Compañeros de cama

Fue el escritor y periodista estadounidense Charles Dudley Warner, coautor con Mark Twain de la novela La edad dorada: un cuento de hoy, quien dijo que “la política hace extraños compañeros de cama”. Groucho Marx le corrigió: «No es la política la que crea extraños compañeros de cama, sino el matrimonio». Sin ánimo de contradecir a mi “marxista” de cabecera, yo diría que es el “matrimonio electoral” el que forma, si no extraños compañeros de cama,  sí insólitos “compañeros de ruta”, para citar a otro famoso, el inventor del término, Leon Trotsky, quien recomendaba no desdeñar a los “simpatizantes” circunstanciales en la lucha por el poder.

Recordé a Warner, Groucho y Trostky al ver los “fichajes” del MAS para las elecciones del 20 de octubre, que han convertido a los enemigos irreconciliables de ayer en los amigos de hoy. No sólo por esa constatación, sino también por las declaraciones de algunos de los protagonistas de las elecciones del 20 de octubre. Dime a quién criticas (directamente) y te diré a quién apoyas (indirectamente). Dicho de otro modo, dime a quién elogias y te diré cuánto has cambiado.

Evo Morales nos sorprendió al invitar y elegir a connotados empresarios del denostado neoliberalismo para puestos clave del futuro Congreso, a despecho de sus aliados de los movimientos sociales. Según el mandatario, “sin ser masistas, sin ser del proceso”, algunos empresarios, “gente responsable”, se ha sumado “de manera sincera” a su proyecto político. “Me dicen: no soy del MAS, no soy del proceso, pero estoy ganando mejor que con mi partido”,  reveló. No necesitaba decirlo. La alianza es notoria, como se está viendo a propósito de los desgraciados incendios de la Chiquitania.

No sólo eso. En la campaña de “todos contra Carlos Mesa”, hemos visto a personajes del oficialismo hacer pinza con los principales voceros del gonismo para demoler al candidato de Comunidad Ciudadana. El yerno de Gonzalo Sánchez de Lozada, Mauricio Balcázar, acusa a Mesa de “extorsión”, y el exministro Carlos Sánchez Berzaín, desde Miami, pide el voto nulo. No deja de ser paradójico ver a masistas y gonistas unidos en un mismo afán.

Los candidatos del MAS también sorprendieron al afirmar que es “inteligente” por parte de la oposición –se referían a Bolivia dice No– proyectar a Óscar Ortiz, como dijo Evo, y pronosticar, como hizo García Linera,  una “sorpresa electoral” del candidato cruceño. Tampoco deja de ser curioso ver a los representes del oficialismo y de Bolivia dijo No hacer causa común en los debates de televisión.

Lo del jefe militar con nombre de superhéroe (masista) es otra cosa. A juzgar por las prebendas, de las que Página Siete ofreció un cabal recuento, no estamos ante un compañero de cama, sino ante un compañero de cama y rancho.

Semanas antes, el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, a quien se supone en las antípodas del “proceso de cambio”, dijo que su colega boliviano está dando  “señales” de querer apartarse de sus aliados ideológicos tradicionales y que es un dirigente de la “vieja izquierda” que “está evolucionando”. ¿Hacia dónde? Poco después, con motivo de la Cumbre de la Amazonia, elogió a Evo como “un hombre de la tierra” y felicitó a Bolivia porque es un país donde “un indio puede ser presidente sin problema”, unas declaraciones sorprendentes para quien no ha tenido consideración alguna para la causa indígena de su propio país.

Al repasar los “fichajes” de Evo y las “señales” de las que habló Bolsonaro, recordé el tango de Santos Discépolo y Juan de Dios Filiberto, tan bellamente interpretado por el polaco Roberto Goyeneche: “¡Decí, por Dios, qué me has dao, que estoy tan cambiao! ¡No sé más quién soy!”. Para seguir con la letra, supongo que el masismo “extrañao” mira a su líder “sin comprender”.

¿Tanto ha cambiado el MAS? Tal vez. La necesidad (electoral) tiene cara de hereje (ideológico) y el oficialismo sabe dónde le aprieta el zapato. Los que parecen no saberlo son los opositores, que se despedazan en una lucha caníbal –guerra sucia mediante–, sin poder precisar cuál es el objetivo principal de su campaña ni apuntar al rival a vencer, mientras el oficialismo aplaude desde la azotea de la Casa del Pueblo.

Como se ha visto reiteradamente en la historia de Bolivia, los “matrimonios electorales” no son tales, porque son resultado de intereses coyunturales, simples promesas de amor, que tarde o temprano terminan en desengaño. Como dijo  la marquesa de Merteuil, genialmente interpretada por Glenn Close en la película Relaciones peligrosas: “Le prometí amor eterno, y realmente así lo creí durante un par de horas”. No duran eternamente, en cierto, pero dan votos.

Página Siete – 12 de septiembre de 2019

De chispas, fósforos e incendios

El periodista y poeta brasileño Oswald de Andrade dijo alguna vez que “en un incendio sin explicación, hay un silencio del tamaño del cielo”. Atribuir los devastadores incendios que afectan a la Amazonía y a la Chiquitanía al calentamiento global, como causa única y exclusiva del desastre, es una forma de silencio que elude no sólo las explicaciones, sino las responsabilidades de quienes tienen el deber de prevenir y combatir las catástrofes ambientales. Me refiero a los gobernantes cortoplacistas, extractivistas y negacionistas, cuyas políticas depredadoras actúan como chispas en el monte, porque incendiario no es únicamente el que enciende el fósforo, sino también el que proporciona el combustible para prender la pradera.

Evo Morales se queja de que “la derecha” lo culpa de las inundaciones, la sequía y los incendios que aquejan al país, pero él mismo reconoce que Bolivia no tiene equipos para enfrentar siniestros como el de la Chuquitanía. No los tiene. Tampoco tiene ni ha tenido políticas para prevenirlos, sino todo lo contrario.

No voy a insistir en la reacción tardía del Gobierno, su reticencia a acudir a la ayuda internacional y su negativa a declarar la emergencia nacional. Tampoco en el dispendio de recursos y la falta de criterio en la asignación de prioridades en el gasto público. ¿Improvisación? No es una novedad. La crisis del agua de hace tres años en La Paz pudo haberse evitado si las autoridades responsables hubiesen detectado a tiempo, como era su obligación, la reducción de los embalses.

En un recuento de la política gubernamental de los últimos 13 años, Página Siete enumeró las leyes y decretos sobre bosques y tierras que aprobó Morales durante su gestión. Las normas incluyen desde “perdonazos” para quienes ejecutaron desmontes por tala o chaqueo hasta ampliaciones de la frontera agrícola, pasando por la entrega de tierras para asentamientos humanos.

Las leyes 337 (1 /01/2013), 741 (29/09/2015), 1098 (15/09/2018) y 1171 (25/04/2019) perdonan los desmontes no autorizados realizados entre el 12 de julio de 1996 y el 31 de diciembre de 2011; dan luz verde a los desmontes por tala o quema de hasta 20 hectáreas y autorizan “el buen uso y manejo integral de fuego a través de la quema planificada y controlada” para la producción de aditivos de origen vegetal para que Bolivia “ingrese en la era del etanol” y los biocombustibles.

La dotación masiva de tierras a colonos afines al Gobierno y la ampliación de la frontera agrícola ha provocado un chaqueo intensivo por parte de los nuevos agricultores para incrementar las áreas de siembra. Según un informe de la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra (ABT) de abril pasado –citado por Página Siete–,  entre 2017 y 2018 se produjo un “incremento sustancial” de la deforestación (medio millón de hectáreas).  Los propietarios privados fueron responsables del 63%, las comunidades campesinas del 31% y las comunidades indígenas del 6%. 

Al negar la responsabilidad del Gobierno en la deforestación, el ministro de Desarrollo Rural y Tierras, César Cocarico, dijo que los desmontes no son de ahora, sino que datan de 2001, cuando Hugo Banzer los autorizó, con el Decreto 26075. ¡Vaya argumento! ¡Todo un “proceso de cambio” para hacer lo mismo que hizo el neoliberal y derechista Banzer!  

Es cierto que hay una responsabilidad  colectiva internacional, no sólo nacional, ante el ecocidio que está viviendo el planeta. Como afirmó un  diario madrileño, la selva se está quemando por “una mezcla de ignorancia e intereses truculentos” y es necesario que la sociedad reaccione ante esta “barbarie ambiental” para evitar daños irreversibles. Ya sabemos. Hay gobernantes del tipo Trump y Bolsonero a los que no conviene dejar una caja de cerillas al alcance de la mano, pero la caridad empieza por casa. 

El Gobierno está pagando el precio –y los bolivianos con él– de la aplicación de un modelo de desarrollo extractivista depredador. Y no habrá cortafuegos que detenga el desastre si la sociedad no asume el rol protagónico que le corresponde en la defensa del hábitat común, empezando por la toma de consciencia sobre la magnitud y consecuencias de la catástrofe que nos afecta.

No deja de ser aleccionador para un régimen que ha hecho del pachamamismo su bandera que el incendio haya estallado precisamente en agosto, el mes de la Pachamama, aunque está visto que el culto del gobierno a la Madre Tierra se reduce desde hace tiempo a la k’oa de los actos oficiales. Ahí está el Tipnis como símbolo de lo que fue y no es más.

Me pregunto si el Presidente saldrá políticamente indemne de la Chiquitanía. Un político argentino dijo alguna vez, refiriéndose a los gobernantes supuestamente incombustibles, que hay “hombres de asbesto” que “cruzan sin chamuscarse los incendios de inoperancia que han encendido”. ¿Será? Lo veremos en las elecciones del 20 de octubre.

Página Siete – 29 de agosto de 2019

Pérez Alcalá, el hacedor de colores

El color es tan importante como el sabor, decía, mientras dejaba que las verduras se cocieran a fuego lento en su propio jugo. “¡Sería un crimen freírlas!”. Con la fritura, sostenía, no sólo pierden su aroma natural, sino también su frescura y tonalidades. La sartén lucía como un jardín, con los pimientos, el brócoli, el ajo y la cebolla crepitando sobre la plancha.

“Cuando están perladas, como la hierba con el rocío de la mañana, están listas”, era el momento de volcar los langostinos, los camarones, los mejillones y el vino blanco. Tres o cuatro vueltas, lo suficiente para que los mariscos adquirieran su tono sonrojado, y el chupe lucía como un plato de cualquiera de sus bodegones.

Ricardo Pérez Alcalá, el acuarelista, arquitecto, dibujante, poeta, ajedrecista y chef autodidacta nacido en Potosí un 30 de julio de 1939, manejaba los utensilios de cocina con la misma habilidad que la paleta y el pincel, porque las viandas, como las pinturas, debían entrar por la vista. Puesto a cocinar, los fogones no eran otra cosa que un soporte para la creación, como un caballete o una mesa de dibujo. “¡Es una obra de arte!”, presumía al servir sus pucheros.

Descrito por los críticos como “maestro de los colores imposibles”, “alquimista de la acuarela” y “realista mágico”, Perico, como lo conocían sus amigos, era un hacedor de colores. Descubría la belleza literalmente debajo de las piedras, en zaguanes oscuros, puertas astilladas, ventanas desvencijadas y muros devastados por el tiempo, donde los simples mortales veíamos únicamente escombros. A pesar de su agnosticismo, gustaba de imaginar a Dios con una paleta  en la mano pintando el universo en siete días, porque “¡alguien tuvo que crear tanta belleza!”.

“¿Qué haces?”,  le pregunté a manera de saludo durante una visita en su pequeño estudio  de la capital mexicana, allá por los años 80. “Colores”, me respondió. No los inventaba. Los encontraba donde nadie los veía. “Están ahí, en la naturaleza de las cosas…”, explicaba. Y los recreaba.

Lucía una barba negra, espesa y desordenada, su marca de identidad, que recordaba a un Marx sesentón; vestía camisas oscuras, pantalones de pana y llevaba la también característica gorra con visera a lo Lenin, una imagen que, en todo caso, no tenía ninguna connotación ideológica, porque siempre se mostró reacio a la política, actividad de la que decía que chocaba con el buen gusto.

Solía madrugar para recorrer los alrededores de La Paz y observar las sombras que proyectan los cerros gredosos durante los amaneceres. “¡Mira!, parecen castillos medievales”, me dijo durante uno de esos recorridos, mientras apuntaba con el índice las manchas fantasmagóricas que se descolgaban del horizonte trazado por las montañas.

En su búsqueda de colores y tonalidades, recogía piedras de diferentes formas y texturas de los lechos de los ríos, recorría barrios marginales y visitaba pueblos perdidos del campo, fotografiando con la memoria patios y rincones carcomidos por la humedad, paredes descascaradas, muebles despachurrados, portones añosos y tinajas desportilladas que luego cobraban vida con sus pinceles.

Nació en Potosí, en las faldas del Cerro Rico, cuando la población de la Villa Imperial no sobrepasaba los 200 mil  habitantes. Se crió arropado por las leyendas del cono de la abundancia, cuyas tonalidades ocres, cobrizas, grisáceas y rojizas marcaron su imaginación infantil y le enseñaron que es la luz la que descifra los colores, puesto que la plata no es plateada ni el oro es dorado en el vientre de la naturaleza. 

También recorrió las regiones más benignas del departamento, como Betanzos, Tarapaya, Don Diego, Miraflores y Chaquí; conoció el verdor de los valles de los Lípez y los Chichas y descubrió que la geografía potosina albergaba los colores del arco iris y algunos otros por conocer.

Fue su maestro de la escuela Alonso de Ibáñez, quien descubrió su talento a temprana edad, al ver los retratos que hacía de sus compañeros de salón, e inscribió al niño dibujante con dinero de su propio bolsillo en la Escuela de Bellas Artes de Potosí. A sus 12 años ganó el Premio Nacional de Pintura Infantil y a los 15 presentó su primera exposición. 

Terminados sus estudios secundarios, a los 18 años, se trasladó a La Paz para estudiar arquitectura, a la que reconocía como “la madre de todas las artes”. Realizó exposiciones en La Paz, Sucre y Cochabamba, y ganó varios premios, entre ellos los de acuarela del Salón 14 de Septiembre de Cochabamba (1969 y 1971) y del Salón Pedro Domingo Murillo de La Paz y el Gran Premio Nacional de Pintura Pedro Domingo Murillo (1971).

Cuando partió rumbo a México, era un artista maduro, pero desconocido fuera del ámbito nacional. En México encontró el ambiente propicio para su desarrollo. Reconocía su estancia de 14 años en ese país, entre 1978 y 1992, como la más fecunda de su vida. “Gané cuatro premios nacionales y vendía hasta mis garabatos; mis apuntes eran requisados por la dueña de la galería que compraba toda mi obra por adelantado”, le confió a la periodista Isabel Mercado.

Efectivamente, en México ganó el Premio Nacional de Acuarela en cuatro ocasiones (1983, 1984, 1985 y 1989). Fueron los más significativos de su carrera, aunque, con  la modestia que le caracterizaba, no le asignaba al galardón mayor importancia. “Incluso me lo dieron a mí…”, comentaba con el humor ácido con el que solía referirse a sí mismo. Expuso en Brasil, Ecuador, Panamá, México, Estados Unidos,  Francia, España y Rusia. En 2009, recibió el Gran Premio de la Tercera Trienal Internacional de Acuarela, en Santa Marta, Colombia.

No llevaba la cuenta de los cuadros que había pintado a lo largo de su carrera desde el lejano día de su infancia que vendió en el boulevard potosino una pequeña acuarela, en la que había pintado dos salteñas junto a una botella de cerveza y un vaso medio vacíos. Sin embargo, “a ojo de buen tinajero”, calculaba que había producido más de 6.000 piezas entre acuarelas, óleos, dibujos y bocetos.

Utilizaba una técnica que él denomina “acuarela sobre tabla” –“mis tablitas”, decía–,  consistente en un preparado de yeso sobre una superficie de madera. Según el crítico Harold Suárez Llápiz, esa técnica “compleja y extravagante” le permitía dotar al color de “mucho más brillo e intensidad”, al reducir el efecto de la absorción del papel.

Pintaba con el corazón. La poeta y ensayista Blanca Wietüchter, quien le dedicó un libro (Pérez Alcalá, o los melancólicos senderos del tiempo), recordaba que el pintor amaba el ajedrez como un “resquicio de la racionalidad”, que le permitía “hacer trabajar la otra parte del cerebro”, porque para pintar trataba de liberarse de todo sentido racional. Lo hacía con el sentimiento. “Mi objetivo es lograr el misterio inexplicable e irrepetible en todas las facetas del arte”, le dijo a la periodista María Angélica Kirigín.

“Manejaba de manera magistral la luz” y con “una paleta sobria y elegante, imprimía en sus acuarelas misteriosas atmósferas inquietantes”, escribió Suárez Llápiz, quien describe al potosino como un “extraordinario colorista”, un “esteta cultivado”, que “resolvía cada pieza con un minucioso manejo técnico aprovechando muy bien los efectos pictóricos muy luminosos y los tonos de luz ligera y traslúcida que ofrece esta compleja técnica a través del blanco papel de acuarela”.

Como recuerda su biógrafo Marcelo Paz Soldán, Pérez Alcalá llegó a formular su propia teoría, la teoría de los “colores imposibles”, a partir de la constatación de que “el color es luz”. El acuarelista “maneja de manera sublime elementos de la composición pictórica como la luz y el color que, al combinarlos, hacen del suyo un arte único”, apuntó.

Pérez Alcalá le dijo a Isabel Mercado que la pintura debía estar estructurada en “un dibujo riguroso y un estudio del color profundo”, ambientada en una atmósfera propicia y realizada con una técnica depurada. “Sólo quien demuestra que es capaz de dibujar, crear y pintar con el mismo genio puede darse el lujo de dar cinco brochazos y sostener que eso es arte”, señaló. Al fin y al cabo, sostuvo en esa entrevista, “el arte es una mentira en busca de una verdad”.

También incursionó en el muralismo y la escultura. Como arquitecto, diseñó estructuras de gran relevancia, como la Iglesia de San Miguel, en Calacoto, y la Iglesia del Corazón de María, en Miraflores; la Piscina Olímpica y la Normal Simón Bolívar, ambas en Alto Obrajes; la Capilla de San Silvestre, en Aranjuez, y varias residencias del sur de La Paz. Su obra escultórica más conocida es el monumento conmemorativo de la presencia boliviana en el Puerto de Ilo, titulado Boliviamar (1999).

Era conocido por su sentido del humor. “Los grandes genios han muerto relativamente jóvenes… Y yo ya me estoy sintiendo un poco mal…”, bromeaba. Como recuerda su amigo Carlos Toranzo, vivía “con el humor a flor de labios” y no temía reírse de sí mismo.

Extraordinario dibujante y caricaturista, desplegó su humor en la revista satírica Cascabel, que dirigía José Pepe Luque en los años 60, donde firmaba como Cardo, con una C en forma de penca de tuna, que definía muy bien el carácter “espinoso” de sus caricaturas.

“Ricardo tuvo un paso casi fugaz por la revista, pero no muy fácil de olvidar. Su carácter bonachón, con su risueño rostro de ojos saltones y su particular forma de hablar, nos conquistó al momento. Era un observador como nadie, muy agudo y audaz en sus trazos como caricaturista. Pero un día, así como llegó, se fue con sus sueños de ser arquitecto”, rememoró Pepe.

Eran legendarios sus duelos, a chascarrillo limpio, con el poeta y periodista Coco Manto (Jorge Mansilla Torres) y el médico forense Rolando Costa Arduz, a cual más agudo e ingenioso. Con Carlos Toranzo había planificado instalar una salteñería de nombre sugerente:  El Jigote de la Mancha.

Durante una tertulia en México, sorprendió a sus amigos con un poema de su puño y letra, que aparentemente aludía a su difícil inicio en México. “Este es el lugar/ Este es el lugar del hombre/ que llegó de lejos y está parado./ Aquí está el rincón del hombre/ que llegó de lejos, está ilegal y desocupado./ Aquí se encuentra la humedad del rincón/ del hombre que vino de lejos con toda su carga/ y está agobiado. / Este es el lugar del hombre que llegó/ de lejos con tanto lastre/ sobre los hombros, la cabeza y el alma (….)”.

Coco Manto se refirió a esa desconocida faceta del acuarelista en un homenaje realizado en el Museo de la Acuarela Mexicana, en diciembre de 2013.  Recordó que “la pintura es poesía esparcida de palabras con identidad en los colores” y que “la poesía es una pintura que flamea en el color de las palabras”.  “En su raíz esencial –señaló–, todo pintor es un poeta. Y viceversa, viceverso. Color, calor. Los artistas crean para conmover o remover, no para convencer. Por eso los pintores dicen no me veas, siente. Y los poetas y escritores: no me crean, lean”.

Contó con alumnos excepcionales, como Mónica Rina Mamani y Rosemary Mamani Ventura, de quienes se declaraba admirador. “¿Qué puede enseñar alguien que ha sido superado por sus alumnos?”, repetía orgulloso. Decía que el talento no servía de nada si no está respaldado por el trabajo. “El que escucha, olvida; el que mira, recuerda; el que hace, aprende”, repetía.

El poeta y periodista Rubén Vargas resumió los atributos del artista en pocas palabras: “Una gran pintura, un enorme sentido del humor y un exquisito paladar”.

El pintor falleció el 23 de agosto de 2013 bajo el techo de la casa-taller que él mismo diseñó como arquitecto y tardó en construir más de 10 años, frente a los cerros de Irpavi, donde recreó su mundo de luz y color, con la misma perfección de sus acuarelas, con las piedras del altiplano, los adobes de noble textura, las maderas labradas a mano y los mármoles azules que inspiraron su trabajo, porque –según decía– quería vivir dentro de una verdadera obra de arte. Vivir como un artista, pero también morir, “con el último brochazo”, para replicar el autorretrato que él mismo denominó Reclinado sobre mi tumba, una acuarela que lo muestra inclinado sobre una lápida.

Dibujo de Pepe Luque

Página Siete – 18 de agosto de 2019

Cuando Macri despertó, Cristina todavía estaba allí

Cuenta Heródoto en su libro Historia que Creso, el último rey de Lidia, le pidió consejo al oráculo de Delfos sobre su plan para invadir Persia. El oráculo le contestó: “Si cruzas el río Halys (situado en la frontera), destruirás un gran imperio”. Creso interpretó la frase como una respuesta favorable, pero el gran imperio que destruyó fue el suyo.

No sé si Mauricio Macri consultó a algún oráculo cuando afirmó que “estas elecciones definen los próximos 30 años”, como advertencia al pueblo argentino contra el kichnerismo, pero lo cierto es que el electorado interpretó el mensaje a su manera y asestó al mandatario una derrota contundente.

Nadie esperaba una victoria tan espectacular del binomio peronista, con una ventaja de 15 puntos sobre la fórmula encabezada por Macri. Los primeros sorprendidos fueron los candidatos, puesto que las encuestas habían pronosticado un empate o la victoria opositora por la mínima diferencia. Los mercados cerraron el viernes previo con una euforia inusitada, considerando que un empate era un triunfo para el Presidente.

Como ocurrió en el célebre microcuento El dinosaurio de Augusto Monterroso, cuando Macri despertó, Cristina todavía estaba allí.

No voy a entrar a analizar las causas de la derrota oficialista, aunque es obvio que la principal fue la crisis económica y su mala gestión. Más que lecciones –y no me refiero a las que puedan extraer los argentinos, que seguramente serán muchas–, quisiera señalar los avisos para navegantes que ofrece ese proceso, útiles en tiempos electorales.

¿Por qué las encuestadoras se equivocaron de tal manera? Ni siquiera asignándose un margen de error de 10%, que ya es exagerado, hubiesen acertado. Es difícil, si no imposible, salvo la mediación de una catástrofe, que una tendencia cambie de manera tan dramática en cuestión de horas, como ocurrió en Argentina.

No creo que el chasco hubiese sido producto de la falta de profesionalismo de las encuestadoras o de un complot para influir en el ánimo de los votantes. Pienso, más bien, que fue el voto oculto, que no es detectable, precisamente porque el encuestado no revela su preferencia, sea por miedo, vergüenza o cualquier otra razón, el que hundió a Macri.

No es, pues, el voto indeciso el único que puede marcar la diferencia. Es el oculto, que no aparece en las encuestas, porque el encuestado engaña al encuestador con una respuesta “políticamente correcta”, muy de la clase media. “Voto clandestino”, lo llama el ministro Carlos Romero. Primer aviso para navegantes.

La pregunta es hasta qué punto las encuestas revelan el estado de ánimo del electorado –la famosa “foto fija”–, ya sea en períodos de crisis, como la argentina, o de estabilidad, cuando el ciudadano debe decidir entre opciones aparentemente irreconciliables. Si en algún momento tuvo alguna duda, el elector argentino atendió los argumentos económicos antes que los éticos. La inflación, el desempleo, la pérdida del valor adquisitivo, el aumento de las tarifas y la creciente pobreza pesaron mucho más que las denuncias de corrupción que acumula el kirchnerismo.

Por otra parte, como ya vimos en Bolivia durante el gobierno de la UDP, que tuvo que lidiar con una crisis de la que no era responsable, el recuerdo del votante suele ser de corto alcance. Para él, sobre todo en momentos de crisis, todo pasado es mejor, más allá de que los males que le aquejan se hubiesen incubado en ese mismo pasado. Puesto a elegir, preferirá la certidumbre –cierta o aparente– del presente a la incertidumbre –real o imaginaria– del futuro. Otro aviso para navegantes.

El batacazo macrista supone también un desengaño para quienes consideraban irreversible el  avance de la ola conservadora en América Latina y el consiguiente retroceso populista. Los duros ajustes del conservadurismo, sumados a la incompetencia, están dando alas al discurso populista al no acertar en la solución de los problemas económicos y sociales de una población crecientemente empobrecida.

Los medios liberales y conservadores de la región lamentaron la derrota de Macri como propia, porque temen el retorno de una etapa que pensaban superada. “La banda de Cristina Kirchner, que es la misma que la de Dilma Rousseff, que la de Maduro, Chávez y la de Fidel Castro, dio señales de vida”, resumió Bolsonaro. Un eventual cambio en la Casa Rosada tendría un fuerte impacto en la política regional.

La izquierda también celebró la victoria peronista como propia, porque supone un balón de oxígeno en un momento de reflujo de sus expectativas electorales y porque le permite agitar la bandera de la estabilidad económica y social ante un “neoliberalismo fracasado”. Tercer aviso para navegantes.

Página Siete – 15 de agosto de 2019