La Academia Boliviana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española, incorporó a Juan Carlos Salazar del Barrio como nuevo miembro de número, ocupando la emblemática silla «Ñ».
La ceremonia, realizada este jueves por la noche en la Asociación de Periodistas de La Paz, destacó la trayectoria y el aporte de Salazar al periodismo y la literatura en Bolivia.
Durante su discurso titulado “Periodismo y Literatura, orillas de un mismo río», Salazar reflexionó sobre la profunda relación entre ambas disciplinas, señalando que «el periodismo y la literatura son dos orillas de un mismo río, unidas por la narrativa».
Destacó que muchos periodistas, como él, cruzaron de una orilla a la otra para incursionar en la ficción sin abandonar la crónica, una especialidad a la que le guarda “gran afecto”.
Salazar también expresó su satisfacción por ocupar la silla «Ñ», que anteriormente perteneció durante 30 años al destacado periodista y escritor Alfonso Prudencio Claure, más conocido como Paulovich.
«Es un honor heredar esta silla, no sólo por lo que representa la letra ‘Ñ’ para nuestro idioma, sino también por la trayectoria de quien la ocupó antes», comentó.
La respuesta al discurso de ingreso estuvo a cargo de Mariano Baptista Gumucio, exdirector de la Academia, quien elogió la elección de Salazar, calificándolo como «un candidato solvente y con credenciales únicas».
También resaltó la extensa trayectoria internacional de Salazar, quien trabajó como corresponsal de la agencia alemana de noticias en varios países, especialmente en España, donde fue reconocido como una de las 100 personalidades latinas más influyentes.
Salazar cubrió algunos de los momentos más relevantes de la historia reciente de América Latina, incluyendo la guerrilla del Che Guevara en Bolivia y los conflictos en Centroamérica y el Cono Sur.
Su experiencia como periodista se complementa con su faceta de escritor, habiendo publicado varios libros de crónicas y cuentos, como «La guerra en taxi», «La guerrilla que contamos», «Semejanzas», y «Figuraciones». Actualmente, es director de la carrera de Comunicación de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo” de La Paz y trabaja en nuevos proyectos literarios, mientras continúa cultivando su amor por la crónica.
La Academia Boliviana de la Lengua destacó que la postulación de Salazar fue propuesta por la poeta María Cristina Botello y la filóloga Tatiana Alvarado, y aprobada por mayoría, siguiendo los estatutos de la institución. Su incorporación reafirma el compromiso de la academia con la promoción y protección de las letras en Bolivia.
A la guerra en taxi: Crónicas desarmadas reúne crónicas, reportajes, perfiles y algunos textos más libres de las ataduras genéricas del periodismo, en los que Juan Carlos Salazar desgrana sus coberturas sobre los albores del periodo dictatorial en Bolivia (y sus resistencias), los horrores de la Operación Cóndor en Argentina y otros países, el genocidio ejecutado por EEUU y sus gobiernos títeres en Centroamérica, las penurias del “periodo especial” en Cuba y la guerrilla zapatista en México.
Más que una antología de textos de su autor, A la guerra en taxi está confeccionado
como un mapa periodístico de algunos de los principales conflictos armados que
desangraron a los países latinoamericanos durante la segunda mitad del siglo
pasado.
En sus textos se respira, de buenas a primeras, el aliento del periodista de raza: ese que sabe dónde encontrar historias y personajes, ese que sabe aquilatar sus narraciones con la información indispensable, ese que sabe cifrar en palabras sus certezas y dudas.
Ramona – Opinión – Cochabamba, 15 de octubre de 2023.-
El autor conversa con Juan
Carlos Salazar sobre su nuevo libro, “A la guerra en taxi”. “Al poder no le
gusta el ejercicio periodístico porque lo cuestiona”, dice el periodista y
escritor.
Por Erick Ortega
Hay tres verdades, cuando menos, que estallan en el libro de Juan Carlos Salazar. En primer lugar, el periodismo no puede estar nunca el lado del poder; sí hay buenos y malos (estos mucho más) en el ejercicio del poder; y por último el periodista debe ir a la guerra, no importa cómo, ya sea en taxi o a pie cargando una pesada mochila por terrenos indómitos. Empecemos por el final, contando la importancia de llegar allá donde hay que llegar, a la noticia.
Un conductor detiene al
Gato (quien no es fanático de los mininos, aunque tiene esculturas de ellos en
su casa) y le hace una pregunta doble: “¿Periodista? ¿Quiere ir a la guerra?”.
Esta experiencia le da título al último libro de Salazar, A la guerra en taxi,
que se presentó esta semana.
No, la pregunta doble no
era una excepción. Los taxistas solían permanecer a la caza de periodistas
durante la guerra en El Salvador, allá por los años 80. El Salvador, llamado
también “El pulgarcito de América”, es un país tan chico que le permitía a un
periodista llegar allá tomando los servicios de un taxi.
Para esa época el Gato ya
era un experto en esas correrías; estuvo reportando en la guerrilla del Che
Guevara en Bolivia, en 1967 y sus reportes hoy en día son históricos.
Conversar con él o leerlo
es conocer más del oficio. Cuenta, por ejemplo, que el fotógrafo Robert Capa,
quien retrató la Guerra Civil española decía que si una foto no es lo
suficientemente buena, es porque el fotógrafo no estuvo lo bastante cerca de su
objetivo… y lo mismo pasa con los periodistas. Hay que estar ahí, en medio de
la guerra. Después de todo el periodista recrea la historia.
Eso sí, para recrear la
historia Salazar tuvo que colocarse una mochila pesada, donde cargaba su
máquina de escribir (aquella que hoy en día está en su casa de la zona Sur) y
también debía tragarse artículos porque el telegrafista de Vallegrande no tenía
la experiencia para transcribir las historias largas, aquellas que incluso se quedaron
cortas, ante la importancia de lo vivido.
Y sí, hay malos y buenos
en la vida. Existen también los peores, aquellos que durante años se pusieron
la sotana de santos y agarraron las armas del pueblo y con los años se
volvieron en sus verdugos. Siempre los peores son los profetas que se
convirtieron en sátrapas en el ejercicio del poder. Salazar les dedica un buen
espacio en su libro y tiene muchas historias que contar.
En las calles y
discotecas, muchos hemos cantado a Molotov y repetimos: “Si le das más poder al
poder, más duro te van a venir a coger”… y el Gato lo sabe. “El poder
corrompe y el poder total corrompe totalmente y eso es lo que hemos visto. A
uno le cuesta imaginar, hablo por ejemplo lo que significó Nicaragua en los
años 80, a principio el sandinismo despertó la ilusión en todo el continente.
Ves ahora a Ortega y Murillo y son irreconocibles, son peores que Somoza”. Sí,
Daniel Ortega y Rosario Murillo fueron la cara revolucionaria que se le plantó
de frente al dictador Anastasio Somoza y hoy son su reflejo.
Hay más. El general Efraín
Ríos Mont en Guatemala era un pastor de una iglesia evangélica y él decía que
los hombres deberían ir con una Biblia y una ametralladora para combatir al
comunismo. Él puso a los indígenas ante la disyuntiva: ¿frijoles o fusiles?
Nunca les dio la alternativa porque los mató a todos. A fin de cuentas, su
política de tierra arrasada se resumía en bombardear comunidades indígenas
hasta liquidarlos a todos. Y sí, todo aquello fue registrado y contado por Salazar.
En Bolivia el general Hugo
Banzer Suárez también tenía una imagen clara al respecto y en la Masacre del
Valle, en enero de 1974, el dictador autorizó a los campesinos matar a los
“extremistas”. Esta parte de la historia de Bolivia es parte de la obra del
Gato.
Sí, hay personajes buenos
y malos. Incluso, a veces, los periodistas también aparecen en el lado de los
malos. Es cuando éstos forman parte del engranaje de un gobierno determinado,
sea de izquierda o derecha.
“Siempre el poder me ha
cuestionado y yo llevo casi 60 años”, dice orgulloso Salazar. Acota: “El
periodista y el periodismo trabaja en cuatro ámbitos: el ámbito democrático, el
autoritario, el dictatorial y el ámbito de conflicto (armado) yo he trabajado
en los cuatro ámbitos y en los cuatro ámbitos me he sentido acosado por el
poder. Al poder no le gusta el ejercicio periodístico porque cuestiona, porque
lo cuestionan”.
Sí, el ejercicio del
oficio es cuestionar. Hay que indagar y hurgar debajo de la alfombra. Y este
trabajo es un privilegio de pocos. “Yo volvería a ser periodista. Yo tuve el
privilegio de vivir de lo que me gusta hacer y me pagaban por eso”, refiere con
orgullo quien fue director de Página Siete.
Él sostiene que el
periodismo es un oficio y como todo oficio pues se aprende en un taller y el
taller del periodista es la redacción y la calle. “Ahí donde aprende el
periodista”, sentencia. Pero también hoy en día, acota es necesaria la
academia, la lectura constante y una especialización mayor.
Salazar supo ir de aquí allá,
y muchas veces lo hizo en taxi. Tomó un taxi en el aeropuerto de Tuxtla
Gutiérrez (ciudad mexicana) y se fue a la guerra de Chiapas, a mediados de la
década del 90; viajó por este medio desde el Palacio de Gobierno hasta la
Universidad Mayor de San Andrés, cuando se avecinaba el golpe de René
Barrientos, en noviembre del 64; y supo recorrer la capital haitiana para ser
testigo de la práctica de vudú.
“Mira, yo nunca me he
considerado un periodista de guerra, pero me pregunto y lo digo también en el libro:
En la época que me ha tocado vivir, una época tan conflictiva, ¿qué periodista
no lo era?, porque todos estábamos cubriendo siempre una guerra.
Así, de taxi en taxi los
ojos claros del Gato Salazar fueron conociendo lugares y descubriendo noticias.
Quizás este servicio privado callejero era más caro que el vehículo público,
pero a éstos les faltaba velocidad y llegar lo más cerca de la noticia, algo
clave para un periodista. Además, y lo más importante, la experiencia de ir a
una guerra en taxi no tiene precio.