“El periodista es un contador de historias. Mirar y contar está en la esencia del reato periodístico, porque las noticias satisfacen un instinto básico del hombre, el instinto de estar informado”.
Así presenta, Juan Carlos Salazar, su libro Manual de periodismo, en los primeros párrafos de la introducción. Y agrega: “ver, averiguar y conocer por experiencia propia lo que ocurre en el mundo, recrear la realidad con el asombro de quien la observa por primera vez, es el objeto del periodismo y el afán del periodista”.
La obra, editada por la Carrera de Comunicación Social de la UCB, fue presentada la noche del miércoles en la sede de esta en la zona de Obrajes de La Paz. Salazar es un experimentado y reconocido periodista que ejerció por décadas afuera del país y a su retorno, ejerció la dirección del diario Página Siete y la docencia, entre otras múltiples labores. Pero, en los últimos años, ante todo, se tomó el tiempo para cumplir un viejo pendiente: escribir y publicar un buen puñado de libros que tuvo en mente y proyecto por muchos años.
En la contratapa del libro de quien llama “maestro de este oficio”, Claudio Rossell –uno de los invitados a tomar la palabra en el acto de lanzamiento– comenta que Salazar “nos ofrece un imprescindible texto de referencia y apoyo en la formación de nuevos profesionales de la comunicación con vocación para ‘el mejor oficio del mundo’”.
Juan Carlos Salazar es un hombre que transmite paz y serenidad. Su paso siempre es tranquilo y su mirada, con los ojos claros que le granjearon el apodo de “Gato”, tiene el antídoto que aplaca cualquier turbación, así sea en momentos críticos. Con ese carácter, es una aventura imaginarlo cubriendo episodios sísmicos en los que un entrevistado feroz, un dictador amenazante o una protesta con tiros, heridos y muertos ponían a prueba la templanza de su condición de periodista. Pero tal vez esa personalidad calma lo llevó a plantarse ante esos y otros desafíos para domesticar el temor e instalarse luego frente a la máquina de escribir con el fin de narrar las historias y las actitudes de las que era testigo.
Con esa misma paz y serenidad, Juan Carlos llegó este jueves 21 de agosto a la capilla de la Universidad Católica Boliviana, en la que el inclemente sol de invierno es domesticado por el vitral del apóstol San Pablo, que distribuye sobre el lugar haces coloridos de luz. Allí tenía una doble tarea: primero, recibir a los invitados; y, segundo, ofrecer la XIII Lección inaugural de humanismo, titulada Voces y rumbos, la travesía democrática en Bolivia, organizada por la universidad y su Departamento de Cultura y Arte.
Todas las sillas estaban ocupadas y el ambiente de la lección era distinto al de una clase, porque no tenía ese carácter (nadie iba a interrogar sobre los contenidos aprendidos), y también era diferente al de un acto al que se asiste por cumplir. Quienes estaban allí llegaron porque el tema de disertación sintonizaba con el bicentenario de la patria y porque el expositor avalaba el tipo de reflexión que enriquece el análisis y motiva a pensar.
Las filas de asientos fueron ocupadas por autoridades académicas nacionales y de La Paz, docentes y estudiantes de las diferentes carreras de la universidad, trabajadores administrativos y personas convocadas a través de las redes sociales.
La rectora de Sede, Ximena Peres, abrió el acto con un discurso en el que definió, primero, el carácter de la XIII Lección como “un espacio para abrir caminos de reflexión sobre el devenir del país”, ya que “más que nunca necesitamos volver a escucharnos y escuchar las voces múltiples que conforman Bolivia”.
La rectora dijo que en el país frecuentemente muchas voces son ignoradas, circunstancia ante la cual la academia, como en el caso de la U.C.B., tiene la misión de amplificarlas, ya que el rumbo de la sociedad depende de todos.
La directora del Departamento de Arte y Cultura, Alejandra Echazú, rememoró que en la fecha (21 de agosto) se cumplían 54 años del golpe militar encabezado por Hugo Banzer Suárez, que derrocó al general Juan José Torrez. Hecho histórico que le llevó a mencionar que Bolivia osciló durante muchos años entre gobiernos dictatoriales y democráticos, hasta que en octubre de 1982 se instauró el sistema democrático, ininterrumpido desde entonces, pese a las crisis de distinto carácter que atormentan de tiempo en tiempo a la mayor parte de los habitantes del país.
Tras esas palabras, llegó el turno de Juan Carlos Salazar. Vestido con un traje gris, camisa blanca y corbata con cuadrículas negras y amarillas, se acomodó los lentes, apuntó el micrófono hacia él y aspiró una bocanada de aire, como para tomar impulso en una exposición que tuvo el tiempo justo para mantener el interés de los asistentes. Entonces, Juan Carlos comenzó a hilvanar lo que mejor sabe hacer: trasladar mediante las palabras las ideas que quiere transmitir, matizadas, como manda el buen lenguaje, por citas cortas, recuerdos, dichos de personajes, experiencias propias y reflexiones.
En un recuento cronológico de los caminos recorridos por Bolivia en sus 200 años de historia, Salazar describió primero el autoritarismo militar que imperó en el siglo XIX, que llevó al intelectual Alcides Arguedas a identificar ese tiempo como uno en el que “los cuarteles suplieron a las escuelas”.
A propósito de cuarteles, recordó que los soldados bolivianos fueron arrojados en 1932 a la Guerra del Chaco, que concluyó tres años después con la derrota nacional y la constatación de que Bolivia era un país desarticulado en su cuerpo y su espíritu. El siguiente tiempo histórico, el del nacionalismo revolucionario inaugurado con la Revolución Nacional de 1952, abrió una larga época, tanto con gobiernos civiles como militares. Después, entre 1978 y 1982, Bolivia llegó a tener 8 presidentes, 6 de ellos de facto, para luego abrirse el actual periodo democrático.
Salazar expresó que la patria siempre tuvo el valor de sobreponerse a todos los sufrimientos de todos esos tiempos, para poner manos a la obra en la inacabada tarea de construir una democracia plena y enfrentar males crónicos como la pobreza y la desigualdad. Sobre esa democracia, puntualizó que no existe mejor espacio que la prensa para reflejar su nacimiento y desarrollo.
Recordó al pensador mexicano Octavio Paz, quien dijo que “sin libertad la democracia es una quimera”, y diagnosticó que, en el presente, la democracia boliviana no goza de buena salud, con una multiplicidad de problemas: pérdida de la institucionalidad, autoritarismo, pobreza estructural, corrupción, populismo, crimen organizado y desinformación. A este último denominó como “el mal del siglo XXI”, un mal que, dijo, debilita el sistema democrático y aviva el odio y el fanatismo.
Y, como cierre de la lección, Salazar leyó fragmentos de uno de los textos del sacerdote jesuita y mártir, Luis Espinal, titulado Futuro.
Para concluir la jornada, el rector nacional de la U.C.B., padre José Fuentes Cano, ponderó la personalidad de Juan Carlos Salazar, a quien definió no solo como un testigo, sino como un autor de la defensa de los valores democráticos. “Gracias por aportar tanto a la democracia en Bolivia”, dijo.
El padre Fuentes Cano habló sobre la democracia y la definió como una forma de vivir, como una búsqueda entre todos de un destino común. Y concluyó recordando un pensamiento del papa Francisco, quien alguna vez dijo que el político debería preguntarse “en qué hice avanzar al pueblo”, “qué fuerzas positivas desaté”. El rector nacional reflexionó sobre esa frase y dijo que ojalá nuestros futuros líderes se pregunten lo mismo y también cuánto sirvieron a su pueblo.
Un aplauso resonante cerró el acto en la capilla de la U.C.B., donde quedaron en el aire y en el corazón de los asistentes algunas oraciones del texto de Luis Espinal, leído por Juan Carlos Salazar: “Tenemos miedo al futuro, porque es negro y está sin estrenar, y siempre va erizado de interrogantes. Todo lo que tenemos son cosas pasadas, y el futuro con su novedad nos amedrenta. Pero cabalgamos con Dios hacia la grupa. Dios invisible, danos fe en tu presencia. Porque el futuro nos espera con su explosión de misterio”. Que los pasos del país caminen por ese sendero.
Bienvenidos todos a nuestra lección inaugural de temas de humanismo, en el segundo semestre académico de nuestra Universidad. Esta lección inaugural es ya tradicional y siempre nos trae temas de actualidad, de mucho interés, para la reflexión universitaria, muy bien seleccionados y preparados por el Departamento de Cultura y Arte, con la Dra. Alejandra Echasú a quien agradezco, junto con su equipo de trabajo.
Este tema que nos ha convocado hoy: “voces y rumbos: la travesía democrática en Bolivia”, tiene la particularidad de tener Iugar en el marco del Bicentenario, en el que ha habido muchas voces, variadas y rumbos, muchas veces con derivas autoritarias, como en una travesía marítima, que tiene días de calma y luces y otros de tormentas. También ha sido así la travesía democrática en Bolivia, no siempre respetuosa del sistema democrático y el respeto a los diferentes y a las mayorías marginadas en la construcción de una Bolivia para todos.
Sin embargo, el pueblo boliviano ha mostrado siempre un gran respeto al sistema democrático, como vemos cada vez que tenemos elecciones libres, la última elección, por ejemplo, ha sido realmente un ejemplo de elección en paz y respeto ciudadano, a pesar de celebrarse en una situación de crisis tan profunda.
Además, la reflexión sobre la democracia en Bolivia viene de la mano de un testigo directo y persona de profunda reflexión, como es Juan Carlos Salazar del Barrio, que además de gran periodista, ha sido director de nuestra carrera de Comunicación Social en la Universidad Católica Boliviana. Hemos comprobado que tenemos como expositor de este tema a alguien que, no solo ha sido testigo, sino actor, porque su compromiso con la democracia, la libertad de expresión y los valores de fondo que nos hacen demócratas, está fuera de toda duda.
Gracias Juan Carlos por aportar tanto a la democracia en Bolivia y a la altura académica de nuestra institución.
La democracia no es solo un sistema formal, en el que se debe respetar el voto ciudadano y respetar a la mayoría, sino una forma de vivir, de respetar, de defensa del pueblo, de búsqueda de caminos de integración de todos en un proyecto común; un proyecto que no debe dejar fuera o excluido a nadie. Un sistema que conlleva el debate continuo de ideas y la participación de los medios de comunicación, que no se soportan como mal menos, sino que se les tiene en cuenta como forma de expresión y participación activa de la sociedad.
Reflexionando sobre la democracia en la Enciclica “Fratelli Tutti”, “Todos hermanos”, el papa Francisco concluye el capítulo dedicado a la “mejor política”, n°197 con un interrogante que debe hacerse el político: “después de unos años, reflexionando sobre el propio pasado la pregunta no será: ‘¿Cuántos me aprobaron, ¿cuántos me votaron, ¿cuántos tuvieron una imagen positiva de mí?’. Las preguntas, quizás dolorosas, serán: ¿Cuánto amor puse en mi trabajo, en qué hice avanzar al pueblo, qué marca dejé en la vida de la sociedad, qué lazos reales construí, qué fuerzas positivas desaté, ¿cuánta paz social sembré, ¿qué provoqué en el Iugar que se me encomendó?”.
La construcción de una sociedad democrática exige mucha convicción moral, para que la búsqueda de poder, o la misma importancia actual de la imagen, no desvirtúen lo esencial: el servicio al pueblo.
Gracias a todos por su participación y gracias Juan Carlos por tu exposición. Dios les bendiga.
(Palabras del R.P. José Fuentes Cano, Rector Nacional de la UCB, en el reconocimiento a Juan Carlos Salazar del Barrio, durante la solemne Lección Inaugural de Humanismo (Voces y rumbos: La travesía democrática en Bolivia), el 21 de agosto de 2025).
Hay quienes plantan árboles. El periodista Juan Carlos Salazar plantó bibliotecas. Las cuidó, las hizo crecer, las amó… y también las perdió. Exiliado en 1971 por la dictadura de Hugo Banzer Suárez, Salazar comenzó a tejer su vida con palabras lejos de Bolivia. Cada ciudad fue un hogar provisional, una promesa de permanencia que el periodismo y el destino terminaron disolviendo. Pero sus libros —colecciones, recortes, primeras ediciones, subrayados febriles— fueron el hilo invisible que lo sostuvo.
Hoy, a sus 80 años, Juan Carlos quiere que sus libros descansen en un solo lugar: Tupiza, la tierra de su padre, su Macondo personal. Y esa decisión, más que un acto de nostalgia, es un gesto de memoria.
𝐄𝐱𝐢𝐥𝐢𝐨𝐬, 𝐥𝐢𝐛𝐫𝐨𝐬 𝐩𝐫𝐨𝐡𝐢𝐛𝐢𝐝𝐨𝐬 𝐲 𝐚𝐦𝐢𝐬𝐭𝐚𝐝𝐞𝐬 𝐥𝐢𝐭𝐞𝐫𝐚𝐫𝐢𝐚s
«Tuve que quemar libros en Buenos Aires. Muchos estaban en la lista negra de la dictadura», recuerda Salazar en Radio París de La Paz. Aquellos años marcaron su militancia y sus lecturas: sociología, política, la revolución latinoamericana. En México, en cambio, cambió de registro. Se acercó a la literatura, a la crónica, al reportaje largo. Cubrió guerras en Centroamérica y se cruzó con escritores de carne y hueso. “Me arrepiento de no haber entrevistado a Borges. Por sus ideas políticas me negué. Hoy lo leo como un fanático”.
Entre los que sí entrevistó están Octavio Paz, Leonardo Padura, Nicolás Guillén. La anécdota con Juan Rulfo es una joya: lo conoció en la casa de Marcelo Quiroga Santa Cruz. «Le conté que dejé de escribir una novela después de leer Pedro Páramo. Me dijo: ‘Hacen muy mal’.»
𝐋𝐚 𝐦𝐞𝐦𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐛𝐚𝐣𝐨 𝐥𝐨𝐬 𝐞𝐬𝐜𝐨𝐦𝐛𝐫𝐨s
Durante el terremoto de México en 1985, Salazar perdió todas sus notas: su oficina —que curiosamente estaba en un edificio propiedad de Cantinflas— se desplomó con su archivo adentro. Entrevistas originales, fotografías, crónicas manuscritas quedaron sepultadas bajo los escombros.
Pero el destino, siempre caprichoso, le tenía guardada una copia involuntaria de su propia historia. Años después, ya de regreso en Bolivia, su madre le entregó una caja cuidadosamente preservada por su padre: decenas de recortes de prensa con todos los artículos que Juan Carlos había publicado desde el exilio. “Fue como si la memoria que creía perdida hubiera sobrevivido a miles de kilómetros”, dice. Con ese material reconstruyó su archivo y escribió varios de sus libros más personales como: A la guerra en taxi y Genio y Figura.
𝐓𝐮𝐩𝐢𝐳𝐚: 𝐮𝐧𝐚 𝐛𝐢𝐛𝐥𝐢𝐨𝐭𝐞𝐜𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐞𝐥 𝐩𝐨𝐫𝐯𝐞𝐧𝐢𝐫
Tras décadas en Madrid, trajo su adorada colección de novela negra —Chandler, Greene, Christie, Hammett— y su biblioteca latinoamericana. También las ediciones dominicales de El País y El Mundo, que aún conserva con celo. “Era una esclavitud. Si viajaba, alguien debía comprarme el periódico del domingo para no perder el tomo”.
Ahora los está donando. A bibliotecas en El Alto, a cárceles, a personas. Y planea llevar el grueso a Tupiza: «¿Qué voy a hacer con ellos? Mis hijos no viven aquí. Entonces, quiero dejarlos donde puedan tener sentido”.
Hoy Salazar quiere escribir la biografía de Tupiza. No como una historia oficial, sino como un conjunto de crónicas, de semblanzas de personajes que habitaron sus calles. Mientras tanto, trabaja en una novela negra y un nuevo libro de cuentos. “Durante la pandemia escribí varios relatos sobre la caída de Evo. No los publiqué. No quería debutar en la ficción con la política como protagonista”.
La entrevista de media hora con Radio París de La Paz es una pieza íntima, pausada, que permite asomarse al corazón de este hombre que vivió entre redacciones, exilios y estanterías. Escucharla es entender cómo una vida puede medirse también en libros, no solo en años.