Marcelo, periodista*

La producción periodística de Marcelo Quiroga Santa Cruz durante su exilio de Chile, Argentina y México (1971/77) es prácticamente desconocida en Bolivia, no solo porque la censura impuesta por la dictadura de Hugo Banzer Suárez impidió la difusión de sus escritos y opiniones en la prensa nacional de la época, sino también por la trayectoria al menos curiosa de la primera edición de Hablemos de los que mueren (1984), la recopilación de sus artículos periodísticos.

Publicado por la editorial Tierra del Fuego, una empresa fundada por un grupo de intelectuales argentinos en la Ciudad de México, el libro tuvo corto recorrido, debido, sobre todo, a los problemas económicos que confrontó la editora poco después del lanzamiento de la que sería su primera y única producción. No eran buenos tiempos, ni entonces ni ahora, para las aventuras editoriales independientes.

La edición de 1.000 ejemplares apenas tuvo circulación en la colonia de exiliados latinoamericanos y terminó, como el propio proyecto editorial, en el fondo de un depósito de la capital azteca. Su reedición en Bolivia tampoco tuvo suerte. El sangriento golpe de Luis García Meza y Luis Arce Gómez, que costó la vida del propio Marcelo, interrumpió la impresión en 1980.

La práctica política y obra teórica que desarrolló Quiroga Santa Cruz en Bolivia son harto conocidas por la opinión pública, debido al papel preponderante que desempeñó el líder socialista en la lucha democrática entre 1960 y 1980, año en que fue asesinado y sus restos desaparecidos por la dictadura de Luis García Meza y Luis Arce Gómez.

Opositor de primera línea de los regímenes militares dictatoriales de la segunda mitad del siglo XX, Quiroga Santa Cruz sentó en el banquillo de los acusados a los generales René Barrientos Ortuño y Hugo Banzer Suárez, acciones parlamentarias que le valieron la cárcel y el exilio. También dio prueba cabal de coherencia política al promover y ejecutar –como ministro de Minas y Petróleos del gobierno de Alfredo Ovando Candia (1970)– la nacionalización de la Bolivian Gulf Oil Company y encabezar la resistencia al golpe fascista del 21 de agosto de 1971. No menos conocida es su actuación, como fundador y líder del Partido Socialista-1 (PS-1), durante la apertura democrática de fines de la década de los 70.

Quiroga Santa Cruz dedicó los años del exilio a la cátedra, como profesor de Ciencias Políticas y Economía Política en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UNBA), primero, y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), después. Fueron años de intensa producción intelectual que fructificó en dos libros: El saqueo de Bolivia (1972) y Oleocracia o patria (1982), editados inicialmente en Buenos Aires y México, respectivamente, y después en Bolivia

Pero no fue su única actividad. Quiroga Santa Cruz alternó la docencia con el periodismo en varios medios. El Día, un diario que abrió sus páginas a los intelectuales latinoamericanos exiliados en México, y la agencia Inter Press Service (IPS) recogieron en columnas semanales sus análisis de la coyuntura política boliviana y regional.

Su actividad periodística coincidió con hechos de importancia ocurridos en Bolivia y América Latina, como el “abrazo de Charaña” de Banzer y Pinochet y el destape del escándalo de los sobornos de la Gulf Oil Company al general Barrientos Ortuño, para mencionar algunos, así como los dramáticos sucesos que acompañaron al proceso de militarización del Cono Sur, incluidas las acciones de la “Operación Cóndor”, una de las cuales costó la vida del general Juan José Torres.

La lectura de esas crónicas, a cuarenta años de distancia, muestra no solo la aguda y certera percepción de su autor, sino, en muchos casos, su inusitada actualidad, como reflejan los títulos de algunos de los escritos  “Los principios flexibles de una moralidad laxa”, “La pretensión de arrestar la historia”, “¡Qué bien estábamos cuando estábamos mal!”, “El hambre desde la opulencia”, etc.

A su paso por México, camino a La Habana, a fines de 1979 o principios de 1980, Marcelo me hizo depositario de un pasaporte duplicado. Me lo entregó en previsión de que tuviera que salir clandestinamente del país, como lo había hecho en ocasiones anteriores, y también previsión de que la represión no le diera tiempo a tomarlo para llevarlo consigo.

“Nunca se sabe  si lo necesitaré en caso de un nuevo exilio”, me dijo al entregarme el documento. Era, pues, como él mismo lo llamaba, un “pasaporte de emergencia”. Quien ha vivido el exilio sabe la importancia que tenía contar con un pasaporte, documento al que los perseguidos políticos no tenían derecho ni acceso fuera del país. Era la manera que tenían las dictaduras de controlar los movimientos de los opositores.

El pasaporte tiene un solo sello. El de su entrada a Lima, el 27 de diciembre de 1977, cuando se dirigía a Bolivia. Quiroga Santa Cruz viajó por tierra de Lima a la frontera con Bolivia y entró al país clandestinamente cuando Banzer ejercía todavía el poder. El pasaporte contiene otro importante. En la casilla correspondiente a la profesión, aparece la inscripción: “Periodista”. Probablemente es el único documento oficial en el que el líder socialista figura como periodista. Y lo fue. Y a carta cabal, como demuestran sus artículos de “Hablemos de los que mueren”.

*Reseña del libro Hablemos de los que mueren. Nueva Crónica – 2ª. Quincena de agosto de 2012

Y ahora, ¿quién podrá defendernos?*

Clark Kent, alter ego de Supermán, acaba de renunciar al Daily Planet. Lo hizo por razones éticas, en protesta por la deriva sensacionalista del periódico. El director del diario, Perry White, lamentó la decisión de su reportero estrella, pero no dio ninguna explicación sobre el giro editorial de su periódico. No lo dijo, pero está claro que la crisis del modelo de negocios de los medios impresos ha llegado a Metrópolis y ha golpeado a su medio más emblemático. La propia editorial DC Comic admitió que la dimisión es “un reflejo de los problemas por los que pasa la profesión” en estos momentos, a raíz del nuevo “rol de los medios de comunicación, el desequilibrio entre información y entretenimiento y el crecimiento del periodismo ciudadano”. De hecho, el propio Kent, al anunciar su renuncia en medio de reproches a su jefe y a su novia y colega, Luisa Lane, ocupada en la cobertura de un escándalo sexual, reveló que seguirá trabajando como periodista, pero que a partir de ahora lo hará en su propio blog de Internet.

Esto ocurre en el cómic, pero tampoco hay buenas noticias para los medios impresos en el mundo real. El semanario Newsweek, un verdadero ícono de la prensa estadounidense y mundial, dejará de imprimirse en papel y, a partir de ahora, con menos personal y recursos, publicará exclusivamente una edición digital, que será de pago. Su directora, Tina Brown, afirmó que ha sido imposible superar los problemas económicos que supone la impresión en papel ante la brutal caída de la publicidad y la drástica reducción de las circulación, que ha bajado de los cuatro millones de ejemplares, en los años 80, a 1,4 millones este año. Cuatro meses antes, Andrew Miller, presidente del diario londinenses The Guardian, otro referente del periodismo de calidad durante décadas, había anunciado la decisión de su empresa de dar prioridad a la edición digital con la evidente intención de cerrar la edición impresa en el corto plazo, aunque no fijó fecha.

Y, claro, uno se pregunta si Supermán no pudo hacer nada para evitar que el Daily Planet acuda al sensacionalismo para sobrevivir, qué puede hacer la señora Brown por Newsweek o el señor Miller por The Guardian, que no sea cambiar de soporte, teniendo en cuenta que a estas alturas del partido el periodismo de calidad resulta insuficiente para salvar un modelo de negocio en crisis. Y quienes todavía persisten en la aventura de imprimir periódicos bien podrían exclamar, evocando a otro superhéroe, “…y ahora, ¿quién podrá defendernos?”.

La respuesta no es sencilla. Juan Luis Cebrián, presidente ejecutivo del Grupo Prisa, editor del diario El País de Madrid, y Rosental Calmon Alves, director del Centro de Periodismo de la Universidad de Austin, Texas, coincidieron en señalar en la última Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) que el periodismo está en un “proceso irreversible y doloroso de transformación”. El propio Andrew Miller afirmó que el paso del periodismo impreso al digital “es una tendencia inexorable”.

Hace once años, en 2001, me tocó planificar, poner en marcha y dirigir el Servicio Online en Español  de la Agencia Alemana de Prensa (DPA). Eran los años del boom de las “punto.com”. Un joven uruguayo, Fernando Espuelas, había revolucionado Internet con el portal en español StarMedia, que llegó a alcanzar un valor de mercado de más de 3.800 millones de dólares, mientras Terra, el portal de la Telefónica de España, veía crecer la cotización de su título bursátil desde los 11,81 euros hasta los 157,65 euros por acción en apenas cuatro meses.

La agencia Reuters creó más de 50 redacciones en todo el mundo para alimentar su servicio online con contenidos exclusivos. El propio portal Terra abrió oficinas en todos los países latinoamericanos y llegó a pagar más de 60 millones de dólares a un diario brasileño por el derecho a reproducir sus contenidos la noche anterior a la salida de la edición impresa. Era la época en que el dinero fluía a raudales por las venas de la Red, tanto o más que las noticias.

La agencia DPA negociaba un contrato millonario con Terra para la instalación de sendas redacciones en inglés, español y portugués en Madrid cuando se produjo el estallido de la “burbuja”, porque, como se sabe, la ilusión duró lo que una pompa de jabón. DPA se quedó sin contrato, Reuters, Terra y StarMedia cerraron una a una las redacciones online que habían sembrado por todo el mundo, y todos tuvimos que desandar el camino para retornar al punto donde habíamos empezado, a la modesta redacción multimedia y a los periodistas “milusos”.

Han pasado más de diez años desde el estallido de la burbuja y de la crisis de las “punto.com”. La revolución tecnológica sigue su marcha a pasos agigantados y, con ella, el periodismo digital. Del volcado de noticias de los medios impresos de hace una década, hemos pasado a la producción de contenidos propios. Las visitas a los portales y periódicos digitales han crecido exponencialmente. Internet tiene actualmente 1.500 millones de usuarios, una cifra que se triplicará en los próximos seis años.

Sin embargo, el dinero sigue sin fluir hacia los nuevos medios. Como dijo Cebrián, el modelo de negocio de los medios tradicionales se agota día a día y todavía no existe una alternativa clara que permita a las grandes empresas periodísticas volver a ser rentables. Pero, en cualquier caso, según el mismo editor, la respuesta a todas las incógnitas está en la revolución digital, en Internet, aunque este nuevo modelo no acaba de encontrar su quicio. “¿Cuál será el modelo de negocio?”, se preguntó el ejecutivo de PRISA. “De momento no hay un modelo definido. Nadie por ahora ha conseguido rentabilizar las operaciones en la Red. Puede ser que algunos medios hayan tenido éxito en cuanto al número de usuarios, pero económicamente nadie ha dado aún con la respuesta”.

Los anuncios en las ediciones impresas se han visto reducidos en más de un 60 por ciento en los últimos cinco años y, al mismo tiempo, la publicidad en Internet ha crecido vertiginosamente. Según la asociación IAB de España, la inversión publicitaria en medios digitales españoles superó por primera vez a la de los medios impresos, al registrar en un semestre 434,4 millones de euros frente a los 369,7 millones de los medios impresos. No obstante, según Cebrián, el modelo en la Red sigue sin ser rentable. Por cada dólar que ganan los medios digitales, los impresos pierden diez.

La edición digital de The Guardian alcanzó en mayo pasado 50 millones de lectores únicos mensuales y 2,8 millones de lectores púnicos diarios, pero ese éxito aún no se ha traducido en beneficio económico. Los ingresos digitales suponen actualmente entre 35 y 40 millones de euros. La empres espera que llegue a 90 millones en cinco años, menos de la mitad de los ingresos totales actuales de la edición impresa.

La lucha de los medios impresos por la supervivencia frente al mundo digital tuvo una particular expresión en Brasil. Los 154 miembros de la Asociación Nacional de la Prensa decidieron hace un par de semanas retirarse de Google News debido a que el gigante de Internet, el buscador más utilizado en  mundo, se rehusó a pagar a los periódicos un canon por la utilización de la información en su sitio.

El conflicto tiene que ver con el papel de Google en el mercado de la publicidad en línea. Los medios impresos brasileños, como los de otros países, quieren parte del papel para compensar las pérdidas que sufren con sus ediciones impresas. “Google Noticias se beneficia comercialmente con este contenido de calidad y se niega a discutir un modelo de remuneración por la producción de esos materiales”, explicó el presidente de la Asociación de la Prensa, Carlos Fernando Lindenberg Neto.

En 2010, la agencia de noticias Associated Press (AP) se había retirado del portal en protesta por la difusión gratuita de sus contenidos, pero poco después alcanzó un acuerdo con el buscador.

Pero no es únicamente una crisis del modelo de negocios. Es también una crisis del periodismo tradicional. La revolución tecnológica ha provocado no solamente un cambio en los hábitos de consumo de medios, sino también en la actitud de los usuarios antes estos. La sociedad se resiste a mantener una actitud pasiva, como hasta hace poco, y quiere participar en la producción y difusión de la información.

Muchos autores, entre ellos los partidarios del llamado “periodismo ciudadano”, sostienen que las nuevas tecnologías han lanzado al público a la conquista de los medios y algunos afirman que estamos ante una rebelión de los ciudadanos contra el poder de la prensa tradicional y de los periodistas profesionales. Es decir, no estamos únicamente ante una revolución mediática, sino ante una “revolución democrática”, un proceso que está redefiniendo el rol del periodismo y del periodista y que permitirá, gracias a los nuevos medios, “proporcionar a los ciudadanos la información que necesitan para ser libres y capaces de gobernarse a sí mismos”, en la conocida definición de Bill Kovach.

En medio de tantas malas noticias sobre el futuro de los medios impresos, el columnista de política internacional Moisés Naím acaba de llamar la atención sobre la noticia que difundió el corresponsal de The New York Times en Shanghai, David Barboza, sobre la corrupción de los familiares del primer ministro chino, Wen Jiabao. Naím pone este artículo de gran repercusión mundial como un ejemplo del buen periodismo, que no hubiese podido ser elaborado por un bloguero o por un portal que se limita a reproducir contenidos de otros en la Red, ya que la investigación requirió no solamente recursos financieros, sino de los altos estándares profesionales de The New York Times.

“Todo esto es muy costoso. Pero es lo que produce periodismo con valor social, y a nivel mundial. Internet y las tendencias que actualmente socavan la viabilidad de financiera de los grandes medios de comunicación tienen mucho de imparable. Pero artículos como este del The New York Times ilustran de forma contundente cuánto nos empobreceríamos como humanidad si desaparecen las organizaciones capaces de producir contenidos objetivos, independientes y de alta calidad”. Sostiene Naím.

La reflexión de Mosés Naím no deja de ser alentadora para quienes disfrutamos la lectura de la prensa diaria incluso a riesgo de terminar el desayuno con las manos entintadas. Y, como Naím, pienso que el buen periodismo salvará a la prensa tradicional de su muerte anunciada y dignificará a los nuevos medios.

Las nuevas tecnologías han ampliado la libertad de expresión y el acceso a la información, al haber dado voz a los que no la tienen, y han dado a luz a nuevas formas de comunicación; el hipertexto y la intercreatividad han revolucionado los géneros periodísticos, pero el periodismo siempre será un oficio de periodistas, porque detrás de cada contenido siempre estará la mano de un profesional.

La revolución digital ha cambiado y está cambiando los paradigmas. Nos plantea muchas incógnitas y pocas respuestas, sea sobre el futuro de los medios tradicionales, el modelo de negocio o el rol del periodismo, pero si hay alguna certeza es que los nuevos medios no ponen en riesgo nuestro oficio, como temen muchos colegas, porque el buen periodismo no está reñido con la urgencia online ni depende de los soportes que lo sustentan.

El escritor guatemalteco Augusto Monterroso se consagró como el autor del cuento más corto de la historia de la literatura en español, El dinosaurio, un texto de apenas siete palabras y 50 caracteres: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí”. Si los 140 caracteres de un Twitt sobran para escribir un cuento de la complejidad, concisión y belleza de El dinosaurio, ¿por qué no ha de ser posible redactar una pieza periodística de calidad dentro de los mismos límites digitales?

*Ponencia presentada en la mesa redonda “El futuro del periodismo y el rol de los medios en la era digital”, organizada por la Fundación para el Periodismo, con la participación de Josh Friedman, Premio Pulitzer 1985 y director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia; Miguel Wiñazki, director de la Maestría de Periodismo del diario Clarín de Buenos Aires, y el expresidente Carlos Mesa, en La Paz, el 30 de octubre de 2012.

La Sala de Redacción, taller del periodista*

Víctor Toro Cárdenas, presidente de la Fundación Para el Periodismo, nos recuerda el intenso debate que agitó al gremio periodístico en coincidencia con el surgimiento de las primeras escuelas de periodismo a nivel universitario. ¿El periodismo es una ciencia o es un oficio?

Yo, como muchos colegas, soy de los que piensa que el periodismo es un  oficio y que, como tal, se aprende en un taller. Y el taller del periodista no es otro que la sala de redacción. Yo pertenezco a una generación de periodistas que se formó en esa escuela, en la escuela de la cobertura diaria.

En esa época, estamos hablando de los años 50 y 60 del siglo pasado, cuando la carrera de Comunicación Social de la Universidad Católica ni siquiera existía en proyecto, lo más cercano a la “formación académica” –si podemos llamarla de ese modo– a la que podía aspirar un joven boliviano, era el curso de periodismo “por correspondencia” que se ofrecía desde algún país latinoamericano.

Hasta entonces, las escuelas de los periodistas eran las salas de redacción de los periódicos y de algunos medios en particular, como la Agencia de Noticias Fides (ANF) o el diario Presencia, donde maestros como el padre José Gramunt o Huáscar Cajías impartían su cátedra con un lápiz rojo en la mano y un amplio bagaje de normas estilísticas que habían ido acumulando en la memoria a fuerza de corregir originales.

Bolivia no era la excepción. Ocurría lo mismo en otros países, como nos cuenta el maestro Gabriel García Márquez en su texto clásico El mejor oficio del mundo, en el que evoca sus clases prácticas en las redacciones de El Universal y El Heraldo, donde se graduó como “reportero raso”, y sobre todo en las tertulias de los cafetines y las cantinas de Cartagena y Barranquilla.

No es difícil supone que los “manuales de estilo” surgieron precisamente de la práctica diaria de esos editores curtidos en la experiencia, en sus “cátedras ambulatorias y apasionadas”, como las llama García Márquez, ante la necesidad de unificar criterios mediante reglas precisas, a fin de dar coherencia a los relatos periodísticos.

Es la explicación también para la proliferación de manuales y libros de estilo, tanto que llevó a Ernest Hemingway, maestro de varias generaciones de periodistas, a dar un consejo hoy todavía vigente: “Las fórmulas periodísticas –dijo– han sido probadas, aprobadas y santificadas. Todas  en conjunto se reducen a ciento diez reglas, de las cuales solo dos son válidas. Regla número uno: usar frases cortas; regla número dos: emplear un estilo directo, sin rodeos”.

Alguna vez le preguntaron al amigo Paulovich  (Alfonso Prudencio Claure) si el periodista nace o se hace. “¡Se deshace!”, respondió sin asomo de duda, tal vez pensando en que no existe nada más letal  para cualquier pretensión literaria que las normas básicas del lenguaje periodístico: claro, preciso, conciso y directo.

Es cierto que la vocación es fundamental, llevar “la tintan en la sangre”, pero también, como dije al principio, creo que el periodismo es un oficio y, como todo oficio, requiere de técnicas y herramientas para ejercerlo con la maestría y la solvencia  de cualquier artesano.

Muchos sostienen que el periodismo es un arte y algunos, como el veterano corresponsal de guerra español Manuel Manu  Leguineche, afirman que incluso “periodismo y literatura son orillas del mismo río”. En todo caso, yo creo firmemente que el periodista “se hace” y que no tiene otra “musa” que la realidad, a la que interpreta y recrea a la hora de contar historias en cualquiera de los géneros.

Y esto explica la utilidad de una publicación como Sala de Redacción, que alude, precisamente, al “taller” donde se forman los verdaderos periodistas. No es, como advierte Víctor Toro, un manual al estilo clásico, sino una “guía práctica”, como precisa el subtítulo de la obra.

“Sus autores” –nos dice Víctor Toro– no intentan dar lecciones de periodismo, sino orientar a periodistas y estudiantes de periodismo sobre cómo narrar de mejor manera la historia de cada día”, desde diversos puntos de vista, no solamente desde  “la necesidad de escribir bien”, sino de hacerlo a partir de  la práctica de principios fundamentales, como lo9s derechos humanos, la ética y la democracia.

Así, Isabel Mercado, verdadera arquitecta de la obra que presentamos, no recuerda la importancia de no olvidar principios elementales del lenguaje, la materia prima del periodismo, que nos suele jugar muy malas pasadas a todos los periodistas, novatos y veteranos. Se dice que los médicos entierran sus errores, que los abogados los encarcelan y que los periodistas los publicamos. Pues bien, conviene conseguir los consejos de Isabel, al menos hasta que la Real Academia de la Lengua tome en serio la propuesta de García Márquez de simplificar las reglas gramaticales.

Isabel también nos recuerda –yo diría que más bien nos enseña– cómo escribir sin aburrir al lector sobre economía y negocios, cómo contar las historias que afectan a la vida cotidiana y a los bolsillos de los ciudadanos, pero sobre todo nos enseña, en el marco de sus especialidad, cómo evitar el sensacionalismo, el estereotipo y la discriminación. En resumen, cómo escribir respetando los derechos humanos y la dignidad de las personas.

Renán Estenssoro, director ejecutivo de la Fundación, nos tiende una mano para evitar la vergüenza de la franca ignorancia o las imprecisiones a la hora de abordar temas jurídicos. Uno de los principios del periodismo es: “Si dudas o no sabes, no lo escribas”, pero, a partir de ahora, podemos decir, al menos en los temas jurídicos: “Si dudas o no sabes, consulta con Renán”. Todo ello, además, teniendo en cuenta que el periodista debe ser claro pero al mismo tiempo preciso, un equilibrio que suele ser difícil a la hora de escribir sobre temas especializados.

Alberto Bailey nos dice que la ética es la brújula que orienta el accionar del periodista y pasa revista a los principios de autorregulación que sostiene la calidad y credibilidad del trabajo periodístico, en tanto que Carlos Mesa, en su doble condición de periodista e historiador, nos describe diez momentos clave de la historia de Bolivia, un pequeño gran resumen de lo que debería conocer todo periodista que quiera escribir sobre la realidad boliviana.

Yo me inicié como periodista en 1964. Un amigo jesuita me dijo que el padre Gramunt necesitaba un redactor para el informativo del mediodía. Cuando llegué a Fides, Gramunt me preguntó: “¿Sabes escribir?  ”Depende”, le respondí para ganar tiempo. A continuación me dictó  algunos datos sobre un hecho cualquiera y me pidió que redactara con ellos una noticia. Así lo hice en una vieja máquina de escribir Olivetti. Cuando terminé, Gramunt leyó detenidamente mi texto, hizo varias correcciones con su lápiz rojo y me dio algunas indicaciones sobre la estructura de una noticia. Fue mi primera lección de periodismo. Años después, cuanto ingresé a la carrera de Comunicación Social de la Universidad Católica, a cuya primera promoción pertenezco, me enteré que la explicación del padre Gramunt correspondía a la “pirámide invertida”.

Recordé esta primera experiencia al leer Sala de Redacción y me dije a mi mismo: cómo me hubiese gustado tener un texto como éste cuando me inicié hace 48 años en la vieja redacción de la Agencia Fides del Colegio San Calixto.

*Texto leído en la presentación del manual Sala de Redacción – Guía práctica de periodismo y derechos humanos, editado por la Fundación Para el Periodismo. La Paz, 13 de septiembre de 2012).

Gastón Suárez, escrutador de almas*

Víctor Hugo dijo alguna vez que el cuerpo humano no es más que apariencia, una apariencia que esconde nuestra realidad, y que la realidad no es otra cosa que el alma. Como uno de los protagonistas de sus cuentos, el actor que descubrió la complejidad humana en los múltiples y diversos personajes que le tocó interpretar en su larga carrera, Gastón Suárez se sumerge en el comportamiento de los hombres para dar razón al autor de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry, cuando dijo que “lo esencial es invisible a los ojos”.

Si En vigilia para el último viaje, su primer libro de cuentos (1963), reflejó con hondo realismo la geografía humana  del ambiente minero y rural, con sus personajes de carne y hueso de las minas del sur y la campiña chicheña, en su segundo libro, El gesto (1969), el escritor tupiceño se sumerge en la vida interior de sus protagonistas en la búsqueda de la esencia que no alcanzamos a percibir con nuestros ojos para rescatar sus temores, sus miedos, sus resentimientos y sus frustraciones. Como diría el filósofo Guillermo Francovich, antes que la realidad exterior, Suárez “capta las almas”.

A Gastón Suárez, como recordé en algún escrito, le gustaba vagar entre los maizales, los sembradíos de habas y los durazneros de la campiña tupiceña, trepar los cerros colorados y zambullirse en las aguas amarillas del río Tupiza, sumergido en ensoñaciones fantásticas, figuraciones que se plasmaron años después en narraciones en “realidades tangibles”, en palabras de Francovich, relatos que expresan “el prodigio de vivir”.

Quiso ser un escritor a la altura de los novelistas que alimentaban las lecturas de su madre, María Paredes, una maestra rural aficionada a los autores románticos franceses, quien se hizo cargo de su educación y lo guió en el aprendizaje y sus primeras lecturas cuando abandonó la escuela antes de terminar el ciclo primario. Años después, desertó de todos los trabajos que le permitían ganarse el día a día, sabedor de que el oficio de escritor requería de tiempo completo. Compró un camión a plazos y empezó a recorrer el país como transportista.

Esa experiencia no solo le permitió conocer Bolivia de punta a punta, sino a su gente, y describir el mundo que conoció y vivió con “el realismo más inmediato”, con personajes de carne y hueso, tomados de la vida misma, porque como el actor de uno de sus cuentos que interpretó al cura, al peluquero, al aparapita, al boxeador, al diputadillo, al tendero, al carnicero, al capataz y al mariquita, Gastón Suárez fue ferroviario, empleado bancario, minero, camionero, taxista, periodista, corrector de pruebas, en fin, un mil oficios, vivencias que recogió en Vigilia para el último viaje, unos relatos que Julio de la Vega enmarcó en el “boom” literario latinoamericano de la época.

Si los escenarios y los protagonistas del primer libro de cuentos son reconocibles, debido precisamente a su realismo, el enfoque del segundo, El gesto, es absolutamente diferente, más psicológico y, por tanto, más universal. Si en Vigilia para el último viaje el autor ve a los protagonistas desde fuera, en El gesto lo hace desde dentro, situándose, como diría Francovich, como uno de sus personajes, como “un observador de las contradicciones y de las miserias de los hombres”. Es pues, en palabras del crítico Óscar Rivera-Rosas, un escrutador de la “introversión psicológica”.

Apela para ello, preferentemente, al monólogo, al soliloquio, lo que le permite desarrollar “conversaciones en solitario” con él mismo, para reflexionar en profundidad sobre la vida misma de los personajes, con sus éxitos y fracasos, sus penas y alegrías, que no es otra que la vida misma de cualquiera de nosotros. Sus personas hablan “en voz alta”, escuchándose a sí mismos, con expresiones y reflexiones íntimas que no solo ponen de manifiesto sus pensamientos y sentimientos, sino que dan forma al argumento y al ritmo en el tejido del relato.

“¿Comprendes o no, Julia? Polvo, fin absoluto, nada. ¿Y si realmente fuera así? No, algo nos dice, en lo más hondo de nuestro ser, que los muertos, al menos en los primeros días, y desde otras dimensiones, nos oyen y nos ven y nos comprenden”, reflexiona Mauricio ante el cuerpo yacente de su esposa, Julia, en Noche de duelo, en un dramático soliloquio que va de la nostalgia del amor conyugal perdido a la confesión de la pasión por Lorena, la muchacha de “muslos, blancos, firmes, vibrantes”, cuñada y hermana de la difunta.

“Ay, Julia, cómo me duele el haberte perdido. Me gustaba desnudarte, tocarte por partes, recorrer mis manos por tus… Tu bondad, tu sabiduría, tu juventud “, le dice mientras le pide perdón. “Perdón, perdónanos, Julia ¿No es mejor que haya sucedido así? (…) Yo y Lorena… ¡Lorena, tu boca, tus ojos, tu cuerpo me enloquecen! ¡Amada, vida, sol, amor!”.

El soliloquio de Noche de duelo, tal vez el mejor logrado de la colección de cuentos, recuerda a Cinco horas con Mario, una de las grandes novelas del español Miguel Delibes (1920-2010), igualmente apasionado por la complejidad del ser humano, que relata las confesiones de la viuda, Menchu,ante el cadáver de su esposo, abrumada por el sentimiento de culpa. “Mario, anda, te lo pido de rodillas, no hubo más, te doy mi palabra, yo solo he sido para ti, te lo juro, te lo juro y te lo juro, por lo más sagrado”.

El soliloquio y el monólogo no son recursos habituales en la literatura boliviana. Gastón Suárez los emplea con maestría para desnudar el alma de sus personajes, para develar las cosas “graves, oscuras, misteriosas”, las cosas “turbadoras, turbantes, túrbidas” de la vida, y para mostrarnos cómo, en palabras de San Agustín, “el alma desordenada lleva en su culpa la pena”. Y también, claro está, cómo no hay absolución sin confesión.

Hombre de teatro al fin, además de cuentista, Suárez maneja el diálogo con maestría, como en La ronda y Dos hermanos, con parlamentos de gran intensidad, frases cortas y directas, sobre todo en La Ronda, que dan forma y fondo a la estructura, y sobre todo vivacidad y dinamismo al relato.

No son sus únicas características. El escritor tupiceño experimenta con la estructura de sus relatos como el orfebre con los metales preciosos, sabedor de que en la literatura importa tanto el qué como el cómo, el fondo como la forma, como, por ejemplo, en El diario de Mafalda, estructurado, efectivamente, como el recuento de los últimos días de una pavita, llamada Mafalda, en vísperas de su sacrificio en la Navidad, toda una metáfora de la vida, con su “trayectoria llena de dolor y  muerte”.

Resultan llamativos los relatos desarrollados en un solo párrafo, como en Hoja al viento y Mendigo en Snack Bar. Suárez ya había experimentado con esa estructura en El iluminado, una narración breve muy exitosa incluida en Vigilia para el último viaje.

Los párrafos cortos oxigenan un texto, pero Suárez aprovecha la ausencia de ese “aire” para dotar a su narración de dramatismo y tensión. Para ello apela a las frases breves, cortantes, casi telegráficas, y a la economía de palabras, que marcan el relato con una prosa densa y a la vez urgente y trepidante, como en Mendigo en Snack Bar: “Hora tras hora parado, mirando comer, echando babas. Hambre filuda punzando mi barriga. Hambre… dormir… comer. Qué rico olor…  ¡Una caridad! ¡Una limosna por amor de Dios! (…) Una caridad… una caridad. Un pesito más… listo… contento… ¿Qué tendrán? Comen y pasan, comen y pasan. No me miran. Malos están ahora”.

Como escrutador del alma, Suárez saca a flote el resentimiento, el rencor, la avaricia y el dolor de sus personajes, pero también el amor que suele estar en la otra cara de todo comportamiento humano. Lo hace con un estilo sobrio, plástico y elegante, a veces perturbador como perturbadora es toda contradicción humana.

“Ser o no ser, he aquí el problema”, declama Filiberto Monzante, el actor del cuento homónimo, al repetir la primera frase del soliloquio de Hamlet, la obra de William Shakespeare. Y en esa reflexión que “da existencia tan larga al infortunio” radica en definitiva el gran dilema de los personajes de Suárez, los que sufren y aguantan “los ultrajes y desmanes del mundo, la injuria del opresor, la afrenta del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejación que el paciente mérito recibe del hombre indigno”.

El logro de Gastón Suárez es precisamente ese. Ir más allá del simple hecho, más allá de la anécdota, como apuntó Óscar Rivera-Rodas, para descubrir sutilmente las situaciones trascedentes que la realidad oculta.

La Paz, Mayo de 2021.

*Prólogo al libro El Gesto.-