Discurso de posesión de la dirección de la Carrera de Comunicación Social de la UCB

Para mí es un honor y un orgullo asumir la dirección de la carrera de Ciencias de la Comunicación de nuestra universidad. Un  honor porque nuestra carrera es, sin lugar a dudas, la de mayor prestigio de Bolivia y una de las más importantes de América Latina. Y un orgullo porque mi designación coincide con el 50 aniversario de la colación de grados de la primera promoción de la Católica, a la que pertenezco. Un honor, pero también un enorme desafío.

Recuerdo con mucho cariño el día que recibí el título de manos del fundador y primer rector de nuestra universidad, monseñor Genaro Prata, el 23 de diciembre de 1970, un título que me acreditaba como uno de los primeros profesionales de Comunicación Social graduados en Bolivia; un título, el de Periodista, del cual me siento muy orgulloso porque refleja muy bien el oficio al que me he dedicado toda la vida, y que, por cierto, ya no lo otorga la Universidad Boliviana, al menos no con ese nombre.

Pero no es únicamente un tema formal. Ninguna generación como la mía ha vivido de manera tan intensa y dramática la revolución tecnológica, que está en el corazón mismo de la comunicación. Para medir la magnitud de los cambios bastaría con decir que los periodistas de mi generación hemos pasado, en medio siglo, del telégrafo Morse al Internet.

Estamos viviendo tiempos de cambio y también de crisis, que se agudizaron en los últimos años. Todavía no habíamos asimilado la revolución tecnológica cuando nos sorprendió la crisis económica global de la última década; y no habíamos superado esta última cuando nos atrapó la pandemia del coronavirus, con su secuela de cuarentenas, que no ha hecho otra cosa que acelerar la transición en las que estábamos embarcados desde inicios de este siglo.

Y como todas las cosas en la vida, la medalla tiene un anverso positivo y un reverso negativo, La revolución tecnológica es una oportunidad, pero a la vez  un incordio. Nunca como ahora habíamos gozado de tan irrestricto acceso a la información ni de las posibilidades casi ilimitadas para difundir nuestras ideas y opiniones, pero también, nunca como ahora, habíamos visto tales niveles de desinformación y manipulación informativa. Y esto está íntimamente ligado con la ética periodística.

El padre José Gramunt, mi primer maestro en el oficio, solía decir que los primeros periodistas de la era cristiana fueron los cuatro evangelistas. Y es cierto. Desde el punto vista periodístico formal, cada Evangelio es una crónica perfecta. La parábola de la multiplicación de los panes y los peces tiene 191 palabras. Si hubiese habido un periódico en ese tiempo, hubiese sido un reportaje de primera plana.

Los evangelistas utilizaron la palabra para transmitir la Buena Nueva. El periodista no solo debe buscar la verdad, sino utilizar la palabra para transmitirla. Ese es el desafío de nuestro tiempo, un desafío que enfrenta el peligro señalado.

Tengo el privilegio de contar con un equipo de colaboradores y docentes de primer nivel, quienes, a lo largo de los últimos años lograron situar a nuestra carrera en el sitial de honor en el que se encuentra actualmente, un equipo que, sin lugar a dudas, seguirá trabajando con el mismo entusiasmo para enfrentar los nuevos retos.

En lo que a mí respecta, me gustaría recordar al escritor y académico inglés Colin MacCabe, quien dijo en alguna ocasión: “Me gusta escribir sobre lo que sé y me gusta enseñar lo que quiero aprender”.

Durante los nueve años que llevo como docente en la Cato, he aprendido mucho de mis colegas y de mis propios alumnos. Y en esta nueva responsabilidad espero seguir aprendiendo de ellos.

La Paz, diciembre de 2020.

Prólogo al libro “Bolivia en La Haya”, de Henry Oporto (Editor)

El fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) del 1 de octubre de 2018, que determinó de manera contundente que “la República de Chile no ha contraído la obligación de negociar un acceso soberano al mar con el Estado Plurinacional de Bolivia”, marca un antes y un después en la centenaria aspiración marítima boliviana. Sea “el verdadero final de la Guerra del Pacífico”, como sostiene del historiador Robert Brockmann, o “uno de los momentos más dramáticos de la historia” de Bolivia, pero que no impedirá la apertura de “caminos renovados en busca de este objetivo irrenunciable”, como afirma Carlos Mesa, lo cierto es que el golpe de La Haya no sólo obliga a una reflexión sobre las causas del fracaso, probablemente el mayor de la diplomacia boliviana, sino también a la búsqueda de nuevas alternativas a la que ha sido la piedra angular de nuestra política exterior.

A pesar del afán gubernamental de minimizar y relativizar las consecuencias del veredicto con fines de política coyuntural, la mayor parte de los internacionalistas y analistas independientes coincide en señalar que la sentencia es una derrota jurídica, política, diplomática e histórica en toda la línea, puesto que clausuró la única puerta que quedaba abierta tras el desastre militar de 1879 y la frustrada demanda ante la Liga de las Naciones de 1920 en busca de la revisión del tratado de 1904.

Si “la historia es un incesante volver a empezar“, como dijo el historiador ateniense Tucídides 400 años antes de Cristo, si estamos ante un fin de ciclo y si queremos aprender las lecciones de la historia, conviene empezar de cero, con la reflexión sobre los hechos que nos condujeron a este “final inapelable de una era”. Este libro es un primer balance de esa gestión diplomática, a ocho años de la decisión del presidente Evo Morales de acudir a La Haya y a siete meses de su desenlace.

El fallo del 1 de octubre cayó como un balde de agua fría en la opinión pública boliviana. La lectura de la sentencia, trasmitida por televisión en vivo y en directo desde La Haya, no fue precisamente la crónica de un fracaso anunciado, pues nadie o casi nadie esperaba un revés tan contundente, sino el relato de una frustración colectiva, un shock -lindante en la humillación, como dice Fernando Molina-, cuyas consecuencias tardarán en hacer carne en el cuerpo social de Bolivia, pero que, sin lugar a dudas, lastrará el devenir nacional.

El presidente Morales anunció la “judicialización” del tema marítimo el 23 de marzo de 2011, tras el fracaso del diálogo acordado con Chile en torno a la denominada Agenda de los 13 puntos, debido a la renuencia de Santiago a tratar el punto relativo a la reivindicación marítima. La demanda se concretó el 24 de abril de 2013. Bolivia pretendía que la CIJ declare la obligación de Chile a negociar “de buena fe” con Bolivia un acceso soberano al Océano Pacífico, a partir de los supuestos “derechos expectaticios” generados por las ofertas unilaterales y los intercambios bilaterales que hizo Chile a Bolivia durante el siglo pasado.

Chile, que negaba cualquier obligación de negociar sobre el tema, presentó el 15 de julio de 2014 una objeción preliminar, indicando que la Corte carecía de jurisdicción y competencia para decidir la disputa presentada por Bolivia, puesto que, a su juicio, la demanda suponía una revisión del Tratado de 1904, vetada por el Pacto de Bogotá. El 24 de septiembre de 2015, la Corte rechazó las excepciones planteadas por Chile, declarándose competente para conocer la demanda boliviana.

Aunque no implicaba una decisión sobre el tema de fondo, el fallo preliminar generó grandes expectativas en Bolivia, alentadas, sobre todo, por el gobierno, pero también, aunque en menor grado, por diversos sectores de la opinión pública. El presidente Morales y sus ministros, que siguieron la audiencia de La Haya por televisión, estallaron en aplausos cuando el presidente del tribunal, Ronny Abraham, anunció el rechazo a la objeción chilena por 14 votos a dos.

«Es un día inolvidable. Sabíamos que tarde o temprano se iba a hacer justicia”, declaró el mandatario. Bolivia celebró la decisión como un triunfo nacional. Justo es decir que así como el fallo desató el optimismo en Bolivia, causó una honda preocupación en Chile por considerar que el gobierno socialista de Michelle Bachelet había perdido no una apuesta, sino una primera batalla que podía comprometer el resultado final del proceso.

La euforia del gobierno boliviano fue tal que el presidente Evo Morales llegó a decir que Bolivia estaba  “muy cerca de volver al Océano Pacífico» y se adelantó a instar a su par chileno a buscar “fórmulas de entendimiento para cerrar las heridas abiertas hace más de 100 años”, seguro como estaba de que el fallo final sería favorable a la causa nacional. Nada retrató mejor la seguridad del gobierno boliviano que el titular de primera plana de un periódico oficialista, impreso un día antes de conocerse la sentencia, “Histórica sentencia”, y el texto de la portada que señalaba que “Bolivia tuvo que esperar 139 años para conquistar un histórico triunfo ante la injusticia que nos condenó al encierro”.

El gobierno no fue el único sorprendido por el fallo, porque, como bien dice Brockmann, la mayoría de los bolivianos, en mayor o menor grado, “abrazó la argumentación de los actos unilaterales de los estados”, y creyó que la demanda boliviana estaba sustentada en argumentos sólidos. En el peor de los escenarios, Bolivia esperaba un “fallo salomónico”, pero que dejara la puerta abierta a la esperanza.

¿Dónde estuvo el error? ¿En la estrategia de la demanda o en el núcleo mismo de la argumentación?  ¿Era correcto suponer que las promesas unilaterales habían creado una obligación jurídica que Chile debía honrar mediante una negociación de “buena fe”? ¿Fue un fallo injusto, como sostiene el gobierno boliviano?

El triunfalismo del gobierno –y de muchos sectores de la opinión pública- no sólo se asentaba en los primeros éxitos del equipo jurídico boliviano, sino en la convicción de que el  novedoso planteamiento de la demanda era tan sólido como una roca. La creencia se vino abajo el 1 de octubre. A medida que el jurado respondía negativamente a cada uno de los argumentos esgrimidos por los juristas bolivianos, los analistas se preguntaban cómo era posible que los miembros del equipo de Eduardo Rodríguez Veltzé –juristas e historiadores- no hubiesen podido advertido la endeblez de las premisas, que –a toro pasado, es cierto- sonaban incluso ingenuas.

Las críticas a posteriori pueden parecer duras y excesivas, pero son necesarias, ante una apuesta arriesgada que puso en juego la solución de una reivindicación nacional centenaria.

Lo que no se ve por ninguna parte es autocrítica del gestor y operador de la demanda ni mucho menos la necesaria rendición de cuentas de una gestión que ha provocado un vuelco en la política exterior boliviana. Como dice Roberto Laserna: “El premio parecía grande, pero, no teniendo los recursos necesarios para respaldar lo que estaba en juego, el riesgo era excesivo. Si antes nos llevaron a la guerra sin ejército, ahora nos llevaron a juicio sin ley”. O en palabras de Fernando Molina: “No deberíamos olvidar lo ocurrido. Se supone que todos los responsables políticos de la demanda actuaron de buena fe. Pero no por eso dejaron de comportarse con negligencia, exceso de confianza, desorden e ingenuidad. Deberíamos recordarlo siempre”.

En lugar de autocrítica, lo que hay es justificación. El presidente Morales acusó inicialmente a la Corte de haberse “parcializado con un grupo” y de haber “beneficiando a los invasores y a las transnacionales”. Posteriormente relativizó el fracaso, al señalar que “si bien no hay una obligación de negociar hay una invocación a seguir con el diálogo”. Finalmente, negó que la gestión fuera una derrota. “Algunos dicen (que fue) como una derrota, pero no es ninguna derrota, ahora tenemos tres elementos, al margen de otros, para seguir negociando una salida al mar con soberanía porque, primero, la CIJ dijo que Bolivia se ha creado con más de 400 kilómetros sobre las costas del océano Pacifico; segundo, dijo que los tratados no han resuelto el enclaustramiento de Bolivia; y, tercero, instó a seguir negociando para resolver la demanda de Bolivia”. Pero, como dice el internacionalista Fernanda Salazar, lo que el mandatario presenta como “nuevos elementos” supuestamente aportados por la CIJ, no son otra cosa que simples antecedentes históricos mencionados en el fallo. Y lo cierto es que tampoco la CIJ instó a negociar a las partes.

Lo que también llama la atención, igualmente a toro pasado, es el hecho de que la gestión de cinco hubiese transcurrido sin que mediara debate alguno sobre la pertinencia  de la demanda y sus posibilidades de éxito. Si bien es cierto que el tema fue analizado en las aulas universitarias y en algunos foros académicos, lo cierto es que, como recuerda Henry Oporto, ningún sector de la sociedad, ningún líder político importante ni ningún partido con representación parlamentaria, se atrevió a cuestionar y a discutir seriamente la viabilidad de la iniciativa boliviana. Tampoco la prensa, que, en este sentido, también deberá realizar una severa autocrítica al haber renunciado a ejercer el papel de promotor de un debate tan necesario como imprescindible.

“Muchos se unieron a la comparsa, quizá incluso a regañadientes. También el silencio ha sido vergonzoso. Bastó el chantaje patriotero para que los gobernantes y los agentes diplomáticos vendieran como ‘política de Estado’, lo que en realidad era ante todo una estrategia partidista. Increíblemente, en un tema de tanta relevancia, y que importaba un cambio sustantivo en la política marítima de casi un siglo, simplemente no hubo debate público; el régimen pudo maniobrar como si tuviera cheque en blanco. Y lo sigue haciendo sin tan siquiera molestarse en rendir cuentas de su fracaso”, escribe Oporto.

Hubo excepciones, desde luego, como la del excanciller Armando Mariaca Loaiza, quien en una entrevista para un folleto de la Fundación Pazos Kanki (“La demanda marítima ante La Haya”), publicada en 2013, advirtió que, al acudir ante la CIJ, “Bolivia entrega a un tercero, en este caso la Corte de La Haya, la definición de una cuestión tan delicada y sensible para los bolivianos, una tercera instancia sobre la cual no tenemos la capacidad de incluir, y por lo que tenemos que limitarnos a esperar su decisión”. Y así nos fue.

Pero, como dice la internacionalista Karen Longaric, ninguna de las advertencias sobre la complejidad del tema y el incierto resultado fueron tomadas en cuenta, porque “desde el grupo de cabildeo de los círculos de poder se propalaba el exitismo, risiblemente amparado en un supuesto nerviosismo del oponente” y “a quienes ponían en duda la pertinencia de la demanda o de sus resultados, se los denostaba en los círculos intelectuales y en las esferas de poder político”.

No deja de ser sintomático de la actitud gubernamental el hecho de que el equipo jurídico hubiese ignorado olímpicamente al jurista Ramiro Orías, a quien se le atribuye la paternidad intelectual de algunas ideas implícitas en la demanda. “Como muchos bolivianos –escribe Orías- me sentí comprometido con ese esfuerzo, ya que tomaba en cuenta muchas de mis anteriores reflexiones. Aunque transmití a algunos de sus gestores mi más amplia disposición para contribuir a ese logro, nunca fui convocado. Entendí bien el celo, reserva y confianza política que importaban esas labores”. Ni a Orías ni a otros especialistas.

El mandatario sí convocó a expresidentes y excancilleres, pero, aparentemente, no para contar con su aporte en la elaboración de la demanda, sino, como sostienen algunos de los coautores de este libro, por la necesidad imperiosa que tenía el gobierno de un aval para su gestión y para neutralizar a los líderes opositores y eventuales rivales electorales. Nunca sabremos cuánto y cómo hubiese beneficiado un fallo positivo a la causa electoral de Evo Morales, pero sí conoceremos más temprano que tarde el costo político del fracaso.

Si el fallo de La Haya supone el fin de una era, ¿es también el fin de un mito, como sostiene Oporto, o de una “obsesión colectiva”, como la llama Brockmann? Si así fuera, también sería el fin de una ilusión, la ilusión de la reconquista del mar perdido que se nos inculcó a los bolivianos generación tras generación durante más de un siglo, hasta convertirse en una razón de ser del Estado boliviano. “¡El mar nos pertenece por derecho, recuperarlo es un deber!”.

¿Qué viene ahora?, es la pregunta que se formulan los analistas e internacionalistas que colaboran en esta publicación.

Según el portavoz de la demanda marítima, Carlos Mesa, la CIJ estaba en la disyuntiva de “escoger el camino entre una interpretación progresista y de siglo XXI de dos figuras muy importantes del derecho internacional” y el “statu quo con una interpretación que no modificara el ya de sí complejo escenario jurídico internacional”. Y asumió que “entre la justicia y la seguridad jurídica internacional primaba un sentido de ‘responsabilidad global’ que defendiera un orden que, aún como está, es frágil en un momento de la historia en el que el escenario mundial está condicionado por figuras que reverdecen la lógica del poder total y bloques que enfrentan los desafíos cada vez más crecientes de las naciones emergentes”.

Aunque admite que “es lógico el sentimiento de frustración y la sensación de fracaso tras cinco años de contencioso jurídico”, el exmandatario confía en que “vendrá otro tiempo” para “encontrar caminos renovados” en la consecución de ese “objetivo irrenunciable” que es el retorno al mar perdido.

El excanciller Gustavo Fernández cree que los jueces aplicaron “una interpretación formalista y positivista de la causa, justamente para despejar cualquier insinuación de tendencias políticas, tanto de Bolivia como de Chile”, pero que el fallo no ha resuelto el problema de fondo,  “el problema está tal y como estaba antes y tal vez con mayor intensidad, porque Bolivia, golpeada y todo, no ha renunciado ni va a renunciar a su demanda de acceso soberano al mar”. Es, pues, a su juicio, una derrota jurídica, que lo único que demuestra es que “la vía jurídica no funcionó”, pero que no representa un retroceso” y no significa que hayamos vuelto a fojas cero.

Pero, en todo caso, todos coinciden en que Bolivia no sólo debe reformular su política exterior, que tenía a la reivindicación marítima como piedra angular, sino que debe replantearse si mantiene la cuestión marítima como punto central de esa política. Y que lo debe hacer a partir de una visión pragmática de acceso al Pacífico, que supone la reconstrucción de las relaciones con Chile –tan maltrechas a causa de la escalada de las acusaciones mutuas de los últimos años-, el potenciamiento de los vínculos con los países vecinos, especialmente con Perú, y por supuesto la proyección del país al Atlántico.

Como dijo alguna vez Oscar Wilde, “el único deber que tenemos con la historia es rescribirla”. El varapalo de La Haya nos obliga a diseñar esa nueva historia.

La Paz, marzo de 2019.-

La Sala de Redacción, taller del periodista*

Víctor Toro Cárdenas, presidente de la Fundación Para el Periodismo, nos recuerda el intenso debate que agitó al gremio periodístico en coincidencia con el surgimiento de las primeras escuelas de periodismo a nivel universitario. ¿El periodismo es una ciencia o es un oficio?

Yo, como muchos colegas, soy de los que piensa que el periodismo es un  oficio y que, como tal, se aprende en un taller. Y el taller del periodista no es otro que la sala de redacción. Yo pertenezco a una generación de periodistas que se formó en esa escuela, en la escuela de la cobertura diaria.

En esa época, estamos hablando de los años 50 y 60 del siglo pasado, cuando la carrera de Comunicación Social de la Universidad Católica ni siquiera existía en proyecto, lo más cercano a la “formación académica” –si podemos llamarla de ese modo– a la que podía aspirar un joven boliviano, era el curso de periodismo “por correspondencia” que se ofrecía desde algún país latinoamericano.

Hasta entonces, las escuelas de los periodistas eran las salas de redacción de los periódicos y de algunos medios en particular, como la Agencia de Noticias Fides (ANF) o el diario Presencia, donde maestros como el padre José Gramunt o Huáscar Cajías impartían su cátedra con un lápiz rojo en la mano y un amplio bagaje de normas estilísticas que habían ido acumulando en la memoria a fuerza de corregir originales.

Bolivia no era la excepción. Ocurría lo mismo en otros países, como nos cuenta el maestro Gabriel García Márquez en su texto clásico El mejor oficio del mundo, en el que evoca sus clases prácticas en las redacciones de El Universal y El Heraldo, donde se graduó como “reportero raso”, y sobre todo en las tertulias de los cafetines y las cantinas de Cartagena y Barranquilla.

No es difícil supone que los “manuales de estilo” surgieron precisamente de la práctica diaria de esos editores curtidos en la experiencia, en sus “cátedras ambulatorias y apasionadas”, como las llama García Márquez, ante la necesidad de unificar criterios mediante reglas precisas, a fin de dar coherencia a los relatos periodísticos.

Es la explicación también para la proliferación de manuales y libros de estilo, tanto que llevó a Ernest Hemingway, maestro de varias generaciones de periodistas, a dar un consejo hoy todavía vigente: “Las fórmulas periodísticas –dijo– han sido probadas, aprobadas y santificadas. Todas  en conjunto se reducen a ciento diez reglas, de las cuales solo dos son válidas. Regla número uno: usar frases cortas; regla número dos: emplear un estilo directo, sin rodeos”.

Alguna vez le preguntaron al amigo Paulovich  (Alfonso Prudencio Claure) si el periodista nace o se hace. “¡Se deshace!”, respondió sin asomo de duda, tal vez pensando en que no existe nada más letal  para cualquier pretensión literaria que las normas básicas del lenguaje periodístico: claro, preciso, conciso y directo.

Es cierto que la vocación es fundamental, llevar “la tintan en la sangre”, pero también, como dije al principio, creo que el periodismo es un oficio y, como todo oficio, requiere de técnicas y herramientas para ejercerlo con la maestría y la solvencia  de cualquier artesano.

Muchos sostienen que el periodismo es un arte y algunos, como el veterano corresponsal de guerra español Manuel Manu  Leguineche, afirman que incluso “periodismo y literatura son orillas del mismo río”. En todo caso, yo creo firmemente que el periodista “se hace” y que no tiene otra “musa” que la realidad, a la que interpreta y recrea a la hora de contar historias en cualquiera de los géneros.

Y esto explica la utilidad de una publicación como Sala de Redacción, que alude, precisamente, al “taller” donde se forman los verdaderos periodistas. No es, como advierte Víctor Toro, un manual al estilo clásico, sino una “guía práctica”, como precisa el subtítulo de la obra.

“Sus autores” –nos dice Víctor Toro– no intentan dar lecciones de periodismo, sino orientar a periodistas y estudiantes de periodismo sobre cómo narrar de mejor manera la historia de cada día”, desde diversos puntos de vista, no solamente desde  “la necesidad de escribir bien”, sino de hacerlo a partir de  la práctica de principios fundamentales, como los derechos humanos, la ética y la democracia.

Así, Isabel Mercado, verdadera arquitecta de la obra que presentamos, no recuerda la importancia de no olvidar principios elementales del lenguaje, la materia prima del periodismo, que nos suele jugar muy malas pasadas a todos los periodistas, novatos y veteranos. Se dice que los médicos entierran sus errores, que los abogados los encarcelan y que los periodistas los publicamos. Pues bien, conviene conseguir los consejos de Isabel, al menos hasta que la Real Academia de la Lengua tome en serio la propuesta de García Márquez de simplificar las reglas gramaticales.

Isabel también nos recuerda –yo diría que más bien nos enseña– cómo escribir sin aburrir al lector sobre economía y negocios, cómo contar las historias que afectan a la vida cotidiana y a los bolsillos de los ciudadanos, pero sobre todo nos enseña, en el marco de sus especialidad, cómo evitar el sensacionalismo, el estereotipo y la discriminación. En resumen, cómo escribir respetando los derechos humanos y la dignidad de las personas.

Renán Estenssoro, director ejecutivo de la Fundación, nos tiende una mano para evitar la vergüenza de la franca ignorancia o las imprecisiones a la hora de abordar temas jurídicos. Uno de los principios del periodismo es: “Si dudas o no sabes, no lo escribas”, pero, a partir de ahora, podemos decir, al menos en los temas jurídicos: “Si dudas o no sabes, consulta con Renán”. Todo ello, además, teniendo en cuenta que el periodista debe ser claro pero al mismo tiempo preciso, un equilibrio que suele ser difícil a la hora de escribir sobre temas especializados.

Alberto Bailey nos dice que la ética es la brújula que orienta el accionar del periodista y pasa revista a los principios de autorregulación que sostiene la calidad y credibilidad del trabajo periodístico, en tanto que Carlos Mesa, en su doble condición de periodista e historiador, nos describe diez momentos clave de la historia de Bolivia, un pequeño gran resumen de lo que debería conocer todo periodista que quiera escribir sobre la realidad boliviana.

Yo me inicié como periodista en 1964. Un amigo jesuita me dijo que el padre Gramunt necesitaba un redactor para el informativo del mediodía. Cuando llegué a Fides, Gramunt me preguntó: “¿Sabes escribir?  ”Depende”, le respondí para ganar tiempo. A continuación me dictó  algunos datos sobre un hecho cualquiera y me pidió que redactara con ellos una noticia. Así lo hice en una vieja máquina de escribir Olivetti. Cuando terminé, Gramunt leyó detenidamente mi texto, hizo varias correcciones con su lápiz rojo y me dio algunas indicaciones sobre la estructura de una noticia. Fue mi primera lección de periodismo. Años después, cuanto ingresé a la carrera de Comunicación Social de la Universidad Católica, a cuya primera promoción pertenezco, me enteré que la explicación del padre Gramunt correspondía a la “pirámide invertida”.

Recordé esta primera experiencia al leer Sala de Redacción y me dije a mi mismo: cómo me hubiese gustado tener un texto como éste cuando me inicié hace 48 años en la vieja redacción de la Agencia Fides del Colegio San Calixto.

*Texto leído en la presentación del manual Sala de Redacción – Guía práctica de periodismo y derechos humanos, editado por la Fundación Para el Periodismo. La Paz, 13 de septiembre de 2012.

Prólogo al libro De buena fuente

Las noticias de la Deutsche Presse-Agentur (DPA) llegaron a América Latina a principios de la década mítica de los 60, cuando los “cables” de las agencias informativas cruzaban las fronteras por transmisión radial y los periodistas se agolpaban alrededor de los teletipos convocados por las campanillas de las noticias “urgentes” de última hora.

Era la época del rock y las rebeliones juveniles, la década del asesinato de John F. Kennedy, el suicidio de Marilyn Monroe, la llegada del hombre a la Luna y los primeros pasos de la Revolución Cubana. Los años en los que más cerca estuvimos del holocausto nuclear, con la “crisis de los misiles” en Cuba, y los años que incubaron los “huevos de la serpiente” de las dictaduras militares. Una época, en fin, en la que los acontecimientos apenas cabían en las cintas perforadas  del télex y la información viajaba al ritmo monótono de los 50 baudios de los viejos teletipos.

DPA aterrizó en un mercado dominado por tres grandes agencias internacionales, las estadounidenses Associated Press (AP) y United Press International (UPI) y la francesa France Presse (AFP), y en un momento en que otras agencias europeas, la inglesa Reuters, la española EFE y la italiana Ansa, así como la Inter Press Service (IPS) y la cubana Prensa Latina (PL) intentaban –al igual que DPA– ganar un espacio en los medios latinoamericanos.

DPA supo desde el principio que su principal desafío no sería distribuir noticias, sino definir un perfil propio para diferenciarse de sus competidores. El camino no parecía fácil, aunque el joven servicio contó desde su llegada a América Latina con la buena acogida  de grandes medios de la región, como Clarín de Buenos Aires, en el sur del continente, y los 37 diarios de la cadena García Valseca –hoy Organización Editorial Mexicana (OEM), la “cadena de los soles”–, en el norte.

El diario Clarín anunció el contrato con DPA  el 13 de septiembre de 1962, con un amplio despliegue informativo a doble página, bajo un título que resumía la expectativa sobre la llegada  de una agencia europea independiente: “Es necesario que Europa colabore con América Latina – Servicios directos entre DPA y Clarín”.

En un mensaje desde Hamburgo, donde se suscribió el contrato, el fundador y director del diario, Roberto Noble, escribió que ambos medios establecieron un “puente invisible” a través del Atlántico, que permitiría a los lectores argentinos contar con la “precisión informativa” de una agencia de “alcance universal” y con “la opinión de un avezado núcleo de comentaristas especializados en el gran reportaje (…) situados en las capitales políticas más importantes y activas del orbe”, como “oídos y ojos avizores” del acontecer mundial.

DPA irrumpió en América Latina con una marca, el “made in Germany”, sinónimo de seriedad, fiabilidad y eficacia, y con un perfil de imparcialidad e independencia, en un mundo dividido por la bipolaridad y la Guerra Fría.

Pero fue en la década siguiente cuando la agencia comenzó a cosechar el trabajo de sus periodistas pioneros, en una andadura que incorporó a su cartera de clientes a medios de gran prestigio como La Nación y La Opinión (Argentina), El Mercurio (Chile), El Comercio (Perú), O Estado de Sao Paulo (Brasil), El Universal (Venezuela) y Excélsior, El Universal y La Jornada (México), además de grandes cadenas de televisión, como  la mexicana Televisa, y agencias nacionales, como Télam y Notimex. En pocos años, Argentina, México y Venezuela se convirtieron en los principales mercados de DPA en América Latina.

En la misma época, DPA se convirtió en la agencia distribuidora del servicio de The Washington Post y Los Angeles Times en América Latina, lo que le permitió a su vez distribuir sus propias noticias en el mercado estadounidense a través de los “hilos” de ambos diarios.

DPA se lanzó a la conquista del mercado español a principios de la década de los 80, con el diario madrileño ABC como primer cliente. Años después llegó, de la mano de las agencia Faxpress, que dirigía el legendario periodista Manuel Manu Legineche, a una veintena de periódicos españoles.

“DPA ha sido un valor fundamental para el servicio que ofrecemos a nuestros clientes. Uno de sus atractivos  es su objetividad e independencia en un momento en que la rivalidad comercial en el mundo de la comunicación ha obligado a numerosos medios informativos a apoyar intereses políticos muy concretos”, escribió entonces Leguineche.

DPA ganó posiciones en el mercado hispanoamericano gracias a la frescura de sus contenidos, tanto en enfoques como en formatos. A DPA no sólo le ha preocupado llegar primero, sino llegar bien, haciendo la máxima de Gabriel García Márquez: “La mejor noticia no es siempre la que se da primero, sino muchas veces la que se da mejor”.

Para ello nunca ha dejado de ser fiel al estilo claro, conciso, preciso y fluido de la noticia, a la fórmula de “frases cortas y estilo directo, sin rodeos”, preconizada por otro maestro del periodismo, Ernest Hemingway, y ateniéndonos a otra máxima, esta vez de la casa, según la cual “la veracidad es más importante que la velocidad, y la velocidad es más importante que el estilo”.

Esta filosofía ha permitido a DPA postularse como una agencia alternativa a su competencia con un gran abanico de formatos, desde la noticia pura y dura hasta el artículo de análisis, pasando por el reportaje, la crónica, la semblanza, la entrevista y la información de fondo.

“A distancia, a miles de kilómetros del origen de la noticia, se hace imprescindible contar con todas las claves de una información. DPA ofrece ese valor añadido, esa diferencia en el análisis que la convierte en una agencia distinta, de referencia, Muchos cuentan noticias, DPA las sitúa en el mapa  informativo”, opina Mikel Iturbe Mach, director de El Heraldo de Aragón (España).

La apertura de una mesa editora en Buenos Aires y el traslado de la central del Servicio Internacional en Español de Hamburgo a Madrid, en la década de los 90, permitió a DPA acercarse a su mercado natural, sin perder  su esencia europea, lo que significó un importante impulso para su desarrollo.

Hoy, 50 años después de su llegada a América Latina, DPA es una agencia con una sólida presencia y prestigio en el mercado de noticias en español.

Marcelo Cantelmi, Editor Jefe de la Sección Internacional de Clarín de Buenos Aires, dice que su diario siente una “fuerte adhesión” a DPA, porque “es una de las pocas agencias de noticias que cubren el mundo que comprendió los cambios que imponen estas épocas en las formas de hacer y especialmente editar el periodismo”.

“Los reportajes, análisis y resúmenes noticiosos de la agencia DPA cubren el acontecer del mundo entero, con oportunidad, concisión y rigor profesional”, en palabras de Eduardo Mora Tavares, Editor de Información Internacional de El Universal de México.

Jorge Lanata, exdirector de Página 12 y Crítica de Buenos Aires, opina a su vez: “Sé que puedo encontrar en DPA un buen relato de los hechos, pero también diversidad en los puntos de vista. Lo que espero, en síntesis, como parte de esta profesión, pero también como lector atento a lo que sucede en el mundo”.

DPA creció con los medios y sipo adaptarse a los nuevos tiempos de Internet, sin  perder de vista que los contenidos serán siempre más importantes que los soportes. DPA siguió haciendo buen periodismo, lo que le ha permitido afianzar su posición en la prensa convencional y, al mismo tiempo, ganar presencia en medios online de gran prestigio y difusión, como elmundo.es y lavanguardia.es, en España, lanaciom.com, elcomercio.pe y eluniversal.com, en América Latina, o dw.world.de, en Alemania.

Hoy enfrenta un nuevo desafío: desarrollar con imaginación y talento el “nuevo periodismo” que requiere un mundo globalizado y sometido al vértigo  de los cambios tecnológicos. DPA lo afrontará con la misma vocación y pasión de estos primeros 50 años de vida.

Madrid, noviembre de 2010.