“Así merito” era Cantinflas

Mario Moreno era un actor novato cuando olvidó su monólogo en pleno escenario. Paralizado por el pánico, en medio de las burlas y rechiflas de un auditorio agresivo y exigente, comenzó a balbucear palabras y frases sin sentido, en un monólogo enrevesado  que arrancó sonrisas, primero, y sonoras carcajadas, después.

“¿Qué está pasando?”, susurró, muerto de miedo, a su compañero de rutina, el también cómico Estanislao Shilinsky. “¡Sigue así!”, le respondió. “Se están riendo porque dices mucho y al mismo tiempo no dices nada”. En ese momento, Mario Moreno supo que había triunfado. Acababa de nacer Cantinflas.

El célebre comediante mexicano, a quien Charles Chaplin elogió como uno de los mejores de su época, tenía 20 años cuando abandonó sus estudios de medicina para dedicarse a la actuación. Ganador del Globo de Oro por La vuelta al mundo en 80 días (1956), Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes -su verdadero nombre- protagonizó 39 largometrajes, siete cortometrajes y tres películas internacionales.

Fue el sexto de doce hijos del matrimonio formado por el cartero Pedro Moreno Esquivel y María de la Soledad Reyes Guízar. De los doce, sobrevivieron ocho. Nació el 12 de agosto de 1911 en el barrio de Santa María la Ribera, pero se crió en el de Tepito, uno de los más pobres de México, cuna del “peladito”, el típico personaje de la clase baja, pícaro, audaz y simpático, el pobre que supera las adversidades, pero nunca progresa ni asciende de clase social, a quien interpretó magistralmente en el celuloide.

Ayudante de zapatero, limpiabotas, cartero, taxista, boxeador aficionado, bailarín y aprendiz de torero, hizo de todo antes de subir al escenario para ganarse la vida como artista. Decía que había adoptado el nombre de Cantinflas para no avergonzar a su familia. Aunque nunca precisó el origen de su apodo, sus biógrafos lo atribuyen a una contracción de las expresiones “cuánto inflas”, por parlanchín, o “en la cantina inflas” (en el argot mexicano, “inflar” significa beber).

Debutó en 1936 con No te engañes corazón, pero su primer éxito fue Ahí está el detalle (1940), donde desplegó sus dotes y consagró al personaje. La frase que le dio nombre a la cinta fue la muletilla de toda su carrera. Luego siguieron El gendarme desconocido, A volar joven, El siete Machos, Caballero a la medida y Abajo el telón, entre sus películas en blanco y negro, y El bolero de Raquel, El analfabeto, El padrecito y El profe, en su producción  a color.

Con su pantalón a media cadera, su “gabardina” colgada del cuello, su sombrerito de pico y su bigotito ralo, casi pintado, supo captar la viveza, la astucia y el “rebuscarse la vida” del “peladito”, a quien el cronista Carlos Monsiváis definía como el lumpen proletario, “el que nada lleva y nada tiene (…), el que nunca tuvo con qué cubrirse”.

Según el escritor, Cantinflas es “la erupción de la plebe en el idioma”, porque “así merito” habla el mexicano del pueblo. Su “estilo” –dice– es una “brillante incoherencia”. En la “manipulación del caos” y la “completa emancipación de palabras y frases”, lo enredaba todo: “Y le dije. Y entonces, ¿qué dices? Ni me dijo nada, nomás me dijo que ya me lo había dicho, y entonces, ¿qué?, como no queriendo. Entonces, pues, yo digo, ¿no?”.

La Academia de la Lengua reconoció las palabras Cantinflas, cantinflada y cantinfleo, los adjetivos cantinflesco, cantinflero y acantinflado y el verbo cantinflear para definir el modo de “hablar o actuar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada con sustancia”.

Al intervenir en una polémica entre dos líderes sindicales, uno de ellos había desafiado al otro a demostrar su “capacidad dialéctica” en un debate con Cantinflas. El cómico aceptó el reto y le lanzó la siguiente perorata: “Ahora voy a hablar claro, camaradas: hay momentos en la vida que son verdaderamente momentáneos. Y  no es que uno diga, sino que hay que ver. ¿Qué vemos? Es lo que hay que ver. Porque, qué casualidad, camaradas, que poniéndose en el caso, no digamos que puede ser, pero sí hay que reflexionar y comprender la sicología de la vida para analizar la síntesis de la humanidad. ¿Verdad? Pues, ahí está el detalle”.

Paradójicamente, era un hombre serio en su trato cotidiano. Vestía íntegramente de negro, de pies a cabeza, y usaba unas gafas oscuras que acentuaban su gesto adusto. Así lo vimos el día que lo visitamos con Alfonso Gumucio en su oficina de la  colonia Roma de la capital mexicana, para una entrevista para la agencia DPA.

“Cuando inicié mi carrera como actor cómico, mi familia se oponía. Prefería que yo fuera doctor o licenciado, pero yo insistí en el show bussines y para que mi familia no lo supiera, comencé a inventar nombres que fonéticamente me gustaran, y entre ellos encontré el de Cantinflas. Mi familia lo descubrió mucho después”, nos dijo en esa oportunidad.

Para muchos críticos, Cantinflas era una versión latinoamericana de los vagabundos del cine cómico mudo, particularmente de Chaplin, pero él no reconocía tal influencia. “En realidad, no le debo nada al cine mudo norteamericano, pero sí le tengo mucha admiración a mi amigo Charles Chaplin, que fue un gran comediante”, afirmó.

Autor del libro Vocabulario para entender a los mexicanos, el escritor Héctor Manjarrez dice que “los mexicanos no hablan como Cantinflas, pero piensan como él”, sobre todo los políticos, en quienes el cantinfleo  es más que evidente, “por los rodeos verbales que dan para no llegar a ninguna parte”.

Interpretó a los políticos en varias películas, como Si yo fuera diputado y Su excelencia, y los ridiculizaba cada vez que se refería a ellos en sus cintas, burlándose de su demagogia. Decía que “el poder político es simplemente el poder organizado de una clase para oprimir a otra”, y que los políticos habían convertido la democracia en una “dedocracia”, donde “todas las cosas salen al dedillo” de los propios líderes.

Tenía fama de conservador, afín al partido de gobierno, aunque sus personajes le dieron la reputación de defensor de los pobres, enfrentado al poder. “Algo malo debe tener el trabajo o los ricos ya lo habrían acaparado”, dijo en una ocasión. “A pesar de ser tan pollo, tengo más plumas que un gallo y, sobre todo, tengo ganas de hacer justicia y darle al pueblo lo que el pueblo necesita”, afirmó en otra.

Fallecido un 20 de abril de 1993, él mismo dictó su epitafio: “Parece que se ha ido, pero no es cierto”. 

Página Siete –  20 de mayo de 2018

Luis Zilveti: El músico del silencio, arquitecto de la luz

Luis Zilveti ha definido la pintura como “la música del silencio”, tal vez porque la pintura plasma en el lienzo la melodía, el ritmo y la armonía de las formas y los colores. Si la pintura es la música del silencio, el pintor es su intérprete, el artista que busca combinar los sonidos y los silencios de la paleta y el pincel para subvertir la sensibilidad del observador y despertar sus sentimientos.

El compositor francés Claude Debussy (1862-1918) decía que “la música es la aritmética de los sonidos, como la óptica es la geometría de la luz”, una combinación muy presente en la obra de Zilveti. “No basta con oír la música; además hay que verla”, afirmaba a su vez el compositor y director de orquesta ruso Igor Stravinski (1882-1971). En sentido inverso, Zilveti diría que no basta con ver la pintura, sino que hay que oírla.

“Una pintura, en su composición, tiene un ritmo, como la música. Ese ritmo es el que prevalece y que hace que una obra sea reconocida por un espíritu…  Se lo ve. El ritmo está dado por la composición, por cierta musicalidad”, me explicó en una ocasión. “Es una musicalidad que entra por los ojos y te conmueve o no. Pienso que la pintura es la música del silencio”, resumió.

Sus exposiciones nos hablan de “la luz del origen”, “el territorio de las sombras”, “la pintura del tiempo”, las “huellas intemporales de presencias efímeras”… Todo artista busca crear un mundo a medida de su obra. Es lo que ha hecho Zilveti. Ha inventado un territorio de crepúsculos y lo ha poblado de soledades espectrales, “presencias efímeras”, suspendidas en un tiempo indefinido; una región cercana a la melancolía, no como sinónimo de tristeza, sino de ese “placer de estar triste”, del que hablaba Víctor Hugo, o de “la tristeza que ha sido tomada de la luz” –nunca mejor dicho–, a la que se refería Italo Calvino.

Ya el crítico alemán Pierre Soehlke había advertido ese estado de ánimo en la monocromía  de su obra, en “esos colores terrosos, esos marrones, esos ocres”, que remiten, según su observación, a la geografía altiplánica. El propio Zilveti admite un condicionamiento “profundo y antiguo” con Bolivia, nacido no sólo de sus sensaciones infantiles y juveniles, sino del mismo paisaje, que ha persistido a pesar de su destierro de más de medio siglo. Es el sentimiento que Soehlke percibe en “la imaginería embrujada” de los “sueños y visiones” de Zilveti.

Pintor, dibujante, muralista y grabador, egresó de la Escuela de Bellas Artes de La Paz y estudió en la Cité Internationale des Arts y en el taller de grabado Friedlander de París (1967-1968). Ha sido acreedor de varios reconocimientos, entre ellos el Gran Premio del Salón Pedro Domingo Murillo (1964 y 1969), el Segundo Premio de la Unesco (1975) y el premio E.J.A de Monte Carlo (1993). Su obra está repartida en cientos de colecciones públicas y privadas. En 1969 pintó sendos murales en la Universidad Mayor de San Andrés, pero fueron destruidos tras el golpe militar de 1971. Una de sus obras más significativas es el mural de la cúpula de la Iglesia de la Exaltación, ubicada en Obrajes. La pintó en 1993 a pedido del párroco, quien eligió a Zilveti no sólo para cubrir el gris del cemento, sino por el “tratamiento de la luz” que veía en los trabajos del artista.

Nació en La Paz el 16 de noviembre de 1941 y dibujó desde su niñez. A sus padres les hubiese gustado que estudiara arquitectura. “Yo quería dedicarme a la pintura e hice todo lo posible por reprobar el examen de ingreso para demostrarles que mi vocación era otra, pero con tan mala suerte que obtuve la mejor nota de la universidad”, dice, como quien cuenta una travesura infantil. Inició la carrera a pesar suyo, pero la abandonó dos años más tarde, el mismo día en que inauguró su primera exposición en el Salón Municipal, en 1960, una muestra de la que no guarda un buen recuerdo, porque su pintura no tenía –cree ahora–- la coherencia que requiere toda obra para hacerse reconocible y ser “escuchada con los ojos”.

Sin embargo, ya en esos años inaugurales, dos jóvenes poetas y escritores, Pedro Shimose y Marcelo Quiroga Santa Cruz, elogiaban los “rasgos seguros y firmes de sus metáforas” y el “carácter poético” de sus “formas fantasmales”, producto de ese sentimiento sosegado con el  que el autor parece percibir el mundo exterior, el paisaje de la melancolía, una mirada que se ha ido cimentando con el tiempo en la retina del pintor.

Y su pintura, como él mismo dice, no ha cambiado demasiado desde aquellos tiempos, aunque nunca ha dejado de experimentar con las formas y  los colores. Sigue reacio a los colores vivos. Su colorido es sobrio (Fuego y gris III, Dos figuras, La otra noche, Mujer y sol, para citar algunas de sus obras en esta clave), donde el color busca iluminar el no color, el color de la bruma, con toda su variedad de claroscuros, pardos, ocres, castaños, grisáceos y cobrizos.

¿Por qué huyes de los colores vivos?, le pregunté durante una reciente exposición de su Selección Retrospectiva 1960-2018, en el Museo Nacional de Arte. “No se me dan”, respondió con una mueca, como quien dice que el color, como la forma, debe encontrar su quicio con la naturalidad de la imaginación. Tampoco es una “pintura sombría”, ni siquiera en el caso de sus Lloronas, sus Crucifixiones,  sus Jinetes del Apocalípsis o su diversidad de manchas nocturnas; sus obras transmiten alegría, como sus copas de vino, e incluso humor, como sus niños gordos.

El escritor Alfonso Gumucio Dagron, quien ha seguido de cerca la evolución de su obra a lo largo de los años, ha elogiado sus “hermosas representaciones de mujeres de frente, de espaldas, de perfil o al amanecer”, unas “mujeres que despiden luz”, y la luz que “baña esas formas sensuales como si el artista las espiara a través de un espejo de doble fondo”.

No es, pues, un pintor de penumbras, sino un paisajista de la melancolía, un artista que rescata la luz para iluminar los misterios y los enigmas de la bruma.

(Dibujo: Marcos Loayza)

Página Siete – 18 de marzo de 2018

Indio Fernández, el modelo de la estatuilla del Óscar

El Indio Fernández presumía de encarnar como nadie el cine mexicano. “El cine mexicano soy yo”,  afirmó en una ocasión. “En lugar de corazón, yo tengo un águila devorando una serpiente”, resumió, en alusión al antiguo mito azteca plasmado en el escudo nacional. Y no exageraba. El realizador que se jactaba de hacer películas por sus pistolas, porque le venía en gana, contribuyó a forjar el “nacionalismo cinematográfico” surgido de los ideales de la revolución de 1910 y a cimentar los estereotipos del México rural.

Su vida está envuelta en la leyenda. Célebre por su carácter irascible y su lenguaje virulento y procaz, Emilio Fernández  Romo, más conocido como el Indio, tuvo una vida digna del celuloide. Combatió y recibió cuatro balazos durante la revolución mexicana, pasó seis años en la cárcel por conspirador y algún hecho de sangre, fue modelo para la estatuilla del Óscar y “un tal Sandino” estuvo a punto de convencerlo de hacer la revolución en Nicaragua.

Verdad o mentira, se dice que fue protagonista de varios hechos de sangre desde los 10 años, que enseñó a bailar a Rodolfo Valentino,  que se separó de la actriz Columba Domínguez porque se cortó el cabello –“una mujer debe ser mujer”, con trenzas o el pelo suelo,  pero largo–, que golpeaba a sus mujeres –“a todas les gusta ser educadas a golpes”– y que más de una vez corrió de su casa a sus invitados a balazo limpio.

Fiel a su imagen de hombre de campo, bronco y violento, vestía de negro, con un paliacate floreado al cuello y sombrero alón; bebía tequila y fumaba puros. Y, por supuesto,  como los personajes de sus películas, lucía pistola al cinto, porque -según decía- tenía “muchos pendientes”. Todo un villano, como lo pinta Paco Ignacio Taibo I en El cine por mis pistolas.

Participó como actor, director, argumentista y productor en casi 200 películas, pero debe su fama a un puñado de joyas que realizó con la actriz Dolores del Río, el actor Pedro Armendáriz y el fotógrafo Gabriel Figueroa, con quienes formó el más famoso cuarteto de la Época de Oro del cine mexicano de mediados del siglo pasado.

Con el apoyo del escritor Mauricio Magdaleno, llevó a la pantalla María Candelaria –Palma de Oro en Cannes en 1946– y Flor Silvestre, en 1943; Las abandonadas y Bugambilia, en 1944, y La Malquerida, en 1949, todas con la pareja Del Río-Armendáriz. Con María Félix y Armendáriz, hizo Enamorada (1946), Río Escondido (1947) y Maclovia (1948). Decía que María Candelaria y La malquerida eran sus mejores películas, pero la favorita de la crítica siempre fue Pueblerina (1948), que lanzó al estrellato a su futura esposa, Columba Domínguez.

Nació el 26 de marzo de 1904 en El Hondo, un pequeño pueblo minero del estado norteño de Coahuila, hijo de un general revolucionario y una mujer de origen indígena. Tenía 10 años cuando abandonó su tierra natal, junto con su padre, para unirse a Pancho Villa. En 1923 fue condenado a 20 años de prisión por su participación en un levantamiento armado contra el gobierno de Álvaro Obregón. A los tres años logró escapar hacia Estados Unidos, donde inició su carrera cinematográfica, pero después estuvo nuevamente tras las rejas acusado de homicidio.

Se dice que el presidente Adolfo de la Huerta (1920), a quien había apoyado en su época de revolucionario, fue quien le aconsejó dedicarse al cine: “México no necesita más revoluciones. Tú estás en la meca del cine, y el cine es la herramienta más efectiva que los humanos hemos inventado para expresarnos. Aprende a hacer películas y regresa a nuestra patria con el conocimiento. Haz nuestras películas y así podrás expresar tus ideas de manera que lleguen a miles de personas”.

Es lo que hizo. Pero, antes, pasó  las de Caín en Los Ángeles, trabajando como lavaplatos, peón, estibador y albañil. “Trabajar con un pico y una pala es cosa de hombres, lavar platos es lo más bajo a lo que puede llegar un macho”, declaró al recordar esa experiencia.

Por macho estuvo a punto de rechazar la oferta que le hizo el director de Arte de la Metro-Goldwyn-Mayer, Cedric Gibbons, a quien le habían encomendado supervisar el diseño de la estatuilla del premio Óscar, que se entregó por primera vez en 1929. Por recomendación de Dolores del Río, quien ya brillaba en Hollywood, Gibbons le pidió que sirviera de modelo, pero el Indio se negó en un principio porque pensaba que el  modelaje era “cosa de maricones”. Aceptó posar desnudo más por el amor que decía sentir por Dolores del Río que por otra cosa. De esa manera su imagen quedó inmortalizada en la estatuilla.

Pero él no quería entrar de esa manera a la historia del cine. Ya había trabajado en media docena de películas, cuando, en  1930, llegó a Estados Unidos el director de cine Serguéi Eisenstein. Vio El acorazado Potemkin y escenas de ¡Viva México!  Impresionado, quiso imitar su estética a partir del relato de la revolución mexicana. Influido por el ruso y John Ford, a quien ayudó en la dirección de El fugitivo (1946), y admirador de la plástica del muralista Diego Rivera, otra de sus influencias, retornó a México en los años 40 para realizar lo mejor de su producción.

Con sencillez y no poca ingenuidad –y la cámara de Figueroa–, supo pintar el paisaje geográfico y humano del México rural, con sus magueyes majestuosos y sus cielos abiertos, cuajados de nubes, y sus campos poblados de indios buenos, mestizos ladinos y hacendados perversos. Se dice que buscaba retratarse a sí mismo en los rancheros machos, tequileros y pendencieros,  y a su ideal de mujer, en las campesinas abnegadas, sumisas y sufridas que protagonizaban sus historias.

“El hombre vale por la mujer y la patria que tiene, y yo me siento muy orgulloso de ser mexicano y de haber conocido a María Félix”, me dijo en marzo de 1984, en una entrevista en su caserón de Coyoacán. También estuvo perdidamente enamorado de Olivia de Havilland (Lo que el viento se llevó) y Dolores del Río, pero el amor de su vida fue México. Tenía entonces 80 años y creía que todavía no había hecho su mejor película. “Aún no me ha llegado la hora. Tengo cosas importantes que hacer por el cine mexicano antes de abandonar este mundo”, resumió.

(Dibujo: Marcos Loayza)

Página Siete – 18 de marzo de 2018

Prólogo a “La novela del dictador”, de Ignacio Vera de Rada

Impresionados por la lectura de “Patriotic Gore”, los retratos de la Guerra Civil estadounidense de Edmund Wilson, el periodista, ensayista y crítico literario que contribuyó al lanzamiento a la fama de Ernest Hemingway, John Dos Pasos, William Faulkner y F, Scott Fitzgerald, dos de los escritores  que marcaban el ritmo y la pauta del “boom literario” latinoamericano de los años 60 y 70, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, reunidos en el otoño de 1967 en un pub de Hampstead,  se propusieron reunir en un libro a varias manos una “galería imaginaria” que retratara a los dictadores latinoamericanos.

Según relató el mexicano en un artículo escrito para The New Yok Times en abril de 1986 a propósito de la publicación de Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos, en Estados Unidos, invitaron a sumarse al proyecto al propio  Roa Bastos, al argentino Julio Cortázar, al venezolano Miguel Otero Silva, al cubano Alejo Carpentier, al dominicano Juan Bosch y a los chilenos José Donoso y Jorge Edwards, entre una docena de escritores que por esa época cabalgaban en la cresta de la misma ola.

Cada uno debía escribir sobre su “tirano nacional favorito”. El volumen colectivo se llamaría “Los Padres de las Patrias”  y sería publicado por el editor francés Claude Gallimard, pero el proyecto fracasó debido a la imposibilidad de cuadrar fechas y tiempos entre los integrantes de tal abanico de escritores. A final, tres de los comprometidos escribieron su propia novela: Carpentier, El recurso del método (1974); Roa Bastos, Yo el supremo (1974), y García Márquez, El otoño del patriarca (1975). Años después, lo harían los demás, como el propio Vargas Llosa, con La fiesta del chivo (2000).

Cuenta Fuentes en el mismo artículo que Donoso o Edwards “prometió enfrentarse a un dictador boliviano”. No dice a quien, pero cita la frase atribuida a la madre de Enrique Peñaranda, quien habría dicho: “Si yo hubiera sabido que mi hijo iba a ser presidente, le hubiera enseñado a leer y escribir”, que García Márquez puso en boca de la madre de su dictador. Según el mexicano,  el “patriarca” de García Márquez es “una suma de características” del venezolano Juan Vicente Gómez, “el Peñaranda de Bolivia”, el dominicano Rafael Trujillo y de los tiranos iberoamericanos Francisco Franco y Antonio Oliveira Salazar, en tanto que el “déspota ilustrado” de Carpentier es una mezcla del venezolano Antonio Guzmán Blanco y del guatemalteco Manuel Estrada Cabrera.

Los escritores latinoamericanos han convertido el tema de los dictadores en todo un “subgénero” de la literatura, el de “la novela del dictador”, como se le ha dado en llamar, al punto de ser catalogado como propio de América Latina, como si otros países de otras regiones del mundo no hubiesen sido víctimas de tiranías similares o peores a las que vivimos en nuestro continente. Tal vez porque la literatura latinoamericana no solo aborda el tema del poder, sino también el del caudillaje mesiánico, con todos sus ingredientes surrealistas y  folklóricos, o porque, como dijo García Márquez, el dictador es “el único ser mitológico que ha producido América Latina”. Basta pensar en el venezolano Gómez, que anunció su propia muerte para castigar a quienes se atrevieran a celebrarla, o en el haitiano Fracois Duvalier, Papa Doc, que mandó ahorcar a todos los perros negros de Puerto Príncipe porque creía que sus enemigos políticos se habían reencarnado en tales animales. ¿Y acaso Trujillo no mandó a empapelar las iglesias con la frase “Dios en el cielo, Trujillo en la tierra”?

Si un tirano es la suma de todos, como el patriarca de García Márquez  o el “déspota ilustrado” de Carpentier, o si uno de ellos resume a todos, como el Trujillo de Vargas Llosa o el José Gaspar Rodríguez de Francia de Roa Bastos, bien podría decirse, como escribió el periodista y escritor boliviano Carlos Decker Molina, que toda dictadura no es otra cosa que el espejo de todas las dictaduras. Y todo dictador, para seguir con el mismo razonamiento, es un retrato del otro y una caricatura de sí mismo.

Como cualquier país bananero, Bolivia generó sus propias satrapías, dignas del realismo mágico inaugurado por Carpentier en El recurso del método y magistralmente desplegado por García Márquez en El otoño del patriarca, para citar dos novelas emblemáticas del “subgénero”. Ha conocido, a lo largo de su historia, dictaduras y “dictablandas” de todo tipo y color. No hay que remontarse a los tiempos de Isidoro Belzu y Mariano Melgarejo para comprobarlo. Basta recordar el triple sexenio militar (1964-1982), que siguió al doble sexenio de la Revolución Nacional (1952-1964), que puso en escena a una galería de dictadores fascistas, líderes “socialistas” y caudillos de opereta, incluidos seis generales que se disputaron el poder y se autoproclamaron presidentes en el lapso de 24 horas, pero que no alcanzaron a colgarse la banda presidencial ni a entrar al Palacio de Gobierno.

Era la Bolivia del tópico, el “país long play”, la Bolivia de las “33 revoluciones por minuto”, como escribió algún diario extranjero en alusión a los discos de vinilo que giraban precisamente a esa velocidad, a 33 revoluciones por minutos; el país de las asonadas, los motines cuarteleros y las revuelta callejeras; la Bolivia de los caudillos y caciques, como la provincia que describe  Armando Chirveches –microcosmos nacional– en su novela La candidatura de Rojas (1909), un país donde “la mayoría es una invención como la del derecho divino de los reyes” y donde los gobernantes “son impuestos por las clases directoras, por la aristocracia del dinero y por la aristocracia del poder”.

Con semejante galería de personajes, llama la atención que la literatura boliviana no haya incursionado en el “subgénero” de los dictadores. Es más, volviendo a la anécdota de Fuentes, sorprende que el escritor mexicano y su colega peruano hayan pensado en Peñaranda como el arquetipo del tirano boliviano y también que hayan encomendado su semblanza a los chilenos Donoso y Edwards. ¿Por qué no a un boliviano? No por falta de novelistas bolivianos conocidos, por cierto. Cinco años antes de la cita evocada por Fuentes, Marcelo Quiroga Santa Cruz había recibido el premio Faulkner por Los deshabitados y antes había hecho amistad con varios de los futuros protagonistas del “boom” en el Congreso Continental de la Cultura de Santiago de Chile (1953).

La historia se ha ocupado de nuestros dictadores y ofrece abundante materia prima para quien quiera incursionar con este tema en la literatura. Bastaría citar, a manera de ejemplo,  la conocida obra de Thomas O’Connor D’Arlach, Dichos y hechos del general  Melgarejo, o Páginas de sangre, de Moisés Alcázar, quien decía que “la historia no ama mucho a los hombres mesurados, tocados por la mansedumbre y la benevolencia”, sino a “los apasionados, los aventureros del espíritu y de la acción”, todos dignos de la mejor novela. Pero no ha sido así. Tampoco abunda la novela histórica.

Ignacio Vera de Rada asume el reto al novelar la historia de uno de los “padres” de las muchas “patrias” imaginadas por los dictadores bolivianos, en coincidencia con el cincuenta aniversario del golpe militar que encumbró al entonces coronel Hugo Banzer Suárez. Autor de una novela (Valentina y Natalia) y un poemario (Mocedades), es la primera vez que aborda el tema político desde la ficción. Y lo hace con una obra que desvela su contenido desde el título, La novela del dictador, que alude, precisamente, al  nombre con el que se conoce a este “subgénero” literario.

Si bien alcanzó su apogeo con el “boom” de los años 60 y 70, al punto de ser considerada como una característica de ese movimiento, la literatura sobre el tema tiene una larga tradición, cuyo origen se remonta, según algunos críticos, a 1851, con la publicación de Amalia, del periodista argentino José Marmol sobre la dictadura de Juan Manuel de Rosas.  Ya en el siglo XX, el español Ramón del Valle Inclán publicó Tirano Banderas (1926), una “novela de tierra caliente” inspirada en la larga dictadura de Porfirio Díaz en México (1876-1911).

Muchos ven, sin embargo, en El señor Presidente, del Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1946), la primera y auténtica novela del dictador.  A partir de entonces, los autores del “boom”, sobre todo, abordaron la desmesura de las luchas por el poder y retrataron las figuras esperpénticas que lo ejercieron de manera despótica, en narraciones que conjugan la realidad con la fantasía. No hay que olvidar que América Latina había vivido las satrapías de los Duvalier y los Somoza, del guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, el salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez, Rafael Leónidas Trujillo, el paraguayo Alfredo Stroessner y un largo etcétera.

Algunos como Asturias, Carpentier y García Márquez, crearon dictadores ficticios, mezcla de diferentes personajes históricos, y otros escribieron sobre tiranos concretos, como Roa Bastos, sobre Rodríguez de Francia (1816-1840), y Vargas Llosa, sobre Rafael Trujillo. Todos ellos, sin variar, mostraron, a decir de García Márquez,  a “seres endémicos del continente”, representativos del  “gran animal mitológico de América Latina”, con el “nadie se mueva, nadie respire, nadie viva sin mi permiso” como única ley de gobierno.

Como Vargas Llosa en La fiesta del chivo, una de las más emblemáticas de su tipo, Vera de Rada pone nombre y apellido a su dictador y lo ubica en el contexto histórico, político y social real, pero sus personajes, los “héroes” que le permiten dar vida a su historia, pertenecen a la ficción.

La dictadura, para Vera de Rada, es un pretexto para analizar el tema del poder, la lucha por conquistarlo y el afán por retenerlo, tan presente en la historia universal, pero también para abordar cuestiones más trascendentes vinculadas con la ética y la filosofía, así como con otras preocupaciones presentes en sus obras anteriores, como la teología y la religión. “¿No habrá en un ateo materialista un apetito voraz de sentir a Dios en su corazón, de dialogar con él, de  reconocerlo?”, se pregunta uno de los protagonistas.

No voy a privar al lector de la tarea de desentrañar la trama de la novela, pero sí señalar que el autor construye la historia de un periodista boliviano exiliado en Londres, que sale de Bolivia en los años 80, “sin el menor presentimiento de que no la vería más en mucho tiempo”, pero que retorna al país 35 años después para escribir un reportaje para un importante medio europeo sobre la dictadura más larga que sufrió Bolivia en el siglo XX. Es el periodismo,  el “oficio que lo había llevado a salir de los Andes hacía tanto tiempo y de forma inesperada, el que lo lleva nuevamente hasta su tierra”, y le permite reconstruir su historia personal y la del país de esos años de fuego.

El protagonista repasa “la historia real de aquellos años”, cuando “el tiempo, que macera toda circunstancia feliz o dolorosa, ya hizo su trabajo”, para retratar no solo al objeto de su trabajo periodístico, sino a la época que le tocó vivir: Los agitados tiempos del idealismo revolucionario, de los estudiantes y obreros que pretendían tomar el cielo socialista por el asalto y del periodismo comprometido, frente a la sañuda represión del régimen que pregonaba “orden paz y trabajo”, cuando los disidentes salían en la mañana de sus casas y no regresan en la noche.

Es pues el retrato del dictador y su época. Y lo hace con la maestría desplegada en sus obras anteriores, con “el tratamiento del lenguaje, el estilo y la personalidad” de cada uno de sus personajes, como escribió Carlos Mesa en el prólogo de la novela Valentina y Natalia.

Como todos los escritores del “subgénero”, obsesionados con la soledad del poder, más que la del dictador, Vera de Rada nos muestra al general Banzer, a sus 52 años, bajo “el peso abrumador del tiempo como un yunque en las espaldas”, que “se siente más triste y más solo que nunca en la soledad eterna que este mundo tiene reservada para los enanos de corazón”; “minúsculo, porque se da cuenta de que el estruendo sísmico de los aplausos escuchados durante siete años consecutivos fue solamente resultado de una imaginación fatua”, pues “cuando se alcanza el poder absoluto, ya no se tiene contacto con la realidad, y ésta es la peor soledad”.

Muestra “el infortunio de ser mortal”, porque no solo conoce “las amarguras del mando supremo”, sino “los sufrimientos de un corazón que se cree amado pero que en realidad está más solo que nada en el mundo”, que tiene “la amistad pura de un amigo frente a la perfidia de mil lacayos”, “las intenciones reprimidas de quienes medran a su sombra y lo repudian a sus espaldas”. Y por añadidura, conoce el amor, “no de quien fue artífice del golpe y duerme todas las noches a su lado, sino de Ella”, la amante clandestina.

Como el “Chivo” de Vargas Llosa, el boliviano sabía que la política es abrirse paso entre cadáveres, y como el ”Supremo” de Roa Bastos, que poder hacer es hacer poder, pero a medida que transcurre el tiempo ve que “la perfidia se agranda en la casa presidencial”, que las  murmuraciones crecen en el palacio!”, y que también “se agrandan la codicia vestida de adulación y el servilismo matrero que tiene tiene deudas con las justicia y busca el amparo de la poder y la impunidad”. Es el declive del patriarca, tanto o más desolador que el otoño paceño,

Estudiante de Derecho, periodista, reportero del diario Presencia, promotor de un periódico clandestino para enfrentar a la dictadura y redactor de una radio minera, el protagonista, Emilio Saavedra del Villar, que en el exilio europeo escribiría para El País de Madrid y The Sun de Londres, refleja muy bien al periodismo comprometido y combativo de la época. “El periodismo, el verdadero y buen periodismo, no debe ser imparcial pero sí independiente, libre y autónomo”, reflexiona. Desde la radio minera, busca realizar una “comunicación horizontal”, sin superiores ni inferiores, para “democratizar la comunicación”, una “forma contestaría” para hacer frente a los “flujos de información unidireccional” de los medios convencionales.

Vera de Rada conjuga la crónica con la narración literaria, pero también con la reflexión, algo poco común en este tipo de literatura, a través de fragmentos del  diario personal del protagonista, a manera de viñetas intercaladas en el texto, que denomina “Illimánicas”, en las que el autor despliega su pensamiento, pero también rinde homenaje a esa una mole icónica que “ha visto todo” de La Paz, unas ciudad que “no se la entiende, sino se la siente”.

La novela refleja también la frustración y desilusión de una juventud que creyó en la revolución.  “Soy de izquierda y creo que moriré siéndolo, porque creo que aunque el comunismo sea una utopía, las utopías son necesarias porque impelen al ser humano hacia un ideal”, dice el protagonista al inicio de la lucha antidictatorial, para terminar preguntándose, antes de salir rumbo al exilio: “¿Nuestro fin es el socialismo o la democracia?”, porque “había algo más que todas esas mentiras y falacias que nos tragábamos candorosamente de jóvenes: la dictadura, una dictadura despiadada y corrupta”.

El dictador de Verada de Rada no es el collage que retrata al “único personaje nuevo que hemos inventado en Latinoamérica”, en el que confluyen las locuras, obsesiones y satrapías de sus congéneres latinoamericanos, el anciano que muere en su cama o a manos de sus enemigos políticos, sino el que cae derribado por la resistencia popular.

Si bien el ciclo del “único ser mitológico que ha producido América Latina” aún no ha concluido y  “la literatura no ha conseguido todavía hacerlo más humano que la realidad”, como dice García Márquez, también es cierto la democracia está logrando erradicarlo. Y qué bueno que la literatura no haya conseguido “humanizarlo”. Novelas como la de Ignacio Vera de Rada lo ponen en su lugar: en el museo histórico de la infamia.

La Paz, febrero de 2022.