Una de las más grandes gestas informativas de Bolivia

Harold Olmos

Me siento muy  feliz de participar esta noche en la presentación de esta obra en Santa Cruz. Tengo por lo menos dos razones para estarlo:

La primera es que se trata del trabajo de tres colegas muy cercanos que han formado parte de una experiencia compartida en mis primeros años de profesión;  después nos hemos mantenido relativamente conectados desde las geografías desde donde operamos. Perú, Argentina. Venezuela, Uruguay, Inglaterra, México, Colombia y Centroamérica

El trabajo de estos periodistas ha sido diseñado y ejecutado con las únicas herramientas con las que contábamos hace treinta o cuarenta años. Son también las mismas que manejaron los colegas de generaciones anteriores: Una lapicera, una libreta de apuntes, raras veces una grabadora y, sobre todo, una buena memoria para describir el entorno y el contexto  para proyectarlo al país y más allá.  Todo buen redactor y todo buen editor sabe que estas herramientas son el ABC de toda crónica y de todo reportaje.

Otra razón para sentirme  particularmente grato es compartir esta presentación con un colega  de los años mozos, bien mozos, de Presencia: Fernando Salazar Paredes, quien descolló en coberturas noticiosas desde todos los ámbitos y que también es un ejemplo de la persistencia, del buen escribir y de la paciencia y el empeño por conseguir noticias que marcaron la diferencia en reportajes, crónicas y narraciones diarias.

Los tres autores y quienes  los presentamos esta noche tenemos un vínculo común: Forjamos armas profesionales en el diario Presencia en una época en la que sobresalir en las coberturas informativas era un imperativo, y en  Radio Fides. Ambos han sido un semillero de profesionales del cual germinó  el trío que ha escrito la obra que esta noche presentamos.

En Presencia consolidó su carrera Humberto Vacaflor. La cuna de José Luis Alcázar y de Juan Carlos Salazar fue Radio Fides. Las dos instituciones tenían un mismo norte: difundir informaciones bajo una perspectiva cristiana cuya esencia suprema eran la veracidad y la objetividad.  La diferencia estribaba en que Radio Fides era dirigida por un gran sacerdote jesuita imbuido del carisma de una  misión que todavía lo acompaña, en sus años de retiro en Cochabamba. Presencia estuvo conducida durante más de 40 años por el personaje que es parte sobresaliente de la historia del periodismo boliviano y de sus peripecias: Huáscar Cajías, cuya huella ética, moral y profesional sigue siendo guía e inspiración en esta carrera.

De ahí arrancaron los tres autores que tuvieron la iniciativa de entregarnos sus memorias sobre cómo y en qué circunstancias cubrieron una de las más grandes gestas informativas de Bolivia.  

La obra de Alcázar, Vacaflor y Salazar viene en un momento oportuno para recordar que la historia de las sociedades, sus líderes y sus gobernantes tiene su primer gran borrador en las crónicas escritas en los medios. Los ojos que juzgarán los acontecimientos y las formas en que ocurrieron y fueron narrados para convertirlos en historia vendrán muchos años más tarde. De ahí la trascendencia del empeño y rigor que deban imponer a sus tareas los que hoy escriben en nuestros medios.

En un prólogo para esta obra, hago notar que el pensamiento de los tres fue esculpido por la cobertura informativa de los eventos de 1967. Enviados por sus medios informativos, ingresaron a las áreas de las guerrillas para contar lo que ocurría en las quebradas selváticas del sudeste boliviano.  Los despachos que de ellos leí narraban la historia con las fuentes oficiales  y las escasas contribuciones accesibles desde el lado de la  insurgencia.  Acabaron asimilando las motivaciones de la guerrilla y abrazando nociones sustantivas de las ideas que de ella surgieron. Para jóvenes que no habían traspasado el umbral de la tercera década, el mundo boliviano que se les abrió a partir de ese movimiento fue una ruptura con el conocimiento convencional y, cada uno por sus propias rutas,  se convenció de la urgencia de transformar una sociedad atrasada por mil razones que la mayoría de la gente, en las alturas y las llanuras, entonces y ahora, no alcanzaría a comprender.

Fue casi como un resultado natural de ese cambio que los tres acabaron exiliados al sucumbir el régimen inestable y sin rumbo cierto de los militares llamados de izquierda y en playas extranjeras forjaron sus destinos. Humberto Vacaflor y Juan Carlos Salazar fueron catapultados a Argentina y José Luis Alcázar a Chile tras vencer el desafío de llegar ilesos a alguna embajada amiga  cuando las sedes diplomáticas eran vigiladas  por la policía política. El ambiente en que se desenvolvieron no fue fácil. Fue como volver a empezar, pero en tierras extranjeras.

El libro de este trío habrá de reabrir un debate sobre las formas de comunicación que se dan en Bolivia y sobre las maneras de llenar vacíos en nuestra historia. Su lectura es un imperativo para periodistas y estudiantes de la carrera que genéricamente ahora se llama ¨de comunicación¨.

No me extiendo más y los invito a leer ¨La guerrilla que contamos¨. Gracias al trío y gracias a ustedes.

(Palabras pronunciadas en la presentación del libro La guerrilla que contamos en Santa Cruz de la Sierra, en Octubre de 2017).

“La guerrilla que contamos”: La historia en el momento mismo de su desarrollo

Fernando Salazar Paredes

Para empezar debo señalar que presentar un libro, no es cosa fácil. Es más bien, espinoso porque, primero, uno tiene la obligación de leer el libro, en un país donde hace falta leer libros, aunque algunos se jacten de tener miles de ellos y otros solo leen las arrugas de sus abuelos.

Segundo, uno tiene que medir sus palabras para no disgustar ni a los autores, que tanto se han afanado en producir el libro, ni defraudar a la audiencia que, seguramente, está esperando un breve resumen que los incite a comprarlo.

Finalmente, en tratándose de un libro escrito por colegas, amigos y coetáneos, la cosa se puede tornar comprometedora al haber sido parte de una misma generación de periodistas que hemos experimentado aventuras y desventuras profesionales y, en algunos casos, hasta personales.

Por el especial cariño que profeso a los autores de este libro acepté correr el riesgo que implica este desafío.

Escribir y publicar un libro en Bolivia es una aventura per sé. Escribir en tándem un testimonio sobre un acontecimiento histórico, implica, para los autores, un especial y delicado esfuerzo de convergencia, complementación y paciencia.

Rescatar tres visiones sobre un mismo tema, después de cincuenta años es, en sí, un reto a la memoria y a la capacidad de remembranza cuando los hechos han discurrido en el tiempo y la madures que otorga una vida vivida, los hacer evocar con un lente tal vez algo diferente.

No obstante, el libro refleja pulcritud y apego a los hechos que se relatan; eso sí, con una mirada más experimentada, se describe todo aquello reportado desde el lugar de los hechos en el albor de una carrera, con entusiasmo juvenil, con pasión profesional y con cierta saludable candidez.

Conozco a José Luis, Juan Carlos y Humberto desde antes de la guerrilla del Che. La lectura de su libro me trajo nostálgicos recuerdos de las redacciones de Presencia y de Hoy, donde ejercimos un periodismo honesto y combativo. Pocos, muy pocos, casi ninguno, habíamos estudiado periodismo, pero abrazamos la carrera con pasión y entrega. Fuimos una generación que abrió surcos para que surjan medios de comunicación respetables y respetados.

Los tres autores, el que habla, junto a  Andrés Soliz Rada, Juan León Cornejo, Oscar Peña Franco y los hermanos Carvajal, entre otros, pertenecemos a esa generación que se fajó para hacer valer el derecho de los periodistas a tener opinión propia, no repetitiva a la de las empresas periodísticas.

Con ese objetivo, estuvimos juntos en ese original experimento que se llamó Prensa Semanario Libre que fue, sin lugar a dudas, el medio de comunicación con mayor tiraje en la historia de Bolivia, pues alcanzó poco mas de 60.000 ejemplares impresos en la rotativa del ex diario La Nación por el Sindicato de Trabajadores de la Prensa de La Paz.

Ahí comprobamos que ser periodista en Bolivia, y escribir con la verdad a cuestas, es enfrentarse a los riesgos de las amenazas en algunos casos, las agresiones en otros y, finalmente, la intolerancia de quienes creen que el manejo de la cosa pública les otorga una impunidad permanente.

Somos pocos los que quedamos. En el camino se fueron muchos, como Juan León Cornejo, mi hermano del alma, Juan Javier Zevallos que contrajo matrimonio en mi casa en Quito, Raúl Rivadeneira Prada, Alfredo Arce Carpio, Oscar Peña Franco, Andrés Solís Rada, Eliodoro Ayllón, mi inseparable compañero en el exilio, Víctor Hugo Sandoval, Ángel Torres Sejas, René Villegas, Daniel Rodríguez, José Baldivia, y muchos otros.

Este libro lo tiene todo. Un contenido y un alcance serio, profundo e interesante. Un prólogo cabal y detallado como suele escribir sus artículos Gonzalo Mendieta Romero, un aventajado alumno mío en la Universidad Mayor de San Andrés. La presentación hecha por Harold Olmos es impecable y retrata fielmente esos tiempos gloriosos del periodismo boliviano a los que los tres autores dieron su invalorable aporte que hoy emerge vigoroso en este texto que presentamos.

En resumen, el libro trata de una historia testimonial del experimento guerrillero liderado por Ernesto Guevara en la Bolivia  de 1967.  Los tres corresponsales son testigos de primer orden de esos ocho meses en que, efectivamente, la guerrilla fue de conocimiento público, pese a que Guevara ya estaba en el país desde Noviembre de 1966.

Desde una perspectiva amplia, es la historia efectiva de una incursión militar irregular foránea al territorio nacional, la misma que fue repelida por sus fuerzas armadas regulares. Constituye, seguramente, la última victoria de las fuerzas armadas bolivianas en una confrontación bélica. De ahí que uno de los autores, José Luis Alcázar, en una crónica que leí en estos días, expresa: “Lo que más me impactó fue, sin duda, cuando fui testigo de muertos y heridos, de miedos, de arrojo, de valentía de esas tropas que acompañé”.

Es un testimonio, que cincuenta años después, desmitifica la figura de un ídolo en la historia política latinoamericana sin acudir al discurso barato de la derecha, sino mas bien con datos, reflexiones y conclusiones contundentes que dan lugar a ese hilo novedoso que, según Vacaflor, es muy difícil encontrar en los aproximadamente ochenta libros que se han escrito sobre la aventura guerrillera del Che en Bolivia.

En la primera parte, Juan Carlos Salazar, con dominio periodístico sin par, nos da el gran contexto de lo que él denomina los maravillosos años sesenta, tanto en el mundo como en Bolivia lo que permite al lector, especialmente al que no está adentrado en la temática, ubicarse en el espacio tiempo histórico. Sitúa también a la profesión de periodista con todas las limitaciones que tenía en ese entonces.

Es interesante la descripción que hace Juan Carlos de varios actores que se desenvolvían desde el momento en que, en una mañana primaveral de Noviembre de 1966, en el hotel Copacabana de La Paz, hábilmente camuflado, Guevara se instala en Bolivia para cumplir su propósito. Políticos, periodistas nacionales y extranjeros, militares, desfilan en esta primera parte para reflejar la tarea periodista cuando las noticias debían transmitirse por telégrafo y las fotos eran enviadas en rollos de película.

Salazar nos recuerda que en ese entonces aun no había, en Bolivia, una escuela de formación de comunicadores sociales o periodistas pero que la cobertura de la guerrilla fue un bautizo de fuego para los periodistas bolivianos enviados al escenario de batalla como corresponsales de guerra.

En una síntesis histórica muy relevante, Juan Carlos termina su parte recordándonos que entre el estallido de guerrilla, en marzo de 1967, y la caída del general Juan José Torres, en agosto de 1971, pasando por lo que él denomina como el culebrón de los despojos del Che, la seguidilla de golpes revolucionarios y contra-revolucionarios y la instalación del “soviet” de la Asamblea Popular, Bolivia fue la meca de un peregrinaje incesante de periodistas, editores y escritores de todo el mundo.

José Luis Alcázar –conocido entre los periodista como Fidias, por su trabajo en la radio Fides y la agencia noticiosa del mismo nombre– le da el contenido medular al libro pues se apropia legítimamente de más de la mitad del texto en un enjundioso análisis y relato de lo que fue, en su verdadera realidad, el experimento guerrillero, aportando importantes datos sobre la limitada capacidad de estrategia militar y combativa del líder guerrillero, las diferencias con sus colegas, sus errores y desaciertos y, sobretodo, su obsesión de establecer un foco guerrillero y combatir en su natal Argentina.

Esta mención sobre la Argentina, que también la hace Salazar, me recuerda el libro del francés Pierre Kalfon “El Che Guevara, una leyenda de nuestro siglo” en la que el autor señala que el guerrillero, se jactó con un reportero en su país manifestando: en Argentina me instalo con veinticinco hombres en las sierras de San Luis y todo el ejercito será incapaz de sacarme de allí”. Esa petulancia, tan propia del Che, pronto se tornaría en desastre.

El objetivo de Ernesto Guevara no era Bolivia, sino Argentina, como se sostiene en este libro.  Ya en 1962, el Che había ideado un plan armado para Argentina que fracasó en Salta en 1964.  En 1967, volvería a intentarlo, esta vez utilizando a Bolivia como una suerte de operación puente. Según los estrategas de La Habana, la columna encabezada por Guevara que debía marchar a la Argentina, dependía del crecimiento y desarrollo de la escuela de guerrilleros en Ñancahuazú.

Si el Che tenía esa obsesión, Alcázar tenía otra: la de entrevistar a Ernesto Guevara, la de realizar la entrevista del siglo. La muerte del guerrillero en La Higuera abortó el sueño largamente acariciado por José Luis. Se tuvo que conformar con ser el periodista que lanzara la primicia que conmovió al mundo: la captura y ejecución del Che Guevara.

Rescato, para terminar esta parte, la sensación que José Luis sintió y que la describió en Presencia el 10 de Octubre de 1967 cuando estuvo frente al cuerpo inerte del guerrillero: “Un cadáver ya frio de quien ardió siempre en fuego interior tratando de plasmar en hechos el ideal político que animó su vida desde su adolescencia. Un ideal equivocado, si se quiere, pero que fue el motor de todos sus actos.”

Debo, ya ingresando a la última parte, coincidir con el historiador Robert Brokmann. Si Salazar y Alcázar tratan de ser objetivos y equilibrados en sus relatos, Humberto Vacaflor toma, más bien, el rumbo de la crítica irreverente y la audacia de emitir juicios de valor, aderezados con amenas ironías y sarcasmos. Seguramente por este su estilo, Humberto es un columnista muy leído y gustado por sus adeptos e, inclusive, sus colegas, y, a la vez, temido y perseguido por quienes detentan el poder.

Para Vacaflor, la historia del Che en Bolivia es una historia triste. Comenzó –dice– siendo un drama, paso a ser tragedia y termina como personaje de una función de titiriteros inescrupulosos que usan su imagen para disfrazar sus tropelías. Curiosamente, Humberto ilustra su opinión con una fotografía del Presidente Evo Morales junto al retrato del guerrillero Ernesto Guevara.

Y Humberto, después de leer los diarios de Guevara, que misteriosamente llegaron a manos de la empresa rematadora Sotheby’s; confiesa: “quedé entonces con la sensación de tristeza que produce haber repasado, durante tantas horas, las páginas escritas por un personaje que anduvo perdido en Bolivia en una campaña mal pensada, mal ejecutada, pero en la cual él creía firmemente”.

El Che, que sostenía que sólo existe un sentimiento mayor que el amor a la libertad: el odio a quien te la quita, tiene la particular virtud, después de muerto, de despertar la íntima faceta humana del mordaz, provocador y crítico Vacaflor que, sin querer queriendo, exterioriza un sublime sentimiento de tristeza por la suerte de su congénere.

Confieso que he saboreado el libro y me deleitado de principio a fin. No solo porque se trata de un excelente trabajo histórico periodístico, sino porque está escrito con claridad y con una ilación poco común cuando se escribe a seis manos.

Sus autores son, a la vez, los tres principales protagonistas. Los tres son periodistas de vocación, aquellos que nacen, viven y seguramente terminaran sus existencias como periodistas.

Han transitado la mejor de las escuelas de periodismo que es la redacción de un periódico o de un medio de comunicación. Aprendieron en las duras aulas de la vida.  Sus docentes fueron sus directores, jefes de redacción y sus propios colegas. Sus trabajos prácticos lo realizaron cubriendo sus fuentes cotidianamente y su exitoso examen de grado fue esta historia íntima de una cobertura emblemática.

Hay desde luego un otro protagonista de primer orden: Ernesto Che Guevara. De él se pueden decir muchas cosas, algunas buenas, muchas malas. Como todo personaje sobresaliente, ha tenido y tiene, apologistas y detractores. Para unos ha sido un paladín de la libertad y de la lucha antiimperialista, para otros un sanguinario político que anteponía su propósito ante cualquier sentimiento humano.

Cincuenta años después, personalmente puedo afirmar que el Che hizo soñar a mi generación.  No había utopía en la que él no estuviera presente y eso nadie se lo va a quitar.

Por eso es que Humberto recalca que, a pesar de su derrota, el Che ganó batallas después de muerto y Kalfon afirma que, a pesar de ser un gran imprecador, aquel que profiere palabras con el vivo deseo de que alguien sufra daño, también fue un portador de sueños.

Están, además, los militares bolivianos, aquellos que, según Vacaflor, se transforman tanto… que pocos los reconocemos.  Se autocalifican como pundonorosos.

Siempre escuché esta palabra repetida muchas veces, y nunca pude comprender su verdadero significado hasta que lo busqué en el diccionario.

Tener pundonor quiere decir tener un sentimiento de orgullo o amor propio que anima a mantener una actitud y apariencia dignas y respetables.

Al igual que Humberto, José Luis y Juan Carlos, he sufrido los rigores de la dictadura. Hemos sido perseguidos y exiliados por Banzer; apresados, torturados y exiliados por Luis García Mesa y Luis Arce Gómez.  De ahí que me resulta muy difícil sincronizarlos con el pundonor.

Pero que hay militares con pundonor, los hay. Y en esta historia de la guerrilla ha habido uno que ha actuado con actitud y apariencia digna, respetable y honorable.

Desempeñando su deber como militar que cumple ordenes, y defiende la soberanía patria, capturó al Che y lo entrego vivo a sus superiores del comando de la Octava División del Ejército.

El entonces capitán Gary Prado Salmon, militar boliviano, actuó pundonorosamente. Hoy, esos titiriteros a los que alude Humberto Vacaflor, no le perdonan su pundonor.

Para finalizar, me hago esta interrogante: ¿Es este un libro de historia o es simplemente un compendio de las reminiscencias de tres periodistas?

La respuesta la encuentro en Ryszard Kapuściński, considerado uno de los periodistas mas admirados a nivel global; “el maestro”, como lo llamó Gabriel García Márquez. Kapuściński no estudio periodismo.  En su libro “Los cínicos no sirven para este oficio”, escribió: “Todo periodista es un historiador. Lo que hace es investigar, explorar, describir la historia en su desarrollo.  El buen y el mal periodismo se diferencia fácilmente: en el buen periodismo, además de la descripción del acontecimiento, tenéis también la explicación de por qué ha sucedido; en el mal periodismo, en cambio, encontramos solo la descripción, sin ninguna conexión o referencia con el contexto histórico.”

“La guerrilla que contamos”, edición ya agotada, gracias a sus tres autores, es el reflejo fehaciente del buen periodismo que es historia en el momento mismo de su desarrollo.

Adquieran el libro, no solo para tenerlo; adquiéranlo para leerlo, estoy seguro que lo disfrutaran.

(Palabras pronunciadas en la presentación del libro La guerrilla que contamos en Santa Cruz de la Sierra, en Octubre de 2017).

Cincuenta años después: “La guerrilla que contamos”

Gloria Helena Rey, Especial para EL TIEMPO

No siempre se tiene la suerte como reportero de vivir momentos únicos en la historia de un país y, mucho menos de una región, pero los periodistas bolivianos Juan Carlos Salazar, José Luis Alcázar y Humberto Vacaflor recibieron ese regalo del destino y acaban de publicar ‘La guerrilla que contamos’, narración de sus vivencias en el cubrimiento de la guerrilla que comandó en Bolivia el guerrillero argentino-cubano Ernesto Che Guevara, hace 50 años.

El hecho marcó la historia de Bolivia y la de América Latina, donde la figura del Che sigue siendo un ícono, como en el resto del mundo. El famoso retrato que le hizo al Che el fotógrafo cubano Alberto Korda, en 1960, y cuyas reproducciones se ven hoy en universidades públicas y privadas del continente y en toda clase de suvenires.

El libro cuenta, sin apasionamientos, lo escrito en la piel de nuestro continente por el Che y su proyecto de vida, que siguen vivos en nuestra historia.

Después de medio siglo de su muerte, el mito pervive porque lo sucedido en Bolivia se mantiene como un secreto de Estado, que solo se revelará cuando se den a conocer archivos confidenciales de Cuba, la ex-URSS, algunos de la CIA y del ejército boliviano.

El relato de 280 páginas, editado por Plural Editores, agotó dos ediciones en dos meses. Incluye documentos y fotos inéditas de personalidades de la talla del filósofo y escritor francés Régis Debray (exconsejero del presidente François Mitterrand), detenido por el ejército boliviano en la población de Muyupampa tras reunirse con el Che, en 1967, después condenado a 30 años de cárcel, bajo el régimen presidencial del general René Barrientos (1964-1969), y finalmente amnistiado y liberado en el gobierno del presidente Juan José Torres, en 1970.

Figuran también la famosa periodista italiana Oriana Fallaci y la modelo Michèle Ray, esposa del famoso director de cine franco-griego Costa Gavras, entre muchos otros.

Juan Carlos Salazar, uno de los autores de ‘La guerrilla que contamos’, a quien EL TIEMPO entrevistó, comenzó a escribir sobre el Che y su guerrilla boliviana cuando tenía apenas 21 años y hacía el cubrimiento para las Agencias de noticias Fides y DPA. Debray, como Fallaci, le escriben a Salazar con cariño, recordándole su aprecio y resaltando sus cualidades como la de “… todos los que luchan con honradez desde adentro…”, como le dice Debray, o la divertida nota en la que Fallaci se suscribe como “tu devotísima y nunca consumada amante”.

Alcázar y Vacaflor, los otros dos autores del libro, trabajaban en la época para el periódico Presencia.

Salazar fue el primero en llegar a la zona de conflicto en marzo de 1967. Él cubrió la detención y juicio de Debray y del argentino Ciro Bustos, miembros de la red subversiva guevarista.

Alcázar dio la primicia mundial de la captura del Che “vivo y herido” el 8 de octubre de 1967. Y Vacaflor, expulsado dos veces de la zona militar e incluso amenazado con un juicio tras ser acusado de formar parte de la campaña para la liberación de Debray, fue quien reveló el robo de los diarios del Che, años después.

Los tres fueron enviados por sus respectivos medios hace 50 años a la zona del río Nancahuazú, en el departamento de Santa Cruz, días después de que las autoridades bolivianas informaron del primer combate entre los militares y la guerrilla.

Alcázar también fue el único reportero que estuvo presente en las operaciones militares contrainsurgentes de la época y el primero en descubrir la farsa montada por Barrientos sobre la supuesta muerte en combate del Che, pues, además, tocó su cadáver en la lavandería del hospital de Villegrande, donde fue llevado después de la ejecución y notó que aún todavía estaba tibio. “Sentí un escalofrío, un estremecimiento. Aún estaba caliente”cuenta en el libro. También fue el primero en comprender, después de hablar con los soldados que custodiaban al Che, que no solo fue ejecutado por Mario Terán, sino que fueron tres los militares que participaron en su asesinato.

Reportaje del reportaje

Reportaje del reportaje

“Todo acontecimiento periodístico tiene dos historias –precisa Salazar–: la que uno cuenta a sus lectores y la que vive para contar ese hecho. Este libro cuenta los entretelones de esa cobertura. El libro está dividido en tres partes, cada una de ellas escrita por uno de los coautores. El título de mi parte, ‘Entre guerrilleros escurridizos, censores militares y atractivas espías’, da una idea de su contenido”.

Señala que su colega José Luis Alcázar, el único periodista que participó en combates, y quien tocó la mano del Che, minutos después de su ejecución.

“A las cinco de la tarde llegó el helicóptero con el cadáver del Che. Ahí estaba el cuerpo del guerrillero, envuelto con una frazada o cobija militar. Un círculo de soldados resguardaba el helicóptero, evitando que la muchedumbre, que se había dado cita en la precaria pista, se acercara a la nave. Ahí estuve. A mi lado, un agente de la CIA, el cubano Gustavo Villoldo, alias capitán Eduardo González. Villoldo rompió el cerco militar y yo aproveché y juntos corrimos hacia el helicóptero. Mientras Villoldo-González levantaba la cobija para ver el rostro y jalarle la barba y decirle: “¡Por fin has caído!”, yo vi una de las manos del Che que aparecía a un costado de la improvisada camilla en el patín del helicóptero. La tomé y sufrí un escalofrío, un estremecimiento. Estaba caliente. Había muerto recién…”, explica Alcázar en el libro

Sobre el filósofo Debray, dado por muerto por el gobierno de Barrientos, se cuenta que Hugo Delgadillo, reportero y colega de los autores del libro, le salvó la vida. Delgadillo envió a La Paz una imagen de Debray y otros detenidos, la cual fue publicada por el diario ‘Presencia’, provocando un escándalo y una campaña mundial por su liberación, en la que intervinieron el presidente Charles de Gaulle, el papa Pablo VI, el filósofo Jean-Paul Sartre y el novelista André Malraux, entre otros.

Para Salazar, esa foto sentenció a muerte al Che, pues, tras ese incidente Barrientos decretó una guerra de ejecuciones, sin prisioneros, contra la guerrilla.

Por eso, al ser capturado el 8 de octubre de 1967, el Che fue ejecutado por los militares al día siguiente en la pequeña localidad de La Higuera, departamento de Santa Cruz, y sus restos enterrados en secreto en Villegrande, a 60 kilómetros de allí y solo encontrados 20 años después, tras innumerables investigaciones.

Vacaflor, el otro autor del libro, cuenta cómo lo persiguió el fantasma del Che hasta Londres, donde fue convocado por la empresa rematadora Sotheby’s para que certificara la autenticidad del diario de Guevara, que pretendía rematar por encargo del militar que robó el documento.

Reflexión

Reflexión

‘La guerrilla que contamos’ es, también, una reflexión sobre lo sucedido y las consecuencias políticas de la guerrilla en Bolivia, que polarizó y radicalizó a la juventud de la época. Porque sin la acción del Che no se explican los gobiernos progresistas de los generales Alfredo Ovando Candia (1969/70) y Juan José Torres (1970/71), quienes combatieron al Che y, según los testimonios, decidieron su ejecución.

Ovando era Comandante en Jefe de las FF. AA. y Torres Jefe del Estado Mayor. La guerrilla polarizó a la sociedad boliviana y radicalizó a muchos sectores sociales, pero también permeó al Ejército, que se sintió interpelado por las injusticias económicas y sociales que agitó el Che como banderas.

“Ovando tomó el poder en septiembre de 1969, nacionalizó el petróleo (Gulf Oil Company) y prometió una nueva revolución. Cuando la derecha militar intentó derrocarlo”, explica Salazar.

En el caso de Torres, afirma que hizo un gobierno más de izquierda. “Bajo su mandato se reunió la Asamblea Popular, conocida como el Sóviet boliviano, una suerte de parlamento integrado por obreros, campesinos y estudiantes que intentó disputarle el poder. Ante la radicalización, el coronel Hugo Bánzer Suárez lo derrocó en un golpe el 21 de agosto de 1971”.

La polarización no fue solo en Bolivia. En Perú gobernaba otro militar de izquierda, Juan Velasco Alvarado (1968/75) y en Chile Salvador Allende (1970-73). “Fue el signo de esos tiempos”, recuerda.

Anota que ni la guerrilla del Che ni otras que nacieron en los 60 y 70 cambiaron en algo la opresión de los pueblos de América Latina, pues “tuvieron como correlato las dictaduras militares, con su dramáticos saldos de torturas, asesinatos, desapariciones y descabezamiento de las izquierdas y movimientos populares, sino porque muchas de sus reivindicaciones sociales siguen vigentes, a pesar de que algunos líderes políticos, como el presidente Evo Morales, se reclaman como seguidores del Che”.

Desmitificaciones El libro desmitifica parte de la historia oficial respecto de la figura del Che y de la guerrilla que comandó en Bolivia. Por ejemplo, su categorización como estratega político y militar. Alcázar desmenuza los fracasos militares del argentino, quien llegó a Bolivia después de su primer gran descalabro político militar en el Congo en 1965, a donde fue enviado por Fidel Castro para establecer, en el corazón de África, una plataforma contra “el imperialismo yanqui” y “el neocolonialismo continental”.

No pudo. ¿Por falta de preparación, por conocimiento superficial de la situación o desconocimiento de la mentalidad de población o todo a la vez? Igual pasó después en Bolivia. “El Che no entendió el contexto político y social boliviano al elegir el país como escenario de su lucha y tampoco pudo hacer frente a la estrategia militar”, dice Salazar.

Él y Alcázar coinciden en asimilar los dos experimentos como fracasos. En Bolivia encontró a campesinos con los que nunca logró establecer la relación esperada.

“Desde el punto de vista militar, el Che vivió en la selva 337 jornadas de penurias, acosado por el asma, el hambre, las diarreas y las calenturas; aislado, cercado y perseguido por las tropas del Ejército”, escriben en su libro.

Quedó consignada en el diario del Che: “Sigue sintiéndose la falta de incorporación campesina”.

“Desde las primeras semanas de la campaña, también había perdido todo contacto con la incipiente red urbana, que nunca llegó a funcionar, e incluso con La Habana”, se afirma en el libro.

La idea del Che era utilizar Bolivia para crear una escuela, una célula madre de guerrilleros, que se expandirían hacia otros países. Pero los autores recuerdan que menospreció a grupos internos que pudieron apoyarlo dentro de Bolivia, como el Partido Comunista, y subestimó al ejército y al gobierno bolivianos. Se amparó en la supuesta debilidad del gobierno de Barrientos.

En la época de la guerrilla del Che comenzó a escribirse en América Latina, con el apoyo de Estados Unidos, uno de los capítulos más sangrientos de la historia continental con golpes militares, asesinatos, desapariciones y torturas en Paraguay y Brasil en los años 60 y después, en los 70, en Bolivia, Chile, Argentina y Uruguay.

Todo planeado desde la Escuela de las Américas y después, con la creación regional de uno de los procesos represivos más criminales de nuestra historia, la llamada Operación Cóndor, que se articuló en el marco de la Guerra fría global. En esa atmósfera de represión y miedo surgieron las guerrillas como una respuesta política a las dictaduras militares en el Cono Sur, o, como en el caso de Colombia, a la expropiación de las tierras campesinas por terratenientes, en los 60 y 70.

Así se dibujó el mapa de la subversión continental en el que creció la mítica guerrilla de Guevara en Bolivia. “La historia de un gran fracaso”, según el propio Che.

El Tiempo (Bogotá, Colombia) – 9 de noviembre de 2017

A 50 años de la ejecución del Che, un pueblo boliviano lo recuerda como si hubiese sido ayer

Por NICHOLAS CASEY, The New York Times

LA HIGUERA, Bolivia — Irma Rosales, cansada tras décadas de atender su pequeña tienda, se sentó una mañana con una caja llena de fotos y recordó al extraño que hace cincuenta años fue ejecutado en la escuela local.

Contó que su cabello era largo y grasoso, sus ropas estaban tan sucias que podrían haber sido las de un mecánico. Recordó que no dijo nada cuando ella le llevó un plato de sopa poco antes de que se escucharan las balas. El Che Guevara había muerto.

Acaba de cumplirse medio siglo de la ejecución de Guevara, el médico argentino cuyo nombre de pila era Ernesto y que dirigió a columnas de guerrilleros desde Cuba hasta el Congo. Fue un hombre que combatió a Estados Unidos durante la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba, el mismo que pronunció un discurso ante las Naciones Unidas y predicó sobre un nuevo orden mundial dirigido por los marginados de las superpotencias.

Su vida brillante solo fue opacada por el mito que surgió con su muerte. La imagen de su barba desaliñada y su boina con una estrella se convirtió en la tarjeta de presentación de los revolucionarios románticos de todo el mundo. A lo largo de varias generaciones, se le ha visto en todas partes: desde los campos selváticos de milicias hasta los dormitorios universitarios estadounidenses.

Sin embargo, los pobladores de La Higuera que vivieron esa época narran una historia mucho menos mítica, que describe un episodio corto y sangriento en el que un rincón olvidado de esta provincia montañosa se convirtió en un campo de batalla de la Guerra Fría.

Rosales recuerda que al poco tiempo de que Guevara y los demás forasteros que le acompañaban aparecieran en el área, con promesas de igualdad, los guerrilleros fueron arrastrados hacia un mar de sangre.

“Fue una tortura para nosotros”, dijo. “Para nosotros, esa fue una época de sufrimiento”.

Y conforme América Latina recuerda la muerte de Guevara, la región también inicia un amplio ajuste de cuentas con los movimientos de izquierda que se inspiraron en este personaje.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, la guerrilla más grande que quedaba en la región, este año salió de la selva y entregó las armas culminando una guerra en la que nadie se declaró victorioso y en la que Colombia perdió a más de 220.000 personas.

El movimiento inspirado en el socialismo del difunto presidente venezolano Hugo Chávez condujo a mejoras en la educación y los servicios de salud, pero el país se ha hundido en el hambre, la agitación y un gobierno que algunos tildan de dictadura.

Incluso Cuba, que por años ha vivido con orgullo bajo la bandera revolucionaria que izó Guevara, ahora se enfrenta a un destino incierto a medida que el deshielo que se había alcanzado con Estados Unidos se complica con el gobierno de Trump.

Bolivia es una de las últimas democracias de América Latina donde la izquierda sigue en el poder y es difícil para los movimientos políticos florecer en ese vacío, según uno de los gobernantes del país. “No se puede prosperar ni mantenerse en el tiempo si no se tienen victorias y luchas en otros lugares”, comentó Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia.

Jon Lee Anderson, quien escribió una biografía de Guevara y fue clave para descubrir sus restos —que escondieron los soldados hasta la década de los noventa— dice que Guevara y la izquierda ya tocaron fondo en otros momentos.

“Pero el Che permanece puro”, agregó. “Es un modelo siempre presente, un icono. ¿Hacia dónde irá en el futuro? Tengo esta idea de que el Che viene y va”.

La desaparición de un revolucionario

Durante sus últimos años de vida, el paradero de Guevara era un misterio para todo el mundo.

Después de que supervisó los escuadrones establecidos después de la victoria comunista en Cuba, y tras un periodo en el que dirigió el banco central de ese país, Guevara se desvaneció en 1965, enviado por Fidel Castro a organizar revoluciones en el extranjero. Lo mandó a una misión fallida en el Congo; después anduvo en distintas casas de seguridad de ciudades como Dar es Salaam y Praga.

“En aquel entonces, se decía que Fidel lo había matado; otros decían que había muerto en Santo Domingo o que estaba en Vietnam”, dijo Juan Carlos Salazar, quien en 1967 era un reportero boliviano de 21 años que buscaba su primer reportaje importante. “Decían que estaba aquí o allá, pero nadie sabía dónde”.

Loyola Guzmán, una revolucionaria que formaba parte de los líderes juveniles comunistas de La Paz, sería una de las primeras personas en saber dónde estaba el célebre guerrillero. Un día recibió un mensaje: se requería de su presencia en Camiri, un pequeño poblado cerca de la frontera de Paraguay. Dijo que no tenía idea del motivo de la reunión.

Guzmán es una mujer de 75 años, pero una foto de enero de 1967 muestra su rostro con el rubor de la juventud, en ropa de trabajo y una gorra, sentada sobre un tronco de un campo selvático donde hacía un calor sofocante. A su lado estaba Guevara.

“Dijo que quería crear ‘dos o tres Vietnam’”, recordó Guzmán, con Bolivia como base de una revolución tanto local como para los países vecinos, Argentina y Perú. Guzmán estuvo de acuerdo con la idea y fue enviada a la capital a obtener apoyo para los revolucionarios y administrar su dinero.

En marzo de 1967, comenzó la batalla.

Salazar, el periodista, supo en días posteriores de ese mismo mes que se habían desatado combates entre el ejército boliviano y un grupo armado, los cuales habían dejado a varios soldados heridos. El reportero fue enviado al área para investigar, pero no estaba claro quiénes eran los guerrilleros, solo se sabía que daban golpes importantes a las fuerzas gubernamentales.

Poco después, se empezó a correr la voz de que el cabecilla podía ser Guevara.

El ejército quería encontrarlo y derrotarlo. Entre los periodistas “todos querían entrevistarlo”, recordó Salazar.

Un pueblo receloso

Aunque Guevara era conocido en todo el mundo, su fama le sirvió poco para granjearse la simpatía de los campesinos bolivianos.

El país ya había pasado por una revolución una década antes, la cual instituyó el sufragio universal y la reforma agraria, además de que expandió la educación. No hay documentación alguna de que, durante el tiempo que Guevara pasó combatiendo en Bolivia, un solo campesino se haya unido a sus filas.

“No lo pensó bien”, dijo Carlos Mesa, expresidente de Bolivia e historiador, quien tenía 13 años cuando Guevara llegó. “Fracasó porque tenía que fracasar”.

Rosales —la mujer que le dio a Guevara el plato de sopa tras su captura— recordó haberse quedado estupefacta un día en La Higuera, poco antes de que Guevara fuera asesinado, cuando uno de sus guerrilleros, Roberto Peredo, conocido como Coco, entró al edificio donde trabajaba y le pidió usar el teléfono.

Ninguno de los pobladores esperaba esa visita, ya que los guerrilleros no tenían buena reputación. Todos los hombres del pueblo habían huido a las colinas, temiendo que los guerrilleros trataran de llamarlos a sus filas.

“Nos decían que los guerrilleros golpeaban a los hombres y violaban a sus esposas, que se llevaban cosas, y por tal motivo nadie les daba la bienvenida”, dijo Rosales.

Rosales recuerda que ese mismo día, el alcalde del lugar le informó a las autoridades que los guerrilleros habían llegado al pueblo.

Cada vez más cerca

Con información como la provista por el alcalde, el ejército comenzó a asediar al grupo de guerrilleros. Entre los que estaban al acecho se encontraba Gary Prado, entonces un joven oficial que había perseguido a Guevara por las montañas durante todo el verano.

Desde su estudio en la ciudad de Santa Cruz, el general jubilado, ahora de 78 años, admitió que el ejército apenas estaba preparado para combatir a una guerrilla en su elemento y en terreno conocido. Sin embargo, pronto comenzó a recibir ayuda con capacitación estadounidense y la llegada de agentes de la Agencia de Inteligencia Central (CIA, por su sigla en inglés), que ansiaban ver muerto a Guevara.

Guevara había sido aclamado por sus tácticas militares en la victoria de Castro en Cuba y escribió un manual, La guerra de guerrillas, que todavía utilizan los insurgentes de todo el mundo como guía. Sin embargo, Prado comentó que el Che estaba cometiendo errores en Bolivia: estableció bases que no podía defender, dividió sus fuerzas y dejó atrás fotos que los soldados estaban usando como pistas.

“Dominaba la guerra de guerrillas”, dijo Prado. “Llegó aquí e hizo todo al revés”.

En la última entrada de su diario, el 7 de octubre, Guevara escribe que se encontró con una vieja que pastoreaba a sus chivas, a quien tomó de rehén para interrogarla acerca de los soldados cercanos. “Se le dieron 50 pesos con el encargo de que no fuera a hablar ninguna palabra, pero con pocas esperanzas de que cumpliera sus promesas”, escribió.

‘Soy el Che’

El 8 de octubre hubo una balacera entre los soldados bolivianos y un grupo de combatientes.

Sin embargo, según Prado, la refriega acabó de manera distinta. Cuando uno de los guerrilleros se rindió, gritó: “No disparen, soy el Che y valgo más vivo que muerto”.

Julia Cortés, ahora de 69 años, recuerda haber escuchado una balacera a la distancia ese día mientras se acercaba a La Higuera, donde daba clases en la escuela local.

Luego de capturar a Guevara, el ejército lo trasladó a esa escuela. El guerrillero apenas y podía hablar cuando Cortés entró a la escuela al día siguiente, el 9 de octubre. Musitaba cosas sobre la revolución, dijo la exmaestra, sobre la lucha que estaba perdiendo.

“Dicen que era feo, pero a mí me parece que era increíblemente hermoso”, relató Cortés. Ella comentó que recién había llegado a su casa cuando se escucharon los disparos que lo mataron.

Salazar, el reportero, había regresado a La Paz para cubrir el juicio de otro guerrillero cuando se enteró de la ejecución en La Higuera. Se apresuró a volver a la región para informar sobre la muerte, lamentando haberse perdido la que para él “habría sido la entrevista del siglo”.

García Linera, vicepresidente de Bolivia, era un niño ese día y recuerda haber visto la imagen de Guevara en la primera plana de Presencia, un periódico boliviano, cuando estaba en la cama de su abuelo. “Todavía puedo ver esa foto, con la vista hacia el cielo, todo en blanco y negro”, dijo. “De primera vista, se veía como cualquiera, incluso como un indigente”.

Guzmán, la compañera guerrillera de Guevara, ya estaba bajo custodia del ejército para cuando Guevara fue capturado. No supo de su muerte sino hasta que encontró la copia de Presencia en un baño de la cárcel.

Rosales recuerda haber visto a Cortés acercarse a la escuela en La Higuera, tras el asesinato, para limpiar la sangre derramada en el salón.

“Desde entonces no ha habido clases”, dijo Rosales mientras explicaba que la escuela se convirtió en un pequeño museo. “Los niños no quieren ir ahí”.

(César Del Castillo Linares colaboró en este reportaje).The New York Times – 10 de octubre de 2017