«La guerrilla que contamos», entre los mejores libros sobre el Che

Leonard Kósichev *

Del Che Guevara se han escrito muchos libros y en diferentes idiomas. Se diferencian por su nivel profesional y por la profundidad del análisis de tan complicado tema. Situaría el libro  La guerrilla que contamos,   escrito por tres  bolivianos (José Luis Alcázar, Juan Carlos Salazar y Humberto Vacaflor) y publicado en La Paz en 2017, entre las mejores obras sobre el legendario revolucionario.

Es digna de la mayor confianza dado que sus autores, medio siglo atrás, como corresponsales de guerra cubrieron la lucha del Ejército boliviano con el destacamento guerrillero del Che Guevara y se mantuvieron fieles a la temática guevarista durante toda la vida.

Tal como indica Gonzalo Mendieta en el prólogo del libro, “los tres pasaron de espectar la siempre movida, pero periférica política boliviana desde el edificio de  Presencia  y la agencia Fides, a la primera fila de las noticias mundiales”.

Cada uno de los tres autores tiene su propio estilo, su manera de entregar los materiales, pero los une un denominador común: el deseo de penetrar en la esencia del problema y ofrecer un cuadro objetivo de los sucesos con sus numerosos detalles y episodios curiosos. 

Solo los testigos de la guerrilla, que vieron muchas cosas con sus propios ojos,  pudieron escribir un libro tan serio e interesante. Al mismo tiempo, los autores parten no solo de su propia percepción periodística, sino también se basan en las más diferentes fuentes y testimonios. En el enorme flujo de materiales sobre el Che Guevara, con frecuencia muy contradictorios, eso hace que su visión de los hechos sea sopesada, ellos no caen en los extremos.

Se puede felicitar a los autores por haber hecho una verdadera narración documental que abarca todo el periodo de la guerrilla sobre el telón de fondo de la bulliciosa vida política de Bolivia en aquellos años. Desde las páginas del libro aquellos sucesos, que sacudieron el país andino, emergen con toda justeza como uno de los periodos más dramáticos de la historia latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX. El eco de la guerrilla del Che retumba hasta el día de hoy.

Después de haber leído  La guerrilla que contamos  pensé que sus autores son dignos merecedores de la conocida frase de que los periodistas son los escritores de los anales de su época. El libro de José Luis Alcázar, Juan Carlos Salazar y Humberto Vacaflor brinda un material valioso y a la vez único para los investigadores y el público lector.

En lo que se refiere a la personalidad del Che Guevara, los autores han procurado evitar estimaciones unilaterales, no hacer de él un “ícono”, de lo que pecan muchos de sus discípulos radicales. Los indudables méritos del Che no deben cegarnos ni tapar sus equivocaciones, que condujeron al comandante a su trágica muerte en pleno florecimiento de sus fuerzas.

Más de una vez he pensado en que no se puede etiquetar al Che Guevara de la misma manera que a las personas comunes y corrientes. Si bien no ha demostrado su razón, sí ha dejado un sorprendente ejemplo de combatiente.

Ernesto Che Guevara sacrificó su vida por sus convicciones, intentó dar un impulso revolucionario al estancado movimiento de izquierda. Como hijo de su turbulenta época personificó sus contradicciones, estancamientos ideológicos y la tragedia de una extraordinaria personalidad. 

Los “eurocomunistas” buscaban entonces la salida de la crisis del movimiento de izquierda en las vías de la “alternativa democrática”. El comandante apostó por la lucha armada “contra el dominio imperialista” en los países de América Latina, Asia y África. Es notable que incluso entre los adversarios ideológicos del Che no pocas personas  rinden tributo a su actuación consecuente y coraje revolucionario.

Y lo último que quiero decir es que autores de diferentes países que escriben sobre la guerrilla del Che Guevara no tienen acceso a todas las fuentes de archivo de La Habana, Washington y  Moscú.

Quedé sorprendido al enterarme de que en los archivos militares de Bolivia tampoco no todo sobre el particular está al alcance de quienes lo necesitan. De modo que el tema del Che Guevara, especialmente en sus aspectos internacionales, dista de haberse agotado. Nos pueden esperar nuevas revelaciones.

*Leonard Kósichev. periodista ruso, exdirector del servicio en español de la radio La voz de Rusia (ex Radio Moscú).

Página Siete –  14 de enero de 2018

Una de las más grandes gestas informativas de Bolivia

Harold Olmos

Me siento muy  feliz de participar esta noche en la presentación de esta obra en Santa Cruz. Tengo por lo menos dos razones para estarlo:

La primera es que se trata del trabajo de tres colegas muy cercanos que han formado parte de una experiencia compartida en mis primeros años de profesión;  después nos hemos mantenido relativamente conectados desde las geografías desde donde operamos. Perú, Argentina. Venezuela, Uruguay, Inglaterra, México, Colombia y Centroamérica

El trabajo de estos periodistas ha sido diseñado y ejecutado con las únicas herramientas con las que contábamos hace treinta o cuarenta años. Son también las mismas que manejaron los colegas de generaciones anteriores: Una lapicera, una libreta de apuntes, raras veces una grabadora y, sobre todo, una buena memoria para describir el entorno y el contexto  para proyectarlo al país y más allá.  Todo buen redactor y todo buen editor sabe que estas herramientas son el ABC de toda crónica y de todo reportaje.

Otra razón para sentirme  particularmente grato es compartir esta presentación con un colega  de los años mozos, bien mozos, de Presencia: Fernando Salazar Paredes, quien descolló en coberturas noticiosas desde todos los ámbitos y que también es un ejemplo de la persistencia, del buen escribir y de la paciencia y el empeño por conseguir noticias que marcaron la diferencia en reportajes, crónicas y narraciones diarias.

Los tres autores y quienes  los presentamos esta noche tenemos un vínculo común: Forjamos armas profesionales en el diario Presencia en una época en la que sobresalir en las coberturas informativas era un imperativo, y en  Radio Fides. Ambos han sido un semillero de profesionales del cual germinó  el trío que ha escrito la obra que esta noche presentamos.

En Presencia consolidó su carrera Humberto Vacaflor. La cuna de José Luis Alcázar y de Juan Carlos Salazar fue Radio Fides. Las dos instituciones tenían un mismo norte: difundir informaciones bajo una perspectiva cristiana cuya esencia suprema eran la veracidad y la objetividad.  La diferencia estribaba en que Radio Fides era dirigida por un gran sacerdote jesuita imbuido del carisma de una  misión que todavía lo acompaña, en sus años de retiro en Cochabamba. Presencia estuvo conducida durante más de 40 años por el personaje que es parte sobresaliente de la historia del periodismo boliviano y de sus peripecias: Huáscar Cajías, cuya huella ética, moral y profesional sigue siendo guía e inspiración en esta carrera.

De ahí arrancaron los tres autores que tuvieron la iniciativa de entregarnos sus memorias sobre cómo y en qué circunstancias cubrieron una de las más grandes gestas informativas de Bolivia.  

La obra de Alcázar, Vacaflor y Salazar viene en un momento oportuno para recordar que la historia de las sociedades, sus líderes y sus gobernantes tiene su primer gran borrador en las crónicas escritas en los medios. Los ojos que juzgarán los acontecimientos y las formas en que ocurrieron y fueron narrados para convertirlos en historia vendrán muchos años más tarde. De ahí la trascendencia del empeño y rigor que deban imponer a sus tareas los que hoy escriben en nuestros medios.

En un prólogo para esta obra, hago notar que el pensamiento de los tres fue esculpido por la cobertura informativa de los eventos de 1967. Enviados por sus medios informativos, ingresaron a las áreas de las guerrillas para contar lo que ocurría en las quebradas selváticas del sudeste boliviano.  Los despachos que de ellos leí narraban la historia con las fuentes oficiales  y las escasas contribuciones accesibles desde el lado de la  insurgencia.  Acabaron asimilando las motivaciones de la guerrilla y abrazando nociones sustantivas de las ideas que de ella surgieron. Para jóvenes que no habían traspasado el umbral de la tercera década, el mundo boliviano que se les abrió a partir de ese movimiento fue una ruptura con el conocimiento convencional y, cada uno por sus propias rutas,  se convenció de la urgencia de transformar una sociedad atrasada por mil razones que la mayoría de la gente, en las alturas y las llanuras, entonces y ahora, no alcanzaría a comprender.

Fue casi como un resultado natural de ese cambio que los tres acabaron exiliados al sucumbir el régimen inestable y sin rumbo cierto de los militares llamados de izquierda y en playas extranjeras forjaron sus destinos. Humberto Vacaflor y Juan Carlos Salazar fueron catapultados a Argentina y José Luis Alcázar a Chile tras vencer el desafío de llegar ilesos a alguna embajada amiga  cuando las sedes diplomáticas eran vigiladas  por la policía política. El ambiente en que se desenvolvieron no fue fácil. Fue como volver a empezar, pero en tierras extranjeras.

El libro de este trío habrá de reabrir un debate sobre las formas de comunicación que se dan en Bolivia y sobre las maneras de llenar vacíos en nuestra historia. Su lectura es un imperativo para periodistas y estudiantes de la carrera que genéricamente ahora se llama ¨de comunicación¨.

No me extiendo más y los invito a leer ¨La guerrilla que contamos¨. Gracias al trío y gracias a ustedes.

(Palabras pronunciadas en la presentación del libro La guerrilla que contamos en Santa Cruz de la Sierra, en Octubre de 2017).

“La guerrilla que contamos”: La historia en el momento mismo de su desarrollo

Fernando Salazar Paredes

Para empezar debo señalar que presentar un libro, no es cosa fácil. Es más bien, espinoso porque, primero, uno tiene la obligación de leer el libro, en un país donde hace falta leer libros, aunque algunos se jacten de tener miles de ellos y otros solo leen las arrugas de sus abuelos.

Segundo, uno tiene que medir sus palabras para no disgustar ni a los autores, que tanto se han afanado en producir el libro, ni defraudar a la audiencia que, seguramente, está esperando un breve resumen que los incite a comprarlo.

Finalmente, en tratándose de un libro escrito por colegas, amigos y coetáneos, la cosa se puede tornar comprometedora al haber sido parte de una misma generación de periodistas que hemos experimentado aventuras y desventuras profesionales y, en algunos casos, hasta personales.

Por el especial cariño que profeso a los autores de este libro acepté correr el riesgo que implica este desafío.

Escribir y publicar un libro en Bolivia es una aventura per sé. Escribir en tándem un testimonio sobre un acontecimiento histórico, implica, para los autores, un especial y delicado esfuerzo de convergencia, complementación y paciencia.

Rescatar tres visiones sobre un mismo tema, después de cincuenta años es, en sí, un reto a la memoria y a la capacidad de remembranza cuando los hechos han discurrido en el tiempo y la madures que otorga una vida vivida, los hacer evocar con un lente tal vez algo diferente.

No obstante, el libro refleja pulcritud y apego a los hechos que se relatan; eso sí, con una mirada más experimentada, se describe todo aquello reportado desde el lugar de los hechos en el albor de una carrera, con entusiasmo juvenil, con pasión profesional y con cierta saludable candidez.

Conozco a José Luis, Juan Carlos y Humberto desde antes de la guerrilla del Che. La lectura de su libro me trajo nostálgicos recuerdos de las redacciones de Presencia y de Hoy, donde ejercimos un periodismo honesto y combativo. Pocos, muy pocos, casi ninguno, habíamos estudiado periodismo, pero abrazamos la carrera con pasión y entrega. Fuimos una generación que abrió surcos para que surjan medios de comunicación respetables y respetados.

Los tres autores, el que habla, junto a  Andrés Soliz Rada, Juan León Cornejo, Oscar Peña Franco y los hermanos Carvajal, entre otros, pertenecemos a esa generación que se fajó para hacer valer el derecho de los periodistas a tener opinión propia, no repetitiva a la de las empresas periodísticas.

Con ese objetivo, estuvimos juntos en ese original experimento que se llamó Prensa Semanario Libre que fue, sin lugar a dudas, el medio de comunicación con mayor tiraje en la historia de Bolivia, pues alcanzó poco mas de 60.000 ejemplares impresos en la rotativa del ex diario La Nación por el Sindicato de Trabajadores de la Prensa de La Paz.

Ahí comprobamos que ser periodista en Bolivia, y escribir con la verdad a cuestas, es enfrentarse a los riesgos de las amenazas en algunos casos, las agresiones en otros y, finalmente, la intolerancia de quienes creen que el manejo de la cosa pública les otorga una impunidad permanente.

Somos pocos los que quedamos. En el camino se fueron muchos, como Juan León Cornejo, mi hermano del alma, Juan Javier Zevallos que contrajo matrimonio en mi casa en Quito, Raúl Rivadeneira Prada, Alfredo Arce Carpio, Oscar Peña Franco, Andrés Solís Rada, Eliodoro Ayllón, mi inseparable compañero en el exilio, Víctor Hugo Sandoval, Ángel Torres Sejas, René Villegas, Daniel Rodríguez, José Baldivia, y muchos otros.

Este libro lo tiene todo. Un contenido y un alcance serio, profundo e interesante. Un prólogo cabal y detallado como suele escribir sus artículos Gonzalo Mendieta Romero, un aventajado alumno mío en la Universidad Mayor de San Andrés. La presentación hecha por Harold Olmos es impecable y retrata fielmente esos tiempos gloriosos del periodismo boliviano a los que los tres autores dieron su invalorable aporte que hoy emerge vigoroso en este texto que presentamos.

En resumen, el libro trata de una historia testimonial del experimento guerrillero liderado por Ernesto Guevara en la Bolivia  de 1967.  Los tres corresponsales son testigos de primer orden de esos ocho meses en que, efectivamente, la guerrilla fue de conocimiento público, pese a que Guevara ya estaba en el país desde Noviembre de 1966.

Desde una perspectiva amplia, es la historia efectiva de una incursión militar irregular foránea al territorio nacional, la misma que fue repelida por sus fuerzas armadas regulares. Constituye, seguramente, la última victoria de las fuerzas armadas bolivianas en una confrontación bélica. De ahí que uno de los autores, José Luis Alcázar, en una crónica que leí en estos días, expresa: “Lo que más me impactó fue, sin duda, cuando fui testigo de muertos y heridos, de miedos, de arrojo, de valentía de esas tropas que acompañé”.

Es un testimonio, que cincuenta años después, desmitifica la figura de un ídolo en la historia política latinoamericana sin acudir al discurso barato de la derecha, sino mas bien con datos, reflexiones y conclusiones contundentes que dan lugar a ese hilo novedoso que, según Vacaflor, es muy difícil encontrar en los aproximadamente ochenta libros que se han escrito sobre la aventura guerrillera del Che en Bolivia.

En la primera parte, Juan Carlos Salazar, con dominio periodístico sin par, nos da el gran contexto de lo que él denomina los maravillosos años sesenta, tanto en el mundo como en Bolivia lo que permite al lector, especialmente al que no está adentrado en la temática, ubicarse en el espacio tiempo histórico. Sitúa también a la profesión de periodista con todas las limitaciones que tenía en ese entonces.

Es interesante la descripción que hace Juan Carlos de varios actores que se desenvolvían desde el momento en que, en una mañana primaveral de Noviembre de 1966, en el hotel Copacabana de La Paz, hábilmente camuflado, Guevara se instala en Bolivia para cumplir su propósito. Políticos, periodistas nacionales y extranjeros, militares, desfilan en esta primera parte para reflejar la tarea periodista cuando las noticias debían transmitirse por telégrafo y las fotos eran enviadas en rollos de película.

Salazar nos recuerda que en ese entonces aun no había, en Bolivia, una escuela de formación de comunicadores sociales o periodistas pero que la cobertura de la guerrilla fue un bautizo de fuego para los periodistas bolivianos enviados al escenario de batalla como corresponsales de guerra.

En una síntesis histórica muy relevante, Juan Carlos termina su parte recordándonos que entre el estallido de guerrilla, en marzo de 1967, y la caída del general Juan José Torres, en agosto de 1971, pasando por lo que él denomina como el culebrón de los despojos del Che, la seguidilla de golpes revolucionarios y contra-revolucionarios y la instalación del “soviet” de la Asamblea Popular, Bolivia fue la meca de un peregrinaje incesante de periodistas, editores y escritores de todo el mundo.

José Luis Alcázar –conocido entre los periodista como Fidias, por su trabajo en la radio Fides y la agencia noticiosa del mismo nombre– le da el contenido medular al libro pues se apropia legítimamente de más de la mitad del texto en un enjundioso análisis y relato de lo que fue, en su verdadera realidad, el experimento guerrillero, aportando importantes datos sobre la limitada capacidad de estrategia militar y combativa del líder guerrillero, las diferencias con sus colegas, sus errores y desaciertos y, sobretodo, su obsesión de establecer un foco guerrillero y combatir en su natal Argentina.

Esta mención sobre la Argentina, que también la hace Salazar, me recuerda el libro del francés Pierre Kalfon “El Che Guevara, una leyenda de nuestro siglo” en la que el autor señala que el guerrillero, se jactó con un reportero en su país manifestando: en Argentina me instalo con veinticinco hombres en las sierras de San Luis y todo el ejercito será incapaz de sacarme de allí”. Esa petulancia, tan propia del Che, pronto se tornaría en desastre.

El objetivo de Ernesto Guevara no era Bolivia, sino Argentina, como se sostiene en este libro.  Ya en 1962, el Che había ideado un plan armado para Argentina que fracasó en Salta en 1964.  En 1967, volvería a intentarlo, esta vez utilizando a Bolivia como una suerte de operación puente. Según los estrategas de La Habana, la columna encabezada por Guevara que debía marchar a la Argentina, dependía del crecimiento y desarrollo de la escuela de guerrilleros en Ñancahuazú.

Si el Che tenía esa obsesión, Alcázar tenía otra: la de entrevistar a Ernesto Guevara, la de realizar la entrevista del siglo. La muerte del guerrillero en La Higuera abortó el sueño largamente acariciado por José Luis. Se tuvo que conformar con ser el periodista que lanzara la primicia que conmovió al mundo: la captura y ejecución del Che Guevara.

Rescato, para terminar esta parte, la sensación que José Luis sintió y que la describió en Presencia el 10 de Octubre de 1967 cuando estuvo frente al cuerpo inerte del guerrillero: “Un cadáver ya frio de quien ardió siempre en fuego interior tratando de plasmar en hechos el ideal político que animó su vida desde su adolescencia. Un ideal equivocado, si se quiere, pero que fue el motor de todos sus actos.”

Debo, ya ingresando a la última parte, coincidir con el historiador Robert Brokmann. Si Salazar y Alcázar tratan de ser objetivos y equilibrados en sus relatos, Humberto Vacaflor toma, más bien, el rumbo de la crítica irreverente y la audacia de emitir juicios de valor, aderezados con amenas ironías y sarcasmos. Seguramente por este su estilo, Humberto es un columnista muy leído y gustado por sus adeptos e, inclusive, sus colegas, y, a la vez, temido y perseguido por quienes detentan el poder.

Para Vacaflor, la historia del Che en Bolivia es una historia triste. Comenzó –dice– siendo un drama, paso a ser tragedia y termina como personaje de una función de titiriteros inescrupulosos que usan su imagen para disfrazar sus tropelías. Curiosamente, Humberto ilustra su opinión con una fotografía del Presidente Evo Morales junto al retrato del guerrillero Ernesto Guevara.

Y Humberto, después de leer los diarios de Guevara, que misteriosamente llegaron a manos de la empresa rematadora Sotheby’s; confiesa: “quedé entonces con la sensación de tristeza que produce haber repasado, durante tantas horas, las páginas escritas por un personaje que anduvo perdido en Bolivia en una campaña mal pensada, mal ejecutada, pero en la cual él creía firmemente”.

El Che, que sostenía que sólo existe un sentimiento mayor que el amor a la libertad: el odio a quien te la quita, tiene la particular virtud, después de muerto, de despertar la íntima faceta humana del mordaz, provocador y crítico Vacaflor que, sin querer queriendo, exterioriza un sublime sentimiento de tristeza por la suerte de su congénere.

Confieso que he saboreado el libro y me deleitado de principio a fin. No solo porque se trata de un excelente trabajo histórico periodístico, sino porque está escrito con claridad y con una ilación poco común cuando se escribe a seis manos.

Sus autores son, a la vez, los tres principales protagonistas. Los tres son periodistas de vocación, aquellos que nacen, viven y seguramente terminaran sus existencias como periodistas.

Han transitado la mejor de las escuelas de periodismo que es la redacción de un periódico o de un medio de comunicación. Aprendieron en las duras aulas de la vida.  Sus docentes fueron sus directores, jefes de redacción y sus propios colegas. Sus trabajos prácticos lo realizaron cubriendo sus fuentes cotidianamente y su exitoso examen de grado fue esta historia íntima de una cobertura emblemática.

Hay desde luego un otro protagonista de primer orden: Ernesto Che Guevara. De él se pueden decir muchas cosas, algunas buenas, muchas malas. Como todo personaje sobresaliente, ha tenido y tiene, apologistas y detractores. Para unos ha sido un paladín de la libertad y de la lucha antiimperialista, para otros un sanguinario político que anteponía su propósito ante cualquier sentimiento humano.

Cincuenta años después, personalmente puedo afirmar que el Che hizo soñar a mi generación.  No había utopía en la que él no estuviera presente y eso nadie se lo va a quitar.

Por eso es que Humberto recalca que, a pesar de su derrota, el Che ganó batallas después de muerto y Kalfon afirma que, a pesar de ser un gran imprecador, aquel que profiere palabras con el vivo deseo de que alguien sufra daño, también fue un portador de sueños.

Están, además, los militares bolivianos, aquellos que, según Vacaflor, se transforman tanto… que pocos los reconocemos.  Se autocalifican como pundonorosos.

Siempre escuché esta palabra repetida muchas veces, y nunca pude comprender su verdadero significado hasta que lo busqué en el diccionario.

Tener pundonor quiere decir tener un sentimiento de orgullo o amor propio que anima a mantener una actitud y apariencia dignas y respetables.

Al igual que Humberto, José Luis y Juan Carlos, he sufrido los rigores de la dictadura. Hemos sido perseguidos y exiliados por Banzer; apresados, torturados y exiliados por Luis García Mesa y Luis Arce Gómez.  De ahí que me resulta muy difícil sincronizarlos con el pundonor.

Pero que hay militares con pundonor, los hay. Y en esta historia de la guerrilla ha habido uno que ha actuado con actitud y apariencia digna, respetable y honorable.

Desempeñando su deber como militar que cumple ordenes, y defiende la soberanía patria, capturó al Che y lo entrego vivo a sus superiores del comando de la Octava División del Ejército.

El entonces capitán Gary Prado Salmon, militar boliviano, actuó pundonorosamente. Hoy, esos titiriteros a los que alude Humberto Vacaflor, no le perdonan su pundonor.

Para finalizar, me hago esta interrogante: ¿Es este un libro de historia o es simplemente un compendio de las reminiscencias de tres periodistas?

La respuesta la encuentro en Ryszard Kapuściński, considerado uno de los periodistas mas admirados a nivel global; “el maestro”, como lo llamó Gabriel García Márquez. Kapuściński no estudio periodismo.  En su libro “Los cínicos no sirven para este oficio”, escribió: “Todo periodista es un historiador. Lo que hace es investigar, explorar, describir la historia en su desarrollo.  El buen y el mal periodismo se diferencia fácilmente: en el buen periodismo, además de la descripción del acontecimiento, tenéis también la explicación de por qué ha sucedido; en el mal periodismo, en cambio, encontramos solo la descripción, sin ninguna conexión o referencia con el contexto histórico.”

“La guerrilla que contamos”, edición ya agotada, gracias a sus tres autores, es el reflejo fehaciente del buen periodismo que es historia en el momento mismo de su desarrollo.

Adquieran el libro, no solo para tenerlo; adquiéranlo para leerlo, estoy seguro que lo disfrutaran.

(Palabras pronunciadas en la presentación del libro La guerrilla que contamos en Santa Cruz de la Sierra, en Octubre de 2017).

Carta del periodista ruso Leonard Kósichev

Estimada señora Isabel Mercado:

He recibido el libro Che. Una cabalgata sin fin, publicado por su diario y dedicado al 50 aniversario de la muerte de Ernesto Guevara. Soy un periodista ruso, toda la vida me dediqué a la temática latinoamericana y publiqué no pocos ensayos sobre el Che Guevara. Una vez incluso tuve el placer de entrevistarme con él. De ahí que el nuevo libro sobre el revolucionario argentino-cubano haya despertado mi interés y más aún por haber sido editado en Bolivia. Lo he leído con gran atención, lo que me permite decir que es un  estupendo trabajo.

El análisis de los hechos protagonizados en Bolivia medio siglo atrás es objetivo y, sobre todo, preciso y claro. El libro contiene un extenso material fáctico, que representa un gran interés para los estudiosos en otros países. La imagen del Che ha sido recreada en toda la plenitud de las contradicciones de ésta, sin duda alguna, personalidad fuerte, que pasó a la historia de América Latina. A mi juicio, los autores patentizan su gran competencia profesional a la hora de evaluar los hechos a través del prisma del tiempo, desde la altura de los 50 años transcurridos.

A través de los años se aprecia mucho mejor tanto la dignidad como los grandes descarríos del Che. Por cierto que su aguda percepción de la justicia social fue el faro que lo guió por la vida, pero la absolutización por Guevara de la lucha armada, como el camino certero a la reestructuración de la sociedad en los países latinoamericanos, no se ha justificado. Con las fuerzas de las armas no se consiguió erradicar la pobreza y la injusticia social. 

Y la gente sigue reflexionando en la imperfección del mundo circundante y en las vías de su transformación. Y, en este contexto, la polémica sobre la personalidad y aspiraciones del Che Guevara aún largo tiempo serán objeto de debates.

Pienso que el libro Che. Una cabalgata sin fin hace un valioso aporte a esas infinitas discusiones, permitirá a la joven generación comprender mejor la trágica personalidad del Che Guevara, el porqué fracasó su proyecto social para Bolivia y América Latina en aquellas concretas condiciones históricas. La generalización y compresión por los autores de tan extenso material fáctico, con aportación de gran cantidad de fuentes y testimonios antes desconocidos o poco conocidos de los propios protagonizas de los hechos también merece la atención de especialistas latinoamericanistas y de los simples lectores.

Leonard Kósichev periodista ruso, exdirector del servicio en español de la radio La voz de Rusia (ex Radio Moscú).

Página Siete – 24 de octubre de 2017