La valija, de Amalia Decker*

En el breve texto que me solicitó Amalia para la contratapa de su libro, recordé, a propósito del título, una frase de Ernest Hemingway, quien dijo alguna vez que vivimos esta vida como si llevásemos otra en la maleta. Recordé también a ese gran poeta popular que es Joaquín Sabina, quien evoca en una de sus canciones a aquellas mujeres que transitan por la vida con “maletas cargadas de lluvia”.

Dando la razón a Hemingway, escribí en ese breve texto que Amalia lleva muchas vidas en la valija que la acompaña en su errar por el mundo, y como las mujeres de Sabina, que arrastran maletas cargadas de lluvia, Amalia deja caer gotas cargadas de bellas palabras y voces maravillosas.

La Valija, la obra con la que Amalia debuta en el género del cuento, está integrada por 21 relatos breves, distribuidos en cuatro libros. Sus títulos sugieren una diversidad temática sin ligazón aparente alguna, cuentos que muy bien podrían tener una vida independiente como textos autónomos. Sin embargo, la disparidad es solo aparente, como en toda ficción.

Y son los propios personajes los que nos dan la pauta. Amalia nos ofrece, como también escribí, voces maravillosas, colmadas de amor y de pasión, pero sobre todo de nostalgia, una nostalgia por mundos que ella añora pero que no acaban de llegar; mundos que ella los inventa, una y otra vez, en la búsqueda de ese mundo que quisiera para ella y para los demás.

Como las “mujeres de ojos grandes” de Ángeles Mastretta, los personajes de Amalia Decker no llevan otro equipaje que la ilusión y el futuro.

Una valija no solo sugiere viajes. Evoca también al baúl del viejo desván, donde aparcamos cosas que creemos inútiles y que recobran valor cuando las desempolvamos. Baúles como la memoria, que guardan recuerdos que nos servirán con el tiempo para recuperar el pasado, pero también para perfilar el futuro.

Son los “guardados” de los que nos habla Amalia, los “guardaditos” que van conformando nuestra experiencia vital, nuestra propia existencia, para bien y para mal.

Son, pues, los recuerdos rescatados de esa valija los que dan vida a los personajes. Y son esos personajes, en su transitar por la vida, los que dan unidad al volumen.

Según un refrán popular, “solo los que vagan encuentran nuevos caminos”. Es lo que ha hecho Amalia en su vagar por el mundo con su valija a cuestas, buscar nuevos caminos, como lo hacen sus personajes, para dar razón a quien dijo que “no todos los que deambulan están perdidos”. 

“Entre el ensueño y la pesadilla voy en busca del abrazo cálido de la ciudad que yo deseo”, dice uno de ellos, en una frase que refleja muy bien la añoranza de Amalia por ese mundo que no acaba de llegar, pero que ella lo inventa, una y otra vez, como todo hacedor de utopías, “con asombro y con miedo”, en un caminar titubeante.

Su recorrido, nos dice la autora en la presentación, fue “lleno de obstáculos, de desaciertos, de amores, de pasiones, de pérdidas y de dolor”, experiencias con las que fue llenando su valija. “Sentí  que había muerto para volver a nacer y así contarle al mundo estas historias”.

Es tal vez el libro primero, titulado “Pasados por el tamiz del tiempo”, el que mejor refleja esas historias, las que nacen de su experiencia guerrillera, historias de las que Amalia dice que “estuvieron encarceladas en la valija de su memoria por una falsa lealtad”.

En los cinco cuentos, la autora dialoga con Marcela, que no es otra que su alter ego. Es, pues, un diálogo consigo misma.

Obviamente, no estamos hablando de literatura política, entre comillas, pero sí de la reflexión que cabe en toda ficción. En este sentido, sí podemos hablar de un ajuste de cuentas con el pasado, porque, como dice la interlocutora de Marcela,  no es posible dejar la mente en blanco eternamente.

Marcela dice que ha corrido mucha agua bajo el puente, pero que no sabe cuánto más tiene que llover para borrar ese pasado que le ha dejado una huella indeleble, una militancia que describe como un “viaje de naufragios que le robaron los sueños juveniles”.

“Creíamos que éramos invencibles… Y en realidad, ya estábamos vencidos”, dice Marcela en su severa autocrítica.

No hay frustraciones que no generen utopías ni utopías que no terminen en frustraciones.

Y los textos reflejan el desencanto que sufre la protagonista, es decir Amalia, de su experiencia en la Cuba revolucionaria, la Cuba que para mi generación y la generación de Amalia era el faro que iluminaba el futuro colectivo.

Marcela, como todos los jóvenes de entonces, imaginaba que las enormes palmeras de La Habana eran mujeres preñadas que se mecían al ritmo suave de un son cubano.

Si las historias del libro primero estuvieron “encarceladas” en la valija de su memoria por una “falsa lealtad”, las historias de los otros tres libros son producto, como dice su autora, del “libre albedrío”, que le ha permitido imaginarlas e inventarlas, durante esas horas, como dice una de sus protagonistas, que “se disuelven solas o por inercia”.

Son las querencias de hombres y mujeres que caminan por las calles buscando el rostro o el olor del ser querido, para dar la razón a Pablo Neruda cuando decía que el amor es más corto que el olvido.

Todos sabemos que el «desamor” no existe, porque no se puede «desquerer”, como no se puede desandar un camino, aunque se retorne por el mismo sendero.

Los caminos son de ida y vuelta, es cierto, pero siguen siendo los mismos, solo que vistos desde perspectivas diferentes. El desamor, si existe, es la otra cara del amor o, si se quiere, la cal viva que suele repartir el destino por cada porción de arena que ofrece  a lo largo de la vida.

Los personajes de Amalia, los malqueridos y los bienamados, recorren ese camino, algunos de ida, otros de vuelta, sintiendo, como dice uno de ellos, que no hay tierra debajo de sus pies.

No hay amor sin pasión, y no hay pasión sin deseo sensual, el que regala el placer de los cuerpos en la entrega incondicional a través de la imaginación y la fantasía. Los personajes de Querencias se entregan al juego erótico en pasajes que marcan una de las características de los relatos del tercer libro del volumen.

Es el caso del juego amoroso de Valentina y Joaquín en la mecedora de la abuela, donde los jóvenes amantes disfrutan sus encuentros clandestinos, espiados por la prima de Valentina.

“A ella también le gustaba que los espiara”, dice la fisgona. “Mientras los miraba amándose, mi cuerpo entero se erizaba… No solo me gustaba verlos sino sentir esa extraña sensación de cosquillo que me invadía en todo el cuerpo”, apunta la protagonista silenciosa de las citas amatorias.

O como Inés, que conduce  paso a paso a su joven amante, Sebastián, por “el túnel de la pasión”.

El Edén es el sueño y la metáfora de la búsqueda de la riqueza y la realización personal––utopía al fin– a  través de códigos y caminos del narcotráfico, personajes  que diseñan su propio destino y llevan la vida marcada para siempre, de la que solo se puede salir con las botas por delante.

Es la mirada piadosa y adolorida de mujeres, como Eva, la Princesa del Edén, que pagan con su cuerpo y en metal  los favores de los hombres del poder, de mujeres que terminan cediendo por las buenas o por las malas.

Los cinco cuentos de Inventando ciudades son, para mi gusto, los mejor logrados, los más íntimos y por ello mismo, las más reflexivos, escritos con la maestría de las mejores narradoras.

Son textos, como ella misma dice, que le permitieron transitar entre la nostalgia y la imaginación, volar y descubrir en los pliegues de su memoria el eco de los recuerdos y encontrar los rumores esenciales de la vida.

Los títulos de cada uno de ellos nos anticipan la poesía de su contenido: el rumor de vida, las voces del viento, el polvo de las hadas, la sinfonía de la vida.

Me quedo con el párrafo de unos de los textos: “Mis pies caminan en un camino ajeno, como si todo concluyera  paradójicamente en una ciudad de extrañas pretensiones. Es un laberinto de espejos donde a pesar de buscarme no me encuentro”.

Es una bella metáfora de su búsqueda permanente, de su incesante persecución de utopías y del impulso que la empuja a inventar los mundos que añora.

*Texto leído en la presentación del libro de cuentos La valija. La Paz, 14 de julio de 2022.-

El debut literario de Juan Carlos Salazar

Por Sandro D. Velarde Vargas

Figuraciones, el libro de cuentos de Juan Carlos Salazar abre el tránsito del periodista al prosista, que mediante sus escritos nos transporta a la exquisita poética de los grandes narradores universales que, con gran maestría, empaparon de arte la literatura mundial: James Joyce, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Juan Rulfo.

Estos autores, que de alguna manera, influenciaron desapercibidamente en la narrativa de esta extraordinaria colección de cuentos, congregados en un hermoso libro que incluye figuras de Luis Zilveti, cumplen la misión de reforzar algunas escenas de los siete exquisitos escritos, pulcramente narrados.

El Gato Salazar, como también se lo conoce en el ámbito periodístico, nos descubre el fascinante mundo rural de las comarcas, aún impolutas de modernidad, cargadas de misterios escalofriantes y supersticiones adosadas de un mágico realismo, que, solo el ambiente mítico del mundo rural, a estas alturas casi inexistente, permite, a través del relato y la curiosidad de Casilda, viajar a los confines telúricos. Este cuento, que inicia la serie de relatos, penetra por ese mundo circular de ensalmos.

Sugerente, misterioso, lúdico; Casilda juega con la candidez del lector a la par del de la niña en flor a ser desflorada, ese incipiente despabilo de la inquieta puberta y la figura de Nabor, un sirviente manco de malos antecedentes y estampa a desconfiar, nos deja entrever esa doble visión de realidad y ficción: la del mundo de los duendes que se les aparecen a las mujeres y a los niños que “se comportan como wawas para ganarse la confianza de las imillas” y el mundo cruel y real del erguido Manco, tal cual lo describe Oscar Wilde distinguiendo el relato inventado del relato posible, cuando explica que “hay dos mundos: el que existe sin que se hable de él … y se le llama el mundo real, porque no hay necesidad de hablar de él para verlo, y el otro el mundo del arte, del que es preciso hablar, pues sin ello no existiría”.

Esos dos mundos es por donde ha transitado Salazar en sus relatos: el mundo real “objetivo” de la crónica periodística y el mundo de la semblanza, género poco trabajado en nuestro medio, que en su libro Semejanzas (2018) ya dejaba entrever los dotes de narrador, sobre todo los retratos periodísticos que marcaron la carrera del cronista.

Salazar, como buen editor, hace gala de su narrativa breve, empleando una ficción clara y precisa, sin trampas, fluida y exacta; donde ninguna palabra está demás. Esa economía de artilugios devuelve al género del cuento su riqueza primigenia, es como un paisaje interior donde se movilizan los personajes como entidades metafóricas, sin finalidades inmediatas y lógicas racionales, es, ese intimismo del autor el que busca alejarse de una secuencia lógica, ahí el gran acierto de la incursión de Juan Carlos en la ficción.

Los delicados zarpazos de gato, que el Gato Salazar a lo largo de sus siete cuentos distribuye a diestra y siniestra, contienen diversas estructuras narrativas, algunas diluidas en segunda persona, otras musicales y poéticas que juegan con el tiempo y las circunstancias, algunos testimonios nos hablan y al oído, otros se presentan reflexivos en torno de las utopías asesinas y retorcidas de algunos “guerrilleros” tal el caso en el cuento Aquí vive la muerte.

La narrativa y el relato paralelo, invisible en el cuento titulado ¿Acaso crees en Dios?, el mejor relato para mi gusto, camuflan pasajes bíblicos casi al estilo de Benito Pérez Galdós, rompiendo toda convencionalidad de las sacras escrituras, llevándonos por un mundo católico y caótico, de múltiples voces que laceran al protagonista, salpicándonos el terror de Jesusito, aspirante a salvador y torpe boxeador, que quiere parecerse al “Gran púas” un pugilista de cuarta, borrachín y mujeriego. Es ahí donde el humor desemboca, atenuando la vía crucis del protagonista, cercano a la pasión de las escrituras bíblicas.

Pero más que los latigazos recibidos y los baldazos de agua helada propinados por los tiras, buscando hacerle “cantar” en una asquerosa y mugrienta “chirola”, ubicada ¿quién sabe dónde?, quizá mexicana, quizá boliviana –al fin esos lugares, con sus tenebrosos y grises personajes, son iguales en el primer y el último mundo–.

Pero la que más heridas propinó durante el relato, fue la martillante voz de su madre, quien repite como una descosida, una y otra vez: ¿Acaso crees en Dios?; mientras el autor, otro gran acierto del relato, recrea su niñez y juventud con remembranzas de sus ídolos en la voz del que remeda al Nazareno, cuando se refiere a Cassius Clay pero con gracia desbordante, lleno de humor popular, que parte de una sonrisa hasta la carcajada estruendosa: “Ni qué decir de Clay (dice el protagonista). Un día lo presentaron a la prensa como el más grande y el mejor de todos los tiempos, pero ya andaba muy jodido, con el tambladerani en las manos”; o cuando cuenta la vida del mítico luchador mexicano “El Santo”, el enmascarado de plata: “Lo enterraron con la máscara puesta. Dicen que no se la quitaba nunca, ni para dormir, ni siquiera ante su mujer, que ni él se acordaba de su cara porque hasta se afeitaba con la luz apagada”.

Estas ocurrencias, muy parecidas a la realidad, además de un dominio perfecto del léxico mexicano, y de otras latitudes, donde Salazar paseó su periodismo y afinó su oído a la sensibilidad del hablar popular, confieren al relato una verosimilitud íntima casi Rulfiana.

No podía dejar al margen los acontecimientos que vivió de cerca el Gato Salazar cuando estuvo cubriendo la campaña del Che en Bolivia, imagino que a lo largo de su vida el escritor se preguntaba, además de las balas, ¿qué atravesó el cuerpo del guerrillero argentino?, ¿qué imágenes pasaban, por la mente del Che, en aquella lejana escuelita de La Higuera? El espejo, título que cierra Figuraciones nos acerca a las figuraciones confusas de identidad, de lugar y de tiempo del agónico Guevara. El reflejo del espejo representa esa mirada interior que el Che, en su agonía, ve trepidantemente pasar: “No soy yo” es la respuesta delirante que se responde mientras otros espejos reflejan, pasajes de sus múltiples identidades. Gran debut de Salazar en las letras.

https://www.paginasiete.bo/letra-siete/el-debut-literario-de-juan-carlos-salazar-NL2904953

Página Siete – 19 de junio de 2022 

“Figuraciones”, la dimensión de los asombros

Por Marcia Batista Ramos *

En este junio no quisiera dejar pasar el libro de cuentos “Figuraciones,” que está en la 23 Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra.

El escritor Juan Carlos Salazar, en su libro de cuentos “Figuraciones”, traza con precisión de relojero, el trayecto de la vida que muestra a todo momento la dimensión de los asombros, invitándonos a leerlo.

En su retina de periodista experto, se impregnaron muchas historias a lo largo de los años del ejercicio profesional, que escurrieron por su pluma de escritor en una prosa muy agradable, que atrapa. Porque el autor sabe usar las palabras necesarias y útiles, haciendo que sus letras sean sentidas y claras.

“Figuraciones” es un libro que recomiendo, porque está muy bien trabajado y abre puertas a ciertas realidades del siglo pasado, que hacen parte de nuestra historia y es necesario tenerlas presente, no desde un frío libro de historia con fechas y nombres, empero, desde la luz del alma de los personajes que la vivieron y que el escritor Juan Carlos Salazar rescató desde el pozo de los tiempos, para recordarnos que somos seres hechos de memorias.

Estoy segura que el autor de “Figuraciones” logró abrir la puerta de algún pasadizo hacia un paisaje sin murallas dónde la realidad y la ficción se funden, dejando como resultado una buena literatura.

7 de junio de 2022

*Escritora

Blog Inmediaciones – Comunicación y Periodismo

«Reminiscencias bellamente formuladas y con un estilo personalísimo»

Por Rosángela Conitzer de Echazú

Quiero empezar refiriéndome al título que se me ha esclarecido al ir leyendo el  contenido. Estas tus “figuraciones” encajan perfectamente en la psicología de la Gestalt. Esta palabra ha sido traducida con múltiples acepciones, desde forma hasta configuración, pero, después de leer tu “bitácora de vida” me parece que Figuraciones es la palabra más correcta porque abarca la figura, pero también la figuración que es una elaboración absolutamente personal de vivencias, experiencia, recuerdos, fantasías que a veces nacen del fondo de un subconsciente personal y colectivo.

Tenemos que estar agradecidos por las múltiples oportunidades y por los mundos que nos ha abierto la vida. Te ha tocado vivir en diferentes países, mentalidades distintas, compartir con tantas personas a lo largo de los años y tengo la impresión que tú no lo has tomado como algo obvio o transitorio, sino tratando de asumirlo como algo que te toca interiormente (otra vez estas palabritas ambivalentes, me toca porque es mi destino y me toca porque me llega). En este sentido es imposible tener todo presente pero hay una “digestión” de todo lo que la vida nos obliga a deglutir que es la que lleva a la sabiduría.

Con seguridad conoces el hermoso libro de Max  Scheler El saber y la cultura que sostiene que el saber son los conocimientos que adquirimos que van transformándose en cultura, cuando ya no los registramos como tales, sino luego de una elaboración personal, esta “digestión” que te menciono y que está presente en todo el libro y que es la causa esa fascinación que atrapa.

Has tenido la suerte de vivir muchos acontecimientos, en varios países, compartir con personas tan variopintas, afines o absolutamente distintas y todo esto  lo ha ido asumiendo conscientemente o sin darte cuenta. Gracias a todo ello han visto a la luz estos cuentos, que en realidad son reminiscencias bellamente formuladas y con un estilo personalísimo que es siempre un gran mérito en el buen escritor.

Esto por un lado, por el otro, nos transmite una serie de circunstancias para nosotros extrañas e ignoradas, incluso palabras y modismos que nos son ajenos o que reconocemos pero no usamos. Esto es también enriquecedor.

Quiero mencionare una observación más. Prácticamente todos los relatos contienen expresiones que son contradictorias o parecerían serlo; sin embargo no distinta a esta contradicción es la vida de cada día, en que nuestras certezas se vuelven endebles, las dudas nos dan una amplitud  para no juzgar a la ligera y vivimos de alguna manera pendular esta dualidad en que estamos inmersos por el mismo hecho de tener tantos ingredientes en nosotros mismos; un cuerpo a veces frágil, otras que nos hacen sentir imbatibles, un alma que goza y sufre y un espíritu que busca más allá de lo que solo intuimos como existente.