
La UCB celebra la incorporación de Juan Carlos Salazar a la Academia Boliviana de la Lengua


El Estado y el secreto van de la mano en el ejercicio del poder. El “secreto de Estado” es la ocultación de la información al escrutinio ciudadano en función de una no siempre razonable “razón de Estado”, resultado de una decisión política que mantiene cerrados archivos oficiales, sean gubernamentales, militares o de cualquier otro tipo. Daniel Ellsberg, el analista estadounidense que filtró los “papeles del Pentágono” a The New York Times en 1971 sobre la guerra del Vietnam, dijo alguna vez que “los secretos de Estado no son necesarios para la seguridad nacional; son necesarios para evitar que los ciudadanos sepan lo que su gobierno está haciendo”.
El “secreto de Estado” mantuvo en el misterio durante 30 años el lugar donde fue sepultado el cuerpo de Ernesto Che Guevara, ejecutado en La Higuera en octubre de 1967. Es también el que impide conocer, 45 años después, la ubicación de los restos de Marcelo Quiroga Santa Cruz y Carlos Flores Bedregal, asesinados el 17 de julio de 1980 durante el golpe militar de Luis García Meza y Luis Arce Gómez.
Los jefes militares responsables de la ejecución del Che Guevara se llevaron el secreto a la tumba, comprometidos en un “pacto de silencio”, como ocurrió también con los líderes golpistas que planificaron y ordenaron el asesinado de Quiroga Santa Cruz y Flores Bedregal. Pero como nadie está obligado a guardar secretos ajenos, tras el fallecimiento de los comandantes antiguerrilleros de 1967, surgieron los testigos que permitieron la localización y exhumación del cuerpo del Che, el 28 de junio de 1997, en la vieja pista de Vallegrande. No ocurrió lo mismo con las víctimas del asalto armado a la sede de la Central Obrera Boliviana (COB).
Historiador riguroso y cronista de pura sangre, Robert Brockmann apela a sus mejores dotes de investigador y narrador para reconstruir la historia del 17 de julio de 1980. No solo ordena y sistematiza los datos y testimonios hasta ahora conocidos, sino que busca y explora las pistas que eventualmente puedan arrojar nuevas luces sobre las circunstancias de la muerte y el destino de los restos de Flores Bedregal, dirigente de una de las facciones del Partido Obrero Revolucionario (POR), y Quiroga Santa Cruz.
Los dirigentes del CONADE (Consejo Nacional de Defensa de la Democracia) fueron víctimas de una emboscada en toda regla, que convirtió a la sede de la COB en una ratonera. Los golpistas buscaban neutralizar la resistencia al golpe fascista, pero también descabezar a la izquierda boliviana que vivía un momento de ascenso político. Los líderes allí reunidos cayeron en la trampa. Supusieron ingenuamente que el “ruido de sables” estaba focalizado en la lejana Trinidad, confiaron en el respaldo popular y, en algunos casos, en su propio ascendiente y prestigio personal.
Era el caso del líder socialista. Como relaté en la semblanza que le dediqué en mi libro Semejanzas (Plural, 2018), Quiroga Santa Cruz, a quien acompañé en su última campaña electoral, pensaba que los militares nunca cumplirían la sentencia de muerte que habían dictado en su contra. “¡No se atreverán!”, me dijo la noche que García Meza lanzó públicamente su amenaza, el 23 de junio (“A ese señor, las Fuerzas Armadas sabrán ponerle en su lugar, y yo como hombre”). Cuando le recordé que esa frase ya la había escuchado una vez en boca del general Juan José Torres, días antes de su secuestro y asesinato en Buenos Aires, el 2 junio de 1976, víctima de la “Operación Cóndor”, me respondió: “Si los militares quieren matarme, lo harán, haga lo que haga. Tendría que ocultarme debajo de las piedras o irme del país, y eso no lo voy a hacer”. “La única posibilidad que tengo de evitarlo –agregó– es hacer que el costo político de un atentado sea para ellos tan alto que no se atrevan a intentarlo”.
La lógica de Marcelo tenía mucho sentido, era impecable, pero no era la de García Meza y sus secuaces, a quienes no les importó el costo político, como se vio, y sí se atrevieron a segar su vida, como también se atrevieron en el caso del general Torres.
Pocos días antes de la amenaza que le lanzó García Mesa, el jefe socialista recibió la visita de su amigo y compañero de gabinete en el gobierno del general Alfredo Ovando Candia (1969-1970), el general Juan Ayoroa Ayoroa. “Mira, Marcelo, tengo algo muy delicado que comunicarte”, le dijo en tono confidente en mi presencia. Aunque se encontraba en situación de retiro, Ayoroa mantenía muy buenos contactos con los militares en activo. “La situación dentro del Ejército está muy caldeada, te van a matar si sigues en la misma, debes cuidarte”, agregó, sin proporcionar mayores detalles de la confabulación de la que obviamente tenía conocimiento.
Marcelo le dio la misma explicación que le ofrecería días después, en la noche del 23 de junio, al arzobispo Jorge Manrique, un hombre avezado en la gestión de crisis y la mediación política, cuando le llamó para advertirle sobre el riesgo que corría tras la amenaza militar: “No es precisamente a mí a quien hay que recomendar moderación. Siempre he actuado con responsabilidad y serenidad, pero no puedo rehuir a mis responsabilidades ni renunciar a mis convicciones”.
Alguien dirá que Quiroga Santa Cruz y Flores Bedregal, alcanzado por una ráfaga dirigida al líder socialista, se encontraban en el lugar y el momento equivocados, pero lo cierto es que ambos acudieron a la sede de la COB obedeciendo a sus convicciones políticas y responsabilidades militantes.
Existen muchas versiones sobre los sucesos del 17 de julio de 1980 y el destino de los cuerpos de sus dos víctimas. Brockmann recoge las piezas dispersas para reconstruir el puzzle y ofrecer, por primera vez, un cuadro completo del hecho ocurrido ese aciago día, en una gran crónica, histórica y periodística. Según su reconstrucción, Flores murió cuando trataba de socorrer a Quiroga, quien recibió un solo disparo. Los cuerpos de ambos –Marcelo, herido–fueron trasladados al Estado Mayor. Pero, ¿qué ocurrió después? Es la pregunta que aún sigue sin respuesta. Las versiones hasta ahora conocidas son divergentes, puesto que los testimonios son igualmente contradictorios.
En todo caso, Brockmann considera posible la versión de Arce Gómez, quien señalaba a Banzer como el supuesto autor intelectual del doble crimen, no solo porque uno de los ejecutores era de su cuerpo de seguridad y el otro era jefe de seguridad de su esposa, Yolanda Prada, sino también porque el expresidente era el directo “beneficiario” de la desaparición física del líder socialista, quien le había instaurado un juicio de responsabilidades por varios delitos. ”Este muerto no es mío, es de Banzer”, había dicho Arce Gómez.
Brockmann no se queda en la reconstrucción de los hechos, sino que explora nuevas pistas, ata cabos y apunta a las más probables. Como dijo Stieg Larsson, el periodista y escritor sueco creador de la saga Millennium, “todo el mundo tiene secretos; la única cuestión es encontrar donde están». Brockmann va en pos de ellos y los encuentra –como suele ocurrir– donde nadie los busca.
Manuel Azaña, presidente la Segunda República española (1931-1939), dijo alguna vez que “la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro”. Cierto. Es así. Gracias al testimonio bibliográfico de algunos oficiales excombatientes, publicados años después de los hechos, nos enteramos de los entretelones de la campaña y la ejecución del Che Guevara. “Algo similar ocurre con la desaparición de los cuerpos de Carlos y Marcelo. ‘Alguien’ vio y oyó algo y lo contó a alguien más, y esa versión quedó registrada no en una, sino en dos novelas”, escribe Brockmann.
El autor de tales “infidencias” es un general retirado, dedicado a la literatura, que ocupó altos cargos en el Ejército, incluyendo la comandancia de una División, la dirección de la Escuela de Altos Estudios Nacionales, la Secretaría General del Consejo Nacional de Seguridad del Estado y un puesto en la Junta Interamericana de Defensa en Washington. Si bien su historia es “ficción”, sus fuentes son inobjetables. A tal punto que el Alto Mando militar censuró las obras del autor por violar el artículo 120 de la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas, es decir, por difundir “secretos militares” sin autorización de sus superiores.
Si las Fuerzas Armadas consideran que la “revelación novelada” de un “secreto militar” infringe un artículo de la Ley Orgánica de las FF.AA, algo de cierto tendrá su contenido.
En un testimonio conmovedor, Brockmann relata en la introducción del libro que al recorrer en su moto la avenida Zavaleta, notaba en “cierto lugar, siempre el mismo”, un “súbito cambio de temperatura, un enfriamiento brusco, que te atraviesa el cuerpo”; que así lo percibió durante muchos años, hasta que se ocupó de las muertes de Flores Bedregal y Quiroga Santa Cruz. Fue cuando dedujo el destino más probable de sus cuerpos. “Entonces, ese frío tomó otro significado”.
¿Están los restos de ambos dirigentes sepultados bajo el asfalto en las cercanías del Gran Cuartel de Miraflores? Es la hipótesis que plantea Brockmann tras su investigación.
En cualquier país del mundo que se rige por leyes, el “secreto de Estado” tiene fecha de caducidad. Los archivos se abren al escrutinio público en plazos establecidos, de 10, 20 o 30 años. No ocurre lo mismo en Bolivia, donde los archivos permanecen cerrados a cal y canto.
¿Qué impide conocer los sucesos ocurridos hace casi medios siglo? Como sostiene Brockmann, “los generales que hoy son generales, hace 44 años eran niños de colegio, no hay ningún motivo por el cual no se abran los archivos militares, intentar tapar este secreto es intentar defender a García Meza”. En el caso de Flores, existe además una sentencia incumplida de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) que responsabiliza al Estado por su desaparición, exige encontrar sus restos, abrir los archivos militares y resarcir a la familia.
Paradójicamente, fue un gobierno conservador, “neoliberal”, el que facilitó la investigación y exhumación de los restos del Che Guevara, y son gobiernos de izquierda, que se dicen seguidores de las ideas de Quiroga Santa Cruz, los que protegen el secreto militar.
Como dice Julian Assage, el fundador de WikiLeaks, que también filtró documentos clasificados de Washington, “el secreto es para los conspiradores, no para los gobiernos democráticos”. Así actúan, como conspiradores o encubridores, quienes impiden el esclarecimiento del caso.
La ocultación de la información es un atentado de lesa humanidad, puesto que las familias tienen derecho a dar una sepultura digna a sus seres queridos y cerrar un luto de cuatro décadas, pero también es una violación de derechos fundamentales, humanos, civiles y políticos, incluido el que tienen los ciudadanos de conocer los actos de sus gobernantes. No hay democracia sin derecho a la información. Es lo que distingue al Estado de derecho del autoritarismo. “La opacidad del poder – dijo Norberto Bobbio– es la negación de la democracia”.
“A casi cuatro décadas y media de los hechos”, escribe Brockmann, “la única explicación para la falta de datos verídicos sobre el destino de los cuerpos de Carlos Flores y Marcelo Quiroga Santa Cruz es la existencia de un pacto de silencio”. Pero, en Bolivia –agrega–, “un pacto de silencio es casi imposible. Los bolivianos no son conocidos por su capacidad para guardar secretos”.
Pero, ¿los bolivianos debemos depender de la infidencia de unos testigos para conocer la verdad sobre un hecho oprobioso como el que nos ocupa o debemos hacer valer nuestros derechos? La apertura de los archivos militares es un reclamo democrático que merece respuesta. Sin lugar a dudas, la investigación de Robert Brockmann contribuirá al logro de ese objetivo, además de perfilarse como un significativo aporte al esclarecimiento del caso.
La Paz, 5 de agosto de 2024
Una novela admite diversas lecturas. No solo depende de la intención con la que el autor construye su historia y, obviamente, de la trama, sino también de la mirada de su destinatario final, el lector.
Yo percibo en la nueva novela de Amalia Decker muchos de los ingredientes del género negro, que saltan a la vista desde el sugerente título de la obra: No me buscarás en vano (Plural Editores). Y, por supuesto, en el argumento, una historia de intriga y violencia que atrapa al lector de principio a fin.
Como me ocurrió a mí durante la lectura, seguramente el lector se preguntará: ¿Qué investigaba y qué descubrió el columnista que ejercía la crítica del poder desde el periodismo? ¿A quién afectaba lo que estaba escribiendo al punto de causarle la muerte? ¿Quién guarda su secreto?
Si bien no existe un detective al estilo de la clásica novela negra, sí vemos a cuatro mujeres, las protagonistas de la historia, empeñadas en descubrir el misterio que rodea al supuesto suicidio del columnista.
Raymond Chandler, maestro de la novela negra, pone en boca de su mítico detective Philip Marlowe una frase que me vino a la memoria al leer No me buscarás en vano. El cínico y carismático héroe de Chandler dice en El sueño eterno que “los cadáveres pesan más que los corazones destrozados”.
Parafraseando a Marlowe, yo diría que los corazones rotos de las protagonistas de la novela de Amalia pesan tanto o más que la misma muerte de Carlos, el héroe omnipresente, de quien apenas sabemos que es columnista de prensa, autor de artículos explosivos, que presume de hacer “el amor con las palabras, jugar con ellas, para liberarlas de su prisión y darles nueva vida”.
Las protagonistas son cuatro mujeres que caminan a tientas sobre la delgada frontera que separa la verdad de la mentira, sabedoras de que la mentira es a veces el único camino que conduce a la verdad; cuatro sobrevivientes, a las que el mal de amores ha convertido en mujeres peligrosas. “El amor es una maldición”, dice una de ellas, Alejandra, porque te hace feliz y también desgraciada. “Lo peor de todo –agrega–, es que nos enseña a odiar”.
Lo único que las une es un ayer que las confronta y persigue y la búsqueda de la verdad. Ni siquiera la venganza, sino la verdad como único motivo para seguir viviendo. Como dice Philip Marlowe, el detective de Chandler, “hay un gran poder en la verdad y siempre hay algo detrás de la mentira”.
Los personajes son gente de a pie, gente de carne y hueso, cada uno con sus luces y sombras, con sus propios intereses y motivaciones, que se mueven en mundos moralmente ambiguos, entre la lealtad, la confianza y la traición, como el policía de doble personalidad, presunto ejecutor de los siniestros planes del poder político. O su amante, que vendía su cuerpo en un bar para ejecutivos antes de convertirse en esposa de un ministro. O el cura que cumplía penitencia eterna por los pecados que escondía bajo la sotana.
Son personajes envueltos en las turbias relaciones del poder, atrapados en los enjuagues sucios de la política, las redes de la corrupción y la violencia, sobrevivientes del poder defenestrado, que se mueven –como dice uno de ellos– en las mieles y la mierda del poder como peces en el agua; personajes que se han olvidado de vivir, que buscan su redención en la redención ajena y una respuesta a sus dilemas éticos.
Como dice el cubano Leonardo Padura, autor de Pasado perfecto, la primera novela de la saga del detective Mario Conde, la novela negra tiene “la virtud de que te coloca directamente en un lado de la realidad y de la sociedad que siempre es el más oscuro”, porque “habla de lo peor de la sociedad”.
Es la sociedad que retrata Amalia, un país sin ley o un país donde la única ley es la ley de los que detentan el poder, que es lo mismo; un país, en fin –en palabras de Alejandra–, donde “los presentimientos tienen la mala concha de convertirse en profecías”.
La atmósfera en la que se desarrolla la historia –otra característica que la acerca al género negro– es a veces asfixiante, donde el silencio del entramado del poder convive con la violencia, la corrupción, el miedo; donde las sombras se proyectan “como grullas dormidas” –en palabras de Soledad– y abren las puertas a los recuerdos a manera de ráfagas, como fantasmas que se han puesto de acuerdo para acudir juntos en las noches de insomnio. “Tengo la sensación de estar bailando entre las sombras”, dice una de las protagonistas.
La atmósfera tiene a la lluvia como cómplice y telón de fondo. “La ciudad se diluye en una lluvia pertinaz”, dice Alejandra. “La tormenta se acaba de desatar, junto a la danza de los árboles, agitados por el viento”, reflexiona Soledad. “El cielo está gris y triste”, comenta en otra ocasión. Días lluviosos, que empiezan de manera extraña, con la angustia que anuncia los malos presagios, porque, como dice una de ellas, los tiempos de la Historia no coinciden con los suyos.
Y también la lluvia como metáfora: “Sentí sus manos como una suave lluvia en un día cálido”, dice Soledad. Alejandra comenta a su vez: “Mis penas van y vienen como la lluvia”; “la lluvia parece haber llegado para quedarse, pienso si acaso podría yo dejar correr el agua y vivir en paz”, reflexiona más adelante.
El relato descansa en dos de las cuatro protagonistas, Alejandra y Soledad –con Pilar y Shirley como interlocutoras–, quienes hilvanan la historia en primera persona, con una narración de gran intensidad y fluidez, que intercala la reflexión del soliloquio con la descripción de personas y ambientes y los diálogos con el resto de los personajes.
Alejandra y Soledad se retratan a sí mismas y retratan a los demás, con descripciones muy bien logradas, tanto en lo físico como en lo sicológico: las mujeres, hermosas, inteligentes y atormentadas; los hombres, seductores, misteriosos, manipuladores y manipulados, unidos entre ellas y ellos por amores y desamores, en los extraños engranajes y las sutiles redes que teje la vida.
“Cierro los ojos y me esfumo. Me miro sin mirarme y siento que mi rostro se dulcifica con la última figura que se atraviesa: desgarbado, flaco y de sonrisa preciosa”, dice Soledad del amante que no fue. Alejandra describe a Soledad: “Toda ella es un enigma. Sus movimientos me dicen más que sus palabras. Tiene ojos bonitos, con un raro destello. Son negros como el ala de cuervo”.
“Al levantar la vista –dice Soledad de Shirley-, me sorprendo con su belleza. Un poco salvaje, pero sí que es linda. Los ojos negros y rasgados, una boca carnosa y joven. Lo único que no forma parte de toda esa belleza armónica es el cabello teñido a un rubio que chilla en su rostro mate”. Y describe a Alejandra: “Camina sobre unos zapatos planos. Es un poco más alta que yo. Lo primero que me llama la atención es su forma de caminar. Sin proponérselo, lo hace con gracia de bailarina”.
El relato es lineal. Las narradoras nos cuentan los hechos de la forma y en la medida que los viven, y nos muestran los sucesos pasados con detalles, suministrados a cuentagotas para mantener la tensión, que van perfilando el fondo y el trasfondo de la trama. Alejandra nos pone en contexto al hablar de su exmarido: “Conocí a gran parte de los actores (del viejo poder). Dormía hasta hace unos meses con uno de ellos. Incluso, el propio presidente defenestrado visitó mi casa un par de veces antes de huir con sus más cercanos colaboradores para no ser linchado por la turba enfurecida”.
En otro pasaje, Soledad le confía a Alejandra: “¿Recuerdas la balacera en una hacienda de Santa Cruz, donde mataron a unos supuestos terroristas? (…). Descubrí que el tal Javier no se llama así y que además fue quien dirigió ese operativo tan comentado en la prensa”.
Si alguien quiere ver un guiño de la autora a la adscripción de su novela, o al menos su afición al género negro, lo encontrará en el detalle de la breve conversación que sostiene Soledad con el portero de la vivienda de Alejandra: “¿Quién la busca para avisarle?”, pregunta el empleado. “Agatha Christie”, responde Soledad, una sicóloga-policía que ejerce su profesión en una comisaría de barrio.
Amalia ha recuperado en sus obras sus vivencias políticas, como en Carmela y Mamá, cuéntame otra vez, y también las familiares, como en Tardes de lluvia y chocolate. En todas ellas ha desplegado sus dotes literarias, pero es en No me buscarás en vano en la que mejor desarrolla su faceta de narradora, no solo por la ambientación y la descripción de sus personajes, sino y sobre todo por el ritmo y la fluidez del relato, que permite al lector seguir la trama como testigo privilegiado de los hechos.
En todo caso, como escribí en alguna ocasión, si hay algo que caracteriza a la obra literaria de Amalia, la “música de fondo”, para llamarla de algún modo, es la nostalgia, una nostalgia por mundos que ella añora pero que no acaban de llegar; mundos que ella inventa, una y otra vez, en la búsqueda del mundo que quisiera para ella y para los demás.
No voy a revelar el final de la novela, pero, parafraseando a Agatha Christie, podemos decir que “el mal nunca queda sin castigo, pero a veces el castigo es secreto”.
*Texto leído en la presentación de la novela, el 25 de julio de 2024, en la Fundación Patiño.
Brújula Digital – 29/07/|24.-
Por Alfonso Gumucio Dagron
Sin querer queriendo, Juan Carlos “Gato” Salazar calzó las botas de reportero de guerra a lo largo de su fructífera carrera de más de medio siglo como corresponsal nacional e internacional.
Una foto histórica (que está en otro libro suyo), donde aparece con el rostro imberbe de adolescente, lo sitúa como corresponsal de la Agencia de Noticias Fides en Camiri, durante la guerrilla del Che Guevara, en 1967, y a partir de allí las circunstancias quisieron que se convirtiera en cronista (y víctima) de la violencia desatada en Bolivia, Chile y Argentina durante las dictaduras de Banzer, Pinochet y Videla, y años después desde su puesto en la Agencia Alemana de Noticias (DPA) en México, cubriera las guerrillas y acuerdos de paz en Centroamérica, la eclosión de la insurrección zapatista, el “periodo especial” en Cuba o la “tercera guerra mundial” del terrorismo y de la informática desde la DPA en Madrid.
Toda una vida de periodismo serio, documentado, impecable y apasionante que el “Gato” ha plasmado en su libro A la guerra en taxi. Crónicas desarmadas (2023), donde reúne una selección de las notas de corresponsalía que hizo en su vida y que quizás se hubieran perdido si no era porque su padre tuvo el cuidado de guardar los recortes que se publicaban en diarios y revistas de toda la región y del mundo.
Los papeles dispersos se los lleva el viento. Reciclar lo que uno ha publicado a lo largo de décadas de trayectoria es una buena idea a condición de organizar el material y convertirlo en un cuerpo que respira nueva vida porque reactiva las sinapsis que el tiempo había debilitado. Este libro no es la suma de viejos artículos, sino un ensayo bien estructurado con un estilo narrativo consistente.
La crónica es un género que el autor cultiva con talento. No es casual el subtítulo “Crónicas desarmadas”, porque los cronistas de entonces ejercían su oficio armados de una libreta de apuntes o una máquina de escribir portátil.
Hay guerras de todo tipo, además de las convencionales: guerra de guerrillas, insurrecciones, golpes militares, guerras “sucias” y desastres naturales que obligan al periodista a calzar las botas y llegar (aunque sea en taxi), al frente de los hechos para dar testimonio de ellos.
Para quien haya transitado por los países que menciona el autor, y más aún en los tiempos en que se sitúan las crónicas, este libro es una suerte de exorcismo para la memoria. Lo ha sido para mí en cada página referida a Guatemala, Cuba, Haití, Nicaragua, México y por supuesto Bolivia. El relato pormenorizado de su relación estrecha en el exilio en Buenos Aires con el expresidente Juan José Torres es un ejemplo de los personajes con los que tuvo el privilegio de caminar un trecho de vida.
La sección referida al “periodo especial” en Cuba es reveladora de la deriva autoritaria y del fracaso económico del socialismo caribeño, pero a diferencia de otros textos tan viscerales como superficiales, los de este libro son agudas crónicas bien informadas y documentadas porque su eje es la vivencia personal: no se puede escribir sobre Cuba sin haber estado allí. Los textos escritos con sobriedad (y cierta tristeza entre líneas) se distinguen de aquellos que parecen alegrarse de que a los cubanos les vaya mal: aquí se subraya la dignidad y la resiliencia de un pueblo engañado (como tantos otros en nuestra región).
No son menos intensos los relatos “en caliente” de la breve y estridente insurrección zapatista en Chiapas, aterrizados en la vida cotidiana de las comunidades indígenas atrapadas entre dos fuegos, indiferentes y confundidas frente al sancocho ideológico-poético del subcomandante Marcos, que logró su objetivo de fascinar a intelectuales del mundo, deseosos de asistir a la emergencia de un horizonte diferente a todos los hasta entonces conocidos.
Una suerte de epílogo, “Las guerras no son lo que eran”, constata que el periodismo tampoco es lo que era. El ataque a las torres gemelas en Nueva York en 2001 o las bombas del 11 de marzo de 2004 en Madrid inauguran la irrupción de la transmisión en vivo de la historia y la emergencia de las redes virtuales “sin pasar por los medios tradicionales”. Un campo abierto y desafiante para los nuevos periodistas que tienen que competir con charlatanes de toda especie que proliferan en plataformas virtuales como pastores evangélicos.
Los periodistas de la era TIC no tienen ni idea de lo que era ser corresponsal de guerra en las últimas décadas del siglo pasado. Ahora, ni con toda la tecnología a su favor, pueden ejercer su oficio con la dignidad y la elegancia que lo hacía la generación que los precedió, por ello quizás dejan el espacio libre a la nueva ola de charlatanes digitales, “influencers” y tiktokeros cuyo ombligo es más prominente que los hechos que narran. Salazar del Barrio se toma el trabajo de explicar con “chuis” a las nuevas generaciones lo que era manejar un teletipo o enviar una “pepa” en clave para tener la primicia.
Este formidable narrador sabe tejer tiempos, personajes y hechos sin desviarse del relato, pero haciéndolo intenso e interesante. No solo es un testigo de la historia, sino que enriquece cada descripción con datos duros y verificables, con referencias precisas y abundando en el contexto que ayuda a situar los hechos, sus causas y sus consecuencias. Es decir, un periodismo de alto rigor profesional que combina equilibradamente una aguda percepción histórica y social, con datos objetivos y entrevistas privilegiadas con protagonistas de los hechos.
A veces describe episodios de la historia en los que no estuvo presente, pero lo hace con la maestría de un cronista que revive cada momento y se apropia de los hechos en sus mínimos detalles. Aunque desaparezca el relato en primera persona, la investigación y el conocimiento profundo compensa la ausencia de la voz testimonial.
Los Tiempos – 28 de noviembre de 2023
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