Indio Fernández, el modelo de la estatuilla del Óscar

El Indio Fernández presumía de encarnar como nadie el cine mexicano. “El cine mexicano soy yo”,  afirmó en una ocasión. “En lugar de corazón, yo tengo un águila devorando una serpiente”, resumió, en alusión al antiguo mito azteca plasmado en el escudo nacional. Y no exageraba. El realizador que se jactaba de hacer películas por sus pistolas, porque le venía en gana, contribuyó a forjar el “nacionalismo cinematográfico” surgido de los ideales de la revolución de 1910 y a cimentar los estereotipos del México rural.

Su vida está envuelta en la leyenda. Célebre por su carácter irascible y su lenguaje virulento y procaz, Emilio Fernández  Romo, más conocido como el Indio, tuvo una vida digna del celuloide. Combatió y recibió cuatro balazos durante la revolución mexicana, pasó seis años en la cárcel por conspirador y algún hecho de sangre, fue modelo para la estatuilla del Óscar y “un tal Sandino” estuvo a punto de convencerlo de hacer la revolución en Nicaragua.

Verdad o mentira, se dice que fue protagonista de varios hechos de sangre desde los 10 años, que enseñó a bailar a Rodolfo Valentino,  que se separó de la actriz Columba Domínguez porque se cortó el cabello –“una mujer debe ser mujer”, con trenzas o el pelo suelo,  pero largo–, que golpeaba a sus mujeres –“a todas les gusta ser educadas a golpes”– y que más de una vez corrió de su casa a sus invitados a balazo limpio.

Fiel a su imagen de hombre de campo, bronco y violento, vestía de negro, con un paliacate floreado al cuello y sombrero alón; bebía tequila y fumaba puros. Y, por supuesto,  como los personajes de sus películas, lucía pistola al cinto, porque -según decía- tenía “muchos pendientes”. Todo un villano, como lo pinta Paco Ignacio Taibo I en El cine por mis pistolas.

Participó como actor, director, argumentista y productor en casi 200 películas, pero debe su fama a un puñado de joyas que realizó con la actriz Dolores del Río, el actor Pedro Armendáriz y el fotógrafo Gabriel Figueroa, con quienes formó el más famoso cuarteto de la Época de Oro del cine mexicano de mediados del siglo pasado.

Con el apoyo del escritor Mauricio Magdaleno, llevó a la pantalla María Candelaria –Palma de Oro en Cannes en 1946– y Flor Silvestre, en 1943; Las abandonadas y Bugambilia, en 1944, y La Malquerida, en 1949, todas con la pareja Del Río-Armendáriz. Con María Félix y Armendáriz, hizo Enamorada (1946), Río Escondido (1947) y Maclovia (1948). Decía que María Candelaria y La malquerida eran sus mejores películas, pero la favorita de la crítica siempre fue Pueblerina (1948), que lanzó al estrellato a su futura esposa, Columba Domínguez.

Nació el 26 de marzo de 1904 en El Hondo, un pequeño pueblo minero del estado norteño de Coahuila, hijo de un general revolucionario y una mujer de origen indígena. Tenía 10 años cuando abandonó su tierra natal, junto con su padre, para unirse a Pancho Villa. En 1923 fue condenado a 20 años de prisión por su participación en un levantamiento armado contra el gobierno de Álvaro Obregón. A los tres años logró escapar hacia Estados Unidos, donde inició su carrera cinematográfica, pero después estuvo nuevamente tras las rejas acusado de homicidio.

Se dice que el presidente Adolfo de la Huerta (1920), a quien había apoyado en su época de revolucionario, fue quien le aconsejó dedicarse al cine: “México no necesita más revoluciones. Tú estás en la meca del cine, y el cine es la herramienta más efectiva que los humanos hemos inventado para expresarnos. Aprende a hacer películas y regresa a nuestra patria con el conocimiento. Haz nuestras películas y así podrás expresar tus ideas de manera que lleguen a miles de personas”.

Es lo que hizo. Pero, antes, pasó  las de Caín en Los Ángeles, trabajando como lavaplatos, peón, estibador y albañil. “Trabajar con un pico y una pala es cosa de hombres, lavar platos es lo más bajo a lo que puede llegar un macho”, declaró al recordar esa experiencia.

Por macho estuvo a punto de rechazar la oferta que le hizo el director de Arte de la Metro-Goldwyn-Mayer, Cedric Gibbons, a quien le habían encomendado supervisar el diseño de la estatuilla del premio Óscar, que se entregó por primera vez en 1929. Por recomendación de Dolores del Río, quien ya brillaba en Hollywood, Gibbons le pidió que sirviera de modelo, pero el Indio se negó en un principio porque pensaba que el  modelaje era “cosa de maricones”. Aceptó posar desnudo más por el amor que decía sentir por Dolores del Río que por otra cosa. De esa manera su imagen quedó inmortalizada en la estatuilla.

Pero él no quería entrar de esa manera a la historia del cine. Ya había trabajado en media docena de películas, cuando, en  1930, llegó a Estados Unidos el director de cine Serguéi Eisenstein. Vio El acorazado Potemkin y escenas de ¡Viva México!  Impresionado, quiso imitar su estética a partir del relato de la revolución mexicana. Influido por el ruso y John Ford, a quien ayudó en la dirección de El fugitivo (1946), y admirador de la plástica del muralista Diego Rivera, otra de sus influencias, retornó a México en los años 40 para realizar lo mejor de su producción.

Con sencillez y no poca ingenuidad –y la cámara de Figueroa–, supo pintar el paisaje geográfico y humano del México rural, con sus magueyes majestuosos y sus cielos abiertos, cuajados de nubes, y sus campos poblados de indios buenos, mestizos ladinos y hacendados perversos. Se dice que buscaba retratarse a sí mismo en los rancheros machos, tequileros y pendencieros,  y a su ideal de mujer, en las campesinas abnegadas, sumisas y sufridas que protagonizaban sus historias.

“El hombre vale por la mujer y la patria que tiene, y yo me siento muy orgulloso de ser mexicano y de haber conocido a María Félix”, me dijo en marzo de 1984, en una entrevista en su caserón de Coyoacán. También estuvo perdidamente enamorado de Olivia de Havilland (Lo que el viento se llevó) y Dolores del Río, pero el amor de su vida fue México. Tenía entonces 80 años y creía que todavía no había hecho su mejor película. “Aún no me ha llegado la hora. Tengo cosas importantes que hacer por el cine mexicano antes de abandonar este mundo”, resumió.

(Dibujo: Marcos Loayza)

Página Siete – 18 de marzo de 2018

Prólogo a “La novela del dictador”, de Ignacio Vera de Rada

Impresionados por la lectura de “Patriotic Gore”, los retratos de la Guerra Civil estadounidense de Edmund Wilson, el periodista, ensayista y crítico literario que contribuyó al lanzamiento a la fama de Ernest Hemingway, John Dos Pasos, William Faulkner y F, Scott Fitzgerald, dos de los escritores  que marcaban el ritmo y la pauta del “boom literario” latinoamericano de los años 60 y 70, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, reunidos en el otoño de 1967 en un pub de Hampstead,  se propusieron reunir en un libro a varias manos una “galería imaginaria” que retratara a los dictadores latinoamericanos.

Según relató el mexicano en un artículo escrito para The New Yok Times en abril de 1986 a propósito de la publicación de Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos, en Estados Unidos, invitaron a sumarse al proyecto al propio  Roa Bastos, al argentino Julio Cortázar, al venezolano Miguel Otero Silva, al cubano Alejo Carpentier, al dominicano Juan Bosch y a los chilenos José Donoso y Jorge Edwards, entre una docena de escritores que por esa época cabalgaban en la cresta de la misma ola.

Cada uno debía escribir sobre su “tirano nacional favorito”. El volumen colectivo se llamaría “Los Padres de las Patrias”  y sería publicado por el editor francés Claude Gallimard, pero el proyecto fracasó debido a la imposibilidad de cuadrar fechas y tiempos entre los integrantes de tal abanico de escritores. A final, tres de los comprometidos escribieron su propia novela: Carpentier, El recurso del método (1974); Roa Bastos, Yo el supremo (1974), y García Márquez, El otoño del patriarca (1975). Años después, lo harían los demás, como el propio Vargas Llosa, con La fiesta del chivo (2000).

Cuenta Fuentes en el mismo artículo que Donoso o Edwards “prometió enfrentarse a un dictador boliviano”. No dice a quien, pero cita la frase atribuida a la madre de Enrique Peñaranda, quien habría dicho: “Si yo hubiera sabido que mi hijo iba a ser presidente, le hubiera enseñado a leer y escribir”, que García Márquez puso en boca de la madre de su dictador. Según el mexicano,  el “patriarca” de García Márquez es “una suma de características” del venezolano Juan Vicente Gómez, “el Peñaranda de Bolivia”, el dominicano Rafael Trujillo y de los tiranos iberoamericanos Francisco Franco y Antonio Oliveira Salazar, en tanto que el “déspota ilustrado” de Carpentier es una mezcla del venezolano Antonio Guzmán Blanco y del guatemalteco Manuel Estrada Cabrera.

Los escritores latinoamericanos han convertido el tema de los dictadores en todo un “subgénero” de la literatura, el de “la novela del dictador”, como se le ha dado en llamar, al punto de ser catalogado como propio de América Latina, como si otros países de otras regiones del mundo no hubiesen sido víctimas de tiranías similares o peores a las que vivimos en nuestro continente. Tal vez porque la literatura latinoamericana no solo aborda el tema del poder, sino también el del caudillaje mesiánico, con todos sus ingredientes surrealistas y  folklóricos, o porque, como dijo García Márquez, el dictador es “el único ser mitológico que ha producido América Latina”. Basta pensar en el venezolano Gómez, que anunció su propia muerte para castigar a quienes se atrevieran a celebrarla, o en el haitiano Fracois Duvalier, Papa Doc, que mandó ahorcar a todos los perros negros de Puerto Príncipe porque creía que sus enemigos políticos se habían reencarnado en tales animales. ¿Y acaso Trujillo no mandó a empapelar las iglesias con la frase “Dios en el cielo, Trujillo en la tierra”?

Si un tirano es la suma de todos, como el patriarca de García Márquez  o el “déspota ilustrado” de Carpentier, o si uno de ellos resume a todos, como el Trujillo de Vargas Llosa o el José Gaspar Rodríguez de Francia de Roa Bastos, bien podría decirse, como escribió el periodista y escritor boliviano Carlos Decker Molina, que toda dictadura no es otra cosa que el espejo de todas las dictaduras. Y todo dictador, para seguir con el mismo razonamiento, es un retrato del otro y una caricatura de sí mismo.

Como cualquier país bananero, Bolivia generó sus propias satrapías, dignas del realismo mágico inaugurado por Carpentier en El recurso del método y magistralmente desplegado por García Márquez en El otoño del patriarca, para citar dos novelas emblemáticas del “subgénero”. Ha conocido, a lo largo de su historia, dictaduras y “dictablandas” de todo tipo y color. No hay que remontarse a los tiempos de Isidoro Belzu y Mariano Melgarejo para comprobarlo. Basta recordar el triple sexenio militar (1964-1982), que siguió al doble sexenio de la Revolución Nacional (1952-1964), que puso en escena a una galería de dictadores fascistas, líderes “socialistas” y caudillos de opereta, incluidos seis generales que se disputaron el poder y se autoproclamaron presidentes en el lapso de 24 horas, pero que no alcanzaron a colgarse la banda presidencial ni a entrar al Palacio de Gobierno.

Era la Bolivia del tópico, el “país long play”, la Bolivia de las “33 revoluciones por minuto”, como escribió algún diario extranjero en alusión a los discos de vinilo que giraban precisamente a esa velocidad, a 33 revoluciones por minutos; el país de las asonadas, los motines cuarteleros y las revuelta callejeras; la Bolivia de los caudillos y caciques, como la provincia que describe  Armando Chirveches –microcosmos nacional– en su novela La candidatura de Rojas (1909), un país donde “la mayoría es una invención como la del derecho divino de los reyes” y donde los gobernantes “son impuestos por las clases directoras, por la aristocracia del dinero y por la aristocracia del poder”.

Con semejante galería de personajes, llama la atención que la literatura boliviana no haya incursionado en el “subgénero” de los dictadores. Es más, volviendo a la anécdota de Fuentes, sorprende que el escritor mexicano y su colega peruano hayan pensado en Peñaranda como el arquetipo del tirano boliviano y también que hayan encomendado su semblanza a los chilenos Donoso y Edwards. ¿Por qué no a un boliviano? No por falta de novelistas bolivianos conocidos, por cierto. Cinco años antes de la cita evocada por Fuentes, Marcelo Quiroga Santa Cruz había recibido el premio Faulkner por Los deshabitados y antes había hecho amistad con varios de los futuros protagonistas del “boom” en el Congreso Continental de la Cultura de Santiago de Chile (1953).

La historia se ha ocupado de nuestros dictadores y ofrece abundante materia prima para quien quiera incursionar con este tema en la literatura. Bastaría citar, a manera de ejemplo,  la conocida obra de Thomas O’Connor D’Arlach, Dichos y hechos del general  Melgarejo, o Páginas de sangre, de Moisés Alcázar, quien decía que “la historia no ama mucho a los hombres mesurados, tocados por la mansedumbre y la benevolencia”, sino a “los apasionados, los aventureros del espíritu y de la acción”, todos dignos de la mejor novela. Pero no ha sido así. Tampoco abunda la novela histórica.

Ignacio Vera de Rada asume el reto al novelar la historia de uno de los “padres” de las muchas “patrias” imaginadas por los dictadores bolivianos, en coincidencia con el cincuenta aniversario del golpe militar que encumbró al entonces coronel Hugo Banzer Suárez. Autor de una novela (Valentina y Natalia) y un poemario (Mocedades), es la primera vez que aborda el tema político desde la ficción. Y lo hace con una obra que desvela su contenido desde el título, La novela del dictador, que alude, precisamente, al  nombre con el que se conoce a este “subgénero” literario.

Si bien alcanzó su apogeo con el “boom” de los años 60 y 70, al punto de ser considerada como una característica de ese movimiento, la literatura sobre el tema tiene una larga tradición, cuyo origen se remonta, según algunos críticos, a 1851, con la publicación de Amalia, del periodista argentino José Marmol sobre la dictadura de Juan Manuel de Rosas.  Ya en el siglo XX, el español Ramón del Valle Inclán publicó Tirano Banderas (1926), una “novela de tierra caliente” inspirada en la larga dictadura de Porfirio Díaz en México (1876-1911).

Muchos ven, sin embargo, en El señor Presidente, del Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1946), la primera y auténtica novela del dictador.  A partir de entonces, los autores del “boom”, sobre todo, abordaron la desmesura de las luchas por el poder y retrataron las figuras esperpénticas que lo ejercieron de manera despótica, en narraciones que conjugan la realidad con la fantasía. No hay que olvidar que América Latina había vivido las satrapías de los Duvalier y los Somoza, del guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, el salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez, Rafael Leónidas Trujillo, el paraguayo Alfredo Stroessner y un largo etcétera.

Algunos como Asturias, Carpentier y García Márquez, crearon dictadores ficticios, mezcla de diferentes personajes históricos, y otros escribieron sobre tiranos concretos, como Roa Bastos, sobre Rodríguez de Francia (1816-1840), y Vargas Llosa, sobre Rafael Trujillo. Todos ellos, sin variar, mostraron, a decir de García Márquez,  a “seres endémicos del continente”, representativos del  “gran animal mitológico de América Latina”, con el “nadie se mueva, nadie respire, nadie viva sin mi permiso” como única ley de gobierno.

Como Vargas Llosa en La fiesta del chivo, una de las más emblemáticas de su tipo, Vera de Rada pone nombre y apellido a su dictador y lo ubica en el contexto histórico, político y social real, pero sus personajes, los “héroes” que le permiten dar vida a su historia, pertenecen a la ficción.

La dictadura, para Vera de Rada, es un pretexto para analizar el tema del poder, la lucha por conquistarlo y el afán por retenerlo, tan presente en la historia universal, pero también para abordar cuestiones más trascendentes vinculadas con la ética y la filosofía, así como con otras preocupaciones presentes en sus obras anteriores, como la teología y la religión. “¿No habrá en un ateo materialista un apetito voraz de sentir a Dios en su corazón, de dialogar con él, de  reconocerlo?”, se pregunta uno de los protagonistas.

No voy a privar al lector de la tarea de desentrañar la trama de la novela, pero sí señalar que el autor construye la historia de un periodista boliviano exiliado en Londres, que sale de Bolivia en los años 80, “sin el menor presentimiento de que no la vería más en mucho tiempo”, pero que retorna al país 35 años después para escribir un reportaje para un importante medio europeo sobre la dictadura más larga que sufrió Bolivia en el siglo XX. Es el periodismo,  el “oficio que lo había llevado a salir de los Andes hacía tanto tiempo y de forma inesperada, el que lo lleva nuevamente hasta su tierra”, y le permite reconstruir su historia personal y la del país de esos años de fuego.

El protagonista repasa “la historia real de aquellos años”, cuando “el tiempo, que macera toda circunstancia feliz o dolorosa, ya hizo su trabajo”, para retratar no solo al objeto de su trabajo periodístico, sino a la época que le tocó vivir: Los agitados tiempos del idealismo revolucionario, de los estudiantes y obreros que pretendían tomar el cielo socialista por el asalto y del periodismo comprometido, frente a la sañuda represión del régimen que pregonaba “orden paz y trabajo”, cuando los disidentes salían en la mañana de sus casas y no regresan en la noche.

Es pues el retrato del dictador y su época. Y lo hace con la maestría desplegada en sus obras anteriores, con “el tratamiento del lenguaje, el estilo y la personalidad” de cada uno de sus personajes, como escribió Carlos Mesa en el prólogo de la novela Valentina y Natalia.

Como todos los escritores del “subgénero”, obsesionados con la soledad del poder, más que la del dictador, Vera de Rada nos muestra al general Banzer, a sus 52 años, bajo “el peso abrumador del tiempo como un yunque en las espaldas”, que “se siente más triste y más solo que nunca en la soledad eterna que este mundo tiene reservada para los enanos de corazón”; “minúsculo, porque se da cuenta de que el estruendo sísmico de los aplausos escuchados durante siete años consecutivos fue solamente resultado de una imaginación fatua”, pues “cuando se alcanza el poder absoluto, ya no se tiene contacto con la realidad, y ésta es la peor soledad”.

Muestra “el infortunio de ser mortal”, porque no solo conoce “las amarguras del mando supremo”, sino “los sufrimientos de un corazón que se cree amado pero que en realidad está más solo que nada en el mundo”, que tiene “la amistad pura de un amigo frente a la perfidia de mil lacayos”, “las intenciones reprimidas de quienes medran a su sombra y lo repudian a sus espaldas”. Y por añadidura, conoce el amor, “no de quien fue artífice del golpe y duerme todas las noches a su lado, sino de Ella”, la amante clandestina.

Como el “Chivo” de Vargas Llosa, el boliviano sabía que la política es abrirse paso entre cadáveres, y como el ”Supremo” de Roa Bastos, que poder hacer es hacer poder, pero a medida que transcurre el tiempo ve que “la perfidia se agranda en la casa presidencial”, que las  murmuraciones crecen en el palacio!”, y que también “se agrandan la codicia vestida de adulación y el servilismo matrero que tiene tiene deudas con las justicia y busca el amparo de la poder y la impunidad”. Es el declive del patriarca, tanto o más desolador que el otoño paceño,

Estudiante de Derecho, periodista, reportero del diario Presencia, promotor de un periódico clandestino para enfrentar a la dictadura y redactor de una radio minera, el protagonista, Emilio Saavedra del Villar, que en el exilio europeo escribiría para El País de Madrid y The Sun de Londres, refleja muy bien al periodismo comprometido y combativo de la época. “El periodismo, el verdadero y buen periodismo, no debe ser imparcial pero sí independiente, libre y autónomo”, reflexiona. Desde la radio minera, busca realizar una “comunicación horizontal”, sin superiores ni inferiores, para “democratizar la comunicación”, una “forma contestaría” para hacer frente a los “flujos de información unidireccional” de los medios convencionales.

Vera de Rada conjuga la crónica con la narración literaria, pero también con la reflexión, algo poco común en este tipo de literatura, a través de fragmentos del  diario personal del protagonista, a manera de viñetas intercaladas en el texto, que denomina “Illimánicas”, en las que el autor despliega su pensamiento, pero también rinde homenaje a esa una mole icónica que “ha visto todo” de La Paz, unas ciudad que “no se la entiende, sino se la siente”.

La novela refleja también la frustración y desilusión de una juventud que creyó en la revolución.  “Soy de izquierda y creo que moriré siéndolo, porque creo que aunque el comunismo sea una utopía, las utopías son necesarias porque impelen al ser humano hacia un ideal”, dice el protagonista al inicio de la lucha antidictatorial, para terminar preguntándose, antes de salir rumbo al exilio: “¿Nuestro fin es el socialismo o la democracia?”, porque “había algo más que todas esas mentiras y falacias que nos tragábamos candorosamente de jóvenes: la dictadura, una dictadura despiadada y corrupta”.

El dictador de Verada de Rada no es el collage que retrata al “único personaje nuevo que hemos inventado en Latinoamérica”, en el que confluyen las locuras, obsesiones y satrapías de sus congéneres latinoamericanos, el anciano que muere en su cama o a manos de sus enemigos políticos, sino el que cae derribado por la resistencia popular.

Si bien el ciclo del “único ser mitológico que ha producido América Latina” aún no ha concluido y  “la literatura no ha conseguido todavía hacerlo más humano que la realidad”, como dice García Márquez, también es cierto la democracia está logrando erradicarlo. Y qué bueno que la literatura no haya conseguido “humanizarlo”. Novelas como la de Ignacio Vera de Rada lo ponen en su lugar: en el museo histórico de la infamia.

La Paz, febrero de 2022.

Tres libros sobre el Che

Carlos Decker  Molina

Los tres volúmenes patrocinados por Página Siete e impresos por Plural son excelentes trabajos. Che una cabalgata sin fin, tiene pequeñas redundancias si comparo y clasifico como primer libro La guerrilla que contamos, pero hay contribuciones de carácter primicial como los escritos por Gonzalo Mendieta y un round up pergeñado con respeto académico por Carla Hannover.

El Che, miradas personales tiene un marco referencial en el texto escrito por Carlos Mesa, no sólo describe la psicología de todos los que quisieron ser el Che sino sabe muy bien colocar el fenómeno en el contexto histórico de ayer y de hoy. Variaciones, desde el cuento y el relato hasta la remembranza y la afrenta anarca de Urrelo.

La puerta de los demonios (mi traducción) es una película de Akira Kurosawa, la vi en versión sueca, se trata de un crimen relatado por sus cuatro participantes, muestra la relatividad de la verdad.

La esposa cuenta su versión de la violación y el crimen. El asaltante describe su lucha con el asesino y la entrega voluntaria de la esposa. El asesinado (a través de un médium) habla de su lucha, de la traición y su muerte. Finalmente, el testigo participa dos veces, al inicio describiendo el contexto y al final dándole un sorprendente desenlace.

Cito la película de Kurosawa porque  Ciro Bustos (Pelado) hablaba mucho de ella. El pintor de cuadros lúgubres cargó gran parte de su vida el sanbenito de Judas del Che, lo mismo que Regis  Debray, aunque en menor grado. Como intelectual mundialmente conocido tenía más recursos defensivos que el pintor introvertido, insomne y depresivo.

El Pelado acusaba a Debray de “arreglos con el estado mayor”, ahí comenzaba su bronca, me daba la impresión de que el francés lo basureaba. Regis Debray no quería hablar del tema, se negó frente a las cámaras de la Tv sueca y cuando me encontré en un seminario en Estocolmo invitado por Pierre Schori, me preguntó por conocidos comunes, frontera del diálogo sobre Bolivia, no pasaba a la historia del Che, quizá está todo dicho en Alabados sean nuestros señores.

Juan Carlos Salazar (Gato), José Luis Alcázar y Humberto Vacaflor, autores de La guerrilla que contamos (los testigos-Kurosawa) coinciden en algo que también señalaba con énfasis el Pelado. “No había sido Regis Debray el que delató la presencia del Che en la guerrilla; la CIA ya lo sabía y los retratos de Bustos sirvieron para confirmarlo”.

Bustos no negaba haberlos dibujado: “El paso siguiente fue dificultoso, porque implicaba un reto doble, dibujarlo a él (al Che) ya no era un chiste, pues resultaba ser un compromiso, no sólo de la memoria, sino de la emoción. Como no tenía voz para hacer ruido, debía usar otros talentos, y estaba preparado para el envite de Gonzales (cubano-CIA), que terminó por decir: “Y ¿Ramón? … Dibújalo a Ramón”.

Y lo dibujaste, pero, antes habías dibujado a los otros, le dije.

“El dibujo (del Che) fue desafortunado; es evidente que lo importante no era la figura exterior, sino una fuerza interior que fui incapaz de plasmar. Resultó la imagen de un poeta con hambre. De todos los dibujos que debí hacer, son rescatables los del Chino y el Ñato, casualmente con quienes mayor trato había tenido en el campamento, y el de Papi, a quien lo apreciaba especialmente”.

La tesis justificadora del Pelado era: “no hacer pública la presencia del Che en Bolivia era hacerle juego al enemigo”, Ciro pensaba que, enteradas, las “masas” apoyarían el foco. Del croquis del campamento no hablamos nunca.

Los trabajos de los tres corresponsales son coincidentes con la mayoría de los historiadores: la CIA y la cúpula militar boliviana sabían de la presencia del Che en Bolivia.

Hay más coincidencias. El proyecto no estaba dedicado a liberar Bolivia, se trataba de una escuela de guerrilleros.

Vuelvo al Pelado, en su libro El Che quiere verte, reproduce el diálogo que sostuvo con el Che en el campamento de Bolivia:

– (Che) “El objetivo estratégico: toma del poder político en la Argentina. ¿Estás de acuerdo?

– (Bustos) Por supuesto.

– Quiero entrar al país por la zona donde ustedes andaban, con dos columnas de unos cien hombres, en un plazo no mayor de dos años.

Pero, el mandato que llevó Bustos de sus compañeros argentinos subrayaba “la falta de condiciones”, después del desastre salteño.

Los últimos puntos de contacto histórico de los autores de La guerrilla que contamos son la improvisación, la mala elección del lugar y la presión de Moscú que bien pudo ser la antipatía que le tenían al Che después de su furibundo discurso en Argel.

Hay un punto importante en el texto del Gato y es la actitud del “imperialismo”, no querían repetir Vietnam. Aquí el Che dejó de ser dialéctico, pues no entendió que los gringos evolucionaron.

Leer La Guerrilla que contamos ha sido volver a aquellos años turbulentos, pero llenos de optimismo.

Todos leíamos los mismos libros, muy pocos conocían otra literatura o novelas críticas como La noche quedó atrás, de Jan Valtin.

Los medios que enviaron a los tres eran anti comunistas, pero los hombres, una mayoría, eran grandes humanistas capaces de conmoverse con la realidad, algunos hasta se convirtieron. 

En esa época era director general de Radio Universidad de Oruro, capturada por la inteligencia maoísta y por lo tanto nada foquista, pero respetuosa del hecho. Fue la única emisora que hizo cadena con Radio Habana cuando Fidel confirmó la muerte del Che.

Además, estaba “enamorado hasta las patas, receloso y huraño como un perro”. Mi camarada Raúl Quispaya (Raúl) estuvo en la radio, me dijo que iba a hacer un viaje largo. No mencionó dónde. Me dio un abrazo que me dejó sin respuesta.

José Castillo (Paco), el único sobreviviente del vado del yeso, me dejó prestado su diario. Lo leí en un par de noches. Mis anotaciones se las llevó la Policía en uno de los allanamientos a mi domicilio.

Gracias por escribir tan bien. Gato Salazar, con esa maestría del que llega a “lo objetivo” sin ninguna dificultad. Alcázar, el reportero que cuenta como si estuviera hablando en “vivo y en directo” sin ocultar su deseo de “desertar” y Vacaflor, con esa caligrafía salpimentada y por lo mismo ácida, han escrito el cuadro histórico mejor logrado de la guerrilla del Che en Bolivia.

Página Siete –  28 de enero de 2018

Jane Fonda conserva a sus 80 años sus ideales juveniles

Harriet Winslow alisó las arrugas de su falda plisada y entró al salón de baile de la hacienda. “Las paredes eran dos largas filas de espejos ensamblados del techo al piso: una galería de espejos destinados a reproducir, en una ronda de placeres perpetua, los pasos y vueltas elegantes de las parejas…” 

Así describe Carlos Fuentes el ingreso de la institutriz recién llegada de Washington al “Versalles en miniatura” de la Hacienda Miranda del México revolucionario de 1910 en su novela Gringo viejo, y así entró Jane Fonda del brazo de Gregory Peck al salón cabalmente reproducido de los estudios Churubusco de la capital mexicana.

La bella actriz y pacifista (Regreso sin gloria), quien cumplió 80 años en diciembre pasado, y el veterano actor (Matar un risueñor), fallecido en junio de 2003, cruzaron la frontera sur de los Estados Unidos en el ya lejano enero de 1988 para llevar a la pantalla la novela de Fuentes bajo la dirección de otro Premio Óscar, el argentino Luis Puenzo (La historia oficial).

Fuentes novela en Gringo Viejo la historia del periodista, escritor y aventurero estadounidense Ambroce Bierce (1842-1914), reportero de la cadena Hearst y autor de una serie de narraciones y cuentos fantásticos (Una ocurrencia en Owl Creek Bridge, Diccionario del diablo), que en 1913 se declaró “viejo y cansado” y viajó a México en busca de la muerte so pretexto de seguir la campaña del legendario héroe revolucionario Pancho Villa.

Cruzó la frontera con un maletín y un ejemplar del Quijote como único equipaje. Nunca más se supo de él. “¡Ah!, ser un gringo en México; eso es eutanasia”, había escrito en una de sus últimas cartas, revelando así su verdadera intención de buscar un paredón revolucionario como vía digna hacia la muerte. Se cree que murió fusilado en Chihuahua en 1914.

Fuentes imagina la historia del “gringo viejo” y su relación con la institutriz en una obra que los críticos describieron como “una novela de encuentros y desencuentros personales y nacionales”, que Puenzo intentó traducir, “más allá del tema mexicano”, como “la confrontación entre dos culturas, la estadounidense y la latinoamericana”.

Fonda conoció a Fuentes en 1979, en Nueva York, a su retorno de una visita a México. “Le dije que me fascinaría hacer una película sobre México y Estados Unidos. Carlos me respondió: estoy escribiendo una novela sobre el tema, con un personaje para ti. Cuando la termine, te la envío”, según me comentó durante un paréntesis de la filmación.

La luchadora por los derechos civiles de la década de los 60, por entonces una cincuentona de bien conservados años, quedó encantada con la historia y la heroína de Fuentes. “Harriet está llena de ilusiones, aunque ya no es joven. Y como ella, tengo muchos sueños, ilusiones y esperanzas, para mí y para el mundo”, dijo durante la entrevista.

Imbuida del tema y del personaje de la maestra que supera las barreras culturales para acercarse a la revolución mexicana, la Fonda habló elípticamente del tema, a través de las imágenes de la novela de Fuentes: “La revolución creó conciencia e identidad en los mexicanos. Como en el salón de los espejos de Fuentes, los mexicanos se miraron y se dieron cuenta, por primera vez, de quiénes eran en realidad”.

Tanto Peck como Fonda dijeron sentirse identificados con el mensaje de la obra: “Creo que todos, Puenzo, Peck y yo misma, somos gente que pensamos con gran fuerza sobre la dignidad humana y la justicia”, señaló la actriz.

Hija de un mito del cine, Henry Fonda (Las uvas de la ira, El fugitivo), y hermana de otro gran actor, Peter (Easy Rider), Jane nació el 21 de diciembre de 1937 en Nueva York. Cuando llegó a México ya era conocida por sus ideas progresistas como feminista y activista de los derechos civiles, sobre todo por su participación en las grandes movilizaciones en contra de la Guerra de Vietnam de los años 60, activismo que le valió el sobrenombre de “Hanoi Jane”.

También hizo crítica feroz de la política de Ronald Reagan en Centroamérica en la década de los 80, aunque, durante la entrevista, se negó a hablar del tema, “no por miedo”, según me dijo, sino porque “estoy aquí para hablar de la película, no de tácticas revolucionarias”.

Barbarella (1968), un filme de ciencia ficción dirigida por su primer marido, Roger Vadim, la convirtió en el sex symbol de su época, en tanto que Regreso sin gloria (1978), un alegato antibelicista con John Voight, y El síndrome de China (1979), sobre un accidente nuclear con Jack Lemmon y Michael Douglas, la marcaron como ícono del pacifismo y el ambientalismo.

Después de trabajar durante 30 años en 51 películas, en 1990 anunció su retiro de la industria cinematográfica, pero regresó en 2002 y aún sigue activa. A sus 80 años mantiene su buen ver, que ella atribuye a los aeróbics–práctica de la que fue pionera y promotora–, pero también “a los genes, a la forma de vida y al buen sexo, en partes iguales”. “Pese a los años y las operaciones de rodilla y cadera, resulta difícil adivinar su edad (…). Todavía sigue conservando ese sex appeal y elegancia que la caracterizan”, escribió un diario europeo.

Pero no sólo eso. A los 80, conserva los mismos ideales de su juventud. Descrita alguna vez por un diario estadounidense como una “rebelde con causa”, nunca renegó de sus principios. Criticó la intervención estadounidense en las Guerras del Golfo, como lo hizo durante el conflicto de Vietnam, y se mantiene firme en la defensa del medioambiente, los derechos de la mujer y la libertad de expresión.

“Todavía estoy desconcertada por aquellos que sienten que criticar a Estados Unidos no es patriótico, una opinión que se está adoptando cada vez más en los Estados Unidos desde el 11 de septiembre (atentado a las Torres Gemelas) como una excusa para hacer sospechoso lo que siempre ha sido un derecho estadounidense. Una ciudadanía activa, valiente, abierta es esencial para una democracia saludable”, escribió en su autobiografía, My life so far (2005).

Reprochó a quienes transitan por este mundo “como si tuviéramos uno de repuesto en nuestra maleta”, y aconsejó a la “gente común” que se postula para un cargo “mantener sus bolas y ovarios intactos”. Autodefinida como liberal, pero con fama de “revolucionaria”, recomendó a quienes pretenden serlo: “Para ser revolucionario, debes ser un ser humano. Tienes que preocuparte por las personas que no tienen poder”.

Página Siete –  21 de enero de 2018