Contexto histórico del periodismo boliviano, de Ángel Tórres*

El periodista e historiador Robert Brockmann, autor del exitoso libro El general y sus presidentes y del recién editado Tan lejos del mar, dice que “en cada periodista hay un historiador en potencia”. El periodista escribe la historia del día y el historiador, en opinión de Brockmann, “sólo va un poco más atrás” para contarnos el pasado. Y así ocurre en el caso del autor de “Contexto histórico del periodismo boliviano”. Ángel Tórres aborda la historia desde su oficio de periodista, al estilo que recomienda Brockmann de tratar los hechos históricos como si fueran reportajes de actualidad (1).

Con un estilo ágil y fluido y un lenguaje conciso y directo, propios del periodismo, pero al mismo tiempo con el rigor que debe caracterizar a toda investigación histórica, Ángel Tórres nos transporta desde los albores de la Independencia hasta nuestros días a través de los medios impresos, para demostrar, una vez más, que la prensa es espejo de la sociedad, a la que interpreta y proyecta en el proceso histórico. Y así su trabajo nos permite registrar los agitados pasos de la vida nacional, desde la aparición de El Cóndor de Bolivia, el primer periódico de la época republicana, hasta La Patria de Oruro y El Diario de La Paz, los centenarios decanos de la prensa boliviana todavía vigentes.

En pequeñas crónicas, viñetas casi autónomas, que muy bien podrían leerse de manera independiente, aunque enlazadas en el tiempo histórico, Tórres nos relata la vida y muerte de periódico emblemáticos, como El Iris de La Paz, que sustentó al gobierno de Santa Cruz; La situación, un ejemplo de la “máxima abyección y el más bajo nivel” del periodismo al servicio de un dictador, en este caso Mariano Melgarejo; o La calle, el diario en que el Augusto Céspedes, Carlos Montenegro y otros intelectuales fraguaron la doctrina y la militancia del “nacionalismo revolucionario”.

En ese mismo estilo, el autor nos cuenta las enconadas lides políticas que dieron marco –casi sin excepción– a las diversas épocas del periodismo boliviano y que, en muchos casos, tenían como campo de batalla a las propias redacciones de los periódicos, sean oficialistas u opositores, con su secuela de secuestro y “empastelamiento” de ediciones, clausura de imprentas, prisión y destierro de periodistas, cuando no de fusilamientos. Y de pronto, como relata con mucho sentido del humor, uno que otro “lance de honor” entre gobernantes y editores ultra honorables o súper ofendidos, por aquello de que “nadie puede escribir como periodista lo que puede sostener como caballero”.

A diferencia de otros historiadores, Tórres ubica el desarrollo del periodismo boliviano en el marco histórico, contextualizando su evolución en el devenir político, económico y social del país. “Nuestro periodismo nace con la República” y con la “introducción tardía de la imprenta” en el Alto Perú, nos dice, en abierta discrepancia con quienes ven el origen de nuestra prensa en lo que el propio Tórres describe como simples “papeles anónimos escritos a pulso” que recogieron las protestas contra los excesos de la Corona en las postrimerías de la Colonia.

Tórres divide la historia del periodismo boliviano en cinco períodos: 1) El cívico independentista patrio, que ubica entre la fundación de la República y los primeros motines cuartelarios; 2) la etapa de la afirmación de la nacionalidad y la prensa estatista, que se desarrolla bajo la administración del Mariscal Santa Cruz; 3) el período de los caudillos militares, en el tercer cuarto del siglo XIX, que el autor caracteriza como “paternalista estatal y de prensa caudillesca”; 4) la época de la consolidación de los partidos políticos, y finalmente, 5) el período empresarial-industrial, durante el cual la prensa adquiere su actual fisonomía.

A diferencia de la monumental historia de Eduardo Ocampo Moscoso (2), a la que tiene como una de sus fuentes, el libro de Ángel Tórres es un manual didáctico, un texto de lectura fácil, útil y recomendable para estudiantes de Periodismo y Comunicación y para todos aquellos interesados en acercarse a la historia del periodismo boliviano, pues se trata, como bien dice el autor, de una “relectura” de la historia boliviana en función de la evolución de su prensa. Otra ventaja de escribir historia desde el oficio periodístico.

Conocí a Ángel Tórres hace 50 años, en las postrimerías del “doble sexenio” del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y en vísperas del golpe que daría inicio a un largo ciclo militar, cuando el autor del libro se desempeñaba como redactor político de El Diario y yo hacía mis primeras armas como reportero de Radio Fides, en una época –la década de los 60– en que el mundillo del periodismo político se concentraba en la Sala de Prensa del Palacio de Gobierno. Más tarde, en marzo de 1967, tuve la suerte de toparme con él camino a Camiri, en la que sería la más extraordinaria aventura periodística de nuestra época, la guerrilla del Che Guevara.

Ángel publicó en La Patria de Oruro un testimonio de aquella aventura (3). Se trata de una foto en la que aparecemos ambos con el uniforme de las tropas Ranger, un uniforme que tuvimos que vestir como condición para entrar al campamento de Ñancahuazú poco después de su ocupación por las tropas del Ejército. La foto es de alguna manera histórica dentro del periodismo –por eso la menciono en esta ocasión–, porque demuestra que hace cinco décadas ya hubo en Bolivia “periodistas empotrados” –como se los denomina actualmente– en las filas de un ejército en guerra. La presencia de reporteros uniformados dentro de las tropas estadounidenses que invadieron Irak en marzo de 2003 desató una gran polémica a nivel mundial y abrió un debate todavía no resuelto sobre la condición de vestir uniforme que imponen los ejércitos a los informadores para aceptarlos en las misiones de guerra. Las organizaciones de periodistas rechazan esta imposición por razones éticas y reclaman su derecho a acoplarse a las tropas vestidos de civil.

Este y otros temas vinculados a la cobertura periodística de los conflictos armados ya eran tema de discusión de los periodistas bolivianos en aquella época. Pero no eran los únicos. Recuerdo que ya entonces, en las largas y tediosas noche del pequeño Hotel Berlín de Camiri, donde teníamos nuestro centro de operaciones, Ángel Tórres gustaba de explayarse sobre la historia de Bolivia y veía la guerrilla del Che como un nuevo eslabón de la trágica historia nacional.

La afición de Tórres a la historia no es nueva. Nace, precisamente, de su vocación de periodista, del afán de investigación que mueve a todo reportero y que se cristaliza ahora en este nuevo libro.

Notas

(1) Robert Brockmann: Somos y seremos gente de tierra adentro. Nueva Crónica (1era. Quincena de mayo 2012).

(2) Eduardo Ocampo Moscoso. Historia del periodismo boliviano. Librería Editorial Juventud (1978).

(3)  “Gato Salazar”, de la guerrilla del “Che” a la insurgencia zapatista. La Patria de Oruro (2 de octubre de 2011).

*Reseña del libro Contexto histórico del periodismo boliviano. Journal de Comunicación Social – No. 4 – Mayo de 2017.

Contadores de historias*

El periodismo nació para contar historias. “¿En qué consiste ser periodista? ¿Qué necesito hacer?”, preguntó el joven Mark Twain a su primer director cuando decidió ganarse la vida como reportero después de probar suerte en otros oficios. “Salga a la calle, mire lo que pasa y cuéntelo con el menor número de palabras”, le respondió el experimentado editor. Es lo que hizo el novel periodista y futuro escritor a partir de ese momento. Mirar lo que ocurría en la calle y describir los hechos de los que era testigo. El periodista es un contador de historias. Mirar y contar está en la esencia del relato periodístico, porque las noticias satisfacen un instinto básico del hombre, el instinto de estar informado.

John Carlin, un “contador de historias” de profesión que ha recorrido medio mundo como corresponsal o enviado especial de varios medios ingleses, solía decir que, en realidad, el oficio más antiguo del mundo es el periodismo, no otro, porque nació en la época de las cavernas, cuando un miembro de la tribu narraba a sus familiares y compañeros la aventura de la última caza de mamuts. El hablador, protagonista de la novela homónima de Mario Vargas Llosa, era un “contador historias” que recorría las tribus primitivas de la Amazonía llevando las novedades que recogía de las comunidades que visitaba.     

Y si el periodismo nació para contar historias, el formato que adoptó desde épocas tempranas fue el de la crónica. El diluvio universal que relata el Génesis, escrito en el siglo V antes de Cristo, es la crónica de una catástrofe natural, un texto magistral de apenas 650 palabras. Y crónicas son los evangelios que recogen la vida de Jesús. El evangelio de la multiplicación de los panes y los peces, de escasas 200 palabras, podía haber sido un reportaje dominical de haber existido un periódico en los tiempos de Marcos. Como dice el escritor mexicano Juan Villoro, Lucas, “el más narrativo” de los cuatro evangelistas, actúa como un verdadero reportero: “Reúne las piezas de un mosaico disperso a partir de múltiples declaraciones y del testimonio de un testigo”.

También miraba, escuchaba y contaba lo que veía y oía el “Padre de la Historia”, Herodoto, quien muy bien podría ser inscrito en los anales del periodismo como el primer “corresponsal viajero” de que se tenga memoria.

Ver y contar la vida, recrear la realidad con el asombro de quien la observa por primera vez, armar “las piezas de un mosaico disperso”, es el afán del periodista. Y es lo que hace Karen Gil en la colección de relatos del presente volumen. Retorna al origen y a la esencia del oficio no sólo para contarnos las alegrías y pesares de un puñado de heroínas anónimas, sino para rescatar, como apunta el título, los sueños de sus protagonistas, porque, al fin y al cabo, la ficción es el mejor camino para narrar lo que todavía no ha ocurrido.

El truco del buen reportero consiste en mirar donde nadie mira, porque es allí donde se encuentran las mejores historias. Karen sabe que toda buena historia pide ser contada antes de nacer y vuelca su mirada donde nadie lo ha hecho, pone ojos y oídos en detalles desapercibidos para otros. Y como buena cronista se entromete en la vida –y la piel- de sus personajes para armar la trama de su narración.

Así nos cuenta cómo “la fuerza del miedo” impulsó a Bertha, la cholita aymara de “cuerpo robusto, ojos risueños y mejillas ruborizadas de una niña traviesa”, a vencer el acoso político de la que era víctima en la alcaldía de Collana, o cómo Luna encontraba en el espejo la identidad que su cuerpo le reclamaba y que la sociedad le negaba; cómo Daniela convocaba la libertad añorada con dos pequeñas alas tatuadas en los omoplatos, o cómo Adela, la nonagenaria con cuerpo de niña y “tantas arrugas como sus recuerdos”, es capaz de correr los 100 metros planos en 23 segundos.

Ernest Hemingway, otro “contador de historias”, primero como periodista y después como novelista, solía decir con cierta ironía que de “las 110 reglas” periodísticas “probadas, aprobadas y santificadas” en los manuales de estilo de las redacciones de medio mundo, sólo dos son válidas: “usar frases cortas y emplear un estilo directo, sin rodeos”. Pero la crónica, como también lo sabía Hemingway, requiere de un tono y un ritmo narrativos. Karen no sólo atiende las recomendaciones del bueno estilo periodístico, sino que dota a sus textos de la tensión propia del relato literario, algo característico del género. 

La crónica combina información con elementos de ambiente,  referencias de “color”, citas de los protagonistas, aspectos anecdóticos y detalles de “interés humano”, porque busca recuperar la atmósfera, las emociones y los colores de un hecho que escapan al formato netamente informativo. Karen aborda sus historias desde la perspectiva de quienes la viven o la sufren, mediante descripciones, metáforas y testimonios, en una coral de imágenes y sonidos que dan solidez argumental y elasticidad estilística al texto, sabedora de que la crónica no es la simple interpretación de un suceso, sino la narración creativa del acontecimiento.

Tampoco lo hace de manera anecdótica, sino que analiza y reflexiona sobre los problemas sociales que subyacen en las experiencias cotidianas de sus personajes. Es así que pasa revista a la Ley Contra el Acoso y Violencia Política hacia las Mujeres, al desamparo legal de las trabajadoras del hogar o la ley de identidad de género, para citar  unos ejemplos. Visto de otro modo, bien podría decirse que las historias particulares no son otra cosa que un pretexto para abordar las causas profundas de la exclusión y la marginación.

Tal vez por esta razón es que observa a sus personajes con una ternura conmovedora, tanto al retratarlos como al describir el escenario y las situaciones en que se desenvuelven. Muestra a Luna, la transexual  de “cabello largo color oro, piel morena y ojos cafés oscuros custodiados por pestañas postizas”, asediada por miradas impúdicas que buscan su cuerpo delgado, sus caderas ahora femeninas y “sus senos que tanto le costaron tener”, o a la alcaldesa Bertha, que “sabe que todo el tiempo se mueve en un territorio de hombres”,  donde debe demostrar no sólo sus habilidades políticas y administrativas, sino, “aunque no le guste, jugar con sus reglas”, porque en eso le va la vida. “Te vamos a enterrar viva y quemar la casa de tus papás para que aprendas”, le habían advertido sus enemigos políticos.

Tomas Eloy Martínez dijo alguna vez que los seres humanos pierden la vida buscando cosas que ya han encontrado y que los editores de periódicos siguen buscando cómo seducir a sus lectores, cuando “el periodismo ha resuelto el problema a través de la narración”. Tal vez esa sea también la solución a la crisis de los medios tradicionales, principalmente la prensa escrita, porque lo cierto es que, para citar otra vez al autor de Santa Evita, “la gente ya no compra diarios para informarse”, sino “para entender, para confrontar, para analizar, para revisar el revés y el derecho de la realidad”.

No se trata, pues, de qué es lo que se cuenta, sino de cómo se lo cuenta. Para ello nada mejor que volver a los orígenes del periodismo, al periodismo de los “contadores de historias”, como Mark Twain, Ernest Hemingwy y García Márquez. Y es lo que está tratando de impulsar la Fundación Para el Periodismo con sus diversos programas.

Karen Gil  se benefició con uno de ellos. Obtuvo una beca para escribir un libro de no ficción, otorgada por la Fundación Para el Periodismo y el European Journalism Centre (EJC), en su primera convocatoria (2016), con una estancia de un mes en el Carey Institute for Global Good de Nueva York y la participación de otros 12 periodistas del mundo. The Logan Nonfiction Program brindó la tutoría del periodista y escritor Tim Weiner, Premio Pulitzer, quien ayudó a los becarios a delimitar las historias planteadas y a tejer -tanto en la forma como en el fondo- la unidad temática.

Este es el resultado de su trabajo.

*Prólogo al libro Tengo otros sueños, de Karen Gil. Santa Cruz de la Sierra, julio de 1918. Ramona (Opinión) – 2 de septiembre de 2018.

Prólogo a “La novela del dictador”, de Ignacio Vera de Rada

Impresionados por la lectura de “Patriotic Gore”, los retratos de la Guerra Civil estadounidense de Edmund Wilson, el periodista, ensayista y crítico literario que contribuyó al lanzamiento a la fama de Ernest Hemingway, John Dos Pasos, William Faulkner y F, Scott Fitzgerald, dos de los escritores  que marcaban el ritmo y la pauta del “boom literario” latinoamericano de los años 60 y 70, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, reunidos en el otoño de 1967 en un pub de Hampstead,  se propusieron reunir en un libro a varias manos una “galería imaginaria” que retratara a los dictadores latinoamericanos.

Según relató el mexicano en un artículo escrito para The New Yok Times en abril de 1986 a propósito de la publicación de Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos, en Estados Unidos, invitaron a sumarse al proyecto al propio  Roa Bastos, al argentino Julio Cortázar, al venezolano Miguel Otero Silva, al cubano Alejo Carpentier, al dominicano Juan Bosch y a los chilenos José Donoso y Jorge Edwards, entre una docena de escritores que por esa época cabalgaban en la cresta de la misma ola.

Cada uno debía escribir sobre su “tirano nacional favorito”. El volumen colectivo se llamaría “Los Padres de las Patrias”  y sería publicado por el editor francés Claude Gallimard, pero el proyecto fracasó debido a la imposibilidad de cuadrar fechas y tiempos entre los integrantes de tal abanico de escritores. A final, tres de los comprometidos escribieron su propia novela: Carpentier, El recurso del método (1974); Roa Bastos, Yo el supremo (1974), y García Márquez, El otoño del patriarca (1975). Años después, lo harían los demás, como el propio Vargas Llosa, con La fiesta del chivo (2000).

Cuenta Fuentes en el mismo artículo que Donoso o Edwards “prometió enfrentarse a un dictador boliviano”. No dice a quien, pero cita la frase atribuida a la madre de Enrique Peñaranda, quien habría dicho: “Si yo hubiera sabido que mi hijo iba a ser presidente, le hubiera enseñado a leer y escribir”, que García Márquez puso en boca de la madre de su dictador. Según el mexicano,  el “patriarca” de García Márquez es “una suma de características” del venezolano Juan Vicente Gómez, “el Peñaranda de Bolivia”, el dominicano Rafael Trujillo y de los tiranos iberoamericanos Francisco Franco y Antonio Oliveira Salazar, en tanto que el “déspota ilustrado” de Carpentier es una mezcla del venezolano Antonio Guzmán Blanco y del guatemalteco Manuel Estrada Cabrera.

Los escritores latinoamericanos han convertido el tema de los dictadores en todo un “subgénero” de la literatura, el de “la novela del dictador”, como se le ha dado en llamar, al punto de ser catalogado como propio de América Latina, como si otros países de otras regiones del mundo no hubiesen sido víctimas de tiranías similares o peores a las que vivimos en nuestro continente. Tal vez porque la literatura latinoamericana no solo aborda el tema del poder, sino también el del caudillaje mesiánico, con todos sus ingredientes surrealistas y  folklóricos, o porque, como dijo García Márquez, el dictador es “el único ser mitológico que ha producido América Latina”. Basta pensar en el venezolano Gómez, que anunció su propia muerte para castigar a quienes se atrevieran a celebrarla, o en el haitiano Fracois Duvalier, Papa Doc, que mandó ahorcar a todos los perros negros de Puerto Príncipe porque creía que sus enemigos políticos se habían reencarnado en tales animales. ¿Y acaso Trujillo no mandó a empapelar las iglesias con la frase “Dios en el cielo, Trujillo en la tierra”?

Si un tirano es la suma de todos, como el patriarca de García Márquez  o el “déspota ilustrado” de Carpentier, o si uno de ellos resume a todos, como el Trujillo de Vargas Llosa o el José Gaspar Rodríguez de Francia de Roa Bastos, bien podría decirse, como escribió el periodista y escritor boliviano Carlos Decker Molina, que toda dictadura no es otra cosa que el espejo de todas las dictaduras. Y todo dictador, para seguir con el mismo razonamiento, es un retrato del otro y una caricatura de sí mismo.

Como cualquier país bananero, Bolivia generó sus propias satrapías, dignas del realismo mágico inaugurado por Carpentier en El recurso del método y magistralmente desplegado por García Márquez en El otoño del patriarca, para citar dos novelas emblemáticas del “subgénero”. Ha conocido, a lo largo de su historia, dictaduras y “dictablandas” de todo tipo y color. No hay que remontarse a los tiempos de Isidoro Belzu y Mariano Melgarejo para comprobarlo. Basta recordar el triple sexenio militar (1964-1982), que siguió al doble sexenio de la Revolución Nacional (1952-1964), que puso en escena a una galería de dictadores fascistas, líderes “socialistas” y caudillos de opereta, incluidos seis generales que se disputaron el poder y se autoproclamaron presidentes en el lapso de 24 horas, pero que no alcanzaron a colgarse la banda presidencial ni a entrar al Palacio de Gobierno.

Era la Bolivia del tópico, el “país long play”, la Bolivia de las “33 revoluciones por minuto”, como escribió algún diario extranjero en alusión a los discos de vinilo que giraban precisamente a esa velocidad, a 33 revoluciones por minutos; el país de las asonadas, los motines cuarteleros y las revuelta callejeras; la Bolivia de los caudillos y caciques, como la provincia que describe  Armando Chirveches –microcosmos nacional– en su novela La candidatura de Rojas (1909), un país donde “la mayoría es una invención como la del derecho divino de los reyes” y donde los gobernantes “son impuestos por las clases directoras, por la aristocracia del dinero y por la aristocracia del poder”.

Con semejante galería de personajes, llama la atención que la literatura boliviana no haya incursionado en el “subgénero” de los dictadores. Es más, volviendo a la anécdota de Fuentes, sorprende que el escritor mexicano y su colega peruano hayan pensado en Peñaranda como el arquetipo del tirano boliviano y también que hayan encomendado su semblanza a los chilenos Donoso y Edwards. ¿Por qué no a un boliviano? No por falta de novelistas bolivianos conocidos, por cierto. Cinco años antes de la cita evocada por Fuentes, Marcelo Quiroga Santa Cruz había recibido el premio Faulkner por Los deshabitados y antes había hecho amistad con varios de los futuros protagonistas del “boom” en el Congreso Continental de la Cultura de Santiago de Chile (1953).

La historia se ha ocupado de nuestros dictadores y ofrece abundante materia prima para quien quiera incursionar con este tema en la literatura. Bastaría citar, a manera de ejemplo,  la conocida obra de Thomas O’Connor D’Arlach, Dichos y hechos del general  Melgarejo, o Páginas de sangre, de Moisés Alcázar, quien decía que “la historia no ama mucho a los hombres mesurados, tocados por la mansedumbre y la benevolencia”, sino a “los apasionados, los aventureros del espíritu y de la acción”, todos dignos de la mejor novela. Pero no ha sido así. Tampoco abunda la novela histórica.

Ignacio Vera de Rada asume el reto al novelar la historia de uno de los “padres” de las muchas “patrias” imaginadas por los dictadores bolivianos, en coincidencia con el cincuenta aniversario del golpe militar que encumbró al entonces coronel Hugo Banzer Suárez. Autor de una novela (Valentina y Natalia) y un poemario (Mocedades), es la primera vez que aborda el tema político desde la ficción. Y lo hace con una obra que desvela su contenido desde el título, La novela del dictador, que alude, precisamente, al  nombre con el que se conoce a este “subgénero” literario.

Si bien alcanzó su apogeo con el “boom” de los años 60 y 70, al punto de ser considerada como una característica de ese movimiento, la literatura sobre el tema tiene una larga tradición, cuyo origen se remonta, según algunos críticos, a 1851, con la publicación de Amalia, del periodista argentino José Marmol sobre la dictadura de Juan Manuel de Rosas.  Ya en el siglo XX, el español Ramón del Valle Inclán publicó Tirano Banderas (1926), una “novela de tierra caliente” inspirada en la larga dictadura de Porfirio Díaz en México (1876-1911).

Muchos ven, sin embargo, en El señor Presidente, del Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1946), la primera y auténtica novela del dictador.  A partir de entonces, los autores del “boom”, sobre todo, abordaron la desmesura de las luchas por el poder y retrataron las figuras esperpénticas que lo ejercieron de manera despótica, en narraciones que conjugan la realidad con la fantasía. No hay que olvidar que América Latina había vivido las satrapías de los Duvalier y los Somoza, del guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, el salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez, Rafael Leónidas Trujillo, el paraguayo Alfredo Stroessner y un largo etcétera.

Algunos como Asturias, Carpentier y García Márquez, crearon dictadores ficticios, mezcla de diferentes personajes históricos, y otros escribieron sobre tiranos concretos, como Roa Bastos, sobre Rodríguez de Francia (1816-1840), y Vargas Llosa, sobre Rafael Trujillo. Todos ellos, sin variar, mostraron, a decir de García Márquez,  a “seres endémicos del continente”, representativos del  “gran animal mitológico de América Latina”, con el “nadie se mueva, nadie respire, nadie viva sin mi permiso” como única ley de gobierno.

Como Vargas Llosa en La fiesta del chivo, una de las más emblemáticas de su tipo, Vera de Rada pone nombre y apellido a su dictador y lo ubica en el contexto histórico, político y social real, pero sus personajes, los “héroes” que le permiten dar vida a su historia, pertenecen a la ficción.

La dictadura, para Vera de Rada, es un pretexto para analizar el tema del poder, la lucha por conquistarlo y el afán por retenerlo, tan presente en la historia universal, pero también para abordar cuestiones más trascendentes vinculadas con la ética y la filosofía, así como con otras preocupaciones presentes en sus obras anteriores, como la teología y la religión. “¿No habrá en un ateo materialista un apetito voraz de sentir a Dios en su corazón, de dialogar con él, de  reconocerlo?”, se pregunta uno de los protagonistas.

No voy a privar al lector de la tarea de desentrañar la trama de la novela, pero sí señalar que el autor construye la historia de un periodista boliviano exiliado en Londres, que sale de Bolivia en los años 80, “sin el menor presentimiento de que no la vería más en mucho tiempo”, pero que retorna al país 35 años después para escribir un reportaje para un importante medio europeo sobre la dictadura más larga que sufrió Bolivia en el siglo XX. Es el periodismo,  el “oficio que lo había llevado a salir de los Andes hacía tanto tiempo y de forma inesperada, el que lo lleva nuevamente hasta su tierra”, y le permite reconstruir su historia personal y la del país de esos años de fuego.

El protagonista repasa “la historia real de aquellos años”, cuando “el tiempo, que macera toda circunstancia feliz o dolorosa, ya hizo su trabajo”, para retratar no solo al objeto de su trabajo periodístico, sino a la época que le tocó vivir: Los agitados tiempos del idealismo revolucionario, de los estudiantes y obreros que pretendían tomar el cielo socialista por el asalto y del periodismo comprometido, frente a la sañuda represión del régimen que pregonaba “orden paz y trabajo”, cuando los disidentes salían en la mañana de sus casas y no regresan en la noche.

Es pues el retrato del dictador y su época. Y lo hace con la maestría desplegada en sus obras anteriores, con “el tratamiento del lenguaje, el estilo y la personalidad” de cada uno de sus personajes, como escribió Carlos Mesa en el prólogo de la novela Valentina y Natalia.

Como todos los escritores del “subgénero”, obsesionados con la soledad del poder, más que la del dictador, Vera de Rada nos muestra al general Banzer, a sus 52 años, bajo “el peso abrumador del tiempo como un yunque en las espaldas”, que “se siente más triste y más solo que nunca en la soledad eterna que este mundo tiene reservada para los enanos de corazón”; “minúsculo, porque se da cuenta de que el estruendo sísmico de los aplausos escuchados durante siete años consecutivos fue solamente resultado de una imaginación fatua”, pues “cuando se alcanza el poder absoluto, ya no se tiene contacto con la realidad, y ésta es la peor soledad”.

Muestra “el infortunio de ser mortal”, porque no solo conoce “las amarguras del mando supremo”, sino “los sufrimientos de un corazón que se cree amado pero que en realidad está más solo que nada en el mundo”, que tiene “la amistad pura de un amigo frente a la perfidia de mil lacayos”, “las intenciones reprimidas de quienes medran a su sombra y lo repudian a sus espaldas”. Y por añadidura, conoce el amor, “no de quien fue artífice del golpe y duerme todas las noches a su lado, sino de Ella”, la amante clandestina.

Como el “Chivo” de Vargas Llosa, el boliviano sabía que la política es abrirse paso entre cadáveres, y como el ”Supremo” de Roa Bastos, que poder hacer es hacer poder, pero a medida que transcurre el tiempo ve que “la perfidia se agranda en la casa presidencial”, que las  murmuraciones crecen en el palacio!”, y que también “se agrandan la codicia vestida de adulación y el servilismo matrero que tiene tiene deudas con las justicia y busca el amparo de la poder y la impunidad”. Es el declive del patriarca, tanto o más desolador que el otoño paceño,

Estudiante de Derecho, periodista, reportero del diario Presencia, promotor de un periódico clandestino para enfrentar a la dictadura y redactor de una radio minera, el protagonista, Emilio Saavedra del Villar, que en el exilio europeo escribiría para El País de Madrid y The Sun de Londres, refleja muy bien al periodismo comprometido y combativo de la época. “El periodismo, el verdadero y buen periodismo, no debe ser imparcial pero sí independiente, libre y autónomo”, reflexiona. Desde la radio minera, busca realizar una “comunicación horizontal”, sin superiores ni inferiores, para “democratizar la comunicación”, una “forma contestaría” para hacer frente a los “flujos de información unidireccional” de los medios convencionales.

Vera de Rada conjuga la crónica con la narración literaria, pero también con la reflexión, algo poco común en este tipo de literatura, a través de fragmentos del  diario personal del protagonista, a manera de viñetas intercaladas en el texto, que denomina “Illimánicas”, en las que el autor despliega su pensamiento, pero también rinde homenaje a esa una mole icónica que “ha visto todo” de La Paz, unas ciudad que “no se la entiende, sino se la siente”.

La novela refleja también la frustración y desilusión de una juventud que creyó en la revolución.  “Soy de izquierda y creo que moriré siéndolo, porque creo que aunque el comunismo sea una utopía, las utopías son necesarias porque impelen al ser humano hacia un ideal”, dice el protagonista al inicio de la lucha antidictatorial, para terminar preguntándose, antes de salir rumbo al exilio: “¿Nuestro fin es el socialismo o la democracia?”, porque “había algo más que todas esas mentiras y falacias que nos tragábamos candorosamente de jóvenes: la dictadura, una dictadura despiadada y corrupta”.

El dictador de Verada de Rada no es el collage que retrata al “único personaje nuevo que hemos inventado en Latinoamérica”, en el que confluyen las locuras, obsesiones y satrapías de sus congéneres latinoamericanos, el anciano que muere en su cama o a manos de sus enemigos políticos, sino el que cae derribado por la resistencia popular.

Si bien el ciclo del “único ser mitológico que ha producido América Latina” aún no ha concluido y  “la literatura no ha conseguido todavía hacerlo más humano que la realidad”, como dice García Márquez, también es cierto la democracia está logrando erradicarlo. Y qué bueno que la literatura no haya conseguido “humanizarlo”. Novelas como la de Ignacio Vera de Rada lo ponen en su lugar: en el museo histórico de la infamia.

La Paz, febrero de 2022.

Presentación del libro “Elecciones judiciales y Reelección presidencial”

El 12 de febrero de 2014, dos años y cuatro meses después de las primeras elecciones judiciales, el presidente Evo Morales admitió el fracaso de un experimento que su gobierno postulaba como una revolución en materia de justicia. Al inaugurar una Casa de Justicia en Muyupampa, municipio del departamento de Chuquisaca, dijo textualmente: «Yo quiero decir la verdad, aunque algunos se molesten. Creo que en vano incorporamos poncho y pollera en la justicia, no cambia nada”. Reconoció que “la retardación y la corrupción son el cáncer dentro de la justicia” y, dirigiéndose a los operadores de la justicia, dijo que todavía había tiempo para cambiar esta lacra y “de verdad hacer justicia en Bolivia”.

Previamente, el 23 de enero de ese mismo año, al asumir el cargo, la entonces ministra de Justicia,  la abogada Elizabeth Sandra Gutiérrez Salazar, consideró que la elección judicial había sido «un desacierto». “Vamos a ser autocríticos –dijo-, a veces nos equivocamos. Es una posición personal, hemos podido ver que no está funcionando, yo creo que debería ser bajo méritos que se elija a los miembros del Consejo de la Magistratura, del Tribunal (Constitucional), Supremo de Justicia y Agroambiental, en base a su currículum y no en base al voto; yo creo que ha sido un desacierto. Sin embargo, creo que vamos a tener que trabajar para cambiar este tipo de situaciones”, afirmó entonces.

Quince meses después, el 22 de mayo de 2015, el vicepresidente del Estado, Álvaro García Linera, declaró a una canal de televisión que “un tribunal de justicia huele a azufre”.  “La justicia está muy mal –dijo-, no hay una justicia rápida, barata y que obre en equidad y en legalidad. Se tienen un sistema judicial muy corrupto y lento, es un padecimiento entrar a la justicia y acercarse a un tribunal huele a azufre a diez cuadras de distancia”, señaló textualmente.

Era la época en que el Gobierno promocionaba la cumbre judicial como punto de partida para llevar adelante lo que el mismo García Linera definía como “profundas reformas institucionales” del sistema y el cambio de personal para, según dijo entonces, “deshacernos de los jueces corruptos”.

Un año después, el 27 de enero de 2016, la misma autoridad admitió: “La justicia en Bolivia está podrida, si tiene dinero, le va bien; si tiene tiempo, le va bien; si tiene amigos, le va bien; si tiene la justicia de su lado, no le va bien. Lo que prima por encima de la verdad es el amiguismo, el dinero y la presión, es una vergüenza”.

García Linera aceptó en la ocasión que el Gobierno se había equivocado. “Nos hemos equivocado y ahora queremos enmendar drásticamente, un giro de timón de 180 grados, para que haya una justicia rápida, gratuita y justa”, señaló en el programa “El hombre invisible”. Reconoció que el problema está en la elección de las autoridades judiciales. Dijo que antes se elegían mediante cuoteo político, pero, luego, bajo el actual Gobierno,  se pasó a un cuoteo de organizaciones sociales y que “no había sido (bueno) ni lo uno ni lo otro”.

“Tiene que haber algún tipo de acción política y nuestra propuesta es que se elijan con criterios meritocráticos”, señaló a manera de conclusión.”Vamos a encontrar el consenso entre todos de cuál es la mejor manera de seleccionar jueces, cuál debe ser la calidad de los códigos, cómo debe mejorar la educación, cómo debemos sancionar a quienes rompen la norma; todo esto lo vamos a ver en esta cumbre que tiene que ser operativa”, agregó.

“La justicia está tan mal hoy, que no se puede corregir con pequeñas reformas, necesita un cambio estructural, una auténtica revolución que transforme sus pilares. Hoy no es justa, no es barata y no es rápida”, añadió.

Nada de eso ocurrió

Todo esto debía hacerlo la Cumbre de Justicia, realizada en junio del año pasado en Sucre, pero,  ¿alguien recuerda cuáles fueron las conclusiones de ese evento? Si acaso una sola, que dio lugar a títulos llamativos de la prensa nacional: la propuesta para incorporar la pena de cadena perpetua para los delitos de violación contra niños y niñas seguida de muerte.

Seis años después de las primeras elecciones judiciales y un año después de la famosa cumbre, nos enteramos de que Bolivia se encuentra entre los 10 países con peor justicia del mundo, en el puesto 104 entre 113 países, de acuerdo con el ranking elaborado por la organización internacional Proyecto de Justicia Mundial (WJP), que publica anualmente un Índice sobre el Estado de Derecho.

Bolivia está por debajo de países como Nigeria, Bangladesh y Honduras. Es el penúltimo de América Latina y el Caribe, sólo superando a Venezuela, que ocupa el último puesto del ranking.

El índice toma en cuenta ocho parámetros para calificar el estado de derecho sobre una puntuación que va del 0 al 1: restricciones a los poderes del Gobierno, ausencia de corrupción, transparencia, derechos fundamentales, orden y seguridad, cumplimiento normativo, justicia civil y justicia penal.

¿Y qué dice el Gobierno sobre esta calificación?

El diputado masista Víctor López declaró: “Considero que se trata de una suerte de complot internacional para hacer ver a Bolivia como un infierno judicial. Lamentablemente, creo que estas organizaciones internaciones no toman criterios técnicos sino cuestiones políticas para elaborar sus informes”.

No sólo eso.  Según un informe oficial, en el primer trimestre del año, la cantidad de detenidos en las cárceles, entre preventivos y con sentencia, sumaron 16.613. Se trata del número más elevado de los últimos 16 años de acuerdo a los datos de la Dirección de Régimen Penitenciario publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE). De los 16.613 detenidos hasta marzo de este año, apenas 5.028 tienen sentencia y 11.585 están con detención preventiva. Al comentar estas estadísticas, el ministro de Justicia, Héctor Arce, admitió que, evidentemente, «algo está mal” para que esto ocurra.

¿Qué es lo que ha pasado?  ¿No había reconocido el Gobierno los errores y coincidido con los expertos en el diagnóstico?

Hablando ante un grupo de juristas extranjeros, García Linera dijo en junio pasado que “la justicia está enferma” y requiere de “una nueva pedagogía en la propia sociedad”.

«El mal viene de antes (…)”, así se haga hagamos  20 procedimientos penales, cinco reformas judiciales, cambiemos a todos los personeros de la justicia, barramos con los abogados y vengan otros abogados, vamos a seguir reproduciendo los males de la justicia que hoy por hoy todos las aborrecemos», declaró.

La pregunta es: si conocemos los errores y acertamos en el diagnóstico, ¿por qué tropezamos ahora en la misma piedra? 

La Cumbre de la Justicia transcurrió sin pena ni gloria. El Gobierno ignoró las propuestas de los expertos y convocó a la gente de siempre, a los representantes de las llamadas organizaciones sociales, desconocedores de la materia.

Los expertos coincidieron que la cumbre fue una oportunidad perdida. «La cumbre judicial ni siquiera ha tratado a fondo, y menos ha dado respuestas, el principal problema de la administración de justicia, que es la falta de independencia de todos los operadores del sistema judicial con relación al poder político; tumor cancerígeno del cual se derivan todos los demás males y defectos del sistema y que tienen de víctima al conjunto de la población boliviana”, resumió el constitucionalista Carlos Alarcón, a quien se ignoró el convocatoria, como a muchos otros experimentados juristas.

Eso sí, la cumbre determinó mantener la elección de altas autoridades del Órgano Judicial por voto popular y la preselección de los candidatos a cargo de la Asamblea Legislativa sin mayores cambios.

Todos conocemos el resultado de esta preselección y estamos en vísperas de una nueva elección de autoridades judiciales, en las que el elector deberá optar de una nómina de candidatos sólo conocidos por su adhesión y lealtad al partido de gobierno.

Pese a las advertencias y a las propuestas formuladas por expertos independientes para implementar una preselección meritocrática sin alterar el mandamiento constitucional, el Gobierno ha optado por la repetición de los métodos y por tanto de los errores, olvidándose de su autocrítica y sus golpes de pecho.

Pero, no sólo eso, resulta que ahora es la oposición la oposición la culpable de los males por impugnar a los candidatos oficialistas.

“La oposición quiere seguir manteniendo en pie la vieja justicia corrupta; creo que la oposición celebra la corrupción de la justicia actual”, dijo García Linera en junio pasado. Apelando al sanbenito antichileno de siempre, agregó: “La oposición como siempre, ha dicho que no debería haber elecciones, parecen chilenos, todo lo que hacen en su vida política, todo es no, todo es no”.

En la era de la posverdad, al Gobierno no le importa cambiar de paso y borrar con el codo lo que escribió con la mano. Si antes era cierto que el poncho y la pollera no habían cambiado nada en la justicia, como dijo el presidente Morales, o que el “cuoteo político” había sido sustituido por el “cuoteo de las organizaciones sociales”, como admitió García Linera, ahora, por la simple magia de la palabra, pretenden hacernos creer que una nueva elección –convocado bajos mismos métodos y parámetros- salvará a la justicia de todos sus males.

No es que los asesores gubernamentales no consulten las hemerotecas para contrastar las declaraciones de antes con las actuales. Si lo hacen, pero los imperativos coyunturales –y no tanto. son otros. Al poder político no le interesa una justicia independiente, porque una justicia independiente va en contra de la hegemonía que pretende mantener. Y menos aún en este momento en que se debate la presidencia vitalicia del Primera Mandatario.

Hace más de dos mil años, el poeta latino Marco Anneo Lucano dijo que la virtud y el poder no se llevan bien. “Aléjese de los palacios el que quiera ser justo. La virtud y el poder no se hermanan bien”, dejó dicho.

Y aquí, como se ha visto en las elecciones de 2011 y en las que veremos ahora, no son precisamente los justos los que se acercan al poder. Es el poder el que se rodea de sumisos para llevar adelante sus propósitos partidarios.

Las elecciones judiciales fueron implementadas para eso. Como recordó el abogado Gonzalo Mendieta Romero, en su origen no están ni Fausto Reinaga ni René Zavaleta, sino Rousseau y su país de origen, Suiza, y  los asesores españoles de la fundación anticapitalista Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS) que participaron en la redacción de la Constitución.

“Parece que la idea era cambiar de sucursal europea, no desarrollar pensamiento propio. De esto el Viceministro de Descolonización no se queja. El salto intelectual al vacío de las elecciones judiciales nació de un razonamiento elemental: la felicidad pública estaría garantizada si el poder constituyente mandara siempre y eligiera magistrados. No se preguntaron cómo reclutar a los mejores, cómo asegurar su independencia y que no se sometieran al poder prevaleciente o a la platita”, escribió Mendieta Romero.

Mendieta Romero cita un documento del consultor valenciano Martínez Dalmau, difundido por la vicepresidencia en 2009, en el que sostenía: “En el caso boliviano, ni se va a ir por la gerontocracia ni por la designación por el Presidente de la República o el Parlamento, se va a ir por la designación directa del pueblo, el pueblo va a decidir qué magistrados van a formar parte del tribunal constitucional, viendo sus currículums, sus trayectorias, sus publicaciones, y van a votar si quieren que tal persona esté o no (…) Eso van a poder hacer ustedes con el nuevo proyecto de constitución cuando pase a ser constitución. Eso no existe en ninguna parte del mundo. Otros aspectos que no existen son, por ejemplo, la elección de los miembros de la Corte Suprema de Justicia (…)”.

Y esto es lo que hizo que el gobierno anticolonial de Evo Morales, aceptar el consejo de unos asesores extranjeros.

Pero el problema no es la elección como tal, sino, en este caso, la preselección, que ha sido espuria, bajo el control del partido de Gobierno, lo que lleva a suponer que los elegidos, como ocurrió en los últimos seis años, actuarán bajo ese mismo control. El  Gobierno impuso a la lista de precandidatos a través de sus dos tercios en la Asamblea sin escuchar las observaciones y pedidos de la oposición.

¿Alguien conoce los méritos profesionales de alguno de los candidatos? Evidentemente, no están los mejores, porque no hubo una selección meritocrática, sino política, y, como dijo el escritor español Francisco de Quevedo, “menos mal hacen los delincuentes que un mal juez”.

Pero, como dije, el asunto no era elegir a los mejores, sino a los leales. Henry Oporto cita en el prólogo del trabajo que hoy presentamos a Luis Pásara, un experto peruano  que estudió la experiencia boliviana. En el libro “Elecciones judiciales en Bolivia: Una experiencia inédita”, Pásara recuerda que “una función importantísima del juez es servir de control sobre el uso del poder. En un gobierno democrático, si usted no tiene una instancia ante la cual pueda reclamar el hecho de que se incurre en una inconstitucionalidad, una ilegalidad, en un abuso de poder de cualquier funcionario, si usted no tiene un juez para esto, ¿podremos hablar de democracia? ¿qué democracia es una en la que usted no tiene el derecho a reclamar lo que es un derecho?, se pregunta Pásara.

Y éste es el quid de la cuestión.

Resulta paradójico que el magistrado que más obtuvo en las elecciones de 2011, en las que los votos nulos y blancos superaron a los válidos en una proporción de 60 a 40%, haya sido expulsado del Tribunal Constitucional Plurinacional por actuar de manera independiente. Gualberto Cusi Mamani, quien obtuvo el 15,70% de la votación, se opuso a la re-reelección de Evo Morales, cuando el Tribunal Constitucional “interpretó” que los períodos anteriores a la aprobación de la Constitución, reconocidos en un artículo transitorio, no contaban parea la nueva era masista.

Evo Morales no podía ser candidato en las elecciones de 2014 no sólo porque se lo prohibía la Constitución, sino porque él mismo había empeñado su palabra. Pero se ve que eso no cuenta.

Y en este caso también conviene repasar la hemeroteca.

Una semana antes del referéndum, el 15 de febrero del año pasado, cuando se sentía ganador, el presidente Morales declaró: «Si el pueblo dice ‘no’, ¿qué podemos hacer? No vamos a hacer golpe de estado. Tenemos que irnos callados”.

El 22 de febrero, un día después del referéndum, Morales declaró textualmente: “Aunque con un voto o con dos votos va haber un ganador, eso se respeta. Esa es la democracia“. Dos días después, el 24, señaló: “Quiero decirles que respetamos los resultados, es parte de la democracia”.

Pero miren lo que declaró el Vicepresidente al diario El Deber hace tres semanas: «En verdad, lo que hubo es un empate. Han ganado por 70 mil votos, eso no es ganar, eso es empatar… “

¿No era que el gobierno aceptaba la victoria del No incluso por uno o dos votos? Ahora resulta que no hubo victoria del No, que hubo un empate, y como hubo empate, el pueblo debe desempatar. ¿No era que si ganaba el No se iban callados, porque de lo contrario era protagonizar un golpe de estado?.

Sobre esta posverdad –la derrota que se convierte en empate- el gobierno pretende construir la “verdad” –entre comillas- del supuesto “derecho humano” del presidente a la reelección vitalicia. 

En el excelente trabajo que hoy presentamos, el constitucionalista José Antonio Rivera demuestra que el  resultado del proceso de selección de los candidatos de este año no ha sido cualitativamente mejor que el de 2011,ya que los aspirantes “no han sido seleccionados en razón de su idoneidad y probidad”, sino por su “afinidad política con los gobernantes de turno”.

También nos dice que, “si se toma en cuenta que una de las causas de la crisis judicial es la ausencia de independencia de los jueces y magistrados debido a la excesiva injerencia política”,  la elecciones judicial del próximo domingo “no es una solución a la crisis”, sino que, por el contrario, la profundiza, como ocurrió en los últimos seis años.

Y es que en realidad, agrega, “la finalidad que persigue el oficialismo” es “lograr la reelección indefinida del Presidente y Vicepresidente del Estado”, como ha quedado demostrado con la Acción de Inconstitucionalidad Abstracta planteada ante el Tribunal Constitucional para que declare inaplicables los artículos 156, 168, 285 y 288 de la CPE.

“…resulta evidente –dice Rivera- que el régimen político pretende consolidar un sistema judicial sumiso para que la jurisdicción ordinaria no ejerza un efectivo control de legalidad sobre los actos administrativos y sea efectivo en la persecución de los líderes cívicos, sindicales, sociales y políticos”, y consolidar “una jurisdicción constitucional sumisa para que no otorgue protección a los derechos de las víctimas de la persecución política, para dar validez constitucional a actos, decisiones o disposiciones legales o reglamentarias que contradicen a la Constitución”.

Sobre aviso, no hay engaño.

La Paz, 27 de noviembre de 2017.