Jaime Saenz, el poeta maldito con alma de niño

Quienes lo conocieron lo tenían por un tipo raro. Con la barba negra, larga y desordenada, casi desdentado y unas horribles gafas culo de botella montadas en carey, tenía un aspecto hosco, huraño, a tono con su fama de poeta maldito. La periodista argentina Leila Guerriero lo incluyó en su libro Los malditos, por su obra y estilo de vida. Sin embargo, escarbando en los pliegues de su personalidad, Paulovich (Alfonso Prudencio Claure) encontró que tenía alma de niño.

Nadie captó mejor la expresión de Jaime Saenz, el poeta del misterio, el alcohol y la muerte, que el periodista, escritor y fotógrafo Alfonso Gumucio. En una foto muy difundida, lo retrató con un poncho de vicuña sobre los hombros, la cabeza embutida en un lluchu, una barba desprolija a lo Rasputín, las cejas levantadas en punta y una mirada de malos presagios, lúgubre, un tanto siniestra, con la imponente imagen del Illimani como telón de fondo.

Y nadie lo describió mejor que el periodista y humorista Paulovich, como un “ángel caído”, “pariente de Kafka”, un “Adán absorto que comió el árbol del Bien y del Mal, sin saber que era pecado”, en una entrevista para su serie de semblanzas, Apariencias (Difusión 1967), publicadas inicialmente en Presencia Literaria.

“¡No hablo con periodistas!”, gruñó como toda respuesta cuando le propuse una entrevista por esa misma época. Lo encontré una mañana soleada vagando por la Plaza Uyuni de Miraflores, algo raro en él, porque, como era su costumbre, trabajaba de noche y dormía de día. Vivía -como solía decir- “entre la vigilia y el sueño, entre la vida y la muerte”, a causa del alcoholismo.

Era de estatura mediana, un tanto desgarbado y andar lento. Por entonces no llevaba barba, sino un bigote ancho y tupido, que le cubría el labio superior; unas entradas profundas insinuaban una inminente calvicie; la  cabellera, fina y negra retinta, cubría su nuca y cuello con el desorden de siempre. Llevaba una chalina por único abrigo, ajeno al rigor del frío invernal.

Así, con esa pinta de bolerista de medio pelo, aparece en el dibujo que realizó el poeta –y también dibujante– Pedro Shimose para la entrevista de Paulovich en Apariencias. 

No sé si por razones de principio o por simple pose, lo cierto es que era reacio a las entrevistas periodísticas. Las que concedió a Paulovich, a mediados de los 60, y a Gumucio, que la publicó en 1973 y la incluyó en su libro Provocaciones (Plural, 2006), son verdaderas excepciones, por su amplitud y profundidad.

Gumucio lo visitaba con cierta frecuencia en su casa de Miraflores, al final de la Saavedra y al comienzo de la Avenida de Los Leones, donde vivía con su famosa tía Esther, personaje de algunas de sus obras. “Conmigo era muy amable y abierto, nunca puso reparos, siempre me recibía con agrado”, recordó. Precisamente le tomó la emblemática foto en el balcón de esa casa, un verdadero mirador del sur de la ciudad. Paulovich no la tuvo tan fácil. Debió apelar a un amigo común para convencerlo.

No dejaba de ser extraña su aversión a la prensa puesto que él mismo había ejercido el periodismo –tal vez por eso mismo– en su juventud. Se inició como encargado del archivo de fotos de La Razón, trabajó como redactor del diario La República y de la agencia inglesa de noticias Reuters y fue jefe del departamento de prensa de la Embajada de Estados Unidos durante diez años, en plena Segunda Guerra Mundial, antes de abandonar el oficio para dedicarse al quehacer literario.

El poeta y periodista Jorge Suárez, director del diario Jornada de La Paz, se empeñó en tenerlo como crítico de arte a mediados de los 60. En esa condición lo envió a la inauguración de una exposición de Luis Zilveti en la Galería Naira. “Llegó con su papelito y su pluma para tomar notas de lo que veía y de lo que hablamos”, recordó Zilveti. “Cuando le dije que los personajes que pintaba dejaban de vivir para vivir de otro modo, como elementos abstractos, colores y formas –prosiguió–, Jaime lanzó unos truculentos: ¡Magníficoooo! ¡Sensacional!”. La experiencia terminó ahí. Zilveti no supo nada más de él, porque nunca  entregó la crítica al periódico ni escribió nada en ninguna parte.

Hijo de Genaro Saenz Rivero y Graciela Guzmán Lazarte, nació, vivió y murió en La Paz (1921-1986). Escribió poesía, novela y cuento e ilustró su obra con sus propios dibujos, porque, además, era un talentoso dibujante. Habitante de la noche paceña, alcohólico y marginado, hizo de los barrios marginales de la ciudad su hábitat, vital y literario. Para muchos críticos, es uno de los mejores escritores bolivianos del siglo XX.

Dos de sus obras más emblemáticas, la novela Felipe Delgado y el libro de crónicas urbana Imágenes paceñas, cumplieron en 1979 el 40 aniversario de su publicación. Antes publicó los poemarios El escalpelo (1955), Muerte por el tacto (1957), Aniversario de una visión (1960), Visitante profundo (1964) y Obra poética (1975), entre otros. Son posteriores los poemarios La noche (1984) y La piedra imán (1989), el ensayo El Aparapita (1972), la novela Los papeles de Narciso Lima Achá (1992) y los cuentos y relatos Los cuartos (1985), Vidas y muertes (1986) y Tocnolencias (2010). Siempre escribió a mano, nunca a máquina.

A Paulovich le sorprendió el “mundo mágico y surrealista, oscuro y a la vez iluminado”, el “mundo de ensueños y pesadillas, de vigilia y de sed”, que encontró en ese rincón de Miraflores, en la “última habitación de un castillo de Kafka”, donde Saenz vivía la “metamorfosis” de su proceso creativo.

En ese mundo extraño de cuatro paredes vio un telescopio, un fonógrafo antiguo, muñecas, diversos artefactos mecánicos, relojes a cuerda –era relojero aficionado–,  grabados de todo tipo, fotos de personajes históricos y los retratos que le hicieron dos pintores amigos, Agnés y Enrique Arnal. Un “cuarto de viejita”, como lo describió el periodista, pero un “cuarto de viejita” que tenía en un sitio privilegiado la cruz gamada de Adolfo Hitler con una corona de laureles.

Saenz viajó a Alemania a fines de 1938 con una delegación de 25 jóvenes bolivianos, invitados por el Gobierno alemán. ¿Siente admiración por Hitler?, quiso saber Paulovich. “Sí, estuve en Alemania en 1938, allí le conocí…”, respondió. ¿Cree en el superhombre?, preguntó el periodista. “Sí, creo en él, pero no como fruto de una aparición súbita, sino en virtud de un largo proceso educativo y social”, contestó el poeta. Saenz creía en la fuerza de la raza aymara.

Los críticos suelen relativizar su simpatía por Hitler. Según el escritor Edmundo Paz Soldán, a Saenz “lo fascinaba el lado mágico, místico del nazismo”. Para el poeta Leonardo García Pabón, la atracción por el nacional socialismo alemán “fue más bien un rechazo a la sociedad burguesa moderna y una exaltación de lo irracional y lo esotérico como métodos de conocimiento del mundo”, una admiración “más cerca de la magia que de la política”.

Paulovich se sintió impresionado por el personaje, a quien describió como un hombre de “ternura desbordante” y ojos buenos, “un poeta de expresión lánguida y bondadosa”, enamorado de la música de Bach, Brahms, Bruckner y Adrián Patiño.  “Alma de niño en un poeta maldito, ángel caído, echado de este infierno terrenal y habitante de paraísos artificiales,  Adán absorto que comió el árbol del Bien y del Mal, sin saber que era pecado”, escribió, casi con mayúscula.

Saenz retornó de Alemania en 1939 para trabajar en los ministerios de Defensa y Hacienda y dedicarse posteriormente al periodismo. Se dice que combatió en la Revolución del 9 de abril de 1952 y que incluso trabajó para el servicio secreto. Tuvo dos hijos con la alemana Erika Kessberg. El primero murió a los pocos días de nacido, y a la segunda se la llevó su madre de regreso a Alemania a causa del alcoholismo de su padre.

El poeta comenzó a beber a los 15 años y a los 20 ya era alcohólico. A Paulovich le contó que sufrió delírium trémens en  dos ocasiones. “En ese estado, ya no hay sentido de tiempo ni espacio, sólo un frío terrible y unas visiones terroríficas y unas alucinaciones espantosas”, le dijo. Soñaba que era una sardina metida en una lata, que sus parientes lo buscaban desesperadamente, pero que él no podía avisarles  en que lata se encontraba para que lo rescataran.

El alcohol y la muerte marcaron su existencia. Felipe Delgado, su alter ego en la novela homónima, reflexiona: “¡Oh alcohol de mis amores, cuchillo de doble filo, beber de ti ya no quiero!”. Fue para él “la experiencia más dolorosa, la más triste y aterradora” de su vida, como escribió en La noche.

En La piedra imán, pone en boca de su tía: “Ya pareces un degenerado bebiendo día y noche en esa bodega, metido ahí, con los matones y los rateros. Tus gritos se oyen hasta la plaza y no trabajas ni haces nada, y tu vida es beber y beber…”.

La fascinación por la muerte lo llevó a visitar la morgue en varias ocasiones, no por morbo, como dice Paz Soldán, sino por un “interés metafísico”. La muerte estaba presente en  sus pensamientos y pesadillas. “Qué tendrá que ver el vivir con la vida; una cosa es el vivir, y la vida es otra cosa./ Vida y muerte son una y misma cosa”, escribió en su Obra poética. Esa obsesión quedó plasmada en la exposición de 21 dibujos de calaveras que presentó en La Paz en 1967.

Sus amigos contaban que en las tertulias de su cuarto de Miraflores practicaba el ocultismo y la magia negra. Según García Pabón, de las experiencias poéticas y mágicas, donde se  mezclaba “lo maravilloso y lo tenebroso”, nació el mito del Saenz “amigo de lo oscuro y de la magia, el iniciado y el alquimista”.

A Gumucio le dijo que creía en una “fuerza superior”, una suerte de divinidad, que él llamaba El Misterio. “Yo creo en el misterio, el misterio no develado. Puede ser Dios. Yo no soy católico ni cristiano, pero creo en Dios a mi manera. Hay una fuerza superior. El universo es una expresión, una forma de fuerza divina… Mediante la poesía yo me siento en relación con esa fuerza divina”, declaró. Quería morir de un balazo en el paladar, con un proyectil calibre 38, porque “eso no falla”, según le confió a Paulovich, pero murió alcohólico. Era  otra forma de suicidio.

(Dibujo de Luis Zilveti)

Página Siete – 6 de enero de 2019

«Kimo» Escalante, Baldor y «Pete, El Gorras»

Aunque usted no lo crea, como diría Ripley, había jóvenes que adoraban el álgebra  de Baldor, un libro de pesadilla que marcó la vida de varias generaciones de estudiantes. Y no era precisamente por el barbón de turbante de su portada, que muchos creíamos que era el autor, el Señor Baldor, sino por un joven maestro de matemáticas que se empeñaba en hacer de las fracciones algebraicas, las ecuaciones, los logaritmos, los binomios y trinomios una verdadera diversión.

Lo hacía con pedagogía, pero sobre todo con mucho humor. “El que sabe, sabe; el que no sabe, es… tronguista”, recriminaba a sus alumnos. Obviamente, era bolivarista, pero también, como todo matemático, filósofo. Y en su caso, cultor de la filosofía popular, la que viene envuelta en el celofán del bolero de moda. “A ver, Pepito, el hijo del pueblo, el hombre que supo amar… ¡Cero!”, sentenciaba al comunicar una mala nota, parafraseando a El plebeyo de Los Panchos. Al fin y al cabo, como dijo alguna vez Albert Einstein, “las matemáticas puras son, en su forma, la poesía de las ideas lógicas”. Y para El Profe la poesía tomaba forma en la música.

Jaime Alfonso Escalante Gutiérrez  (1930-2010), El Profe, ya era famoso entre los estudiantes del San Calixto y el Bolívar cuando emigró a Estados Unidos, en 1964, antes de que Edward James Olmos lo interpretara en el cine. Sus exalumnos lo recuerdan con veneración. Es el culto a Escalante. Víctor Pity Bretel  Bibus, perteneciente a la última generación del San Calixto que lo tuvo como maestro (1963), dice que “tenía un arte especial para hacerte gustar el álgebra de Baldor”.

Todo un milagro, teniendo en cuenta que el clásico del cubano Aurelio Ángel Baldor de la Vega, publicado por primera vez en 1941, destrozó la vida de varias generaciones de adolescentes latinoamericanos. Por entonces no sabíamos que el hombre del turbante era el matemático, astrónomo y geógrafo persa Al-Juarismi (780-850), Padre del Álgebra, a cuyo nombre debemos palabras tales como guarismo, algoritmo y también álgebra. Su mirada daba miedo, pero el contenido del  libro con sus 5.790 ejercicios infundía terror. Baldor, para muchos, era sinónimo de tormento. Para muchos, pero no para los alumnos del maestro boliviano.

Escalante no llegó a conocer a Marcus Peter Francis du Sautoy, el joven profesor de matemáticas de la Universidad de Oxford que ganó popularidad por una serie de televisión sobre el significado de los números, pero hubiese coincidido con él cuando dijo que “las matemáticas tienen belleza y romance” y que “el mundo de las matemáticas no es un lugar aburrido”. Escalante no sólo se instalaba en ese “lugar extraordinario” de las fórmulas de las X  y las Y, sino que transportaba a sus estudiantes hasta ese sitio supuestamente mágico y los convencía de que “las matemáticas –en palabras de Galileo Galilei– son el alfabeto con el que  Dios ha escrito el Universo”.

Nacido en La Paz el 31 de diciembre de 1930, era el segundo de cinco hijos de dos maestros de escuela, Zenovio Escalante Rodríguez y María Sarah Gutiérrez Valle. Normalista, enseñó física y matemáticas durante 12 años, hasta su partida a Estados Unidos, en 1962, por un año, invitado por la NASA. “Regresó en 1963, pero para preparar su partida definitiva, en 1964, en busca de mejores oportunidades laborales y profesionales”, según recuerda Bretel Bibus, quien siguió de cerca su trayectoria.

Tras una breve estancia en la Universidad de Puerto Rico, donde inició su preparación en matemáticas, emigró a California. Debido a que no dominaba el inglés y que sus títulos no eran válidos para ejercer la docencia, se vio obligado a estudiar durante las noches en el Pasadena City College, donde obtuvo un grado técnico en Electrónica, y posteriormente en la Universidad Estatal de California, en Los Ángeles, donde se tituló en Matemáticas. Fue alumno del conocido matemático estadounidense Louis Leithold.

Con esas credenciales, en 1974 comenzó a impartir clases en la Escuela Preparatoria Garfield, ubicada en un suburbio pobre de Los Ángeles. Desalentado por la deficiente preparación de sus estudiantes, estuvo a punto de renunciar al trabajo. “Mi primer año como maestro fue absolutamente frustrante. Tenía la sensación de que no había hecho mi tarea cuando en el examen final vi que mis alumnos eran débiles a la hora de hacer fracciones y yo me decía a mí mismo: lo arruinaste, hombre”, relató en una ocasión.

No sólo era un problema de formación, sino que tuvo que lidiar con muchachos provenientes de familias golpeadas por la marginación, la drogadicción y la violencia. Pero Kimo, como lo conocían sus alumnos, el “amigo personal” de Pitágoras   (“Pete, El Gorras”), como solía presumir ante ellos, hizo el milagro de lograr que sus alumnos aprobaran la prueba de nivel avanzado de cálculo para acceder a la universidad en Estados Unidos.

“Yo no fabrico talentos, yo los descubro, y los talentos vienen en toda la gama de colores; en cualquier escuela, en cualquier lugar tú puedes encontrar talento; descubrir eso es lo que me hace sentir grandioso”, declaró en una ocasión a un canal estadounidense de televisión.

Su vida inspiró al escritor Jay Mathews para escribir el libro The Best Teacher in America, publicado en 1988, que a su vez sirvió de base para la película Con ganas de triunfar, interpretada por Edward James Olmos en el papel de Escalante. El presidente Ronald Reagan  le concedió la Medalla Presidencial a la Excelencia en Educación (1988) y cuatro universidades estadounidenses le otorgaron el título de Doctor Honoris Causa.

Escalante describió a la película que le hizo famoso como “un 90 por ciento verdad y un 10 por ciento de drama”, pero lo cierto es que muy pocos de sus alumnos vieron en Olmos al Profe que los “llokalleaba” en clases cuando no sabían la lección  (“A ver llokallas, el que sabe, sabe; el que no sabe, ¡empleado público!”…) o al líder que buscaba infundir en sus alumnos la confianza en sí mismos: “¡Ustedes han entrado al Sanca (San Calixto), pero el Sanca no ha entrado en ustedes!”.

A pesar del éxito de su programa de cálculo, el maestro se enfrentó a duros cuestionamientos de la junta directiva del Garfield a raíz de diferencias administrativas y laborales, como el número de alumnos por aula que excedía, debido al interés escolar, al máximo de 35 por clase, lo que le ganó críticas de sus colegas.

Se dice que incluso recibía amenazas anónimas. En 1991, el número de estudiantes que presentaban exámenes avanzados en matemáticas llegó a 570. Ese mismo año, alegando “motivos políticos y personales”, renunció al colegio, pero encontró trabajo en el Sistema Escolar de Sacramento.

Escalante falleció el 30 de marzo de 2010, a los 79 años, víctima de un cáncer a la vejiga. Su amigo Edward James Olmos lo acompañó hasta el final de sus días. “No cuentes cuántas veces estás en el piso, mejor toma nota de cuántas veces de levantas”, dice Olmos que recomendaba a quienes acudían a visitarlo en  su lecho de enfermo.

(Dibujo de Marcos Loayza)

Página Siete – 16 de diciembre de 2018

Morir de amor, con Charles Aznavour

Decía de sí mismo que era un hombre “poéticamente incorrecto”. Y era cierto. Quién, si no él, pudo convertir en poema el nombre de una mujer a fuerza de repetirlo treinta veces en la brevedad de una balada: Isabelle. O llegar a convencer a medio mundo de lo triste y sola que quedaría Venecia sin él. O hacer morir de amor a varias generaciones de admiradores.

También se decía “políticamente incorrecto”. Y lo era, como lo demostró al escribir –y cantar– sobre la homosexualidad (Comme ils disent), cuando nadie se atrevía a hacerlo. Rompía moldes y tabúes, porque a Charles Aznavour, el “embajador de la chanson francesa”, le gustaba “escribir lo que los demás no escriben”, sobre “las cosas que la gente piensa y no sabe expresar”, porque, como él mismo decía, era alguien que “cantaba letras”.

Cuando subió por primera vez a un escenario, todavía veinteañero, nadie daba un centavo por él, ni siquiera porque iba de la mano de Édith Piaf. De apenas 1,60 metros de estatura, poco agraciado y con una voz nada excepcional, llamaba la atención por sus camisas estampadas, cuajadas de floripondios, más que por sus dotes artísticas. Se diría que no había nacido para triunfar, pero trabajó duro, como un artesano. Se hizo a pulmón, primero como compositor y después como actor y cantante.

Nació en París el 22 de mayo de 1924 en el seno de una familia de emigrantes armenios que abandonaron su tierra natal durante el genocidio turco (1915-23). Fue registrado al nacer como Shahnourh Varinag Aznavourián Baghdassarian.  Supo que debía cambiar de nombre cuando sus compañeros de la escuela comenzaron a preguntarle: “Shahnourh… ¿qué?”.  Con los años y la popularidad, pasó a ser conocido simplemente como Charles Aznavoice.

Permaneció activo hasta los 94 años, cuando falleció, con más de 75 años en la cima de la popularidad. A su muerte, el 1 de octubre pasado, dejó más de 1.400 canciones grabadas -800 de ellas compuestas por él mismo-, casi 300 discos publicados en varios idiomas y más de 100 millones de álbumes vendidos. Actuó en más de 60 películas.

En 1962 visitó fugazmente Bolivia para filmar algunas escenas de La rata de América, del realizador francés Gabriel Albicocco, pero su presencia pasó desapercibida para el público y la prensa. Aunque ya había publicado una decena de discos en francés y participado en una veintena de películas, su nombre era poco conocido en América Latina. De hecho, su primer álbum en español, salió tres años después.

Como recuerda Alfonso Gumucio Dagron (Historia del cine boliviano), la prensa reparó únicamente en Albicocco, “una de las promesas del nuevo cine francés”, y la coprotagonista del filme, la actriz y cantante Marie Laforét. En una entrevista con la revista Nova de La Paz, cuya sección de cine estaba a cargo de Jorge Ruiz y Augusto Roca, Albicocco reveló que Aznavour aportó 100 mil de los 600 mil dólares que demandó la producción. La cinta representó a Francia en el Festival de Cannes en 1963.

Aznavour debutó en el cine como extra en 1936 con La Guerre des gosses, pero en realidad inició su carrera diez años después con Goodbye Darling (1946). A partir de 1957, llegó a filmar hasta tres películas por año, entre las cuales figuran Disparen sobre el pianista, de François Truffaut (1960); El tambor de hojalata, de Volker Schlöndorff (1979), y La montaña mágica, de Hans W. Geißendörfer (1982), entre las más notables. Los críticos elogiaban sus dotes interpretativas, pero él se consideraba un actor discreto.

Se inició en la música en 1941 con Pierre Roche, con quien no sólo compuso varias canciones, sino que formó un dúo. Solían actuar en la primera parte de los conciertos de Édith Piaf, de quien se hizo amigo inseparable (“Fui su amigo, nunca su amante”, decía a quien le quería oír). Escribió canciones para la Piaf (Jézébel) y Juliette Gréco (Je hais les dimanches), entre otros.

Tuvo muchas dificultades para lanzarse como solista. Lo suyo no era la interpretación. Los críticos elogiaban la suavidad de sus tonos y la melancolía de sus canciones, pero no aprobaban su voz. Le daban palo. No sólo críticos y periodistas. También sus colegas, como Yves Montand. 

“Fui muy criticado en mis comienzos, dijeron de todo sobre mí, cosas horribles. Nunca respondí. Seguí. Sólo podía seguir. Yo no soy Julio Iglesias. Físicamente no soy como él. Así que tuve que buscar otra cosa, otro lugar para mí”, confió en una ocasión.

Según la popular guía La chanson française pour les nuls (La canción francesa para negados), “en la vida, siempre hay un momento que se parece a una canción de Aznavour”. Y el cantante le daba la razón: “En mis canciones todo el mundo se puede reconocer. ¿Cómo? No es difícil: escucho a la gente, veo la televisión, estoy al corriente de lo que pasa, y elijo un tema. En mis discos reflejo la sociedad”.

Tenía la capacidad de resumir en una letra los dramas cotidianos de la gente común. “En una canción se puede decir de todo, a condición de que se sea sincero, esté bien escrita y no sea vulgar”, declaró en una ocasión. Así lo hizo a lo largo de su carrera, cantar con pasión y sinceridad. Como dijo Maurice Chevalier, Aznavour fue “el primero en cantar al amor, como se siente, como se hace, como se sufre”.

“Morir de amor/ Es morir solo en la oscuridad/ Cara a cara con la soledad/ Sin poder implorar clemencia ni piedad”, canta en Morir de amor; “Quédate junto a mí,/ Pero así, como estás,/ Sin reír, sin hablar,/ Y sentir nada más/ Que el calor de tu amor”, implora en Quédate;  “Debes saber/ que en esta angustia/ la dignidad hay que salvar/ aunque el dolor te sobrecoja/ debes marchar y no volver”, se da valor en Debes saber: “De quererte así con mi alma y mi voz/ hasta olvidar el nombre de Dios/ para no nombrar más que el de mi amor/ qué me quedará de quererte así”, admite en Quererte así.

Pero su fama la debe a una decena de baladas inmortales, como La bohemia, Venecia sin ti, La mamma, Buen aniversario, Como ellos dicen,  Los comediantes y Forme, formidable, entre otras, donde habla del primer amor, la decepción, la infidelidad, los celos y el desamor.

En uno de sus últimos conciertos, en Barcelona, con 90 años recién cumplidos, admitió que estuvo a punto de suspender la actuación porque no se sentía bien. “Sólo quedaban dos soluciones: no cantar o morir sobre el escenario. Así que he decidido morirme esta noche en una ciudad que amo mucho”, bromeó.  

Vestido con un elegante traje negro y sus tradicionales calcetines y tirantes rojos, subió por última vez al escenario el 19 de septiembre de 2018 en Osaka, dos semanas antes de su partida. Lo hizo apoyado en un bastón, un tanto fatigado, pero aún así ensayó unos pasos de baile que arrancaron el aplauso del público, para irse como él quería.

(Dibujo de Marcos Loayza)

Página Siete – 18 de noviembre de 2018

Robert Redford, “el tupiceño”

“¿El Redford…?”, devuelve la pregunta el viejo Manuel, dándose tiempo. “Dicen que se sentaba en ese banco, frente a la iglesia… Que iba al mercado a comer tamales…”, agrega con su sonrisa desdentada.

Habla de “el Redford” con la misma naturalidad con la que se refiere a cualquier vecino. Para algunos tupiceños, Robert Redford y Paul Newman son casi paisanos, porque creen que se paseaban por las calles del pueblo cuando filmaban la historia de Butch Cassidy y Sundance Kid, los bandoleros estadounidenses que trajinaron por Tupiza y encontraron la muerte en San Vicente, “aquicito nomás”, a principios del siglo pasado.

Más de un tupiceño se alegró cuando leyó en un periódico que Redford había emprendido una campaña para “proteger los paisajes en los que rodó la película”. Pero la noticia no se refería a Tupiza, ni siquiera a San Vicente, un pueblo que se está cayendo a pedazos, sino al verdadero escenario del rodaje, el Parque Nacional Canyonlands de Utha, amenazado por la explotación petrolera.

Lo cierto es que “el Redford” nunca estuvo en Tupiza ni habló de Tupiza. Tampoco Newman, porque la famosa cinta Dos hombres y un destino (1969) se filmó en México y en Tierra de Cañones (Canyonlands), cuyos cerros colorados son parecidos a los tupiceños.

Pero, como solía decir un galán del cine mexicano, eso “no tiene la menor importancia”, porque si el mito existe y la gente lo cree, la verdad sale sobrando. Al fin y al cabo, Butch/Paul y Sundance/Robert hicieron de Tupiza un atractivo turístico al dar a conocer mundialmente la leyenda de los forajidos.

Desde Tupiza parten excursiones diarias a San Vicente, cuya población recibe a los visitantes –en su mayoría extranjeros– con un pintoresco letrero: “Aquí descansan los restos de Butch Cassidy y Sundance Kid”.

Cuando se estrenó Dos hombres y un destino en el Cine 7 de Noviembre, “el Redford” no era muy conocido en Tupiza –tampoco en el resto del mundo–, pese al éxito de La rebelde, la cinta que filmó con Natalie Wood, y La jauría humana, la que rodó con Marlon Brando, Angie Dickinson y Jane Fonda, ambas en 1966. Un año después volvió a trabajar con la Fonda en Descalzos por el parque, que lo consagró como el sex symbol del momento. Pero, en realidad, debe su popularidad a Dos hombres y un destino y a El golpe (1973), también en pareja con Newman.

Charles Robert Redford Jr. nació el 18 de agosto de 1936 en Santa Mónica, Los Ángeles, en el seno de una familia católica de origen irlandés. Martha, su madre era ama de casa, y Charles, su padre, lechero. Se crió en uno de los barrios broncos de Los Ángeles. Su biografía oficial lo pinta como un niño rebelde, aficionado al dibujo y proclive a inventar y contar historias.

A la muerte de su madre, en 1955, abandonó los estudios y se fue a Europa para probar suerte como artista, oficio al que le había tomado afición en su época de escolar. No fue una buena experiencia. Volvió desilusionado. Lo único que le dejó la vida de bohemia en Francia e Italia fue la afición por el alcohol.

Poco tiempo después conoció a Lola van Wagenen, con quien estableció una larga relación. Gracias a ella dejó de beber y se inscribió en el Pratt Institute de Nueva York para estudiar arte e interpretación.

En 1958 nació su primer hijo, Scott, quien falleció meses después. Uno de sus profesores le consiguió en ese mismo año un pequeño papel en Broadway, y en 1960 comenzó a trabajar para la televisión en Playhouse 90 y, a continuación y casi sin parar, en Perry Mason, Alfred Hitchcock presenta y La dimensión desconocida , las series más populares de su época. Su padre, un empleado de la petrolera Standard Oil, hubiese preferido verlo en algo más estable: “¿Por qué no te buscas un trabajo de verdad?”, le dijo en una ocasión. Para entonces ya era todo un jefe de familia, tras el advenimiento de su hija Shawna y su hijo David James.

En 1961 triunfó con la obra teatral Sunday in New York y se convirtió en una estrella con Descalzos por el parque. Un año después protagonizó su primer largometraje, War Hunt, de Denis Sanders. Y desde entonces no paró. También en 1962 llevó al cine Descalzos por el parque, junto a Jane Fonda, que fue un gran éxito.

Con Paul Newman congenió desde un principio. Dos hombres y un destino, de George Roy Hill, y El golpe, también de Hill, consagraron a ambos como una de las parejas más importantes de la historia de la cinematografía. El golpe se llevó siete estatuillas Óscar. Se dice que no tuvo la misma química con Dustin Hoffman, con quien coprotagonizó otro filme de gran éxito, Todos los hombres del presidente (1976), de Alan J. Pakula, sobre el escándalo de Watergate, nominada a seis premios Óscar.

Son igualmente memorables sus actuaciones con Mia Farrow, en El Gran Gatsby (1974), y Meryl Streep, en Memorias de África (1980), que cosechó siete premios Óscar. A la dirección de Sydney Pollack debe otras dos cintas de éxito, Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972) y Tal como éramos (1973), coprotagonizada por Barbra Streisand.

Bajo la conducción de Michael Ritchi protagonizó una de sus primeras películas de corte político, El candidato (1972), sobre un abogado joven e idealista que se da de bruces con el mundo de la política en momentos que Richard Nixon buscaba su reelección y no imaginaba que terminaría renunciando a causa del escándalo de Watergate.

En 1980 creó un centro de enseñanza para jóvenes cineastas, el Instituto Sundance, que patrocina desde entonces el Festival Sundance, en Park City, Utah. Lo hizo con sus propios recursos. El instituto suele subvencionar a realizadores noveles con todos los gastos pagados durante cuatro semanas y les proporciona profesores, asesoramiento y material técnico para sus proyectos.

El nombre viene de su icónico filme Dos hombres y un destino, en la que da vida al bandolero The Sundance Kid. Se dice que la idea la tomó de la escuela del Nuevo Cine Latinoamericano de Santiago de los Baños, Cuba, la que conoció por invitación de su fundador, Gabriel García Márquez.

De ideas progresistas, difundió su ideario dentro y fuera del celuloide. “Creo que el cine tiene un poder político del que no somos totalmente conscientes y yo hablo de política a través de mis películas”, declaró en una ocasión. “Para construir un mundo mejor, en ocasiones hay que destruir el antiguo, y eso crea enemigos”, afirmó en otra oportunidad.

Estuvo varias veces en Cuba. Impresionado por los logros que dijo haber encontrado en la isla, no tuvo empacho en declarar su admiración por el líder cubano. “Admiro a Fidel Castro. ¿Cómo no admirar a un hombre que se las ha arreglado para mantener a su país frente a toda la presión norteamericana?”, declaró.

Apoyó a Barack Obama porque creía que “era tiempo para un cambio”, pese a que, según decía, prefería respaldar a “políticos de un nivel más terrenal, como congresistas o alcaldes”. No siempre fue así y alguna vez expresó su decepción por los políticos. “Hoy la política –dijo– no es cuestión de ideología ni de interés público, sino de egos. Y eso es algo muy triste”.

A partir de Dos hombres y un destino, el nombre de Redford quedó ligado definitivamente al de Sundance Kid. Y también al de Tupiza. “Donde diablos esté Bolivia, allí es adonde nos vamos…”, le dice Newman en la película. Lo hicieron, pero sólo en el cine.

El cronista tupiceño Francisco Salazar Tejerina, Don Pancho, el primero que investigó las andanzas de los dos pistoleros en Bolivia, relató en su folleto Leyendas y tradiciones de Tupiza que un día recibió la visita de un ciudadano estadounidense que dijo ser nieto de Butch Cassidy y quería que le contara la historia de su abuelo. “Yo entonces no sabía mucho, le dije todo lo que sabía; me dijo que tenía que escribir un libro”, escribió Don Pancho.

El gringo estuvo husmeando por toda Tupiza en busca de información. “Un día que yo estaba descansando en la plaza, noté que me estaban sacando fotos desde un vehículo estacionado cerca, seguramente para su libro. Supe después que también hicieron una película sobre la vida de Butch Cassidy con la que han debido ganar mucho dinero”, agregó.

El cronista, por entonces nonagenario, no se equivocaba. La cinta recaudó 102 millones de dólares el primer año de su exhibición en Estados Unidos y convirtió a Redford en celebridad.

(Dibujo de Marcos Loayza)

Página Siete – 14 de octubre de 2018