Prólogo al libro “Desencuentros en la orilla”

Nació primerizo, a los siete meses de gestación, en una casa abrazada por viejos árboles de tamarindo de Trinidad, hijo de una trinitaria de “enormes ojos color de tiempo y tez blanca como la luna” y de un emigrante japonés que había llegado a las tierras bajas en busca de los árboles de monedas de oro. Con su sabiduría ancestral, la matrona les reveló el significado del nombre que habían elegido para su vástago: “El que gobierna para el bien y la paz del mundo”. Les dijo también que los nombres de las criaturas son sagrados, que son amuletos y guardianes, que deben ser guardados con el mayor secreto para que ningún extraño o persona con malas intenciones pueda desviarlos de su destino, pero que en el caso del recién nacido no había ningún problema porque había sido su madre, precisamente, quien había pronunciado su nombre por primera vez, Freddy, y que esa era su estrella.

Vania Solares Maymura “evoca con frenesí” los orígenes familiares y los “desencuentros en la orilla” de la vida y el destino de su tío Freddy Maymura Hurtado, el joven médico trinitario enrolado en la guerrilla del Che Guevara y ejecutado a sangre fría tras caer vivo en la emboscada de  Vado del Yeso, el 31 de agosto de 1967. Como en las coloridas pinturas de la artesanía chiquitana, la autora dibuja las “campiñas tórridas, tapizadas por la floresta”, donde vieron la luz los cinco hijos de Rosa Hurtado Suárez y Junkichi Maymura Ojera, y con la habilidad propia del artesano, rescata el trajín del revolucionario, desde su infancia -el niño que era capaz de sacarse hasta los zapatos para donarlos a sus compañeros de “rostros pálidos y cuerpos escuálidos” de la escuela-, hasta el trágico fin que no había previsto la comadrona que lo trajo al mundo.

El nombre de Freddy no era conocido cuando estallaron las hostilidades en la cañada de Ñancahuazú, el 23 de marzo de 1967. Se lo conoció cinco meses después como una de las víctimas de la emboscada organizada por el entonces mayor Mario Vargas Salinas en complicidad con el campesino Honorato Rojas, quien condujo a la muerte a los diez integrantes de la retaguardia de la guerrilla guevarista. Tampoco se conocieron de inmediato las circunstancias de su ejecución a manos de un suboficial de origen trinitario conocido suyo, una verdad que tampoco estuvo al alcance de su familia sino hasta años después, tras el retorno de la democracia. Al difundirse el diario del Che, en julio de 1968, supimos que el jefe guerrillero lo había elogiado por haber superado “la doble prueba del sacrificio y el fuego”.

Pasada la pesadilla dictatorial, durante la cual la familia sufrió persecución por el solo hecho del llevar la misma sangre, su hermana Mary reconstruyó la historia en El Samurai de la Revolución. Ahora lo hace Vania, hija de Mary y sobrina de Freddy, en un texto primoroso, cargado de amor y poesía

No se puede –ni se debe- juzgar con los parámetros actuales las razones que impulsaron a una pléyade de jóvenes a empuñar las armas hace medio siglo –primero en Ñancahuazú y después en Teoponte-, cuando toda una generación buscaba hacer realidad sus ideales de cambio social. El mundo vivía los “años calientes” de la Guerra Fría, entre satrapías militares, rebeliones populares y guerras coloniales, un mundo bipolar, en blanco y negro, sin grises intermedios, que interpelaba a la juventud y le demandaba definiciones. Bolivia y América Latina buscaban su destino entre dos paradigmas: la Revolución Cubana de Fidel Castro y el Che Guevara, victoriosa en la Sierra Maestra y en Playa Girón, y la Alianza para el Progreso de John F. Kennedy, que no tardaría en decantarse por el statu quo.

Eran tiempos de premura revolucionaria, donde la voluntad del cambio prevalecía sobre las “condiciones objetivas” para promoverlo. Años después nos enteraríamos de que el propio Fidel Castro había intentado disuadir al Che de viajar a Bolivia, porque consideraba, precisamente, que el país elegido para la creación del primero de muchos Vietnam no reunía las condiciones políticas y sociales para semejante andadura.

Vania no entra a las disquisiciones políticas e ideológicas de la época, pero sí ubica a su personaje, el muchacho “callado, serio y muy tímido”, como lo describía su hermana Mary, que se forma políticamente en la Juventud Comunista y “desde peladito” muestra “el espíritu que lo había llevado por esos rumbos” de la militancia. La sensibilidad social lo llevó a ingresar a la Facultad de Medicina de La Habana y la conciencia revolucionaria  a enrolarse en las brigadas organizadas por el gobierno cubano para defender a la isla de un posible ataque estadounidense durante la llamada crisis de los misiles de octubre de 1962, que enfrentó a Estados Unidos y la Unión Soviética y que puso al mundo al borde de una hecatombe nuclear. Fue su primer contacto con las armas, como artillero antiaéreo, ocasión en la que también experimentó por primera vez la ansiedad y tensión de las vigilias y los patrullajes nocturnos.

Cuatro años después, en noviembre de 1966, partiría de La Habana rumbo a La Paz en compañía de otros jóvenes comunistas bolivianos, entre ellos Roberto Coco Peredo, para incorporarse al contingente de Ñancahuazú con el nombre de guerra de Ernesto.   “…a las 9 llegó el primer jeep de la Paz. Con el Coco venían Joaquín (Juan Vitalio Acuña Núñez) y Urbano (Leonardo Tamayo Núñez) y un boliviano a quedarse: Ernesto, estudiante de medicina”, escribió el Che el 27 de noviembre en su diario.

Vania reconstruye la historia de la saga familiar desde la llegada de sus abuelos Rosa y Junkichi a Trinidad, a una casa blanca poblada de “macizos de ramas y hojas esmeraldas cargadas de frutos” -a donde habían recalado tras casarse “a la usanza del Oriente boliviano”, ante los reparos de la familia de Rosa al matrimonio-, hasta el sacrificio de Freddy en Vado del Yeso, cuando “la muerte se descolgó del follaje alto y oscuro de las orillas” del río y “como las alas de mil vampiros, remordió la carne joven de los guerrilleros”.

Recrea el paisaje que “se calaba en el amarillo prieto del río solitario”, de “aquel recodo ermitaño que retenía en el subconsciente el ayer y más allá del tiempo, casi en el territorio de la leyenda”, en el momento en que Freddy “sintió el deseo imperioso de ser visto por los ojos color miel de Rosa Hurtado, y dejar allí en la retina el último registro de su existencia, en el ocaso del final del invierno”.

Nos muestra a los guerrilleros de Joaquín en las “noches más largas que los días”, acechados por “los insectos, los animales y algún pensamiento desolador que se colaba al cansancio y su fiebre”, con “los estómagos casi vacíos, las bocas como un desierto, secas, ásperas y sin palabras”, como esa última noche de agosto, bajo esa “luna de nirvana” que ilumina toda víspera. 

Para reconstruir la historia, la autora apela básicamente al testimonio de José Castillo Chávez, alias Paco, el único sobreviviente de la masacre, que debió cargar hasta su muerte con el estigma que le endilgó el propio Guevara, como “resaca” de la guerrilla, y la cruz que le impusieron sus captores y torturadores al perdonarle la vida. ¿Colaboró Paco con los militares a cambio de su vida? Vania no lo juzga ni condena. Lo describe como el “antihéroe de la Retaguardia” y lo muestra congelado por el miedo, con la transpiración “fría y ácida” que baña su cuerpo, “frente a una 42 milímetros cargada de plomo y lista para cazar guerrilleros”, mientras el índice del torturador juega con el gatillo. Es el “ex” que en el infierno del exilio interior trata de reivindicar su pasado y dice que no fueron las Fuerzas Armadas ni los “boinas verdes” quienes derrotaron al Che, sino “el hambre y la traición”.

En su calidad de testigo, como periodista, y protagonista, como familiar, la autora recupera también la historia del hallazgo de los restos de su tío en Vallegrande, en 1999, y nos cuenta su “obsesión” por “el esqueleto 6”, al que ubicó “sembrado como parte de un vergel en la esquina inferior izquierda de la fosa común”, y que se confirmaría posteriormente como perteneciente a Freddy. 

Periodista al fin y al cabo, la autora alterna la crónica con otros géneros propios del oficio, como la semblanza y la entrevista, en un crisol narrativo depurado y armónico. Lo hace a través de imágenes de gran fuerza y dramatismo, en unos casos, y de profunda ternura, en otros, pero, sobre todo, de personajes convincentes, hombres de carne y hueso, como Paco y el propio Ernesto, a quienes muestra como seres humanos antes que militantes.

Vania nos ofrece una novela de no ficción que muy bien podría inscribirse en la corriente del Nuevo Periodismo, con una historia real relatada con el lenguaje y los recursos literarios propios de la ficción, en la que los datos y los hechos históricos son apenas un punto de partida para la reconstrucción de un momento dramático del devenir boliviano, lo que el historiador y periodista británico Timothy Garton Ash llamaría “la literatura de los hechos” o el relato que apela a la ficción para hacer el mejor de los periodismos. Y Vania nos demuestra que -como dijo el español Manuel Leguineche- “la literatura y el periodismo son orillas del mismo río”.

En las cálidas noches de la casa blanca de Trinidad, Junkichi Maymura Ojera narraba a sus hijos los cuentos encantados que habían animado a los primeros emigrantes japoneses en su aventura americana de principios del siglo pasado, como el de los árboles cuajados de monedas de oro, la quimera que nunca pudieron alcanzar. La guerrilla es apenas el hilo conductor de otra historia, la verdadera, la que cuenta la vida de un joven idealista que vio en el cambio social el árbol de las monedas de oro que impulsó a sus ancestros.

La Paz, 11 de septiembre de 2017

Prólogo al libro “Regis Debray, Entrevista y textos”

Marcelo Quezada es un hombre de larga militancia. Su biografía personal se confunde con la historia de la izquierda boliviana y está ligada a muchos de los episodios que vivió su generación, ya sea en los tiempos del auge revolucionario o de la travesía del desierto –en el exilio o la resistencia- que impuso la larga noche de las dictaduras militares. Me lo presentó un amigo común, Liber Forti, y a lo largo de los años descubrimos que compartíamos, sin saberlo, no solo amistades, sino también experiencias de vida.

Durante mis investigaciones y lecturas sobre la guerrilla de Ñancahuazú, me encontré con su nombre en la declaración que formuló Regis Debray a sus captores del Ejército el 8 de mayo de 1967, tres semanas después de su captura en Muyupama, el 20 de abril de 1967. En el interrogatorio, el francés “reveló” los contactos que había sostenido en La Paz antes de entrar a Ñancahuazú para entrevistarse con el Che Guevara. “Además de Moisés Guevara, en La Paz contacté con Marcelo y Guido Quezada, N. Reinaga y N. Echazú; a estos conocía en Bolivia desde 1963”, dijo a los agentes del servicio de Inteligencia del Ejército y la CIA.

Lo cierto es que los hermanos Marcelo y Guido Quezada eran amigos de Debray desde sus épocas de estudiantes, a principios de la década de los 60. Marcelo recibió con sorpresa la declaración del francés, que lo puso en la diana de los servicios de seguridad, pero sabía que Debray no había intentado involucrarlo en una aventura en la que no tenía nada que ver, como era la guerrilla, sino que buscaba eludir la presión del interrogatorio mencionando, precisamente, a personas ajenas a la conspiración. De hecho, Quezada mantiene su relación de amistad con el francés.   

Marcelo Quezada conoció a Regis en la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos de La Habana en 1961, “Año de la educación”, dos meses después de la victoria de Playa Girón. Marcelo militaba en la Juventud del Partido Comunista de Bolivia (PCB), a cuya fundación contribuyó en junio de 1953, como miembro de la Juventud. Como militante comunista fue también el primer becario, a sus 18 años, en la Checoslovaquia comunista. Era comunista, sí, pero sobre todo castrista y guevarista, como era común en la juventud de la época. De hecho, estando en Praga –dominaba el checo-, contribuyó a la instalación de la corresponsalía de la agencia cubana de noticias Prensa Latina (PL), fundada tras el triunfo revolucionario, en 1959, por Jorge Ricardo Masetti y una pléyade de periodistas de fuste encabezados por Gabriel García Márquez, Rogelio Pajarito García Lupo, Carlos María Gutiérrez y otros.

También conoció en Europa a la venezolana Elizabeth Burgos, que años después se convertiría en la compañera de Regis, con quien se casaría en la prisión de Camiri. La conoció en Munich, en 1962, camino del Festival Mundial de la Juventud (comunista) de Helsinki, al que también asistió Quezada junto con otros jóvenes bolivianos, entre ellos Humberto Vázquez Viaña. El hermano de Humberto, Jorge, conocido como Loro, fue una de las primeras víctimas de la guerrilla del Che tras caer preso y, según varias fuentes militares, ser lanzado vivo desde un helicóptero.     

Durante su primera visita a Bolivia, en 1963, junto con su compañera Elizabeth Burgos, Debray tomó contacto con los hermanos Vázquez Viaña y con Marcelo Quezada. Eran tiempos de radicalización y Regis militaba en el maoísmo. De hecho, realizaba una gira por América Latina con una credencial de la revista francesa pro china Revolución, dirigida por el controvertido abogado Jacques Vergés y financiaba la República Popular China.  

El Partido Comunista Boliviano (PCB), en el que militan los hermanos Quezada y los hermanos Vázquez Viaña,  sufría el desgarramiento del movimiento comunista internacional a consecuencia de las divergencias ideológicas entre China y la Unión Soviética. Los Quezada quedaron alineados en la corriente maoísta, fundadora del Partido Comunista Marxista Leninista (1965), lo que explica también la amistad con Debray, en tanto que los Vázquez Viaña permanecieron leales al comunismo “moscovita”, liderado por Mario Monje Molina, hasta la ruptura con el Che Guevara.

Las divergencias políticas e ideológicas eran tan grandes que, durante su segunda visita a Bolivia, en 1966, esta vez para elegir el terreno de la acción revolucionaria, Debray, que se había alojado con Elizabeth en la casa de los Vázquez Viaña, se vio obligado a mudarse a la vivienda de Guido Quezada, con cuya familia, obviamente, tenía muchas más coincidencias, empezando por sus críticas a la Unión Soviética.

A pesar de su militancia juvenil, durante la cual llegó a ser el responsable de la Círculos Juveniles de Secundaria del PCB, mientras estudiaba en el Colegio Hugo Dávila, y su proximidad a la gente amiga de la Revolución Cubana, como el propio Debray, Marcelo Quezada nunca fue “tentado” para entrar al Ejército de Liberación Nacional (ELN), al que sí ingresó una facción disidente del maoísmo, encabezada por Moisés Guevara.

Sin embargo, junto con otros 18 militantes de su partido, recibió entrenamiento militar en China y Albania en 1967, año en que el Che luchaba en Bolivia, pero no para incorporarse a Ñancahuazú, sino en un proyecto insurgente propio del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML).  De hecho, como él mismo cuenta, en la Academia Militar de Nan Kin le enseñaron que la “base de apoyo” maoísta (campesina) era el “verdadero camino” de la liberación, en el marco de la “guerra popular prolongada”, en contraposición al “foco guerrillero pequeño burgués y aventurero” que protagonizaba  el Che Guevara, al que consideraban un “agente del revisionismo soviético”.

Guevarista y procastrista como era desde su juventud, Marcelo Quezada rompió con el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML) el día en que Fidel Castro afirmó –en la Introducción Necesaria al diario del Che- que Oscar Zamora Medinaceli, líder del maoísmo en Bolivia, era “otro Monje que hacía algún tiempo se había comprometido con el Che a trabajar en la organización de la lucha armada guerrillera en Bolivia, rehuyendo después los compromisos y cruzándose cobardemente de brazos a la hora de la acción, para convertirse con posterioridad a su muerte en uno de sus mas venenosos críticos, en nombre del ‘marxismo-leninismo’”.  En ese mismo documento, Fidel Castro había llamado a Mario Monje “inexperto seso hueco de estrechas miras chovinistas”.

Marcelo no fue un exiliado clásico. Es decir, nunca pisó una embajada para pedir asilo político, sino que, como muchos militantes de su generación, deambuló por el mundo con pasaportes falsos, elaborados en la clandestinidad de la resistencia. Y, claro, en ese deambular, a su paso por París, nunca dejó de frecuentar a su amigo de juventud.

Esa vieja amistad explica la entrevista que le concedió Debray a Marcelo Quezada, tema central de este libro. Su importancia no sólo radica en el hecho de que el francés haya roto el silencio que guardaba desde hace varios años sobre su experiencia en Bolivia (“Ya he pasado página de ese hecho”, ha dicho varias veces), sino el contenido mismo, puesto que, como se verá, incluye información y opiniones novedosas sobre un hecho crucial de la historia de Bolivia y Cuba de la segunda mitad del siglo.

Regis y Elizabeth llegaron a Bolivia de la mano de Liber Forti, a quien conocieron  en Lima, en 1964, recomendados por otro hombre de teatro. Liber, quien se encontraba exiliado en Perú, les habló de Bolivia y de la Federación de Mineros. “Es absolutamente necesario que conozcan Bolivia”, les dijo. Regis describe a Liber como “un hombre fraternal, extraordinariamente fraternal y generoso”.  Luego de una breve detención en Lima durante un acto de homenaje a Mariátegui, cuya libertad contribuyó Liber con sus gestiones, la pareja decide viajar a a Bolivia, donde, según relata Debray en la entrevista, descubre “la solidaridad y amistad a la que hizo referencia Liber” durante sus charlas en Lima.

Gracias a la recomendación de Forti, conocen en Oruro a Juan Lechín Oquendo y Hernán Siles Zuazo, cuando realizaban una huelga de hambre en protesta por los planes reeleccionistas de Víctor Paz Estenssoro. “Comparto una semana con los mineros, bajo la mina, donde fueron mis primeros contactos con la realidad boliviana, que en esos momentos era muy dura. Existía una especie de insurrección larvada. Había mineros muy mal equipados (armados) que chocaban con el Ejército de Bolivia. Participo en esas escaramuzas, y poco a poco voy descubriendo la realidad minera”, relata el francés. “En el fondo –dice-, me doy cuenta que siempre he visto Bolivia a través de la Federación de  Mineros”.

Pero no solamente eso. Gracias a los contactos que le proporciona Liber y Lechin, Debray conoce América Latina: “Cada vez me daban la dirección de un amigo del otro lado de la frontera, era una cadena milagrosa de encuentros personales fundados sobre la confianza y la fraternidad”. De esta manera, según reconoce el francés, llegó a América Latina como maoísta y volvió a Francia como castrista, puesto que se dio cuenta de que “en América Latina el maoísmo no tenía mucho sentido”.

Una de las novedades que aporta la entrevista es la defensa que hace Debray de Fidel Castro ante las acusaciones, veladas o directas, en el sentido de que el líder cubano habría mandado al Che a la muerte o lo habría abandonando a su suerte en Bolivia. “Es totalmente aberrante, es una ignominia, es totalmente aberrante”, le dijo al autor.

“Acá siempre se especuló mucho sobre el caso boliviano. Hay 40.000 libros, 50.000 artículos, 18.000 emisiones de televisión, y aquí, en Europa y en Francia particularmente, hay una versión dominante que señala que Fidel y el Che se hubieran peleado y que Fidel mando al Che lejos, a la muerte. Es decir, primero lo mandó y luego lo abandonó”, recuerda en la entrevista, pero, según dice de manera enfática,  “esto es absolutamente falso”.

“Y puedo decir con toda certeza: antes de mi salida, pasé casi toda la noche, la noche anterior a mi partida, en la casa de Fidel, con él, en su apartamento. Me habló del Che con una ternura, con una simpatía, más que una simpatía, una empatía, verdaderamente de una manera fraternal, intuitiva y lúcida. Fidel me explicó los peligros psicológicos que podrían llevar al Che al sacrificio de sí mismo, pues el Che era temerario, y me dijo: hay que hacer todo lo posible para que no ceda a esta tentación, que es la tentación de la radicalidad, es decir que no tome en cuenta las realidades locales, como si fuera Cuba, púes ya hubo la experiencia del Congo”, rememora el francés.

“Por lo tanto –agrega-, puedo decir que Fidel hizo todo para superar las deficiencias del proyecto y especialmente las diferencias nacionales”. Es más, dice que Fidel hizo mucho para retener al Che, “diciéndole que las condiciones aún no estaban dadas, que tenía que espera”, pese al compromiso que tenía con el argentino-cubano de dejarlo continuar con su camino cuando creyera conveniente. “Verdaderamente, fue realista y lúcido, ya que Fidel es táctico, tiene el sentido de la coyuntura, del equilibrio de fuerzas”.

Asimismo, rechaza la acusación muy difundida de no haber acudido en ayuda de Guevara cuando estaba rodeado por las tropas bolivianas. “Hay personas que dicen: ¿por qué los cubanos no enviaron una columna de auxilio? Es fácil decir, pero, ¿cómo hacerlo? No era posible. Hay que ver las distancia, el terreno, no era posible. ¿Desde el Brasil en helicóptero?”. 

La información y los comentarios tienen importancia debido a que, como se sabe, Debray, después de la severa autocrítica realizada en varios de sus libros, sobre todo en sus memorias (“Alabados sean nuestros señores”, ha roto con su pasado y con, el pasado, con Cuba y el régimen castrista.

Aunque se ha referido varias veces al tema, no deja de ser interesante la información complementaria que aporta sobre la elección de Ñancahuazú como zona de acción de la guerrilla y sobre el fracaso de su implementación social.

Como se sabe, en su segunda visita a Bolivia, a principios de 1966, ya no como periodista ni turista, sino como “agente cubano”, Debray  hizo un viaje de inspección al Alto Beni y el Chapare con la misión de elegir la zona de acción de la futura guerrilla del Che. Él recomendó el Alto Beni, como primera opción o escenario de un primer frente insurgente, y el Chapare, como segunda opción o sede del segundo frente, pero, incomprensiblemente, Guevara no atendió a las recomendaciones y optó por Ñancahuazú, una jungla que, según el francés, era “una zona infernal”, al lado de la cual “la Sierra Maestra es un jardín botánico”.

Al explicar su misión, Debray dice en el entrevista: “Yo exploré dos regiones (tenía una cobertura de sociólogo), una en el Alto Beni. Yo tenía una visión clara, sabía de las características necesarias de una zona guerrillera, esto, yo lo había aprendido en Cuba. No tengo ninguna autocrítica que hacerme, porque lo hice bien. Yo tenía mapas, incluso la exploración de una mina de oro americana en Tipuani. Hice muchas fotos. Incluso la localización de los campamentos militares y descubro que existe aquí una población parcialmente favorable: antiguos mineros que se han instalado allá. Existe, por lo tanto, una conciencia política. Más en el Alto Beni que en el Chapare. Pero, además, la proximidad con La Paz. Las vías de comunicación son buenas, a la vez hacia el Perú. La Paz no estaba muy lejos. En definitiva, era realmente una zona ideal”.

“Luego pasó algo –añadió- que no entiendo, o mejo dicho que… Cuando el Che llega ya había cubanos que se encontraban en Bolivia, y deciden irse hacia el sudeste, lo que evidentemente es por el Che, por la proximidad de la Argentina. Esto fue un redireccionamiento, yo estaba lejos de pensar que fue un rediccionamiento fatal”.

Debray dice que Fidel Castro le dijo que había recibido su informe “muy tarde”, razón por la cual no pudo considerarlo ni discutirlo con el Che antes de su partida a Bolivia.

“A mi entender, primero debería ser el Alto Beni y después el Chapare, y resultó que el Alto Beni sería el segundo frente y el Chapare el tercero”, subraya Debray en la entrevista. Lo que no dice ni comenta es que el lugar que eligió como primera opción fue el mismo escenario, Teoponte, donde fracasaría dos años después el Chato con el segundo contingente del Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Es interesante también el análisis sobre el fracaso de la implantación social de la guerrilla, algo a lo que Debray ya se ha referido en sus textos de autocrítica, pero lo que sí resulta novedoso es que el Che también había detectado el problema, aunque demasiado tarde. 

“Había un problema nacionalista, localista, que detecta  el Che”, dice Debray, y relata que el comandante Che sobre el tema con su gente en Ñancahuazú. “Nosotros, los cubanos, somos como el detonador, el ‘cebador’ del cable y de la mecha”, les había dicho, y los bolivianos tenían que tomar en sus manos posteriormente ese combate. “Hubo dos problemas”, reflexiona Debray. “Primeramente, donde había detonador no había carga explosiva, o mejor dicho no había explosión, y segundo, ahí donde había carga explosiva no había mecha para unir a la carga, es decir a los de la federación de mineros de Huanuni y Siglo XX.”

“El Che estaba con el esquema de la una guerrilla campesina, estaba con el esquema cubano, de ir de la sierra hacia la ciudad, y tal vez el Che no ha prestado atención al hecho de que la revolución boliviana fue urbana y el 9 de abril fue urbano y proletario, y no nacido del campesinado”, subrayó. “La conclusión que he sacado es que la cuestión cultural es esencial. La cuestión cultural, es decir etnológica, lingüística, mental. No puedes hacer planes político-militares, independientemente de un arraigo local, regional o nacional””, concluyó.

Marcelo Quezada completa el libro con varios textos escritos por el propio Debray en varios de sus libros autobiográficos, que dan contexto a la entrevista.

Cincuenta años después de la ejecución del Che en la escuelita de La Higuera, existen todavía muchas incógnitas en torno a la guerrilla de Ñancahuazú, debido en gran parte a que aún permanecen cerrados los archivos de Cuba y la antigua Unión Soviética, para no mencionar los del propio Ejército boliviano. La entrevista de Marcelo Quezada contribuye a aclarar algunos los puntos que aún permanecen en la sombra.

La Paz, 19 de Junio de 2017

Carta del periodista ruso Leonard Kósichev

Estimada señora Isabel Mercado:

He recibido el libro Che. Una cabalgata sin fin, publicado por su diario y dedicado al 50 aniversario de la muerte de Ernesto Guevara. Soy un periodista ruso, toda la vida me dediqué a la temática latinoamericana y publiqué no pocos ensayos sobre el Che Guevara. Una vez incluso tuve el placer de entrevistarme con él. De ahí que el nuevo libro sobre el revolucionario argentino-cubano haya despertado mi interés y más aún por haber sido editado en Bolivia. Lo he leído con gran atención, lo que me permite decir que es un  estupendo trabajo.

El análisis de los hechos protagonizados en Bolivia medio siglo atrás es objetivo y, sobre todo, preciso y claro. El libro contiene un extenso material fáctico, que representa un gran interés para los estudiosos en otros países. La imagen del Che ha sido recreada en toda la plenitud de las contradicciones de ésta, sin duda alguna, personalidad fuerte, que pasó a la historia de América Latina. A mi juicio, los autores patentizan su gran competencia profesional a la hora de evaluar los hechos a través del prisma del tiempo, desde la altura de los 50 años transcurridos.

A través de los años se aprecia mucho mejor tanto la dignidad como los grandes descarríos del Che. Por cierto que su aguda percepción de la justicia social fue el faro que lo guió por la vida, pero la absolutización por Guevara de la lucha armada, como el camino certero a la reestructuración de la sociedad en los países latinoamericanos, no se ha justificado. Con las fuerzas de las armas no se consiguió erradicar la pobreza y la injusticia social. 

Y la gente sigue reflexionando en la imperfección del mundo circundante y en las vías de su transformación. Y, en este contexto, la polémica sobre la personalidad y aspiraciones del Che Guevara aún largo tiempo serán objeto de debates.

Pienso que el libro Che. Una cabalgata sin fin hace un valioso aporte a esas infinitas discusiones, permitirá a la joven generación comprender mejor la trágica personalidad del Che Guevara, el porqué fracasó su proyecto social para Bolivia y América Latina en aquellas concretas condiciones históricas. La generalización y compresión por los autores de tan extenso material fáctico, con aportación de gran cantidad de fuentes y testimonios antes desconocidos o poco conocidos de los propios protagonizas de los hechos también merece la atención de especialistas latinoamericanistas y de los simples lectores.

Leonard Kósichev periodista ruso, exdirector del servicio en español de la radio La voz de Rusia (ex Radio Moscú).

Página Siete – 24 de octubre de 2017

La cobertura del siglo a seis manos

Marco Fernández

Hace 50 años, tres noveles periodistas bolivianos informaban lo que sucedía en el sureste boliviano, donde el argentino-cubano Ernesto Che Guevara lideraba una guerrilla con miras a expandirse por Argentina y, luego, al continente. Ellos decidieron contar otro aspecto de esa parte de la historia, desde su oficio, desde un libro hecho a seis manos.

Para entender lo que ocurrió aquel octubre de 1967 es necesario conocer el contexto nacional y mundial. Es por ello que en el libro La guerrilla que contamos —escrito por Juan Carlos Salazar, José Luis Alcázar y Humberto Vacaflor— ayuda sobremanera acerca de lo sucedido con la incursión guerrillera. “Eran los ‘años maravillosos’ de los 60, una ‘década feliz’ que al mismo tiempo encubría los ‘años calientes’ de la Guerra Fría”, resume Salazar.

“Bolivia vivía la agonía del ‘doble sexenio’ de la Revolución Nacional (1952-1964) entre motines cuarteleros, rebeliones mineras y luchas estudiantiles, y las vísperas del ‘triple sexenio’ militar (1964-1982), que llevaría al poder a una seguidilla de dictadores fascistas, caudillos de pacotilla y generales ‘socialistas’”, agrega el periodista acerca del panorama boliviano.

¿Por qué el Che Guevara instauró una guerrilla en Bolivia? Alcázar explica que la finalidad era iniciar un foco guerrillero en el norte argentino. “Bolivia, para el Che, tenía las condiciones objetivas para tal fin. Creyó en una supuesta debilidad del gobierno del general René Barrientos, principalmente de su ejército. Y contaba con un extenso territorio para entrenarse”.

Alejados de los apasionamientos de los nacionalismos o comunismos, los tres experimentaron diversas vivencias en su estadía en Camiri (Santa Cruz), que se convirtió en el “cuartel” de cientos de periodistas que llegaron para informar sobre la guerrilla del Che. El 26 de marzo de 1967, un despacho informaba sobre la primera emboscada de los guerrilleros al Ejército boliviano. Era la primicia que iba a conmocionar al mundo, por eso, la sala de redacción de Presencia debatió quién sería el enviado especial.

“Alguien, del frente de los casados, dijo que tendría que ser un soltero el que vaya. Dos teníamos esa condición en ese momento: José Luis Alcázar y yo. Por alguna razón que no recuerdo yo fui elegido”, afirma Vacaflor.

“Mi entusiasmo por ser un buen corresponsal comenzó a chocar con los militares, con la burocracia de los militares”. Por ello, señala Vacaflor, que a los pocos días de haber llegado, los uniformados lo expulsaron con la excusa de que debía obtener en La Paz un salvoconducto que le permitiera volver a la “zona militar”. Después de un tiempo consiguió el documento para volver a Camiri. “La ciudad se había convertido en el centro de mayor concentración de periodistas extranjeros que jamás hubo en Bolivia.

Cable West Coast instaló teletipos para dar respiro al telegrafista que hasta entonces debía enviar textos, de los cada vez más largos despachos de los periodistas, por el sistema morse”.

En ese tiempo, Vacaflor intercambió mensajes con el francés Regis Debray, quien estaba preso en el comando del Ejército por su participación en la guerrilla. Esas conversaciones se convirtieron en entrevistas que fueron publicadas por Presencia.

El 27 de marzo, José Gramunt de Moragas, director de la Agencia de Noticias Fides (ANF), leía en los periódicos sobre el primer choque de la guerrilla con el Ejército. Si bien la idea era mandar un corresponsal, la carencia de dinero impedía hacerlo, pero la solución llegó con la colaboración de la española EFE y la alemana DPA, que accedieron a financiar el viaje. El elegido fue Salazar. “Así llegué al sudeste boliviano, inmediatamente después del estallido rebelde, con tres mudas de ropa, una libreta de apuntes, una cámara fotográfica y una máquina de escribir portátil Olivetti (…) para una cobertura de pocos días, pero la misma se prolongó por nueve meses”.

Después de 50 años, Salazar describe cómo se surgieron las primicias, los rumores y las leyendas. “Los militares veían a los periodistas como propagandistas de la causa guerrillera o colaboradores potenciales del enemigo”.

Por esa razón, señala, no solo eran vigilados por los uniformados, sino también por atractivas espías infiltradas por los servicios de seguridad. No era raro que un día sus habitaciones aparecieran desordenadas.

Alcázar era el otro soltero de Presencia, quien en el libro hace una extensa explicación del ambiente de esos tiempos y critica los errores del Che en su incursión. Obsesionado con obtener los datos, no dudó en acompañar a los militares en escaramuzas con los guerrilleros. “Recuerdo que un ruido seco me paralizó, era un balazo, y luego siguió el tableteo de la ametralladora (…) Desde esos matorrales un soldado me gritó para que me echara en tierra y no me hice repetir la orden”.

Alcázar tenía la firme intención de hacer la “entrevista del siglo” con el Che. Después de convencer a Huáscar Cajías, director de Presencia, de su plan, viajó a Vallegrande para conseguir su objetivo, pero “en el atardecer del 9 de octubre esos pedazos de sueño desaparecieron barridos por la ventolera producida por las aspas del helicóptero que traía el cadáver del Che de La Higuera a Vallegrande. Lo habían ejecutado unas horas antes. La mano que toqué en la improvisada camilla, amarrada burdamente en el tren de aterrizaje del helicóptero, estaba perceptiblemente caliente”.

Eran las manos que después iban a ser cortadas para confirmar la identidad de Guevara, quien ahora continúa dando tinta para escribir historias y que La guerrilla que contamos, un libro recomendable para entender aquella Bolivia y aquel mundo, fue hecho a seis manos.

La Razón – 15 de octubre de 2017