Tupiza en el recuerdo*

Según el dicho popular, un viaje se vive tres veces: cuando lo soñamos, cuando lo vivimos y cuando lo recordamos. El libro de Hugo José Suárez, Tupiza, un viaje hacia los recuerdos (Editorial 3600), recoge esos tres momentos: los sueños de su autor, sus vivencias y sus recuerdos. El sueño de la Tupiza que imaginaba antes de conocerla, la experiencia que vivió cuando la conoció y, finalmente, el recuerdo de esa vivencia.   

Víctor Hugo dijo alguna vez que “viajar es nacer y morir a cada instante”. El viaje es una metáfora de la vida misma. Como toda aventura, tiene un nacimiento y una muerte, dos momentos vitales en la existencia de un ser humano. Llegar es nacer, partir es morir.

Todo viaje nace en la imaginación y muere en el recuerdo, muere cuando la memoria ajusta cuentas con la realidad. Recordamos lo que sentimos más que lo que vivimos. Y, escribimos, como dijo García Márquez, no lo que vivimos, sino lo que recordamos.

Ibn Battuta, el gran explorador marroquí que recorrió durante veinte años parte de África, Europa, Oriente Medio, Asia central y China a mediados del siglo XIV, dijo que “viajar te deja sin palabras”, pero que cada viaje te convierten en “un narrador de historias”.

Los viajes han convertido Hugo José Suárez en un narrador de historias. De hecho, tiene un libro de viajes y fotografías, a manera de bitácora virtual, que lleva por título Viajar, mirar, narrar, publicado en 2018.

Suárez recuerda su visita a Tupiza y Santa Rosa, la hacienda de sus abuelos maternos, José María y Elena, ubicada entre Nazareno y Suipacha, a pocos kilómetros de Tupiza, una finca construida en 1840, cuyo primer propietario fue el presidente Aniceto Arce. Diputado, empresario, intelectual, político liberal y emprendedor, don José María Suárez arriesgó todo su capital para rehabilitar Santa Rosa. Y lo logró.

El autor escribe: “Tupiza estuvo presente en el relato de mi familia desde que tengo memoria. Objetos, anécdotas, historias, fotos, visitas. Como el eco permanente de un período que marcó a mi madre, mi tío y mi abuela, resonaba alguna referencia en cualquier conversación. Era el pasado, siempre reanimado en la palabra, siempre actualizado en el relato”.

Transcurrieron décadas antes de conocerla. Finalmente surgió la posibilidad y viajó acompañado de once miembros de su familia. Para todos los integrantes de la partida, escribe, “Tupiza resonaba de distinta manera”, porque cada uno se había hecho su propia idea del pueblo del que tanto habían oído hablar.

Beatriz, la hija del patriarca, les dice al partir: “Voy para compartir con ustedes el lugar donde fui más feliz y más triste en mi vida a la vez”. ¿Por qué?, le pregunta Hugo José. “Porque era la reina del lugar –le responde–, y porque mi papi murió allá, y todo se me vino abajo”.

Y, claro, la pequeña ciudad que los recibió estaba lejos de ser el pueblo que ellos habían imaginado, muy distinto al que cobijó a la familia a mediados del siglo pasado.

No me llama la atención, porque a mí, como tupiceño, me ocurrió exactamente lo mismo en mi primer retorno, después de 50 años. Me ocurrió lo mismo en mi primer retorno, digo, porque el segundo me supo diferente.

El autor cita a manera de epígrafe una hermosa frase del poeta mexicano Rubén Bonifaz Nuño, quien dijo alguna vez: “Regreso a donde nunca estuve”. Viajar a Tupiza, para Hugo José, fue exactamente eso, regresar a un lugar donde nunca estuvo antes; para un tupiceño, sería regresar al lugar del que nunca había salido.

El fundador de las letras tupiceñas, Eduardo Wilde (1844-1913), quién nació y vivió en Tupiza a mediados del siglo XIX, hace en una hermosa descripción de su pueblo natal en su novela Aguas abajo.

Wilde describe a Tupiza como una villa “modesta, elemental y rara”, con solo dos calles, la calle izquierda y la calle derecha, nombres que no se justificaban porque la izquierda era más derecha que la otra, y porque podían cambiar de nombre según la dirección del transeúnte; una villa donde “no había periódicos, ni demagogos ilustres, ni tribunos hipócritas y abnegados, ni defensores profesionales de los derechos del pueblo, nombrados por sí mismos”.

En realidad –dice Wilde–, allí no había un pueblo “propiamente hablando”, sino “un reducido número de habitantes”, quienes “trabajaban mansamente, se divertían en las fiestas, rezaban a sus santos, enterraban sus muertos (muy pocos, por cierto) y dejaban correr la vida según como venía”.

Yo no diría que el pueblo en el que transcurrió mi infancia era el mismo de Wilde. Ni el de la familia Suárez. Pero, probablemente, algo le quedaba, porque los pueblos, como se sabe, no son sus calles, sus plazas ni sus construcciones, sino el espíritu que vive en su gente y que pervive en sus tradiciones.

En su descripción del pueblo que encontró, Hugo José nos habla de los tamales envueltos en chala y las humintas aromatizadas con albahaca, que guardan el mismo sabor de antaño; del pan que sabe a pueblo; de los almacenas repletos de tambores de coca y lejía de distintos colores y formas; de su mercado único, donde –nos dice– “el tiempo parece tener otro ritmo”, y de su escuelita pueblerina, donde yo aprendí a leer.

Menciona a personajes que conocí en mi niñez y adolescencia: las hermanas Eguía, el doctor Inchauste, Don Julián el boticario, Don Marcos Lozano y el anarquista Líber Forti, mi amigo y mentor, quien –¡oh sorpresa!– fue el gran amor de la abuela Elena tras la muerte del abuelo José María.

En la lectura me reconozco y reconozco a la Tupiza de siempre. La de Wilde, la de Hugo José y, por supuesto, la mía.

Un enclave, como bien lo describe, “en un valle luminoso tapizado de maizales, molles y sauces llorones”, bañado por las aguas dorados de su río y arropado por sus cerros colorados; un pueblo de artistas y gente bohemia, que un diplomático español describió hace 40 años como la “Santillana cantábrica de Bolivia” por su vida cultural.

Líber Forti decía que Tupiza es un pueblo que da “la sensación de un sentimiento fantástico, que es el amor”, en una descripción que recuerda a la definición que alguna vez ofreció García Márquez del mítico Macondo como “un estado de ánimo”. Tupiza es el Macando boliviano.

Los descendientes de José María y Elena visitan Nazareno y Suipacha para conocer la “casa grande” de Santa Rosa, ubicada entre ambas aldeas. Hugo José se encuentra con pueblos fantasmas, caseríos que han perdido la vida; casas abandonadas, con puertas de madera viejas y muros de adobe cayéndose a pedazos, techos destruidos por el tiempo.

Su madre le cuenta que en el hotel de Don Marcos Lozano, en Nazareno, el único del pueblo, hoy abandonado, se realizaban grandes fiestas, a las que acudía la élite de la región, muy bien arreglada. Una historia que escuché de mi madre, puesto que la hacienda de mi bisabuela, Charaja, estaba ubicada frente a Nazareno, al otro lado del río.

De Santa Rosa, nos dice, no quedaba “ni el eco del grito que fue”; solo adobes, tierra, polvo, plantas e insectos; un trozo de azulejo, un diminuto pedazo de vidrio de lo que fue un vitral y un elegante adorno encima de los arcos del solario de la entrada.

Hugo José, además de narrador, es un excelente fotógrafo. Yo diría un excelente “narrador gráfico”. Y como suele hacer en todos su viajes, además de tomar notas, registró con su cámara las imágenes de Tupiza, Nazareno y Suipacha. Allí están las paredes, las puertas, las ventanas, los portales y, claro, las gentes.

Las imágenes me recordaron a otro gran fotógrafo y narrador: Juan Rulfo. Y, por supuesto, a Pedro Páramo, porque estoy seguro de que Hugo José detectó en las ruinas que recorrió los murmullos y latidos de sus antiguos moradores; la música de las fiestas y el terso pasar de las páginas de los cientos de libros que dice que albergaba la fabulosa biblioteca de la “casa grande”.

Al terminar el viaje, Hugo José escribe: “Nos vamos con la misma nostalgia, con ese sentimiento extraño de visitar un cementerio que todavía alberga algunas memorias que se niegan a morir”.

El autor cita como otro epígrafe una frase del escritor y filósofo mexicano José Vasconcelos, quien dijo que “un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía”. Y es lo que siente el lector al recorrer las páginas de Tupiza, un viaje hacia los recuerdos.

(*) Texto leído en la presentación de Tupiza, un viaje hacia los recuerdos en la Feria Internacional del Libro de La Paz, el 1 de agosto pasado.

Presentación de Los hijos de Goni*

Al leer el libro de Quya Reyna, Los hijos de Goni, lo primero que me vino a la memoria fue una frase de Augusto Monterroso. El gran maestro del microrrelato, muy amigo de Bolivia, por cierto, dijo alguna vez: “La vida existe para volverse cuento”.

Me preguntaba también si estaba ante una serie de crónicas o ante una colección de cuentos, dos formas de escribir, el periodismo y la literatura, que, como dijo Jorge Suárez, son “dos formas de habitar el mundo”.

O, en palabras de un querido amigo y colega, Manu Leguineche, quien decía que el periodismo y la literatura son “orillas del mismo río”, la narrativa, una hermosa descripción de la simbiosis de los dos lenguajes. O “hijos de la misma madre”, a decir de Gabriel García Márquez; o “dos caras de la misma medalla”, según Graham Greene.

Quya, en sus relatos, navega en ambas aguas. Muestra el oficio del periodista al describir el mundo que habita con realismo descarnado, y lo recrea con la belleza de la palabra, como narradora.

La crónica es el género que más se acerca a la literatura, el más rico del periodismo, porque se vale de técnicas similares para la reconstrucción de escenarios, situaciones, ambientes y personajes, con un estilo libre, sin fronteras. El periodista e historiador británico Timothy Garton Ash la define como “la literatura de los hechos”.

Y es lo que hace Quya. Recrear los hechos con voz propia, reconstruirlos desde adentro, con las mejores figuras literarias, la utilización justa de la metáfora, la alegoría, el humor, la ironía o la paradoja.

“Mi incursión en el comercio callejero –escribe– fue desde muy pequeña, como la de varios alteños. Tu madre te tiene ahí adentro, en el vientre, vendiendo. Creces viendo vender y luego vendes. Ciclo de la vida aymara, supongo: vender primero en nailon, luego en un cochecito pequeño llamado ‘burrito’, luego en cochecito grande…”

¿En qué momento el periodista cruza la delgada frontera que separa el periodismo de la literatura?

A García Márquez no le costó trabajo cruzar el río de la narrativa, pasar de una orilla a otra, porque había descubierto que la historia contada en un reportaje o una crónica no solo podía llegar a ser igual a la vida, sino mejor que la vida misma. Es lo que le permitió escribir una crónica como un cuento y un cuento como una crónica. O una crónica como una novela. Como dijo Juan Villoro, García Márquez fue capaz de reportear “el rumor que dejaba el azúcar cuando subía a las naranjas”.

Y es lo que hace Quya Reyna. Reportea la vida de El Alto y el alteño con el rigor del periodista, pero con la sencillez y frescura del creador.

Como buena periodista, mira donde nadie mira y encuentra historias donde nadie las busca, en un mundo del que se habla mucho y se conoce poco.

El alteño –nos dice– es como el apthapi, “un plato sin receta, uno que se construye desde lo que hay en casa, desde lo que se cosecha, dependiendo de la temporada”.

Quya, sin embargo, nos da la receta, la va construyendo desde su propia vivencia, para vaciar en un awayu multicolor todos los elementos que conforman la urbe que la vio nacer, y ofrecernos un plato que contiene los ingredientes de todas las cosechas y temporadas de ese conglomerado humano.

Hemingway solía recomendar a los futuros periodistas y escritores utilizar palabras sencillas y evitar expresiones ampulosas, adjetivos innecesarios, pero sobre todo les aconsejaba “no buscar mirlos blancos, ni grandes tragedias”, porque “todos los mirlos son negros, todas las tragedias son grandes y todos los sucesos son importantes”.

Quya utiliza palabras sencillas, sí, y evita las expresiones ampulosas y los adjetivos innecesarios, pero encuentra mirlos blancos, como el Huicho, y convierte episodios insignificantes en sucesos, como el negocio del baño público, un negocio redondo, ¡de 500 pesos diarios!, porque, claro, “el hombre caga todo el tiempo” y necesita un baño para cagar cuando está fuera de su casa.

Como escribí alguna vez, los personajes de una historia real o ficticia surgen de los pliegues de la memoria del autor, escondidos como estaban en rincones desapercibidos, para inventarse a sí mismos –o reinventarse– y hacer su propio recorrido.

Con Quya como testigo o, si acaso, como simple amanuense que se deja llevar por sus propias criaturas, seguimos el recorrido de Don Filomeno, de Doña Adela o de Zulma.

La poesía no está en las palabras sino en los personajes, en esos seres anónimos, ignorados, los “extraños”, como los llamaba la mamá Adela, pero trascendentales por su filosofía de vida.

Con los personajes surgen los escenarios y muchas veces son los escenarios los que recrean a los personajes. Están ahí a la espera de que el autor los rescate. Los paisajes se apropian de ellos, los recrean y los hacen suyos.

Es lo que vemos en los tendidos de mercadería de las caseritas, en los gritos de los vendedores ambulantes y la música a todo volumen de las ferias de Villa Dolores y Ciudad Satélite, en la lucha del “khamaneo” diario de los comerciantes minoristas.

Quya escribe que se quedó muda cuando vio por primera vez la ciudad de La Paz desde la Ceja de El Alto, a la que describe con sus “casas pequeñitas y edificios largos, sobresaliendo entre el paisaje”, y con el Illimani “bien acomodado entre las cordilleras, como si nos mostrara a esa ciudad y nos dijera: Esto es mío”.

La autora aborda temas lacerantes, dolorosos, dramáticos con ternura y sentido del humor, un sentido del humor que no significa superficialidad, porque detrás de la forma hay reflexión y, sobre todo, interpelación.

Quya dice que siempre se esforzó en desarrollar un sentido del humor muy amplio, desde lo vulgar, hasta lo más fino. Y, sin lugar a dudas, lo logra y con un gran estilo.

El mismo título del libro puede llevar a equívocos, a suponer que estamos ante un alegato político. Nace de una anécdota, del reclamo del padre a los hijos cuando dejaban restos de comida en el plato, un lujo que un pobre no se puede dar. ¡Pero que se creen ustedes para sobrar la comida! ¿Se creen hijos de Goni?, les recrimina. Cuando Quya lee por primera vez Mafalda, a sus ocho años, lo primero que piensa es: ¡Cómo es posible que no coma sopa! La sopa cuesta mucho. ¡Esta es otra hija de Goni!

El regaño paterno no queda en una anécdota, porque lleva a la autora a preguntarse ¿qué significa ser hijo de Goni?

Sus reflexiones, breves y certeras, nacen de su agudo sentido de observación, una  mirada crítica, que muestra una realidad, la de El Alto y del alteño, alejada del mito y la ideología, como cuando escribe que “el Alto creó una ciudadanía a partir del dinero” o cuando declara que “el aimara es capitalista, pragmático y vela por sus propios intereses”.

Al referirse al espíritu emprendedor del alteño, escribe: “Yo creo que un hombre de El Alto no es nada si no es más que su vecino”, porque “por eso, nada más que por eso un alteño no puede vivir sin decirle a su vecino: tu envidia es mi bendición”.

Activista y medioambientalista por convicción, reflexiona: En el mundo no hay ambientalista más grande que el pobre, porque está acostumbrado a sacar provecho de todo lo que tiene y a reciclar todo lo que llega a las manos.

Los textos de Quya son “crónicas casi reales”, como describía Jorge Timossi a ese género indefinido que navega entre el periodismo y la literatura, un género sin límites ni fronteras, que admite todos los géneros y todos los estilos, donde la realidad se mezcla con la imaginación y la no-ficción se confunde con la ficción.

*Texto leído en la presentación del libro en la Feria Internacional del Libro de La Paz, el 5 de agosto de 2025.-

Prólogo a Las muertes de Carlos Flores Bedregal

El Estado y el secreto van de la mano en el ejercicio del poder. El “secreto de Estado” es la ocultación de la información al escrutinio ciudadano en función de una no siempre razonable “razón de Estado”, resultado de una decisión política que mantiene cerrados archivos oficiales, sean gubernamentales, militares o de cualquier otro tipo. Daniel Ellsberg, el analista estadounidense que filtró los “papeles del Pentágono” a The New York Times en 1971 sobre la guerra del Vietnam, dijo alguna vez que “los secretos de Estado no son necesarios para la seguridad nacional; son necesarios para evitar que los ciudadanos sepan lo que su gobierno está haciendo”.

El “secreto de Estado” mantuvo en el misterio durante 30 años el lugar donde fue sepultado el cuerpo de Ernesto Che Guevara, ejecutado en La Higuera en octubre de 1967. Es también el que impide conocer, 45 años después, la ubicación de los restos de Marcelo Quiroga Santa Cruz y Carlos Flores Bedregal, asesinados el 17 de julio de 1980 durante el golpe militar de Luis García Meza y Luis Arce Gómez.

Los jefes militares responsables de la ejecución del Che Guevara se llevaron el secreto a la tumba, comprometidos en un “pacto de silencio”, como ocurrió también con los líderes golpistas que planificaron y ordenaron el asesinado de Quiroga Santa Cruz y Flores Bedregal. Pero como nadie está obligado a guardar secretos ajenos, tras el fallecimiento de los comandantes antiguerrilleros de 1967, surgieron los testigos que permitieron la localización y exhumación del cuerpo del Che, el 28 de junio de 1997, en la vieja pista de Vallegrande. No ocurrió lo mismo con las víctimas del asalto armado a la sede de la Central Obrera Boliviana (COB).

Historiador riguroso y cronista de pura sangre, Robert Brockmann apela a sus mejores dotes de investigador y narrador para reconstruir la historia del 17 de julio de 1980.  No solo ordena y sistematiza los datos y testimonios hasta ahora conocidos, sino que busca y explora las pistas que eventualmente puedan arrojar nuevas luces sobre las circunstancias de la muerte y el destino de los restos de Flores Bedregal, dirigente de una de las facciones del Partido Obrero Revolucionario (POR), y Quiroga Santa Cruz.

Los dirigentes del CONADE (Consejo Nacional de Defensa de la Democracia) fueron víctimas de una emboscada en toda regla, que convirtió a la sede de la COB en una ratonera. Los golpistas buscaban neutralizar la resistencia al golpe fascista, pero también descabezar a la izquierda boliviana que vivía un momento de ascenso político. Los líderes allí reunidos cayeron en la trampa. Supusieron ingenuamente que el “ruido de sables” estaba focalizado en la lejana Trinidad, confiaron en el respaldo popular y, en algunos casos,  en su propio ascendiente y prestigio personal.

Era el caso del líder socialista. Como relaté en la semblanza que le dediqué en mi libro Semejanzas (Plural, 2018), Quiroga Santa Cruz, a quien acompañé en su última campaña electoral, pensaba que los militares nunca cumplirían la sentencia de muerte que habían dictado en su contra. “¡No se atreverán!”, me dijo la noche que García Meza lanzó públicamente su amenaza, el 23 de junio (“A ese señor, las Fuerzas Armadas sabrán ponerle en su lugar, y yo como hombre”). Cuando le recordé que esa frase ya la había escuchado una vez en boca del general Juan José Torres, días antes de su secuestro y asesinato en Buenos Aires, el 2 junio de 1976, víctima de la “Operación Cóndor”, me respondió: “Si los militares quieren matarme, lo harán, haga lo que haga. Tendría que ocultarme debajo de las piedras o irme del país, y eso no lo voy a hacer”.  “La única posibilidad que tengo de evitarlo –agregó– es hacer que el costo político de un atentado sea para ellos tan alto que no se atrevan a intentarlo”.

La lógica de Marcelo tenía mucho sentido, era impecable, pero no era la de García Meza y sus secuaces, a quienes no les importó el costo político, como se vio, y sí se atrevieron a segar su vida, como también se atrevieron en el caso del general Torres.

Pocos días antes de la amenaza que le lanzó García Mesa, el jefe socialista recibió la visita de su amigo y compañero de gabinete en el gobierno del general Alfredo Ovando Candia (1969-1970), el general Juan Ayoroa Ayoroa. “Mira, Marcelo, tengo algo muy delicado que comunicarte”, le dijo en tono confidente en mi presencia. Aunque se encontraba en situación de retiro, Ayoroa mantenía muy buenos contactos con los militares en activo. “La situación dentro del Ejército está muy caldeada, te van a matar si sigues en la misma, debes cuidarte”, agregó, sin proporcionar mayores detalles de la confabulación de la que obviamente tenía conocimiento.

Marcelo le dio la misma explicación que le ofrecería días después, en la noche del 23 de junio, al arzobispo Jorge Manrique, un hombre avezado en la gestión de crisis y la mediación política, cuando le llamó para advertirle sobre el riesgo que corría tras la amenaza militar: “No es precisamente a mí a quien hay que recomendar moderación. Siempre he actuado con responsabilidad y serenidad, pero no puedo rehuir a mis responsabilidades ni renunciar a mis convicciones”.

Alguien dirá que Quiroga Santa Cruz y Flores Bedregal, alcanzado por una ráfaga dirigida al líder socialista, se encontraban en el lugar y el momento equivocados, pero lo cierto es que ambos acudieron a la sede de la COB obedeciendo a sus convicciones políticas y responsabilidades militantes.

Existen muchas versiones sobre los sucesos del 17 de julio de 1980 y el destino de los cuerpos de sus dos víctimas. Brockmann recoge las piezas dispersas para reconstruir el puzzle y ofrecer, por primera vez, un cuadro completo del hecho ocurrido ese aciago día, en una gran crónica, histórica y periodística. Según su reconstrucción, Flores murió cuando trataba de socorrer a Quiroga, quien recibió un solo disparo. Los cuerpos de ambos –Marcelo, herido–fueron trasladados al Estado Mayor. Pero, ¿qué ocurrió después? Es la pregunta que aún sigue sin respuesta. Las versiones hasta ahora conocidas son divergentes, puesto que los testimonios son igualmente contradictorios.

En todo caso, Brockmann considera posible la versión de Arce Gómez, quien señalaba a Banzer como el supuesto autor intelectual del doble crimen, no solo porque uno de los ejecutores era de su cuerpo de seguridad y el otro era jefe de seguridad de su esposa, Yolanda Prada, sino también porque el expresidente era el directo “beneficiario” de la desaparición física del líder socialista, quien le había instaurado un juicio de responsabilidades por varios delitos. ”Este muerto no es mío, es de Banzer”, había dicho Arce Gómez.

Brockmann no se queda en la reconstrucción de los hechos, sino que explora nuevas pistas, ata cabos y apunta a las más probables. Como dijo Stieg Larsson, el periodista y escritor sueco creador de la saga Millennium, “todo el mundo tiene secretos; la única cuestión es encontrar donde están». Brockmann va en pos de ellos y los encuentra –como suele ocurrir– donde nadie los busca.

Manuel Azaña, presidente la Segunda República española (1931-1939), dijo alguna vez que “la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro”. Cierto. Es así. Gracias al testimonio bibliográfico de algunos oficiales excombatientes, publicados años después de los hechos, nos enteramos de los entretelones de la campaña y la ejecución del Che Guevara. “Algo similar ocurre con la desaparición de los cuerpos de Carlos y Marcelo. ‘Alguien’ vio y oyó algo y lo contó a alguien más, y esa versión quedó registrada no en una, sino en dos novelas”, escribe Brockmann.

El autor de tales “infidencias” es un general retirado, dedicado a la literatura, que ocupó altos cargos en el Ejército, incluyendo la comandancia de una División, la dirección de la Escuela de Altos Estudios Nacionales, la Secretaría General del Consejo Nacional de Seguridad del Estado y un puesto en la Junta Interamericana de Defensa en Washington. Si bien su historia es “ficción”, sus fuentes son inobjetables. A tal punto que el Alto Mando militar censuró las obras del autor por violar el artículo 120 de la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas, es decir, por difundir “secretos militares” sin autorización de sus superiores.

Si las Fuerzas Armadas consideran que la “revelación novelada” de un “secreto militar” infringe un artículo de la Ley Orgánica de las FF.AA, algo de cierto tendrá su contenido.

En un testimonio conmovedor, Brockmann relata en la introducción del libro que al recorrer en su moto la avenida Zavaleta, notaba en “cierto lugar, siempre el mismo”, un “súbito cambio de temperatura, un enfriamiento brusco, que te atraviesa el cuerpo”; que así  lo percibió durante muchos años, hasta que se ocupó de las muertes de Flores Bedregal y Quiroga Santa Cruz. Fue cuando dedujo el destino más probable de sus cuerpos. “Entonces, ese frío tomó otro significado”.

¿Están los restos de ambos dirigentes sepultados bajo el asfalto en las cercanías del Gran Cuartel de Miraflores? Es la hipótesis que plantea Brockmann tras su investigación.

En cualquier país del mundo que se rige por leyes, el “secreto de Estado” tiene fecha de caducidad. Los archivos se abren al escrutinio público en plazos establecidos, de 10, 20 o 30 años. No ocurre lo mismo en Bolivia, donde los archivos permanecen cerrados a cal y canto.

¿Qué impide conocer los sucesos ocurridos hace casi medios siglo? Como sostiene  Brockmann, “los generales que hoy son generales, hace 44 años eran niños de colegio, no hay ningún motivo por el cual no se abran los archivos militares, intentar tapar este secreto es intentar defender a García Meza”. En el caso de Flores, existe además una sentencia incumplida de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) que responsabiliza al Estado por su desaparición, exige encontrar sus restos, abrir los archivos militares y resarcir a la familia.

Paradójicamente, fue un gobierno conservador, “neoliberal”, el que facilitó la investigación y exhumación de los restos del Che Guevara, y son gobiernos de izquierda, que se dicen seguidores de las ideas de Quiroga Santa Cruz, los que protegen el secreto militar.

Como dice Julian Assage, el fundador de WikiLeaks, que también filtró documentos clasificados de Washington, “el secreto es para los conspiradores, no para los gobiernos democráticos”. Así actúan, como conspiradores o encubridores, quienes impiden el esclarecimiento del caso.

La ocultación de la información es un atentado de lesa humanidad, puesto que las familias tienen derecho a dar una sepultura digna a sus seres queridos y cerrar un luto de cuatro décadas, pero también es una violación de derechos fundamentales, humanos, civiles y políticos,  incluido el que tienen los ciudadanos de conocer los actos de sus gobernantes. No hay democracia sin derecho a la información. Es lo que distingue al Estado de derecho del autoritarismo. “La opacidad del poder – dijo Norberto Bobbio– es la negación de la democracia”.

“A casi cuatro décadas y media de los hechos”, escribe Brockmann, “la única explicación para la falta de datos verídicos sobre el destino de los cuerpos de Carlos Flores y Marcelo Quiroga Santa Cruz es la existencia de un pacto de silencio”. Pero, en Bolivia –agrega–, “un pacto de silencio es casi imposible. Los bolivianos no son conocidos por su capacidad para guardar secretos”.

Pero, ¿los bolivianos debemos depender de la infidencia de unos testigos para conocer la verdad sobre un hecho oprobioso como el que nos ocupa o debemos hacer valer nuestros derechos? La apertura de los archivos militares es un reclamo democrático que merece respuesta. Sin lugar a dudas, la investigación de Robert Brockmann contribuirá al logro de ese objetivo, además de perfilarse como un significativo aporte al esclarecimiento del caso.

La Paz, 5 de agosto de 2024

No me buscarás en vano, de Amalia Decker*

Una novela admite diversas lecturas. No solo depende de la intención con la que el autor construye su historia y, obviamente, de la trama, sino también de la mirada de su destinatario final, el lector.

Yo percibo en la nueva novela de Amalia Decker muchos de los ingredientes del género negro, que saltan a la vista desde el sugerente título de la obra: No me buscarás en vano (Plural Editores). Y, por supuesto, en el argumento, una historia de intriga y violencia que atrapa al lector de principio a fin.

Como me ocurrió a mí durante la lectura, seguramente el lector se preguntará: ¿Qué investigaba y qué descubrió el columnista que ejercía la crítica del poder desde el periodismo? ¿A quién afectaba lo que estaba escribiendo al punto de causarle la muerte? ¿Quién guarda su secreto?

Si bien no existe un detective al estilo de la clásica novela negra, sí vemos a cuatro mujeres, las protagonistas de la historia, empeñadas en descubrir el misterio que rodea al supuesto suicidio del columnista.

Raymond Chandler, maestro de la novela negra, pone en boca de su mítico detective Philip Marlowe una frase que me vino a la memoria al leer No me buscarás en vano. El cínico y carismático héroe de Chandler dice en El sueño eterno que “los cadáveres pesan más que los corazones destrozados”.

Parafraseando a Marlowe, yo diría que los corazones rotos de las protagonistas de la novela de Amalia pesan tanto o más que la misma muerte de Carlos, el héroe omnipresente, de quien apenas sabemos que es columnista de prensa, autor de artículos explosivos, que presume de hacer “el amor con las palabras, jugar con ellas, para liberarlas de su prisión y darles nueva vida”.

Las protagonistas son cuatro mujeres que caminan a tientas sobre la delgada frontera que separa la verdad de la mentira, sabedoras de que la mentira es a veces el único camino que conduce a la verdad; cuatro sobrevivientes, a las que el mal de amores ha convertido en mujeres peligrosas. “El amor es una maldición”, dice una de ellas, Alejandra, porque te hace feliz y también desgraciada. “Lo peor de todo –agrega–, es que nos enseña a odiar”.

Lo único que las une es un ayer que las confronta y persigue y la búsqueda de la verdad. Ni siquiera la venganza, sino la verdad como único motivo para seguir viviendo. Como dice Philip Marlowe, el detective de Chandler, “hay un gran poder en la verdad y siempre hay algo detrás de la mentira”.

Los personajes son gente de a pie, gente de carne y hueso, cada uno con sus luces y sombras, con sus propios intereses y motivaciones, que se mueven en mundos moralmente ambiguos, entre la lealtad, la confianza y la traición, como el policía de doble personalidad,  presunto ejecutor de los siniestros planes del poder político. O su amante, que vendía su cuerpo en un bar para ejecutivos antes de convertirse en esposa de un ministro. O el cura que cumplía penitencia eterna por los pecados que escondía bajo la sotana.

Son personajes envueltos en las turbias relaciones del poder, atrapados en los enjuagues sucios de la política, las redes de la corrupción y la violencia, sobrevivientes del poder defenestrado, que se mueven –como dice uno de ellos– en las mieles y la mierda del poder como peces en el agua; personajes que se han olvidado de vivir, que buscan su redención en la redención ajena y una respuesta a sus dilemas éticos.

Como dice el cubano Leonardo Padura, autor de Pasado perfecto, la primera novela de la saga del detective Mario Conde, la novela negra tiene “la virtud de que te coloca directamente en un lado de la realidad y de la sociedad que siempre es el más oscuro”, porque “habla de lo peor de la sociedad”.

Es la sociedad que retrata Amalia, un país sin ley o un país donde la única ley es la ley de los que detentan el poder, que es lo mismo; un país, en fin –en palabras de Alejandra–, donde “los presentimientos tienen la mala concha de convertirse en profecías”.

La atmósfera en la que se desarrolla la historia –otra característica que la acerca al género negro– es a veces asfixiante, donde el silencio del entramado del poder convive con la violencia, la corrupción, el miedo; donde las sombras se proyectan “como grullas dormidas” –en palabras de Soledad– y abren las puertas a los recuerdos a manera de ráfagas, como fantasmas que se han puesto de acuerdo para acudir juntos en las noches de insomnio. “Tengo la sensación de estar bailando entre las sombras”, dice una de las protagonistas.

La atmósfera tiene a la lluvia como cómplice y telón de fondo. “La ciudad se diluye en una lluvia pertinaz”, dice Alejandra. “La tormenta se acaba de desatar, junto a la danza de los árboles, agitados por el viento”, reflexiona Soledad. “El cielo está gris y triste”, comenta en otra ocasión. Días lluviosos, que empiezan de manera extraña, con la angustia que anuncia los malos presagios, porque, como dice una de ellas, los tiempos de la Historia no coinciden con los suyos.

Y también la lluvia como metáfora: “Sentí sus manos como una suave lluvia en un día cálido”, dice Soledad. Alejandra comenta a su vez: “Mis penas van y vienen como la lluvia”; “la lluvia parece haber llegado para quedarse, pienso si acaso podría yo dejar correr el agua y vivir en paz”, reflexiona más adelante.

El relato descansa en dos de las cuatro protagonistas, Alejandra y Soledad –con Pilar y Shirley como interlocutoras–, quienes hilvanan la historia en primera persona, con una narración de gran intensidad y fluidez, que intercala la reflexión del soliloquio con la descripción de personas y ambientes y los diálogos con el resto de los personajes.

Alejandra y Soledad se retratan a sí mismas y retratan a los demás, con descripciones muy bien logradas, tanto en lo físico como en lo sicológico: las mujeres, hermosas, inteligentes y atormentadas; los hombres, seductores, misteriosos, manipuladores y manipulados, unidos entre ellas y ellos por amores y desamores, en los extraños engranajes y las sutiles redes que teje la vida.

“Cierro los ojos y me esfumo. Me miro sin mirarme y siento que mi rostro se dulcifica con la última figura que se atraviesa: desgarbado, flaco y de sonrisa preciosa”, dice Soledad del amante que no fue. Alejandra describe a Soledad: “Toda ella es un enigma. Sus movimientos me dicen más que sus palabras. Tiene ojos bonitos, con un raro destello. Son negros como el ala de cuervo”.

“Al levantar la vista –dice Soledad de Shirley-,  me sorprendo con su belleza. Un poco salvaje, pero sí que es linda. Los ojos negros y rasgados, una boca carnosa y joven. Lo único que no forma parte de toda esa belleza armónica es el cabello teñido a un rubio que chilla en su rostro mate”. Y describe a Alejandra: “Camina sobre unos zapatos planos. Es un poco más alta que yo. Lo primero que me llama la atención es su forma de caminar. Sin proponérselo, lo hace con gracia de bailarina”.

El relato es lineal. Las narradoras nos cuentan los hechos de la forma y en la medida que los viven, y nos muestran los sucesos pasados con detalles, suministrados a cuentagotas para mantener la tensión, que van perfilando el fondo y el trasfondo de la trama. Alejandra nos pone en contexto al hablar de su exmarido: “Conocí a gran parte de los actores (del viejo poder). Dormía hasta hace unos meses con uno de ellos. Incluso, el propio presidente defenestrado visitó mi casa un par de veces antes de huir con sus más cercanos colaboradores para no ser linchado por la turba enfurecida”.

En otro pasaje, Soledad le confía a Alejandra: “¿Recuerdas la balacera en una hacienda de Santa Cruz, donde mataron a unos supuestos terroristas? (…). Descubrí que el tal Javier no se llama así y que además fue quien dirigió ese operativo tan comentado en la prensa”.

Si alguien quiere ver un guiño de la autora a la adscripción de su novela, o al menos su afición al género negro, lo encontrará en el detalle de la breve conversación que sostiene Soledad con el portero de la vivienda de Alejandra: “¿Quién la busca para avisarle?”, pregunta el empleado. “Agatha Christie”, responde Soledad, una sicóloga-policía que ejerce su profesión en una comisaría de barrio.

Amalia ha recuperado en sus obras sus vivencias políticas, como en Carmela y Mamá, cuéntame otra vez, y también las familiares, como en Tardes de lluvia y chocolate. En todas ellas ha desplegado sus dotes literarias, pero es en No me buscarás en vano en la que mejor desarrolla su faceta de narradora, no solo por la ambientación y la descripción de sus personajes, sino y sobre todo por el ritmo y la fluidez del relato, que permite al lector seguir la trama como testigo privilegiado de los hechos.

En todo caso, como escribí en alguna ocasión, si hay algo que caracteriza a la obra literaria de Amalia, la “música de fondo”, para llamarla de algún modo, es la nostalgia, una nostalgia por mundos que ella añora pero que no acaban de llegar; mundos que ella inventa, una y otra vez, en la búsqueda del mundo que quisiera para ella y para los demás.

No voy a revelar el final de la novela, pero, parafraseando a Agatha Christie, podemos decir que “el mal nunca queda sin castigo, pero a veces el castigo es secreto”.

*Texto leído en la presentación de la novela, el 25 de julio de 2024, en la Fundación Patiño.

Brújula Digital – 29/07/|24.-