Prólogo al libro “Bolivia en La Haya”, de Henry Oporto (Editor)

El fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) del 1 de octubre de 2018, que determinó de manera contundente que “la República de Chile no ha contraído la obligación de negociar un acceso soberano al mar con el Estado Plurinacional de Bolivia”, marca un antes y un después en la centenaria aspiración marítima boliviana. Sea “el verdadero final de la Guerra del Pacífico”, como sostiene del historiador Robert Brockmann, o “uno de los momentos más dramáticos de la historia” de Bolivia, pero que no impedirá la apertura de “caminos renovados en busca de este objetivo irrenunciable”, como afirma Carlos Mesa, lo cierto es que el golpe de La Haya no sólo obliga a una reflexión sobre las causas del fracaso, probablemente el mayor de la diplomacia boliviana, sino también a la búsqueda de nuevas alternativas a la que ha sido la piedra angular de nuestra política exterior.

A pesar del afán gubernamental de minimizar y relativizar las consecuencias del veredicto con fines de política coyuntural, la mayor parte de los internacionalistas y analistas independientes coincide en señalar que la sentencia es una derrota jurídica, política, diplomática e histórica en toda la línea, puesto que clausuró la única puerta que quedaba abierta tras el desastre militar de 1879 y la frustrada demanda ante la Liga de las Naciones de 1920 en busca de la revisión del tratado de 1904.

Si “la historia es un incesante volver a empezar“, como dijo el historiador ateniense Tucídides 400 años antes de Cristo, si estamos ante un fin de ciclo y si queremos aprender las lecciones de la historia, conviene empezar de cero, con la reflexión sobre los hechos que nos condujeron a este “final inapelable de una era”. Este libro es un primer balance de esa gestión diplomática, a ocho años de la decisión del presidente Evo Morales de acudir a La Haya y a siete meses de su desenlace.

El fallo del 1 de octubre cayó como un balde de agua fría en la opinión pública boliviana. La lectura de la sentencia, trasmitida por televisión en vivo y en directo desde La Haya, no fue precisamente la crónica de un fracaso anunciado, pues nadie o casi nadie esperaba un revés tan contundente, sino el relato de una frustración colectiva, un shock -lindante en la humillación, como dice Fernando Molina-, cuyas consecuencias tardarán en hacer carne en el cuerpo social de Bolivia, pero que, sin lugar a dudas, lastrará el devenir nacional.

El presidente Morales anunció la “judicialización” del tema marítimo el 23 de marzo de 2011, tras el fracaso del diálogo acordado con Chile en torno a la denominada Agenda de los 13 puntos, debido a la renuencia de Santiago a tratar el punto relativo a la reivindicación marítima. La demanda se concretó el 24 de abril de 2013. Bolivia pretendía que la CIJ declare la obligación de Chile a negociar “de buena fe” con Bolivia un acceso soberano al Océano Pacífico, a partir de los supuestos “derechos expectaticios” generados por las ofertas unilaterales y los intercambios bilaterales que hizo Chile a Bolivia durante el siglo pasado.

Chile, que negaba cualquier obligación de negociar sobre el tema, presentó el 15 de julio de 2014 una objeción preliminar, indicando que la Corte carecía de jurisdicción y competencia para decidir la disputa presentada por Bolivia, puesto que, a su juicio, la demanda suponía una revisión del Tratado de 1904, vetada por el Pacto de Bogotá. El 24 de septiembre de 2015, la Corte rechazó las excepciones planteadas por Chile, declarándose competente para conocer la demanda boliviana.

Aunque no implicaba una decisión sobre el tema de fondo, el fallo preliminar generó grandes expectativas en Bolivia, alentadas, sobre todo, por el gobierno, pero también, aunque en menor grado, por diversos sectores de la opinión pública. El presidente Morales y sus ministros, que siguieron la audiencia de La Haya por televisión, estallaron en aplausos cuando el presidente del tribunal, Ronny Abraham, anunció el rechazo a la objeción chilena por 14 votos a dos.

«Es un día inolvidable. Sabíamos que tarde o temprano se iba a hacer justicia”, declaró el mandatario. Bolivia celebró la decisión como un triunfo nacional. Justo es decir que así como el fallo desató el optimismo en Bolivia, causó una honda preocupación en Chile por considerar que el gobierno socialista de Michelle Bachelet había perdido no una apuesta, sino una primera batalla que podía comprometer el resultado final del proceso.

La euforia del gobierno boliviano fue tal que el presidente Evo Morales llegó a decir que Bolivia estaba  “muy cerca de volver al Océano Pacífico» y se adelantó a instar a su par chileno a buscar “fórmulas de entendimiento para cerrar las heridas abiertas hace más de 100 años”, seguro como estaba de que el fallo final sería favorable a la causa nacional. Nada retrató mejor la seguridad del gobierno boliviano que el titular de primera plana de un periódico oficialista, impreso un día antes de conocerse la sentencia, “Histórica sentencia”, y el texto de la portada que señalaba que “Bolivia tuvo que esperar 139 años para conquistar un histórico triunfo ante la injusticia que nos condenó al encierro”.

El gobierno no fue el único sorprendido por el fallo, porque, como bien dice Brockmann, la mayoría de los bolivianos, en mayor o menor grado, “abrazó la argumentación de los actos unilaterales de los estados”, y creyó que la demanda boliviana estaba sustentada en argumentos sólidos. En el peor de los escenarios, Bolivia esperaba un “fallo salomónico”, pero que dejara la puerta abierta a la esperanza.

¿Dónde estuvo el error? ¿En la estrategia de la demanda o en el núcleo mismo de la argumentación?  ¿Era correcto suponer que las promesas unilaterales habían creado una obligación jurídica que Chile debía honrar mediante una negociación de “buena fe”? ¿Fue un fallo injusto, como sostiene el gobierno boliviano?

El triunfalismo del gobierno –y de muchos sectores de la opinión pública- no sólo se asentaba en los primeros éxitos del equipo jurídico boliviano, sino en la convicción de que el  novedoso planteamiento de la demanda era tan sólido como una roca. La creencia se vino abajo el 1 de octubre. A medida que el jurado respondía negativamente a cada uno de los argumentos esgrimidos por los juristas bolivianos, los analistas se preguntaban cómo era posible que los miembros del equipo de Eduardo Rodríguez Veltzé –juristas e historiadores- no hubiesen podido advertido la endeblez de las premisas, que –a toro pasado, es cierto- sonaban incluso ingenuas.

Las críticas a posteriori pueden parecer duras y excesivas, pero son necesarias, ante una apuesta arriesgada que puso en juego la solución de una reivindicación nacional centenaria.

Lo que no se ve por ninguna parte es autocrítica del gestor y operador de la demanda ni mucho menos la necesaria rendición de cuentas de una gestión que ha provocado un vuelco en la política exterior boliviana. Como dice Roberto Laserna: “El premio parecía grande, pero, no teniendo los recursos necesarios para respaldar lo que estaba en juego, el riesgo era excesivo. Si antes nos llevaron a la guerra sin ejército, ahora nos llevaron a juicio sin ley”. O en palabras de Fernando Molina: “No deberíamos olvidar lo ocurrido. Se supone que todos los responsables políticos de la demanda actuaron de buena fe. Pero no por eso dejaron de comportarse con negligencia, exceso de confianza, desorden e ingenuidad. Deberíamos recordarlo siempre”.

En lugar de autocrítica, lo que hay es justificación. El presidente Morales acusó inicialmente a la Corte de haberse “parcializado con un grupo” y de haber “beneficiando a los invasores y a las transnacionales”. Posteriormente relativizó el fracaso, al señalar que “si bien no hay una obligación de negociar hay una invocación a seguir con el diálogo”. Finalmente, negó que la gestión fuera una derrota. “Algunos dicen (que fue) como una derrota, pero no es ninguna derrota, ahora tenemos tres elementos, al margen de otros, para seguir negociando una salida al mar con soberanía porque, primero, la CIJ dijo que Bolivia se ha creado con más de 400 kilómetros sobre las costas del océano Pacifico; segundo, dijo que los tratados no han resuelto el enclaustramiento de Bolivia; y, tercero, instó a seguir negociando para resolver la demanda de Bolivia”. Pero, como dice el internacionalista Fernanda Salazar, lo que el mandatario presenta como “nuevos elementos” supuestamente aportados por la CIJ, no son otra cosa que simples antecedentes históricos mencionados en el fallo. Y lo cierto es que tampoco la CIJ instó a negociar a las partes.

Lo que también llama la atención, igualmente a toro pasado, es el hecho de que la gestión de cinco hubiese transcurrido sin que mediara debate alguno sobre la pertinencia  de la demanda y sus posibilidades de éxito. Si bien es cierto que el tema fue analizado en las aulas universitarias y en algunos foros académicos, lo cierto es que, como recuerda Henry Oporto, ningún sector de la sociedad, ningún líder político importante ni ningún partido con representación parlamentaria, se atrevió a cuestionar y a discutir seriamente la viabilidad de la iniciativa boliviana. Tampoco la prensa, que, en este sentido, también deberá realizar una severa autocrítica al haber renunciado a ejercer el papel de promotor de un debate tan necesario como imprescindible.

“Muchos se unieron a la comparsa, quizá incluso a regañadientes. También el silencio ha sido vergonzoso. Bastó el chantaje patriotero para que los gobernantes y los agentes diplomáticos vendieran como ‘política de Estado’, lo que en realidad era ante todo una estrategia partidista. Increíblemente, en un tema de tanta relevancia, y que importaba un cambio sustantivo en la política marítima de casi un siglo, simplemente no hubo debate público; el régimen pudo maniobrar como si tuviera cheque en blanco. Y lo sigue haciendo sin tan siquiera molestarse en rendir cuentas de su fracaso”, escribe Oporto.

Hubo excepciones, desde luego, como la del excanciller Armando Mariaca Loaiza, quien en una entrevista para un folleto de la Fundación Pazos Kanki (“La demanda marítima ante La Haya”), publicada en 2013, advirtió que, al acudir ante la CIJ, “Bolivia entrega a un tercero, en este caso la Corte de La Haya, la definición de una cuestión tan delicada y sensible para los bolivianos, una tercera instancia sobre la cual no tenemos la capacidad de incluir, y por lo que tenemos que limitarnos a esperar su decisión”. Y así nos fue.

Pero, como dice la internacionalista Karen Longaric, ninguna de las advertencias sobre la complejidad del tema y el incierto resultado fueron tomadas en cuenta, porque “desde el grupo de cabildeo de los círculos de poder se propalaba el exitismo, risiblemente amparado en un supuesto nerviosismo del oponente” y “a quienes ponían en duda la pertinencia de la demanda o de sus resultados, se los denostaba en los círculos intelectuales y en las esferas de poder político”.

No deja de ser sintomático de la actitud gubernamental el hecho de que el equipo jurídico hubiese ignorado olímpicamente al jurista Ramiro Orías, a quien se le atribuye la paternidad intelectual de algunas ideas implícitas en la demanda. “Como muchos bolivianos –escribe Orías- me sentí comprometido con ese esfuerzo, ya que tomaba en cuenta muchas de mis anteriores reflexiones. Aunque transmití a algunos de sus gestores mi más amplia disposición para contribuir a ese logro, nunca fui convocado. Entendí bien el celo, reserva y confianza política que importaban esas labores”. Ni a Orías ni a otros especialistas.

El mandatario sí convocó a expresidentes y excancilleres, pero, aparentemente, no para contar con su aporte en la elaboración de la demanda, sino, como sostienen algunos de los coautores de este libro, por la necesidad imperiosa que tenía el gobierno de un aval para su gestión y para neutralizar a los líderes opositores y eventuales rivales electorales. Nunca sabremos cuánto y cómo hubiese beneficiado un fallo positivo a la causa electoral de Evo Morales, pero sí conoceremos más temprano que tarde el costo político del fracaso.

Si el fallo de La Haya supone el fin de una era, ¿es también el fin de un mito, como sostiene Oporto, o de una “obsesión colectiva”, como la llama Brockmann? Si así fuera, también sería el fin de una ilusión, la ilusión de la reconquista del mar perdido que se nos inculcó a los bolivianos generación tras generación durante más de un siglo, hasta convertirse en una razón de ser del Estado boliviano. “¡El mar nos pertenece por derecho, recuperarlo es un deber!”.

¿Qué viene ahora?, es la pregunta que se formulan los analistas e internacionalistas que colaboran en esta publicación.

Según el portavoz de la demanda marítima, Carlos Mesa, la CIJ estaba en la disyuntiva de “escoger el camino entre una interpretación progresista y de siglo XXI de dos figuras muy importantes del derecho internacional” y el “statu quo con una interpretación que no modificara el ya de sí complejo escenario jurídico internacional”. Y asumió que “entre la justicia y la seguridad jurídica internacional primaba un sentido de ‘responsabilidad global’ que defendiera un orden que, aún como está, es frágil en un momento de la historia en el que el escenario mundial está condicionado por figuras que reverdecen la lógica del poder total y bloques que enfrentan los desafíos cada vez más crecientes de las naciones emergentes”.

Aunque admite que “es lógico el sentimiento de frustración y la sensación de fracaso tras cinco años de contencioso jurídico”, el exmandatario confía en que “vendrá otro tiempo” para “encontrar caminos renovados” en la consecución de ese “objetivo irrenunciable” que es el retorno al mar perdido.

El excanciller Gustavo Fernández cree que los jueces aplicaron “una interpretación formalista y positivista de la causa, justamente para despejar cualquier insinuación de tendencias políticas, tanto de Bolivia como de Chile”, pero que el fallo no ha resuelto el problema de fondo,  “el problema está tal y como estaba antes y tal vez con mayor intensidad, porque Bolivia, golpeada y todo, no ha renunciado ni va a renunciar a su demanda de acceso soberano al mar”. Es, pues, a su juicio, una derrota jurídica, que lo único que demuestra es que “la vía jurídica no funcionó”, pero que no representa un retroceso” y no significa que hayamos vuelto a fojas cero.

Pero, en todo caso, todos coinciden en que Bolivia no sólo debe reformular su política exterior, que tenía a la reivindicación marítima como piedra angular, sino que debe replantearse si mantiene la cuestión marítima como punto central de esa política. Y que lo debe hacer a partir de una visión pragmática de acceso al Pacífico, que supone la reconstrucción de las relaciones con Chile –tan maltrechas a causa de la escalada de las acusaciones mutuas de los últimos años-, el potenciamiento de los vínculos con los países vecinos, especialmente con Perú, y por supuesto la proyección del país al Atlántico.

Como dijo alguna vez Oscar Wilde, “el único deber que tenemos con la historia es rescribirla”. El varapalo de La Haya nos obliga a diseñar esa nueva historia.

La Paz, marzo de 2019.-

Andrés Soliz Rada, defensor de los recursos naturales

Al periodista, abogado y político Andrés Soliz Rada, mentor y gestor de la tercera nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia (1 de mayo de 2006), le pasó lo mismo que a Marcelo Quiroga Santa Cruz en 1970, obligado a renunciar tras haber sido desautorizado por el entonces presidente Alfredo Ovando Candia, quien había pactado una indemnización con la Gulf Oil Company a espaldas de su ministro. «Algo de eso ocurrió conmigo”, confió el exministro a este cronista al recordar su renuncia al Ministerio de Hidrocarburos siete meses y 23 días después de haber jurado al cargo en el primer gabinete de Evo Morales.

Más explícito fue en su libro Controversias de la Izquierda Nacional (2015): «Mi relación con el gobierno se agravó debido a que, en aplicación del decreto de nacionalización, dispuse que YPFB controlara la producción de las refinerías de Cochabamba y Santa Cruz, que estaban en poder de Petrobras. La decisión originó la protesta del gobierno brasileño (…), lo que motivó que el vicepresidente Álvaro García Linera anunciara a los medios de comunicación el congelamiento de la medida. El anuncio de García Linera fue formulado sin avisar a mi persona, lo que motivó mi renuncia el 15 de septiembre de 2006”, escribió.

Fallecido el 2 de septiembre pasado a los 77 años, Soliz Rada fue uno de los más decididos y consecuentes defensores de los recursos naturales de Bolivia, específicamente del petróleo, misión a la que se dedicó por entero como periodista, político e ideólogo de la llamada «izquierda nacional”.

Ya en la década de los 60, como dirigente del Sindicato de Trabajadores de la Prensa y como fundador y líder del Grupo Octubre, una pequeña agrupación política que postulaba la defensa de los recursos naturales, apoyó decididamente al gobierno de Ovando Candia y a su ministro de Minas y Petróleo, Marcelo Quiroga Santa Cruz, quien nacionalizó el petróleo el 17  de octubre de 1969.

Fue autor de la primera tesis política de los periodistas bolivianos, que postulaba el «apoyo crítico” a los gobiernos militares de izquierda, como los de Ovando Candia y Juan José Torres. 

Como dirigente del Sindicato de Trabajadores de la Prensa de La Paz, apoyó decididamente al entonces ministro de Información, Alberto Bailey Gutiérrez, en la aprobación del decreto del 19 de febrero de 1970 que dio lugar a la creación de la Columna Sindical, que obligaba a las empresas periodísticas a otorgar a sus trabajadores un espacio similar al del editorial institucional, y del semanario sindical Prensa, que circuló durante 19 semanas con gran éxito de circulación.

Paradójicamente, el Gobierno clausuró el semanario y envió a Soliz Rada a la cárcel, en agosto de 1970, cuando Prensa denunció un inminente complot derechista para derrocar a Ovando.

Soliz Rada se consideraba discípulo de Sergio Almaraz, con quien colaboró en la revista Clarín Internacional, y del argentino Jorge Abelardo Ramos, el creador de la corriente ideológica de «izquierda nacional” y autor de Historia de la nación latinoamericana  y Ejército y semicolonia.

Estuvo exiliado en Argentina y México. Tras la caída del dictador Hugo Banzer Suárez, retornó a Bolivia, donde se convirtió en mentor e ideólogo del comunicador Carlos Palenque, con quien fundó en 1989 el partido Conciencia de Patria (Condepa). Fue diputado y senador por esa organización. A la muerte de Palenque, en 1997,  se apartó de la política activa.

Aunque entendía el periodismo como parte de su militancia política, tuvo una destacada carrera profesional. Fue miembro de la redacción del emblemático diario bonaerense La Opinión y de la revista mexicana Tiempo. Asimismo, fue corresponsal de la Agencia France Presse (AFP) y de Le Monde de París. Es autor de La Caracterización de Bolivia y la Contradicción fundamental (1978), El Gas en el Destino nacional (1984), La Conciencia enclaustrada (1994), La Fortuna del Presidente (1997) y Jorge Abelardo Ramos y la Unión Sudamericana (2008).

Como ideólogo y militante de la «izquierda nacional”, se jactaba de haber combatido a la «izquierda cipaya”, como denominaba a las diversas corrientes comunistas, al trotskismo, a la socialdemocracia, al foquismo guerrillero y al «ultra indigenismo”.

Pese a sus diferencias con el gobierno del MAS, nunca criticó a Evo Morales, pero sí a su entorno. «Cuando era ministro, pretendían imponerme un comisario político”, confió a este cronista. En Controversias de la izquierda nacional, un libro que resume su lucha y legado político, afirma que «el círculo palaciego que rodeaba a Evo” le impedía nombrar a sus colaboradores de confianza, y que ese mismo «núcleo palaciego”, al que no identifica, «lamentaba que uno de sus integrantes no ocupara el Ministerio de Hidrocarburos”, lo que le impidió mantener una «fluida relación” con el mandatario.

Página Siete – 24 de diciembre de 2016

Ali, una leyenda del boxeo

El entonces presidente del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), José Sulaimán, lo presentó como «el número uno, el más grande de todos los tiempos”, pero la figura que compareció ese día en el auditorio repleto de púgiles y dirigentes de los cuatro continentes era la de un hombre enfermo y acabado.

Con las manos temblorosas a causa del mal de Parkinson, la voz apenas audible y un andar de viejito achacoso, Muhammad Alí, «Alí el Bocón”, el gran Cassius Clay, era apenas una sombra del campeón invencible, el incorregible fanfarrón, pese a que entonces tenía apenas 45 años. ¿Sigue siendo el más grande?, le preguntó el autor de esta crónica. «Hace tiempo que no digo eso”, respondió.

Alí asistía en Coyococ, a 60 kilómetros al sureste de la capital mexicana, a un simposio sobre protección médica para boxeadores, organizado por el CMB, con la participación de especialistas de varios países. «El boxeador nunca piensa en los asuntos médicos. Ojalá que esta preocupación, la de hacer un simposio médico, la hubiera tenido antes”, declaró el excampeón, quien desde algunos años atrás había empezado a sufrir las consecuencias de los golpes que recibió a lo largo de su espectacular carrera deportiva.

Con voz cansada y una sonrisa que apenas rompía la rigidez de su rostro, dijo: «No soy el más grande, ni nunca lo he sido. El único grande es Dios. Cierto que muchas veces dije eso, que era el más grande, pero sólo era para vender entradas en mis peleas y hacerlas interesantes”.

Para entonces ya estaba retirado. Años antes, en su último combate, el 11 de diciembre de 1981, había sido humillado por un desconocido, Trevor Berbick, de 27 años, quien cobró 250.000 dólares para vapulear a quien había sido su ídolo e inspiración. La prensa especuló que Alí había aceptado el combate por problemas económicos. Todo el mundo se había percatado de la dificultad que tenía para hablar, aparente síntoma del daño cerebral, al punto de que las autoridades del boxeo estadounidense se negaron a autorizar la pelea  y el combate tuvo que realizarse en la capital de Bahamas, Nassau.

Nacido en Louisville, Kentucky, 17 de enero de 1942, Cassius Marcellus Clay Jr, nombre con el que fue bautizado, murió en Scottsdale, Arizona, el 3 de junio de 2016, aquejado por mal de Parkinson.

Era considerado el mejor boxeador estadounidense de todos los tiempos y una figura de enorme influencia en la lucha contra la segregación racial en la década de los 60. Convertido al Islam, durante la guerra de Vietnam se opuso al reclutamiento militar y se declaró objetor de conciencia.

Es conocida su respuesta al periodista que le criticó por negarse a defender la bandera de las barras y las estrellas. «No tengo problemas con los Viet Cong, porque ningún Viet Cong me ha llamado nigger (negro)”, le dijo, aunque también defendió a Estados Unidos: «Es todavía el mejor país del mundo”.

Campeón olímpico en Roma 60 tras una exitosa campaña amateur, Alí se convirtió en mito con su victoria sobre George Foreman, el 30 de octubre de 1974 en Kinshasa, donde era adorado como un dios. Alí noqueó a Foreman en el octavo asalto, ante una multitud de 60.000 espectadores que lo alentaban al grito de «¡Alí, mátalo!”.

Para entonces ya había vencido a boxeadores de la talla de Sonny Liston, Floyd Patersson,  Joe Frazier y Ken Norton. Como profesional tuvo un récord de 56 victorias (37 por nocaut y 19 por decisión) y sólo cinco derrotas (cuatro  por decisión y una por nocaut técnico). Fue campeón mundial de los pesos pesados entre 1964-1971, 1974-1978, y 1978-1980. Cuando murió, llevaba 35 años alejado de los cuadriláteros, pero mantenía la fama intacta. 

Obtuvo el Premio Martin Luther King (1970) y la Medalla Presidencial de la Libertad (2005); fue proclamado «Rey del Boxeo” por el Consejo Mundial del Boxeo (2012) y Deportista del Siglo XX por la revista Sports Illustrated. La revista Time lo eligió como uno de los 20 personajes más influyentes de los Estados Unidos en el siglo XX. Bill Clinton, quien asistió a su sepelio, lo definió como un «verdadero hombre libre y de fe”.

Durante la breve entrevista en Cocoyoc, confesó: «Creo que el más grande ha sido Sugar Ray Robinson. Siempre fue mi ídolo”. ¿Y Mike Tyson?  «Es un peleador fuerte, que pega duro, pero si se hubiese enfrentado conmigo, sin duda lo hubiera derrotado rápidamente. No sabe boxear”,  subrayó, recuperando el tono presumido de siempre. «En la actualidad no hay buenos pesos completos, porque yo acabé con todos. Ahora es difícil encontrarlos”, afirmó, casi deletreando las palabras.

Genio y figura: fanfarrón, incluso en la enfermedad.

Página Siete – 24 de diciembre de 2016.

Francisco, un renovador latinoamericano en Roma

La sorpresa fue mayúscula. Por ser argentino, por ser jesuita y porque no figuraba en la lista de «papabilis». Nunca, como ahora, se había cumplido el viejo dicho que repiten los vaticanistas en vísperas de cada cónclave, el rito que celebra el Colegio Cardenalicio desde hace casi 800 años para elegir al sucesor de Pedro: «El que entra como Papa, sale como cardenal». Al humo blanco, siguió el ¡Habemus Papam! y, acto seguido, la buena nueva: Jorge Mario Bergoglio, ¡argentino! Era la noticia esperada desde hace dos milenios por millones de católicos latinoamericanos.

A la sorpresa inicial, expresada en segundos de silencio, siguió el estallido de júbilo y el agitar de banderas entre los miles de fieles que se congregaron en la Plaza de San Pedro, mientras las cadenas de radio y televisión y los medios digitales difundían la noticia por todo el mundo, resumida en dos palabras: ¡Argentino y jesuita!.

La inesperada renuncia de Benedicto XVI tuvo un resultado también «imprevisto»: la elección en tiempo récord de su sucesor (en la quinta votación) y el desplazamiento del «centro de gravedad» del papado desde Europa hacia América, donde reside casi el 50 por ciento de la grey católica. Como apuntó el diario El País (Madrid), era «la primera vez en la historia de esta milenaria institución que se elige a un papa jesuita, con lo que eso supone de solidez y seriedad a priori, y un papa no europeo en más de mil años; y esta elección recae además en un pontífice cuya lengua materna, el español, es el primer idioma de esta religión global».

«¿Quo nomine vis vocari?» (¿Con que nombre quieres ser llamado?), es la pregunta que le hizo el cardenal Giovanni Battista, en nombre todos los cardenales electores. Bergoglio contestó: «Vocabor Franciscus» (Me llamaré Francisco). Por primera vez en la historia de la Iglesia Católica, el heredero de Pedro asumía el nombre de Francisco.

¿Por qué Francisco? Bergoglio no dijo de inmediato por qué eligió este nombre, pero la mayoría de los vaticanistas, medios de comunicación y allegados al nuevo pontífice dieron por hecho que lo había adoptado en homenaje al santo más célebre de la Iglesia, San Francisco de Asís, cuya imagen nos remite a la predicación de la pobreza y la austeridad.

Pudo también haber evocado a otros santos jesuitas, como Francisco Javier, estrecho colaborador del fundador de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola, o Francisco de Borja, tercer General de los jesuitas, pero según sus allegados el nuevo Papa siempre se sintió marcado por la vida austera del santo de Asís, algo que se había reflejado en sus palabras y propuestas de lucha contra la pobreza.

«Escoger Francisco como nombre es escoger un programa de amor a los pobres, a la naturaleza, a la sobriedad compartida, a la ecología, porque los seres humanos somos hermanos», dijo Leonardo Boff, uno de los fundadores de la Teología de la Liberación, en su primera reacción sobre la elección del nuevo Papa. «Francisco no es un nombre. Es uno de los arquetipos más poderosos del cristianismo. Él fue el primero después del Único», agregó.

Pero, además, Jorge Mario Bergoglio, como persona y religioso, tenía fama de hombre austero. A pesar de la dignidad que ostentaba como arzobispo de Buenos Aires y cardenal primado de Argentina, se transportaba en metro para llegar a la catedral metropolitana bonaerense y vivía en una habitación de la segunda planta de un anexo a la catedral. Cuando fue creado cardenal en 2001, no pidió vestimentas nuevas, sino que encargó que le arreglaran lo que se pudiera aprovechar de su antecesor. Fiel a esta sencillez, en su primera aparición pública como Papa, utilizó solamente la sotana blanca, sin los otros revestimientos propios de su nueva dignidad.

«No es descartable que sorprenda alguna vez a sus asistentes personales –la conocida como familia pontificia–, cocinando. Entre otras cosas, el Colegio Cardenalicio ha elegido a un papa que se hace la comida. Más difícil lo tendrá ahora para caminar esquivando viandantes, como solía hacer hasta hace diez días por las calles de Buenos Aires. Y presenciar en directo los partidos de su equipo: el San Lorenzo de Almagro», escribió el periodista Jorge Marirrodriga.

A Bergoglio se lo podía ver celebrando misas con «cartoneros», como se conoce en Argentina a las personas que buscan cartones, metales y botellas en la basura para revenderlos, y atendiendo a sus feligreses en la catedral metropolitana, un lugar que había convertido en una iglesia abierta durante todo el día, en cuyas dependencias se realizan actividades de ayuda social. Una muestra de su talante.

Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936. Hijo de inmigrantes italianos, su padre era empleado ferroviario y ella ama de casa. Fue a la escuela pública. Se graduó como técnico químico y como tal trabajó hasta que a los 21 años. En 1957, decidió entrar al seminario jesuita. Estudió Humanidades en Chile y obtuvo la licenciatura en Filosofía en el Colegio Máximo San José de Buenos Aires, de los jesuitas. Entre 1964 y 1966 fue profesor de Literatura y Psicología, primero en un colegio de Santa Fe y después en Buenos Aires. De 1967 a 1970 cursó Teología en el Colegio Máximo. En 1969, a los 33 años, se ordenó sacerdote. Poco después comenzó una rápida carrera en la Compañía de Jesús. Con solo 37 años llegó a ser el Provincial de los jesuitas de su país.

En 1992 fue nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires y en 1998 se convirtió en el jefe de la Iglesia de su ciudad, una de las más pobladas del mundo. En 2001 Juan Pablo II lo nombró cardenal. Después llegó a presidente de la Conferencia Episcopal Argentina.

El primer papa latinoamericano siempre se ha mantenido fiel a la doctrina católica. «No proviene de las corrientes progresistas ni de la Teología de la Liberación», escribió uno de sus biógrafos. «No obstante, lejos está de representar el ala más conservadora de la Iglesia católica (…). También se ha distinguido por permitir que los curas más progresistas de su diócesis se desempeñaran con bastante libertad», agregó.

Austero y reservado, poco afecto a la exposición mediática, Bergoglio se distinguió por su adhesión a la opción preferencial por los pobres y por las homilías en las que denunció la pobreza, la corrupción, la explotación de los inmigrantes en talleres clandestinos (entre ellos miles de bolivianos), la inseguridad y la crispación política, con palabras que causaban irritación en los círculos del poder.

«La esclavitud no está abolida. En esta ciudad está a la orden del día», declaró en Buenos Aires. «En esta ciudad se explota a trabajadores en talleres clandestinos, y si son emigrantes se les priva de la posibilidad de salir de ahí. En esta ciudad hay chicos en situación de calle, desde hace años. Hay muchos y esta ciudad fracasó y sigue fracasando en librarnos de esa esclavitud estructural que es la situación de calle. (…) Se somete a mujeres y a chicas al uso y al abuso de su cuerpo», afirmó en otra ocasión.

Un año antes de su elección llamó a los argentinos a «indignarse contra la injusticia de que el pan y el trabajo no lleguen a todos», y en muchas ocasiones se refirió a lo que denominó la «inmoral, injusta e ilegítima deuda social». Asimismo, afirmó que “los derechos humanos se violan no sólo por el terrorismo, la represión, los asesinatos… sino también por la existencia de condiciones de extrema pobreza y estructuras económicas injustas que originan las grandes desigualdades».

Predicó contra la violencia y las drogas. «El atajo fácil, el alcohol, la droga… eso es tiniebla (…) No tenemos idea de lo grave que es esta propuesta tenebrosa, esta corrupción que llega incluso a repartirse en las esquinas de las escuelas». «Tenemos que defender la cría y a veces este mundo de las tinieblas nos hace olvidar de ese instinto de defender la cría», afirmó en una de sus homilías.

En una declaración a la BBC de Londres, el activista de los derechos humanos argentino Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, salió en defensa de Bergoglio ante las acusaciones formuladas por algunos periodistas sobre la supuesta complicidad de Bergoglio con la dictadura argentina. «No hay ningún vínculo que lo relacione con la dictadura», afirmó. «Hubo obispos que fueron cómplices de la dictadura, pero Bergoglio no», subrayó.

La elección de un cardenal jesuita latinoamericano fue interpretada por medios internacionales que siguen de cerca la problemática religiosa, como El País de Madrid, como «el mensaje de renovación que tantos esperan para la Iglesia católica», ante la «fuerza innovadora» de la curia americana, que «ha reclamado protagonismo y aboga por la apertura hacia nuevos planteamientos», y la presencia del catolicismo latinoamericano.

Y fue así. En los 33 meses de pontificado, dio claras señales de su espíritu renovador.

Página Siete – Anuario 2015 – 20 de diciembre de 2015.