Juan Carlos Salazar presentó su libro de cuentos “Presagios”

Juan Carlos Salazar del Barrio, miembro de Número de la Academia Boliviana de la Lengua (ABL), presentó el martes 12 su nuevo libro de cuentos, “Presagios” (Plural), en acto realizado en el salón de la librería Plural.

Los comentarios estuvieron a cargo de la escritora y columnista Daniela Murialdo López, del escritor Rodrigo Urquiola Flores, reciente ganador del premio Eduardo Abaroa de cuento, y del director de la editorial Plural, José Antonio Quiroga.

Al acto asistieron los académicos España Villegas Pinto, directora de la ABL, Carlos D. Mesa Gisbert y H.C.F. Mansillla. También estuvieron presentes Florencia Ballivián y Robert Brockmann, miembros de la Academia de Historia, entre otros escritores y periodistas.

Salazar del Barrio es también autor del libro de cuentos “Figuraciones” (Plural, 2021), de las crónicas “A la guerra en taxi” (Plural, 2023) y de los libros de semblanzas “Semejanzas” (Plural, 2018) y “Genio y figura” (Plural, 2024), entre otros.

La Paz, 13 de mayo de 2026.

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Figuraciones y presagios de Juan Carlos Salazar

Rodrigo Urquiola Flores

En Figuraciones (Plural, 2021), el primer libro de cuentos de Juan Carlos Salazar, un escritor conocido sobre todo por su trabajo periodístico, se puede advertir el cuidadoso manejo de la prosa en sus construcciones narrativas: escritura elegante cuyo fuerte son unas descripciones más que fotográficas, pertenecientes, quizás, al rigor de la buena pintura paisajista, con esa delicadeza interpretativa en sus colores que una cámara no podría lograr. Más allá de estas cualidades técnicas, subyacen en estos relatos la nostalgia y la vocación de la lucha en contra de las injusticias del mundo, búsqueda tal vez romántica, quijotesca en el mejor de los casos.

En “Casilda”, el retrato de los descubrimientos de la infancia desemboca en una revelación: lo que el colectivo cree imaginario acaso puede ser real. Y es que el mito es otro de los grandes móviles de la narrativa de Salazar, algo que puede verse en otros cuentos destacados del libro como en “¿Acaso crees en Dios?”, en el que un no creyente es linchado al actuar de Jesús en una representación, o en “El espejo”, en el que otra suerte de Jesús del que también se venden poleras y disfraces, ya linchado, el Che, yace entre recuerdos, dolor e ideales, pero, sobre todo imágenes, sus últimas exhalaciones.

El camino adoptado en Presagios (Plural, 2026), más allá de las evoluciones en la forma –hay un monólogo, o cartas– es similar. Las historias están construidas en torno a alguna anécdota, pero, sobre todo, a imágenes que rodean a ese momento vital de los personajes. Muchas veces estas imágenes pueden ser librescas: versos o canciones que los personajes saben de memoria.

En “Almanaque”, la tapa naranja del Bristol es tan potente que puede sobreponerse al horror de la Guerra del Chaco a través de los recuerdos de un combatiente proveniente –desde mi perspectiva– de las clases altas que prefiere extraviarse en los laberintos de su propia memoria a buscar “inditas matacas”, como sus camaradas, para saciar el fuego de su instinto.

“Bolero” es un cuento que recorre la Zona Sur paceña a pie, desde Obrajes hasta Los Pinos, al son de la música y los recuerdos impregnados de nostalgia. Una conversación entre dos amigos que no se ven desde hace mucho tiempo y que terminará en una revelación fantasmal.

“El viejo Casiano” narra la historia de un viejo aymara –mágico, místico, insondable, mítico, siempre presente y al mismo tiempo de algún modo ausente, como las montañas que rodean a La Paz– capaz de ver, a través de los tiempos, cómo la historia se repite una y otra vez en esta atribulada ciudad.

En “Suplente”, retornamos a dos de los temas favoritos del autor: la guerrilla y la religión católica: un cura decide tomar el lugar de otro cuando irrumpe la bestialidad militar para sufrir en carne propia un castigo que no le corresponde. ¿Por qué lo hizo? ¿Para ser recordado como héroe o solo por culpa de un impulso accidental?

En “La bicha” el personaje principal es un animal silencioso, pero imponente, una gran vizcacha de siete kilos. Sucede en las minas, donde los cazadores de fortunas padecen hambre y sufrimientos hasta que la suerte les sonríe. Dos hombres –ciudadanos de un mismo país, pero pertenecientes a dos naciones condenadas a vivir en un mismo territorio– se aproximan a la veta. Uno, el que conoce mejor la tierra, huye. Queda el otro, que culpa a su empleado

de supersticioso, para encontrarse con su propia perdición bajo la atenta mirada de ese extraño animal que parece una presencia del inframundo más que una bestia.

“Legado” narra el descubrimiento de un tesoro. A la muerte del padre, el hijo ordena sus papeles en el sótano: una investigación a la que ha dedicado obsesiones y bastante tiempo. Unas cartas en español antiguo, con el inequívoco acento del conquistador, serán la gran revelación.

Quizás la frase que pueda describir el espíritu de los cuentos de Salazar y, asimismo, el leitmotiv de su poética es una que aparece en “El viejo Casiano”: “…el pasado es el prólogo del presente y epílogo del futuro”, porque de eso hablan estos cuentos, de cómo la historia no es otra cosa que un libro eterno del que todos somos partícipes con nuestros pequeños fragmentos de voces y que esas voces, acaso, no sean otra cosa que imágenes que se buscan recuperar en lo recóndito de la memoria, ese vasto universo donde todo lo que fue es posible.

(Texto leído en la presentación del libro de cuentos «Presagios»),

Ramona Cultural – 13 de mayo de 2026.

https://www.ramonacultural.com/contenido-r/figuraciones-y-presagios-de-juan-carlos-salazar/

Mina, bolero y amartelo: «Presagios» de don Gato

Liliana Carrillo V.*

Un aire a mina, bolero y amartelo tiene Presagios, el segundo libro de cuentos de Juan Carlos “Gato” Salazar. Tiene también vizcachas, almanaques Bristol, bibliotecas viejas y boleros tristes conspirando para probar que los periodistas pueden –y muchos deben– aventurarse en las lides literarias. Porque, al final, se trata de contar historias de éste o del otro lado del umbral.

En su segundo libro de ficción —Figuraciones (2021) fue el primero—, Salazar reafirma su estrategia de “llenar con imaginación un espacio que la historia dejó abierto”. Los seis relatos presentan personajes, contextos o datos reales y verificables en un mundo de ficción. Ir tras los hechos es labor de periodista, el oficio que don Gato ha ejercido durante décadas, y que penetra, como pocos, las pasiones del alma humana.

Dicho esto, y sin ánimo de espoilear, un repaso a los cuentos de Presagios (Plural, 2026)

Almanaque: Qué artefacto fino es este cuento que tiene como protagonista a un calendario famoso. “Ni el cura conocía tan bien el santoral como Don Bristol”, reflexiona Jacinto bordando su propia genealogía con el hilo de la luna y los planetas. Es un cuento entrañable, filosófico pero no moralista y signado por el amartelo por el abuelo que extrañaba tanto, aunque murió cuatro años antes que él naciera.

Bolero: Los reflectores apuntan a Raúl Shaw Moreno, la voz de Los Panchos, nada menos. Es La Paz de hace algunas décadas, una farra que se convierte en paseo y una charla que deriva en un duelo sobre boleros. De fondo —y a ratos en primer plano— boleritos, y alguna zamba infiltrada, para llorar malos amores. Por alto que esté el cielo en el mundo/ por hondo que sea el mar profundo/ no habrá una barrera en el mundo/ que mi amor profundo no rompa por ti. Nada diré de la vuelta de tuerca del final que cambia la dimensión del cuento.

El viejo Casiano: Un paseo por la historia de La Paz, guiado por los ojos de un viejo amauta. Entre calles de nombres recios, el narrador bosqueja el germen violento, desde sus orígenes, de esta ciudad de paradójico apellido. Qué bien logrado el juego de tiempos que se entretejen con la historia y los mitos. Doble mérito por las referencias, bien dosificadas, de hechos y fechas precisas.

Suplente: Puro ritmo, pura música, pura poesía en esta historia de curas del tercer mundo, jodida por la violencia. Hay en su narrador una veta poética grande que, intuyo, cada vez se resigna menos a no brillar.

La bicha: La terquedad de un hombre, ciego a las señales, que decide emprender una guerra solitaria contra las vizcachas que se han convertido en obstáculo para llegar a su veta. Esta historia de minas tiene la ambientación y el ritmo precisos. Rozando el género de lo fantástico, presenta personajes complejos, contradictorios, entrañables (hasta las bichas).

El Legado: Poderoso cuento, el más literario del libro, acaso. Ordenando el desván de su difunto padre, un hombre descubre una serie de documentos y libros antiguos que revelan la obsesión de su progenitor por desentrañar el paradero de Mateo Garvizu, un minero español del siglo XIX que desapareció tras hallar una veta de oro en el altiplano. A través de la lectura de una carta perdida y la bitácora de investigación de su padre, el protagonista habrá de coser presagios para descubrir su legado. El cuento intercala registros en tres planos temporales, construye personajes profundos y melancólicos y estalla en descripciones.

“Hay presentimientos que son/ como el rumor del viento/ antes de la tempestad”, escribió Gustavo Adolfo Bécquer. No es el caso de los cuentos de Presagios, que llegan con augurios de buena literatura.

*Liliana Carrillo V. es periodista.

https://movidadealtura.com/textual/mina-bolero-y-amartelo-presagios-de-don-gato/?fbclid=IwY2xjawRvLVpleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEeugBQaHxwNexjh18BMG30ukvEK2QbnzDAdCfXN2KC131yHHuBiu4myJtn-AY_aem_Sd5o–Vl8hwVmAODALF0eg&brid=YWdncwErPVz1lLEHJ7alQcDIioSp

Ecos y huellas en los «Presagios» de Juan Carlos Salazar

Carlos Decker-Molina

Son seis cuentos que, paradójicamente, dejan al lector con la sensación de querer más. Juan Carlos Salazar del Barrio, periodista devenido en escritor, cultiva una prosa clara, sin afectaciones ni pertenencias a capillas literarias. Su escritura fluye con naturalidad, pero no por ello carece de densidad: posee una notable fortaleza semántica.

Hay frases que lo confirman: “El pasado es prólogo del presente y epílogo del futuro”, o “venciste de muerto sin conocer tu propia victoria”. O aún más desgarradora: “mis labios, convertidos en trapos por el miedo”.

Tras la lectura de los seis cuentos que componen Presagios (Plural 2026), emergen filiaciones literarias que no pesan como sombra, sino que enriquecen la obra. En “Legado”, por ejemplo, se percibe la huella de Borges en su concepción del tiempo como una estructura no lineal: recordar es también prefigurar. El presagio, en ese sentido, adquiere una dimensión filosófica.

En “Suplente”, en cambio, aparece el eco de García Márquez, sobre todo en la idea del destino anunciado, inevitable, que avanza como una profecía ya escrita. Y junto a ellos se asoman otras presencias: Faulkner, con su fatalidad donde el pasado irrumpe y determina; y Chéjov, en la insinuación sutil del porvenir, en aquello que no se dice, pero se presiente.

También se percibe la influencia de Cortázar, especialmente en “El viejo Casiano”, donde el lector avanza entre recuerdos aparentemente cotidianos que, de pronto, revelan –de manera poética– el destino de un país. Aquí, el presagio se vuelve inquietante por su cercanía con la historia.

De los seis cuentos, hay tres que me resultan particularmente entrañables: “Almanaque”, “Bolero” y “La Bicha”.

En “Almanaque” aparece mi propia infancia: mi abuelo comprando cada enero el Almanaque Bristol para intentar descifrar el año por venir. Ese objeto —casi mágico— ha recorrido la literatura latinoamericana: García Márquez lo menciona en La hojarasca y, si la memoria no me falla, también en El amor en los tiempos del cólera; Miguel Ángel Asturias lo incorpora en Mulata de tal. El cuento sugiere algo inquietante: el futuro ya está contenido en el pasado. Basta hojear el Bristol del año anterior y compararlo con el nuevo para descubrir que los presagios, en realidad, siempre estuvieron ahí.

“Bolero” es, quizá, mi favorito, también por una coincidencia personal. Hace años escribí un libreto de radioteatro titulado Cuando ya no estés conmigo, basado en boleros como Bésame mucho, Sabor a mí, Piensa en mí e Historia de un amor. Nunca llegó a grabarse. Sin embargo, en una de esas limpiezas periódicas de papeles, encontré el texto y, tras compartirlo con un amigo, surgió la idea de llevarlo a un café concert.

Esta misma semana nos reunimos con una cantante sueca-latina y un grupo de artistas para hacerlo realidad. La coincidencia con el cuento de Salazar es inevitable, aunque mi intento queda empequeñecido frente a la construcción literaria de Bolero: allí, el presagio es fantasmal, y no existe una frontera clara entre pasado y futuro; todo es memoria que sigue respirando.

Finalmente, “La Bicha”. En sus páginas reconocí escenas que podrían pertenecer a mi propia vida: las salidas de caza con mi padre en las alturas del Tunari, el despuntar del sol, la espera contenida, la aparición del animal que observa, huele, duda y regresa a su guarida, como si anunciara lo inevitable. Aquí la comparación con Faulkner resulta inevitable: el presagio es trágico, el pasado invade el presente y lo condiciona.

Presagios, de Juan Carlos Salazar del Barrio –entrañablemente conocido como “Gato”–, es un libro que no se lee una sola vez. Cada relectura abre nuevas capas: el presagio puede ser emocional, trágico o fantasmal. Y, en ese proceso, el lector termina reconociéndose en el texto, como si el libro también hubiera sido escrito por él.

Es, en definitiva, un libro para quedarse. Su permanencia radica en su atmósfera. Porque, en el fondo, todos compartimos la misma inquietud: saber qué ocurrirá mañana. De ahí nuestra antigua obsesión por leer el futuro, ya sea en un almanaque, en los sueños o en las hojas de coca.

Estocolmo, Marzo de 2026.-