Juan Bosch, entre sicuris y buscadores de oro

Juan Bosch respiró el “aire transparente, frío, limpio y seco” del altiplano boliviano, esa “vasta extensión de aplanadora soledad”, y disfrutó la luz y la paz del aire húmedo y el vuelo silencioso de los pájaros de la región amazónica, navegando por los afluentes de los grandes ríos bolivianos, el Beni y el Madre Dios.

Enamorado de la “bien querida tierra boliviana”, que lo acogió en uno de sus tantos exilios de la segunda mitad del siglo pasado, el escritor y político dominicano creía que Dios había situado el Paraíso Terrenal entre las cumbres nevadas de Los Andes y las llanuras selváticas del Amazonas y que había sembrado de oro las aguas del río Tipuani porque no tenía a la mano otro fruto prohibido.

Bosch llegó a Bolivia en abril de 1954 tras ser expulsado de Cuba, acusado de haber participado en la organización del asalto al Cuartel Moncada, encabezado por Fidel Castro, el 26 de julio de 1953. Buscó inicialmente asilo en Costa Rica, acogido por su amigo José Figueres, recién elegido presidente, pero debió abandonar el país, rumbo a La Paz, por presiones del  Chivo  (Rafael Leónidas Trujillo) y el Tacho (Anastasio Somoza), los dos dictadores que por esa época señoreaban a sus anchas en la región.

Estuvo apenas cuatro meses en Bolivia, entre abril y agosto de ese año, en plena efervescencia de la revolución del 9 de abril de 1952. Durante su estancia, recorrió el altiplano y el norte paceño, observó a su gente y sus costumbres, apuntó lo que vio y dejó constancia de sus vivencias en dos piezas literarias excepcionales, el cuento El indio Manuel Sicuri y la segunda de sus dos únicas novelas, El oro y la paz, ambientada en el Tipuani de la fiebre del oro. Pese a ser dos obras muy difundidas, traducidas a varios idiomas, son poco conocidas en Bolivia, como desapercibida pasó la estancia de su autor en La Paz.

Conocí a Bosch en una de mis primeras visitas a República Dominicana, en febrero de 1985, cuando obreros y estudiantes  protagonizaban masivas protestas contra los duros ajustes ordenados por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Lo volví a visitar en días más apacibles, en octubre de 1992, esta vez con la colega Ana María Campero, durante un receso de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Celam).

Su estudio en Santo Domingo estaba presidido por tres grandes retratos, las fotografías de Fidel Castro, Salvador Allende y Ho Chi Minh, el líder nirvietnamita que puso en jaque al ejército de Estados Unidos en los arrozales de Vietnam. “No soy comunista ni socialista, tampoco marxista, pero sí revolucionario”, quiso aclarar durante la primera entrevista, mientras los “indignados” de la época levantaban barricadas y se fajaban con la policía en las calles de la capital, en los coletazos de la “poblada de abril” que sacudió diez meses antes al país. 

Hombre afable, gran conversador, se prodigaba en sus análisis sobre la situación política regional, salpicando sus observaciones con recuerdos y anécdotas de su peregrinaje de tres décadas por el continente, donde había conocido a todos los líderes políticos de su generación. “Como están las cosas, no podemos ser otra cosa que revolucionarios, porque América Latina requiere de cambios políticos y económicos radicales, profundos y urgentes”, apuntó al aludir a sus simpatías políticas, no siempre ideológicas, tan bien reflejadas en las paredes de  su despacho.

Para entonces, cumplidos los 75 años, el blanco había borrado el gris en el corte casi militar de su cabello y hablaba con el aplomo del hombre que había dirigido el país en una de las épocas más tormentosas de su historia y sufrido la persecución, la cárcel y el exilio por defender una causa. 

“Viví a la sombra de dos intervenciones militares estadounidenses cuando todavía no había cumplido los 10 años”, recordó, en alusión las  invasiones de 1915 y 1916, a Haití y República Dominicana, los países siameses de la isla La Española, y “sufrí  la invasión de los Marines  de 1965”. Es una de las razones que apuntalaron su “antiimperialismo”, que él explicó en sendos ensayos, El Pentagonismo, sustituto del Imperialismo (1966) y El Caribe: Frontera Imperial (1970).

Bosch siempre se consideró un hombre de izquierda, influido por la revolución cubana y la amistad con Fidel Castro, quien lo condecoró con la Orden José Martí en 1988, aunque se sentía más cerca de la socialdemocracia que del socialismo. Pero, sobre todo, fue un activo militante de la lucha contra las dictaduras que asolaron la región en la segunda mitad del siglo XX, empezando por la de Rafael Trujillo, a quien combatió durante 30 años. “Viví para liberar a mi país de la dictadura”, me dijo en 1985.

Nació en La Vega hace 110 años, el 30 de junio de 1909, y murió en Santo Domingo el 1 de noviembre de 2001. Cuentista, novelista, ensayista, historiador y político, escribió dos novelas, medio centenar de cuentos y más de cien ensayos. Sus obras completas han sido recogidas en 22 volúmenes. Autor de un conocido texto sobre “el arte de escribir cuentos”, gustaba de dar cursos y talleres sobre la materia. En uno de ellos tuvo como alumno a un joven Gabriel García Márquez, quien había iniciado su tránsito del periodismo a la literatura con la publicación de La hojarasca. Años después, en 1975, le dedicaría El otoño del patriarca: “A mi maestro Juan Bosch”.

Bosch ocupó la Presidencia de la República por escasos siete meses, en 1963. Fue derrocado y exiliado el 25 de septiembre por un golpe militar alentado por la oligarquía dominicana y la jerarquía de la Iglesia católica, que lo acusaban de “comunista”, y por el gobierno de John F. Kennedy, que lo veía como una amenaza castrista.

El descontento popular por el golpe se tradujo dos años después, el 24 de abril de 1965, en una rebelión militar “constitucionalista”, encabezada por el coronel Francisco Caamaño, que exigía la restitución de Bosch. Temeroso del surgimiento de una “segunda Cuba”, el presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, ordenó –cuatro días después– la invasión del país caribeño. Más de 40.000 efectivos del Cuerpo de Marines y de la 82ª. División Aerotransportada ocuparon el territorio dominicano durante 17 meses.

En las acciones de resistencia, encabezadas por el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, asesinado en una emboscada, perdieron la vida más de un millar de dominicanos, en su mayoría civiles, y 44 soldados estadounidenses. “La invasión estadounidense fue una infamia que el pueblo dominicano jamás perdonará”, dijo Bosch.

Bosch retornó del exilio un año después, pero perdió las elecciones del 1 de julio de 1966 ante Joaquín  Balaguer. Se postuló en otras cinco ocasiones, en 1978, 1982, 1986, 1990 y 1994, y volvió a perder. En todos los casos, su organización –el Partido de la Liberación Dominicana (PLD)– denunció fraudes masivos a favor de Balaguer, el heredero del autoritarismo y prorroguismo de Trujillo.

¿Cuántas veces salió al exilio a lo largo de su vida? No llevaba la cuenta. “Creo que viví más tiempo fuera de mi país que en República Dominicana”, estimó. Durante su peregrinaje por América Latina, quiso visitar Bolivia, porque “quería conocer la revolución, de la que tanto se hablaba”, y Chile, donde entabló amistad con Salvador Allende y Pablo Neruda.

El presidente Víctor Paz Estenssoro pidió a su entonces secretario privado, Mariano Baptista Gumucio, que atendiera a Bosch, quien detentaba entonces la jefatura del Partido Revolucionario Dominicano (PRD). Sin embargo, al visitante no le interesó conocer a la clase política boliviana. “En lugar de buscar audiencias con los altos conductores del MNR, prefirió sumergirse en los barrios populares y visitar a las gentes de los pueblos del altiplano”, rememoró el escritor boliviano. 

Baptista Gumucio, con quien entabló una larga amistad, lo recuerda como “un hombre de gran prestancia física, de facciones griegas en las que algunas gotas de sangre africana habían hecho destacar un poco la nariz y los labios”, con “el pelo naturalmente rizado, corto y blanco lo que le daba todavía más nobleza a su rostro”.

Bosch publicó por primera vez El indio Manuel Sicuri en París, en 1958, en una antología en francés, Les Vingt Melleures Nouvelles de l’Amerique Latine. Escribió El oro y la paz en siete años, entre marzo de 1957 y enero de 1964, a caballo entre La Habana y Aguas Buenas de Puerto Rico, y la publicó en 1976. Cuando lo conocí, Cuentos escritos en el exilio, que incluye El indio Manuel Sicuri, estaba en la décimo tercera edición, y El oro y la paz en la sexta, sólo en la República Dominicana.

Bosch creía que Jorge Sanjinés se había inspirado en El indio Manuel Sicuri para la elaboración del guión de su ópera prima, Ukamau, filmada en 1965 y 1966. En el cuento, Sicuri persigue al cholo Jacinto Muñiz hasta darle muerte para vengar la violación de la que fue víctima su mujer, María Sisa; en la película, el indio Andrés Mayta da caza al mestizo Rosendo Ramos tras descubrir que había violado a su esposa, Sabina.

Sin embargo, el cineasta boliviano me dijo que no, que “se trata simplemente de una curiosa coincidencia argumental”, ya que el guionista de la película, el escritor y cuentista Óscar Cacho Soria, “se inspiró en una historia verdadera ocurrida en Caquiaviri hacía más de 30 años”. 

Cuando le pregunté a Bosch por qué eligió escenarios y personajes bolivianos para su cuento y su novela, siendo que casi toda su obra literaria está exclusivamente ambientada en el Caribe, dijo que se había sentido impresionado por el paisaje geográfico y humano del país, donde escuchó por primera vez la música “profunda, melancólica y entrañable” del sicuri. “Bolivia es, en sí misma, una gran novela, una hermosa novela, y su pueblo, estoico y valiente, una verdadera leyenda”, resumió.

(Dibujo de Marcos Loayza)

Página Siete –  31 de marzo de 2019

Una oración para Kit

Alberto Bailey Gutiérrez era conocido como Kit, con T, diminutivo de su segundo nombre de pila, Kittredge, pero la mayoría de sus amigos y colegas se referían a él como Kid, con D, probablemente porque desconocía el origen del apelativo o simplemente porque Kid cuadraba más y mejor con su talante juvenil y su expresión de niño travieso. Si algo caracterizaba a Alberto Kittredge Bailey Gutiérrez era la alegría y la vitalidad con que enfrentaba los desafíos que le deparaba la vida.

Kit fue uno de los pilares de esa gran escuela de ética y buen periodismo que fue el diario católico Presencia. Codirigió el periódico con otro maestro, el legendario Huáscar Cajías, con quien formó a los mejores periodistas de su época, y fue uno de sus impulsores y constructores, junto con otros periodistas de fuste, también  miembros de esta institución, como Alfonso Prudencio Claure (Paulovich), Armando Mariaca y Juan Quirós.

Lo conocí cuando me iniciaba en el periodismo, a mediados de los 60. Yo  no había cumplido los 20 años y me acerqué a él con el temor del principiante, porque él ya era una leyenda en la familia periodística. Me impresionó su rostro amable y su mirada dulce, su ternura en el trato. Tras el primer intercambio de palabras, yo ya lo estaba tuteando, no por falta de respeto –en esa época éramos muy cuidadosos de las formas–, sino por el efecto que transmitía su presencia y su conversación.

Salí de la vieja redacción de Presencia, ubicada en la Mariscal Santa Cruz y la calle Colón, con la imagen que se forjaban todas las personas que hablaban con él por primera vez: la de un hombre entrañable, bondadoso y transparente; la del colega que dejaba caer enseñanzas sin presumir de maestro, porque eso es lo que fue para los periodistas de mi generación, un verdadero maestro, en una época en que no había escuelas de periodismo, cuando el oficio se aprendía en las redacciones de los medios.

Cuando asumió el Ministerio de Información y Cultura del gobierno de Alfredo Ovando Candia, tuve la oportunidad de conocerlo mejor. Por amistad, pero también por afinidad política. Con un grupo de periodistas, entre quienes recuerdo a Jaime Humérez, José Luis Alcázar, Víctor Hugo Junior Carvajal y Andrés Chichi Soliz Rada, nos sumamos a su proyecto y nos convertimos en su equipo de trabajo.

Kit era una usina de ideas, una verdadera fábrica de iniciativas. Incansable, trabajaba 20 horas al día. Siempre fue así, no solo en el trabajo político que le tocó realizar en su efímero pero trascendental paso por el gobierno. Si algo le caracterizaba era la alegría desbordante y el entusiasmo contagioso con el que emprendía sus proyectos, grandes o pequeños, en una actitud que convencía y arrastraba hasta al más escéptico. 

Así lo recuerdan sus compañeros de Presencia. Para él no había imposibles. ¿Cómo que no hay dinero para papel?, preguntaba ante las dificultades que enfrentaba el periódico para sacar la edición diaria. Sin perder el tiempo en lamentaciones, se ponía manos a la obra y antes de la hora de cierre aparecía con las resmas necesarias para imprimir el diario. ¿Cómo lo hacía? Nadie lo sabe, tal vez sacrificando los ingresos familiares o empeñando su palabra.

Como bien dice José Luis Alcázar, quien trabajó con él en Presencia,  fue uno de los mejores maestros de periodismo a que un novato podía aspirar, envidia de cualquier cátedra de Comunicación Social; un maestro que se daba a la tarea de revisar todos y cada uno de los textos de sus reporteros para producir una edición impecable, y que nunca les reclamaba de mala manera por los errores cometidos.

Nació en La Paz  el 17 de diciembre de 1929. Licenciado en Letras y Humanidades Clásicas en Córdoba, Argentina, y Filosofía en Barcelona, realizó estudios de posgrado en Ciencias Sociales, en Oxford, y Periodismo, en Nueva York y París. Enseñó Filosofía y Sociología en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) de La Paz y Periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es autor de Franz Tamayo: mito y tragediaHoracio: dos mil años de actualidadTiempo y muerte en la «Ilíada».

Días antes de su fallecimiento, el 31 de enero de 2019, entregué a la imprenta la historia del diario Presencia, un libro publicado por la Fundación Para el Periodismo que pretende rescatar esa maravillosa experiencia que fue el diario católico. Y, claro, en las semanas precedentes me tocó revisar los testimonios de esos pioneros, maestros del buen periodismo, y refrescar en la memoria la aventura de ese grupo de idealistas; recordar su lucha por la democracia, su lucha contra la corrupción, su lucha por la libertad de expresión en los peores momentos de la segunda mitad del siglo pasado, su lucha por la justicia social y, en fin, su incansable labor por dignificar al periodismo boliviano.

Entre los artículos que rescaté encontré uno que refleja muy bien el pensamiento de Kit. Lo publicó en febrero de 1992, con motivo del 40 aniversario del periódico, bajo el sugestivo título de: Sobre viejas virtudes olvidadas. Un cuarto de siglo después, ese texto mantiene plena vigencia.

Alberto lamentaba en él la falta de apego a principios que deberían ser permanentes e incambiables, como el culto a la verdad, la lealtad, la solidaridad, el respeto a la jerarquía de los valores que privilegia el servicio a los demás, es decir al país y a la sociedad, y la actitud que aquilata la calidad humana por encima de las palabras huecas.

Deploraba también el sentido caprichoso y subjetivo con que se difunde la verdad, la verdad política y cotidiana, distorsionada por el culto a la imagen; la verdad que es sustituida por los símbolos y la manipulación informativa, y criticaba a los grandes intereses que no presentan ni venden realidades, sino mitos disfrazados, alejados de la verdad.

En esa época no se hablaba de “posverdades”, pero Kit ya las señalaba como un mal a combatir. Y decía textualmente: “La solidaridad y el sentido de la justicia social han desaparecido de la biblia de los políticos, que acaparan el poder y el hacer, sustituyendo al hombre real que ha hecho la obra material y la cultura, y que la sigue haciendo en medio de penurias y sobrevivencia”.

Cuando recibió el Premio Nacional de Periodismo, en diciembre de 2001, recordó a Heráclito de Éfeso, quien, contra el pensamiento filosófico de su época que concebía el mundo como algo estático, eterno e inamovible, sostenía que el cambio es el motor del mundo y que el devenir es la esencia de las cosas: Todo fluye, todo muta, nada es permanente.

Efectivamente, decía Kit, todo fluye, que el mundo cambia, que las sociedades cambian, y que los mismos medios han cambiado de manera espectacular con la revolución tecnológica.

Testigo de esos cambios, del vertiginoso paso del telégrafo Morse al Internet, Alberto sostenía, sin embargo, que nuestra profesión no ha cambiado ni podía cambiar con la computadora y los celulares, pese a que el cambio es la materia prima del periodismo, porque, en medio del continuo cambio hay algo permanente que da unidad a la visión del mundo, una base sólida de elementos permanentes  y principios que no podemos dejar que se pierdan como el viento.

Si hay algo que debe permanecer –sostenía– son los principios éticos que nos rigen, los fundamentos que guían nuestro trabajo diario, a los que no es posible renunciar porque son la garantía que tiene la sociedad para acceder a una información libre e independiente. “En los principios, en la filosofía que guía la vida y la responsabilidad del periodista, no hay lugar al retroceso ni puede ponerse al vaivén del mercado”, afirmó en esa ocasión.

En una de las últimas entrevistas que concedió a un medio paceño, dijo que la prensa boliviana está viviendo tiempos difíciles, “colmados de amenazas y amedrentamientos a periodistas y medios de comunicación”, como resultado de «una política de confrontación y denigración del periodismo» promovida desde el poder.


Recordó que la lucha por la vigencia plena de la libertad de expresión en Bolivia «nunca ha sido fácil», ya que «ningún gobierno es feliz con las críticas, señalamientos de errores y condena, a través del periodismo, de actos de corrupción que cometen». «Los gobiernos democráticos aceptan y respetan ese derecho ciudadano fundamental y los no democráticos y proclives al autoritarismo no toleran su fiscalización que la consideran un obstáculo para gobernar», subrayó.

La vida me dio la oportunidad de conocer y contar con la amistad de tres grandes hombres, tres grandes periodistas, del siglo XX boliviano: Marcelo Quiroga Santa Cruz, René Zavaleta Mercado y Alberto Bailey Gutiérrez, pero fue Kit al que más cercano me sentí en el quehacer periodístico y del que más lecciones aprendí y mayor apoyo recibí durante mi carrera profesional. Nunca olvidaré sus llamadas telefónicas de aliento después de cada ataque gubernamental –que fueron muchos– cuando dirigía el diario Página Siete.

Alberto era un hombre comprometido con su país y con su tiempo. Cuando juzgó que el compromiso que ejercía desde el periodismo debía llevarlo a la práctica, como única manera de ver realizados sus ideales, fue consecuente, con todos los riesgos que implicaba semejante paso. 

No eludió la responsabilidad política –y ética– del tiempo que le tocó vivir. La historia juzga a los hombres por las consecuencias de sus actos, pero también por el coraje con el que enfrentan los desafíos que les presenta la vida.

Dejó un gran legado al periodismo boliviano, no solo como ejemplo de práctica de un periodismo de excelencia, sino –y sobre todo– como ejemplo de ejercicio ético de un oficio nacido para servir a la sociedad, porque, como él mismo sostenía, el mundo ha cambiado, pero las aspiraciones de justicia y libertad del hombre siguen siendo las mismas; porque la vocación de servicio al país, el derecho de todos a la información libre e independiente y la obligación que tenemos los periodistas de suministrarla al margen de presiones y amenazas, permanecen y no pueden caducar.

Lo resumió muy bien en el discurso que pronunció al recibir el Premio Nacional de Periodismo: “La democracia como bien irrenunciable de la convivencia –dijo en esa ocasión– tiene que ser firmemente defendida. Los derechos ciudadanos no pueden conculcarse. No estamos al servicio de grupos de poder político o económico sino al servicio del país y en todo caso al de los menos favorecidos de la sociedad. La ley es para todos y es preciso cumplirla. La búsqueda de la verdad insobornable es un mandamiento para nosotros”.

Periodista, escritor, sociólogo, cientista político, filósofo, académico y gestor cultural, Alberto Bailey (1929-2019) fue ante todo un humanista, que, como todo hombre forjado en un ambiente de sólidos principios éticos y morales, sabía que los hombres no somos seres pasajeros, sino que venimos al mundo para dar testimonio. Y es lo que él hizo a lo largo de toda su vida: dar testimonio de sus ideas, de sus creencias y de sus convicciones.

Lo hizo no solo desde el periodismo y la cátedra, sino desde el ejemplo del quehacer diario, aunque fue en el periodismo donde ejerció y desplegó su magisterio. Como Alejo Carpentier, pensaba que el periodismo es una “maravillosa escuela de vida», y como Arthur Miller, que “un buen periódico es una nación hablándose a sí misma”.

(Palabras pronunciadas por el autor en el funeral del periodista Alberto Bailey Gutiérrez, fallecido el 31 de enero de 2019).

Jaime Laredo, el héroe del violín

Tiene un apellido musical, predestinado, compuesto por las sílabas de tres notas del pentagrama: La-Re-Do.  Sílabas y notas que él las considera de buena suerte. Fue un concierto en re menor, el Opus 47 de Sibelius, el que le abrió las puertas del cielo.

“Has tocado como un ángel”,  le dijo el director de la Orquesta de Bruselas, Franz André, el día de su consagración, hace 60 años.  “Es el más feliz de mi vida”, le respondió. Jaime Laredo todavía no lo sabía, pero lo presentía. Acababa de ganar con un Stradivarius prestado el más importante concurso internacional de música.

Tenía 17 años cuando se embarcó en Filadelfia rumbo a Bruselas, el 25 de abril de 1959, para participar en el Concurso Internacional Reina Isabel de Bélgica, el campeonato mundial de la música clásica. Era el más joven de los ochenta y tantos concursantes de 15 países. 

Llevaba una valija con más ilusiones que prendas de vestir. Su madre le había prendido dentro del bolsillo izquierdo de su único terno azul dos medallas, una de la Virgen y otra de su Cochabamba natal. Quería que las llevara junto a su corazón a manera de amuletos durante la difícil competencia. “Dios y tu Patria te inspiren”, le dijo en el aeropuerto al momento de darle su bendición. 

Laredo era entonces un desconocido para el gran público y, por supuesto, para la mayoría de los bolivianos, aunque ya había captado la atención y admiración de los críticos que siguieron sus actuaciones previas en Estados Unidos, donde se formó desde los siete años.  “Si él no es el vencedor, yo quisiera escuchar al violinista que lo pueda superar”, declaró días antes del concurso el conocido crítico estadounidense Paul Hume.

Bolivia estalló en júbilo cuando el jurado –integrado entre otros por los famosos violinistas Yehudi Menuhin, Zino Francescatti y David Oistrakh– anunció su veredicto en la madrugada del 31 de mayo de 1959, después de tres semanas de competencia. El violinista cochabambino era el primer latinoamericano –y el único hasta ahora– que ganaba el concurso, imponiéndose en la ronda final a los rusos Albert Markov, Vladimir Malinin y Boris Kouniev y al estadounidense Joseph Silverstein.

La crítica mundial se rindió a sus pies. El diario The Washington Post elogió el “tono prodigioso, fuerte y puro, más suave que el terciopelo”, de sus ejecuciones, y The New York Times atribuyó su genio al “patrimonio musical de su fascinante y montañoso país”. “Tiene todo lo que necesita un virtuoso violinista. Pero él tiene más que eso. Es un violinista de profunda musicalidad”, resumió a su vez The New Yorker.

Seis meses después de su triunfo, el 12 de diciembre, una multitud lo recibió en La Paz como a un héroe. Cientos de miles de personas formaron una cadena humana desde el aeropuerto de El Alto hasta su alojamiento en el Prado y otros miles abarrotaron el Teatro al Aire Libre –que recibió su nombre– y el estadio Hernando Siles, donde corearon al unísono las tres sílabas que identificaban al artista: “¡La-Re-Do!”, un grito que resonó en las graderías mucho antes de que se hiciera popular otra consigna silábica, la de los grandes triunfos deportivos: “¡Bo, Bo, Bo-Li, Li, Li-Via, Via, Via!”.

Cuando Laredo apareció en la puerta del avión, la multitud entonó espontáneamente el himno nacional. La gente se desbordó  al verlo. Todos querían llegar hasta él para estrechar la mano que pulsó el violín. Trasladado en hombros, el séquito tardó 15 minutos en recorrer los 50 metros que separaban la escalerilla del auto presidencial.

El entonces joven reportero cultural Mario Castro recuerda cómo fue levantado en vilo cuando la multitud rodeó al avión para abrazar al artista. “Todo era alegría, aglomeración, las calles alfombradas de flores”, rememoró.  Al fin y al cabo, como diría el entonces presidente Hernán Siles Zuazo, quien había declarado “Día de regocijo nacional” con cierre de oficinas públicas y privadas, era “el primer galardón artístico de magnitud mundial para Bolivia”.

Abrumado,  porque no se esperaba semejante recibimiento, el joven talento sólo atinó a balbucear: “Me siento intensamente emocionado. Estoy encantado de volver a mi tierra. Esto me causa una enorme felicidad”. Con la emoción, olvidó leer el discurso que traía en el bolsillo.

Para entonces, los bolivianos ya eran “expertos” en el tema y hablaban con naturalidad de los movimientos que se podían lograr con el arco y las cuerdas, como el pizzicato, el trémolo o el vibrato, y obviamente estaban al tanto de que un luthier italiano, Antonio Stradivari, había fabricado en el siglo XVII más de 1.200 violines, los más famosos del mundo, entre ellos el que utilizó Laredo en Bruselas. 

Un “Comité Pro Jaime Laredo” recaudó 5.000 dólares en una colecta popular para regalarle “un violín digno de su talento”, mientras que el presidente Siles Zuazo le entregó un cheque por 10.000 dólares como parte de una contribución estatal de 40.000 dólares, con el mismo fin. 

Jaime nació en Cochabamba el 7 de junio de 1941, hijo de Eduardo Laredo, músico, pintor y poeta, director de la Academia de Música Man Césped, y de Elena Unzueta, perteneciente también a una familia de poetas y pintores, quienes cultivaron en su hijo el amor al arte desde pequeño. Era el menor de tres hermanos. Su padrino de bautizo fue el pianista Genaro Sáenz Rivero, uno de los primeros en descubrir el talento de su ahijado.

Según uno de sus biógrafos, Enrique Dorella, llegó al mundo el mismo día en que el violinista vienés Freddy Wang y el pianista chileno Arnaldo Tapia Caballero ofrecían un concierto en Cochabamba. Ambos habían hecho amistad con los Laredo. Enterados del nacimiento, Tapia Caballero le dijo a la madre: “Que sea pianista”, pero Wang intervino: “No, tiene que ser violinista”. 

A sus cuatro años ya distinguía los “puntitos negros” que “subían y bajaban” en el pentagrama, y a los seis cosechó sus primeros aplausos al interpretar Noche de Paz en la fiesta familiar navideña. Como escribió Franklin Anaya Arze, otro de sus biógrafos, para Jaime, “reconocer un si bemol no era más complicado que poner mantequilla sobre el pan, y tocar las lecciones de su primer maestro de violín, Carlos Flamini, un juego habitual”.  Fue precisamente Flamini quien, al percatarse del gran talento de su alumno, recomendó a sus padres llevarlo a Estados Unidos.

Haciendo un gran sacrificio económico, los Laredo se mudaron a California en 1948. Jaime tomó clases en San Francisco con Antonio de Grassiy Frank Houser. A los siete años, ofreció un concierto organizado por el Rotary Club de la ciudad; a los ocho, otro con la Orquesta Sinfónica de San Francisco, presentado por la Crocker Art Galery de Sacramento. Para entonces ya era conocido como “el niño prodigio boliviano”. Al compararlo con otros talentosos violinistas infantiles que habían debutado en el mismo escenario, el diario The San Francisco Examiner comentó: “En la década de 1920 fue Yehudi Menuhin, en la década de 1930 fue Isaac Stern y anoche fue Jaime Laredo”. 

Por recomendación de Houser y de Grassi, los Laredo se trasladaron a Cleveland en 1953, a fin de que Jaime pudiera continuar su formación bajo la dirección de Josef Gingold. Fue Gingold quien le sugirió ingresar al Instituto de Música Curtis de Filadelfia para estudiar bajo la dirección del maestro ruso-armenio Iván Galamian, a quien consideraba el maestro “más grande del mundo”. Y fue Galamian quien le recomendó postularse para el concurso de Bruselas.

Dos meses antes de su triunfo en Bruselas, Laredo ganó un concurso juvenil organizado por la Orquesta de Filadelfia, gracias al cual logró un primer contrato para debutar en el Carnegie Hall, actuación que se concretó en octubre de 1960. Cuando llegó a la capital belga, ya se sentía un ganador. Había recibido su título in absentia del Instituto Curtis y tenía en el bolsillo el contrato para actuar en la más ilustre sala de conciertos de Manhattan.

Llegó a Bruselas armado del famoso violín Stradivarius conocido por el nombre de El Emperador, fabricado en 1715 y valuado entonces en 300 mil  dólares, que le facilitó la Fundación John Phipps de Nueva York.  El 5 de mayo asistió al sorteo para la primera ronda del concurso, consistente en tres pruebas de dificultad técnica progresiva. Debutó el  9. A los tres días, supo que se encontraba entre los 24 semifinalistas. Terminada la ronda semifinal, el 16 de mayo envió un telegrama a su familia: “¡Hurra! Soy finalista”.

Tuvo sólo ocho días para estudiar y memorizar el concierto inédito del francés Darius Milhaud, escrito expresamente para la final de la competencia. La partitura, de más de 50 páginas, era desconocida para los concursantes, quienes, además, debieron ejecutarla sin previo ensayo.

Incomunicado en la Capilla Musical de la Reina, junto a los otros 11 finalistas, Jaime se mostraba asustado.

“Martita –le escribió a su hermana–, no tienes ni la menor idea de lo que estoy pasando. He llegado a un punto en que creo que ya ni nervios ya tengo. (…) Este concierto que estamos aprendiendo es increíblemente difícil. Nunca he visto una obra de música más intricada e imposible de comprender su sentido para poder interpretarla”.

Además de la obra inédita, los concursantes debían ejecutar varias piezas sueltas y un concierto de su repertorio. Laredo interpretó seis danzas rumanas de B. Bartok y el concierto en re menor de Sibelius. Un prolongado aplauso coronó la actuación del boliviano. “Al fin hemos oído este concierto como debe ser tocado”, le dijo el director de la Orquesta Sinfónica, Franz André, refiriéndose a la obra de Milhaud.

A la 1:15 de la madrugada del 30 de mayo, el presidente del concurso, Marcel Cuvalir, dio a conocer el fallo: “¡Jame Laredo de Bolivia!”. Rompiendo el protocolo, Jaime se lanzó a los brazos de su maestro, Iván Galamian, a quien abrazó y besó. “Este es el día más feliz de mi vida”, le dijo con lágrimas en los ojos. “¡Viva Bolivia!”. Una semana después cumplió 18 años.

No fue el único galardón. Convertido en uno de los violinistas más importantes de la segunda mitad del siglo XX, conquistó también los premios Deutsche Schallplatten y Gramophone. Es el único boliviano que ganó un Grammy, en 1992, a la Mejor Música de Cámara. 

Cuando partió rumbo a Bruselas para participar en el concurso, su madre le entregó un álbum que contenía las fotos y recortes de prensa de su novel carrera. La última página estaba en blanco. Jaime entendió lo que eso significaba. A su retorno, lo primero que hizo fue decirle: “Ahora completa el álbum. Gracias a Dios que no arruiné esas últimas hojas que parecían esperar esto”. Él

había cumplido su parte.

(Dibujo de Marcos Loayza)Página Siete –  10 de marzo de 2019

Paulovich , un humorista en un país de “caras largas y jetas caídas”

Paulovich, alias Alfonso Prudencio Claure, ha llegado a la conclusión de que Bolivia es un país de “tontos solemnes y levudos”, de “caras largas y jetas caídas”, que han perdido el sentido del humor. O que nunca lo han tenido. Ni qué decir de los políticos bolivianos, en quienes, a su juicio, prevalece un “sentimiento trágico de la vida”, empeñados como están en recordar a las víctimas y mártires de las revoluciones y hechos de sangre que saturan el calendario patrio.

Pese a ello, no le fue difícil hacer humor durante 60 años, gracias a que Bolivia –un “typical país”, como lo define en uno de sus libros– “es un país chistoso, pintoresco, como la fiesta del Gran Poder”, un lugar donde la “fauna política” no cambia, “se reproduce en el tiempo”, donde “los políticos son muy parecidos y puedes compararlos uno con otro a lo largo de los años…”

Y también, como afirma su amigo y colega Pedro Shimose, porque “desde pequeñito ha oído demasiados discursos, ha olido demasiada podredumbre, ha visto demasiados golpes de Estado, demasiadas ‘revoluciones’, demasiados referendos y demasiados ‘cambios’ al estilo del Gatopardo, ese príncipe italiano que decía que “algo debe cambiar para que todo siga igual”.

Nacido en La Paz el 27 de agosto de 1927, Paulino Huanca, como dice llamarse en tiempos del “proceso de cambio”, fue fundador de Presencia, donde realizó prácticamente toda su carrera profesional. Salió bachiller del colegio San Calixto y en 1953 ganó una beca para estudiar en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid. Fue el primer periodista boliviano con título universitario. Es miembro de la Academia Boliviana de la Lengua y ha recibido el Premio Nacional de Periodismo en 1999 y el Premio Libertad de la Asociación Nacional de la Prensa en 2008.

Periodista de vocación, escritor de oficio, funcionario público circunstancial y político de ocasión como diputado, concejal y diplomático, siguió la vida política nacional “de frente y de perfil” y ha sido un testigo privilegiado de la historia boliviana de la última mitad del siglo XX y de los primeros lustros del XXI.

Solía decir que sus gustos están repartidos entre las novelas de Graham Greene, la música de Fermín Barrionuevo, la pintura de Goya, el fútbol del Bolívar, la poesía de Pablo Neruda y algunas flores, como las camelias, “siempre y cuando no tengan joroba”, y algunos pájaros, como los pichones, “que los sirven muy bien en Cochabamba”.

Todos lo conocen por su columna humorística La noticia de perfil y por algunos de sus diez libros, como Bolivia, Typical país (1960), Rosca, rosca, ¿qué andas haciendo? (1961), Cuán verde era mi tía (1966), Conversaciones en el motel (1976) y El diccionario del cholo ilustrado (1978), entre otros, que su autor define como “obras hualaychas”.

Pese a la ceguera que le afectó en los últimos años de su vida, escribió su columna tres veces a la semana durante seis décadas. Dejó de hacerlo al acercarse a los 90 años. Como odia a los “dictadores”, nunca dictó sus artículos a nadie. Prefería escribirlos él mismo en su vieja máquina mecánica Olivetti, textos que eran transcritos posteriormente a la computadora por uno de sus nietos para ser enviados a los periódicos. A ojo de buen cubero, calcula que ha escrito más de 10.000 columnas.

Pero no siempre escribió en clave de humor. Mejor dicho, siempre escribió en clave de humor, pero no siempre hizo periodismo humorístico. Al inicio de su carrera, en la década  de los años 50, tenía una columna “en serio”, que él mismo describe como “romántica”, denominada “Cartas a mí mismo”, que firmaba con el seudónimo de Paulo, que años después daría origen a su “nombre de guerra”, Paulovich.

Paulo tiene la teoría de que el periodista ni nace ni se hace, sino que “se deshace” en su afán de escribir claro, conciso, preciso, fluido y directo, como manda la regla número uno de todo manual de estilo, una norma que, a su juicio, termina siendo una trituradora de las aspiraciones literarias de los jóvenes periodistas. 

Sin embargo, ese no fue su caso. Paulovich nació periodista y se hizo periodista, pero nunca se “deshizo”, porque, además de haber sido un cultor del buen escribir, incursionó con éxito en el periodismo literario. 

Muy pocos saben que en la década de los 60 publicó en Presencia Literaria  una serie de 38  semblanzas de personajes de la época bajo el título de Apariencias, ilustradas con dibujos –algo que también pocos saben– del poeta Pedro Shimose.  Los textos fueron recogidos posteriormente en un libro bajo el mismo nombre, hoy agotado (Difusión, La Paz, 1967).

Si bien ha hecho “periodismo serio” y ha ejercido el oficio desde las jefaturas de Información y Redacción de Presencia, Paulovich es reconocido como maestro del periodismo humorístico, concretamente del humor político. Shimose lo compara con Gustavo Adolfo Otero (NoloBeaz) y Wálter Montenegro (Buenavista).

Hizo humor riéndose de sí mismo y de los demás. “Yo era serio a mis 20 años, la única edad en la que un hombre puede ser serio. Pasada esa edad me di cuenta de la necesidad imperiosa de reírme”, le dijo al crítico Juan Quirós, prologuista de su libro Apariencias. Escribir en clave de humor o con humor, diría Quirós, “en un país como Bolivia, en el que abundan los tontos graves y solemnes, no deja de ser una hazaña”.

–¿Los bolivianos tenemos sentido del humor?– le preguntamos con la colega Isabel Mercado en una entrevista para Página Siete, cuando todavía estaba activo, en mayo de 2015.

–¡Qué va! Somos un país de solemnes y levudos– respondió, risueño.

–¿Y los políticos?

–¡Tampoco! Entre la gente que se mueve en el escenario político, más bien prevalece el sentimiento trágico de la vida– agregó, rematando la frase con una carcajada.

-¿Cómo es eso?

–Es que estamos recordando continuamente a nuestros héroes, a nuestras víctimas,  a nuestros mártires. Nuestro calendario está cubierto por el recuerdo de nuestras revoluciones y de  nuestros hechos de sangre…

El humorista empezó a escribir La noticia de perfil en octubre de 1958, cuando el semanario Presencia se convirtió en diario. Hasta entonces había mantenido su columna semanal Cartas a Paulo, en la que reflexionaba sobre temas políticos  y sociales de actualidad a la luz de la doctrina social de la Iglesia.

“La misión de hacer humorismo no es muy fácil; especialmente en un país de gente seria y solemne como el nuestro, donde abundan las caras largas y las jetas caídas”, escribió en Cuán verde era mi tía. Cree haber tenido éxito porque nunca recibió ni una sola paliza ni fue apresado ni exiliado a causa de sus escritos.

Fue el azote de todos los inquilinos del Palacio Quemado, con sus comentarios irónicos, sarcásticos y urticantes.

–De todos los personajes políticos sobre los cuales has escrito, ¿cuál te ha resultado más fácil?

–Con el general René Barrientos hice mucho humor. Banzer era más serio. Con el general Barrientos hice mucho humor por radio y por largo tiempo, en un programa que se llamaba Siempre en Domingo. Además, con él, había una amistad, un afecto recíproco muy grande.

–¿Y con Víctor Paz Estenssoro?

– Paz Estenssoro admitía el humor, era un hombre muy inteligente. Siempre hubo entre nosotros una mutua admiración. Le hacía chistes, pero claro tenían que ser de mucho nivel,  no tanto escribiendo como charlando.

Siendo diputado, un día me dijo: “Paulovich, no se olvide que somos un país monoproductor”. Yo le miré la cara y no le dije nada… Tenía toda la razón.

–¿Y con Sánchez de Lozada?

–Tenía fama de ser un hombre con mucho sentido del humor… Más bien era chistoso…

–¿Cuál es la diferencia?

–Al Goni le gustaba hacer chistes, pero en el fondo no creo que tomara las cosas con humor, las tomaba muy en serio.

Con Evo Morales no tuvo relación. Lo vio una sola vez, en Cochabamba, con motivo de una distinción que le hizo la Alcaldía, cuando lo nombró Cochabambino de Honor. Cruzaron un saludo y nada más. 

–Pero, ¿cómo tomaba tu humor?

–La única referencia que tengo es que alguna vez dijo a alguno de sus colaboradores: “Todos los artículos que escribe este señor Paulovich se refieren a mí… Voy a tener que cobrarle la mitad de su sueldo porque yo soy su único tema…”.

Paulovich llegó a pertenecer a la “fauna” de la que tanto se mofó cuando ganó una banca en la Cámara de Diputados como candidato del Partido Social Cristiano (PSC), a comienzos de los años 60, bajo el gobierno de Paz Estenssoro. Era la época de los fraudes electorales masivos que le permitían al Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) presumir de “victorias contundentes” con más del 90 por ciento de los votos.

Hizo una campaña humorística. Su eslogan era: “¡Movimientista, tú que puedes votar dos o tres veces, vota una vez por tu partido y otra por mí!”. La campaña fue todo un éxito, no sólo porque fue elegido, sino porque su denuncia de los mecanismos del fraude tuvo una amplia repercusión.

En una ocasión, siendo diputado, pidió la palabra para denunciar las violaciones a los derechos civiles y políticos de la oposición. Los legisladores oficialistas intentaron vanamente impedir la lectura de su discurso con silbidos y abucheos, pero Paulovich aguantó la presión. Al terminar su alocución, echó un balde de agua fría sobre la bancada movimientista al aclarar que el texto que acababa de leer no era otra cosa que un discurso que había pronunciado Paz Estenssoro años antes cuando era diputado opositor.

Dejó la política diciendo ¡nunca más! “Comprendí que había metido la pata. La política no era el camino por el que yo supiera andar”, le dijo a Quirós. Sin embargo, reincidió. En 1987 fue concejal por el partido de Banzer y posteriormente, en 1989, alcalde por tres meses, “poco tiempo para realizar algo concreto”, pero sí para ser honesto, “porque –diría en plan de broma– es poco tiempo para robar”. También fue ministro consejero de la Embajada de Bolivia en España (1969 y 1992) y delegado de la Asamblea General de las Naciones Unidas (1978). Años después admitió que nunca tuvo “dimensión política ni la ambición de un verdadero político”.

Hombre de ideas conservadoras, jamás ocultó su admiración por los generales Barrientos Ortuño y Banzer Suárez. “Yo era un poco franquista”, me confió, medio en serio y medio en broma, en una de las tantas tertulias del bar El Giorgissimo, al recordar sus años de estudiante en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid (1953-57), en plena dictadura de Francisco Franco.

De hecho, según declaró en una ocasión al diario El Deber de Santa Cruz, renunció a Presencia en 1967, el año en que estalló la guerrilla del Che Guevara en Ñancahuazú, cuando notó “una clara división en el equipo de Presencia entre la gente que apoyaba las guerrillas y la que las rechazaba”. “Me retiré del periódico con dolor”, agregó.

Fue el fundador y primer director de Presencia, Huáscar Cajías, quien lo convenció de escribir en clave de humor. Paulovich era conocido en la redacción del periódico por su ingenio y sus ocurrencias. “Tú eres el único que puede hacerlo”, le dijo Cajías. Así nació  La noticia de perfil y así nació Paulovich (“el hijo de Paulo”).

En la universidad de Madrid le habían enseñado que la utilización de la primera persona en una columna diaria termina aburriendo al lector. Por esa razón, creó una serie de personajes con quienes dialogar y dar agilidad a sus relatos. Así nacieron sus “tías”, como la entrañable Encarna, la tía Semáforo –así llamada porque “a partir de las diez de la noche nadie la respetaba”– y “la pícara y libertina” Restituta viuda de Batistuta, y sus compadres Huevastián y Pelópidas, entre otros, todos ellos metiches, criticones y politizados, siempre dispuestos a sacarles los colores a los gobernantes de turno.

Paulovich ha vivido en un mundo tierno y maravilloso, rodeado del cariño de sus tías imaginarias Encarna, Restituta viuda de Batistuta y Clotilde von Karajan Quiroga, su comadre Machaca viuda de Racacha, sus amigos cochabambinos del Ateneo Pericles y los yatiris Uayruru, Calimán y Titirico del Club Malena, de El Alto” de La Paz, escribió Shimose cuando el autor de La noticia de perfil anunció su retiro.

Según Shimose, la originalidad de Paulovich radica precisamente en su “lenguaje bolivianísimo con el que retrata a los originarios de los 36 ayllus constitucionales”. El humorista lo explicó a su modo: “Nunca pretendí ni pretendo ahora, decir cosas trascendentales. Mi único afán fue y sigue siendo el tratar de expresar lo que piensa y dice nuestra gente con referencia a los problemas que vive. Con sus mismas palabras. Con su mismo acento chungón y, a veces, sentimental”.

Para él, escribir, más que un trabajo, era una necesidad y un motivo de distracción. Alguna vez dijo que el humor le salvó de morir “por úlceras gástricas o por reventón”, pues sus pinchazos diarios le permitían desahogarse de los malos humores que le provocaba la política.

–¿Cómo ves al país, de frente y de perfil?

–De frente lo veo muy mal. Es decir, falto de instituciones, falto de una gobernanza ilustrada, inteligente, pero, por otra parte, me doy cuenta de que el país está avanzando. Pese a mi punto de vista, pese al punto de vista de los que están en contra del actual Gobierno,  se nota que el país camina. Ahora que gasta mucho para ese caminar, es verdad, que se hace demasiada propaganda por cualquier paso por pequeño que sea, también.

–¿Y de perfil?

–Chistoso, pintoresco, como la fiesta del Gran Poder. La fiesta del Gran Poder debería ser una fiesta del actual Gobierno. Por su nombre y por todo; tiene el dinero, bailan, son felices…

Así se las gasta el humorista que adoptó un seudónimo para no avergonzar a sus mayores, que tiene a “cholas, monjas, mujeres de los políticos y chicas del striptease” como sus “heroínas favoritas”, que calza 40 porque “desarrolla mucho trabajo intelectual“, y que suele despedirse de sus amigos con un cariñoso: “Dominus vobiscum, saludos Rorro”. 

(Dibujo de Marcos Loayza)

Página Siete –  3 de febrero de 2019