“Creo que el buen periodismo salvará a los medios”

Por Oscar Díaz Arnau

Periodista, excorresponsal de la DPA en varios países, profesor universitario y escritor, Juan Carlos Salazar del Barrio nació en Tupiza, Potosí, en 1945. Desarrolló gran parte de su carrera en el exterior del país.

En Bolivia fue director del diario Página Siete y, antes, cofundador de la Agencia de Noticias Fides (ANF). El jueves pasado se convirtió en nuevo miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua. ‘Gato’ Salazar, como se lo conoce en el medio, concedió la siguiente entrevista a la revista ECOS:

ECOS. Después de una larga y exitosa carrera de cuatro décadas en el periodismo, ¿qué fue lo primero que se le vino a la mente cuando se enteró de que sería nuevo miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua?

Juan Carlos Salazar (JCS). Para mí fue verdadera sorpresa, una distinción que no la esperaba. Es un honor ocupar un sitial en una institución que cobijó a reconocidos intelectuales bolivianos y a maestros del periodismo, como Luis Ramiro Beltrán, Huáscar Cajías, Alberto Bailey Gutiérrez y Juan Quirós, que ya no están con nosotros, y Mariano Baptista, Pedro Shimose y  Óscar Rivera Rodas, entre otros. Me siento honrado por doble partida, porque, además, se me asignó la silla (la letra “Ñ”) que ocupó durante 30 años Alfonso Prudencio Claure, el querido y entrañable Paulovich.

ECOS. A manera de autoevaluación –algo que siempre es difícil–, ¿a qué atribuye esta decisión?

JCS. Los académicos de número son designados por voto secreto y favorable de dos tercios de los académicos, a propuesta de dos miembros, en una sesión de la Junta Plenaria. En mi caso fui propuesto por la poeta y narradora María Cristina Botelho Mauri y la filóloga Tatiana Alvarado Teodorika, a quienes estoy profundamente agradecido por la confianza. No conozco el tenor de su propuesta, pero quiero pensar que está fundamentada en mi trayectoria como periodista, narrador y docente, y seguramente también en mi producción bibliográfica. 

ECOS. ¿Con qué trabajo de ingreso se presentará ante los demás miembros de tan prestigiosa Academia? Y si nos puede adelantar un poco de lo que incluirá en él (Esta entrevista se realizó ante de su ingreso).

JCS. Escribí un ensayo sobre periodismo y literatura. Creo que ambos oficios son “orillas del mismo río” o, como dijo el colega Jorge Suárez [N. de E.: exdirector del diario CORREO DEL SUR], oficios complementarios, dos formas de escritura, “dos formas de habitar el mundo”. El periodismo nació para contar historias. Y si el periodismo nació para contar historias, el género que adoptó desde épocas tempranas fue el de la crónica, un género que está en el origen mismo del relato literario. Por algo García Márquez dijo que periodismo y literatura son “hijos de la misma madre”, la narrativa. 

La lista de periodistas que sucumbieron a la tentación literaria es larga no solo en Bolivia, sino en todo el mundo, porque, como bien dijo el escritor y periodista español Ramón Pérez de Ayala, “no hay literato que no tenga algo de periodista, ni periodista que no tenga algo de literato”. Y, por supuesto, hablo de mi propia experiencia, cómo se dio el paso del periodismo a la literatura.

ECOS. Según su visión especializada y su experiencia, ¿cómo analiza el actual momento de los medios de comunicación tradicionales en el país y en el mundo?

JCS. La revolución tecnológica de fines del siglo pasado y principios del presente, con internet como punta de lanza, no solo amplía el acceso de los ciudadanos a la información, al poner un mundo de contenidos al alcance de todos, sino que permite la difusión libre y sin límites de opiniones e informaciones. De hecho, cualquier persona con una conexión a internet puede conectarse con todo el mundo y hacer —teóricamente— “periodismo”. No necesita imprenta ni emisora alguna.

Estamos viviendo un momento de transición, que no se sabe dónde terminará o cómo se ajustará en el futuro, pero movió todos los referentes. Es cierto que no es la primera vez que esto ocurre. Ha ocurrido siempre en períodos de cambios sociales, económicos y tecnológicos significativos. Pero esta vez el choque puede ser más traumático, por la irrupción de las nuevas tecnologías y el modo en que está afectando a los medios y empresas periodísticas tradicionales. Los periódicos impresos pierden ejemplares, los digitales ganan lectores, pero las nuevas plataformas no recuperan los ingresos de las ventas y publicidad que captaban sus antecesores.  Como dijo el fundador de El País de Madrid, Juan Luis Cebrián, ante la World Asssociation if Newspaper, hace ya diez años, “aunque algunos impacientes empiecen a dudarlo, la aparición de la sociedad digital constituye en gran medida un cambio de civilización” y “los periódicos son, desde muchos puntos de vista, un producto del pasado”.

No es el único problema. Según un reciente informe del Digital News Report del Instituto Reuters, dedicado a dar seguimiento a la situación global de los medios, existe una “fatiga informativa” en todo el mundo y “cierto descrédito” del periodismo. Según encuestas realizadas por el mismo Instituto a nivel mundial, los medios de comunicación están viviendo una pérdida de confianza bastante profunda. El informe atribuye ambas constataciones a la irrupción de las redes sociales y a la desinformación que circula en ellas, que han llevado a que la desconfianza aumente exponencialmente.

ECOS. ¿Hay futuro para el periodismo de medios tradicionales en Bolivia y el resto del mundo o, como algunos piensan, estamos en su fase final?

JCS. Por supuesto. La buena noticia es que ni las nuevas plataformas ni las redes sociales matarán a los medios, como la radio no mató a la prensa escrita ni la televisión a la radio. Tampoco lo hará internet. Cambian los formatos y los canales de distribución de la información para ajustarse a los tiempos, pero detrás de los nuevos medios siempre estarán los periodistas, los productores de contenidos, porque lo que define el trabajo periodístico, implícito en un medio de comunicación, no es la tecnología, sino el método sistematizado y ético de los profesionales. Las plataformas han cambiado y están cambiando, es cierto, pero no los fundamentos del periodismo.

También creo que el buen periodismo salvará a los medios, el periodismo que vuelva al origen del oficio, el que practicaban los grandes maestros, como García Márquez y Ernest Hemingway, el periodismo que devuelva al lector el placer por la lectura y satisfaga su necesidad de estar bien informado.

ECOS. ¿Este es el peor momento del periodismo en la historia?

JCS. No lo creo. El periodismo boliviano ha tenido épocas peores. Basta recordar lo ocurrido en tiempos de dictadura. Tras el golpe banzerista del 21 de agosto de 1971, la cuarta parte de los afiliados a la Federación de Trabajadores de la Prensa de Bolivia sufrió cárcel o exilio. Ya sabemos lo ocurrido durante el garcíamezismo con el asesinato de Luis Espinal y Marcelo Quiroga Santa Cruz y la destrucción de las instalaciones de varias emisoras mineras y Radio Fides. También en tiempos de democracia. En vísperas de su derrocamiento en noviembre de 1994, Paz Estenssoro impuso la censura de prensa por decreto (durante un mes). El problema radica en que al poder, no importa su signo, no le gusta que fiscalicen sus actos, que es la primera función del periodismo.

ECOS. Periodista, escritor, docente universitario… ¿Con cuál de estos tres oficios se quedaría Ud. si lo obligaran a escoger uno solo?

JCS. Soy un hombre afortunado porque viví de lo que me gusta hacer: escribir. Supongo que en eso consiste la realización personal. Recuerdo con enorme nostalgia mi época de corresponsal trotamundos, pero también estoy feliz de poder volcar en la ficción lo que no pude contar en mis crónicas debido a las estrictas reglas del periodismo que no permiten “figuraciones” como las de mis cuentos. ¿Y qué decir de la docencia? Como dijo un académico inglés: “Me gusta escribir sobre lo que sé y me gusta enseñar lo que quiero aprender”. Yo aprendí mucho con los estudiante •

‘GATO’ SALAZAR

Juan Carlos Salazar del Barrio es periodista egresado en la primera promoción del Instituto Superior de Ciencias y Técnicas de la Opinión Pública de la Universidad Católica (UCB), antecesora de la actual carrera de Comunicación Social.

Fue corresponsal de la Agencia Alemana de Prensa (DPA) en Bolivia, Argentina, México, América Central y Cuba entre 1967 y 1998; editor internacional del diario Excélsior de México; y director del Servicio Internacional en Español de la agencia DPA, con sede en Madrid, entre 1999 y 2010.

Cubrió la guerrilla del Che Guevara en Bolivia (1967), los procesos de militarización del Cono Sur de América Latina (1970/76), la guerra civil centroamericana (1980/92) y el levantamiento zapatista de Chiapas (1994), entre otros acontecimientos políticos latinoamericanos.

Es miembro del Directorio de la ANF y docente de Periodismo de la Universidad Católica de Bolivia (UCB). Dirigió Página Siete entre 2013 y 2016.

En 2016 recibió el Premio Nacional de Periodismo que otorga anualmente la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP).

Es coautor de “La guerrilla que contamos” (2017), con José Luis Alcázar y Humberto Vacaflor, y de “Che: Una cabalgata sin fin” (2017), con Gonzalo Mendieta y Luis González. También publicó “Semejanzas” (2018), en el que retrata a 40 personajes, y “A la guerra en Taxi” (2023).

Coordinó sendos libros de historia del periodismo: “De buena fuente” (Madrid, 2010), sobre la historia del Servicio Internacional en Español de la Deutsche Presse-Agentur (dpa), y “Presencia, una escuela de ética y bueno periodismo” (La Paz, 2019), sobre el diario católico “Presencia”.

Participó en varias obras colectivas como “Prontuario”, un libro que recoge casos de la crónica roja que conmocionaron a Bolivia (Editorial 3600 y Página Siete, 2018), con Liliana Carrillo, Isabel Mercado, Cecilia Lanza, Mery Vaca y otros; “El periodismo en tiempos de dictadura” (Fundación para el Periodismo y Plural Editores, 2021), con Fernando Salazar y Harold Olmos; y “Contra viento y marea”, en el que los cuatro directores de Página Siete cuentan sus experiencias en el desaparecido periódico paceño.

Correo del Sur / Ecos / 30/09/2024

https://correodelsur.com/ecos/20240922/creo-que-el-buen-periodismo-salvara-a-los-medios.html

Prólogo al Manual de Periodismo

Por Claudio Rossell Arce*

Hoy más que nunca, el periodismo. En tiempos de desinformación generalizada, de triunfo de las relaciones públicas –otro nombre de la propaganda, E. Bernays dixit–, de posverdad como el lugar más extremo de la postmodernidad, donde las certezas se desvanecen en el aire y ya no se sabe en qué creer, el periodismo. Como instrumento de conocimiento, de interpretación sucesiva de la realidad, que la comprende y la explica, y en el camino la construye para el colectivo. El periodismo, como oficio de profesionales que conocen el método de interpretación, así como conocen y dominan las técnicas asociadas al esfuerzo de transformar hechos en noticias, y, sobre todo, tienen profundas convicciones éticas, necesarias para el enorme papel que les corresponde desempeñar en la sociedad.

De eso se trata el Manual de Periodismo que el periodista y maestro de este oficio Juan Carlos Salazar del Barrio nos ofrece, un imprescindible texto de referencia y apoyo en la formación de nuevos profesionales de la comunicación con vocación para el “mejor oficio del mundo”. En este breve, pero profundo y preciso volumen, Juan Carlos destila décadas de experiencia con grabadora al hombro (sí, eran grandes como carteras), cámara fotográfica colgada del cuello, lápiz y libreta en la mano, y, sobre todo, una mirada inquieta y curiosa, que hizo de él un gran periodista y narrador, y formador de nuevas generaciones de periodistas profesionales.

En tiempos de transformación del ecosistema mediático que dio origen al periodismo profesional y sus diferentes técnicas y tecnologías, cuando la información y la desinformación fluyen a un ritmo que nadie alcanza a controlar, provocando toda clase de trastornos en el individuo y en los grupos, el oficio periodístico puede y debe alzarse como un faro que ofrece una versión sana de la realidad; en las páginas de este Manual se encuentran el qué del oficio, el quién, el cuándo, el dónde y, fundamentalmente, el cómo y el por qué.

Comenzando con una caracterización poco ortodoxa de “medio de comunicación”, como el espacio donde confluyen no los medios técnicos sino el conjunto de personas que los operan para producir una versión “mediada” de la realidad, Salazar introduce a quien se inicia en los caminos del periodismo profesional a una minuciosa explicación de cómo se hace noticia, de la manera en que se producen los textos periodísticos, de las formas que adoptan estos textos, y enriquece un ya de por sí completo Manual con abundantes ejemplos de lo mejor del periodismo en español.

Desde el por qué y para qué de las cinco preguntas que dan inicio a la estructura de la pirámide invertida, hasta los secretos para convertir un hecho cualquiera en una pieza periodística, es decir, un relato sobre la realidad, el autor revisa minuciosamente los diferentes aspectos de la práctica del oficio y el modo en que se emplean las técnicas. Su completa explicación de los géneros periodísticos permite al aprendiz saber cuál de las posibles formas del texto periodístico emplear, pero, sobre todo, por qué hacerlo.

Más adelante, Salazar pasa revista a las variadas clasificaciones del quehacer periodístico, explicando las diferencias entre unas y otras, así como dando cuenta de las distintas formas de recoger, producir e interpretar la información que se ofrece según estos marcos institucionales, que si antes se encontraban reunidos en la edición del diario con sus diferentes secciones, hoy tiene forma de sitios web y perfiles personales de nicho, es decir, crecientemente especializados y al mismo tiempo ampliamente disponibles.

En un extenso apartado sobre la función social del periodismo, la ética y los tiempos de posverdad, el autor ofrece no solo detallada información sobre los mecanismos de autorregulación que el periodismo tiene en Bolivia, así como sus procedimientos, sino, también, una bien madurada postura de por qué hacer periodismo, que a su vez es un poderoso alegato en favor de las escuelas de periodismo profesional, como la Carrera de Comunicación Social que él mismo dirigió entre 2021 y 2025, donde se han formado, a lo largo de casi seis décadas, las y los periodistas más relevantes de la escena mediática.

Por último, nos recuerda que en el complejo entramado del quehacer periodístico las audiencias son tan importantes como las fuentes, y si bien son muchos los manantiales de las que beben, toca a los discursos periodísticos hacerse cargo de todas las dimensiones de la comunicación social, pues, como dice al cierre de este Manual, “hoy más que nunca es importante formar ciudadanos con espíritu crítico, informados y conscientes de lo que reciben y leen a través de las redes”.

*Jefe de las carreras de Comunicación Social y Comunicación Digital Multimedia de la Universidad Católica Boliviana.

Tupiza en el recuerdo*

Según el dicho popular, un viaje se vive tres veces: cuando lo soñamos, cuando lo vivimos y cuando lo recordamos. El libro de Hugo José Suárez, Tupiza, un viaje hacia los recuerdos (Editorial 3600), recoge esos tres momentos: los sueños de su autor, sus vivencias y sus recuerdos. El sueño de la Tupiza que imaginaba antes de conocerla, la experiencia que vivió cuando la conoció y, finalmente, el recuerdo de esa vivencia.   

Víctor Hugo dijo alguna vez que “viajar es nacer y morir a cada instante”. El viaje es una metáfora de la vida misma. Como toda aventura, tiene un nacimiento y una muerte, dos momentos vitales en la existencia de un ser humano. Llegar es nacer, partir es morir.

Todo viaje nace en la imaginación y muere en el recuerdo, muere cuando la memoria ajusta cuentas con la realidad. Recordamos lo que sentimos más que lo que vivimos. Y, escribimos, como dijo García Márquez, no lo que vivimos, sino lo que recordamos.

Ibn Battuta, el gran explorador marroquí que recorrió durante veinte años parte de África, Europa, Oriente Medio, Asia central y China a mediados del siglo XIV, dijo que “viajar te deja sin palabras”, pero que cada viaje te convierten en “un narrador de historias”.

Los viajes han convertido Hugo José Suárez en un narrador de historias. De hecho, tiene un libro de viajes y fotografías, a manera de bitácora virtual, que lleva por título Viajar, mirar, narrar, publicado en 2018.

Suárez recuerda su visita a Tupiza y Santa Rosa, la hacienda de sus abuelos maternos, José María y Elena, ubicada entre Nazareno y Suipacha, a pocos kilómetros de Tupiza, una finca construida en 1840, cuyo primer propietario fue el presidente Aniceto Arce. Diputado, empresario, intelectual, político liberal y emprendedor, don José María Suárez arriesgó todo su capital para rehabilitar Santa Rosa. Y lo logró.

El autor escribe: “Tupiza estuvo presente en el relato de mi familia desde que tengo memoria. Objetos, anécdotas, historias, fotos, visitas. Como el eco permanente de un período que marcó a mi madre, mi tío y mi abuela, resonaba alguna referencia en cualquier conversación. Era el pasado, siempre reanimado en la palabra, siempre actualizado en el relato”.

Transcurrieron décadas antes de conocerla. Finalmente surgió la posibilidad y viajó acompañado de once miembros de su familia. Para todos los integrantes de la partida, escribe, “Tupiza resonaba de distinta manera”, porque cada uno se había hecho su propia idea del pueblo del que tanto habían oído hablar.

Beatriz, la hija del patriarca, les dice al partir: “Voy para compartir con ustedes el lugar donde fui más feliz y más triste en mi vida a la vez”. ¿Por qué?, le pregunta Hugo José. “Porque era la reina del lugar –le responde–, y porque mi papi murió allá, y todo se me vino abajo”.

Y, claro, la pequeña ciudad que los recibió estaba lejos de ser el pueblo que ellos habían imaginado, muy distinto al que cobijó a la familia a mediados del siglo pasado.

No me llama la atención, porque a mí, como tupiceño, me ocurrió exactamente lo mismo en mi primer retorno, después de 50 años. Me ocurrió lo mismo en mi primer retorno, digo, porque el segundo me supo diferente.

El autor cita a manera de epígrafe una hermosa frase del poeta mexicano Rubén Bonifaz Nuño, quien dijo alguna vez: “Regreso a donde nunca estuve”. Viajar a Tupiza, para Hugo José, fue exactamente eso, regresar a un lugar donde nunca estuvo antes; para un tupiceño, sería regresar al lugar del que nunca había salido.

El fundador de las letras tupiceñas, Eduardo Wilde (1844-1913), quién nació y vivió en Tupiza a mediados del siglo XIX, hace en una hermosa descripción de su pueblo natal en su novela Aguas abajo.

Wilde describe a Tupiza como una villa “modesta, elemental y rara”, con solo dos calles, la calle izquierda y la calle derecha, nombres que no se justificaban porque la izquierda era más derecha que la otra, y porque podían cambiar de nombre según la dirección del transeúnte; una villa donde “no había periódicos, ni demagogos ilustres, ni tribunos hipócritas y abnegados, ni defensores profesionales de los derechos del pueblo, nombrados por sí mismos”.

En realidad –dice Wilde–, allí no había un pueblo “propiamente hablando”, sino “un reducido número de habitantes”, quienes “trabajaban mansamente, se divertían en las fiestas, rezaban a sus santos, enterraban sus muertos (muy pocos, por cierto) y dejaban correr la vida según como venía”.

Yo no diría que el pueblo en el que transcurrió mi infancia era el mismo de Wilde. Ni el de la familia Suárez. Pero, probablemente, algo le quedaba, porque los pueblos, como se sabe, no son sus calles, sus plazas ni sus construcciones, sino el espíritu que vive en su gente y que pervive en sus tradiciones.

En su descripción del pueblo que encontró, Hugo José nos habla de los tamales envueltos en chala y las humintas aromatizadas con albahaca, que guardan el mismo sabor de antaño; del pan que sabe a pueblo; de los almacenas repletos de tambores de coca y lejía de distintos colores y formas; de su mercado único, donde –nos dice– “el tiempo parece tener otro ritmo”, y de su escuelita pueblerina, donde yo aprendí a leer.

Menciona a personajes que conocí en mi niñez y adolescencia: las hermanas Eguía, el doctor Inchauste, Don Julián el boticario, Don Marcos Lozano y el anarquista Líber Forti, mi amigo y mentor, quien –¡oh sorpresa!– fue el gran amor de la abuela Elena tras la muerte del abuelo José María.

En la lectura me reconozco y reconozco a la Tupiza de siempre. La de Wilde, la de Hugo José y, por supuesto, la mía.

Un enclave, como bien lo describe, “en un valle luminoso tapizado de maizales, molles y sauces llorones”, bañado por las aguas dorados de su río y arropado por sus cerros colorados; un pueblo de artistas y gente bohemia, que un diplomático español describió hace 40 años como la “Santillana cantábrica de Bolivia” por su vida cultural.

Líber Forti decía que Tupiza es un pueblo que da “la sensación de un sentimiento fantástico, que es el amor”, en una descripción que recuerda a la definición que alguna vez ofreció García Márquez del mítico Macondo como “un estado de ánimo”. Tupiza es el Macando boliviano.

Los descendientes de José María y Elena visitan Nazareno y Suipacha para conocer la “casa grande” de Santa Rosa, ubicada entre ambas aldeas. Hugo José se encuentra con pueblos fantasmas, caseríos que han perdido la vida; casas abandonadas, con puertas de madera viejas y muros de adobe cayéndose a pedazos, techos destruidos por el tiempo.

Su madre le cuenta que en el hotel de Don Marcos Lozano, en Nazareno, el único del pueblo, hoy abandonado, se realizaban grandes fiestas, a las que acudía la élite de la región, muy bien arreglada. Una historia que escuché de mi madre, puesto que la hacienda de mi bisabuela, Charaja, estaba ubicada frente a Nazareno, al otro lado del río.

De Santa Rosa, nos dice, no quedaba “ni el eco del grito que fue”; solo adobes, tierra, polvo, plantas e insectos; un trozo de azulejo, un diminuto pedazo de vidrio de lo que fue un vitral y un elegante adorno encima de los arcos del solario de la entrada.

Hugo José, además de narrador, es un excelente fotógrafo. Yo diría un excelente “narrador gráfico”. Y como suele hacer en todos su viajes, además de tomar notas, registró con su cámara las imágenes de Tupiza, Nazareno y Suipacha. Allí están las paredes, las puertas, las ventanas, los portales y, claro, las gentes.

Las imágenes me recordaron a otro gran fotógrafo y narrador: Juan Rulfo. Y, por supuesto, a Pedro Páramo, porque estoy seguro de que Hugo José detectó en las ruinas que recorrió los murmullos y latidos de sus antiguos moradores; la música de las fiestas y el terso pasar de las páginas de los cientos de libros que dice que albergaba la fabulosa biblioteca de la “casa grande”.

Al terminar el viaje, Hugo José escribe: “Nos vamos con la misma nostalgia, con ese sentimiento extraño de visitar un cementerio que todavía alberga algunas memorias que se niegan a morir”.

El autor cita como otro epígrafe una frase del escritor y filósofo mexicano José Vasconcelos, quien dijo que “un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía”. Y es lo que siente el lector al recorrer las páginas de Tupiza, un viaje hacia los recuerdos.

(*) Texto leído en la presentación de Tupiza, un viaje hacia los recuerdos en la Feria Internacional del Libro de La Paz, el 1 de agosto pasado.

Presentación de Los hijos de Goni*

Al leer el libro de Quya Reyna, Los hijos de Goni, lo primero que me vino a la memoria fue una frase de Augusto Monterroso. El gran maestro del microrrelato, muy amigo de Bolivia, por cierto, dijo alguna vez: “La vida existe para volverse cuento”.

Me preguntaba también si estaba ante una serie de crónicas o ante una colección de cuentos, dos formas de escribir, el periodismo y la literatura, que, como dijo Jorge Suárez, son “dos formas de habitar el mundo”.

O, en palabras de un querido amigo y colega, Manu Leguineche, quien decía que el periodismo y la literatura son “orillas del mismo río”, la narrativa, una hermosa descripción de la simbiosis de los dos lenguajes. O “hijos de la misma madre”, a decir de Gabriel García Márquez; o “dos caras de la misma medalla”, según Graham Greene.

Quya, en sus relatos, navega en ambas aguas. Muestra el oficio del periodista al describir el mundo que habita con realismo descarnado, y lo recrea con la belleza de la palabra, como narradora.

La crónica es el género que más se acerca a la literatura, el más rico del periodismo, porque se vale de técnicas similares para la reconstrucción de escenarios, situaciones, ambientes y personajes, con un estilo libre, sin fronteras. El periodista e historiador británico Timothy Garton Ash la define como “la literatura de los hechos”.

Y es lo que hace Quya. Recrear los hechos con voz propia, reconstruirlos desde adentro, con las mejores figuras literarias, la utilización justa de la metáfora, la alegoría, el humor, la ironía o la paradoja.

“Mi incursión en el comercio callejero –escribe– fue desde muy pequeña, como la de varios alteños. Tu madre te tiene ahí adentro, en el vientre, vendiendo. Creces viendo vender y luego vendes. Ciclo de la vida aymara, supongo: vender primero en nailon, luego en un cochecito pequeño llamado ‘burrito’, luego en cochecito grande…”

¿En qué momento el periodista cruza la delgada frontera que separa el periodismo de la literatura?

A García Márquez no le costó trabajo cruzar el río de la narrativa, pasar de una orilla a otra, porque había descubierto que la historia contada en un reportaje o una crónica no solo podía llegar a ser igual a la vida, sino mejor que la vida misma. Es lo que le permitió escribir una crónica como un cuento y un cuento como una crónica. O una crónica como una novela. Como dijo Juan Villoro, García Márquez fue capaz de reportear “el rumor que dejaba el azúcar cuando subía a las naranjas”.

Y es lo que hace Quya Reyna. Reportea la vida de El Alto y el alteño con el rigor del periodista, pero con la sencillez y frescura del creador.

Como buena periodista, mira donde nadie mira y encuentra historias donde nadie las busca, en un mundo del que se habla mucho y se conoce poco.

El alteño –nos dice– es como el apthapi, “un plato sin receta, uno que se construye desde lo que hay en casa, desde lo que se cosecha, dependiendo de la temporada”.

Quya, sin embargo, nos da la receta, la va construyendo desde su propia vivencia, para vaciar en un awayu multicolor todos los elementos que conforman la urbe que la vio nacer, y ofrecernos un plato que contiene los ingredientes de todas las cosechas y temporadas de ese conglomerado humano.

Hemingway solía recomendar a los futuros periodistas y escritores utilizar palabras sencillas y evitar expresiones ampulosas, adjetivos innecesarios, pero sobre todo les aconsejaba “no buscar mirlos blancos, ni grandes tragedias”, porque “todos los mirlos son negros, todas las tragedias son grandes y todos los sucesos son importantes”.

Quya utiliza palabras sencillas, sí, y evita las expresiones ampulosas y los adjetivos innecesarios, pero encuentra mirlos blancos, como el Huicho, y convierte episodios insignificantes en sucesos, como el negocio del baño público, un negocio redondo, ¡de 500 pesos diarios!, porque, claro, “el hombre caga todo el tiempo” y necesita un baño para cagar cuando está fuera de su casa.

Como escribí alguna vez, los personajes de una historia real o ficticia surgen de los pliegues de la memoria del autor, escondidos como estaban en rincones desapercibidos, para inventarse a sí mismos –o reinventarse– y hacer su propio recorrido.

Con Quya como testigo o, si acaso, como simple amanuense que se deja llevar por sus propias criaturas, seguimos el recorrido de Don Filomeno, de Doña Adela o de Zulma.

La poesía no está en las palabras sino en los personajes, en esos seres anónimos, ignorados, los “extraños”, como los llamaba la mamá Adela, pero trascendentales por su filosofía de vida.

Con los personajes surgen los escenarios y muchas veces son los escenarios los que recrean a los personajes. Están ahí a la espera de que el autor los rescate. Los paisajes se apropian de ellos, los recrean y los hacen suyos.

Es lo que vemos en los tendidos de mercadería de las caseritas, en los gritos de los vendedores ambulantes y la música a todo volumen de las ferias de Villa Dolores y Ciudad Satélite, en la lucha del “khamaneo” diario de los comerciantes minoristas.

Quya escribe que se quedó muda cuando vio por primera vez la ciudad de La Paz desde la Ceja de El Alto, a la que describe con sus “casas pequeñitas y edificios largos, sobresaliendo entre el paisaje”, y con el Illimani “bien acomodado entre las cordilleras, como si nos mostrara a esa ciudad y nos dijera: Esto es mío”.

La autora aborda temas lacerantes, dolorosos, dramáticos con ternura y sentido del humor, un sentido del humor que no significa superficialidad, porque detrás de la forma hay reflexión y, sobre todo, interpelación.

Quya dice que siempre se esforzó en desarrollar un sentido del humor muy amplio, desde lo vulgar, hasta lo más fino. Y, sin lugar a dudas, lo logra y con un gran estilo.

El mismo título del libro puede llevar a equívocos, a suponer que estamos ante un alegato político. Nace de una anécdota, del reclamo del padre a los hijos cuando dejaban restos de comida en el plato, un lujo que un pobre no se puede dar. ¡Pero que se creen ustedes para sobrar la comida! ¿Se creen hijos de Goni?, les recrimina. Cuando Quya lee por primera vez Mafalda, a sus ocho años, lo primero que piensa es: ¡Cómo es posible que no coma sopa! La sopa cuesta mucho. ¡Esta es otra hija de Goni!

El regaño paterno no queda en una anécdota, porque lleva a la autora a preguntarse ¿qué significa ser hijo de Goni?

Sus reflexiones, breves y certeras, nacen de su agudo sentido de observación, una  mirada crítica, que muestra una realidad, la de El Alto y del alteño, alejada del mito y la ideología, como cuando escribe que “el Alto creó una ciudadanía a partir del dinero” o cuando declara que “el aimara es capitalista, pragmático y vela por sus propios intereses”.

Al referirse al espíritu emprendedor del alteño, escribe: “Yo creo que un hombre de El Alto no es nada si no es más que su vecino”, porque “por eso, nada más que por eso un alteño no puede vivir sin decirle a su vecino: tu envidia es mi bendición”.

Activista y medioambientalista por convicción, reflexiona: En el mundo no hay ambientalista más grande que el pobre, porque está acostumbrado a sacar provecho de todo lo que tiene y a reciclar todo lo que llega a las manos.

Los textos de Quya son “crónicas casi reales”, como describía Jorge Timossi a ese género indefinido que navega entre el periodismo y la literatura, un género sin límites ni fronteras, que admite todos los géneros y todos los estilos, donde la realidad se mezcla con la imaginación y la no-ficción se confunde con la ficción.

*Texto leído en la presentación del libro en la Feria Internacional del Libro de La Paz, el 5 de agosto de 2025.-