Tras los pasos de Papá Hemingway

Nada recuerda más la presencia de Papá Hemingway en Cuba que el célebre daiquiri que inventó en un bar de La Habana: “ron helado sin azúcar, pesado y con la copa bordeada de escarcha”, como lo describe el protagonista de una de sus novelas. O como lo sirve el Floridita: dos líneas de ron, un golpe de limón y dos raciones de hielo frappé.

Según Gabriel García Márquez, ningún escritor extranjero, mucho menos un estadounidense, dejó tantas huellas “a su paso por los sitios menos pensados” de Cuba como Ernest Hemingway, pero su colega John Dos Passos pudo haber dicho lo mismo del trajinar del autor de Fiesta y Por quién doblan las campanas por la España de la Guerra Civil y la Pamplona de los “endemoniadamente divertidos” Sanfermines.

“Amo este país y me siento como en casa”, había dicho de Cuba, donde pasó la tercera parte de su vida y donde escribió algunas de sus obras más emblemáticas. ¿Y España? Según le confesó a su amigo Francis Scott Fitzgerald, en Pamplona empezó a conocer “algo de lo que es la eternidad”.

Es cierto que Hemingway “vivió, amó y escribió en Cuba”, como me dijo la entonces directora de la casa-museo del novelista, la Finca Vigía de La Habana, Ada Rosa Alfonso Rosales, durante una entrevista con motivo del cincuentenario de su muerte; pero también es evidente, como declaró su nieto John a un diario español, que en Pamplona “encontró lo que necesitaba”, porque la semana de los Sanfermines “brinda a los hombres la oportunidad de arriesgar su vida cada mañana”.

¿No la había arriesgado en otros lugares?  Vivió como protagonista y testigo las dos guerras mundiales. Durante la primera, un explosivo estuvo a punto de quitarle la vida mientras conducía una ambulancia como voluntario (le extrajeron decenas de esquirlas de las piernas y la espalda); en la segunda, como periodista, presenció el desembarco de Normandía y la liberación de París.

Hay muchas leyendas sobre su participación en la segunda gran guerra: que comandó un grupo de milicianos de la resistencia en una aldea francesa, que fue uno de los primeros en entrar al París liberado, que “liberó” el Hotel Ritz… Lo cierto es que en 1947 fue condecorado con la Estrella de Bronce por el valor que demostró al trabajar “bajo fuego en las zonas de combate con el fin de obtener una imagen precisa de las condiciones” bélicas para sus lectores.

Se dice también que años antes combatió del lado republicano en la Guerra Civil española. Y no sólo eso. Sobrevivió a dos accidentes aéreos en África y practicó la caza mayor, la pesca en alta mar y el boxeo.

Nacido en Oak Park, Illinois, el 21 de julio de 1899, Ernest Miller Hemingway vivió al filo de la navaja, toreando a la muerte como los mozos de Pamplona  en los Sanfermines, hasta que un 2 de julio de 1961, a sus 62 años de edad, se voló la cabeza de un tiro con su escopeta favorita. Para entonces, como dicen sus biógrafos, era una ruina humana y había perdido toda ilusión.

La leyenda lo pinta como un macho, ahogado en ríos de alcohol, sediento de sexo,  un “abusón, cruel e injusto con las mujeres que lo amaron, y tierno, blando y sensible con aquellas damas que lo despreciaron”, como lo describe el periodista y escritor español Màrius Carol, pero su biógrafa Mary V. Dearborn dice que el novelista fue un “prisionero de su propia leyenda” y que ese “mito le hizo la vida increíblemente difícil”. “No fue un tipo duro”, declaró Dearborn en una entrevista, sino un hombre “mucho más vulnerable, más sensible y más trágico” de lo que se cree. “Era más bien un romántico”.

Su vida de novela no sólo alimentó la leyenda, la del aventurero y juerguista, sino su propia obra. Como escribió Mario Vargas Llosa, Hemingway “vivió todo eso y alimentó sus cuentos, novelas y reportajes con esas experiencias, de una manera tan directa que, por lo menos en su caso, no hay duda alguna de que su obra literaria es, entre otras cosas, ni más ni menos que una autobiografía apenas disimulada”.

Nació en el seno de una familia y una comunidad muy conservadoras. Su padre, Clarence Edmonds, era médico y su madre, Grace Hall, música y concertista. Asistió a la secundaria de Oak Park, donde aprendió a tocar el violonchelo y practicó el atletismo y el boxeo. Allí cursó una asignatura de periodismo, ejercicio que lo impulsó posteriormente a pedir trabajo  en el diario Kansas City Star, donde, aún adolescente, inició su exitosa carrera periodística.

Al igual que Mark Twain y otros grandes escritores, Hemingway fue primero periodista. Como dice Vargas Llosa, al periodismo le debe “su estilo y su metodología narrativa: eliminar todo lo superfluo, ser preciso, transparente, claro, neutral, y preferir siempre la expresión sencilla y directa a la barroca y engolada”.

En el Kansas City Star, según decía, aprendió todo lo que sabía del oficio, que resumió en una frase que figura en la cabecera de muchas redacciones del mundo: “Las fórmulas periodísticas han sido probadas, aprobadas y santificadas. Todas en su conjunto se reducen a 110 reglas, de las cuales sólo dos son válidas: 1) usar frases cortas; 2) emplear un estilo directo, sin rodeos”.

Tras su participación como conductor de ambulancia en la Primera Guerra Mundial, cuya experiencia le sirvió para la trama de Adiós a las armas (1929), volvió a Estados Unidos a principios de 1919 y se casó con Hadley Richardson, la primera de sus cuatro esposas, con quien retornó a Francia dos años después como corresponsal del Toronto Star.

Estando en París escuchó las historias de las tardes de lidia en España. Fue en 1923 cuando viajó por primera vez, junto con  Hardley, a Pamplona. Más que fascinado, quedó deslumbrado por los encierros de San Fermín. Volvió en otras ocho ocasiones. La última en 1959, dos años antes de su muerte.

En su segunda visita, en 1924, con un grupo de amigos, entre ellos John Dos Passos,  participó en uno de los encierros. Fue el día que sintió “el escalofrío de la muerte en los talones”. Una foto de la época  lo muestra con los tradicionales pantalones blancos de los mozos y con un capote frente a un toro.

“Las calles eran una masa sólida de gente danzando. La música era algo que golpeaba y latía con violencia. Todos los carnavales que yo había visto palidecían en su comparación”, escribió. Su amigo Juanito Quintana, dueño del hotel donde se alojaba, recuerda que llegaba de madrugada borracho y dando gritos. “Ernesto, esto no puede ser, se me quejan los huéspedes; con este alboroto no hay quién duerma”, le reclamaba.

Hemingway recreó sus vivencias en Fiesta (The Sun Also Rises, 1926), para muchos su mejor novela, cuyo principio rehízo 17 veces hasta dejarlo perfecto.

Pero también conoció los días de muerte, durante la guerra civil (1936-39). Llegó a España como corresponsal de la North American Newspaper Alliance. Para entonces ya se había divorciado de Hardley y se había casado con Pauline Pfeiffer, quien trabajaba para la revista Vogue y con quien recorrió África del Este, en un viaje de 10 semanas que le proporcionó la materia prima para Las verdes colinas de África y el cuento Las nieves de Kilimanjaro.

Comprometido con la causa republicana, la contienda le marcó la vida, una experiencia que reflejó en Por quién doblan las campanas. Según el fotógrafo Robert Cappa, Hemingway llegó a combatir con los voluntarios de las famosas Brigadas Internacionales en la defensa del Ebro. La prensa estadounidense dijo que lo vio “pegar cuatro tiros” en la batalla de Teruel, al final del conflicto.

Nunca ocultó su simpatía por el bando republicano. “Había por lo menos cinco partidos en el lado de la República. Traté de entender y evaluar los cinco (muy difícil) y no pertenecí a ninguno… No tenía más partido que un profundo interés y amor por la República… En España tuve y tengo a muchos amigos del otro lado. Traté de escribir sinceramente sobre ellos. Políticamente, yo estuve siempre del lado de la República desde el día en que fue declarada y desde mucho tiempo antes”,  escribió.

Le gustaban los españoles, su  manera de hablar y de ver la vida, y los veía como “gente romántica y noble”.  Y los españoles lo veían a él –y lo ven–  como un español más. Casi un siglo después de su primera visita a los Sanfermines, la presencia de “Don Ernesto”, como lo llamaban en Pamplona, se siente en toda España. No falta quien apela a la ironía para subrayar su presencia en la ausencia: “Aquí nunca estuvo Hemingway”, se puede leer en más de un restaurante madrileño.

Si su presencia es grande en España, mayor es en Cuba. Desde la Finca Vigía, donde vivió 21 años, hasta la localidad pesquera de Cojímar, donde fondeaba su yate Pilar, a cargo de su patrón Gregorio Fuentes; y desde el hotel Ambos Mundos, su primera vivienda, hasta el mítico bar Floridita, Hemingway está en todos los rincones de la isla y –como dijo García Márquez– “dentro del alma de Cuba, mucho más de lo que suponen los cubanos de su tiempo”.

Llegó a Cuba por primera vez en 1928, acompañado de Paulina Pfeiffer, pero fue su tercera esposa, Martha Gelhorn, quien buscó y encontró la finca. Hemingway la compró por 18.500 dólares con dinero proveniente de los derechos de autor de Por quién doblan las campanas, su obra más exitosa, que vendió más de medio millón de copias en los meses siguientes a su lanzamiento.

“Donde un hombre se siente como en su casa, aparte del lugar donde nació, ése es el sitio al que estaba destinado”, declaró en la Finca Vigía, una casa colonial situada en una pequeña colina de San Francisco de Paula, a 25 kilómetros de La Habana. Allí escribió El viejo y el mar (1952), que le valió el Premio Pulitzer (1953), y allí recibió la noticia de la concesión del Nobel de Literatura (1954). “Yo siempre tuve suerte escribiendo en Cuba”, le confió a un amigo.

Con sus 43.000 metros cuadrados de extensión, rodeada de casi medio millar de árboles de mango y palmas reales, la finca está tal como la dejó cuando salió de Cuba, con sus 9.000 libros y la vieja máquina Royal, aunque él prefería escribir de pie, en un atril, con lápiz y en unos cuadernos escolares.

“Hemingway fue un norteamericano con apego a su tierra natal, pero se sintió definitivamente cubano”, me dijo Ada Rosa Alfonso Rosales, quien defendía la “cubanía” del escritor ante quienes “ignoran, minimizan o tergiversan la importancia de Cuba en su vida y obra”, y ante las sugerencias de que abandonó la isla tras el ascenso de Fidel Castro al poder, en 1959, por miedo al “fantasma comunista”.

Un periodista que estuvo tras los pasos del novelista en La Habana, Ciro Bianchi Ross, resume su vida en la isla con pocas palabras: Amó, hizo amigos perdurables, bebió y compartió su trago con los pescadores de Cojímar e, incluso, inventó el daiquiri especial que lleva su nombre. 

Hizo eso y alguna otra cosa más. Aún permanecen en el misterio sus vínculos con el FBI, a cuyo servicio estuvo durante su estancia en Cuba, cuando supuestamente fue enganchado para montar una operación de espionaje destinada a detectar los puertos de abastecimiento de los submarinos alemanes en el Caribe.

Hemingway abandonó Cuba en julio de 1960, junto con su cuarta esposa, Mary Welsh, a quien había conocido en 1943 en Londres, donde se desempeñaba como corresponsal de la revista Time, y con quien se casó dos años después. “Dejar Cuba le rompió el corazón”, afirmó su biógrafa Dearborn, pues consideraba a la isla su “última frontera”. 

Tras una corta visita a España, retornó ese mismo año a Estados Unidos. Para entonces, ya había traspasado la “última frontera”. Enfermo, alcohólico, deprimido  y cansado de la vida, sufría probablemente, según sus biógrafos, de un trastorno bipolar y varias lesiones cerebrales traumáticas. Era un hombre acabado. Pensaba que era objeto de seguimiento por parte del FBI, pero sus médicos y amigos creían que estaba paranoico.

Su amigo A. E. Hotchner, autor de Papa Hemingway, aseguró que la vigilancia era real y que “contribuyó sustancialmente a la angustia” y “al suicidio” del escritor. El FBI desclasificó en 1980 un file de 124 páginas sobre su relación con el Nobel. Leonardo Padura (El hombre que amaba a los perros) constató que 15 permanecían bajo secreto, “en interés de la defensa nacional”, y 40 aparecían censuradas con diversas tachaduras. En las restantes no había ninguna mención a la vigilancia y a su supuesta vinculación con el suicidio.

Según la periodista Heike Schmidt,  de la Agencia Alemana de Prensa DPA, la tumba de Hemingway en Ketchum es una triste colección de botellas de vidrio reciclable, con cascos de vino tinto y whisky regados sobre la sencilla lápida de mármol. Alguien también colocó allí una botella de refresco. ¿Tomaba Hemingway limonada?  Màrius Carol recuerda que bebía grandes cantidades de ginebra, ron y whisky, pero que no se le ocurría una mejor forma de gastar el dinero que comprando un buen vino, el borgoña Romannée-Conti.

La vida de Hemingway fue una fiesta, aunque Mary V. Dearborn niega que fuera un mujeriego incorregible. Dice que se casó solo cuatro veces y que probablemente no durmió “con más de seis o siete mujeres en toda su vida”, algo difícil de comprobar. “Yo no me enamoro, yo me caso”, había explicado el escritor en una entrevista.

Más allá de la leyenda, lo cierto es que fue un hombre comprometido. Dicen sus biógrafos que una de las frases que más repetía era “aquí detendremos al fascismo entre todos” y que la pronunciaba en cada batalla que cubría como corresponsal.  “El mundo es hermoso y vale la pena luchar por él”, afirmó en Por quién doblan las campanas. Pero, al final, introdujo los dos caños de su escopeta en su boca y apretó el gatillo, tal vez pensando que “la muerte es un remedio soberano para todos los males”, como escribió en Muerte en la tarde.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 28 de julio de 2019

Los deshabitados, la novela que nació bajo una “luz tediosa y poética”

Dijo haber escrito la novela como “no debe escribirse nunca un libro”, que fue “casi una secreción”, una obra que “comenzó a vivir bajo una extraña sensación de melancolía”, con algunas figuras humanas y un perro que empezaron a tomar forma bajo una “luz tediosa y poética”, personajes a los que les puso un nombre y siguió con una “deliciosa docilidad”.

Marcelo Quiroga Santa Cruz (1931-1980) escribió Los deshabitados cuando tenía 25 años. La terminó en el invierno de 1957 y la publicó dos años después, en 1959, en vísperas del surgimiento del boom latinoamericano. Aunque ya había publicado un poemario, Un arlequín está muriendo (1952), fundado un semanario cultural, Pro Arte (1952), y asistido como delegado al Congreso Continental de la Cultura, celebrado en Santiago de Chile en 1953, era un escritor desconocido.

De hecho, pasó desapercibida hasta 1962, año en que fue galardonada en Estados Unidos con el Premio William Faulkner a las mejores novelas hispanoamericanas escritas después de la Segunda Guerra Mundial, junto con El señor presidente (Miguel Ángel Asturias), Coronación (José Donoso), Hijo de hombre (Augusto Roa Bastos), Los ríos profundos (José María Arguedas) y El astillero (Juan Carlos Onetti), entre otras.

Fue la única que publicó en vida. La segunda, Otra vez marzo, que dejó inconclusa, salió en 1990, con 31 años de diferencia y diez años después de su asesinato. A pesar del premio que la catapultó al éxito y de haber sido reconocida por la crítica como un hito en  la narrativa boliviana contemporánea, Quiroga Santa Cruz no la consideraba la novela de su vida.

“Todavía no he escrito la novela que quiero escribir”, me dijo semanas antes de su muerte, en un paréntesis de su última campaña electoral, mientras trabajaba en la redacción de Otra vez marzo. Cuando me hizo la confidencia, en junio de 1980, tampoco parecía estar pensando en Otra vez marzo, aunque alguna vez se refirió a su nuevo proyecto literario como “una novela que me gusta”.

Quiroga Santa Cruz escribió Los deshabitados en Santiago de Chile durante el exilio de sus padres, a quienes acompañó entre 1953 y 1958, tras el triunfo de la revolución de 1952. Su padre, José Antonio Quiroga, había sido diputado por el Partido Republicano, ministro del gobierno de Daniel Salamanca y, años después, gerente de la Patiño Mines, la empresa de uno de los “barones del estaño”, Simón I. Patiño.

“La escribí durante los fines de semana y en los ratos libres que me dejaba el trabajo”, recordó años después. Para entonces se había casado con Cristina Trigo, en 1954, y trabajaba en una empresa comercializadora de minerales. Terminó de escribirla poco antes del nacimiento de su hija María Soledad.

El propio autor describió la  trama de Los deshabitados como la historia de “una comunidad humana frustrada”, el “naufragio lento y silencioso” de unos seres “sin destino histórico”, en una suerte de “predestinación al fracaso”, al que los personajes asisten con “relativa y amarga lucidez”.

“Debo confesar que apenas si trata de algo. Su contenido argumental es insignificante. Los que buscan esa clase de emoción que procura la narración de una historia accidentada serán defraudados. Lo que suele llamarse ‘acción’, no cumple más función, en este libro, que la de sostener en su frágil estructura todo el peso de mi curiosidad por algunas almas y por lo que esas almas encierran”, escribió en la presentación de la primera edición.

Es una obra intimista, en la que el autor explora el mundo interior de los personajes, rompiendo con la tradición de la narrativa boliviana, centrada hasta entonces en los temas costumbristas e indigenistas. Su “acción” se desarrolla en una ciudad y en una época no determinadas.

El crítico Carlos Castañón Barrientos la describe como una “narración sin acción alguna y referida sólo a lo que sucede en la conciencia de los personajes, sin descripciones de paisajes ni ambientes, pero atenta a los problemas y el destino del hombre sobre la tierra”.

Los personajes “deshabitados” son un cura que ha perdido la fe o que nunca la tuvo (el Padre Justiniano), un escritor frustrado (Fernando Durcot) y su novia (María Bacaro), las hermanas Teresa y Flor Pardo, los niños Pablo y Luisa, un canario ciego y el perro Muñoz.

En una primera noticia sin firma publicada a fines de 1959, el diario católico Presencia se refirió a la obra como “un ensayo de novela existencialista”, un “experimento”, y a su autor como un novelista en formación. Un año después, en 1960, José Luis Roca la calificó de “buena novela” y afirmó que era “la primera vez que en la literatura boliviana se escribe una obra de este tipo”.

Las primeras críticas adversas, formuladas por intelectuales del gobernante Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), entre ellos René Zavaleta Mercado, buscaron descalificar a su autor no por el valor literario de la obra, sino por la posición política del escritor, que dos años antes había enjuiciado críticamente la revolución de 1952 en una serie de artículos publicados en un diario paceño, reunidos posteriormente en un libro (La victoria de abril sobre la nación).

Tras la concesión del premio en 1962, el diario gubernamental La Nación, que había reaccionado de manera virulenta a la publicación de La victoria de abril sobre la nación, trató de minimizar la importancia del galardón, al señalar su carácter colectivo, e intentó descalificar a su autor por su supuesto origen de clase.

La Nación cuestionó la selección de las obras (“como todas las selecciones es parcial, por no decir arbitraria”) y al tribunal que las seleccionó (“cabe preguntarse si en Estados Unidos conocen todas nuestras novelas”).

Los críticos del MNR no sólo criticaban la falta de un “sello nacional” en la obra premiada, sino también el supuesto origen burgués y “rosquero” de su autor como hijo de un funcionario de la empresa Patiño, argumento repetido en los años siguientes por sus enemigos políticos.

Dos años después de la concesión del premio, surgieron los primeros comentarios positivos. Josefina Guevara Castañeira y Carlos David, ambos brasileños, se refirieron en términos muy elogiosos a la novela. 

“Quiroga Santa Cruz  no solo es un escritor que lleva la palabra a los giros más hermosos, certeros y gráficos de la expresión plástica y depurada, sino que es agudo observador que sabe sacar provecho de hechos, personas y cosas que para otros escritores medios diestros y de menos imaginación resultarían desapercibidos”, escribió Guevara Castañeira.

Quien más duramente la enjuició fue el sacerdote jesuita y crítico literario español Juan José Coy, quien residió en Bolivia en los años 60, obviamente a raíz del tratamiento del tema religioso en la persona del Padre Justiniano, uno de los personajes centrales de la obra. “Quiroga Santa Cruz en este punto concreto no sabe de qué habla. La figura del P. Justiniano es completamente falsa, pues este hombre piensa que la experiencia religiosa es un escapismo fácil para el hombre”, escribió.

Sin embargo, años después, tras una nueva lectura, rectificó y matizó sus críticas. Tras señalar que hay obras que “perviven en el recuerdo y alejadas de su momento y su espacio es ya posible considerarlas con perspectiva, con objetividad, con una serenidad que posibilita su auténtica aquilatación”, Coy admitió que la novela “significó un gozne de giro importante con respecto a la narrativa boliviana de su momento” y que su “impulso de realización frente al localismo, el folklorismo de la narrativa del momento, significó una nueva luz y una puerta entreabierta que traspasar para muchos narradores posteriores”.

Entre Los deshabitados y Otra vez marzo, Quiroga Santa Cruz publicó toda su obra política, incluidos El saqueo de Bolivia (1973) y Oleocracia o patria (1976). También en forma póstuma salió, en 1982, Hablemos de los que mueren, recopilación de los artículos periodísticos que escribió durante su exilio mexicano. La segunda edición de Los deshabitados vio la luz 20 años después de la primera, en 1979.

Con el tiempo, su primera novela fue revalorizada, tanto en el país como fuera de él. Según Carlos Mesa, Quiroga Santa Cruz “plantó la pica del giro estilístico y conceptual de la novelística boliviana”, al proponer una temática y una estructura que “exploran la subjetividad atemporal”, alejada de “lo pintoresco, costumbrista o documental”,  en la que “la acción interna casi no gravita en el desarrollo mismo de la novela”.

Juan Rulfo la consideraba como una de las mejores novelas latinoamericanas. El escritor mexicano había conocido al boliviano en el Encuentro de Escritores Latinoamericanos, realizado en Chile en agosto de 1969, donde quedó “impresionado gratamente” por “la solidez de sus intervenciones” y “la seriedad y certeza” de sus palabras en los foros del evento.

“Tienes que seguir escribiendo, tienes que seguir tu vocación”, le dijo durante una cena que le ofreció en su departamento de Ciudad de México poco antes de su retorno a Bolivia, a fines de 1977. Todavía no había empezado la escritura de Otra vez marzo, pero ya la tenía en mente, según sugirió esa noche. 

Julio Cortázar también elogió la obra de su colega boliviano, a quien había conocido en México. El biógrafo de Quiroga Santa Cruz, Hugo Rodas Morales (El socialismo vivido), recuerda que el escritor argentino recibió de manos de Cristina Trigo en 1981, un año después del asesinato, Los deshabitados, Juicio a la dictadura y El asesinato de Marcelo Quiroga Santa Cruz, estos dos últimos editados en México. Una fotografía muestra al escritor argentino con los tres textos debajo el brazo.

“Cortázar los revisó, pues en su ponencia para la Universidad Veracruzana del año siguiente (1982) hace una mención a Quiroga Santa Cruz y Rodolfo Walsh como escritores ejemplarmente certeros, cuya obra (la del primero) expresaba –como en Macbeth de Shakespeare–, la conciencia culpable de los militares bolivianos”, recordó Rodas Morales. 

“La única alusión de Cortázar, fallecido menos de dos años después, en 1984, a Marcelo, es en su carácter de escritor relacionado a la política. Los tres libros que se le obsequiaran debieron conducir a esta articulación; no Los deshabitados que no la expresa plenamente”, agregó.

Desde su retorno a Bolivia procedente de Chile, en 1958, Quiroga Santa Cruz priorizó su otra vocación, la actividad política, primero desde la palestra periodística y después desde la tribuna parlamentaria. Como dijo Carlos Mesa, el destino le impuso al líder socialista “la acción sobre la reflexión que no modificó la publicación de su novela póstuma Otra vez marzo”. Sin embargo, nunca abandonó la literatura, aunque escribía, como lo hizo en Santiago, en sus ratos libres.

Así nació Otra vez marzo, entre campaña y campaña. “Me gustaría tener más tiempo para dedicarme a la escritura”, me dijo en esa lejana conversación de junio de 1980, consciente de que –como afirmó en un coloquio con Giancarla Zabalaga, Blanca Wiethuchter y Luis H. Antezana en la carrera de Literatura de la UMSA en 1979– “la obra grande, la obra digna de un creador de la literatura, de un escritor, es fruto de un trabajo, de una gran lucidez y penetración en lo que quiere hacer”.

En esa misma ocasión admitió que en él había “dos cosas disputándose permanentemente, el político y el escritor”, pero no quería terminar siendo un mal político habiendo podido ser un buen escritor. Quiroga Santa Cruz entendía la política como una “actitud de servicio” y pretendía reunir ambas vocaciones en una sola obra.

“Yo pienso que ahora, al cabo de tantos años, recién comienzo a estar en condiciones de escribir una obra que es la que estoy trabajando, donde se expresen ambas, donde el escritor no ceda su condición de escritor y el político no sea traicionado en sus convicciones por su mensaje literario. Vamos a ver, pero serán ustedes los que juzguen al respecto”. Lo dijo un año antes de su asesinato mientras escribía la novela que dejó inconclusa.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 7 de julio de 2019

Graham Greene, por los caminos sin ley

Cuando llegó a México por primera vez, en 1938, para escribir un reportaje sobre las secuelas de la Guerra Cristera (1926-1929) y la persecución religiosa, Graham Greene se encontró con un país conmocionado al que definió como un “estado mental”. Desde entonces y durante medio siglo, el escritor británico recorrió y noveló los caminos sin Dios ni ley de América Latina, atraído por un continente donde la política era “una cuestión de vida o muerte”.

Escritor, periodista, guionista, crítico cinematográfico, comunista en su juventud, espía del servicio secreto británico y “católico agnóstico”, Greene hizo de América Latina parte del “Greeneland”, el mundo políticamente inestable y peligroso que caracteriza a su narrativa. Desde el México de los “cristeros” hasta la Argentina de los guerrilleros marxistas, pasando por la Cuba de Fulgencio Batista, el Haití de Papá Doc y el Panamá de Omar Torrijos, el autor de Caminos sin ley entró “sin pasaporte de regreso” al “territorio de mentiras” del continente, para apropiarse de sus escenarios. 

Nació en Berkhamsted, Hertfordshire, el 2 de octubre de 1904 en el seno de una influyente familia de banqueros y hombres de negocios. Era el cuarto de seis hermanos. Según sus biógrafos, tuvo una infancia difícil. Sufrió acoso de parte de sus compañeros de colegio debido a que su padre era el director, experiencia que lo marcó para toda la vida. De carácter depresivo y melancólico, intentó suicidarse a sus 19 años y fue sometido durante seis meses a un tratamiento de psicoanálisis.

Jugó a la ruleta rusa cuatro veces con un viejo revólver de seis balas propiedad de su hermano mayor, dolido por la indiferencia de la institutriz de su hermana, de la que estaba enamorado. Durante una visita a La Habana, según contó su amigo Gabriel García Márquez,  le relató el episodio a Fidel Castro, quien le dijo: “De acuerdo con el cálculo de probabilidades, usted tendría que estar muerto”. Greene le respondió: “Menos mal que siempre fui pésimo en matemáticas”.

Su carácter introvertido y el ambiente familiar fueron determinantes en su afición a la lectura y escritura  desde muy temprana edad. Su hermano menor, Hugh, fue director general de la BBC. Su madre era prima del escritor escocés Robert Louis Stevenson, el autor de La isla del tesoro. Antes de cumplir los 20 años militó durante un breve tiempo en el Partido Comunista.

Tras licenciarse en Historia, trabajó como periodista en Nottingham y llegó a ser subdirector de The Times, al que renunció después de sus primeros éxitos bibliográficos. Como periodista independiente, viajó por todo el mundo, en especial por América Latina y África, regiones a las que describía como “lugares salvajes y remotos del mundo”.

 El servicio de espionaje británico MI6 quiso sacar partido de sus viajes y lo reclutó como agente durante la II Guerra Mundial. Se dice que fue su hermana Elisabeth, funcionaria de la agencia, quien facilitó el contacto. Kim Philby, quien más tarde sería descubierto como agente soviético, fue su supervisor en el MI6.

Greene sintió una especial fascinación por el mundo del espionaje y volcó su experiencia en muchas de sus novelas. Lo abordó con humor en Nuestro hombre en La Habana y como telón de fondo en El Factor humano, El americano impasible,  El revés de la trama o El tercer hombre, para consagrarse como uno de los grandes escritores del género.

“La vida del servicio secreto resulta al final tan solitaria como la del escritor que se retira de todo”, declaró durante una visita a Madrid. “Espiar es una profesión extraña”, reflexionó en Una especie de vida.

A los 23 años se convirtió al catolicismo para poder casarse con la católica Vivien Dayrell Browning, pero se dice que empezó a creer en el Dios de los católicos cuando conoció en México la historia de los curas perseguidos por el régimen anticlerical. A uno de ellos, un cura alcohólico y lujurioso, quien prefiere ser fusilado antes que negarle la extremaunción a un moribundo, lo convierte, precisamente, en héroe y mártir de El poder y la gloria.

Los personajes de Greene se mueven en la zona gris y moralmente ambigua de la condición humana, entre el amor y el pecado, entre la infidelidad y el sentimiento de culpa. No son del todo buenos ni del todo malos. Son pecadores que no merecen ir al infierno y santos que han perdido el camino al cielo. Greene los sitúa en el purgatorio, entre la condena y la redención, en una tierra de nadie, donde los héroes se convierten en villanos, los mártires en traidores y los santos en pecadores, porque –según decía– la naturaleza humana no es blanca y negra, sino negra y gris.

“¿Cómo se puede servir a Dios en un mundo inmoral?”, se preguntó en una ocasión, tal vez para justificarlos. “Yo no podría creer en un Dios al cual comprendiera”, afirmó en otra oportunidad.

Como resumió un crítico, entre sus personajes abundan los ladrones honestos, los canallas cargados de ternura, los moralistas dudosos y los supersticiosos sin religión, sumergidos en sus propias dudas éticas y morales.

El escritor valenciano Manuel Vicent dice que se mueven en el doble juego de la vida y la muerte, la política y la religión, el amor y el odio, el sufrimiento y la compasión, la inocencia y la presencia del mal. 

En 1953, durante el papado de Pío XII, el Santo Oficio incluyó El poder y la gloria en el índex de libros prohibidos, porque a su juicio “dañaba la reputación del sacerdocio”. Años después, en una audiencia privada, Pablo VI le dijo que se olvidara del dictamen inquisitorial: “Mi estimado señor Greene, siempre habrá cosas en sus libros que hieran a algún católico, pero no se inquiete”.

No le gustaba que lo llamaran “novelista católico”.  “No sé por qué me ponen la etiqueta de escritor católico. Soy simplemente un católico que es también escritor”, declaró en una ocasión. 

Tampoco aceptaba que le etiquetaran como “escritor político”, aunque la mayoría de sus obras tiene un trasfondo político o se desarrolla en escenarios marcados por los conflictos políticos.

En todo caso, siempre dejó traslucir, a través de sus personajes, sus propias convicciones políticas y religiosas y sus problemas morales, aunque aclarando que intentaba comprender la verdad, sin que esa búsqueda comprometiera su ideología. “La política está en el aire mismo que respiramos, igual que la presencia o ausencia de Dios”, explicaba a manera de justificación.

Sus historias ocurren en el México de los campesinos que mueren al grito de “¡Viva Cristo Rey!” (Caminos sin ley y El poder y la gloria), el Haití de los Tonton Macoutes (Los comediantes), la Cuba de los casinos y los burdeles (Nuestro hombre en La Habana), el Panamá del militar que no quería entrar a la historia, sino al Canal (Conociendo al general), la Argentina del terrorismo izquierdista  (El cónsul honorario) y el Paraguay de Alfredo Stroessner (Viajes con mi tía).

Son historias que se desarrollan en lugares calurosos, pobres y polvorientos, los típicos entornos del “Greeneland”. Pero también en la Viena de la posguerra, la Indochina francesa o la España de la Guerra Civil.

Sergio Ramírez elogiaba su “asombrosa capacidad de registrar escenarios y maneras de ser de países y regiones donde solo ha estado de paso, y donde a lo mejor no regresará nunca, aprehendiéndolos como si fueran propios y como si tuviera de ellos un conocimiento de por vida”.

“Graham Greene nos concierne a los latinoamericanos, inclusive por sus libros menos serios”, escribió García Márquez, quien alguna vez le preguntó si no se consideraba un “escritor de América Latina”. “No me contestó, pero se quedó mirándome con una especie de estupor muy británico que nunca he logrado descifrar”, relató el colombiano.

En una entrevista periodística, Greene dijo que escribía sobre América Latina porque “en esos países la política rara vez significa una mera alternativa de partidos políticos rivales, sino que siempre ha sido una cuestión de vida o muerte”.

Eterno candidato al Nobel (“No me lo darán nunca porque no me consideran un escritor serio”, decía), tuvo tantos admiradores como detractores, que lo consideraban un escritor de segunda. William Faulkner se refería a El fin del romance como “una obra maestra en el lenguaje de cualquiera”. El propio Gabo lo reconocía como el maestro que le enseño “una manera de ver el Caribe” y a describir “ese clima que influye en el modo de ser de las personas”. De hecho –admitió–, “La mala hora tiene, desde el punto de vista técnico, una estructura casi calcada de la obra de Greene”.

Consideraba que literatura y periodismo son dos caras de la misma medalla. Nunca dejó de sentirse periodista. “Puede que haya sus diferencias entre el reportaje y la novela. Yo no las veo, salvo, quizá, la invención de caracteres que supone la novela. El resto es igual: el periodista, como el novelista, tratarán de contar los hechos con precisión y claridad”, declaró en una ocasión.

La mayoría de sus obras han sido llevadas al cine. El tercer hombre, la más popular y la única que nació como guión cinematográfico,  está asociada al rostro de Orson Welles –que interpreta al cínico Harry Lime–, a la cítara de Anton Karas y a una frase: “En Italia, durante 30 años bajo los Borgia, hubo guerra, terror, asesinatos y derramamiento de sangre, pero produjeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, tuvieron amor fraternal, tuvieron 500 años de democracia y paz… ¿Y qué produjeron? El reloj cucú”.

John Ford llevó a la pantalla El poder y la gloria (El Fugitivo), con Henry Fonda, Pedro Armendáriz y Dolores del Río; Carol Reed, el mismo director de El tercer hombre, realizó Nuestro hombre en La Habana, con Alec Guinness y Maureen O’Hara, y Peter Glenville hizo Los comediantes, con Richard Burton, Elizabeth Taylor, Alec Guinness y Peter Ustinov.

Greene murió el 3 de abril de 1991 en su retiro de Vevey, Suiza. Como informó la prensa de la época, a su funeral asistieron su primera esposa, Vivian, de 86 años, y su última amante, de 60, que se ubicaron a cada lado de la iglesia, para dar fe de que toda pasión, como dijo el propio escritor, tiene algo de clandestino, algo de transgresor y algo de perverso.

“En medio estaba Graham dentro del féretro, ante la puerta que daba a la vez al cielo y al infierno”, escribió su colega y amigo Manuel Vicent. Como un personaje de cualquiera de sus novelas.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete –  2 de junio de 2019

Gastón Suárez, escritor por juramento

Le gustaba vagar por la campiña tupiceña, entre los maizales, los sembradíos de habas y los durazneros; zambullirse en las aguas amarillas del río Tupiza, trepar los cerros colorados y pescar cangrejos en las acequias de Chajrahuasi, sumergido en ensoñaciones fantásticas e imaginando aventuras fabulosas, que años después plasmaría en sus narraciones. Todavía era un niño. Había abandonado la escuela, pero aún no maduraba la gran decisión de su vida. Cuando cumplió los 12 años, Gastón Suárez Paredes juró ante su madre que un día sería escritor, un gran escritor.

Quiso ser un escritor a la altura de los novelistas que alimentaban las lecturas de su madre, María Paredes, una maestra rural aficionada a los autores románticos franceses, a quien pretendió compensar con su juramento juvenil por el disgusto que le ocasionó con su deserción escolar. Y lo logró años después. Para entonces había desertado también de todos los trabajos que le permitían ganarse el día a día, sabedor de que el oficio de escritor requería de tiempo completo.

El filósofo y dramaturgo boliviano Guillermo Francovich elogió su obra, de la que dijo que muestra “el prodigio de vivir”; el crítico Óscar Rivera-Rodas lo describió como un “agudo observador del comportamiento humano”, “el escritor de la introversión psicológica más destacado de la nueva promoción de narradores bolivianos”; el novelista Julio de la Vega se refirió a sus cuentos como “joyas literarias”, y el ensayista e historiador Jorge Salinas Salinas destacó la poesía de su narrativa.

El autor de Vigilia para el último viaje, El gesto, Vértigo  y Mallko nació en Tupiza el 27 de enero de 1929 y falleció a los 55 años, el 6 de noviembre de 1984, cuando se perfilaba como uno de los más grandes narradores bolivianos. De su madre heredó el gusto por la lectura y el amor por el arte, predisposición que encontró en la Tupiza de los años 40 y 50 un terreno fértil para su desarrollo intelectual.

El pueblo que vio nacer al futuro cuentista, novelista y dramaturgo era una villa privilegiada, dinámica y progresista, con vecinos que se reunían por las noches en tertulias literarias y conciertos familiares con los artistas locales, el pueblo que un diplomático español describió como la “Santillana cantábrica de Bolivia”. Fue la época en que nació el conjunto Nuevos Horizontes, dirigido por el anarquista Liber Forti, que hizo de Tupiza la capital del teatro de Bolivia, donde el aspirante a escritor vio por primera vez las obras de los grandes autores del teatro universal.

Suárez era un hombre sencillo y de buen talante. Asumía su oficio, las críticas y los elogios con la sencillez del narrador no consumado. Era alegre y desenvuelto en su expresión, pausado en el hablar y comedido en sus opiniones.  El embajador de España en Bolivia en los primeros años de la década de los 80, Tomás Lozano Escribano, lo describió como “uno de los bolivianos más puros que han existido”. Peinado a la gomina, traje azul marino y la corbata siempre bien anudada, tenía un aire de galán cinematográfico y cantante de música romántica.

Abandonó la escuela antes de terminar el ciclo primario a causa de una experiencia traumática. “Mientras él estaba en clases, se sentaba en las primeras filas, de pronto a su maestro le dio un  ataque de epilepsia y empezó a botar espuma  por la boca. Él pensó  que se trataba de un demonio o de una posesión diabólica y salió aterrado, llorando, y nunca más volvió a la escuela”, según relata su hijo Ruy.

A partir de entonces, su madre se hizo cargo de su educación, guiándolo en el aprendizaje de las materias de su edad y en sus lecturas. Incluso lo llevaba con ella a la escuela donde daba clases. Un día Gastón hizo conciencia de que era un alumno desertor y,  “como un acto expiatorio”,  le juró a su madre que llegaría a ser una persona diferente. “Se me ocurrió que si llegaba a ser un escritor de mérito mi madre olvidaría esos hechos incoherentes de mi infancia y sería compensada por sus sacrificios en mi educación”, rememoró en una ocasión.

Pero no volvió a la escuela.  No sólo era miedo, sino que, como admitiría años después en una entrevista, no soportaba la escuela, no aceptaba el encierro de las aulas, acostumbrado como estaba al aire, al campo y las flores. Todo lo que hizo a partir de entonces estaba en función de la meta que se había propuesto, aunque, para sobrevivir, tuvo que hacer de todo. Fue  ferroviario, empleado bancario, minero, camionero, taxista, periodista, corrector de pruebas, etc., porque “en los países subdesarrollados uno tiene que trabajar de todo, cumplir oficios ajenos”. Eso sí, nunca dejó de leer ni de escribir.

“Un día dije basta. Si quiero ser escritor, tengo que dejar todo lo que estoy haciendo y dedicarme de lleno a estudiar y escribir”, me confesó durante una entrevista en la galería Naira, donde los actores Leo Redín e Ilde Artés teatralizaron dos de sus cuentos (Crisóstomo y Los hermanos).

Gastón Suárez renunció al puesto que tenía en el Banco Minero, compró un camión a plazos y empezó a recorrer el país como transportista. Era una aventura, sí, pero se sentía bien consigo mismo. “El hecho de estar vivo implica una esperanza”. Así conoció Bolivia de palmo a palmo y palpó la realidad nacional durante dos años.

Fruto de esa experiencia son sus libros, porque lo hizo en una época en que “las vivencias van dejando su impronta en el espíritu y son el bagaje más importante en la creación literaria”. Sus cuentos tienen como escenario los campamentos mineros, las aldeas, los campos de sembradío de los valles de los Chichas y la vida de provincia; el mundo urbano está presente en su obra teatral, y el altiplano en su novela.

Ese periplo le permitió ver el país como el protagonista de Mallko, el cóndor “monarca del aire, obstinado peregrino”, que, “enhiesta la cabeza, libre como el viento”, horadaba “el manto cerrado de las nubes” y alcanzaba “el cielo azul y el blanco océano” de la “región transparente”, desde donde contemplaba los dominios del hombre.

Se sintió escritor cuando vio publicado por primera vez un cuento suyo, El perro rabioso, en el diario gubernamental La Nación, en los años 50. Siguieron otras publicaciones, pero recién en 1963 vio luz su primer libro, Vigilia para el último viaje, una serie de cuentos que tuvo una favorable acogida de público y crítica, uno de cuyos relatos, El iluminado, un relato breve estructurado en un solo párrafo, fue incluido en varias antologías hispanoamericanas. “Este primer libro fue para mí un comienzo muy estimulante”.

En 1967 publicó su primera obra teatral, Vértigo, que obtuvo ese mismo año el primer premio de las Jornadas Julianas de la Alcaldía de La Paz, gracias a la puesta en escena del conjunto Nuevo Teatro, dirigido por Eduardo Armendia e Iván Barrientos, dos actores y directores formados en Nuevos Horizontes. Suárez atribuyó el éxito de la obra al hecho de que planteaba por primera vez problemas tales como la eutanasia, el control de la natalidad, la soledad, la incomunicación, la vejez y la moral  religiosa, temas tabú en esa época.

La escribió mientras recorría el país como camionero, entre viaje y viaje, y cuando todavía luchaba con el lenguaje en su “autoeducación”, corrigiendo, puliendo y reescribiendo frases y párrafos enteros de sus textos, pues tenía “una verdadera obsesión por encontrar la palabra precisa, la idea trascendente y el halo poético que posibiliten una creación  artística de calidad”.

“Los personajes de Vértigo exhiben sus problemas, sus resentimientos, sus rencores. El autor se encuentra así dentro de ellos al mismo tiempo que los mira desde fuera. Y puede decir, como uno de sus personajes, que es un observador de las contradicciones y de las miserias de los hombres y que, por lo mismo, siente amor por ellos”, comentó Francovich.

Suárez escribió otro libro de cuentos, Gesto, en 1969; una narración infantil, Las aventuras de Miguelín Quijano, con motivo del Año Internacional del Niño y un tiraje de 5.000 ejemplares, en 1979, y una segunda obra de teatro,  Después del Invierno (1981), con introducción de Julio de la Vega y prólogo de Jorge Siles Salinas, pero su obra preferida era Mallko (1974), porque la escribió, según dijo, “con verdadera pasión y en una época en que estaba atravesando una crisis espiritual”.

La novela obtuvo una mención de honor del Premio Hans Christian Andersen de Dinamarca y fue elegida como texto escolar en España (1981). Según Francovich, Mallko constituye “una sucesión de magníficos cuadros realistas, que muestran las peripecias de la azarosa existencia humana en el solemne y majestuoso ambiente de los Andes, en medio de las moles de basalto coronadas de nieve”, y rescata “el realismo, la compasión, la penetración psicológica  de sus obras anteriores”.

Le costó llegar al éxito, porque, mientras escribía, debía luchar para llenar la olla con sus magros ingresos. “La lucha por la vida me consumía. Prácticamente no escribía nada, sólo leía. Llegó un momento en que dejé de pensar en ser escritor  y a considerar mis sueños como una simple megalomanía. Pero aquel juramento de mi infancia venía a atormentarme cuando menos lo esperaba”, relató en una ocasión. 

Al principio, como dijo él mismo, vivía para escribir, pero después tuvo que escribir para vivir. “La aventura de ser escritor me ha dejado en la situación de escribir, editar y distribuir personalmente mi producción. Y creo que soy uno de los pocos escritores que viven o mal viven de sus libros”.

Suárez también se vio tentado por el cine. Fue el guionista de Mina Alaska, película dirigida por Jorge Ruiz, con Chrysta Wagner y Hugo Roncal, financiada por los empresarios Mario Mercado y Gonzalo Sánchez de Lozada. Luis Espinal elaboró el guión de Vigilia para el último viaje, que nunca llegó a la realización debido al asesinato del sacerdote en 1980.

Es autor de una única canción, Rosendo Villegas Velarde, popularizada por el guitarrista tupiceño Alfredo Domínguez, su amigo de infancia. Considerada por un crítico como “una de las canciones más apasionadas y más tristes del folklore boliviano”, tiene la estructura y el ritmo de un cuento breve:

No me hagas eso, Rosendo/ Por nuestro cariño tan lindo te imploro, Rosendo/ No me hagas eso, no me hagas eso/ Tu mama ha comprao el ajuar/ Vendimos la vaca, la cucha, la oveja/ La chicha ya estaba madura/ Toda la gente ya estaba invitada/ No me hagas eso, Rosendo, no me hagas eso/ Porqué me jugás esa mala pasada/ No ves que mi pena es fuerte/  Rosendo Villegas Velarde, no me hagas eso/ No te mueras, no te mueras, no te mueres…

Fue tentado por la política. El general René Barrientos Ortuño le ofreció un ministerio, pero rechazó la invitación. Sí aceptó la oferta que le hizo Lidia Gueiler para que asumiera la embajada en España, más por amor a España que por otra cosa, pero no llegó a viajar a Madrid por el golpe de Luis García Meza. 

Suárez creía que la política es incompatible con la labor de un escritor. Como Ernesto Sábato, pensaba que el único compromiso del escritor es con la verdad. “El escritor, para mí –decía–, es un permanente buscador de la verdad y eso le confiere un carácter de independencia”.  Tenía algo de anarquista. Su ideal de vida, según declaró en una ocasión, era el del escritor Henry David Thoreau: vivir en el bosque, ser absolutamente libre, sembrar tus propias hortalizas y no pagar impuestos al Estado.

En una de sus últimas entrevistas, dijo que tenía la esperanza de escribir algún día el libro de su vida. La muerte lo sorprendió cuando preparaba una tercera obra de teatro, La Promoción, una novela y un nuevo libro de cuentos.

Como en el verso de Gregorio Reynolds que presidió su funeral, Suárez “vivió sin hacer daño” y “murió de repente”,  en “la envidiable dicha y la envidiable muerte”.  Escribió sobre el amor, el desamparo, la soledad, la solidaridad y la belleza de la naturaleza. 

“Hay que morar en nosotros mismos. Sentir el vértigo de la nada para emprender el vuelo. Luciérnaga fugaz es tu vida en la noche de los tiempos. El amor. El amor es lo que da sentido al ser”, dice uno de los personajes de Vértigo, en lo que bien podría ser la síntesis de vida de Gastón Suárez Paredes, el desertor escolar que se hizo escritor para cumplir un juramento.

Página Siete –   5 de mayo de 2019