El Doctor Cajías, un hombre multifacético*

Benjamín Franklin, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, erudito, escritor, filósofo, científico, impresor, activista cívico, político y diplomático, dijo alguna vez: “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”.

Recordé la frase y al personaje al rememorar a Huáscar Cajías Kauffmann. El “Doctor Cajías” a secas, como era conocido entre los periodistas de mi generación, era también un hombre polifacético, una persona con múltiples aptitudes y capacidades: Periodista, editor, abogado, criminólogo, filósofo, docente, político, diplomático, católico militante y, sobre todo, humanista.

La historia recuerda a Benjamín Franklin por su sabiduría, por la elegancia de su escritura, su ingenio y su gran sentido del humor, características que también podríamos encontrar en la personalidad de Don Huáscar, un hombre de cultura enciclopédica, dueño de una gran prosa, observador agudo y perspicaz de la condición humana y, tal vez por eso mismo, con un gran sentido del humor. Lo sabían los políticos de su época, víctimas de su sarcasmo y humor mordaz, y por qué no, también nosotros, sus colegas, objetos de su fina ironía.

Pero la frase del Padre de la Patria de Estados Unidos no solo me llevó a repasar las múltiples facetas de la personalidad del Doctor Cajías, sino a reflexionar sobre el perfil ético y humano de la trayectoria del hombre, un hombre brillante, producto de la armonía y el equilibro entre la inteligencia y el trabajo.

“Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo… Es lo que hizo y enseñó el Doctor Cajías a lo largo de su vida como periodista y maestro: escuchar, aprender, enseñar e involucrarse en las causas más justas de su tiempo. Hizo de su vida un ejemplo, y de su trayectoria, toda una docencia.

Lo conocí en septiembre de 1964, en las postrimerías del gobierno de Víctor Paz Estenssoro y en vísperas del golpe del general René Barrientos Ortuño, un golpe que inauguró el triple sexenio militar, con su seguidilla de dictadores fascistas, generales revolucionarios y caudillos de opereta.

Paz Estenssoro había decretado el estado de sitio y la censura de prensa para contener la ola de protestas populares que había estallado a lo largo y ancho del país como respuesta a su intento reeleccionista.

La censura de prensa de esas épocas no era tan sutil como la de ahora. El ministro de Gobierno de turno enviaba censores de carne y hueso a las redacciones de los periódicos, lápiz rojo en mano, para tachar frases, párrafos e incluso notas integras que a su juicio eran contrarias al interés político del régimen.

Cajías había convocado a una reunión de directores de medios en la redacción de su periódico, el diario católico Presencia, el más influyente de su tiempo, para coordinar acciones contra la censura. El padre José Gramunt, director de radio Fides y de la naciente Agencia de Noticias Fides (ANF), me pidió que lo acompañara.

Yo tenía 19 años. Estaba empezando en el periodismo, con apenas cuatro meses en el oficio. Cajías llevaba doce años al frente de Presencia, tiempo en el cual no solo había convertido al diario en una gran escuela, sino en el baluarte de la defensa de la libertad de expresión y de los derechos civiles y políticos de los bolivianos ante los atropellos del gobierno movimientista.

En abierto desafío a los nueve censores enviados a su periódico, en presencia de ellos, Cajías hizo un vehemente llamado a la defensa de la libertad de prensa.  “No nos queda otra cosa -dijo- que acatar la disposición, pero, mientras podamos, tenemos que poner en evidencia la arbitrariedad de la medida y dejar ver a nuestros lectores y oyentes que las noticias que estamos publicando han sido censuradas”.

Y así fue. Durante los 32 días de censura, Presencia y los demás diarios dejaron en blanco los espacios correspondientes a los textos censurados. Los periodistas se negaron a sustituir las notas eliminadas por otras, con el objetivo de poner en evidencia a los censores y así expresar su protesta contra la medida. Las radios, por su parte, empezaban la lectura de las noticias censuradas con un aviso: “La noticia que vamos a leer a continuación ha sido censurada”.

Presencia fue uno de los periódicos más activos en la resistencia. No se limitó a dejar en blanco las frases, párrafos y notas censuradas. Sus redactores llenaron las paredes de la redacción con letreros contrarios a la censura y frases alusivas a la libertad de expresión. Recuerdo que, al contestar cada llamada, la telefonista del diario repetía: “¿Aló? Aquí Presencia censurada, buenos días”.

Todo con la aquiescencia y aliento de su director.

Así conocí al Cajías defensor de la libertad de prensa, al activista de los derechos civiles y políticos de los bolivianos.

Un año después, al ingresar a la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, lo conocí como docente, como profesor de Criminología. Lo primero que me dijo al empezar el curso fue que no me confiara, que no porque fuera colega suyo, yo gozaría de algún privilegio, que nadie dijera que él tenía un trato de favor con otro periodista.

Sus clases eran magistrales y amenas, gracias, precisamente, a su conocimiento de la temática y también a su gran sentido del humor.  Era exigente y severo en extremo. Probablemente no tomé en serio su advertencia y, claro, reprobé ese primer año. Al año siguiente tuve que aplicarme a fondo para aprobar la materia. Y no fui el único. A otros colegas les pasó exactamente lo mismo. El poeta y periodista Pedro Shimose, quien también fue su alumno, recordó en alguna ocasión que sus “exámenes eran temibles” y que “constituían una sesión de tortura inquisitorial”.

Recuerdo sus clases sobre el criminólogo italiano Cesare Lombroso y su teoría sobre el “criminal nato”. Gracias a Cajías me enamoré de la criminología y años después descubrí y me enamoré de la novela negra.

Así conocí al Cajías docente.

Tiempo después, en mayo de 1970, me invitó a realizar una suplencia en Presencia. Todavía guardo el contrato firmado por el gerente de entonces, Armando Mariaca, que fijaba mi salario en 533 bolivianos con 20 centavos por mes. Hoy parecerá poco, pero no lo era, teniendo en cuenta que el director ganaba 400 dólares.

En mis más de 50 años de ejercicio profesional no conocí a ningún director que corrigiera personalmente los originales de sus redactores. Para ser sincero, yo tampoco lo hice cuando dirigí, por más de tres años, el diario Página Siete. Pero el Doctor Cajías sí lo hacía.

Cada reporte, nota o crónica pasaba por su rigurosa revisión. No solo observaba la ortografía, la sintaxis y el estilo de los escritos, es decir la forma y técnica de la narración, sino también el fondo conceptual y ético de cada texto.  Cuando se presentaba alguna discrepancia entre el redactor y el director, algo que ocurría con frecuencia, Cajías escuchaba pacientemente las razones de su periodista y él exponía las suyas. Por lo general, por no decir siempre, él tenía la razón y el redactor quedaba satisfecho con la explicación, que no dejaba de ser una clase exprés de buen periodismo.

Escrupuloso en el lenguaje, decía que no hay razón para hablar ni escribir mal. Gracias a ese afán, Presencia fue uno de los pocos periódicos bolivianos, si no el único, que tuvo un corrector de estilo, cargo que desempeñó el periodista y poeta Óscar Rivera-Rodas. Y el propio Cajías.

Al término de mi fugaz paso por el diario, me invitó a quedarme como reportero y redactor permanente, invitación que decliné debido al trabajo que desempeñaba como corresponsal de la Agencia Alemana de Prensa (DPA) en La Paz.

Así construyó Presencia, esa gran escuela de ética y buen periodismo, cuando Bolivia no contaba con escuelas para la formación académica de los periodistas. Era la época en que los periodistas aprendían el oficio en la práctica diaria y se nutrían de la experiencia y sapiencia de maestros como Cajías, a quien su colega y discípulo Harold Olmos describió alguna vez como “el roble de toda la arquitectura del periódico”.

Sin el doctor Cajías, Presencia no hubiese existido. Como dijo Pedro Shimose, “él era consciente de su proeza y, quizás por eso, era un padre celoso de su criatura”.

En Presencia conocí al Cajías periodista.

En 1979 coincidí con él en México para cubrir el primer viaje pastoral del recién elegido papa Juan Pablo II y la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (CELAM), celebrada en Puebla, él como director de Presencia, yo como corresponsal de DPA. Durante dos semanas seguimos de cerca las deliberaciones de los obispos del continente.

Eran los tiempos del cristianismo radicalizado, surgido de la Conferencia Episcopal de Medellín, en 1968, alimentado por la naciente Teología de la Liberación, una corriente eminentemente latinoamericana que postulaba la “opción preferencial por los pobres” y que tenía como principales exponentes a varios teólogos de peso, como el peruano Gustavo Gutiérrez y el brasileño Leonardo Boff; obispos como los  brasileños Hélder Cámara y Pedro Casaldáliga, y sacerdotes que pasaron de la teoría a la práctica, como el cura guerrillero colombiano Camilo Torres, muerto en combate con el Ejército, en 1966.

Era una época de polarización política e ideológica, tiempos en que muchos creían ver un guerrillero debajo de cada sotana.

Recuerdo con cariño y nostalgia esa cobertura periodística. Con Cajías y otro periodista boliviano, Hernán Maldonado, enviado de la agencia estadounidense UPI, asistíamos a las conferencias de prensa matutinas, durante las cuales un grupo de obispos informaba sobre el curso de la conferencia, y después almorzábamos en un restaurante local para recapitular y comentar el apasionado debate de los pastores de la Iglesia continental.

Católico militante, orgulloso hombre de la Iglesia, Cajías nos alertaba sobre el verdadero significado del mensaje evangélico y no dudaba en apelar a los propios teólogos de la liberación para señalar que el hombre debía ser visto en sus coordenadas económicas, sociales, culturales y raciales, en el marco de su realidad, como el sujeto muchas veces de una clase social explotada, de un pueblo dominado y de una  raza marginada, pero esto, nos decía, ya lo había visto y dicho Cristo, que había optado por los pobres y había denunciado la miseria escandalizadora y envilecedora que prevalecía en el mundo, pero una opción, decía, que no podía ni debía empujar a la militancia partidaria ni a promover el cambio por la vía de la violencia.

Cada charla era, nuevamente, una clase magistral, esta vez de teología, que nos permitía, como periodistas, dotar a nuestras crónicas y reportajes del contexto imprescindible.

Así conocí al Cajías católico y teólogo.

Años más tarde, estando en el aeropuerto de México, a punto de embarcar para La Paz en una de mis vacaciones anuales, se me acercó uno de sus yernos, feliz y aliviado de encontrarme, pues estaba a punto de embarcar a su hija y nieta de Don Huáscar, de cuatro o cinco años edad, rumbo a Bolivia, bajo la custodia de la azafata del Lloyd Aéreo Boliviano.

“Mi suegro la estará esperando en Santa Cruz”, me dijo. Yo acepté gustoso la responsabilidad del encargo. Al llegar a Santa Cruz, divisé a Don Huáscar, inquieto, que estiraba el cuello y levantaba la cabeza hasta donde podía, para tratar de ubicarnos entre los pasajeros que esperábamos recoger nuestro equipaje.

El encuentro con su nieta fue francamente conmovedor, unidos en un tierno abrazo, él al borde del llanto.

Ese día conocí al ser humano, al hombre querendón de la familia.

Quise recordar al hombre que conocí en el día a día, al periodista, al docente, al católico militante, en fin, al hombre multifacético, pero también al ser humano, al maestro que escuchaba, enseñaba y se involucraba en las causas más justas de su tiempo.

Yo siento un gran orgullo de haberme formado en la Universidad Católica, de haber egresado en su primera promoción de periodistas, hace 50 años, y de ocupar actualmente la dirección de esta querida Carrera, pero nunca he olvidado ni olvidaré a los maestros que guiaron mis primeros pasos en el oficio. Me refiero al padre José Gramunt, a Alberto Kit Bailey Gutiérrez y, por supuesto, al Doctor Cajías.

Huáscar Cajías Kauffmann fue un hombre de muchos méritos. Uno de ellos es, precisamente, haber convertido la modesta redacción de lo que empezó como un periódico de pueblo, Presencia, en la escuela de la que carecía Bolivia, donde sus alumnos aprendieron a rendir culto a la verdad, a la justicia y la solidaridad, los grandes principios de la ética periodística.

Cajías formó a los mejores periodistas de mi generación, colegas que destacaron en Bolivia y fuera de Bolivia, con trayectorias que hablan por sí solas de la escuela que fue Presencia. Al repasar sus nombres, no puedo menos que dar la razón a Domingo Faustino Sarmiento cuando dijo que “los discípulos son la biografía del maestro”.

*Texto publicado en el libro Huáscar Cajías Kaiffmann, un hombre multifacético. La Paz, noviembre de 2021.

Gastón Suárez, escrutador de almas*

Víctor Hugo dijo alguna vez que el cuerpo humano no es más que apariencia, una apariencia que esconde nuestra realidad, y que la realidad no es otra cosa que el alma. Como uno de los protagonistas de sus cuentos, el actor que descubrió la complejidad humana en los múltiples y diversos personajes que le tocó interpretar en su larga carrera, Gastón Suárez se sumerge en el comportamiento de los hombres para dar razón al autor de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry, cuando dijo que “lo esencial es invisible a los ojos”.

Si En vigilia para el último viaje, su primer libro de cuentos (1963), reflejó con hondo realismo la geografía humana  del ambiente minero y rural, con sus personajes de carne y hueso de las minas del sur y la campiña chicheña, en su segundo libro, El gesto (1969), el escritor tupiceño se sumerge en la vida interior de sus protagonistas en la búsqueda de la esencia que no alcanzamos a percibir con nuestros ojos para rescatar sus temores, sus miedos, sus resentimientos y sus frustraciones. Como diría el filósofo Guillermo Francovich, antes que la realidad exterior, Suárez “capta las almas”.

A Gastón Suárez, como recordé en algún escrito, le gustaba vagar entre los maizales, los sembradíos de habas y los durazneros de la campiña tupiceña, trepar los cerros colorados y zambullirse en las aguas amarillas del río Tupiza, sumergido en ensoñaciones fantásticas, figuraciones que se plasmaron años después en narraciones en “realidades tangibles”, en palabras de Francovich, relatos que expresan “el prodigio de vivir”.

Quiso ser un escritor a la altura de los novelistas que alimentaban las lecturas de su madre, María Paredes, una maestra rural aficionada a los autores románticos franceses, quien se hizo cargo de su educación y lo guió en el aprendizaje y sus primeras lecturas cuando abandonó la escuela antes de terminar el ciclo primario. Años después, desertó de todos los trabajos que le permitían ganarse el día a día, sabedor de que el oficio de escritor requería de tiempo completo. Compró un camión a plazos y empezó a recorrer el país como transportista.

Esa experiencia no solo le permitió conocer Bolivia de punta a punta, sino a su gente, y describir el mundo que conoció y vivió con “el realismo más inmediato”, con personajes de carne y hueso, tomados de la vida misma, porque como el actor de uno de sus cuentos que interpretó al cura, al peluquero, al aparapita, al boxeador, al diputadillo, al tendero, al carnicero, al capataz y al mariquita, Gastón Suárez fue ferroviario, empleado bancario, minero, camionero, taxista, periodista, corrector de pruebas, en fin, un mil oficios, vivencias que recogió en Vigilia para el último viaje, unos relatos que Julio de la Vega enmarcó en el “boom” literario latinoamericano de la época.

Si los escenarios y los protagonistas del primer libro de cuentos son reconocibles, debido precisamente a su realismo, el enfoque del segundo, El gesto, es absolutamente diferente, más psicológico y, por tanto, más universal. Si en Vigilia para el último viaje el autor ve a los protagonistas desde fuera, en El gesto lo hace desde dentro, situándose, como diría Francovich, como uno de sus personajes, como “un observador de las contradicciones y de las miserias de los hombres”. Es pues, en palabras del crítico Óscar Rivera-Rosas, un escrutador de la “introversión psicológica”.

Apela para ello, preferentemente, al monólogo, al soliloquio, lo que le permite desarrollar “conversaciones en solitario” con él mismo, para reflexionar en profundidad sobre la vida misma de los personajes, con sus éxitos y fracasos, sus penas y alegrías, que no es otra que la vida misma de cualquiera de nosotros. Sus personas hablan “en voz alta”, escuchándose a sí mismos, con expresiones y reflexiones íntimas que no solo ponen de manifiesto sus pensamientos y sentimientos, sino que dan forma al argumento y al ritmo en el tejido del relato.

“¿Comprendes o no, Julia? Polvo, fin absoluto, nada. ¿Y si realmente fuera así? No, algo nos dice, en lo más hondo de nuestro ser, que los muertos, al menos en los primeros días, y desde otras dimensiones, nos oyen y nos ven y nos comprenden”, reflexiona Mauricio ante el cuerpo yacente de su esposa, Julia, en Noche de duelo, en un dramático soliloquio que va de la nostalgia del amor conyugal perdido a la confesión de la pasión por Lorena, la muchacha de “muslos, blancos, firmes, vibrantes”, cuñada y hermana de la difunta.

“Ay, Julia, cómo me duele el haberte perdido. Me gustaba desnudarte, tocarte por partes, recorrer mis manos por tus… Tu bondad, tu sabiduría, tu juventud “, le dice mientras le pide perdón. “Perdón, perdónanos, Julia ¿No es mejor que haya sucedido así? (…) Yo y Lorena… ¡Lorena, tu boca, tus ojos, tu cuerpo me enloquecen! ¡Amada, vida, sol, amor!”.

El soliloquio de Noche de duelo, tal vez el mejor logrado de la colección de cuentos, recuerda a Cinco horas con Mario, una de las grandes novelas del español Miguel Delibes (1920-2010), igualmente apasionado por la complejidad del ser humano, que relata las confesiones de la viuda, Menchu,ante el cadáver de su esposo, abrumada por el sentimiento de culpa. “Mario, anda, te lo pido de rodillas, no hubo más, te doy mi palabra, yo solo he sido para ti, te lo juro, te lo juro y te lo juro, por lo más sagrado”.

El soliloquio y el monólogo no son recursos habituales en la literatura boliviana. Gastón Suárez los emplea con maestría para desnudar el alma de sus personajes, para develar las cosas “graves, oscuras, misteriosas”, las cosas “turbadoras, turbantes, túrbidas” de la vida, y para mostrarnos cómo, en palabras de San Agustín, “el alma desordenada lleva en su culpa la pena”. Y también, claro está, cómo no hay absolución sin confesión.

Hombre de teatro al fin, además de cuentista, Suárez maneja el diálogo con maestría, como en La ronda y Dos hermanos, con parlamentos de gran intensidad, frases cortas y directas, sobre todo en La Ronda, que dan forma y fondo a la estructura, y sobre todo vivacidad y dinamismo al relato.

No son sus únicas características. El escritor tupiceño experimenta con la estructura de sus relatos como el orfebre con los metales preciosos, sabedor de que en la literatura importa tanto el qué como el cómo, el fondo como la forma, como, por ejemplo, en El diario de Mafalda, estructurado, efectivamente, como el recuento de los últimos días de una pavita, llamada Mafalda, en vísperas de su sacrificio en la Navidad, toda una metáfora de la vida, con su “trayectoria llena de dolor y  muerte”.

Resultan llamativos los relatos desarrollados en un solo párrafo, como en Hoja al viento y Mendigo en Snack Bar. Suárez ya había experimentado con esa estructura en El iluminado, una narración breve muy exitosa incluida en Vigilia para el último viaje.

Los párrafos cortos oxigenan un texto, pero Suárez aprovecha la ausencia de ese “aire” para dotar a su narración de dramatismo y tensión. Para ello apela a las frases breves, cortantes, casi telegráficas, y a la economía de palabras, que marcan el relato con una prosa densa y a la vez urgente y trepidante, como en Mendigo en Snack Bar: “Hora tras hora parado, mirando comer, echando babas. Hambre filuda punzando mi barriga. Hambre… dormir… comer. Qué rico olor…  ¡Una caridad! ¡Una limosna por amor de Dios! (…) Una caridad… una caridad. Un pesito más… listo… contento… ¿Qué tendrán? Comen y pasan, comen y pasan. No me miran. Malos están ahora”.

Como escrutador del alma, Suárez saca a flote el resentimiento, el rencor, la avaricia y el dolor de sus personajes, pero también el amor que suele estar en la otra cara de todo comportamiento humano. Lo hace con un estilo sobrio, plástico y elegante, a veces perturbador como perturbadora es toda contradicción humana.

“Ser o no ser, he aquí el problema”, declama Filiberto Monzante, el actor del cuento homónimo, al repetir la primera frase del soliloquio de Hamlet, la obra de William Shakespeare. Y en esa reflexión que “da existencia tan larga al infortunio” radica en definitiva el gran dilema de los personajes de Suárez, los que sufren y aguantan “los ultrajes y desmanes del mundo, la injuria del opresor, la afrenta del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejación que el paciente mérito recibe del hombre indigno”.

El logro de Gastón Suárez es precisamente ese. Ir más allá del simple hecho, más allá de la anécdota, como apuntó Óscar Rivera-Rodas, para descubrir sutilmente las situaciones trascedentes que la realidad oculta.

La Paz, Mayo de 2021.

*Prólogo al libro El Gesto.-

Discurso de posesión de la dirección de la Carrera de Comunicación Social de la UCB

Para mí es un honor y un orgullo asumir la dirección de la carrera de Ciencias de la Comunicación de nuestra universidad. Un  honor porque nuestra carrera es, sin lugar a dudas, la de mayor prestigio de Bolivia y una de las más importantes de América Latina. Y un orgullo porque mi designación coincide con el 50 aniversario de la colación de grados de la primera promoción de la Católica, a la que pertenezco. Un honor, pero también un enorme desafío.

Recuerdo con mucho cariño el día que recibí el título de manos del fundador y primer rector de nuestra universidad, monseñor Genaro Prata, el 23 de diciembre de 1970, un título que me acreditaba como uno de los primeros profesionales de Comunicación Social graduados en Bolivia; un título, el de Periodista, del cual me siento muy orgulloso porque refleja muy bien el oficio al que me he dedicado toda la vida, y que, por cierto, ya no lo otorga la Universidad Boliviana, al menos no con ese nombre.

Pero no es únicamente un tema formal. Ninguna generación como la mía ha vivido de manera tan intensa y dramática la revolución tecnológica, que está en el corazón mismo de la comunicación. Para medir la magnitud de los cambios bastaría con decir que los periodistas de mi generación hemos pasado, en medio siglo, del telégrafo Morse al Internet.

Estamos viviendo tiempos de cambio y también de crisis, que se agudizaron en los últimos años. Todavía no habíamos asimilado la revolución tecnológica cuando nos sorprendió la crisis económica global de la última década; y no habíamos superado esta última cuando nos atrapó la pandemia del coronavirus, con su secuela de cuarentenas, que no ha hecho otra cosa que acelerar la transición en las que estábamos embarcados desde inicios de este siglo.

Y como todas las cosas en la vida, la medalla tiene un anverso positivo y un reverso negativo, La revolución tecnológica es una oportunidad, pero a la vez  un incordio. Nunca como ahora habíamos gozado de tan irrestricto acceso a la información ni de las posibilidades casi ilimitadas para difundir nuestras ideas y opiniones, pero también, nunca como ahora, habíamos visto tales niveles de desinformación y manipulación informativa. Y esto está íntimamente ligado con la ética periodística.

El padre José Gramunt, mi primer maestro en el oficio, solía decir que los primeros periodistas de la era cristiana fueron los cuatro evangelistas. Y es cierto. Desde el punto vista periodístico formal, cada Evangelio es una crónica perfecta. La parábola de la multiplicación de los panes y los peces tiene 191 palabras. Si hubiese habido un periódico en ese tiempo, hubiese sido un reportaje de primera plana.

Los evangelistas utilizaron la palabra para transmitir la Buena Nueva. El periodista no solo debe buscar la verdad, sino utilizar la palabra para transmitirla. Ese es el desafío de nuestro tiempo, un desafío que enfrenta el peligro señalado.

Tengo el privilegio de contar con un equipo de colaboradores y docentes de primer nivel, quienes, a lo largo de los últimos años lograron situar a nuestra carrera en el sitial de honor en el que se encuentra actualmente, un equipo que, sin lugar a dudas, seguirá trabajando con el mismo entusiasmo para enfrentar los nuevos retos.

En lo que a mí respecta, me gustaría recordar al escritor y académico inglés Colin MacCabe, quien dijo en alguna ocasión: “Me gusta escribir sobre lo que sé y me gusta enseñar lo que quiero aprender”.

Durante los nueve años que llevo como docente en la Cato, he aprendido mucho de mis colegas y de mis propios alumnos. Y en esta nueva responsabilidad espero seguir aprendiendo de ellos.

La Paz, diciembre de 2020.

Gustavo Rodríguez Ostria

Con Gustavo Rodríguez Ostria me pasó lo que suele pasar cuando suponemos que tenemos toda la vida por delante: «¡Tenemos que tomar un café!», «¡Te busco cuando pase por Lima!» «¡Llámame cuando pases por La Paz»!. Al final, ni lo uno ni lo otro.

Lo conocí en Cochabamba en una reunión de obras de la Compañía de Jesús. Él dirigía la revista Cuarto Intermedio y yo asistí en representación del Padre José Gramunt y de la Agencia Fides.

Para entonces yo ya había leído su monumental historia de la guerrilla de Teoponte, tan bien documentada y tan bien escrita.

Posteriormente, en una encuesta realizada por el diario Los Tiempos, tuvo la generosidad de mencionar La guerrilla que contamos, el libro que escribí con José Luis Alcázar y Humberto Vacaflor, y Che: Una cabalgara sin fin, el que publicamos con los colegas de Página Siete, entre «los 10 libros imprescindibles» sobre la campaña del Che Guevara en Bolivia.

También fue muy generoso al comentar un cuento que escribí («El espejo») sobre la agonía del Che: «Lindo y estremecedor relato, del final al principio. La ficción permite una libertad que el historiador no dispone», escribió entonces.

Intercambiamos algunos mensajes a propósito del libro que estaba escribiendo sobre el Che. Me dijo que su intención era publicarlo en 2017, con motivo del cincuentenario su muerte, pero que a medida que avanzaba encontraba nuevos datos y nuevos hilos que mantenían abierta su investigación. Por eso me alegró saber –por Juan Ignacio Siles y la Editorial Plural– que su libro está en imprenta y que pronto verá la luz. No tengo ninguna duda de que será otra obra monumental.

Gustavo nunca ocultó su admiración por el Che. En su breve comentario sobre mi cuento, en el que imagino la agonía de un hombre, no del mito, me recordó: «Hay, sin embargo, fuentes documentales y testimoniales, para sostener que el Che vivió sus últimas horas, desafiante y sin renunciar a su proyecto guerrillero: Yo soy».

El legado de Gustavo es enorme. Descanse en paz.

La Paz, 16 de noviembre de 2020.