Octavio Paz, un libertario en tiempos nublados

Octavio Paz nació bajo el signo del cambio, en el México convulsionado por la revolución armada del siglo pasado (1910/17) y en vísperas del estallido de la primera gran conflagración mundial (1914/18). Su abuelo fue un intelectual liberal que combatió la intervención francesa (1862/67) y su padre llegó a representar al caudillo revolucionario Emiliano Zapata en  Estados Unidos. El poeta y ensayista mexicano vivió los “tiempos nublados” del siglo XX y asistió desolado al “ocaso de las utopías”.

Como hombre de letras obtuvo los más importantes galardones, entre ellos el Nobel de Literatura (1990) y el Premio Cervantes (1981), en un reconocimiento unánime a su obra poética, pero como pensador que trascendió la lírica en un momento de profunda crisis ideológica, encendió grandes polémicas y provocó agrios debates. De ideas libertarias más que liberales, fruto de su adhesión juvenil al anarquismo, cosechó enemistades a causa de su pensamiento crítico y su rechazo a los totalitarismos de todo signo.

Mario Vargas Llosa elogió “la belleza de su palabra, su poesía siempre original y la prosa de nuestra lengua”, y lo reivindicó como “un pensador que defendió la libertad y la cultura democrática”; Gabriel  García Márquez afirmó que el mexicano “saturó de extremo a extremo el siglo XX” con “un torrente de belleza, reflexión y análisis”. 

A su muerte, hace 21 años, el entonces director general de la Unesco, Federico Mayor, trazó su biografía en diez palabras: “Octavio Paz encarnó perfectamente su tiempo y su gran país”.

Octavio Irineo Paz Lozano vino al mundo hace 105 años, el 31 de marzo de 1914, en una casona de muros de piedra cubiertos de buganvillas de  Mixcoac, un pequeño poblado vecino a la Ciudad de México, hoy convertido en un barrio más de la capital, y falleció el 19 de abril de 1998. 

Unos meses después de su nacimiento, su madre, Josefina Lozano, lo llevó a vivir con su abuelo, Ireneo Paz, debido a que su padre, Octavio Paz Solórzano, se había unido al movimiento zapatista. 

Abandonó la casa del abuelo todavía en su niñez para reunirse con su padre, quien representaba a Zapata en Los Ángeles después de haber trabajado como escribano y abogado del caudillo agrarista. Siendo aún muy joven apoyó el movimiento estudiantil que pugnaba por la autonomía universitaria  y se unió a la corriente popular que postulaba al abogado, escritor, educador y filósofo José Vasconcelos a la Presidencia de la República.

Su padre y su abuelo, a quienes escuchó hablar sobre las leyendas y los héroes liberales y revolucionarios de su época, tuvieron una gran influencia en su formación, como dejó constancia en “Canción mexicana”, uno de los poemas de Ladera este: “Mi abuelo, al tomar el café, / me hablaba de Juárez y de Porfirio, / los zuavos y los plateados. / Y el mantel olía a pólvora. / Mi padre, al tomar la copa, / me hablaba de Zapata y de Villa, / Soto y Gama y los Flores Magón. / Y el mantel olía a pólvora. / Yo me quedo callado: / ¿de quién podría hablar?”.

Publicó su primer poema a los 17 años, titulado Cabellera, que reprodujo dos años después en su primer libro, Luna Silvestre (1933): “Cabellera/ -cambiante de olas-/ apenas presentida; irreal;/ como deseo de viaje,/ como la sombra del rumor del viento/ en el corredor del mar”. Atribuía su afición a la poesía a sus tempranas lecturas del poeta estadounidense T.S. Eliot. 

Raíz de hombre (1937), Entre la piedra y la flor (1941), Libertad bajo palabra (1949) –que el poeta consideraba su “verdadero primer libro”–, Águila o sol (1951), Piedra de sol (1957), La estación violenta (1958), Ladera este (1969), El Mono gramático (1974), Pasado en claro (1975), Vuelta (1971) y Árbol adentro (1987) son algunos de los títulos que recogieron su obra poética, en la que confluyen la soledad, la sensualidad y la belleza como temas recurrentes.

Hizo periodismo en diarios, revistas y canales de televisión. En 1971 fundó la revista Plural, como suplemento cultural del diario Excélsior, que cerró en 1976 tras la remoción del director del periódico, Julio Scherer,  en un golpe atribuido al entonces presidente Luis Echeverría en represalia por la posición crítica que mantenía ese influyente medio. Inmediatamente después fundó la revista Vuelta, que dirigió hasta su muerte.

A sus 35 años, estando en misión diplomática en Francia, escribió y publicó su ensayo más emblemático, El laberinto de la soledad, un “ejercicio de la imaginación crítica” –como lo llamó el mismo autor– sobre el mexicano y la mexicanidad, en el que sostiene que “la historia de México es la del hombre que busca su filiación, su origen”, que “México está tan solo como cada uno de sus hijos” y que “el mexicano siempre está lejos, lejos del mundo, y de los demás. Lejos, también de sí mismo”.

El ensayo se publicó inicialmente en la revista Cuadernos Americanos en 1949 y un año después en libro, pero la edición revisada y definitiva salió nueve años después, en 1959. Como dijo el escritor y filósofo mexicano Alejandro Rossi, colaborador de Paz, se trata de un clásico que dejó una honda huella en México, como “auténtica introducción al país y a su historia”, un “libro maestro” que guía y orienta sobre el ser de México y los mexicanos, y que, por lo mismo, provocó críticas y grandes polémicas entre sus contemporáneos.

Paz plasmó sus ideas políticas y filosóficas en ensayos y artículos periodísticos, en los que reflejó su pasión libertaria y su aversión a los sistemas e ideologías totalitarias. Tras El laberinto de la soledad, publicó El arco y la lira (1956), Las peras del olmo (1957) y El ogro filantrópico (1979). 

En Posdata (1970) amplió las reflexiones que formuló en El laberinto de la soledad  y en Tiempo nublado (1983) expuso sus últimas preocupaciones sobre el mundo que le tocó vivir.

Fue maestro rural y dio clases en rancherías de Yucatán, una experiencia que reflejó en su libro Entre la piedra la flor. Allí conoció a la que sería su primera esposa, la escritora Elena Garro (Los recuerdos del porvenir), y escribió una canción ranchera, Sueño de amor, con música de Manuel Esperón, que interpretaría Jorge Negrete en la película El rebelde (1943).

Un compañero de secundaria, el anarquista catalán José Juan Bosch y Fontseré, hijo de un exiliado, lo aproximó a la historia y a la política. El poeta lo reconocía como un “auténtico hombre de izquierda” y como mentor. “Nos enseñó a desconfiar de la autoridad y del poder; nos hizo ver que la libertad es el eje de la justicia. Su influencia fue perdurable: ahí comenzó la repugnancia que todavía siento por los jefes, las burocracias y las ideologías autoritarias”, escribió en una ocasión.  “A él le debo mis primeras lecturas de autores libertarios”.

Era la época en que creía en el socialismo y se consideraba militante de la causa revolucionaria universal. Como él mismo relató en varias ocasiones, adhirió a las ideas de izquierda consciente del momento histórico de la primera mitad del siglo pasado, que colocó a su generación en la disyuntiva de elegir entre el fascismo y el comunismo: “Yo me identifiqué con la gente de izquierda”.  

A principios de la década de los 30, conoció al poeta Rafael Alberti, comunista de hueso colorado, quien le dijo que su poesía no era social y que, por el contrario, era contradictoria con su ideal revolucionario.  A pesar de ello, el propio Alberti y Pablo Neruda lo invitaron al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, realizado en julio de 1937 en Madrid, Barcelona y Valencia, en plena Guerra Civil. Allí hizo amistad con André Malraux, John Dos Pasos, Ernest Hemingway, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, César Vallejo y Antonio Machado, entre otros poetas y escritores que apoyaban la causa republicana española. 

“Es natural sentir un poco de ternura por el muchacho que fuimos, pero un poco de ironía y dos o tres coscorrones no le harían daño a ese fantasma juvenil”, diría 40 años más tarde en una entrevista. Recordó, a manera de justificación, que Adolf Hitler era la amenaza de la época y que la Revolución Rusa de 1917 había encendido una gran esperanza, pero “ahora sabemos que ese resplandor, que a nosotros nos parecía el de la aurora, era el de una pira sangrienta”.

Sus opiniones solían estar marcadas por el escepticismo, cuando no por el pesimismo: “Las revoluciones –decía– se han petrificado en tiranías desalmadas, los alzamientos libertarios han degenerado en terrorismo homicida. Occidente vive en la abundancia pero corroído por el hedonismo, la duda, la dimisión. En el llamado Tercer Mundo: dictaduras, luchas intestinas y guerras exteriores, matanzas que dejarían boquiabiertos a los asirios, los tártaros y los aztecas”.

Según el poeta, “asistimos el ocaso de las utopías, lo mismo las capitalistas que las socialistas”, a raíz del fracaso de los grandes proyectos históricos. “Veo una ausencia de proyectos”, declaró desolado al periodista Julio Scherer, director de la revista Proceso. “Si vuelvo la cara a la derecha, veo a gente atareada haciendo dinero, si la vuelvo a la izquierda, veo gente atareada discutiendo. Las ideas se han esfumado”.

Ha sido definido con frecuencia como anarquista, tanto por sus ideas libertarias como por su aversión a la omnipresencia del Estado, ese “monstruo frío”, el “ogro filantrópico”,  que “a todos amenaza en el mundo”. 

Llamó a “luchar contra la estatificación universal” y dijo que, si ha de surgir un nuevo pensamiento revolucionario, “tendría que absorber dos tradiciones desdeñadas por Marx y sus herederos: la libertaria y la poética”.

Criticó a la derecha “acomodaticia y oportunista”, que sólo ve al país como un campo de acciones lucrativas, y estigmatizó a la izquierda “murmuradora y retobona”, que “piensa poco y discute mucho”. Pero sus verdaderas “obsesiones” fueron la Unión Soviética (“peste totalitaria”) y el marxismo (“opio de los intelectuales” y “superstición del siglo XX”). Fue uno de los primeros intelectuales latinoamericanos en denunciar la existencia de campos de concentración en la desaparecida Unión Soviética y la falta de libertades en Cuba. 

A quienes le censuraban haber equiparado a Fidel Castro con Augusto Pinochet, les respondía que “condenar los crímenes de los generalotes y generalillos es un ritual sin riesgos”, mientras que “el examen de los regímenes llamados socialistas es un trabajo de análisis histórico”, porque “por un colosal equívoco, esos regímenes se ostentan como los herederos de las tradiciones más nobles de la Historia moderna: el socialismo”.

Activistas de izquierda quemaron su efigie frente a la embajada de Estados Unidos en 1984 a raíz de las críticas que había formulado al régimen sandinista de Nicaragua; tras la caída del Muro de Berlín, en 1989, fue blanco de nuevos ataques por parte de la izquierda por haber proclamado a través de la televisión: “¡El socialismo ha muerto, viva la libertad!”.

Negaba, sin embargo, ser antisocialista: “yo no rechazo la solución socialista. Por el contrario, el socialismo es, quizá, la única salida racional a la crisis de Occidente”, afirmaba, pero a continuación distinguía entre la “ideocracia” soviética y el socialismo que respeta las libertades y el pluralismo democrático.

Sin una salida que ofrecer entre el “impasse” al que ha sido conducida la humanidad por el capitalismo y el colectivismo, según decía, proponía “inventar soluciones”. “Si el almacén de proyectos históricos que fue Occidente se ha vaciado, sostenía, ¿por qué no poner en entredicho los proyectos ruinosos que nos han llevado a la desolación que es el mundo moderno y diseñar otro proyecto, más humilde pero más humano y más justo?”.

Siendo embajador en India, Paz renunció a una larga carrera diplomática como protesta por la matanza de Tlatelolco (1968), convencido de que el escritor no tiene deberes específicos con su país, sino “con el lenguaje y con su conciencia”. Tarde o temprano –afirmaba–, “tropieza con el poder”. Sin embargo, no predicaba la abstención: “los intelectuales pueden ser útiles al gobierno, a condición de que sepan guardar la distancia con el príncipe”.

Vargas Llosa dijo que Paz fue uno de los intelectuales que más lúcidamente se enfrentó a la profunda revolución de la vida política y de la cultura de nuestro tiempo, a las profundas transformaciones políticas, sociales e históricas que “hicieron trizas las antiguas certidumbres” y “los viejos patrones convencionales”, como la definición entre derecha e izquierda.

No todos pensaban lo mismo. Quienes discrepaban con su disidencia y sus ideas libertarias le reprochaban la “visión orwelliana” y la “imagen apocalíptica” que ofrecía del tiempo que le tocó vivir. Al referirse a su “mensaje desolador” sobre “el fracaso de la humanidad”, uno de sus críticos lo describió como “un hombre solitario que se cree aprisionado en un mundo incomprensible, ajeno y hostil”.

Dos días antes de la navidad de 1996, ya gravemente enfermo de flebitis, un pavoroso incendio destruyó su lujoso departamento de la colonia Cuauhtémoc, en el Paseo de la Reforma, donde residía con su esposa Marie Jose Tramini. En cuestión de minutos las llamas consumieron su colección de libros,  los muebles y las pinturas que colgaban en las paredes. Nunca pudo superar ese golpe. Falleció 15 meses después en una casa que le proporcionó el gobierno de la ciudad en el barrio de Coyoacán, la Casa Alvarado. A la flebitis se le había sumado un cáncer fulminante.

Tenía fama de ser un hombre inflexible, incluso huraño, tal vez por sus posiciones políticas, pero sus amigos sostenían que, por el contrario, era una persona amigable y con mucho sentido del humor. Seguidor de algunos programas de televisión, era aficionado a la serie  Los Simpson. En una entrevista reconoció que interrumpía su rutina de escritor a las siete de la noche para ver las aventuras de la familia amarilla, porque, según dijo, “nos resumen”.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 13 de octubre de 2019

Del modesto jersey a la chaqueta de diseño

Conocí a   Evo Morales –es decir, lo vi por primera vez– durante una “cumbre” de organizaciones indígenas y campesinas en Cocoyoc, México, organizada  por Rigoberta Menchú, a mediados de los 90. Evo era un humilde dirigente cocalero que buscaba infructuosamente –“rogándose”, como decimos los bolivianos– el aval de la ganadora del Nobel de la Paz  para una resolución de apoyo a los cocaleros del Chapare. Lo vi por segunda vez en el Palacio de la Moncloa, tras su entrevista con el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, en su primera gira por Europa, recién elegido, en enero de 2006. Y en una tercera ocasión, ya Presidente, en un desayuno ofrecido por el presidente de Repsol, Antonio Brufau, en un hotel de Madrid, echándole flores al anfitrión por su “comprensión” ante la “nacionalización” del petróleo.

Recuerdo que llegó a la conferencia de prensa de la Moncloa con su “jersey” a rayas, que tanto impacto causó en España, humilde y, sobre todo, auténtico. En sus primeras palabras, confesó que nunca se había imaginado que algún día iba a ser recibido por un rey y afirmó que había pedido a Rodríguez Zapatero, y al monarca que le aconsejaran y ayudaran a gobernar, porque él –así lo dijo– no tenía ninguna experiencia en el arte de dirigir un país.

Se mostró muy agradecido con la reina Sofía, porque le había hecho llegar al hotel unos antigripales, afligida al verlo tan desabrigado, apenas con un “jersey”, en el crudo invierno madrileño. “¡Qué tío tenéis por Presidente!”, recuerdo que me dijo un colega, resumiendo la admiración de los periodistas españoles. Los había conquistado con su humildad y sencillez.

No resisto la tentación de comparar al Evo del “jersey” con el Evo de las chaquetas de diseño; al campesino orgulloso de su natal Orinoca con el líder del museo propio y el inquilino del lujoso palacio presidencial, ahora que se postula para una nueva reelección. Y no es que pretenda que el Presidente de Bolivia vaya por el mundo dando lástima, no, pero una cosa es representar al Estado con dignidad y otra hacer ostentación de lujos que chocan con la pobreza del país.

La transformación de Evo a la sombra del poder, después de 13 años de gobierno, está directamente relacionada con la mutación del movimiento que lo impulsó a la jefatura del Estado, el llamado “proceso de cambio”, que terminó cambiando a sus líderes antes que al propio país, como se proponía en sus albores. Evo es la personificación de ese viaje sin retorno. De Chaparina a la Chiquitania.

La deriva de ese proceso y sus dirigentes me trajo a la memoria la novela Rebelión en la granja, la extraordinaria fábula de George Orwell sobre el tránsito de una revolución a un sistema autoritario, a partir de la corrupción que acompaña toda acumulación de poder, porque –como dice el jesuita Xavier Albó– “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

La historia de la granja es muy sencilla. Hartos de la explotación a la que están sometidos, los animales expulsan al propietario, un granjero vago y alcohólico, con el propósito de crear una sociedad igualitaria, manejada por ellos mismos, aspiración que se traduce en una “constitución” de “siete mandamientos”. 

Poco a poco, los líderes se van apropiando del movimiento –y de la granja– y terminan haciendo lo mismo que hacía el patrón expulsado, dándose al lujo y a la buena vida, para lo cual no dudan en quebrantar su propia ley. Los “mandamientos” van desapareciendo sucesivamente y, al final, queda uno solo, el que proclamaba que “todos los animales son iguales”, pero con un aditamento: “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que los otros”.

Morales buscará dentro de 10 días la reelección. Lo hará contraviniendo la Constitución que él mismo impulsó y el mandato expreso de un referendo. Al incumplimiento de la ley, de por sí grave, se suma el quebranto de un principio ético, moral, el de la palabra empeñada. Cuando todavía usaba el “jersey”, repetía la consigna –tomada de los zapatistas mexicanos– de “mandar obedeciendo al pueblo”. Obviamente, no obedeció el mandato del 21 F, ni quiere irse a su casa, como prometió al menos en tres ocasiones si ganaba el NO.

Winston Churchill dijo que “tras un recuento electoral, sólo importa quién es el ganador. Todos los demás son perdedores”. Podría darse que el 20 de octubre no haya un ganador, sino dos, o que el verdadero ganador sea el segundo, si los electores obligan a la realización de una segunda vuelta, en la que se invertirían los papeles, con el opositor como favorito. 

Me pregunto si Evo respetará en tal caso el veredicto popular. Si no lo hizo una vez, ¿por qué tendríamos que creerle que lo hará ahora?

Página Siete – 10 de octubre de 2019

Realismo mágico

El escritor dominicano Juan Bosch (1909-2001), autor de dos obras literarias excepcionales ambientadas en Bolivia, el cuento El indio Manuel Sicuri y la novela El oro y la paz, me dijo en una ocasión en Santo Domingo que “Bolivia es, en sí misma, una gran novela”. Tengo entendido que Miguel de Unamuno apeló a la misma metáfora para describir a la Bolivia del siglo pasado en una conversación o intercambio epistolar con Alcides Arguedas. Lo que no dijeron es que esa gran novela pertenece al género del realismo mágico.

Es cierto que en Bolivia nadie ha ascendido en cuerpo y alma al cielo, como la bella Remedios en Cien años de soledad; tampoco sabemos de nadie que haya nacido con cola de cerdo, como el último Aureliano de la saga de los Buendía, pero cuando escuché recientemente a un honorable diputado nacional, en una de las tantas declaraciones que suelen ofrecer los parlamentarios en la plaza Murillo, no pude menos que recordar a Mauricio Babilonia, con la diferencia de que nuestro personaje criollo tenía las mariposas amarillas revoloteando dentro de su cerebro.

Algo tiene Bolivia de Comala y Macondo, las aldeas míticas de Juan Rulfo y Gabriel García Márquez, donde lo inexplicable encuentra explicación en la fantasía y lo irreal se convierte en real gracias a nuestra mágica vida cotidiana. De tantas cosas irreales que hemos visto pasar nos hemos acostumbrado a ver la anormalidad como algo normal y a considerar lo improbable como algo probable.

El gobernador de La Paz, Feliz Patzi, quien  presume de un doctorado universitario, asegura que gracias a la ayuda de “algunos yatiris”, que “han empezado a invocar y han traído la lluvia”, fue sofocado el incendio que amenazaba al Parque Nacional Madidi. Entonces, digo yo, el error del gobierno no es resistirse a la ayuda internacional, sino no convocar a un equipo de yatiris para sustituir a los bomberos en la Chiquitania.

Otro personaje macondiano es el señor Chi Hyun Chung, quien propone “educar a la mujer para que se comporte como mujer”,  porque, ya se sabe, “el varón tiene un estilo de comportamiento, la mujer tiene otro”. La prueba, según el candidato, es que “mientras el hombre habla uno, la mujer habla diez” ¿Violencia contra la mujer? “¡Qué habrá hecho (la mujer) para que el hombre reaccione de esa manera!”.

La corte electoral, una institución digna de El otoño del patriarca o La fiesta del Chivo, le pone peros por cuestiones técnicas a una encuesta de la Universidad de San Andrés, desfavorable al gobierno, después de haber avalado una candidatura ilegal y anticonstitucional, pasándose a la torera un referéndum vinculante que ellos mismos organizaron, y luego de haber autorizado el pone y saca de candidatos que no fueron elegidos en unas primarias que ellos impusieron sin chistar, costosas e inútiles.

La realidad, como dijo alguna vez García Márquez al hablar de América Latina, supera a la ficción, más aún en tiempos electorales. Como en la Comala rulfiana, las palabras nos llegan como voces gastadas, simples murmullos, con la diferencia de que sus autores las presentan como grandes verdades.  Como el Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, muchos de nuestros políticos son “la mentira de todas las cosas reales” y “la realidad de todas las ficciones”.

A raíz de los incidentes ocurridos en Santa Cruz hace 15 días, Evo Morales denunció un supuesto “golpe de Estado”, una “conspiración contra la democracia”. Pero uno se pregunta, ¿no fue el propio Presidente quien dijo que no aceptar el resultado del referéndum del 21F equivalía a dar un golpe de Estado? “Si el pueblo dice No, ¿qué podemos hacer? No vamos a hacer un golpe de Estado. Tenemos que irnos callados”, dijo públicamente una semana antes de la consulta…  ¡Y no se fue! Entonces, el único “golpe de Estado” es el suyo.

Es de antología el discurso que pronunció ante la Cumbre sobre Acción Climática celebrada en la sede de Naciones Unidas, no solo porque dijo que su gobierno enfrentó los incendios de manera “rápida y efectiva” –con un saldo de más de tres millones de hectáreas arrasadas por el fuego–, sino por afirmar que “sólo liberándonos del lujo, el lucro, el consumismo podremos salvar nuestro planeta tierra”. Es un buen consejo, digo yo, pero, ¿no deberíamos empezar por casa? La recomendación viene de un presidente que ha hecho del despilfarro una política de Estado.

García Márquez describe a su personaje de El otoño del Patriarca como “un déspota viejísimo que se queda solo en un palacio lleno de vacas”. No sabemos cómo vive nuestro Señor Presidente en su lujosa suite de 1.068 metros cuadrados de la “Casa Grande del Pueblo”, pero seguro que “cree que puede ordenar que quiten la lluvia de donde estorbaba y la pongan en tierra de sequía”. Y como en la novela del colombiano, “nadie se mueve, nadie respira, nadie vive sin su permiso”. 

Página Siete – 26 de septiembre de 2019

Xavier Albó, un cura “librepensante”, especialista en “patios traseros”

Sabía poco de Bolivia, casi nada, cuando su superior le comunicó que la Compañía de Jesús le había elegido ese destino para que desempeñara su ministerio sacerdotal. Recordaba que era un país con dos capitales, pero no imaginaba que a su llegada se encontraría con dos países fundidos en uno solo: una Bolivia urbana y otra rural, totalmente indígena. El día que las conoció, se enamoró de ambas y las hizo suyas. Xavier Albó Corrons sintió entonces que había vuelto a nacer y decidió que no retornaría nunca más a su Cataluña natal.

Arribó a Cochabamba el 9 de junio el 1952, con 17 años recién cumplidos. Bolivia vivía bajo el signo del cambio, en plena efervescencia  revolucionaria. Obreros y campesinos recorrían el campo y las ciudades con el fusil al hombro tras el triunfo de la insurrección del 9 de abril, un movimiento que buscaba, precisamente, la integración de las “dos Bolivias”. Si el descubrimiento del mundo indígena le causó asombro, mayor fue su sorpresa al toparse con un pueblo rebelde y levantisco que tres meses antes había impuesto sus reivindicaciones a punta de bala y dinamita.

Poco dado al trabajo de sacristía, “librepensante” y obrero de los “patios traseros”, como denomina a las regiones marginadas de América Latina, Xavier Albó es un “cura raro” o “atípico”, como suele describirlo la prensa. Se enamoró de las “dos Bolivias”, cierto, pero desde el principio optó por una de ellas, por la profunda, la más postergada, la de los indígenas.

Como dice Gloria Ardaya, la activista que convivió con él y otros jesuitas en la comunidad de Los piadosos en los años 70, hizo de los indígenas su “causa mayor”. Y en esta labor, que él tomó como una auténtica misión pastoral, nunca le importó –según su biógrafa, Carmen Beatriz Ruiz– que le llamen “cura de mierda” por andar “levantando indios”. 

Se lo tiene por hacedor y forjador de líderes indígenas y campesinos, pero él, con la modestia y el buen humor que le caracterizan, afirma que si eso fuera cierto, los habría hecho mejor. No hizo a Evo Morales, pero tiene una gran influencia sobre él, a tal punto de que el Presidente se refiere a él como “mi padre Albó”, pese a que le ha dicho en su cara muchas verdades. Tampoco presume de su influencia, porque, según admite, Evo es “inasesorable”,  un animal político “muy vivo”, que al final hace lo que quiere.

Con la barba crecida, abundante y desprolija, suele cubrirse la calva con un lluchu o una boina vasca, según apriete el frío. No le importa mucho el “buen vestir”, como él mismo dice, porque no lo hace para lucir. Le basta con una tenida de chompas de lana de llama y un par de ponchos, una indumentaria que agrega otro detalle “típico” a ese aspecto “singular” al que alude la prensa.

“Una vez me topé con una pobre muchacha en una calle de Buenos Aires y al verme salió corriendo, despavorida… Seguramente pensó que era un sátiro”, solía contar entre risas. A decir de uno de sus compañeros “descurados”, como él llama a los jesuitas que colgaron los hábitos, se parece más bien a un patriarca salido del Viejo Testamento. 

Doctor en Lingüística, Antropología y Filosofía y licenciado en Teología, no presume de ninguno de sus títulos. “¡Llámame p’ajla, como todos!”, propone, anticipándose a quienes se dirigen a él con el “padre” o el “doctor” por delante. Además de sus idiomas maternos, el catalán y el español, habla francés, inglés y algo de alemán. Como sacerdote, aprendió latín, y ya estando en Bolivia, el quechua y al aymara, sus “lenguas favoritas”. 

Pero, ante todo, es un investigador de “campo traviesa”, porque ha recorrido el mundo rural al derecho y al revés cual atleta de la especialidad. Ha donado su biblioteca a la fundación que lleva su nombre. Como el excanciller David Choquehuanca, a quien quería como sucesor de Evo, dice que también ha leído en las arrugas de los ancianos. 

Carmen Beatriz Ruiz lo describe como un hombre que “no tiene miedo nunca de decir lo que piensa, aunque sea  pateando el tablero y en la cara de quienes lo están adulando”, que “mira de frente a los años y a la muerte, con una agenda de proyectos y pendientes que cansarían a una quinceañera”, y como “un hombre a quien no le pesa sentarse a la mesa con moros y cristianos si se trata de una oportunidad para vender su charque o para facilitar el diálogo”.

Nació en La Garriga, un municipio de Barcelona, el 4 de noviembre de 1934, dos años antes del estallido de la Guerra Civil española (1936-1939). Ubicada en la comarca del Vallés Oriental y famosa por sus aguas termales, La Garriga fue una de las poblaciones catalanas más castigadas por los bombardeos franquistas.

El conflicto armado marcó su vida y la de su familia, no sólo porque su padre fue asesinado durante la conflagración, sino porque definió su destino. Su madre, Assemta Corrons, se hizo cargo de él y sus cinco hermanos, pero, en plena guerra, apareció un tío que sería fundamental en su futuro, el  tío Miguel, quien, a pesar de tener ocho hijos, acogió y ayudó a los Albó. Fue él quien lo inscribió en un colegio jesuita, situándole, sin quererlo, en el camino que seguiría el resto de su existencia. “El destino pone a cada uno en su lugar”, diría años después. 

Su madre fue su primera maestra, la que le enseñó a leer y escribir, primero en catalán y después en español. Su afición por las lenguas originarias le viene, pues,  de su experiencia infantil. Era la época en que el catalán –al igual que el vasco y el gallego– estaba confinado a la intimidad del hogar, debido a la represión del régimen franquista, que no aceptaba las lenguas regionales. “Esta presión contra mi lengua originaria me marcó mucho desde pequeño”, rememoró en una ocasión.

Ingresó a la Compañía de Jesús a sus 16 años, en 1951. Tenía otras opciones, los Capuchinos y los Benedictinos, pero se decidió por los jesuitas. Piensa que fue “a buena hora”, por “la apertura que tienen los jesuitas a nivel mundial y la cantidad de cosas que se puede hacer siendo jesuita”, que probablemente no hubiese podido hacer en otras órdenes. Tenía cuatro meses de haber iniciado el noviciado cuando el Provincial de la Compañía le propuso venir a Bolivia. “Fue una decisión de mis superiores de la que yo estoy muy contento”, asegura.

Eran tiempos en que la Compañía de Jesús tenía “supernumerarios” –como dijo el padre José Gramunt, quien llegó a Bolivia con Albó– y se daba el lujo de “exportar” misioneros a todo el mundo, principalmente a África y América Latina, para suplir la falta de vocaciones religiosas en esas regiones. El papa Pío XII encargó a los jesuitas catalanes que apoyaran a Bolivia y Paraguay. “En dos años, nombraron a 80 jesuitas. Yo fui uno de los elegidos”, recordó.

Con él llegaron –al mismo tiempo o poco después– otros jesuitas que tuvieron una gran influencia política y social en Bolivia, como Gramunt, José Prats, Josep Barnadas, Luis Espinal, Pedro Negre, Luis Alegre y Federico Aguiló, entre otros, quienes participaron activamente en la conformación de Iglesia y Sociedad en América Latina (ISAL), una institución promotora del diálogo entre marxistas y cristianos, y la Comisión de Justicia y Paz, pionera en la defensa de los derechos humanos.

Cuando llegó a Cochabamba, “con pelo y sin barba”, usaba todavía sotana y el típico cuello blanco clerical. Tenía cabello, sí, pero también tonsura, el círculo rasurado en la coronilla que indicaba su consagración a Dios, hoy en desuso, al igual que el hábito. Y así, “sotanudo”, se montaba en los camiones destartalados que recorrían el valle cochabambino, entre fardos de fruta y verdura  o compartiendo espacio con vacas y ovejas.

Se instaló en Cliza y lo primero que hizo fue aprender el quechua, que él consideraba imprescindible para cumplir su misión evangelizadora. Al principio no hablaba un quechua fluido, sino el modesto “quechuañol” de todo aprendiz. Hizo su tesis doctoral en Cornell, precisamente, sobre el método de enseñanza de esa lengua.

Tras terminar su formación en Barcelona, Cornell y Quito, retornó a Bolivia para dedicarse por completo a desentrañar el mundo indígena. Lo hizo individual y colectivamente, al frente del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca), del que es su fundador. “Xavier es un trabajador compulsivo. Vive para trabajar al servicio de indígenas y campesinos”, dice Gloria Ardaya.

Gloria lo conoció en 1970, recién llegado de Cornell, cuando se integró, junto a su pareja e hijo, a la Comunidad Los Piadosos, una casa que compartía Albó con un grupo de jesuitas y laicos en la calle Illampu 733. Allí también vivieron “los Luchos” –Espinal y Alegre–,  Josep Barnadas, Óscar Eid y Hans Moeller, entre otros, “cuando la represión de la dictadura banzerista lo permitía”.

“La tarea de Xavier era la de lavar los platos por sus dificultades para cocinar. Conmigo tenía problemas porque mi hijo Luis Ernesto desordenaba sus libros y jugaba con las antiguas cintas de su grabadora, su principal instrumento de trabajo. Un día me amenazó: ‘lo que haga Luis Ernesto en mi habitación yo haré en la tuya’. Días después mi hijo se hizo popó en la suya y hasta ahora estoy esperando que cumpla su amenaza”, recuerda Gloria.

Allí fundó Cipca  (“en mi cuarto y sin un peso”) y allí desarrolló gran parte de su monumental trabajo académico. Era una “una casa abierta”, por donde pasó mucha gente, como Gregorio Iriarte, Amparo Carvajal, Olivia Harris y Filemón Escobar, quien se encontraba clandestino. 

En esa época, según Gloria Ardaya, Albó “no se involucraba mucho” en actividades propiamente “políticas”, a diferencia de “los Luchos” y otros jesuitas, que fueron activos en la conformación de la Comisión de Justicia y Paz y en la redacción de un famoso documento –Evangelio y violencia–, que denunció la violación de los derechos humanos en la dictadura banzerista.

“Estoy convencida de que su politización comenzó con su participación en la huelga de hambre junto a Luis Espinal y se profundizó con el asesinato de Lucho”, sostiene. Albó y Espinal acompañaron la huelga de las mujeres mineras que arrancó la amnistía general a la dictadura banzerista en enero de 1978.

Espinal fue asesinado el 21 de marzo de 1980, cuatro meses antes del golpe de Luis García Meza. Para entonces, la Comunidad ya se había trasladado a Miraflores, al final de la calle Díaz Romero. Con el golpe,  todos abandonaron la casa y no volvieron a vivir juntos. “Ninguno volvió a ser el mismo. Pese a ello, el espíritu de la Comunidad sigue y nos reunimos cada vez que podemos. Es nuestra familia”, dice Gloria.

Fue la época en que muchos jesuitas “se descuraron”, unos a causa de la militancia política, otros por haber optado por el matrimonio. Albó no regresó al San Calixto, la residencia habitual de los jesuitas, sino que se fue a Qurpa, una obra de la Compañía de Jesús ubicada cerca de Tiwanaku, y después a Jesús de Machaca. Trabajó con los indígenas y vivió como ellos. Si en Cliza quedó la mitad de su corazón, en Jesús de Machaca permanece la otra. “Allí me robaron mi plata, mi corazón y mi honra”, declaró en una oportunidad para subrayar su arraigo.

Cuando Evo lo condecoró con El Cóndor de los Andes, junto a su compañero jesuita Mauricio Bacardit, el 4 de abril de 2016, como reconocimiento a su labor en defensa de la democracia y de los derechos de los indígenas y marginados, Albó le regaló un ejemplar del libro Oraciones a quemarropa, de Luis Espinal, con una dedicatoria que firmó como “librepensante”. De esa manera quiso recordarle que, si bien veía con buenos ojos el llamado “proceso de cambio”, lo hacía desde una posición crítica, no desde el llunk’erío.

Fue precisamente en esa ocasión que le sugirió agregar “dos yapas” a la trilogía andina –ama qhella, ama llullay, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso, no seas ladrón)–, los principios ama llunk’u (no seas adulón) y el ama k’illi (no callar). Recordando a Espinal, quien dijo que “callar es lo mismo que mentir”, le pidió a Evo “reconocer” que perdió el referendo del 21 de febrero y le planteó “descansar” el próximo período presidencial y “volver” el 2025.

Antes, en una entrevista con Página Siete, declaró que si la derrota que sufrió el MAS en las primeras elecciones judiciales y en las subnacionales de 2015 servía para que el gobierno aprendiera a ser más pluralista, “entonces el batacazo ha sido en buena hora”, que “la derrota electoral sea una llamada de atención para rectificar”.

A Evo no le gustó que hablara de derrota. “Mi padre Albó no puede mentir, no puedo creer que un padre mienta (…). Yo de frente digo que hemos ganado”, declaró. Albó le respondió: “Evo tiene razón, pero yo también”, porque, efectivamente, el MAS ganó a nivel nacional, pero perdió en La Paz, El Alto y en otros municipios donde había ganado anteriormente.

No fue la única vez que aireó sus discrepancias. También le criticó haber “postergado demasiado la búsqueda de un sucesor”, dijo que el proceso de cambio “nació medio jodido en algunas cosas, aunque no tantas como ocurrió después”, y que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Nunca negó su adhesión al “proceso de cambio”, pero ha dicho que si hubiese tenido que levantar el puño izquierdo, como saludan los masistas, hubiese levantado al mismo tiempo la mano derecha con la señal de la cruz. Tras el fallo del Tribunal Constitucional que autorizó la reelección vitalicia, estuvo barajando la posibilidad de devolverle a Evo el Cóndor de los Andes, pero también llegó a la conclusión de que “aunque le devuelva diez condecoraciones, el Evo es el Evo y hace lo que le viene bien”.

Al recibir el doctorado Honoris Causa de la Universidad de San Andrés, dijo que prefiere mil veces hacer lo que hace, “en lugar de perder el tiempo en cosas burocráticas”, porque “más vale morir viviendo que vivir muriendo”.  Así se las gasta este cura “librepensante”, “especialista en patios traseros del continente”.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 22 de septiembre de 2019