Víctor Jara, el de la sonrisa ancha y la vida eterna

“Son cinco minutos /  la vida es eterna / en cinco minutos”, cantaba Víctor Jara cuando recordaba a Amanda, la de “la calle mojada, la sonrisa ancha, la lluvia en el pelo”, y cuando evocaba a Manuel, el compañero amado “que nunca hizo daño” y que “en cinco minutos quedó destrozado”. El cantautor estaba en la plenitud de su vida y su arte.

Años después, preso y desgarrado por la tortura, escuchando otras sirenas, no las que convocaban a Manuel a la vuelta al trabajo, siguió cantando, pero esta vez de dolor. “Canto qué mal que sales / Cuando tengo que cantar espanto /  Espanto como el que vivo / Espanto como el que muero”, escribió en su último y desgarrador poema de apenas 20 palabras.

Tuvo una muerte lenta, desde que fue detenido en la Universidad Técnica del Estado (UTE), junto con otros 600 profesores, estudiantes y funcionarios, el 12 de septiembre de 1973, al día siguiente del golpe pinochetista, hasta su asesinato. Un oficial con lentes oscuros y rostro pintado, conocido como El príncipe, lo reconoció cuando entraba al Estadio Chile con las manos entrelazadas en la nunca. “¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!”, gritó al verlo, según un testigo. “¡A ese huevón, a ése! ¡No me lo traten como señorita, carajo!”, agregó. “¡Así que vos sos Víctor Jara, el cantante marxista, comunista concha ‘e tu madre, cantor de pura mierda!”, le espetó.

Los soldados lo sacaron de la fila a culatazo limpio. El prisionero cayó casi inconsciente a los pies del oficial. Allí empezó su calvario. No fueron cinco minutos. Fue golpeado y torturado durante cuatro días. Un oficial le rompió los dedos a pisotones. “¡A ver si ahora vas a tocar la guitarra, comunista de mierda!”. 

Su cuerpo, cubierto de sangre, apareció detrás de un matorral, junto al Cementerio Metropolitano. La primera autopsia, practicada en 1973, reveló 44 balazos. Una nueva, realizada en 2009, confirmó que el poeta murió por múltiples impactos. “Mi corazón late como campana”, se les escuchó decir poco antes de ser conducido a la muerte.

La justicia es lenta, pero llega. En el caso de Víctor Jara, tardó 45 años. Los nueve militares responsables del asesinato fueron declarados culpables y condenados a 18 años de cárcel, en un proceso que concluyó el 4 de julio. Además, el Estado chileno deberá indemnizar a la familia de la víctima con dos millones de dólares.

Nacido 28 de septiembre de 1932 en el seno de una familia campesina de la provincia de Ñuble, en el sur chileno, encontró la vocación musical de la mano de su madre, Amanda Martínez, quien tocaba la guitarra y cantaba. De su padre, Manuel Jara, heredó el amor a la tierra. Las necesidades familiares lo obligaron a ayudar a su padre desde niño en los trabajos del campo. Se dice que en honor a sus padres compuso Te recuerdo, Amanda.

Por consejo de un cura, ingresó en un seminario. “Lo hice por razones íntimas y emocionales, por la soledad y la desaparición de un mundo que hasta entonces había sido sólido y perdurable, simbolizado por un hogar y el amor de mi madre”, recordaría años más tarde. Buscó refugio en la Iglesia pensando en que allí podría “encontrar un amor diferente y más profundo que quizá compensaría la ausencia de amor humano”. Sin embargo, abandonó el seminario dos años después, al comprobar que no tenía vocación.

Ícono cultural del socialismo chileno y latinoamericano, el autor de El manifiesto desarrolló una amplia carrera como autor, director y actor teatral, pero sobre todo como cantor y compositor, hasta convertirse en referente internacional de la canción protesta y la Nueva canción chilena.

Estudió actuación y dirección en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile. A sus 27 años, dirigió su primera obra de teatro, Parecido a la felicidad, de Alejandro Sieveking, y con La mandrágora, de Maquiavelo, realizó una gira por varios países latinoamericanos.

Compaginó su actividad teatral con la musical. En 1957, ingresó al conjunto folclórico Cuncumén. En 1959 grabó su primer disco y en 1961 compuso su primera canción, Paloma, quiero contarte, e hizo una gira europea con Cuncumén. Fue director artístico del grupo Quilapayún y en 1966 grabó su primer longplay como solista, Víctor Jara. Entre 1969 y 1973 publicó Pongo en tus manos abiertas, Canto Libre, El derecho a vivir en paz, La población y Canto por travesura.

Asumía el compromiso político y la militancia en la protesta social como actividades inherentes a su oficio de cantautor y promotor de la cultura. Afiliado desde joven al Partido Comunista, solía decir que sólo el amor a la justicia conduce a la dignificación del hombre. “Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz, / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón”, proclamaba en El manifiesto

Participó activamente en la campaña electoral que llevó a Salvador Allende al poder. Al asumir la presidencia, el líder socialista lo nombró “Embajador cultural”. El día de la rebelión militar, Jara  tenía previsto intervenir con Allende en un acto político programado en la UTE.

Al estallar el golpe, el artista se sumó a la resistencia. Estudiantes, trabajadores y profesores permanecieron esa noche concentrados en la universidad. Los golpistas detuvieron al día siguiente a 600 personas, entre ellos a Jara, y los trasladaron al Estadio Chile, que años después sería rebautizado con el nombre del poeta. A sus compañeros de prisión, cerca de 5.000, dedicó uno de sus últimos poemas: “¡Cuánta humanidad / con hambre, frío, pánico, dolor, / presión moral, terror y locura!”.

Uno de los testigos de la detención, el abogado Boris Navia, recordó que Jara fue golpeado con furia una y otra vez, en el cuerpo y en la cabeza. “Casi le estalla un ojo. Nunca olvidaré el ruido de esa bota en las costillas. Víctor sonreía. Él siempre sonreía, tenía un rostro sonriente, y eso descomponía más al facho. De repente, el oficial desenfundó la pistola. Pensé que lo iba a matar. Siguió golpeándolo con el cañón del arma. Le rompió la cabeza y el rostro de Víctor quedó cubierto por la sangre que bajaba desde su frente”, declaró al diario El País de Madrid.

Cuando fueron exhumados sus restos en 2009, el pueblo chileno le brindó un emotivo homenaje.

“Este sábado entierran a Víctor Jara por segunda vez. Quien amó tanto la vida, 36 años después, vuelve a pasear su muerte”, escribió Joan Manuel Serrat. Al conocer el fallo, la expresidenta Michelle Bachelet, detenida y torturada por los golpistas, declaró: “Víctor Jara canta con más fuerza que nunca y Chile hace justicia con su historia”.

Como Amanda, Víctor Jara tenía la sonrisa ancha, y como Manuel, nunca hizo daño. Hoy tiene vida eterna.

(Dibujo de Marcos Loayza)

Página Siete – 22 de julio de 2018

“La guerrilla que contamos”

Hernán Maldonado

En los últimos 50 años se ha escrito tanto sobre Ernesto Che Guevara que los libros sobre su vida y su muerte podrían llenar una pequeña biblioteca. Pero, sin duda, un libro infaltable en ella debe ser La guerrilla que contamos, de la autoría de tres grandes periodistas bolivianos, Juan Carlos Salazar, José Luis Alcázar y Humberto Vacaflor.

El libro fue publicado el pasado octubre al recordarse el cincuentenario de la muerte del argentino-cubano y ha sido bien recibido por la crítica nacional e internacional, principalmente en Argentina, México y Chile.

¿Por qué su éxito? Especialmente porque decenas de libros han sido escritos de “oídas” o del “dice que dice”, en cambio Salazar, Alcázar y Vacaflor lo escribieron como testigos directos de lo que vieron y oyeron. Allí está nada más que la verdad. Es un libro supremamente testimonial de un tiempo que nos tocó vivir, ellos en la primera línea de combate, y nosotros en la retaguardia de una sala de redacción.

Desde el punto de vista político el libro es un revés al actual gobierno empeñado en honrar la vida de un aventurero que se embarcó en una misión sin pies ni cabeza. (Salazar y Alcázar no lo dicen, pero Vacaflor lo sintetiza socarronamente como al Sancho que llegó “a la isla Barataria, enviado por el humor de un duque caribeño…”).

Los testimonios refuerzan la vieja tesis de que Fidel Castro quiso deshacerse del Che porque él mismo estaba presionado por la URSS a renunciar a sus aventuras guerrilleras. Y una cosa queda aclarada para siempre: El Che tenía poco que buscar en Bolivia, su objetivo era preparar a su gente para instaurar una guerrilla en su Argentina natal.

Lo que no queda claro es si realmente están en Cuba los restos del Che. La duda solo podría aclararse con un examen de ADN a cargo de expertos independientes. Los autores del libro no arriesgan una tesis y se basan solo en hechos (por eso el valor del libro). En 1997 el gobierno boliviano accedió la exhumación de los restos y su repatriación a Cuba. Las coordenadas del lugar las dio el general Mario Vargas Salinas. Los antropólogos cubanos excavaron en el lugar y hallaron las osamentas de 7 individuos.

El agente de la CIA, Gustavo Villoldo, que fue el encargado de enterrar al Che el 11 de octubre de 1968, jura que por órdenes del general Joaquín Zenteno Anaya le fueron entregados los cadáveres del Che, Willy Cuba y Chino Chang, a los que sepultó con una excavadora en cierto lugar del aeropuerto de Vallegrande con solo dos testigos.

“Los muertos no se multiplican”, exclamó incrédulo Villoldo al saber del hallazgo. Juan O. Tamayo, de The Miami Herald, entrevistó el 2009 a Villoldo y este insistió en que solo enterró a 3. Tamayo refiere en su nota que el periodista de United Press International, Alberto Zuazo Nathes, le confirmó que él vio junto al Che a tres o cuatro cadáveres más, lo que respalda el testimonio del general Jaime Niño de Guzmán, piloto del helicóptero, que aseguró que trasladó 7 cadáveres a Vallegrande.

¿Cómo es que el Che aparece semidesnudo en sus postreras fotos y el mismo Niño de Guzmán asegura que le regaló una chaqueta para que se cubriera del frio? Según Alcázar la “verdadera” chaqueta supuestamente la tendría en México, como trofeo de guerra, el médico que amputó las manos del Che. Villoldo reveló a Tamayo que guarda unos pedazos de la barba y el cabello del guerrillero.

Alcázar fue el periodista que reveló al mundo que el Che había sido ejecutado, porque tocó su mano aún caliente cuando fue traslado a Vallegrande y oyó cómo Villoldo increpaba de muy mala manera al occiso. El Che no murió en combate como sostenía el parte oficial.

Para el mundo, la verdad y nada más que la verdad, para el agente de la CIA una venganza acariciada desde joven. ¡Por fin has caído!, le dijo a quien ya no podía escucharle. Lo había perseguido por medio mundo para cobrar una vieja deuda. El Che en sus días de gloria en Cuba había expropiado al padre de Villoldo 280 autos nuevos de una concesionaria. El pobre hombre se suicidó. Pero otra deuda no la ha cobrado: la indemnización de 2.800 millones de dólares que le adjudicó un juez de Miami, sin que jamás el gobierno cubano se haya dado por enterado.

Pero esta ya es otra historia y aún sin ella el libro es completísimo para recordar esos tumultuosos años en Bolivia y que los revivimos ahora  emocionados en la fina pluma de tres periodistas que enaltecen la profesión y honran el gentilicio.

El Diario – 28 de junio del 2018

Federico García Lorca: Hace 120 años nació el romancero gitano

Cuentan que deambulaba por los bares de la Alcaicería de Granada, lloriqueando, siempre ebrio, frente a una copa de vino, repitiendo una y otra vez: “Perdóname, Federico, perdóname”. Era uno de los hermanos Rosales, jefe de la Falange Española en la región, arrepentido de su felonía. Años antes había entregado a Federico García Lorca a los esbirros de la dictadura franquista. Como escribiría el poeta Antonio Machado, el “Homero español” salió al campo frío por una calle larga, aún con las estrellas de la madrugada, caminando entre fusiles, rumbo al paredón.

Nacido un 5 de junio de hace 120 años en Fuente Vaqueros, una comarca andaluza de la vega granadina, el poeta del Romancero gitano fue fusilado en el camino de Víznar a Alfacar, Granada, el 18 de agosto de 1936, acusado de socialista, masón y homosexual. “El pelotón de verdugos no osó mirarle la cara. Todos cerraron los ojos; rezaron: ¡ni Dios te salva! Muerto cayó Federico, sangre en la frente y plomo en las entrañas”, lloró Machado en su poema El crimen fue en Granada (1937).

“Tengo una poesía de abrirse las venas, una poesía evadida ya de la realidad como una emoción donde se refleja todo mi amor por las cosas y mi guasa por las cosas. Amor de morir y burlar de morir”, había escrito, premonitoriamente. Como no le preocupó nacer –según afirmó alguna vez–, tampoco le preocupaba morir. Pensaba, como dijo en otra ocasión, que sólo aquellos que temen a la muerte, la llevan sobre sus hombros.

Su nombre completo era Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca, hijo de Federico García Rodríguez, un hacendado que cultivaba remolacha y tabaco, y de una maestra de escuela, Vicenta Lorca Romero, tierna y querendona, quien le fomentó el gusto por la buena lectura, aunque en su niñez se mostraba más interesado en la música que en la literatura.

Solía reunirse con otros jóvenes intelectuales en la tertulia El Rinconcillo del café Alameda, con quienes se trasladó en 1919 a la famosa Residencia de Estudiantes de Madrid, donde trabó amistad con los intelectuales más importantes de la época, como Salvador Dalí, Luis Buñuel y Rafael Alberti. Se dice que Lorca animó a escribir a Dalí y Dalí a pintar a Lorca, quien llegó a presentar una exposición en Barcelona.

También frecuentó a Juan Ramón Jiménez y a la camada de escritores que dieron nombre a la Generación del 27, como Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre y Rafael Alberti, entre otros. En 1921 conoció al maestro Manuel de Falla, con quien emprendió varios proyectos vinculados a la música, una de sus vocaciones juveniles. De esa relación nació el Poema del cante jondo.

Tenía 38 años recién cumplidos cuando estalló la sublevación de Francisco Franco, el 17 de julio de 1936, en Marruecos. Para entonces ya había escrito sus obras más emblemáticas, Poema del cante jondo (1921), Romancero gitano (1928), Un poeta en Nueva York (1930), Bodas de sangre (1933) y Yerma (1934, y terminado de escribir La casa de Bernarda Alba, el “drama de la sexualidad andaluza”.

Detestaba la política partidaria y se dice que incluso resistió la presión de sus amigos para hacerse miembro del Partido Comunista. Sin embargo, sufrió duras críticas de los sectores conservadores por su amistad con personalidades socialistas, como el ministro Fernando de los Ríos y la actriz Margarita Xirgu. Su popularidad y sus declaraciones a la prensa contra las injusticias sociales que él veía en España y en su Andalucía natal lo convirtieron en un blanco perfecto para el fascismo.

Alguna vez se definió como “católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico”, pero, si en algo creía, era en la libertad. “En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida”, afirmó en una ocasión.

La instauración de la Segunda República (1931) trajo una bocanada de aire fresco a la España conservadora. Junto con el escritor y escenógrafo Eduardo Ugarte y financiado por el Ministerio de Educación que dirigía Fernando de los Ríos, codirigió La Barraca, un grupo de teatro universitario, con el que representó obras teatrales del Siglo de Oro, pero el proyecto se vio truncado por el estallido de la guerra civil española.

Ya antes de que estallara el conflicto, España vivía un clima de violencia e intolerancia. Los embajadores de Colombia y México le ofrecieron asilo, temerosos de que pudiera ser víctima de un atentado debido a su identificación con la República, pero Lorca rechazó las ofertas y retornó a su tierra, adonde llegó el 14 de julio de 1936, tres días antes del alzamiento de Franco en Melilla. “Me voy a Granada y que sea lo que Dios quiera”, había dicho a su familia.

En Granada buscó refugio en casa del poeta Luis Rosales, donde –según creía- estaba más seguro, debido a que dos de sus hermanos, en los que confiaba, eran dirigentes falangistas. A pesar de ello, el 16 de agosto de 1936, se presentó una patrulla de la Guardia Civil para detenerlo. Se dice que el gobernador de Granada, José Valdés Guzmán, consultó con uno de los líderes del alzamiento, el temible teniente general Gonzalo Queipo de Llano, lo que debía hacer con Lorca. El militar respondió: “Dale café, mucho café”. Es decir, que lo pasara por las armas.

Dos días después, lo sacaron de su celda, le dieron el “paseo de la muerte” y lo ajusticiaron en un descampado. El régimen franquista nunca reconoció su implicación en el crimen. Aunque no existen datos precisos, se dice que fue fusilado en el camino Víznar-Alfacar. Su cuerpo permanece enterrado en una fosa común anónima en un paraje conocido como Fuente Grande, junto con otros tres compañeros de desdicha.

«Estoy persuadido de que Lorca está en el parque que lleva su nombre, a dos pasos de la acequia de Aynadamar, construida por los árabes en el siglo XI para trasladar agua a Granada. La palabra significa Fuente de las Lágrimas. Toda una profecía”, dijo su biógrafo, el historiador dublinés Ian Gibson.

Como el Rosales que lloraba por el perdón de Federico, uno de los periódicos del franquismo intentó un mea culpa. “El crimen fue en Granada; sin luz que iluminara ese cielo andaluz que ya posees. Los cien mil violines de la envidia se llevaron tu vida para siempre”, escribió Luis Hurtado Álvarez en Antorcha, un semanario falangista de Antequera, en marzo de 1937. Su director, el poeta y catedrático Nemesio Sabugo Gallego, pagó con la prisión su osadía.

(Dibujo de Marcos Loayza)

Página Siete – 17 de junio de 2018

La noche del Gato

Harold Olmos

Cuando Juan Carlos Salazar, conocido universalmente como El Gato, me pidió que presentara la obra que esta noche nos congrega, con mucha ingenuidad creí que no sería una tarea demasiado compleja. No fue así. Para abordar el tema con alguna seriedad, debí detenerme en casi todos los capítulos para escudriñar mis propias memorias y poder avanzar.

Antes de seguir, debo declarar que la vocación informativa nos une desde hace décadas, aunque nuestras rutas no siempre se cruzaron por mucho tiempo, sino durante algunos de los oasis que se forman durante las turbulencias a menudo asociadas a esta profesión.

A medida que fui leyendo el texto, reconocí que estaba ante retratos de la vida de toda una generación, quizá hasta de dos.

No dispongo del tiempo que me habría gustado tener para hablar de todo lo que esta obra requeriría. Haré solo referencias a algunos de los temas que mayor impresión me han causado en este conjunto de crónicas, muchas escritas a lo  largo de  la dilatada carrera del autor, que ahora las re-edita y les suma novedades inéditas.

La obra no es apenas una suma, es una suma enriquecida de crónicas hilvanadas cuidadosamente sobre sucesos que esculpieron la historia de estos años.

En primer lugar, quiero destacar que las semblanzas que nos presenta Juan Carlos Salazar forman una obra que no solo proyecta gran parte de nuestra vida contemporánea.

Se trata de historias que a muchos nos han tocado muy de cerca. Son un ramillete de textos bien escritos y mejor ensamblados como para servir de manuales en las redacciones de los diarios sobre cómo escribir de una manera atractiva y cautivante, un atributo de quien sabe competir con calidad en ambientes donde el buen uso del idioma y el buen criterio para jerarquizar la información son esenciales para mantenerse profesionalmente a flote y sobresalir.

El recorrido de Juan Carlos Salazar se introduce con un brochazo del genio de Enrique Arnal para pasar por acontecimientos de la historia reciente y desembocar en semblanzas que han dejado huellas profundas en nuestros días.

Con detalles poco conocidos, algunas de ellas son una invitación para obras mayores. El Gato ha lanzado el guante. Esperemos que haya muchos que lo recojan.

Es de esperarlo,  en un medio en el que los acontecimientos suelen sucederse a una velocidad tal,  que lo nuevo, a veces al día siguiente, se sobrepone a lo anterior, lo oculta y con frecuencia queda en el olvido,  son muy pocos los que recogen los escombros de la avalancha para reconstruirlos y explicarlos al público en perspectiva.

Quizá pocos sepan que en la casona de piedra y adobe de la paceñísima calle Sagárnaga, muy cerca de la Avenida Mariscal Santa Cruz, tomó forma final y estrenó Gracias a la Vida, de la chilena Violeta Parra, cuando bajo el embrujo de la Peña Naira, la canta-autora se reconcilió con el quenista (clarinetista) suizo Gilbert Favre.

El dato  está en la ¨apariencia¨ que escribe el autor sobre Pepe Ballón Sanjinés, el dueño y gestor de Peña Naira. ¿Alguien sabía que este personaje se llamaba Luis Alberto?  El Gato nos lo recuerda y lo describe como héroe anónimo, presencia inolvidable de los inviernos fríos y madrugadas desiertas de La Paz que, desde ese cenáculo del folklore, confirió universalidad a muchas tonadas tristes y alegres del folklore andino que peregrinan por el mundo.

Sus páginas nos llevan al inolvidable maestro de periodistas Luis Ramiro Beltrán, quien a los 18 años ya era un periodista pleno, con sus primeras armas ajustadas y pulidas en el venerable La Patria, de su Oruro natal.

De ahí nos  lleva a Héctor Borda Leaño, para entretener al  lector con anécdotas que volvieron al político socialista un orureño  universal, un personaje que, ya diputado, en gesto desesperado para detener la aprobación de un contrato que iba a entregar la explotación de una mina de zinc muy rica a capitales  privados, bajó al sótano del Palacio Legislativo y reventó los fusibles, dejando todos los ambientes sin luz hasta el día siguiente.

Las tribulaciones de la cochabambina Amalia Decker, quien, en su propio domicilio y a  los 15 años fue juramentada como discípula del ELN por Inti Peredo, están registradas aquí. Conocida en el mundo literario nacional  y extranjero,  hace un par de años estuvo en Santa Cruz para presentar su Mamá, cuéntame otra vez, la novela de su experiencia en las filas del ELN y su mutación hacia la social-democracia en las filas del MIR.

Nos dice Salazar que esta ex luchadora de fuste, decepcionada del que creyó que era ¨el paraíso socialista¨ de Cuba, ahora cree que la única herencia de Che Guevara es un ícono hermoso, de una de sus fotografías más conocidas. Nada más.

Ser corresponsal de una agencia internacional de noticias tiene ventajas que compensan el estar alejado de las realidades cotidianas del terruño.

Entre ellas, está la de conocer en carne y hueso a grandes protagonistas de la literatura universal, el arte, la religión y la  política. De los encuentros  periodísticos con Gabriel García Márquez, Juan Rulfo y Mario Vargas Llosa, el Gato nos entrega las crónicas que escribió en su tiempo y que acaparan páginas agradables de la obra que esta noche nos entrega, inclusive las crónicas sobre las visitas de Juan Pablo II a Cuba y México.

Merecen atención especial, sin la duda más mínima,  las páginas dedicadas a Gloria Ardaya, la combatiente heroica del MIR, que salvó la vida milagrosamente aquella tarde del 15 de enero de 1981, temblando aterrada debajo de un catre mientras esbirros del régimen militar asesinaban a los compañeros con los que había estado reunida.

Si tuviera que escribir una reseña periodística de la obra de Salazar, habría dicho al comenzar:  “La única sobreviviente de una masacre brutal hace casi 40 años, que segó la vida de ocho líderes políticos y multiplicó las angustias de vivir bajo un régimen de terror, ha anunciado que escribe sus memorias que incluirán detalles de la carnicería del 15 de enero de 1981 y las ambiguedades de su partido, que nunca contó al público ni a su militancia todo lo que llegó a saber”.

Las memorias de Gloria Ardaya traen de vuelta momentos que muchos querrían olvidar. Entre muchas otras cosas, pueden abrir heridas sobre actitudes de género en la sociedad política boliviana con discriminaciones aberrantes hacia las mujeres, que en esos tiempos y tal vez aún ahora tenían que quintuplicar esfuerzos para alcanzar el equivalente a un varón. El desarrollo informativo del tema y su profundización, corresponde a los medios nacionales pues lo que  hago esta noche es solo  una reseña de una obra que merece ser leída.

Un capítulo indispensable, que nunca fue abordado en nuestros medios, encierra pinceladas de la vida de un personaje del mundo periodístico, que se destacó por sus ocurrencias por donde quiera que pasó. Augusto Montesinos Hurtado fue un “periodista de alma” y un reportero en todo momento de su vida, como lo describió en una ocasión en Caracas una de las plumas más valiosas del periodismo argentino, Rogelio García Lupo, muerto hace un par de años.

La mención que de él hace Juan Carlos Salazar es tributo a este personaje (orureño, por supuesto) muerto en Cochabamba hace unos cinco años, que paseó sonriente y con holgura por muchas redacciones del continente. A las anécdotas que cuenta el Gato podrían agregarse muchas otras, incluso aquella cuando  detuvo el tráfico en una calle céntrica de Lima, para que el vehículo en el que estábamos pudiese pasar, interrumpiendo una ceremonia matrimonial en la que los novios, desconcertados, no sabían qué hacer.

Augusto los hizo entrar con prisa a un taxi que por allí pasaba.  Al conductor le impartió la instrucción de llevar a los novios al hotel más próximo. Apremiado por el bullicio de las bocinas del tránsito embotellado, el sorprendido conductor partió. Nunca se supo adónde llevó a los novios. Padrinos e  invitados tampoco.

Por  las páginas de estas semblanzas circulan decenas de nombres de periodistas. Antonio Miranda Soliz, Luis Gonzáles Quintanilla, los hermanos Víctor Hugo y René Carvajal, Eduardo Ascarrunz, Jesús Urzagasti (+), Juan León, Leticia Sainz, Sandra Aliaga, Ana María Campero (+), Alfonso Prudencio, Ramiro Cisneros (+), Walter Montenegro, José Luis Alcázar, Humberto Vacaflor. Creo que el etcétera tendría que ser largo, sin dejar de observar que los dos últimos, Alcázar y Vacaflor, pasean en la obra con frecuencia.

Hay al menos tres con crónicas destacadas en este ramo de apariencias. Son las semblanzas de José Gramunt de Moragas, el patriarca jesuita, fundador de Agencia de Noticias Fides, y alter ego del autor; de José “Chingo” Baldivia (+) y de Cayetano Llobet (+).

Estoy seguro que Baldivia,  colega del Gato en Radio Fides, con quien Alcázar escribió una obra a cuatro manos, es el inspirador de capítulos referidos a Chile, el país donde muchos periodistas compartieron segmentos de exilio.

Con 41 capítulos en los que puede encontrarse a Luis Espinal, Salvador Allende,  Víctor Paz Estenssoro, Eduardo Rodríguez Veltzé, Hernán Siles Zuazo en una secuencia apasionante para el retrato histórico de nuestro tiempo, Semejanzas es una obra indispensable  para quienes deseen estar informados sobre capítulos esenciales de la vida boliviana y de los personajes que cruzaron por el camino profesional de Gato Salazar.

Sin ninguna ironía, diría que se trata de una hazaña, en un medio donde, desde lo alto, se pregona que no leer en  libros es una virtud. Es, por cierto, un verdadero desafío.

Al comenzar y al concluir la lectura de Semejanzas uno no puede evadir cierta nostalgia por esos tiempos y dejarse invadir por el deseo de ponerse a tono con lo leído y tomar una copa de vino tino, del buen tarijeño,  una empanada y  quizá algún queso de Charagua.

(Texto leído en la presentación del libro Semejanzas en Santa Cruz de la Sierra, el 9de junio de 2018).