A la guerra en taxi*

Stephen King dijo alguna vez que “en lo que concierne al pasado, todo el mundo escribe ficción”. Paul Auster opinaba en el mismo sentido. “En el mundo real –escribió– nos ocurren cosas que se parecen a la ficción. Y si la ficción resulta real, entonces quizás debamos reconsiderar nuestra definición de realidad”. 

No es raro, pues, que, al ver la tapa y leer el título de mi reciente libro, A la guerra en taxi (Plural), un conjunto de crónicas sobre los conflictos armados que me tocó cubrir a lo largo de mi carrera profesional, algún lector piense que está ante una novela, como ya me lo han dicho. 

Yo mismo escribí en el epígrafe de mi libro de cuentos, Figuraciones (Plural, 2021), que “la ficción cobra vida y recupera certezas cuando la imaginación desvela lo que la realidad oculta”. Dándole la vuelta a la idea, bien podría decir que es la realidad la que cobra vida al cabalgar en la ficción. Y nada más parecido a la ficción que la realidad latinoamericana, la de antes y la de ahora.

Parece de cuento la anécdota que da lugar al título de mi libro. Me ocurrió durante mi primera visita a El Salvador para cubrir la guerra civil. Después de acomodarme en la habitación del hotel, un hotel que servía de búnker a los enviados de la prensa mundial, bajé al vestíbulo y salí a la puerta para ver si me encontraba con algún colega.

Allí estaban estacionados varios taxis a la espera de pasajeros. Uno de los taxistas se me acercó y me preguntó. “¿Es usted periodista?” Sí, le respondí. Y a continuación me hizo una invitación: “¿Quiere ir a la guerra?”.

El Salvador es un país muy pequeño, de apenas 21.000 kilómetros cuadrados –la mitad de Oruro–, y claro, como me dijo un diplomático argentino, los frentes de batalla estaban “a un tiro de distancia” de la capital. Nunca mejor dicho.

Años después, al abordar un taxi en el aeropuerto de la capital de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, rumbo a San Cristóbal de las Casas, para cubrir el alzamiento indígena zapatista, el chofer me sorprendió con la misma pregunta: “¿Periodista? ¿Va usted  a la guerra?”. 

Era la segunda vez que me desplazaba al escenario de un conflicto armado en un medio de transporte eminentemente citadino. Y es que en los años de fuego, la guerra y el taxi eran “parte del paisaje urbano”, como me dijo el periodista y poeta argentino Juan Gelman, enviado del diario Página 12 de Buenos Aires, cuando le comenté las anécdotas.

Durante una de mis visitas a El Salvador, escribí una crónica que reproduzco en el libro sobre la geografía de la guerra.  

Chalatenango –el principal escenario– es una palabra de origen náhuatl. Proviene de “shal”, que significa arena, “at”, agua, y “tenan”, muro. Chalatenango significa “muro de agua y arena”. Suchitoto, otro de los escenarios,  es el “lugar del pájaro flor”. Viene de “shuchit” (flor) y “tutut” (pájaro). Perquín, vocablo lenca, es el “camino de brasas”. El cerro San Vicente o Chichontepec, una montaña de dos picos, tiene también un nombre sugerente: “Cerro de las dos tetas”. Guazapa, el volcán, es la “peña sonora”.

La geografía de la guerra salvadoreña era un poema, pero el conflicto la convirtió en un infierno y ahogó los nombres de sus montañas, valles y cañadas en un baño de sangre.

Ni qué decir de la geografía de Chiapas. Los cerros que rodean a la hermosa ciudad colonial de San Cristóbal de las Casas, tienen nombres sonoros, como Tzontehuitz, Huitepec y Mitzitón. Es una región bañada por ríos y arroyos de cursos poéticos, como “Peje de Oro” y “Ojo de Agua”. 

¿Cómo conciliar tanta poesía con la brutalidad de la guerra? ¿Cómo no escribir una novela en lugar de una crónica periodística? La tentación era grande.

Como escritor y periodista, yo admito muchas influencias, de escritores y periodistas, a quienes he leído desde siempre. 

En el caso de mi libro, reconozco la de John Dos Pasos, el autor de USA, una hermosa trilogía sobre la Gran Depresión americana. En Paralelo 42, 1919 y El Gran dinero, los títulos de la trilogía, Dos Pasos utiliza varios géneros para montar una verdadera sinfonía de la sociedad estadounidense de la época. Utiliza la crónica, la semblanza e incluso la noticia, en una estructura maravillosa. Y, claro, también la ficción, con la historia novelada de los personajes de su obra.

La estructura de mi libro incluye igualmente crónicas, semblanzas y algunas viñetas, a manera de postales, para describir hechos, escenarios y personajes. Pero, claro, falta la ficción, aunque mis lectores dirán que muchos de mis personajes son producto de la imaginación antes que de la realidad. 

Al comentar mi libro de semblanzas Semejanzas (Plural, 2018), una colega me preguntó por qué todos mis personajes eran positivos. Yo le respondí que no se me daban los negativos. Pero en este libro intenté retratar a los “malos de la película” de la época. Espero haberlo logrado.

Escribí la semblanza del represor con nombre de santo que creó su propio infierno, la del brujo que organizó la banda paramilitar más siniestra que conoció América Latina, la del “malavida” que se jactaba de haber sido el “secretario general” del Plan Cóndor en Bolivia, la del pastor evangélico de la Biblia y la ametralladora que arrasó las comunidades indígenas de Guatemala en nombre de Dios. 

Y, claro, por el libro desfilan los sátrapas, los profetas y los redentores que poblaron el continente en el siglo pasado; y los redentores que derrocaron a los sátrapas para imitarlos cuando llegaron al poder.

Hay guerras y guerras. Desde la guerrilla urbana, como la que se libró en Argentina, hasta la guerra civil salvadoreña, pasando por la insurgencia indígena zapatista de Chiapas y las operaciones de “tierra arrasada” ejecutadas por los militares guatemaltecos contra las comunidades indígenas. Está la del Che en Bolivia o la que libraron los cubanos contra el hambre. O las invasiones extranjeras o la que declaró el terrorismo yihadista a Occidente.

Pero, la guerra es la guerra, llámese “sucia”, como la de los militares argentinos, o “santa”, como la que decían librar los generales anticomunistas centroamericanos. Todas las guerras son sucias, ninguna es santa. Es el mismo conflicto, con diferentes rostros. 

A todas ellas me refiero en mi libro. Y también a la paz, porque la guerra y la paz son el anverso y reverso del mismo drama humano. Y la paz, como el hambre, tiene cara de hereje. Logra reconciliar a enemigos irreconciliables al sentarlos en una misma mesa, como ocurrió en El Salvador y Guatemala.

Escribo “crónicas desarmadas”, como dice el subtítulo, porque aludo a guerras olvidadas, a causas traicionadas, a banderas arriadas y –como en toda guerra– a un inútil derramamiento de sangre. 

Basta ver lo ocurrido en Centroamérica. Con la paz llegó la democracia, con elecciones libres y alternancia en el poder, pero no la solución de los problemas estructurales que dieron origen a los conflictos armados de la época. La dictadura retornó a Nicaragua, con la reelección eterna de Daniel Ortega desde 2006, y la violencia delincuencial de los “maras” sustituyó a la violencia política en El Salvador y Guatemala.  

Durante la guerrilla del Che, hace 55 años, utilicé el telégrafo Morse para trasmitir mis crónicas;  en El Salvador, en los años 80, tuve en mis manos un extraño artilugio, la texi de Olivetti, antecedente de la laptop, que en realidad era una máquina de escribir con una pequeña pantalla, donde cabían cinco líneas, con dos ventosas que se conectaban al auricular del teléfono para la transmisión de los datos. 

Chiapas vio llegar a los “corresponsales modernos”, con una laptop, un celular en la cintura e incluso un teléfono satelital a manera de mochila.

Del telégrafo Morse al Internet pasaron menos de 40 años. Las historias sobre la guerrilla del Che se difundieron por el mundo a golpe de teletipo y en “spots” filmados con cámaras de cine de 16 mm, que llegaban a las teleaudiencias con un retraso de más de 24 horas. 

A pesar de los adelantos tecnológicos posteriores, ni la guerra civil centroamericana ni la rebelión zapatista tuvieron la difusión “en vivo y en directo” de los conflictos armados actuales, como lo que vimos en la Guerra del Golfo y lo que estamos viendo ahora en Ucrania.

Y no es la única diferencia. La cobertura de siete meses de la guerrilla del Che costó a mi agencia ¡500 dólares!, una suma que hoy probablemente apenas alcanzaría para pagar los viáticos de un día de un corresponsal de guerra en Europa o el Medio Oriente… ¡O la tarifa de un taxi para cruzar la frontera de dos países en llamas!

Los tiempos han cambiado. También los periodistas. Y las guerras no son lo que eran.

*Palabras de presentación del libro. RamonaOpinión – 30 de abril de 2023.

https://www.opinion.com.bo/articulo/ramona/a-la-guerra-en-taxi/20230429212411905651.html

Escape a los Andes, de Robert Brockmann y Raúl Peñaranda*

El filósofo e historiador escocés Thomas Carlyle dijo alguna vez que la biografía es una suma de anécdotas. Son las anécdotas, entendidas como hechos o detalles circunstanciales, las que finalmente conforman el derrotero de esa gran crónica que es la vida de una persona; y es el entorno social, político, económico, religioso, etc., el que matiza y da sentido a esos pequeños acontecimientos.

Es precisamente una anécdota lo primero que escuché siendo niño sobre Mauricio Hochschild, una anécdota que refleja muy bien la idea que se tenía entonces de ese empresario minero, como un emprendedor audaz,  un hombre que tenía como único límite su propio interés, que levantó un imperio de la nada.

Escuché la anécdota en una de las tantas sobremesas familiares después de la revolución del 9 de abril de 1952, cuando la nacionalización de las minas era uno de los temas dominantes de toda conversación.

Mi padre, que a la sazón era gerente del Banco Minero en Potosí, la había escuchado a su vez de boca de uno de los miembros de la familia Soux, probablemente del patriarca del clan, Louis, que, como bien relatan los autores del libro que hoy presentamos, había conformado con Hochschild, en 1929, la Empresa Minera Unificada para explotar el Cerro Rico, con Hochschild como socio mayoritario.

Hochschild, según contaba Soux, creía que el subsuelo de la ciudad de Potosí guardaba una gran riqueza minera y que una de sus ideas era trasladar la ciudad entera, con monumentos y todo, a Miraflores, un balneario de aguas termales y clima benigno, ubicado a 24 kilómetros de la Villa Imperial, para explotar los yacimientos supuestamente ubicados debajo de los cimientos de la urbe.

Él creía que ganaban todos, los potosinos, con un mejor clima, y su empresa, por supuesto, con la riqueza del subsuelo.

Es difícil saber si realmente el minero albergó alguna vez dicha idea o si es parte de la leyenda que rodea a su increíble vida, pero quienes lo conocieron lo tenían por cierta.

Que alguien pensara que un empresario era capaz de demoler una ciudad para extraer las riquezas de su vientre, revela muy bien la imagen que se tenía de él en la industria minera.

Alguien ha dicho que “la leyenda corrige la historia”. Y Hochschild era un hombre de leyenda, una leyenda negra, por cierto, pero ahí quedó, porque separar la historia de la leyenda no es tarea fácil.

Si en algún lugar creció la leyenda fue en mi pueblo, Tupiza, porque Tupiza fue sede de la segunda oficina –oficina entre comillas– que abrió el empresario en Bolivia, después de Oruro, en 1923; es decir, dos años después de haber llegado a Bolivia, como bien registran Raúl y Robert.

Pero no solo por eso, sino también por su aterrizaje posterior en Huanchaca y Pulacayo, minas muy vinculadas geográfica e históricamente a Tupiza.

Hochschild se inició como rescatador o “rescatista” de minerales en Oruro y Tupiza. No eran propiamente oficinas las que abrieron en ambos lugares, sino simples galpones para almacenar  mineral.

Como bien dicen los autores, las oficinas locales de la empresa eran expresión de la “gris frugalidad”de su dueño, porque “a menudo se reducían a un solo ambiente con su correspondiente almacén, que en la puerta tenía un letrero con la glosa: “Se compran minerales”, y eran atendidas por uno o dos empleados.

Y así era la oficina de Tupiza. Alguna vez me la mostró mi padre: “Este era el almacén de Hochschild”, me dijo. Era una casa vieja, ubicada cerca de la plaza, que probablemente en su día llevó el letrero de “se compra minerales” como única identificación.

Hochschild, hay que reconocerlo, no solo luchó contra los prejuicios antisemitas, sino también contra la imagen que se tenía de él como un aventurero, un negrero y explotador extranjero.

Y algo peor en la Bolivia minera de la época: la del “rescatista”, el empresario holgazán, que sin hacer nada y desde una oficina se aprovechaba del minero productor, pagándole precios irrisorios por su mineral para exportarlo y revenderlo en el mercado internacional a precios reales.

Era cierto que era una época en que no existían laboratorios, ni en Oruro ni Potosí y mucho menos en Tupiza, para determinar la ley del mineral. El “rescatista” o “rescatador” lo hacía a ojo de buen cubero, pero, por lo general, por no decir siempre, el ojo beneficiaba al cubero y nunca al productor, quien debía conformarse con lo que le ofrecían: Lo tomas lo dejas.

Como bien dicen los autores, Hochschild descubrió un filón hasta entonces despreciado: la compra y exportación de los minerales de baja ley, negocio del que llegó  a tener el monopolio y sobre el cual construyó su imperio.

Hay que recordar, y así lo hacen los autores del libro, que hasta entonces Bolivia exportaba únicamente minerales de alta ley, del 60 al 65 por ciento. Hochschild demostró que no había por qué ponerle mala cara a los concentrados pobres, menores al 50%, a los que genéricamente se denominaba “escoria”, compuesta por los restos de la explotación minera, las colas y desmontes que quedaban de la extracción de los minerales “limpios” y de alta ley.

“Como inesperado efecto carambola –escriben Raúl y Robert–, Hochschild abrió nuevos mercados  para la minería boliviana en su conjunto, que fueron aprovechados durante varias décadas hasta el derrumbe del mercado a mediados de 1985”.

Y es cierto. El empresario minero logró persuadir a la fundidora alemana Berzelius de construir una planta en Hamburgo para tratar el estaño boliviano de baja ley, que hasta entonces era descartado por productores y comercializadores.

Si Patiño fue el “rey del estaño”, yo diría que Hochschild fue el “rey de la escoria”. Y no lo digo de forma peyorativa, sino porque montó su imperio en la compra y exportación de los minerales de baja ley, hasta entonces despreciados, y por su empeño emprendedor para encontrarles nuevos mercados.

Pero no fue el único “efecto carambola” de ese emprendimiento. Como decía mi padre, que fue uno de los fundadores del Banco Minero, Hochschild, tal vez sin quererlo ni pensarlo, dio razón a quienes postulaban la necesidad de recuperar el rescate de los  minerales de baja ley para ponerlo en manos del Estado, una idea que se concretó en 1936 con la creación del Banco Minero por el gobierno de Germán Busch.

Fue el Banco Minero el que empezó a quitarle los clientes a Hochschild, al reconocerles precios justos, acordes con la ley de sus minerales, y otorgarles créditos y anticipos para su producción, algo que evidentemente no hacía ningún rescatista.

Con esto quiero decir que, aún antes de la nacionalización de las minas del 31 de octubre de 1952, Busch había nacionalizado virtualmente uno de los pilares del imperio de  Hochschild: la comercialización de los minerales de baja ley.

La leyenda de Hochschild, como ya dije, no nació, pero sí creció en Tupiza, tanto por su trabajo como rescatador de minerales como por la cercanía de Huanchaca y Pulacayo.

Como se sabe, uno de sus dos propietarios, Gregorio Pacheco –el otro era Aniceto Arce, dos mineros que gobernaron Bolivia– nació en Livi Livi, una aldea cercana a Tupiza, con familiares en Tupiza, entre ellos su primo Rudecindo Salazar, bisabuelo mío, quien lo colaboró en sus negocios mineros.

A diferencia de la dinastía de los Aramayo, igualmente tupiceña, cuyo patriarca, Don José Avelino, tiene una estatua en la plaza principal del pueblo, Hochschild siempre fue un hombre resistido, precisamente por la mala fama de sus negocios como rescatador de minerales. Y no se lo conocía por otra cosa.

Lo cierto es que ni en Tupiza ni en ninguna otra parte de Bolivia se había escuchado hablar, hasta hace muy poco, de esa otra faceta de la vida del empresario minero, no al menos con la amplitud y el detalle que hoy nos ofrecen los autores de Escape a Los Andes.

Y, claro, cuesta creer que el hombre que salvó a 12.000 judíos del holocausto, el que gastó recursos de su propio peculio, el que viajó de aquí para allá para lograrlo, el que distrajo tiempo de su trabajo empresarial para convencer a la comunidad internacional de la necesidad de apoyar esa noble causa, sea el mismo que pagaba, y a regañadientes, cincuenta centavos de dólar de salario mensual a sus trabajadores, los mineros que hicieron posible la acumulación que le permitió erigir su imperio.

Y no me refiero únicamente al empresario que no dejó nada en el país al que debía su fortuna, sino también al padre de familia que desheredó a su único hijo.

Hochschild llegó a ser el segundo hombre más rico de Bolivia y su empresa una de las más importantes de América. Para 1927, según “Escape a los Andes”, su grupo exportaba entre 90.000 y 100.000 toneladas anuales de minerales y concentrados. Controlaba un tercio de la producción boliviana de estaño, el 90 por ciento de las exportaciones de plomo, zinc y plata, y el grueso de la producción de tungsteno y antimonio.

Ciertamente, Bolivia no era el mejor país para recibir a los judíos que escapaban de la Alemania nazi. Todo lo contrario. Era uno de los puntos más remotos y pobres del planeta. Por añadidura, salía derrotada de una guerra. No era pues el mejor lugar para recibir a miles de desocupados, que llegaban, además, con el estigma antisemita que los señalaba como gente indeseable, perteneciente a una raza moral e intelectualmente inferior.

Para muchos bolivianos pobres, como bien dicen los autores, los judíos, incluso los desheredados, eran ricos, porque eran percibidos como blancos y europeos, como gringos, y según esa visión, no hay gringos pobres.

No tenían dónde ir. EEUU no quería flexibilizar su sistema de cuotas migratorias, puesto que tenía más de 10 millones de desocupados, y Argentina y otros países habían cerrado sus puertas.

Bolivia abrió sus fronteras en ese momento, gracias a la comprensión del gobierno de Germán Busch. No solo a los judíos, sino también a los perseguidos políticos, a socialdemócratas y comunistas, cuyas vidas también corrían peligro. Eso colocó a Bolivia, como bien dicen los autores, como el mayor receptor de refugiados en las Américas, con excepción de Estados Unidos, durante 1939, y uno de los más altos del mundo.

Por eso es notable la labor de Hochschild, notable y titánica, que logró salvar a miles de vidas del holocausto.

San Agustín de Hipona dijo que Dios, cual alfarero, hizo al hombre de barro. Como sabemos, la arcilla presenta diversas coloraciones, según las purezas e impurezas que contiene, que van desde el rojo anaranjado hasta el blanco. El hombre se muestra en su vida como la arcilla, con el rojo de la impureza y el blanco de la pureza, o la amalgama de ambos. No es del todo bueno ni del todo malo.

Se equivocará quien piense que la reivindicación de la labor humanitaria del empresario, en la biografía que hoy presentamos, es una hagiografía. Y ese es uno de los muchos méritos del libro, porque presenta las dos caras del personaje, sus luces sin ocultar sus sombras, que es lo que corresponde a un historiador.

Thomas Carlyle, a quien cité al iniciado de esta exposición, dijo también que “ningún hombre vive en vano”, y que la historia del mundo no es otra cosa que el conjunto de biografías de los grandes hombres. Y de algunos que no lo son, digo yo, según qué se entienda por gran hombre.

Y este es otro mérito del libro de Raúl y Robert. Escape a los andes no es la biografía de un hombre. Mejor dicho, no es únicamente la biografía de una persona. Es el retrato de una época, de un país, Bolivia, en determinado momento de su historia, que no se explica sin la vida de los hombres y mujeres que participaron, para bien o para mal, en su construcción.

La historia del personaje es apasionante y el relato lo es aún más. Leí las 510 páginas del libro en 48 horas, porque la lectura te atrapa.

Sin dejar el rigor académico que implica todo trabajo histórico, Raúl y Robert han logrado combinar exitosamente el periodismo de investigación, igualmente riguroso y documentado, con el narrativo, apelando a sus mejores géneros: la crónica y la semblanza, en un texto en el  que se reconoce la mano y el oficio de ambos autores.

Y no lo digo por deformación profesional, pero tampoco puedo dejar de juzgar como periodista el trabajo de dos periodistas.

La crónica es un relato que busca recuperar laatmósfera ylasemociones, loscoloresde un acontecimiento, para recrearlosen un texto. Es lo que he encontrado en las descripciones del libro. Los autores combinan la información con las imágenes y los elementos deambiente, lasreferencias de“color”, los  testimonios de los protagonistas, las anécdotas, losdetalles de“interés humano”y sus observaciones y reflexiones.

Lo mismo podría decir de los perfiles de sus personajes, sus historias de vida, que se entrelazan con el relato en un gran mosaico, que nos permite reconstruir de manera viva ese pedazo de historia.

He sentido el padecimiento de los Anke, metidos en un búnker del gueto de Varosvia,  con otros 25 judíos, mientras afuera se escuchaban explosiones y disparos, y el horror que vivieron a su salida con las manos en alto, tras la rendición de los heroicos  militantes de la resistencia, para comprobar cómo las llamas de los incendios manchaban con colores rojizos y anaranjados el cielo de la primavera de Varsovia, mientras decenas de soldados dirigían sus lanzallamas a los sótanos donde se presumía que había personas ocultas; para observar a los niños famélicos que recorrían llorando las calles en busca de sus padres y los  cientos de cadáveres, muchos carbonizados, yacentes sobre el pavimento.

He visto como en una película, gracias a la descripción de los autores, al muchacho que portaba una bicicleta, una máquina de escribir, un voluminoso libro y un pequeño morral con unas pocas mudas de ropa, a bordo del barco Orazio, en plena alta mar, un joven pasajero que no era otro que Werner Guttentag.

Y a Elly Wolfinger, una joven atractiva, de ojos profundos, labios carnosos, sedosa cabellera oscura y cuerpo proporcionado; y a Gretel, la cantante de arias, mujer llena de energía, sensual, dispuesta a vivir la vida al máximo, de ojos y cabello oscuros que le daban un aire de gitana, de mirada sexy y personalidad avasalladora, que se sacó la lotería en Oruro, entre otros migrantes que lograron salir del infierno para trasladarse a Bolivia.

Quienes conocimos el exilio sabemos de la angustia que sufre un perseguido en la búsqueda de un pasaporte o una visa que le salve del odio o la represión en su país o en el extranjero. Ta vez por eso y por los magistrales relatos, me ha conmovido la descripción de la felicidad con la que los judíos recibían la visa salvadora para viajar a Bolivia. Y por eso mismo valoro la acción de su salvador.

Jorge Luis Borges dijo alguna vez que “el tiempo es el mejor antologista, o tal vez el único”, y por extensión, el mejor historiador y el mejor biógrafo.

Bien podríamos decir que hoy, tres cuartos de siglo después, Brockcmann y Peñaranda han logrado escribir una importante página de la historia boliviana, alejada de la leyenda y despojada de los prejuicios que la acompañaron durante décadas.

Y lo han hecho de manera magistral. Con el rigor del historiador y el talento del periodista.         

*Texto leído en la presentación del libro Escape a los Andes, el 21 de marzo de 2023.

La valija, de Amalia Decker*

En el breve texto que me solicitó Amalia para la contratapa de su libro, recordé, a propósito del título, una frase de Ernest Hemingway, quien dijo alguna vez que vivimos esta vida como si llevásemos otra en la maleta. Recordé también a ese gran poeta popular que es Joaquín Sabina, quien evoca en una de sus canciones a aquellas mujeres que transitan por la vida con “maletas cargadas de lluvia”.

Dando la razón a Hemingway, escribí en ese breve texto que Amalia lleva muchas vidas en la valija que la acompaña en su errar por el mundo, y como las mujeres de Sabina, que arrastran maletas cargadas de lluvia, Amalia deja caer gotas cargadas de bellas palabras y voces maravillosas.

La Valija, la obra con la que Amalia debuta en el género del cuento, está integrada por 21 relatos breves, distribuidos en cuatro libros. Sus títulos sugieren una diversidad temática sin ligazón aparente alguna, cuentos que muy bien podrían tener una vida independiente como textos autónomos. Sin embargo, la disparidad es solo aparente, como en toda ficción.

Y son los propios personajes los que nos dan la pauta. Amalia nos ofrece, como también escribí, voces maravillosas, colmadas de amor y de pasión, pero sobre todo de nostalgia, una nostalgia por mundos que ella añora pero que no acaban de llegar; mundos que ella los inventa, una y otra vez, en la búsqueda de ese mundo que quisiera para ella y para los demás.

Como las “mujeres de ojos grandes” de Ángeles Mastretta, los personajes de Amalia Decker no llevan otro equipaje que la ilusión y el futuro.

Una valija no solo sugiere viajes. Evoca también al baúl del viejo desván, donde aparcamos cosas que creemos inútiles y que recobran valor cuando las desempolvamos. Baúles como la memoria, que guardan recuerdos que nos servirán con el tiempo para recuperar el pasado, pero también para perfilar el futuro.

Son los “guardados” de los que nos habla Amalia, los “guardaditos” que van conformando nuestra experiencia vital, nuestra propia existencia, para bien y para mal.

Son, pues, los recuerdos rescatados de esa valija los que dan vida a los personajes. Y son esos personajes, en su transitar por la vida, los que dan unidad al volumen.

Según un refrán popular, “solo los que vagan encuentran nuevos caminos”. Es lo que ha hecho Amalia en su vagar por el mundo con su valija a cuestas, buscar nuevos caminos, como lo hacen sus personajes, para dar razón a quien dijo que “no todos los que deambulan están perdidos”. 

“Entre el ensueño y la pesadilla voy en busca del abrazo cálido de la ciudad que yo deseo”, dice uno de ellos, en una frase que refleja muy bien la añoranza de Amalia por ese mundo que no acaba de llegar, pero que ella lo inventa, una y otra vez, como todo hacedor de utopías, “con asombro y con miedo”, en un caminar titubeante.

Su recorrido, nos dice la autora en la presentación, fue “lleno de obstáculos, de desaciertos, de amores, de pasiones, de pérdidas y de dolor”, experiencias con las que fue llenando su valija. “Sentí  que había muerto para volver a nacer y así contarle al mundo estas historias”.

Es tal vez el libro primero, titulado “Pasados por el tamiz del tiempo”, el que mejor refleja esas historias, las que nacen de su experiencia guerrillera, historias de las que Amalia dice que “estuvieron encarceladas en la valija de su memoria por una falsa lealtad”.

En los cinco cuentos, la autora dialoga con Marcela, que no es otra que su alter ego. Es, pues, un diálogo consigo misma.

Obviamente, no estamos hablando de literatura política, entre comillas, pero sí de la reflexión que cabe en toda ficción. En este sentido, sí podemos hablar de un ajuste de cuentas con el pasado, porque, como dice la interlocutora de Marcela,  no es posible dejar la mente en blanco eternamente.

Marcela dice que ha corrido mucha agua bajo el puente, pero que no sabe cuánto más tiene que llover para borrar ese pasado que le ha dejado una huella indeleble, una militancia que describe como un “viaje de naufragios que le robaron los sueños juveniles”.

“Creíamos que éramos invencibles… Y en realidad, ya estábamos vencidos”, dice Marcela en su severa autocrítica.

No hay frustraciones que no generen utopías ni utopías que no terminen en frustraciones.

Y los textos reflejan el desencanto que sufre la protagonista, es decir Amalia, de su experiencia en la Cuba revolucionaria, la Cuba que para mi generación y la generación de Amalia era el faro que iluminaba el futuro colectivo.

Marcela, como todos los jóvenes de entonces, imaginaba que las enormes palmeras de La Habana eran mujeres preñadas que se mecían al ritmo suave de un son cubano.

Si las historias del libro primero estuvieron “encarceladas” en la valija de su memoria por una “falsa lealtad”, las historias de los otros tres libros son producto, como dice su autora, del “libre albedrío”, que le ha permitido imaginarlas e inventarlas, durante esas horas, como dice una de sus protagonistas, que “se disuelven solas o por inercia”.

Son las querencias de hombres y mujeres que caminan por las calles buscando el rostro o el olor del ser querido, para dar la razón a Pablo Neruda cuando decía que el amor es más corto que el olvido.

Todos sabemos que el «desamor” no existe, porque no se puede «desquerer”, como no se puede desandar un camino, aunque se retorne por el mismo sendero.

Los caminos son de ida y vuelta, es cierto, pero siguen siendo los mismos, solo que vistos desde perspectivas diferentes. El desamor, si existe, es la otra cara del amor o, si se quiere, la cal viva que suele repartir el destino por cada porción de arena que ofrece  a lo largo de la vida.

Los personajes de Amalia, los malqueridos y los bienamados, recorren ese camino, algunos de ida, otros de vuelta, sintiendo, como dice uno de ellos, que no hay tierra debajo de sus pies.

No hay amor sin pasión, y no hay pasión sin deseo sensual, el que regala el placer de los cuerpos en la entrega incondicional a través de la imaginación y la fantasía. Los personajes de Querencias se entregan al juego erótico en pasajes que marcan una de las características de los relatos del tercer libro del volumen.

Es el caso del juego amoroso de Valentina y Joaquín en la mecedora de la abuela, donde los jóvenes amantes disfrutan sus encuentros clandestinos, espiados por la prima de Valentina.

“A ella también le gustaba que los espiara”, dice la fisgona. “Mientras los miraba amándose, mi cuerpo entero se erizaba… No solo me gustaba verlos sino sentir esa extraña sensación de cosquillo que me invadía en todo el cuerpo”, apunta la protagonista silenciosa de las citas amatorias.

O como Inés, que conduce  paso a paso a su joven amante, Sebastián, por “el túnel de la pasión”.

El Edén es el sueño y la metáfora de la búsqueda de la riqueza y la realización personal––utopía al fin– a  través de códigos y caminos del narcotráfico, personajes  que diseñan su propio destino y llevan la vida marcada para siempre, de la que solo se puede salir con las botas por delante.

Es la mirada piadosa y adolorida de mujeres, como Eva, la Princesa del Edén, que pagan con su cuerpo y en metal  los favores de los hombres del poder, de mujeres que terminan cediendo por las buenas o por las malas.

Los cinco cuentos de Inventando ciudades son, para mi gusto, los mejor logrados, los más íntimos y por ello mismo, las más reflexivos, escritos con la maestría de las mejores narradoras.

Son textos, como ella misma dice, que le permitieron transitar entre la nostalgia y la imaginación, volar y descubrir en los pliegues de su memoria el eco de los recuerdos y encontrar los rumores esenciales de la vida.

Los títulos de cada uno de ellos nos anticipan la poesía de su contenido: el rumor de vida, las voces del viento, el polvo de las hadas, la sinfonía de la vida.

Me quedo con el párrafo de unos de los textos: “Mis pies caminan en un camino ajeno, como si todo concluyera  paradójicamente en una ciudad de extrañas pretensiones. Es un laberinto de espejos donde a pesar de buscarme no me encuentro”.

Es una bella metáfora de su búsqueda permanente, de su incesante persecución de utopías y del impulso que la empuja a inventar los mundos que añora.

*Texto leído en la presentación del libro de cuentos La valija. La Paz, 14 de julio de 2022.-

Periodismo y literatura, a propósito de Figuraciones

Una de las preguntas más recurrentes que me formulan los colegas periodistas a propósito de la reciente publicación de mi libro de cuentos, Figuraciones,  es qué me impulsó a incursionar en la ficción tras haber dedicado mi vida profesional al periodismo; cómo se dio esa transición del relato periodístico al literario, cuándo y en qué momento.

Tal vez, como declaré en alguna entrevista, por la necesidad de transmitir vivencias, imágenes, sensaciones y percepciones que no tienen cabida en una crónica o en un reportaje, menos aún en una noticia, porque, como sabemos todos los ejercemos este oficio, las estructuras periodísticas, incluso las más flexibles, tienen reglas rígidas que no admiten fantasías ni “figuraciones”.

Es, pues, una necesidad de expresión, la que siente todo periodista cuando no encuentra asidero para contar una historia que la percibe como cierta o probable.

La creación literaria es un acto individual, muy personal. Uno escribe para uno mismo, por la necesidad que tienes de volcar sentimientos que llevas dentro y que de otra manera no encontrarían salida, a diferencia del periodismo, que es un oficio nacido para contar las cosas de los demás.

En todo caso, esta transición no debería llamar la atención, porque, como decía un gran amigo y colega español, el corresponsal de guerra Manuel Leguineche, a quien suelo citar a menudo, el periodismo y la literatura son orillas de un mismo río. O en palabras del periodista mayor, Gabriel García Márquez: son hijos de la misma madre, la narrativa. Y en el peor de los casos, primos hermanos, pero parientes de un mismo linaje.

Toda narrativa está anclada en la realidad, en percepciones del mundo que nos circunda. La periodística, en hechos, y la literaria, en sensaciones fugaces, en vivencias inacabadas, que dejan profundas huellas en nuestro espíritu y que cobran cuerpo y sentido por obra y gracia de la imaginación.

Es el abordaje de la realidad desde una perspectiva diferente, la exploración de aristas apenas perceptibles por nuestros sentidos. Una búsqueda, si se quiere, porque, como dijo Kafka, “la literatura es siempre una expedición a la verdad”, una verdad que se hace cierta el momento en que la concebimos.

A García Márquez no le costó trabajo cruzar el río, porque había descubierto que la historia contada en un reportaje o en una crónica no solo podía llegar a ser igual a la vida, sino mejor que la vida misma. Es lo que le permitió escribir una crónica como un cuento y un cuento como una crónica.

¿Cuándo abandoné la orilla del periodismo para incursionar en la ficción? Tal vez el día en que no pude respaldar con hechos mis propias percepciones, las vivencias inacabadas que mencioné al principio.

Siempre me pregunté, por ejemplo, cómo vivió el Che Guevara la agonía de los condenados a muerte, qué le pasó por la mente cuando se dio cuenta de que había llegado su hora final, qué recuerdos le atormentaron o lo consolaron cuando vio entrar al sargento Mario Terán a la escuelita de La Higuera para ejecutar la sentencia del Alto Mando militar.

No pude contarlo en una crónica, puesto que no tenía las evidencias que prescriben las reglas del periodismo, así que intenté reconstruir ese dramático final, esos dos o tres minutos últimos de su vida, en un cuento, en “El Espejo”, abusando, tal vez, de una figuración.

Al comentar este cuento, en una opinión muy generosa, el historiador Gustavo Rodríguez Ostria, autor de una biografía inédita del Che, dijo que “la ficción permite una libertad que el historiador no dispone”. Y eso es lo que hice. Llenar con imaginación un espacio que la historia dejó abierto.

García Márquez decía que la novela y el cuento admiten la fantasía sin límites, pero que la crónica tiene que ser verdad hasta la última coma, aunque nadie lo sepa ni lo crea. Siguiendo el mismo razonamiento, yo diría que el relato literario debe ser verosímil, creíble, aunque no sea cierto.

Mis personajes surgen de los pliegues de la memoria, apenas esbozados, escondidos como estaban en rincones desapercibidos, para inventarse a sí mismos y recorrer su propia historia, con el autor como testigo o si acaso como un simple amanuense que se deja llevar por su propia criatura.

Así nació Lenca, la guerrillera que transita por la tierra de los carbones encendidos, el lugar donde vivía la muerte; y el Triste Pizarro, un joven condenado a vivir un duelo eterno con la sonrisa vestida de luto, víctima del sino hereditario de los malqueridos; y Casilda, la niña que cree descubrir la certeza que la realidad le negaba detrás de las sombras tortuosas y amenazantes que suelen tejer los ocasos.

Son estos personajes los que dan unidad, si es que tienen alguna, a los siete cuentos de mi libro: el heroísmo de los derrotados, la audacia de los inocentes, la porfía de los sobrevivientes.

Con los personajes surgen los escenarios y muchas veces son los mismos escenarios que dan nacimiento a los personajes. Los paisajes se apropian de las personajes, los recrean y los hacen suyos, hasta convertirlos en ánimas o fantasmas, según los humores y amores que recogen en su transitar por cada entorno.

Así pude entrever las aguas vidriosas, relampagueantes, que pujaban por alcanzar el río, entre guijarros bruñidos por el torrente y el tiempo, en la acequia de la hacienda de la abuela Herminia; el bosquecillo de eucaliptus de un pueblo, cuando ese pueblo todavía no era pueblo, sino apenas una parroquia de chacras y fincas floridas; las selvas pobladas por mil especies de mariposas y cubiertas por cuatrocientas variedades de orquídeas de un escenario bélico; al venado de cola blanca que correteaba en un bosque de mangales; o el firmamento de la gran ciudad que escondía las tres estrellas amarillas con nombres de odaliscas: Sadal-melik, Sadal-suud  y Sadach-bia.

La poesía, si existe, no está en las palabras, sino en los personajes. Nace con ellos y vive con ellos. Si el autor tiene algún mérito, es haberla detectado en las apariencias que dan paso a las figuraciones.  Al fin y al cabo, las apariencias no son otra cosa que realidades que se visten de poesía para burlar los sentimientos.

La creación literaria, como dije,  es un acto individual, muy personal, un acto que abre la puerta a la reflexión, más allá del propósito lúdico del autor. No es que yo crea en la literatura como mensaje, mucho menos como mensaje político, pero si en la introspección de la propia creación.

El cuento “Aquí vive la muerte” me permitió reflexionar sobre la inutilidad de la lucha armada, la “violencia revolucionaria”, la que alguna vez, siendo jóvenes,  justificamos o toleramos. “Los muertos nunca son ajenos, todos son propios”, dice Lenca, la guerrillera.

Es también una condena a las atrocidades de la guerra, como el asesinato del Poeta Mártir, Roque Dalton, a manos de sus propios compañeros de lucha. “Puedo entender la guerra, el combate cara a cara con el enemigo, pero no los ajustes de cuentas entre amigos, los fratricidios y parricidios entre compañeros”, dice Lenca, en otra reflexión autocrítica que la lleva a la revisión de sus propias convicciones.

El guerrillero agónico vive las dudas de todo convencido en el balance de su vida, en el final de su andadura, entre las consignas en desuso que pugnan por liberarse de las ataduras del olvido y las premoniciones que se le atoran en la mente.

O el Cristo ateo subido a la cruz que, en medio del vocerío amontonado de fariseos y samaritanos en túnicas níveas, judíos barbados, plañideras de rebosos enlutados, centuriones plateados y soldados en casacas entorchadas, alcanza a percibir una voz liberadora distante: “Pater in manus tuas commendo spiritum meum”.

Como digo en uno de los epígrafes del libro a manera de presentación y justificación de mis textos, la ficción cobra vida y recupera certezas cuando la imaginación desvela lo que la realidad oculta. Mis historias son eso, apariencias, figuraciones mías que quise rescatar por la necesidad íntima de verlas convertidas en realidad.

RamonaOpinión de Cochabamba – 17 de abril de 2022

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