Dos libros imperdibles

Hernán Maldonado

Prontuario (Casos de la crónica roja que conmocionaron a Bolivia) y Semejanzas (Esbozos biográficos de gente poco común) son dos libros que no tienen ni un año de haber salido a la luz pública y, al leerlos, tuve la sensación de haber visto dos buenas películas que deberían finalizar con la palabra: “Continuará”.

Juan Carlos Salazar, el Gato para sus amigos, se luce con Semejanzas, portarretratos de 40 personalidades, personajes con las que trató, conoció, fueron sus amigos, entrevistó, los vio actuar a lo largo de su extensa carrera periodística.

Como él, al menos a 20 de esas personas yo las traté de cerca y puedo asegurar, sin que me quede nada por dentro, que el Gato hace una primorosa pintura de todos ellos. Así eran, eso es lo que hicieron, pensaban y dijeron, oralmente o por escrito.

El Gato no escribió biografías, simplemente en su libro esboza a personas de carne y hueso con la maestría de un periodista curtido en mil batallas. No disimula su implícita admiración por algunos de los personajes que retrata, como Liber Forti, o su adhesión sin retaceos al líder socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz (Me pregunto si ¿alguien lo conoció mejor que él?).

Prontuario es el otro libro, pero no de la autoría exclusiva del Gato, sino de un equipo mayoritariamente compuesto por periodistas de Página Siete, del que Salazar fue su director. (Quizás escriba otro libro sobre sus experiencias en esa tribuna acosada ferozmente por el régimen de Evo Morales).

En buena parte de sus 224 hojas, el libro es una denuncia del lerdo, negligente, incapaz, ineficiente y corrupto Poder Judicial. El Fin de la fiesta, de la pluma de Isabel Mercado Heredia, muestra cómo el dinero sirve para dejar impune a un criminal, amparado en chicanerías de abogados inescrupulosos y de un juez venal que tras largos años no fue capaz ni siquiera de iniciar un juicio. Si ello hubiera ocurrido el acusado podría haber sido extraditado desde el país en el que se fugó, pero…

Leny Chuquimia Choque escribe sobre el caso del bebé Alexander dejando entrever de que el poder político se sirvió de jueces y fiscales inescrupulosos para inculpar a un joven galeno de un crimen que no cometió (como se probó después de que salió el libro) para denostar al gremio médico que en esos meses estaba en ardua lucha contra el régimen gobernante.

El Gato nos regala con la sabrosa crónica de los Tres crímenes perfectos para retrotraernos al misterio que rodea hasta hoy los asesinatos del periodista Alfredo Alexander y su esposa Martha, del dirigente campesino y ex ministro Jorge Soliz Román y del periodista Jaime Otero Calderon. ¿Cuánto tuvo que ver en los tres el futuro “ministro de la cocaína”, Luis Arce Gómez?

¡Ah!, claro, está la nota de Cecilia Lanza Lobo, justamente refiriéndose al militar hoy preso en Chonchocoro. Hace años, cuando estuvo encarcelado en Estados Unidos, traté de entrevistarlo sobre las acusaciones que se le hacían. Me respondió que estaba muy enfermo “casi ciego” y que solo hablaría cuando estuviera en Bolivia.

Eran mentiras. Aparte de ser cruel, indolente, era y es un mentiroso. En la página 39 refiere a Lanza Lobo que no trabajó como fotógrafo de Presencia y que lo único que hacía era llevar las fotos que tomaba su primo Freddy Alborta para el diario.

Expulsado del Colegio Militar, se dedicó a la fotografía. Alborta (el de las históricas fotos del Che Guevara muerto en La Higuera) todavía no trabajaba en Presencia y el fotógrafo titular era Nils Valle.

Como dije al principio, el libro merece una “continuación” o al menos una nueva edición aumentada y corregida porque algunos casos faltan por escribirse, como el de la Masacre en el Hotel Las Américas: para saber en qué quedan los jueces y fiscales corruptos que encarcelaron al médico Jhiery Fernández, si finalmente será encarcelado el prófugo Alejandro Zapata.

Falta saber si habrá poder alguno que le haga devolver algo de los millones a Gabriela Zapata, los entretelones que llevaron a la muerte a la periodista Hanaly Huaycho Hannover, la esposa del policía que sabía mucho sobre lo ocurrido en el Hotel Las Américas, en fin, un libro que no tiene el clásico FIN de las películas. Amanecerá y veremos.

Página Siete – 11 de agosto de 2019

«Semejanzas», y su trasfondo de historia, periodismo y estética

Óscar Rivera Rodas

Acabo de leer el libro Semejanzas. Esbozos biográficos de gente poco común (La Paz, 2018), de Juan Carlos Salazar del Barrio. Aunque es un viejo compañero de ajetreos periodísticos por décadas, y me considero conocedor respetuoso de su estilo periodístico sagaz, objetivo y preciso, experimentado en múltiples procedimientos y modalidades acordes a los hechos cotidianos que enfrenta la tarea comunicativa, la lectura de su libro me sorprendió.

Semejanzas. Esbozos biográficos de gente poco común reúne tres sistemas teóricos o disciplinas aparentemente inconexas: historia, periodismo y estética.

La relación de la historia y el periodismo es obvia. Las crónicas periodísticas de cada día son imprescindibles para las historias que se escribirán en el futuro; más aún, serán una fuente de materia prima. La historia se escribe sobre documentos, entre los que se hallan los hechos narrados por los periodistas.

En los tiempos actuales el periodista archiva los documentos que serán leídos mañana por los historiadores. La crónica periodística no trasciende su presente, como muy bien señaló el estadounidense Hayden White (1928-2018), filósofo de la historia, en su libro El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica (1992).

Del cronista escribió: “Más que concluir la historia suele terminarla simplemente. Empieza a contarla pero se quiebra in media res, en el propio presente del autor de la crónica; deja las cosas sin resolver o, más bien, las deja sin resolver de forma similar a la historia. (1992: 14). Ahí radica la diferencia y también –paradójicamente– la similitud del periodismo con la historia. El periodismo queda cautivo en su presente”.

No es mi interés redundar en la obra periodística de Juan Carlos, sino en su libro con el que incursiona en la historia y en la estética, cuyo subtítulo afirma “esbozos biográficos”. El material que debe examinar la lectura es un conjunto de “esbozos biográficos”, llamados también por su autor “semblanzas”, sobre los que advierte: “la semblanza no es una historia de vida, como se supone, ni siquiera un perfil, sino una visión fugaz, la percepción del destello de una trayectoria” (2018: 14).

De los personajes representados dice: “La selección tiene que ver, como todo lo que ocurre en el periodismo, con la pertinencia noticiosa. Ha sido su fugaz asomo a la actualidad mediática, en algunos casos, o esa última anécdota vital que es la muerte” (2018: 15). 

Cabe subrayar que los personajes no fueron elegidos ni al azar ni por preferencia; fueron protagonistas de hechos periodísticos. Su presencia (aunque “fugaz asomo a la actualidad mediática”) originó un fondo múltiple de los tres campos señalados: periodismo, historia y estética.

Tras cumplir la tarea periodística, y publicados los relatos correspondientes, Salazar guardó en su memoria el conocimiento que obtuvo de los hechos y sus protagonistas; es decir, ideas, impresiones e intuiciones. Los filósofos empiristas del siglo XVIII revelaron que todo conocimiento humano es adquirido mediante los sentidos que perciben los hechos.

El filósofo inglés David Hume (1711-1776) inicia su Tratado de la naturaleza humana con la discusión del tema Del origen de nuestras ideas, inicial del Libro Primero. Ahí escribió: “Todas las percepciones de la mente humana se reducen a dos géneros distintos que yo llamo impresiones e ideas”; explicó la diferencia según la fuerza y vivacidad con que “se abren camino en nuestro pensamiento y conciencia”.

Las impresiones “penetran con más fuerza y violencia…, y hacen su primera aparición en el alma”. Las ideas, en cambio, son imágenes débiles que ocupan lugar en el pensamiento y razonamiento.

Las ideas se instalan en el razonamiento; las impresiones despiertan sensaciones y emociones. Las primeras pueden ser entendidas como objetivas y se relacionan con el conocimiento conceptual; las segundas, subjetivas, con la comprensión sensible.

Estas diferencias guiaron a Juan Carlos Salazar. Las semblanzas fueron escritas en la lejanía y ausencia de sus respectivos protagonistas y sus hechos. El autor sólo disponía de algunas ideas escritas y los inasibles archivos de la memoria, imposibles de ser releídos o revisitados: los recuerdos. El único recurso que permite recuperarlos es rememorar: fijar temporal y virtualmente en la mente algo del pasado, en toda su existencia aparente, y escribir un testimonio.

El filósofo francés Paul Ricoeur (1913-2005), que llevó a discusiones sorprendentes las controversias sobre la filosofía de la historia, ha escrito en su voluminosa obra La memoria, la historia, el olvido, que “el testimonio constituye la estructura fundamental de transición entre la memoria y la historia” (2004: 41).

Las semblanzas de Salazar fueron extraídas de la memoria que carece de percepciones, convertidas en datos subjetivos: recuerdos puros. Otro filósofo y escritor francés, Henri Bergson (1859-1941), Premio Nobel de Literatura en 1927, en su libro Materia y memoria, escribió: “El recuerdo puro es, en efecto, por hipótesis, la representación de un objeto ausente” (1900: 84). El biógrafo en este caso es un buscador de reminiscencias con el fin de representar algo del pasado, pero que permanece para el futuro.

Porque como bien define Bergson, la memoria es “síntesis del pasado y del presente en vista del porvenir, en que contrae los momentos de esta materia para servirse de ella” (1900: 296). Sobre esa síntesis las semblanzas capturan la vivencia histórica de sus personajes.

Veamos ahora el tercer sistema teórico del libro de Salazar: la estética. Esta no es ajena ni a su intención ni a sus propósitos, tampoco a la historiografía contemporánea. En los párrafos primeros de la presentación, el autor refiere al artista plástico mexicano Juan Soriano (su nombre real fue Juan Francisco Rodríguez Montoya, 1920-2006). Y escribe: “Al igual que el retratista, el biógrafo traza bocetos, simples esbozos que buscan rescatar las apariencias que dejan esos destellos” (2018: 13). Los esbozos son retratos: productos del arte.

El término estética procede del griego  aisthetikós,  que refiere lo que se percibe por los sentidos o lo que se conoce por los sentidos. La conciencia estética retiene las impresiones que son exclusivamente suyas. Para la percepción de Salazar, la figura real de sus personajes implica otra representación específica según la cual escribe su narración.

Por ejemplo: el héroe anónimo (y Pepe Ballón Sanjinés), o el adelantado (y Luis Ramiro Beltrán), o la mujer símbolo (y Domitila Barrios de Chungara). La representación implicada no pertenece a la identidad del personaje biografiado; es producto de las impresiones percibidas por el biógrafo.

El filósofo alemán Nicolaï Hartmann (1882-1950) se ocupó extensamente del objeto estético en su obra Ästhetic (Berlín, 1953), examinó la estructura de las obras artísticas de todos los géneros, y apuntó la configuración general de estas obras: “Lo bello es un objeto doble, pero único. Es un objeto real y, por ello, se da a los sentidos, pero no se agota ahí, sino que es más bien y en 1a misma medida algo distinto, más irreal, que aparece en el real -o surge tras él” (1977: 42).

En seguida advierte: “Lo bello no es ni el primer objeto solo ni el segundo solo, sino más bien ambos unidos y juntos. Mejor dicho, es la aparición del uno en el otro” (1977: 43).

Cabe aquí otra aclaración respecto a los sistemas teóricos que discutimos. El filósofo italiano Benedetto Croce (1866-1952), que reflexionó sobre la historia como sobre el arte, no vio diferencia entre la actitud del historiador y del artista. Causando alarma entre los filósofos de la historia afirmó que la conciencia histórica actúa como la conciencia ante lo bello. En su libro Estética (Bari, 1908) rechazó el principio tradicional de considerar la historia junto a la ciencia y a la filosofía. Escribió: “Inexactamente se ha considerado a la historia como la tercera forma teórica. La historia no es forma sino contenido; como forma no puede ser más que intuición o fenómeno estético” (1912: 74).

Contenido de la historia es el conjunto de hechos objetivos; forma, la significación asignada a los mismos por el historiador según su percepción subjetiva. Este enfoque ha causado un conflicto serio a la filosofía de la historia. La significación de los hechos históricos es estudiada actualmente como conceptualización de éstos.

El filósofo alemán Reinhart Koselleck (1923-2006) ha escrito al respecto en su libro Historias de conceptos: “Todo historiador puede reencontrar de forma objetiva en su historia lo que subjetivamente ha introducido en ella. En consecuencia, las ideologías pueden penetrar sin freno en el terreno de las descripciones históricas” (2012: 43).

En fin, Carlos Medinaceli (1902-1949), en sus Apuntes sobre el arte de la biografía, con los que cierra su libro La inactualidad de Alcides Arguedas y otros estudios biográficos, exhortó a cultivar la biografía por ser “vehículo de proficuas enseñanzas, éticamente ejemplarizadora”, además, es “obra no sólo de arte, sino, lo que es más, de justicia” (1972: 210). Agregó: “En Bolivia hemos glorificado en forma desmesurada a los caudillos políticos, a los militares audaces, y hasta a los oradores huairalevas y picos-de-oro, olvidando de otros varones que han realizado obra más útil, positiva y benéfica en bien del progreso nacional” (1972: 220).

La afirmación de Medinaceli es muy cierta. Aunque cabe añadir que entre quienes han realizado obra útil, positiva y benéfica en bien del progreso nacional, hay también mujeres. Surge aquí un reparo al libro de Juan Carlos Salazar, que supo concertar periodismo, historia y estética. Un cálculo final desde las ciencias matemáticas nos hacer ver que Semejanzas. Esbozos biográficos de gente poco común incluye solamente un 12,5% de personajes femeninos. Por lo demás es un libro con trasfondo teórico complejo muy bien logrado.

Página Siete – 30 de junio de 2019

«Semejanzas»: Calidad narrativa

Carlos Decker-Molina

Para Thomas Carlyle, citado por Juan Carlos Salazar  (el Gato) en su libro Semejanzas, la biografía es una suma de anécdotas, y la historia del mundo, el conjunto de biografías de los grandes hombres.  El libro Semejanzas del entrañable Gato pretexta la semblanza de gente poco común para escribir la historia de Bolivia y, de paso, pergeñar la del continente.

¿Cómo entender la historia de Bolivia de los últimos 50 o 60 años? ¿El ascenso y la caída de los regímenes militares, la aventura guerrillera del Che, las dictaduras de siete años o de 24 horas, las rupturas del ovandismo y el torrismo, la llegada de la democracia, el sempiterno deseo de tener un mar? Sin la palabra de los actores principales, secundarios, o el vaticinio: “El periodismo está acabado” de Leguineche que, el Gato con este libro, demuestra lo contrario: comienza una nueva etapa, el (periodismo) de la calidad, el de la profundidad, el de la investigación.

Las historias recogidas por el periodista en charlas, entrevistas o mesas de café se suelen guardar en libretas o papeles doblados en cuatro que puedan caber en el bolsillo del pantalón. Las que se publicaron, en aquel entonces, eran noticias paridas por la premura, el resto maduraron en los cuadernos de notas del Gato, como el vino de calidad.

Todo lector lee un libro diferente, no importa que sea ficción o realidad. El libro de Salazar del Barrio tiene, para mi-lector, un entresijo historiográfico, por eso mi afán de encontrar el relato histórico de Bolivia de las últimas cinco o seis décadas, en cada una de sus líneas.

Si Juan Carlos hubiera cambiado su orden, por el cronológico, tendríamos una variante de crónica histórica, además casi en todos los casos contada por la voz del otro. 

“La lectura termina por identificar, de un modo puro, lo que podíamos llamar la voz del otro” escribe Ricardo Piglia. La voz del presidente, la del exiliado, la del poeta o la del “otro social”.

Gracias al Humanismo (con mayúscula) los cronistas empezaron a abandonar la religión y el providencialismo. Entonces aparece el hombre como responsable del devenir histórico. Y el libro Semejanzas es una muestra extraordinaria de esa sensatez.

Las palabras escritas en las páginas de Semejanzas se abren a diversos universos, se arma y desarma según quién es el objeto de la semblanza, pero hay un hilo conductor que es la historia, no importa que boliviana o continental, susurrada por Rulfo, olfateada por García Márquez o contada por el autor que relata sobre el golpe de los coca-dólares a través del Goyo Selser, o el grito de dolor de Domitila Chungara, o los menos-secretos del chino Sánchez porque, los más, se los llevó a la tumba.

Discípulo de José Gramunt y gran escucha del verbo de Liber Forti, no era escuchar la religión y la apostasía, fue su afán de buscar el justo medio.

Juan Carlos Salazar del Barrio es uno de los grandes del periodismo boliviano, pertenece a esa generación que le tocó vivir en constante estado de emergencia, a salto de embajada y con la valija tras la puerta. Su escuela fue Fides y su título de campeón de peso pesado de la noticia logró en la agencia alemana de noticias DPA, pero lo más sobresaliente del Gato es su fidelidad al hecho. Premio Nacional de Periodismo, pero ante todo el boliviano más universal, cosmopolita y entrañable tertuliano con amigos en todo el mundo. 

Semejanzas es la muestra de un periodismo que sobrevivirá en estos tiempos de la cólera viral, son ejemplos de lo que debe ser el periodismo narrativo y confirman el parentesco consanguíneo entre literatura y periodismo.

Hago votos por más libros nacidos de su pluma porque escapa a las coordenadas de lo rebuscado para ofrecer una lectura amena e instructiva, el Gato es un verdadero folkbildare, escribo la palabra en sueco, porque en ese idioma quiere decir “el que ofrece conocimiento y educación con fines democráticos y de igualdad ciudadana” y por lo tanto defensor de la libertad de prensa y opinión.

Página Siete – 19 de mayo de 2019

La Presencia del periodismo en la Historia

Mauricio Quiroz

Los periódicos dejan cada día un testimonio para la historia; reflejan en sus páginas una muestra fotográfica del momento. Historiadores y periodistas buscan en sus páginas la materia prima para la reconstrucción de los hechos en contextos particulares. Desde otro vértice, los impresos son como comprobantes de una auditoría sobre esos momentos que son cruciales para comprender a una sociedad y a sus proyecciones.

Por estos días, pero hace 67 años, un puñado de jóvenes católicos dio vida a una iniciativa periodística que estuvo vigente durante 49 años. Fue un tiempo que acabó siendo un pedazo clave de la historia del periodismo boliviano. Ahora, un grupo de sus protagonistas recupera el legado del matutino en Presencia, una escuela de ética y buen periodismo [Plural: 2019], un libro que recupera testimonios, incluso un par de crónicas que dejó el equipo de redactores sobre temas como la democracia y la defensa de los Derechos Humanos.

La obra, que fue presentada el jueves 4 de abril por Armando Mariaca y Mariano Gumucio, fue coordinada por Juan Carlos Salazar, un guerrero de las mil batallas libradas con el arma de la palabra, la tinta y la ética. De hecho, el Gato Salazar —como fraternalmente es conocido— es el autor del prólogo de esta obra que fue promovida por la Fundación para el Periodismo, European Journalism Centre (EJC) y la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP).

“Es una historia incompleta de esa maravillosa experiencia que fue el periódico católico Presencia. No fue solo una escuela de buen periodismo, sino una escuela de ética”, afirmó Salazar durante una conversación con el autor de este artículo.

Y aunque el prologador no fue parte de la plantilla de periodistas que acompañó a Presencia, es notoria la emotividad con la que Salazar recuerda sus años mozos y la amistad que acuñó con sus colegas de entonces. De hecho, el libro incluye un texto de José Luis Alcázar, El periodismo en tiempos turbulentos. Alcázar fue uno de los profesionales que Presencia envió para la cobertura de la guerrilla del Che Guevara (1969).

“Fue el medio impreso del país que mejor cobertura tuvo sobre este acontecimiento histórico”, comentó el Salazar, quien también destaca el tiraje que tuvo este impreso. “Habían días en los que se imprimían y vendían al menos 150.000 ejemplares, una cifra increíble para los periódicos de hoy”. Así, una de las ediciones más memorables del rotativo estuvo marcada por la difusión del Diario de campaña del Che. “Agotamos toda la edición del periódico”, remarcó.

El libro recorre desde los primeros años de Presencia, cuando emergió como un semanario católico poco antes del estallido de la Revolución del 9 de abril de 1952, hasta sus “últimos días”. “Nació con un capital de 2.000 dólares, un dinero que para la tercera edición ya se había agotado”, recuerda Salazar. También se lee un capítulo que recupera los textos de los fundadores y pioneros del rotativo. El ávido lector podrá ponerse frente a un par de escritos que dejó Huáscar Cajías, el director fundador de Presencia. El mensaje del periodista fue redactado en un contexto en el que los periodistas se formaban en las redacciones.

“En cuanto al personal —recordaría Cajías años más tarde—, se lo nombró un poco dictatorialmente, a dedo, por así decir. Las excusas de que uno no sabía nada de periodismo, de que tenía otras graves preocupaciones, fueron dejadas de lado y hubo que acometer la empresa (…). Al principio, por eso, hubo numerosas fallas y errores no solamente ortográficos sino periodísticos”, se lee en el prólogo del libro testimonial.

Otro hito. El periodismo cultural tuvo un espacio único en Presencia. Un escrito del académico Raúl Rivadeneira Prada tributa homenaje al obispo Juan Quiroz, quien fue director del suplemento Presencia Literaria entre 1957 y 1992. El rotativo, sin dejar de lado los valores cristianos y evangelizadores, también estuvo presente en la construcción de la democracia. Fue en las oficinas del rotativo donde Domitila Barrios de Chungara, la dirigente eterna de las mujeres mineras, instaló el segundo piquete de la huelga de hambre que tumbó la dictadura de Hugo Banzer (1976-1977).

Salazar recuerda que desde que comenzó la historia de Presencia, en 1952, se pueden contabilizar varias intervenciones violentas de las llamadas fuerzas del orden. La redacción del rotativo sufrió agresiones durante la huelga que activaron las mujeres mineras a finales de 1976, aunque para entonces los militares ya habían ejecutado varias acciones para acallar al periódico católico.

Pasión, muerte y resurrección de la democracia es una crónica brillante presentada por el equipo de redacción del impreso católico que también se puede hallar en el libro respecto a esta fase histórica del país. 

Presencia pudo vencer muchas batallas, pero al final sucumbió. La Conferencia Episcopal de Bolivia (CEB), la dueña de la rotativa, ordenó “una pausa”, la que al final resultó eterna. Queda el legado y este libro es un testimonio de fe.

La Razón – 7 de abril de 2019