fidel Castro, quien lo condecoró con la Orden José Martí en 1988, aunque se sentía más cerca de la socialdemocracia que del socialismo. Pero, sobre todo, fue un activo militante de la lucha contra las dictaduras que asolaron la región en la segunda mitad del siglo XX, empezando por la de Rafael Trujillo, a quien combatió durante 30 años. “Viví para liberar a mi país de la dictadura”, me dijo en 1985.

Nació en La Vega hace 110 años, el 30 de junio de 1909, y murió en Santo Domingo el 1 de noviembre de 2001. Cuentista, novelista, ensayista, historiador y político, escribió dos novelas, medio centenar de cuentos y más de cien ensayos. Sus obras completas han sido recogidas en 22 volúmenes. Autor de un conocido texto sobre “el arte de escribir cuentos”, gustaba de dar cursos y talleres sobre la materia. En uno de ellos tuvo como alumno a un joven Gabriel García Márquez, quien había iniciado su tránsito del periodismo a la literatura con la publicación de La hojarasca. Años después, en 1975, le dedicaría El otoño del patriarca: “A mi maestro Juan Bosch”.

Bosch ocupó la Presidencia de la República por escasos siete meses, en 1963. Fue derrocado y exiliado el 25 de septiembre por un golpe militar alentado por la oligarquía dominicana y la jerarquía de la Iglesia católica, que lo acusaban de “comunista”, y por el gobierno de John F. Kennedy, que lo veía como una amenaza castrista.

El descontento popular por el golpe se tradujo dos años después, el 24 de abril de 1965, en una rebelión militar “constitucionalista”, encabezada por el coronel Francisco Caamaño, que exigía la restitución de Bosch. Temeroso del surgimiento de una “segunda Cuba”, el presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, ordenó –cuatro días después– la invasión del país caribeño. Más de 40.000 efectivos del Cuerpo de Marines y de la 82ª. División Aerotransportada ocuparon el territorio dominicano durante 17 meses.

En las acciones de resistencia, encabezadas por el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, asesinado en una emboscada, perdieron la vida más de un millar de dominicanos, en su mayoría civiles, y 44 soldados estadounidenses. “La invasión estadounidense fue una infamia que el pueblo dominicano jamás perdonará”, dijo Bosch.

Bosch retornó del exilio un año después, pero perdió las elecciones del 1 de julio de 1966 ante Joaquín  Balaguer. Se postuló en otras cinco ocasiones, en 1978, 1982, 1986, 1990 y 1994, y volvió a perder. En todos los casos, su organización –el Partido de la Liberación Dominicana (PLD)– denunció fraudes masivos a favor de Balaguer, el heredero del autoritarismo y prorroguismo de Trujillo.

¿Cuántas veces salió al exilio a lo largo de su vida? No llevaba la cuenta. “Creo que viví más tiempo fuera de mi país que en República Dominicana”, estimó. Durante su peregrinaje por América Latina, quiso visitar Bolivia, porque “quería conocer la revolución, de la que tanto se hablaba”, y Chile, donde entabló amistad con Salvador Allende y Pablo Neruda.

El presidente Víctor Paz Estenssoro pidió a su entonces secretario privado, Mariano Baptista Gumucio, que atendiera a Bosch, quien detentaba entonces la jefatura del Partido Revolucionario Dominicano (PRD). Sin embargo, al visitante no le interesó conocer a la clase política boliviana. “En lugar de buscar audiencias con los altos conductores del MNR, prefirió sumergirse en los barrios populares y visitar a las gentes de los pueblos del altiplano”, rememoró el escritor boliviano. 

Baptista Gumucio, con quien entabló una larga amistad, lo recuerda como “un hombre de gran prestancia física, de facciones griegas en las que algunas gotas de sangre africana habían hecho destacar un poco la nariz y los labios”, con “el pelo naturalmente rizado, corto y blanco lo que le daba todavía más nobleza a su rostro”.

Bosch publicó por primera vez El indio Manuel Sicuri en París, en 1958, en una antología en francés, Les Vingt Melleures Nouvelles de l’Amerique Latine. Escribió El oro y la paz en siete años, entre marzo de 1957 y enero de 1964, a caballo entre La Habana y Aguas Buenas de Puerto Rico, y la publicó en 1976. Cuando lo conocí, Cuentos escritos en el exilio, que incluye El indio Manuel Sicuri, estaba en la décimo tercera edición, y El oro y la paz en la sexta, sólo en la República Dominicana.

Bosch creía que Jorge Sanjinés se había inspirado en El indio Manuel Sicuri para la elaboración del guión de su ópera prima, Ukamau, filmada en 1965 y 1966. En el cuento, Sicuri persigue al cholo Jacinto Muñiz hasta darle muerte para vengar la violación de la que fue víctima su mujer, María Sisa; en la película, el indio Andrés Mayta da caza al mestizo Rosendo Ramos tras descubrir que había violado a su esposa, Sabina.

Sin embargo, el cineasta boliviano me dijo que no, que “se trata simplemente de una curiosa coincidencia argumental”, ya que el guionista de la película, el escritor y cuentista Óscar Cacho Soria, “se inspiró en una historia verdadera ocurrida en Caquiaviri hacía más de 30 años”. 

Cuando le pregunté a Bosch por qué eligió escenarios y personajes bolivianos para su cuento y su novela, siendo que casi toda su obra literaria está exclusivamente ambientada en el Caribe, dijo que se había sentido impresionado por el paisaje geográfico y humano del país, donde escuchó por primera vez la música “profunda, melancólica y entrañable” del sicuri. “Bolivia es, en sí misma, una gran novela, una hermosa novela, y su pueblo, estoico y valiente, una verdadera leyenda”, resumió.

(Dibujo de Marcos Loayza)

Página Siete –  31 de marzo de 2019

Una oración para Kit

Alberto Bailey Gutiérrez era conocido como Kit, con T, diminutivo de su segundo nombre de pila, Kittredge, pero la mayoría de sus amigos y colegas se referían a él como Kid, con D, probablemente porque desconocía el origen del apelativo o simplemente porque Kid cuadraba más y mejor con su talante juvenil y su expresión de niño travieso. Si algo caracterizaba a Alberto Kittredge Bailey Gutiérrez era la alegría y la vitalidad con que enfrentaba los desafíos que le deparaba la vida.

Kit fue uno de los pilares de esa gran escuela de ética y buen periodismo que fue el diario católico Presencia. Codirigió el periódico con otro maestro, el legendario Huáscar Cajías, con quien formó a los mejores periodistas de su época, y fue uno de sus impulsores y constructores, junto con otros periodistas de fuste, también  miembros de esta institución, como Alfonso Prudencio Claure (Paulovich), Armando Mariaca y Juan Quirós.

Lo conocí cuando me iniciaba en el periodismo, a mediados de los 60. Yo  no había cumplido los 20 años y me acerqué a él con el temor del principiante, porque él ya era una leyenda en la familia periodística. Me impresionó su rostro amable y su mirada dulce, su ternura en el trato. Tras el primer intercambio de palabras, yo ya lo estaba tuteando, no por falta de respeto –en esa época éramos muy cuidadosos de las formas–, sino por el efecto que transmitía su presencia y su conversación.

Salí de la vieja redacción de Presencia, ubicada en la Mariscal Santa Cruz y la calle Colón, con la imagen que se forjaban todas las personas que hablaban con él por primera vez: la de un hombre entrañable, bondadoso y transparente; la del colega que dejaba caer enseñanzas sin presumir de maestro, porque eso es lo que fue para los periodistas de mi generación, un verdadero maestro, en una época en que no había escuelas de periodismo, cuando el oficio se aprendía en las redacciones de los medios.

Cuando asumió el Ministerio de Información y Cultura del gobierno de Alfredo Ovando Candia, tuve la oportunidad de conocerlo mejor. Por amistad, pero también por afinidad política. Con un grupo de periodistas, entre quienes recuerdo a Jaime Humérez, José Luis Alcázar, Víctor Hugo Junior Carvajal y Andrés Chichi Soliz Rada, nos sumamos a su proyecto y nos convertimos en su equipo de trabajo.

Kit era una usina de ideas, una verdadera fábrica de iniciativas. Incansable, trabajaba 20 horas al día. Siempre fue así, no solo en el trabajo político que le tocó realizar en su efímero pero trascendental paso por el gobierno. Si algo le caracterizaba era la alegría desbordante y el entusiasmo contagioso con el que emprendía sus proyectos, grandes o pequeños, en una actitud que convencía y arrastraba hasta al más escéptico. 

Así lo recuerdan sus compañeros de Presencia. Para él no había imposibles. ¿Cómo que no hay dinero para papel?, preguntaba ante las dificultades que enfrentaba el periódico para sacar la edición diaria. Sin perder el tiempo en lamentaciones, se ponía manos a la obra y antes de la hora de cierre aparecía con las resmas necesarias para imprimir el diario. ¿Cómo lo hacía? Nadie lo sabe, tal vez sacrificando los ingresos familiares o empeñando su palabra.

Como bien dice José Luis Alcázar, quien trabajó con él en Presencia,  fue uno de los mejores maestros de periodismo a que un novato podía aspirar, envidia de cualquier cátedra de Comunicación Social; un maestro que se daba a la tarea de revisar todos y cada uno de los textos de sus reporteros para producir una edición impecable, y que nunca les reclamaba de mala manera por los errores cometidos.

Nació en La Paz  el 17 de diciembre de 1929. Licenciado en Letras y Humanidades Clásicas en Córdoba, Argentina, y Filosofía en Barcelona, realizó estudios de posgrado en Ciencias Sociales, en Oxford, y Periodismo, en Nueva York y París. Enseñó Filosofía y Sociología en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) de La Paz y Periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es autor de Franz Tamayo: mito y tragediaHoracio: dos mil años de actualidadTiempo y muerte en la «Ilíada».

Días antes de su fallecimiento, el 31 de enero de 2019, entregué a la imprenta la historia del diario Presencia, un libro publicado por la Fundación Para el Periodismo que pretende rescatar esa maravillosa experiencia que fue el diario católico. Y, claro, en las semanas precedentes me tocó revisar los testimonios de esos pioneros, maestros del buen periodismo, y refrescar en la memoria la aventura de ese grupo de idealistas; recordar su lucha por la democracia, su lucha contra la corrupción, su lucha por la libertad de expresión en los peores momentos de la segunda mitad del siglo pasado, su lucha por la justicia social y, en fin, su incansable labor por dignificar al periodismo boliviano.

Entre los artículos que rescaté encontré uno que refleja muy bien el pensamiento de Kit. Lo publicó en febrero de 1992, con motivo del 40 aniversario del periódico, bajo el sugestivo título de: Sobre viejas virtudes olvidadas. Un cuarto de siglo después, ese texto mantiene plena vigencia.

Alberto lamentaba en él la falta de apego a principios que deberían ser permanentes e incambiables, como el culto a la verdad, la lealtad, la solidaridad, el respeto a la jerarquía de los valores que privilegia el servicio a los demás, es decir al país y a la sociedad, y la actitud que aquilata la calidad humana por encima de las palabras huecas.

Deploraba también el sentido caprichoso y subjetivo con que se difunde la verdad, la verdad política y cotidiana, distorsionada por el culto a la imagen; la verdad que es sustituida por los símbolos y la manipulación informativa, y criticaba a los grandes intereses que no presentan ni venden realidades, sino mitos disfrazados, alejados de la verdad.

En esa época no se hablaba de “posverdades”, pero Kit ya las señalaba como un mal a combatir. Y decía textualmente: “La solidaridad y el sentido de la justicia social han desaparecido de la biblia de los políticos, que acaparan el poder y el hacer, sustituyendo al hombre real que ha hecho la obra material y la cultura, y que la sigue haciendo en medio de penurias y sobrevivencia”.

Cuando recibió el Premio Nacional de Periodismo, en diciembre de 2001, recordó a Heráclito de Éfeso, quien, contra el pensamiento filosófico de su época que concebía el mundo como algo estático, eterno e inamovible, sostenía que el cambio es el motor del mundo y que el devenir es la esencia de las cosas: Todo fluye, todo muta, nada es permanente.

Efectivamente, decía Kit, todo fluye, que el mundo cambia, que las sociedades cambian, y que los mismos medios han cambiado de manera espectacular con la revolución tecnológica.

Testigo de esos cambios, del vertiginoso paso del telégrafo Morse al Internet, Alberto sostenía, sin embargo, que nuestra profesión no ha cambiado ni podía cambiar con la computadora y los celulares, pese a que el cambio es la materia prima del periodismo, porque, en medio del continuo cambio hay algo permanente que da unidad a la visión del mundo, una base sólida de elementos permanentes  y principios que no podemos dejar que se pierdan como el viento.

Si hay algo que debe permanecer –sostenía– son los principios éticos que nos rigen, los fundamentos que guían nuestro trabajo diario, a los que no es posible renunciar porque son la garantía que tiene la sociedad para acceder a una información libre e independiente. “En los principios, en la filosofía que guía la vida y la responsabilidad del periodista, no hay lugar al retroceso ni puede ponerse al vaivén del mercado”, afirmó en esa ocasión.

En una de las últimas entrevistas que concedió a un medio paceño, dijo que la prensa boliviana está viviendo tiempos difíciles, “colmados de amenazas y amedrentamientos a periodistas y medios de comunicación”, como resultado de «una política de confrontación y denigración del periodismo» promovida desde el poder.


Recordó que la lucha por la vigencia plena de la libertad de expresión en Bolivia «nunca ha sido fácil», ya que «ningún gobierno es feliz con las críticas, señalamientos de errores y condena, a través del periodismo, de actos de corrupción que cometen». «Los gobiernos democráticos aceptan y respetan ese derecho ciudadano fundamental y los no democráticos y proclives al autoritarismo no toleran su fiscalización que la consideran un obstáculo para gobernar», subrayó.

La vida me dio la oportunidad de conocer y contar con la amistad de tres grandes hombres, tres grandes periodistas, del siglo XX boliviano: Marcelo Quiroga Santa Cruz, René Zavaleta Mercado y Alberto Bailey Gutiérrez, pero fue Kit al que más cercano me sentí en el quehacer periodístico y del que más lecciones aprendí y mayor apoyo recibí durante mi carrera profesional. Nunca olvidaré sus llamadas telefónicas de aliento después de cada ataque gubernamental –que fueron muchos– cuando dirigía el diario Página Siete.

Alberto era un hombre comprometido con su país y con su tiempo. Cuando juzgó que el compromiso que ejercía desde el periodismo debía llevarlo a la práctica, como única manera de ver realizados sus ideales, fue consecuente, con todos los riesgos que implicaba semejante paso. 

No eludió la responsabilidad política –y ética– del tiempo que le tocó vivir. La historia juzga a los hombres por las consecuencias de sus actos, pero también por el coraje con el que enfrentan los desafíos que les presenta la vida.

Dejó un gran legado al periodismo boliviano, no solo como ejemplo de práctica de un periodismo de excelencia, sino –y sobre todo– como ejemplo de ejercicio ético de un oficio nacido para servir a la sociedad, porque, como él mismo sostenía, el mundo ha cambiado, pero las aspiraciones de justicia y libertad del hombre siguen siendo las mismas; porque la vocación de servicio al país, el derecho de todos a la información libre e independiente y la obligación que tenemos los periodistas de suministrarla al margen de presiones y amenazas, permanecen y no pueden caducar.

Lo resumió muy bien en el discurso que pronunció al recibir el Premio Nacional de Periodismo: “La democracia como bien irrenunciable de la convivencia –dijo en esa ocasión– tiene que ser firmemente defendida. Los derechos ciudadanos no pueden conculcarse. No estamos al servicio de grupos de poder político o económico sino al servicio del país y en todo caso al de los menos favorecidos de la sociedad. La ley es para todos y es preciso cumplirla. La búsqueda de la verdad insobornable es un mandamiento para nosotros”.

Periodista, escritor, sociólogo, cientista político, filósofo, académico y gestor cultural, Alberto Bailey (1929-2019) fue ante todo un humanista, que, como todo hombre forjado en un ambiente de sólidos principios éticos y morales, sabía que los hombres no somos seres pasajeros, sino que venimos al mundo para dar testimonio. Y es lo que él hizo a lo largo de toda su vida: dar testimonio de sus ideas, de sus creencias y de sus convicciones.

Lo hizo no solo desde el periodismo y la cátedra, sino desde el ejemplo del quehacer diario, aunque fue en el periodismo donde ejerció y desplegó su magisterio. Como Alejo Carpentier, pensaba que el periodismo es una “maravillosa escuela de vida», y como Arthur Miller, que “un buen periódico es una nación hablándose a sí misma”.

(Palabras pronunciadas por el autor en el funeral del periodista Alberto Bailey Gutiérrez, fallecido el 31 de enero de 2019).

Jaime Laredo, el héroe del violín

Tiene un apellido musical, predestinado, compuesto por las sílabas de tres notas del pentagrama: La-Re-Do.  Sílabas y notas que él las considera de buena suerte. Fue un concierto en re menor, el Opus 47 de Sibelius, el que le abrió las puertas del cielo.

“Has tocado como un ángel”,  le dijo el director de la Orquesta de Bruselas, Franz André, el día de su consagración, hace 60 años.  “Es el más feliz de mi vida”, le respondió. Jaime Laredo todavía no lo sabía, pero lo presentía. Acababa de ganar con un Stradivarius prestado el más importante concurso internacional de música.

Tenía 17 años cuando se embarcó en Filadelfia rumbo a Bruselas, el 25 de abril de 1959, para participar en el Concurso Internacional Reina Isabel de Bélgica, el campeonato mundial de la música clásica. Era el más joven de los ochenta y tantos concursantes de 15 países. 

Llevaba una valija con más ilusiones que prendas de vestir. Su madre le había prendido dentro del bolsillo izquierdo de su único terno azul dos medallas, una de la Virgen y otra de su Cochabamba natal. Quería que las llevara junto a su corazón a manera de amuletos durante la difícil competencia. “Dios y tu Patria te inspiren”, le dijo en el aeropuerto al momento de darle su bendición. 

Laredo era entonces un desconocido para el gran público y, por supuesto, para la mayoría de los bolivianos, aunque ya había captado la atención y admiración de los críticos que siguieron sus actuaciones previas en Estados Unidos, donde se formó desde los siete años.  “Si él no es el vencedor, yo quisiera escuchar al violinista que lo pueda superar”, declaró días antes del concurso el conocido crítico estadounidense Paul Hume.

Bolivia estalló en júbilo cuando el jurado –integrado entre otros por los famosos violinistas Yehudi Menuhin, Zino Francescatti y David Oistrakh– anunció su veredicto en la madrugada del 31 de mayo de 1959, después de tres semanas de competencia. El violinista cochabambino era el primer latinoamericano –y el único hasta ahora– que ganaba el concurso, imponiéndose en la ronda final a los rusos Albert Markov, Vladimir Malinin y Boris Kouniev y al estadounidense Joseph Silverstein.

La crítica mundial se rindió a sus pies. El diario The Washington Post elogió el “tono prodigioso, fuerte y puro, más suave que el terciopelo”, de sus ejecuciones, y The New York Times atribuyó su genio al “patrimonio musical de su fascinante y montañoso país”. “Tiene todo lo que necesita un virtuoso violinista. Pero él tiene más que eso. Es un violinista de profunda musicalidad”, resumió a su vez The New Yorker.

Seis meses después de su triunfo, el 12 de diciembre, una multitud lo recibió en La Paz como a un héroe. Cientos de miles de personas formaron una cadena humana desde el aeropuerto de El Alto hasta su alojamiento en el Prado y otros miles abarrotaron el Teatro al Aire Libre –que recibió su nombre– y el estadio Hernando Siles, donde corearon al unísono las tres sílabas que identificaban al artista: “¡La-Re-Do!”, un grito que resonó en las graderías mucho antes de que se hiciera popular otra consigna silábica, la de los grandes triunfos deportivos: “¡Bo, Bo, Bo-Li, Li, Li-Via, Via, Via!”.

Cuando Laredo apareció en la puerta del avión, la multitud entonó espontáneamente el himno nacional. La gente se desbordó  al verlo. Todos querían llegar hasta él para estrechar la mano que pulsó el violín. Trasladado en hombros, el séquito tardó 15 minutos en recorrer los 50 metros que separaban la escalerilla del auto presidencial.

El entonces joven reportero cultural Mario Castro recuerda cómo fue levantado en vilo cuando la multitud rodeó al avión para abrazar al artista. “Todo era alegría, aglomeración, las calles alfombradas de flores”, rememoró.  Al fin y al cabo, como diría el entonces presidente Hernán Siles Zuazo, quien había declarado “Día de regocijo nacional” con cierre de oficinas públicas y privadas, era “el primer galardón artístico de magnitud mundial para Bolivia”.

Abrumado,  porque no se esperaba semejante recibimiento, el joven talento sólo atinó a balbucear: “Me siento intensamente emocionado. Estoy encantado de volver a mi tierra. Esto me causa una enorme felicidad”. Con la emoción, olvidó leer el discurso que traía en el bolsillo.

Para entonces, los bolivianos ya eran “expertos” en el tema y hablaban con naturalidad de los movimientos que se podían lograr con el arco y las cuerdas, como el pizzicato, el trémolo o el vibrato, y obviamente estaban al tanto de que un luthier italiano, Antonio Stradivari, había fabricado en el siglo XVII más de 1.200 violines, los más famosos del mundo, entre ellos el que utilizó Laredo en Bruselas. 

Un “Comité Pro Jaime Laredo” recaudó 5.000 dólares en una colecta popular para regalarle “un violín digno de su talento”, mientras que el presidente Siles Zuazo le entregó un cheque por 10.000 dólares como parte de una contribución estatal de 40.000 dólares, con el mismo fin. 

Jaime nació en Cochabamba el 7 de junio de 1941, hijo de Eduardo Laredo, músico, pintor y poeta, director de la Academia de Música Man Césped, y de Elena Unzueta, perteneciente también a una familia de poetas y pintores, quienes cultivaron en su hijo el amor al arte desde pequeño. Era el menor de tres hermanos. Su padrino de bautizo fue el pianista Genaro Sáenz Rivero, uno de los primeros en descubrir el talento de su ahijado.

Según uno de sus biógrafos, Enrique Dorella, llegó al mundo el mismo día en que el violinista vienés Freddy Wang y el pianista chileno Arnaldo Tapia Caballero ofrecían un concierto en Cochabamba. Ambos habían hecho amistad con los Laredo. Enterados del nacimiento, Tapia Caballero le dijo a la madre: “Que sea pianista”, pero Wang intervino: “No, tiene que ser violinista”. 

A sus cuatro años ya distinguía los “puntitos negros” que “subían y bajaban” en el pentagrama, y a los seis cosechó sus primeros aplausos al interpretar Noche de Paz en la fiesta familiar navideña. Como escribió Franklin Anaya Arze, otro de sus biógrafos, para Jaime, “reconocer un si bemol no era más complicado que poner mantequilla sobre el pan, y tocar las lecciones de su primer maestro de violín, Carlos Flamini, un juego habitual”.  Fue precisamente Flamini quien, al percatarse del gran talento de su alumno, recomendó a sus padres llevarlo a Estados Unidos.

Haciendo un gran sacrificio económico, los Laredo se mudaron a California en 1948. Jaime tomó clases en San Francisco con Antonio de Grassiy Frank Houser. A los siete años, ofreció un concierto organizado por el Rotary Club de la ciudad; a los ocho, otro con la Orquesta Sinfónica de San Francisco, presentado por la Crocker Art Galery de Sacramento. Para entonces ya era conocido como “el niño prodigio boliviano”. Al compararlo con otros talentosos violinistas infantiles que habían debutado en el mismo escenario, el diario The San Francisco Examiner comentó: “En la década de 1920 fue Yehudi Menuhin, en la década de 1930 fue Isaac Stern y anoche fue Jaime Laredo”. 

Por recomendación de Houser y de Grassi, los Laredo se trasladaron a Cleveland en 1953, a fin de que Jaime pudiera continuar su formación bajo la dirección de Josef Gingold. Fue Gingold quien le sugirió ingresar al Instituto de Música Curtis de Filadelfia para estudiar bajo la dirección del maestro ruso-armenio Iván Galamian, a quien consideraba el maestro “más grande del mundo”. Y fue Galamian quien le recomendó postularse para el concurso de Bruselas.

Dos meses antes de su triunfo en Bruselas, Laredo ganó un concurso juvenil organizado por la Orquesta de Filadelfia, gracias al cual logró un primer contrato para debutar en el Carnegie Hall, actuación que se concretó en octubre de 1960. Cuando llegó a la capital belga, ya se sentía un ganador. Había recibido su título in absentia del Instituto Curtis y tenía en el bolsillo el contrato para actuar en la más ilustre sala de conciertos de Manhattan.

Llegó a Bruselas armado del famoso violín Stradivarius conocido por el nombre de El Emperador, fabricado en 1715 y valuado entonces en 300 mil  dólares, que le facilitó la Fundación John Phipps de Nueva York.  El 5 de mayo asistió al sorteo para la primera ronda del concurso, consistente en tres pruebas de dificultad técnica progresiva. Debutó el  9. A los tres días, supo que se encontraba entre los 24 semifinalistas. Terminada la ronda semifinal, el 16 de mayo envió un telegrama a su familia: “¡Hurra! Soy finalista”.

Tuvo sólo ocho días para estudiar y memorizar el concierto inédito del francés Darius Milhaud, escrito expresamente para la final de la competencia. La partitura, de más de 50 páginas, era desconocida para los concursantes, quienes, además, debieron ejecutarla sin previo ensayo.

Incomunicado en la Capilla Musical de la Reina, junto a los otros 11 finalistas, Jaime se mostraba asustado.

“Martita –le escribió a su hermana–, no tienes ni la menor idea de lo que estoy pasando. He llegado a un punto en que creo que ya ni nervios ya tengo. (…) Este concierto que estamos aprendiendo es increíblemente difícil. Nunca he visto una obra de música más intricada e imposible de comprender su sentido para poder interpretarla”.

Además de la obra inédita, los concursantes debían ejecutar varias piezas sueltas y un concierto de su repertorio. Laredo interpretó seis danzas rumanas de B. Bartok y el concierto en re menor de Sibelius. Un prolongado aplauso coronó la actuación del boliviano. “Al fin hemos oído este concierto como debe ser tocado”, le dijo el director de la Orquesta Sinfónica, Franz André, refiriéndose a la obra de Milhaud.

A la 1:15 de la madrugada del 30 de mayo, el presidente del concurso, Marcel Cuvalir, dio a conocer el fallo: “¡Jame Laredo de Bolivia!”. Rompiendo el protocolo, Jaime se lanzó a los brazos de su maestro, Iván Galamian, a quien abrazó y besó. “Este es el día más feliz de mi vida”, le dijo con lágrimas en los ojos. “¡Viva Bolivia!”. Una semana después cumplió 18 años.

No fue el único galardón. Convertido en uno de los violinistas más importantes de la segunda mitad del siglo XX, conquistó también los premios Deutsche Schallplatten y Gramophone. Es el único boliviano que ganó un Grammy, en 1992, a la Mejor Música de Cámara. 

Cuando partió rumbo a Bruselas para participar en el concurso, su madre le entregó un álbum que contenía las fotos y recortes de prensa de su novel carrera. La última página estaba en blanco. Jaime entendió lo que eso significaba. A su retorno, lo primero que hizo fue decirle: “Ahora completa el álbum. Gracias a Dios que no arruiné esas últimas hojas que parecían esperar esto”. Él

había cumplido su parte.

(Dibujo de Marcos Loayza)Página Siete –  10 de marzo de 2019