Ali, una leyenda del boxeo

El entonces presidente del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), José Sulaimán, lo presentó como «el número uno, el más grande de todos los tiempos”, pero la figura que compareció ese día en el auditorio repleto de púgiles y dirigentes de los cuatro continentes era la de un hombre enfermo y acabado.

Con las manos temblorosas a causa del mal de Parkinson, la voz apenas audible y un andar de viejito achacoso, Muhammad Alí, «Alí el Bocón”, el gran Cassius Clay, era apenas una sombra del campeón invencible, el incorregible fanfarrón, pese a que entonces tenía apenas 45 años. ¿Sigue siendo el más grande?, le preguntó el autor de esta crónica. «Hace tiempo que no digo eso”, respondió.

Alí asistía en Coyococ, a 60 kilómetros al sureste de la capital mexicana, a un simposio sobre protección médica para boxeadores, organizado por el CMB, con la participación de especialistas de varios países. «El boxeador nunca piensa en los asuntos médicos. Ojalá que esta preocupación, la de hacer un simposio médico, la hubiera tenido antes”, declaró el excampeón, quien desde algunos años atrás había empezado a sufrir las consecuencias de los golpes que recibió a lo largo de su espectacular carrera deportiva.

Con voz cansada y una sonrisa que apenas rompía la rigidez de su rostro, dijo: «No soy el más grande, ni nunca lo he sido. El único grande es Dios. Cierto que muchas veces dije eso, que era el más grande, pero sólo era para vender entradas en mis peleas y hacerlas interesantes”.

Para entonces ya estaba retirado. Años antes, en su último combate, el 11 de diciembre de 1981, había sido humillado por un desconocido, Trevor Berbick, de 27 años, quien cobró 250.000 dólares para vapulear a quien había sido su ídolo e inspiración. La prensa especuló que Alí había aceptado el combate por problemas económicos. Todo el mundo se había percatado de la dificultad que tenía para hablar, aparente síntoma del daño cerebral, al punto de que las autoridades del boxeo estadounidense se negaron a autorizar la pelea  y el combate tuvo que realizarse en la capital de Bahamas, Nassau.

Nacido en Louisville, Kentucky, 17 de enero de 1942, Cassius Marcellus Clay Jr, nombre con el que fue bautizado, murió en Scottsdale, Arizona, el 3 de junio de 2016, aquejado por mal de Parkinson.

Era considerado el mejor boxeador estadounidense de todos los tiempos y una figura de enorme influencia en la lucha contra la segregación racial en la década de los 60. Convertido al Islam, durante la guerra de Vietnam se opuso al reclutamiento militar y se declaró objetor de conciencia.

Es conocida su respuesta al periodista que le criticó por negarse a defender la bandera de las barras y las estrellas. «No tengo problemas con los Viet Cong, porque ningún Viet Cong me ha llamado nigger (negro)”, le dijo, aunque también defendió a Estados Unidos: «Es todavía el mejor país del mundo”.

Campeón olímpico en Roma 60 tras una exitosa campaña amateur, Alí se convirtió en mito con su victoria sobre George Foreman, el 30 de octubre de 1974 en Kinshasa, donde era adorado como un dios. Alí noqueó a Foreman en el octavo asalto, ante una multitud de 60.000 espectadores que lo alentaban al grito de «¡Alí, mátalo!”.

Para entonces ya había vencido a boxeadores de la talla de Sonny Liston, Floyd Patersson,  Joe Frazier y Ken Norton. Como profesional tuvo un récord de 56 victorias (37 por nocaut y 19 por decisión) y sólo cinco derrotas (cuatro  por decisión y una por nocaut técnico). Fue campeón mundial de los pesos pesados entre 1964-1971, 1974-1978, y 1978-1980. Cuando murió, llevaba 35 años alejado de los cuadriláteros, pero mantenía la fama intacta. 

Obtuvo el Premio Martin Luther King (1970) y la Medalla Presidencial de la Libertad (2005); fue proclamado «Rey del Boxeo” por el Consejo Mundial del Boxeo (2012) y Deportista del Siglo XX por la revista Sports Illustrated. La revista Time lo eligió como uno de los 20 personajes más influyentes de los Estados Unidos en el siglo XX. Bill Clinton, quien asistió a su sepelio, lo definió como un «verdadero hombre libre y de fe”.

Durante la breve entrevista en Cocoyoc, confesó: «Creo que el más grande ha sido Sugar Ray Robinson. Siempre fue mi ídolo”. ¿Y Mike Tyson?  «Es un peleador fuerte, que pega duro, pero si se hubiese enfrentado conmigo, sin duda lo hubiera derrotado rápidamente. No sabe boxear”,  subrayó, recuperando el tono presumido de siempre. «En la actualidad no hay buenos pesos completos, porque yo acabé con todos. Ahora es difícil encontrarlos”, afirmó, casi deletreando las palabras.

Genio y figura: fanfarrón, incluso en la enfermedad.

Página Siete – Anuario 2016 – 18 de diciembre de 2016

Soliz Rada, defensor de los recursos naturales

Al periodista, abogado y político Andrés Soliz Rada, mentor y gestor de la tercera nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia (1 de mayo de 2006), le pasó lo mismo que a Marcelo Quiroga Santa Cruz en 1970, obligado a renunciar tras haber sido desautorizado por el entonces presidente Alfredo Ovando Candia, quien había pactado una indemnización con la Gulf Oil Company a espaldas de su ministro. «Algo de eso ocurrió conmigo”, confió el exministro a este cronista al recordar su renuncia al Ministerio de Hidrocarburos siete meses y 23 días después de haber jurado al cargo en el primer gabinete de Evo Morales.

Más explícito fue en su libro Controversias de la Izquierda Nacional (2015): «Mi relación con el gobierno se agravó debido a que, en aplicación del decreto de nacionalización, dispuse que YPFB controlara la producción de las refinerías de Cochabamba y Santa Cruz, que estaban en poder de Petrobras. La decisión originó la protesta del gobierno brasileño (…), lo que motivó que el vicepresidente Álvaro García Linera anunciara a los medios de comunicación el congelamiento de la medida. El anuncio de García Linera fue formulado sin avisar a mi persona, lo que motivó mi renuncia el 15 de septiembre de 2006”, escribió.

Fallecido el 2 de septiembre pasado a los 77 años, Soliz Rada fue uno de los más decididos y consecuentes defensores de los recursos naturales de Bolivia, específicamente del petróleo, misión a la que se dedicó por entero como periodista, político e ideólogo de la llamada «izquierda nacional”.

Ya en la década de los 60, como dirigente del Sindicato de Trabajadores de la Prensa y como fundador y líder del Grupo Octubre, una pequeña agrupación política que postulaba la defensa de los recursos naturales, apoyó decididamente al gobierno de Ovando Candia y a su ministro de Minas y Petróleo, Marcelo Quiroga Santa Cruz, quien nacionalizó el petróleo el 17  de octubre de 1969.

Fue autor de la primera tesis política de los periodistas bolivianos, que postulaba el «apoyo crítico” a los gobiernos militares de izquierda, como los de Ovando Candia y Juan José Torres.

Como dirigente del Sindicato de Trabajadores de la Prensa de La Paz, apoyó decididamente al entonces ministro de Información, Alberto Bailey Gutiérrez, en la aprobación del decreto del 19 de febrero de 1970 que dio lugar a la creación de la Columna Sindical, que obligaba a las empresas periodísticas a otorgar a sus trabajadores un espacio similar al del editorial institucional, y del semanario sindical Prensa, que circuló durante 19 semanas con gran éxito de circulación.

Paradójicamente, el Gobierno clausuró el semanario y envió a Soliz Rada a la cárcel, en agosto de 1970, cuando Prensa denunció un inminente complot derechista para derrocar a Ovando.

Soliz Rada se consideraba discípulo de Sergio Almaraz, con quien colaboró en la revista Clarín Internacional, y del argentino Jorge Abelardo Ramos, el creador de la corriente ideológica de «izquierda nacional” y autor de Historia de la nación latinoamericana  y Ejército y semicolonia.

Estuvo exiliado en Argentina y México. Tras la caída del dictador Hugo Banzer Suárez, retornó a Bolivia, donde se convirtió en mentor e ideólogo del comunicador Carlos Palenque, con quien fundó en 1989 el partido Conciencia de Patria (Condepa). Fue diputado y senador por esa organización. A la muerte de Palenque, en 1997,  se apartó de la política activa.

Aunque entendía el periodismo como parte de su militancia política, tuvo una destacada carrera profesional. Fue miembro de la redacción del emblemático diario bonaerense La Opinión y de la revista mexicana Tiempo. Asimismo, fue corresponsal de la Agencia France Presse (AFP) y de Le Monde de París. Es autor de La Caracterización de Bolivia y la Contradicción fundamental (1978), El Gas en el Destino nacional (1984), La Conciencia enclaustrada (1994), La Fortuna del Presidente (1997) y Jorge Abelardo Ramos y la Unión Sudamericana (2008).

Como ideólogo y militante de la «izquierda nacional”, se jactaba de haber combatido a la «izquierda cipaya”, como denominaba a las diversas corrientes comunistas, al trotskismo, a la socialdemocracia, al foquismo guerrillero y al «ultra indigenismo”.

Pese a sus diferencias con el gobierno del MAS, nunca criticó a Evo Morales, pero sí a su entorno. «Cuando era ministro, pretendían imponerme un comisario político”, confió a este cronista. En Controversias de la izquierda nacional, un libro que resume su lucha y legado político, afirma que «el círculo palaciego que rodeaba a Evo” le impedía nombrar a sus colaboradores de confianza, y que ese mismo «núcleo palaciego”, al que no identifica, «lamentaba que uno de sus integrantes no ocupara el Ministerio de Hidrocarburos”, lo que le impidió mantener una «fluida relación” con el mandatario.

Página Siete – 24 de diciembre de 2016

Incomodando al poder

Durante el cruento golpe de  Hugo Banzer Suárez, en agosto de 1971, la Agencia Alemana de Prensa (DPA), para la que trabajaba como corresponsal en Bolivia, me dio por muerto. Obviamente, como  ustedes ya habrán advertido, se trató de un error.

DPA tenía su oficina en Radio Fides y las fuerzas golpistas  acallaron la transmisión de la emisora, la única que permanecía en el aire, con un bombazo. Las agencias internacionales informaron que la Fuerza Aérea había bombardeado las instalaciones, pero lo cierto  es que únicamente derribaron la antena que tenía en Següencoma.

Yo no pude desmentir de inmediato la noticia de mi muerte como lo hizo Mark Twain en una situación similar. Twain le envió un telegrama al director del diario que había publicado la falsa versión, asegurándole que la información sobre su fallecimiento era «francamente exagerada”. Y no pude hacerlo porque horas antes me había puesto a buen recaudo, ayudado por los jesuitas, para eludir la represión que había iniciado la naciente dictadura.

Días después leí el obituario que me había dedicado DPA. Era un texto breve. Daba cuenta de mi supuesto fallecimiento y de las dramáticas circunstancias en que se había producido. Al final, dedicaba un párrafo de cuatro o cinco líneas a mi trayectoria, donde se apuntaba como único mérito el haber muerto joven. 

Yo soy un hombre de premoniciones. Al leer el cable, me dije a mí mismo: «voy a vivir muchos años”; como me encontraba con un pie en el avión, rumbo al exilio, también pensé: «voy a viajar mucho”, y dadas las circunstancias que motivaban mi partida, en medio de un conflicto, supuse que las mismas vicisitudes marcaría mi futuro, que no la tendría fácil.

Yo me inicié en abril de 1964 en la legendaria redacción del padre José Gramunt. Mis compañeros de trabajo eran los poetas Julio de la Vega y Óscar Rivera Rodas, quienes se ocupaban de rastrear las noticias del mundo entero en un viejo aparato de radio Telefunken. Completaba el equipo José Luis Alcázar, reportero estrella de la joven generación, que cubría el Palacio de Gobierno.   Era la época en que los poetas se ganaban la vida escribiendo noticias internacionales y los aspirantes a escritores jugábamos a las letras como aprendices de periodistas.

Un día de esos, el padre Gramunt me envió al Alto Beni para escribir un reportaje sobre el proyecto de colonización que estaba poniendo en marcha el Gobierno boliviano con apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo. Fue mi primera cobertura fuera de la ciudad de La Paz.

Hasta entonces tampoco había salido de Bolivia y mi gran ilusión era viajar al exterior, algo que en esa época sólo estaba al alcance de gente con muchos recursos. Recuerdo que una noche, estando en Palos Blancos, no recuerdo si a orillas del río Beni o del Quiquibey, tomé la gran decisión de mi vida: no decidí ser periodista, decidí ser corresponsal, enviado especial a cualquier parte, con tal de viajar.

Mis paradigmas eran Ernest Hemingway, que había cubierto la guerra civil española, Herbert Matthews, el periodista que entrevistó a Fidel  en la Sierra Maestra para el New York Times, y los corresponsales de las agencias europeas y estadounidenses, que alimentaban los diarios paceños con grandes reportajes sobre la guerra de Vietnam. Yo creía que sólo así valía la pena hacer periodismo.

La guerrilla del Che Guevara me abrió las puertas de DPA, agencia que cubrió los gastos de la cobertura en el sudeste boliviano durante un año, pero fueron las circunstancias de la vida, más que los méritos propios, las que me ayudaron a cumplir los sueños de mi juventud. Y entre esas circunstancias, obviamente, estaba el golpe del 21 de agosto de 1971 que me llevó al exilio.

Pero, claro, entonces no imaginaba lo que me deparaba el destino. Es más, cuando vino mi madre a despedirme a la embajada argentina, donde me encontraba asilado, le dije, absolutamente convencido: «No te preocupes, estaré de vuelta en dos meses, porque este gobierno no aguanta una salva de cohetes…”. Pues bien, la dictadura duró ocho años y yo me quedé 40 años fuera de Bolivia… Desde entonces evito hacer cualquier pronóstico político.

¿Por qué cuento todo esto?

La vida me ha dado la oportunidad de trabajar en varios países latinoamericanos y europeos, sea como corresponsal permanente o enviado especial, y dar testimonio de innumerables acontecimientos y eventos de todo tipo. 

Me tocó cubrir el ascenso del militarismo en el Cono Sur, la «guerra sucia” argentina, la guerra civil centroamericana, el «periodo especial” en Cuba tras el derrumbe de la Unión Soviética –otra forma de hacer la guerra-, el alzamiento indígena zapatista de Chiapas y, ya como jefe del Servicio Internacional en Español de DPA en Madrid, me cupo  coordinar la cobertura del ataque a las Torres Gemelas y los primeros atentados yihadistas en Europa. 

Por supuesto, también hice otras cosas, como cubrir cumbres presidenciales latinoamericanas y europeas, conferencias de todo tipo, giras papales, festivales de cine, Mundiales de Fútbol y Juegos Olímpicos, muy a tono con la definición de «especialista en generalidades” que se atribuye al corresponsal itinerante.

Como todos sabemos, el periodismo se desarrolla en varios ámbitos: el democrático, el dictatorial, el autoritario y el de los conflictos armados. A mí me  tocó trabajar en todos ellos y en alguno que otro no clasificado, como el de la «dictadura perfecta” –así definió Mario Vargas Llosa al régimen de partido único del México del siglo pasado- y el de la «democracia imperfecta”, un modelo conocido por los bolivianos.

Después de 52 años de ejercicio profesional, llegué a una conclusión: el poder no nos quiere, no quiere a la prensa ni a los periodistas, cuando éstos tratan de cumplir con la función que les ha asignado la sociedad. Y cuando hablo del poder no me refiero únicamente al poder político, sino también al económico y a los poderes fácticos.   No conozco a ningún político opositor que no defienda la libertad de expresión. Tampoco a ningún gobernante que no la atropelle en mayor o menor grado, sin importar su ideología. Desde el llano, todos los políticos adhieren y exigen respeto a la libertad de prensa, pero apenas llegan al poder reniegan del escrutinio y el control que exigían para los gobiernos a los que combatían. Por supuesto, hay excepciones que confirman la regla, pero son eso: excepciones.

Siempre me he preguntado: ¿por qué lo que es bueno mientras se busca el poder deja de serlo cuando se lo consigue? Y lo cierto es que no se trata de un simple cambio de punto de vista, por lo demás obvio, sino del pragmatismo que olvida todo principio democrático en aras de la ansiada hegemonía y la verdad única que la sustenta. 

El pensador, político e historiador francés Alexis de Tocqueville, autor de La democracia en América, dijo hace dos siglos que no es posible tener verdaderos periódicos sin democracia ni una verdadera democracia sin periódicos. La prensa libre es el oxígeno de la democracia. Una no puede sobrevivir sin la otra.

El editor Finley Peter Dunne solía decir que la tarea del periodista es «tranquilizar al afligido y afligir al tranquilo”, mientras que el  Nobel de Economía Joseph Stiglitz, a quien muchos gobernantes de izquierda gustan citar por sus críticas a la globalización, afirmaba que la función de la prensa no es otra que la de ser «el perro guardián de las sociedades”.

El principal destinatario del periodista es el ciudadano, al único que debe lealtad. Si su primera obligación es acercarse a la verdad, a partir del reconocimiento de que no existe una verdad única, su segunda obligación es abrirse a los demás. De ese deber nace el pluralismo: la necesidad de ofrecer un foro público, no sólo para la información, sino también para la crítica y la opinión, a fin de que todos tengan la oportunidad de compartir «su verdad”. Al fin y al cabo, la función del periodismo no es otra que amplificar lo que dice la gente.

La pluralidad es vital si creemos que el propósito principal del periodismo es, como sostienen Bill Kovach y Tom Rosenstiel, «proporcionar a los ciudadanos la información que necesitan para ser libres y capaces de gobernarse a sí mismos”.

«Dale luz al pueblo y el pueblo encontrará su propio camino”, reza el lema de un importante grupo de periódicos americanos.

Tales principios no suelen ser aceptados por los gobernantes, y si lo son, es a regañadientes, porque el control desde la independencia y el pluralismo choca con sus afanes hegemónicos. A mayor hegemonía política, menor libertad para los medios.

Como dijo Carlos Mesa, «la democracia ha sido diseñada para limitar al poder”. Por tanto, la tarea de los periodistas es contribuir a fijar esos límites. Por ello mismo, según el exmandatario, «es mucho más comprensible un periodismo crítico, un periodismo de denuncia, y  que ponga en evidencia los excesos del poder, que un periodismo complaciente”.

Por todas estas razones, el periodismo sólo puede desarrollarse a plenitud en un marco de deliberación y crítica, de ciudadanos informados, es decir, en un ámbito democrático,  La historia es rica en ejemplos de gobiernos dictatoriales o autoritarios que privilegian el «orden” sobre el consenso, cuando no el control total sobre la sociedad y los medios, y que construyen su dominio político y social sobre los restos de la libertad de expresión. Y también son numerosos los ejemplos de sociedades que logran su liberación cuando empiezan a expresarse en libertad.

La asfixia de la prensa es en muchos casos violenta, como ha ocurrido durante las dictaduras militares, con periodistas asesinados, encarcelados, torturados y exiliados, pero también se la aplica por métodos mucho más sutiles, como el amedrentamiento, para inducir a la autocensura, o el boicot publicitario, para doblegar al medio. 

Estas presiones, inadmisibles en cualquier sociedad democrática, tienen como agravante la utilización de recursos públicos: los medios estatales, para amenazar, y el dinero proveniente de los impuestos de todos para premiar adhesiones y castigar disidencias. 

No voy a decir que en Bolivia no existe libertad de expresión, porque la misma existencia de Página Siete demuestra que aún hay espacio para la prensa independiente, pero también es cierto que esta libertad está bajo permanente acoso y en grave riesgo, como demuestran los permanentes ataques a los que están sometidos los medios que no comulgan con la verdad oficial.

Cuando un ministro se siente atacado o injustamente tratado por un medio puede acudir al Tribunal de Ética, y nuestros tribunales de ética funcionan y funcionan bien, como lo han demostrado en numerosas ocasiones. Pero, ¿a quién acude el periodista que se siente víctima del poder?  Ustedes dirán, a la justicia. Pero, ¿qué pasa cuando la justicia está sometida al poder político y más bien es utilizada para perseguir a las disidencias como ocurre en Bolivia?

En cualquier país respetuoso del Estado de Derecho y con una justicia independiente, acusaciones como las que formulan algunos ministros bolivianos contra medios y periodistas merecerían una sanción por el delito de calumnia. Quien mejor resumió la situación actual de la prensa es Carlos Mesa cuando dijo que «el Gobierno está detrás de la demolición de los medios que considera de la oposición”. La acusación contra Página Siete y otros medios independientes de haber conformado un «cártel de la mentira” forma parte de esa «estrategia de demolición”.

«Estamos viviendo una sensación de miedo, una sensación de que si dices cosas que son complicadas acabas judicializado. El gran secreto de un proceso democrático que limita las libertades es transformar la represión directa en judicialización”, dijo  Mesa, al alertar sobre el riesgo de la autocensura que se cierne sobre la prensa boliviana como consecuencia lógica del miedo.

No fue el único en llamar la atención sobre tales riesgos. Tras una visita a La Paz, el Relator Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), Edison Lanza Robatto, advirtió que en «una democracia no se puede perseguir, hostigar o estigmatizar al periodista por el hecho de informar sobre temas que son de real interés público”.

Lanza Robatto dijo que poner etiquetas a la prensa, como la del «cártel de la mentira”, no favorece a «un clima de tolerancia, de respeto a las ideas y al trabajo periodístico”, y exponen a los periodistas estigmatizados «a un riesgo grave, a un acto de violencia”. El Relator Especial de la Comisión no dudó en afirmar que esta estigmatización es «una forma de represión”.  ¿Y qué respondió el Gobierno? El presidente Evo Morales acusó al visitante de haberse plegado al «cártel de la mentira”. A eso hemos llegado.

En una democracia que se precie de tal no puede haber periodistas estigmatizados o perseguidos. El exilio no puede ser la alternativa a la cárcel o a la humillación pública: O te humillas o te proceso sin ninguna garantía. Y si no te gusta, puedes irte del país. La única norma que debería regir las relaciones de la prensa con el gobierno es la ley, pero una ley respetuosa de los derechos y las garantías individuales, como es la Ley de Imprenta. Y, por supuesto, de los códigos de ética, como autorregulación.

El periodista argentino Oswaldo Pepe ha definido el periodismo como el viejo oficio de incomodar al poder, no sólo porque busca dar visibilidad a las cuestiones centrales del debate colectivo, asuntos que los gobiernos buscan ocultar, sino porque asume el rol de contrapeso del poder en la escena pública.

Interpelar y desconfiar del poder son cuestiones inherentes a la función social y a la misión del periodismo. Cuestionar y poner en duda la verdad única para contrastarla con la otra cara de la realidad, exigir la rendición de cuentas y hacer frente a la arbitrariedad y a la impunidad, forman parte de esa misma misión.

Ese es el periodismo que yo intenté practicar toda mi vida, en dictadura y en democracia; me ha dado muchos sinsabores, es cierto, pero también la satisfacción del deber cumplido. Es el periodismo que me enseñaron maestros como José Gramunt, Huáscar Cajías, Alberto Bailey y Luis Ramiro Beltrán, y es el periodismo que me gustaría que practicaran las generaciones futuras.

Agradezco a la Asociación de Periodistas por el honor que me han concedido al otorgarme el Premio Nacional de Periodismo 2016, a la Agencia de Noticias Fides por haberme propuesto como candidato y al expresidente Carlos Mesa por la presentación de mi candidatura con una carta cuyo texto es un premio en sí mismo.

El premio coincide con mi retiro del periodismo activo después de medio siglo de ejercicio profesional. Por ello mismo, no puedo dejar de expresar mi reconocimiento a la Agencia de Noticias Fides (ANF), mi primera escuela; a la agencia DPA, que me dio la oportunidad de desarrollar mi carrera a lo largo de 40 años en América Latina y Europa, y al diario Página Siete, que me permitió culminarla en mi país. Gracias a ellos he podido vivir de lo que me gusta hacer. Supongo que en eso consiste la realización personal. 

Me gustaría dedicar este premio a tres colegas que ya no están con nosotros y que hicieron más  méritos que yo para ganarlo. Me refiero a José  Chingo Baldivia, compañero entrañable de Radio Fides; a René Villegas Monje, corresponsal de toda la vida de la agencia Reuters y cómplice en mil y una coberturas en medio mundo, y a Juan León Cornejo, adalid de la defensa de la libertad de expresión. Muchas gracias.

(Discurso de aceptación del Premio Nacional de Periodismo 2016, pronunciando en el acto de premiación, realizado en la Asociación de Periodistas de La Paz el 9 de diciembre de 2016).

Página Siete – 18 de diciembre de 2016

Juan Carlos Salazar, Premio Nacional de Periodismo 2016

Juan Carlos Véliz M. / La Paz

El Premio Nacional de Periodismo, Juan Carlos Salazar del Barrio, afirmó hoy que «interpelar y desconfiar” del poder son cuestiones inherentes al periodismo. El también director de Página Siete recibió la distinción hoy en un acto realizado en Asociación de Periodistas de La Paz.

«Interpelar y desconfiar del poder son cuestiones inherentes a la función social y a la misión del periodismo. Cuestionar y poner en duda la verdad única para contrastarla con la otra cara de la realidad, exigir la rendición de cuentas y hacer frente a la arbitrariedad y a la impunidad, forman parte de esa misma misión”, dijo Salazar.

Comenzó su discurso señalando que en su 52 años de carrera periodística le tocó cubrir «el ascenso del militarismo en el Cono Sur, la ‘guerra sucia’ argentina, la guerra civil centroamericana, el ‘periodo especial’ en Cuba tras el derrumbe de la Unión Soviética -que era otra forma de hacer la guerra-, el alzamiento indígena zapatista de Chiapas y, ya como director del Servicio Internacional en Español de DPA, me cupo coordinar la cobertura del ataque a las Torres Gemelas y los primeros atentados yihadistas en Europa”.

«Después de 52 años de ejercicio profesional, llegué a una conclusión: el poder no nos quiere, no quiere a la prensa ni a los periodistas, si ellos tratan de cumplir con la función que les asigna la sociedad. Y cuando hablo del poder no me refiero únicamente al poder político, sino también al económico y a los poderes fácticos”, dijo.

«No conozco ningún político opositor que no defienda la libertad de expresión ni a ningún gobernante que no la atropelle en mayor o menor grado. Desde el llano, todos los políticos exigen respeto y adhieren a la libertad de prensa, pero apenas llegan al poder reniegan del escrutinio y el control que exigían para los gobiernos a los que combatían. Por supuesto, hay excepciones que confirman la regla, pero son eso: excepciones”, afirmó.

«Gato” Salazar, como se le conoce, ejerció el periodismo durante 52 años  (40 en  el extranjero), se jubiló el 31 de diciembre de  2010 en España. De regreso a Bolivia, aceptó colaborar con el padre José Gramunt, director de la Agencia de Noticias Fides (ANF), de la que es cofundador, y después  con Página Siete.

El Premio Nacional de Periodismo anunció que dejará la dirección de este matutino y el periodismo activo en enero del próximo año.

Salazar postula un periodismo que interpele al poder

El Premio Nacional de Periodismo 2016 y director de Página Siete, Juan Carlos Salazar del Barrio, reivindicó anoche un periodismo que interpele y cuestione al poder pese a los riesgos que esto conlleva.

«Interpelar y desconfiar del poder son cuestiones inherentes a la función social y a la misión del periodismo. Cuestionar y poner en duda la verdad única para contrastarla con la otra cara de la realidad, exigir la rendición de cuentas y hacer frente a la arbitrariedad y a la impunidad  forman parte de esa misma misión”, expuso Salazar tras recibir el  destacado galardón en un acto realizado en la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP).

«Después de 52 años de ejercicio profesional llegué a una conclusión: el poder no nos quiere, no quiere a la prensa ni a los periodistas, si ellos tratan de cumplir con la función que les asigna la sociedad. Y cuando hablo del poder no me refiero únicamente al poder político, sino también al económico y a los poderes fácticos”, dijo el periodista que en enero dejará el periodismo activo y la dirección de este medio.

«No conozco ningún político opositor que no defienda la libertad de expresión ni a ningún gobernante que no la atropelle en mayor o menor grado. Desde el llano, todos los políticos exigen respeto y adhieren a la libertad de prensa, pero apenas llegan al poder reniegan del escrutinio y el control que exigían para los gobiernos a los que combatían. Por supuesto, hay excepciones que confirman la regla, pero son eso: excepciones”, dijo.

Salazar ejerció el periodismo durante 52 años en el exterior del país y en Bolivia.

Página Siete – 10 de diciembre de 2016