El precio barato de un taxi

El autor conversa con Juan Carlos Salazar sobre su nuevo libro, “A la guerra en taxi”. “Al poder no le gusta el ejercicio periodístico porque lo cuestiona”, dice el periodista y escritor.

Por Erick Ortega

Hay tres verdades, cuando menos, que estallan en el libro de Juan Carlos Salazar. En primer lugar, el periodismo no puede estar nunca el lado del poder; sí hay buenos y malos (estos mucho más) en el ejercicio del poder; y por último el periodista debe ir a la guerra, no importa cómo, ya sea en taxi o a pie cargando una pesada mochila por terrenos indómitos. Empecemos por el final, contando la importancia de llegar allá donde hay que llegar, a la noticia.

Un conductor detiene al Gato (quien no es fanático de los mininos, aunque tiene esculturas de ellos en su casa) y le hace una pregunta doble: “¿Periodista? ¿Quiere ir a la guerra?”. Esta experiencia le da título al último libro de Salazar, A la guerra en taxi, que se presentó esta semana.

No, la pregunta doble no era una excepción. Los taxistas solían permanecer a la caza de periodistas durante la guerra en El Salvador, allá por los años 80. El Salvador, llamado también “El pulgarcito de América”, es un país tan chico que le permitía a un periodista llegar allá tomando los servicios de un taxi.

Para esa época el Gato ya era un experto en esas correrías; estuvo reportando en la guerrilla del Che Guevara en Bolivia, en 1967 y sus reportes hoy en día son históricos.

Conversar con él o leerlo es conocer más del oficio. Cuenta, por ejemplo, que el fotógrafo Robert Capa, quien retrató la Guerra Civil española decía que si una foto no es lo suficientemente buena, es porque el fotógrafo no estuvo lo bastante cerca de su objetivo… y lo mismo pasa con los periodistas. Hay que estar ahí, en medio de la guerra. Después de todo el periodista recrea la historia.

Eso sí, para recrear la historia Salazar tuvo que colocarse una mochila pesada, donde cargaba su máquina de escribir (aquella que hoy en día está en su casa de la zona Sur) y también debía tragarse artículos porque el telegrafista de Vallegrande no tenía la experiencia para transcribir las historias largas, aquellas que incluso se quedaron cortas, ante la importancia de lo vivido.

Y sí, hay malos y buenos en la vida. Existen también los peores, aquellos que durante años se pusieron la sotana de santos y agarraron las armas del pueblo y con los años se volvieron en sus verdugos. Siempre los peores son los profetas que se convirtieron en sátrapas en el ejercicio del poder. Salazar les dedica un buen espacio en su libro y tiene muchas historias que contar.

En las calles y discotecas, muchos hemos cantado a Molotov y repetimos: “Si le das más poder al poder, más duro te van a venir a coger”… y el Gato lo sabe. “El poder corrompe y el poder total corrompe totalmente y eso es lo que hemos visto. A uno le cuesta imaginar, hablo por ejemplo lo que significó Nicaragua en los años 80, a principio el sandinismo despertó la ilusión en todo el continente. Ves ahora a Ortega y Murillo y son irreconocibles, son peores que Somoza”. Sí, Daniel Ortega y Rosario Murillo fueron la cara revolucionaria que se le plantó de frente al dictador Anastasio Somoza y hoy son su reflejo.

Hay más. El general Efraín Ríos Mont en Guatemala era un pastor de una iglesia evangélica y él decía que los hombres deberían ir con una Biblia y una ametralladora para combatir al comunismo. Él puso a los indígenas ante la disyuntiva: ¿frijoles o fusiles? Nunca les dio la alternativa porque los mató a todos. A fin de cuentas, su política de tierra arrasada se resumía en bombardear comunidades indígenas hasta liquidarlos a todos. Y sí, todo aquello fue registrado y contado por Salazar.

En Bolivia el general Hugo Banzer Suárez también tenía una imagen clara al respecto y en la Masacre del Valle, en enero de 1974, el dictador autorizó a los campesinos matar a los “extremistas”. Esta parte de la historia de Bolivia es parte de la obra del Gato.

Sí, hay personajes buenos y malos. Incluso, a veces, los periodistas también aparecen en el lado de los malos. Es cuando éstos forman parte del engranaje de un gobierno determinado, sea de izquierda o derecha.

“Siempre el poder me ha cuestionado y yo llevo casi 60 años”, dice orgulloso Salazar. Acota: “El periodista y el periodismo trabaja en cuatro ámbitos: el ámbito democrático, el autoritario, el dictatorial y el ámbito de conflicto (armado) yo he trabajado en los cuatro ámbitos y en los cuatro ámbitos me he sentido acosado por el poder. Al poder no le gusta el ejercicio periodístico porque cuestiona, porque lo cuestionan”.

Sí, el ejercicio del oficio es cuestionar. Hay que indagar y hurgar debajo de la alfombra. Y este trabajo es un privilegio de pocos. “Yo volvería a ser periodista. Yo tuve el privilegio de vivir de lo que me gusta hacer y me pagaban por eso”, refiere con orgullo quien fue director de Página Siete.

Él sostiene que el periodismo es un oficio y como todo oficio pues se aprende en un taller y el taller del periodista es la redacción y la calle. “Ahí donde aprende el periodista”, sentencia. Pero también hoy en día, acota es necesaria la academia, la lectura constante y una especialización mayor.

Salazar supo ir de aquí allá, y muchas veces lo hizo en taxi. Tomó un taxi en el aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez (ciudad mexicana) y se fue a la guerra de Chiapas, a mediados de la década del 90; viajó por este medio desde el Palacio de Gobierno hasta la Universidad Mayor de San Andrés, cuando se avecinaba el golpe de René Barrientos, en noviembre del 64; y supo recorrer la capital haitiana para ser testigo de la práctica de vudú.

“Mira, yo nunca me he considerado un periodista de guerra, pero me pregunto y lo digo también en el libro: En la época que me ha tocado vivir, una época tan conflictiva, ¿qué periodista no lo era?, porque todos estábamos cubriendo siempre una guerra.

Así, de taxi en taxi los ojos claros del Gato Salazar fueron conociendo lugares y descubriendo noticias. Quizás este servicio privado callejero era más caro que el vehículo público, pero a éstos les faltaba velocidad y llegar lo más cerca de la noticia, algo clave para un periodista. Además, y lo más importante, la experiencia de ir a una guerra en taxi no tiene precio.

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Página Siete – Domingo, 30 de abril de 2023

A la guerra en taxi*

Stephen King dijo alguna vez que “en lo que concierne al pasado, todo el mundo escribe ficción”. Paul Auster opinaba en el mismo sentido. “En el mundo real –escribió– nos ocurren cosas que se parecen a la ficción. Y si la ficción resulta real, entonces quizás debamos reconsiderar nuestra definición de realidad”. 

No es raro, pues, que, al ver la tapa y leer el título de mi reciente libro, A la guerra en taxi (Plural), un conjunto de crónicas sobre los conflictos armados que me tocó cubrir a lo largo de mi carrera profesional, algún lector piense que está ante una novela, como ya me lo han dicho. 

Yo mismo escribí en el epígrafe de mi libro de cuentos, Figuraciones (Plural, 2021), que “la ficción cobra vida y recupera certezas cuando la imaginación desvela lo que la realidad oculta”. Dándole la vuelta a la idea, bien podría decir que es la realidad la que cobra vida al cabalgar en la ficción. Y nada más parecido a la ficción que la realidad latinoamericana, la de antes y la de ahora.

Parece de cuento la anécdota que da lugar al título de mi libro. Me ocurrió durante mi primera visita a El Salvador para cubrir la guerra civil. Después de acomodarme en la habitación del hotel, un hotel que servía de búnker a los enviados de la prensa mundial, bajé al vestíbulo y salí a la puerta para ver si me encontraba con algún colega.

Allí estaban estacionados varios taxis a la espera de pasajeros. Uno de los taxistas se me acercó y me preguntó. “¿Es usted periodista?” Sí, le respondí. Y a continuación me hizo una invitación: “¿Quiere ir a la guerra?”.

El Salvador es un país muy pequeño, de apenas 21.000 kilómetros cuadrados –la mitad de Oruro–, y claro, como me dijo un diplomático argentino, los frentes de batalla estaban “a un tiro de distancia” de la capital. Nunca mejor dicho.

Años después, al abordar un taxi en el aeropuerto de la capital de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, rumbo a San Cristóbal de las Casas, para cubrir el alzamiento indígena zapatista, el chofer me sorprendió con la misma pregunta: “¿Periodista? ¿Va usted  a la guerra?”. 

Era la segunda vez que me desplazaba al escenario de un conflicto armado en un medio de transporte eminentemente citadino. Y es que en los años de fuego, la guerra y el taxi eran “parte del paisaje urbano”, como me dijo el periodista y poeta argentino Juan Gelman, enviado del diario Página 12 de Buenos Aires, cuando le comenté las anécdotas.

Durante una de mis visitas a El Salvador, escribí una crónica que reproduzco en el libro sobre la geografía de la guerra.  

Chalatenango –el principal escenario– es una palabra de origen náhuatl. Proviene de “shal”, que significa arena, “at”, agua, y “tenan”, muro. Chalatenango significa “muro de agua y arena”. Suchitoto, otro de los escenarios,  es el “lugar del pájaro flor”. Viene de “shuchit” (flor) y “tutut” (pájaro). Perquín, vocablo lenca, es el “camino de brasas”. El cerro San Vicente o Chichontepec, una montaña de dos picos, tiene también un nombre sugerente: “Cerro de las dos tetas”. Guazapa, el volcán, es la “peña sonora”.

La geografía de la guerra salvadoreña era un poema, pero el conflicto la convirtió en un infierno y ahogó los nombres de sus montañas, valles y cañadas en un baño de sangre.

Ni qué decir de la geografía de Chiapas. Los cerros que rodean a la hermosa ciudad colonial de San Cristóbal de las Casas, tienen nombres sonoros, como Tzontehuitz, Huitepec y Mitzitón. Es una región bañada por ríos y arroyos de cursos poéticos, como “Peje de Oro” y “Ojo de Agua”. 

¿Cómo conciliar tanta poesía con la brutalidad de la guerra? ¿Cómo no escribir una novela en lugar de una crónica periodística? La tentación era grande.

Como escritor y periodista, yo admito muchas influencias, de escritores y periodistas, a quienes he leído desde siempre. 

En el caso de mi libro, reconozco la de John Dos Pasos, el autor de USA, una hermosa trilogía sobre la Gran Depresión americana. En Paralelo 42, 1919 y El Gran dinero, los títulos de la trilogía, Dos Pasos utiliza varios géneros para montar una verdadera sinfonía de la sociedad estadounidense de la época. Utiliza la crónica, la semblanza e incluso la noticia, en una estructura maravillosa. Y, claro, también la ficción, con la historia novelada de los personajes de su obra.

La estructura de mi libro incluye igualmente crónicas, semblanzas y algunas viñetas, a manera de postales, para describir hechos, escenarios y personajes. Pero, claro, falta la ficción, aunque mis lectores dirán que muchos de mis personajes son producto de la imaginación antes que de la realidad. 

Al comentar mi libro de semblanzas Semejanzas (Plural, 2018), una colega me preguntó por qué todos mis personajes eran positivos. Yo le respondí que no se me daban los negativos. Pero en este libro intenté retratar a los “malos de la película” de la época. Espero haberlo logrado.

Escribí la semblanza del represor con nombre de santo que creó su propio infierno, la del brujo que organizó la banda paramilitar más siniestra que conoció América Latina, la del “malavida” que se jactaba de haber sido el “secretario general” del Plan Cóndor en Bolivia, la del pastor evangélico de la Biblia y la ametralladora que arrasó las comunidades indígenas de Guatemala en nombre de Dios. 

Y, claro, por el libro desfilan los sátrapas, los profetas y los redentores que poblaron el continente en el siglo pasado; y los redentores que derrocaron a los sátrapas para imitarlos cuando llegaron al poder.

Hay guerras y guerras. Desde la guerrilla urbana, como la que se libró en Argentina, hasta la guerra civil salvadoreña, pasando por la insurgencia indígena zapatista de Chiapas y las operaciones de “tierra arrasada” ejecutadas por los militares guatemaltecos contra las comunidades indígenas. Está la del Che en Bolivia o la que libraron los cubanos contra el hambre. O las invasiones extranjeras o la que declaró el terrorismo yihadista a Occidente.

Pero, la guerra es la guerra, llámese “sucia”, como la de los militares argentinos, o “santa”, como la que decían librar los generales anticomunistas centroamericanos. Todas las guerras son sucias, ninguna es santa. Es el mismo conflicto, con diferentes rostros. 

A todas ellas me refiero en mi libro. Y también a la paz, porque la guerra y la paz son el anverso y reverso del mismo drama humano. Y la paz, como el hambre, tiene cara de hereje. Logra reconciliar a enemigos irreconciliables al sentarlos en una misma mesa, como ocurrió en El Salvador y Guatemala.

Escribo “crónicas desarmadas”, como dice el subtítulo, porque aludo a guerras olvidadas, a causas traicionadas, a banderas arriadas y –como en toda guerra– a un inútil derramamiento de sangre. 

Basta ver lo ocurrido en Centroamérica. Con la paz llegó la democracia, con elecciones libres y alternancia en el poder, pero no la solución de los problemas estructurales que dieron origen a los conflictos armados de la época. La dictadura retornó a Nicaragua, con la reelección eterna de Daniel Ortega desde 2006, y la violencia delincuencial de los “maras” sustituyó a la violencia política en El Salvador y Guatemala.  

Durante la guerrilla del Che, hace 55 años, utilicé el telégrafo Morse para trasmitir mis crónicas;  en El Salvador, en los años 80, tuve en mis manos un extraño artilugio, la texi de Olivetti, antecedente de la laptop, que en realidad era una máquina de escribir con una pequeña pantalla, donde cabían cinco líneas, con dos ventosas que se conectaban al auricular del teléfono para la transmisión de los datos. 

Chiapas vio llegar a los “corresponsales modernos”, con una laptop, un celular en la cintura e incluso un teléfono satelital a manera de mochila.

Del telégrafo Morse al Internet pasaron menos de 40 años. Las historias sobre la guerrilla del Che se difundieron por el mundo a golpe de teletipo y en “spots” filmados con cámaras de cine de 16 mm, que llegaban a las teleaudiencias con un retraso de más de 24 horas. 

A pesar de los adelantos tecnológicos posteriores, ni la guerra civil centroamericana ni la rebelión zapatista tuvieron la difusión “en vivo y en directo” de los conflictos armados actuales, como lo que vimos en la Guerra del Golfo y lo que estamos viendo ahora en Ucrania.

Y no es la única diferencia. La cobertura de siete meses de la guerrilla del Che costó a mi agencia ¡500 dólares!, una suma que hoy probablemente apenas alcanzaría para pagar los viáticos de un día de un corresponsal de guerra en Europa o el Medio Oriente… ¡O la tarifa de un taxi para cruzar la frontera de dos países en llamas!

Los tiempos han cambiado. También los periodistas. Y las guerras no son lo que eran.

*Palabras de presentación del libro. RamonaOpinión – 30 de abril de 2023.

https://www.opinion.com.bo/articulo/ramona/a-la-guerra-en-taxi/20230429212411905651.html

El Gato Salazar es un periodista que acudió a la guerra en taxi

Hizo la cobertura de la guerrilla del Che Guevara en Ñancahuazú y después estuvo en distintas partes del mundo, especialmente en Centroamérica. Ya tiene lista la edición de su más reciente libro periodístico.

Por Erick Ortega

Cierto colega argentino a quien conoció en México tenía una curiosidad y un día le preguntó sin pelos en la lengua: “Oye, Gato, ¿por qué te dicen Juan Carlos?”. El aludido, quien en su niñez ya había perdido su identidad bautismal, sonrió y confirmó otra vez que el sobrenombre lo acompañaría por siempre.

Es imposible nombrar al Gato Salazar sin citar su oficio: o sea, él es conocido como: Gato Salazar, el periodista. Está a punto de lanzar un nuevo libro sobre sus andanzas con la libreta en mano y yendo tras la historia; en esta ocasión A la guerra en taxi.

Chau geólogo, hola periodista

Su casa de Obrajes tiene algo de pirámide egipcia porque donde uno posa la vista ahí mismo está un gato. En la pared se luce una pintura que Luis Zilvetti le regaló, más allá hay mininos en cerámica, otros felinos están tallados en madera y algunos con sus miradas escudriñadoras observan la sala desde diferentes rincones.

La mirada clara de Salazar es sosegada y tiene algo de mar quieto. La tranquilidad que emana contrasta con las aventuras que vivió. Fue testigo y cronista de la incursión guerrillera del Che, en Bolivia, en aquel lejano 1967; fue perseguido por las dictaduras en el país, llegó a México para retratar la guerrilla de Chiapas de enero del 94, anduvo por los países centroamericanos tan heridos por los militares en los 80. Y sí, es un auténtico gato de siete vidas que anduvo por la región.

Eso sí, antes de convertirse en periodista tuvo una decepción académica que le marcó la vida. Él iba a ser geólogo.

“Yo soy de Tupiza, mi padre era un industrial minero y tenía minas. Él tenía una empresa y cuando yo estaba estudiando en Sucre, en el colegio Sagrado Corazón, antes de salir bachiller se suponía que tenía que seguir los pasos de mi padre, por una cuestión familiar. Salí bachiller en Sucre y vine a La Paz. En esa época había exámenes vestibulares, había que dar un examen de ingreso y me aplacé”, explica el hombre que admite no ser fanático de los gatos reales, aquellos que se enredan en los pies y piden mimos con ronroneos.

Por entonces, casi a comienzos de la década de los años 60, se topó en el colegio San Calixto de La Paz con su amigo jesuita Lorenzo Catalá, quien fue el primer corresponsal de Fides en Sucre. A él, Salazar le contó que había reprobado en la universidad y que esperaba volver a presentarse al año siguiente. El religioso le preguntó qué iba a hacer mientras tanto y el Gato respondió que buscaría trabajo.

El jesuita le contó que el padre José Gramunt de Moragas estaba en busca de un gacetillero, aquel que trabaja comunicados de prensa y redacta noticias.

Gramunt –quien fundó la Agencia de Noticias Fides, lideró las Escuelas Radiofónicas de Bolivia Erbol, dirigió Radio Fides y fue corresponsal de una serie de agencias en el país– es un personaje digno de admiración en el campo de la comunicación. Cuando conoció al Gato le lanzó, en dos palabras, una pregunta clave para los periodistas: “¿Sabes escribir?” Salazar esbozó una respuesta condicionante en una sola palabra: “Depende”.

El sacerdote le pidió que redactara una noticia. “Nunca lo había hecho hasta entonces. Me dijo ‘a ver, toma nota’ y me dictó unos datos de un hecho cualquiera, creo que de un accidente, y me dijo que escribiera una noticia en base a eso. Entonces tardé como una hora en escribir, le entregué lo que hice y él leyó y leyó. Tachó cosas con un lápiz rojo y me dijo ‘bueno, contratado’; yo pensé que no le había gustado lo que hice”, cuenta a Página Siete.

Corría el año 64 cuando probó las mieles del periodismo, pero no se olvidó del destino familiar y al año siguiente volvió a Geología; pero ya sabía que su destino estaba escrito en entrevistas, crónicas y reportajes… tan lejos de las piedras y los minerales que eran la herencia familiar.

Por entonces no había Comunicación Social en la malla curricular académica y él decidió estudiar Derecho y Ciencias Políticas, que tenía cierto guiño con el periodismo. Aprendió de derecho romano, las leyes y decretos durante tres años hasta que brilló una luz en su horizonte profesional.

“Se abrió la carrera en la Universidad Católica Boliviana, la cual en principio fue sólo para periodistas en ejercicio, para darnos la oportunidad de conseguir un título académico en periodismo. Dejé Derecho y empecé Comunicación Social, terminé la carrera con la idea después de volver a terminar Derecho, pero ya salí exiliado el 71 porque era dirigente de las Federaciones de Trabajadores de la Prensa de Bolivia”, cuenta, mientras desde los muebles y paredes de su sala los gatos parecen tener la mirada clavada en el tupiceño.

Dictaduras y dictablandas

Mientras Salazar decidía su futuro académico, el país entraba a la olla hirviendo de las dictaduras. “Yo empecé el 64 si no me equivoco, probablemente en abril o mayo, y poco tiempo después vino el derrocamiento de Paz Estenssoro, el 4 de noviembre. Eso fue el fin del doble sexenio del MNR y el inicio del triple sexenio militar, con la serie de golpes militares y al medio la guerrilla del Che Guevara”, explica.

Eran tres los periodistas liderados por el padre Gramunt. “José Luis Alcázar, con quien después escribí un libro sobre la guerrilla; Óscar Rivera Rodas, un poeta escritor que trabajó después en Presencia y yo”, enumera Salazar.

Las noticias que ellos hacían viajaban en flota a Oruro, para ser impresas en La Patria; y volaban por avión al diario Prensa Libre, de Cochabamba. Eran periodistas todo terreno. “A las dos de la tarde terminábamos de escribir nuestro boletín diario y llevábamos el material. Era, como yo digo, periodistas tres en uno porque en la mañana éramos reporteros, a mediodía nos convertíamos en redactores y después mensajeros”, refiere el Gato, quien a la hora de elegir animales él prefiere los perros.

La guerrilla de Ñancahuazú marcó a Salazar y a su generación. Ahora, quien es director de la carrera de Comunicación Social en la Universidad Católica Boliviana, cuenta que el periodismo es un oficio que se alimenta sobre todo en la calle y en la sala de redacción. “Se aprende leyendo buen periodismo y escribiendo. Éste es un oficio que vas desarrollando con el tiempo y claro, obviamente la academia es importante”, indica el hombre que cubrió campeonatos mundiales de fútbol, pero quien no tiene una casaca futbolera.

Cuenta que en el periodismo cada vez se requiere una mayor especialización y que las generalidades ya casi están obsoletas.

Pero antes no era así. En los tiempos de la guerrilla del Che Guevara, por ejemplo, Salazar escribía de forma telegrafiada (sin artículos y yendo al corazón noticioso) porque no había cómo enviar noticias de un lugar a otro.

Recuerda su primer encontronazo con el telegrafista que recibió su mensaje. “Era un telegrafista acostumbrado a mandar mensajes muy cortos, como ‘feliz cumpleaños’, ‘feliz Navidad’,‘mañana viajo’, etcétera. Cuando estaba entrando a Ñancahuazú entregué al telegrafista mi primer despacho redactado en mi máquina de escribir. Era una página nada más y el telegrafista se enojó conmigo porque no estaba acostumbrado a enviar textos así”.

En 1994, cuando viajó a cubrir el levantamiento zapatista de Chiapas, las condiciones habían cambiado. Vio cómo algunos periodistas se mandaban la parte con las computadoras portátiles y los teléfonos celulares que pesaban tanto como las mochilas de los guerrilleros. Ésta y más aventuras similares están en su reciente libro A la guerra en taxi.

Se deslumbró con la guerrilla sandinista y se desilusionó con el actual presidente Daniel Ortega, líder sandinista. Reflexiona: “El poder corrompe y el poder total corrompe totalmente”. Y los periodistas están para eso, para desnudar al poder y enfrentarlo.

“Los tiempos han cambiado, los periodistas no son los mismos y las guerras no son lo que eran”, cuenta el Gato. Él es hoy en día un vecino tranquilo de Obrajes; pero sus ojos claros fueron testigos de las inequidades cometidas en dictaduras y en dictablandas. Sus manos escribieron, contaron y recontaron la historia.

https://www.paginasiete.bo/gente/el-gato-salazar-es-un-periodista-que-acudio-a-la-guerra-en-taxi-HY6991584

Página Siete – Jueves, 30 de marzo de 2023

Escape a los Andes, de Robert Brockmann y Raúl Peñaranda*

El filósofo e historiador escocés Thomas Carlyle dijo alguna vez que la biografía es una suma de anécdotas. Son las anécdotas, entendidas como hechos o detalles circunstanciales, las que finalmente conforman el derrotero de esa gran crónica que es la vida de una persona; y es el entorno social, político, económico, religioso, etc., el que matiza y da sentido a esos pequeños acontecimientos.

Es precisamente una anécdota lo primero que escuché siendo niño sobre Mauricio Hochschild, una anécdota que refleja muy bien la idea que se tenía entonces de ese empresario minero, como un emprendedor audaz,  un hombre que tenía como único límite su propio interés, que levantó un imperio de la nada.

Escuché la anécdota en una de las tantas sobremesas familiares después de la revolución del 9 de abril de 1952, cuando la nacionalización de las minas era uno de los temas dominantes de toda conversación.

Mi padre, que a la sazón era gerente del Banco Minero en Potosí, la había escuchado a su vez de boca de uno de los miembros de la familia Soux, probablemente del patriarca del clan, Louis, que, como bien relatan los autores del libro que hoy presentamos, había conformado con Hochschild, en 1929, la Empresa Minera Unificada para explotar el Cerro Rico, con Hochschild como socio mayoritario.

Hochschild, según contaba Soux, creía que el subsuelo de la ciudad de Potosí guardaba una gran riqueza minera y que una de sus ideas era trasladar la ciudad entera, con monumentos y todo, a Miraflores, un balneario de aguas termales y clima benigno, ubicado a 24 kilómetros de la Villa Imperial, para explotar los yacimientos supuestamente ubicados debajo de los cimientos de la urbe.

Él creía que ganaban todos, los potosinos, con un mejor clima, y su empresa, por supuesto, con la riqueza del subsuelo.

Es difícil saber si realmente el minero albergó alguna vez dicha idea o si es parte de la leyenda que rodea a su increíble vida, pero quienes lo conocieron lo tenían por cierta.

Que alguien pensara que un empresario era capaz de demoler una ciudad para extraer las riquezas de su vientre, revela muy bien la imagen que se tenía de él en la industria minera.

Alguien ha dicho que “la leyenda corrige la historia”. Y Hochschild era un hombre de leyenda, una leyenda negra, por cierto, pero ahí quedó, porque separar la historia de la leyenda no es tarea fácil.

Si en algún lugar creció la leyenda fue en mi pueblo, Tupiza, porque Tupiza fue sede de la segunda oficina –oficina entre comillas– que abrió el empresario en Bolivia, después de Oruro, en 1923; es decir, dos años después de haber llegado a Bolivia, como bien registran Raúl y Robert.

Pero no solo por eso, sino también por su aterrizaje posterior en Huanchaca y Pulacayo, minas muy vinculadas geográfica e históricamente a Tupiza.

Hochschild se inició como rescatador o “rescatista” de minerales en Oruro y Tupiza. No eran propiamente oficinas las que abrieron en ambos lugares, sino simples galpones para almacenar  mineral.

Como bien dicen los autores, las oficinas locales de la empresa eran expresión de la “gris frugalidad”de su dueño, porque “a menudo se reducían a un solo ambiente con su correspondiente almacén, que en la puerta tenía un letrero con la glosa: “Se compran minerales”, y eran atendidas por uno o dos empleados.

Y así era la oficina de Tupiza. Alguna vez me la mostró mi padre: “Este era el almacén de Hochschild”, me dijo. Era una casa vieja, ubicada cerca de la plaza, que probablemente en su día llevó el letrero de “se compra minerales” como única identificación.

Hochschild, hay que reconocerlo, no solo luchó contra los prejuicios antisemitas, sino también contra la imagen que se tenía de él como un aventurero, un negrero y explotador extranjero.

Y algo peor en la Bolivia minera de la época: la del “rescatista”, el empresario holgazán, que sin hacer nada y desde una oficina se aprovechaba del minero productor, pagándole precios irrisorios por su mineral para exportarlo y revenderlo en el mercado internacional a precios reales.

Era cierto que era una época en que no existían laboratorios, ni en Oruro ni Potosí y mucho menos en Tupiza, para determinar la ley del mineral. El “rescatista” o “rescatador” lo hacía a ojo de buen cubero, pero, por lo general, por no decir siempre, el ojo beneficiaba al cubero y nunca al productor, quien debía conformarse con lo que le ofrecían: Lo tomas lo dejas.

Como bien dicen los autores, Hochschild descubrió un filón hasta entonces despreciado: la compra y exportación de los minerales de baja ley, negocio del que llegó  a tener el monopolio y sobre el cual construyó su imperio.

Hay que recordar, y así lo hacen los autores del libro, que hasta entonces Bolivia exportaba únicamente minerales de alta ley, del 60 al 65 por ciento. Hochschild demostró que no había por qué ponerle mala cara a los concentrados pobres, menores al 50%, a los que genéricamente se denominaba “escoria”, compuesta por los restos de la explotación minera, las colas y desmontes que quedaban de la extracción de los minerales “limpios” y de alta ley.

“Como inesperado efecto carambola –escriben Raúl y Robert–, Hochschild abrió nuevos mercados  para la minería boliviana en su conjunto, que fueron aprovechados durante varias décadas hasta el derrumbe del mercado a mediados de 1985”.

Y es cierto. El empresario minero logró persuadir a la fundidora alemana Berzelius de construir una planta en Hamburgo para tratar el estaño boliviano de baja ley, que hasta entonces era descartado por productores y comercializadores.

Si Patiño fue el “rey del estaño”, yo diría que Hochschild fue el “rey de la escoria”. Y no lo digo de forma peyorativa, sino porque montó su imperio en la compra y exportación de los minerales de baja ley, hasta entonces despreciados, y por su empeño emprendedor para encontrarles nuevos mercados.

Pero no fue el único “efecto carambola” de ese emprendimiento. Como decía mi padre, que fue uno de los fundadores del Banco Minero, Hochschild, tal vez sin quererlo ni pensarlo, dio razón a quienes postulaban la necesidad de recuperar el rescate de los  minerales de baja ley para ponerlo en manos del Estado, una idea que se concretó en 1936 con la creación del Banco Minero por el gobierno de Germán Busch.

Fue el Banco Minero el que empezó a quitarle los clientes a Hochschild, al reconocerles precios justos, acordes con la ley de sus minerales, y otorgarles créditos y anticipos para su producción, algo que evidentemente no hacía ningún rescatista.

Con esto quiero decir que, aún antes de la nacionalización de las minas del 31 de octubre de 1952, Busch había nacionalizado virtualmente uno de los pilares del imperio de  Hochschild: la comercialización de los minerales de baja ley.

La leyenda de Hochschild, como ya dije, no nació, pero sí creció en Tupiza, tanto por su trabajo como rescatador de minerales como por la cercanía de Huanchaca y Pulacayo.

Como se sabe, uno de sus dos propietarios, Gregorio Pacheco –el otro era Aniceto Arce, dos mineros que gobernaron Bolivia– nació en Livi Livi, una aldea cercana a Tupiza, con familiares en Tupiza, entre ellos su primo Rudecindo Salazar, bisabuelo mío, quien lo colaboró en sus negocios mineros.

A diferencia de la dinastía de los Aramayo, igualmente tupiceña, cuyo patriarca, Don José Avelino, tiene una estatua en la plaza principal del pueblo, Hochschild siempre fue un hombre resistido, precisamente por la mala fama de sus negocios como rescatador de minerales. Y no se lo conocía por otra cosa.

Lo cierto es que ni en Tupiza ni en ninguna otra parte de Bolivia se había escuchado hablar, hasta hace muy poco, de esa otra faceta de la vida del empresario minero, no al menos con la amplitud y el detalle que hoy nos ofrecen los autores de Escape a Los Andes.

Y, claro, cuesta creer que el hombre que salvó a 12.000 judíos del holocausto, el que gastó recursos de su propio peculio, el que viajó de aquí para allá para lograrlo, el que distrajo tiempo de su trabajo empresarial para convencer a la comunidad internacional de la necesidad de apoyar esa noble causa, sea el mismo que pagaba, y a regañadientes, cincuenta centavos de dólar de salario mensual a sus trabajadores, los mineros que hicieron posible la acumulación que le permitió erigir su imperio.

Y no me refiero únicamente al empresario que no dejó nada en el país al que debía su fortuna, sino también al padre de familia que desheredó a su único hijo.

Hochschild llegó a ser el segundo hombre más rico de Bolivia y su empresa una de las más importantes de América. Para 1927, según “Escape a los Andes”, su grupo exportaba entre 90.000 y 100.000 toneladas anuales de minerales y concentrados. Controlaba un tercio de la producción boliviana de estaño, el 90 por ciento de las exportaciones de plomo, zinc y plata, y el grueso de la producción de tungsteno y antimonio.

Ciertamente, Bolivia no era el mejor país para recibir a los judíos que escapaban de la Alemania nazi. Todo lo contrario. Era uno de los puntos más remotos y pobres del planeta. Por añadidura, salía derrotada de una guerra. No era pues el mejor lugar para recibir a miles de desocupados, que llegaban, además, con el estigma antisemita que los señalaba como gente indeseable, perteneciente a una raza moral e intelectualmente inferior.

Para muchos bolivianos pobres, como bien dicen los autores, los judíos, incluso los desheredados, eran ricos, porque eran percibidos como blancos y europeos, como gringos, y según esa visión, no hay gringos pobres.

No tenían dónde ir. EEUU no quería flexibilizar su sistema de cuotas migratorias, puesto que tenía más de 10 millones de desocupados, y Argentina y otros países habían cerrado sus puertas.

Bolivia abrió sus fronteras en ese momento, gracias a la comprensión del gobierno de Germán Busch. No solo a los judíos, sino también a los perseguidos políticos, a socialdemócratas y comunistas, cuyas vidas también corrían peligro. Eso colocó a Bolivia, como bien dicen los autores, como el mayor receptor de refugiados en las Américas, con excepción de Estados Unidos, durante 1939, y uno de los más altos del mundo.

Por eso es notable la labor de Hochschild, notable y titánica, que logró salvar a miles de vidas del holocausto.

San Agustín de Hipona dijo que Dios, cual alfarero, hizo al hombre de barro. Como sabemos, la arcilla presenta diversas coloraciones, según las purezas e impurezas que contiene, que van desde el rojo anaranjado hasta el blanco. El hombre se muestra en su vida como la arcilla, con el rojo de la impureza y el blanco de la pureza, o la amalgama de ambos. No es del todo bueno ni del todo malo.

Se equivocará quien piense que la reivindicación de la labor humanitaria del empresario, en la biografía que hoy presentamos, es una hagiografía. Y ese es uno de los muchos méritos del libro, porque presenta las dos caras del personaje, sus luces sin ocultar sus sombras, que es lo que corresponde a un historiador.

Thomas Carlyle, a quien cité al iniciado de esta exposición, dijo también que “ningún hombre vive en vano”, y que la historia del mundo no es otra cosa que el conjunto de biografías de los grandes hombres. Y de algunos que no lo son, digo yo, según qué se entienda por gran hombre.

Y este es otro mérito del libro de Raúl y Robert. Escape a los andes no es la biografía de un hombre. Mejor dicho, no es únicamente la biografía de una persona. Es el retrato de una época, de un país, Bolivia, en determinado momento de su historia, que no se explica sin la vida de los hombres y mujeres que participaron, para bien o para mal, en su construcción.

La historia del personaje es apasionante y el relato lo es aún más. Leí las 510 páginas del libro en 48 horas, porque la lectura te atrapa.

Sin dejar el rigor académico que implica todo trabajo histórico, Raúl y Robert han logrado combinar exitosamente el periodismo de investigación, igualmente riguroso y documentado, con el narrativo, apelando a sus mejores géneros: la crónica y la semblanza, en un texto en el  que se reconoce la mano y el oficio de ambos autores.

Y no lo digo por deformación profesional, pero tampoco puedo dejar de juzgar como periodista el trabajo de dos periodistas.

La crónica es un relato que busca recuperar laatmósfera ylasemociones, loscoloresde un acontecimiento, para recrearlosen un texto. Es lo que he encontrado en las descripciones del libro. Los autores combinan la información con las imágenes y los elementos deambiente, lasreferencias de“color”, los  testimonios de los protagonistas, las anécdotas, losdetalles de“interés humano”y sus observaciones y reflexiones.

Lo mismo podría decir de los perfiles de sus personajes, sus historias de vida, que se entrelazan con el relato en un gran mosaico, que nos permite reconstruir de manera viva ese pedazo de historia.

He sentido el padecimiento de los Anke, metidos en un búnker del gueto de Varosvia,  con otros 25 judíos, mientras afuera se escuchaban explosiones y disparos, y el horror que vivieron a su salida con las manos en alto, tras la rendición de los heroicos  militantes de la resistencia, para comprobar cómo las llamas de los incendios manchaban con colores rojizos y anaranjados el cielo de la primavera de Varsovia, mientras decenas de soldados dirigían sus lanzallamas a los sótanos donde se presumía que había personas ocultas; para observar a los niños famélicos que recorrían llorando las calles en busca de sus padres y los  cientos de cadáveres, muchos carbonizados, yacentes sobre el pavimento.

He visto como en una película, gracias a la descripción de los autores, al muchacho que portaba una bicicleta, una máquina de escribir, un voluminoso libro y un pequeño morral con unas pocas mudas de ropa, a bordo del barco Orazio, en plena alta mar, un joven pasajero que no era otro que Werner Guttentag.

Y a Elly Wolfinger, una joven atractiva, de ojos profundos, labios carnosos, sedosa cabellera oscura y cuerpo proporcionado; y a Gretel, la cantante de arias, mujer llena de energía, sensual, dispuesta a vivir la vida al máximo, de ojos y cabello oscuros que le daban un aire de gitana, de mirada sexy y personalidad avasalladora, que se sacó la lotería en Oruro, entre otros migrantes que lograron salir del infierno para trasladarse a Bolivia.

Quienes conocimos el exilio sabemos de la angustia que sufre un perseguido en la búsqueda de un pasaporte o una visa que le salve del odio o la represión en su país o en el extranjero. Ta vez por eso y por los magistrales relatos, me ha conmovido la descripción de la felicidad con la que los judíos recibían la visa salvadora para viajar a Bolivia. Y por eso mismo valoro la acción de su salvador.

Jorge Luis Borges dijo alguna vez que “el tiempo es el mejor antologista, o tal vez el único”, y por extensión, el mejor historiador y el mejor biógrafo.

Bien podríamos decir que hoy, tres cuartos de siglo después, Brockcmann y Peñaranda han logrado escribir una importante página de la historia boliviana, alejada de la leyenda y despojada de los prejuicios que la acompañaron durante décadas.

Y lo han hecho de manera magistral. Con el rigor del historiador y el talento del periodista.         

*Texto leído en la presentación del libro Escape a los Andes, el 21 de marzo de 2023.