Un libro de semblanzas, aunque su título sea inteligente y sugestivo, puede ser una trampa, la de los fragmentos deshilvanados, la de pedazos inconclusos e insuficientes, la de lo efímero, una recopilación que interesa hoy y será olvido mañana.
Juan Carlos Salazar del Barrio, Gato a efectos de su verdadera y única identificación, la que le han dado sus ojos únicos y escrutadores, asume el reto. Sabía de su vida porque como periodista que soy, escuché de él como referencia del buen hacer en los tiempos duros del trabajo que en Bolivia estuvo a salto de mata entre la “dictablanda” (como él prefiere calificar al gobierno democrático de René Barrientos) y la dictadura (ésta sí con todas sus letras) de Hugo Banzer.
El Gato es parte de una generación de periodistas bolivianos de leyenda, entre los que se cuentan José Luis Alcázar, Ted Córdova, Humberto Vacaflor o Ana María Campero y es discípulo (¿preferido?) de ese maestro que se llama José Gramunt de Moragas (monárquico y más español que catalán, pero boliviano de vida). Le tocó como a tantos otros dejar, obligado, su tierra y hacerse fuera. En varios y exigentes destinos demostró de lo que era capaz en una profesión más que competitiva.
Recién lo conocí de veras cuando se hizo cargo de la dirección valiente y comprometida de Página Siete, una voz que desafió el intento imposible del monólogo gubernamental del Presidente Morales basado en la hipótesis conocida y desgastada de la “hegemonía imprescindible para el cambio”. Gato llevaba entonces en la espalda, literalmente, una vida entera dedicada al periodismo, el de la redacción, la corresponsalía, la investigación, pero sobre todo aquel que recoge directamente los hechos, con un acontecimiento como emblema, la cobertura de la presencia de un mito viviente en el país, el Che y su guerrilla.
Estas páginas, contra lo que supuse, se acercan a la totalización de un tiempo extraordinario, el que cubre la década más intensa del siglo XX (guerras aparte), la de los años sesenta y a partir de allí el intenso y turbulento periodo que culminó con la reconquista de la democracia en los albores de los años ochenta. Aunque algunas de las figuras escogidas nos traen hasta los días que corren.
Cuando el Gato me dio los originales del libro y lo ojeé someramente, me pregunté si tenía sentido mezclar figuras bolivianas con otras internacionales y si esa mezcla no le haría un flaco favor a la coherencia de los protagonistas escogidos. Pero nuestro autor es un “toro corrido en muchas plazas”. Juan Rulfo, Manuel Leguineche, Gregorio Selser, César Menotti (quizás menos), Juan Pablo II, Gabo y Fidel Castro (¡cómo no!), tienen mucho que ver con las dos puntas de este texto su –si se me permiten las expresiones– bolivianidad y latinoamericanidad que, bien vistas, son una y la misma.
¿Estilo?, es allí donde el autor combina la calidad narrativa, los hechos, el perfil humano de los personajes y la historia intensa que fluye detrás. El libro es un trasiego que hipnotiza de los momentos intensos y alucinantes de nuestro pasado a partir del pincel, no sólo de las pinceladas. Así, rompiendo moldes, Gato prescinde de las simetrías y las proporciones “justas” de cada texto, del orden “natural” de la cronología.
Cada personaje es un mundo diferente, a cada uno le corresponde una aproximación, una extensión, unas impresiones que pueden marcar mejor la naturaleza íntima del retratado. No hay reglas porque además las miradas son distintas ya que fueron escritas en diferentes momentos y contextos.
Gato demuestra una vez más en estas páginas el gran parentesco y vinculación entre periodismo y literatura. La idea de los escritos a vuelapluma más próximos al periodismo, o la profundidad y la exigencia de “calidad” entendida como manejo de la lengua, la imagen y la metáfora, se van diluyendo ante la conciencia plena del autor de que atrapar al lector es un imperativo. Por momentos algunas semblanzas tienen un “lead”, aquel clásico principio de que las tres primeras líneas definen el éxito o el fracaso de un reportaje. Podríamos añadir que los subtítulos debajo de cada nombre cumplen también esa tarea. Y, por supuesto, está la inocultable proximidad emocional, aquella que marca la cercanía entrañable del conocimiento y de la amistad que les da a varios de los perfiles un toque de intensidad interior.
“La comida como la pintura entra por los ojos”, Enrique Arnal. “Era un hombre que se parecía a sí mismo”, Rulfo. “No se van a atrever”, Marcelo Quiroga Santa Cruz. “El periodismo está acabado”, Leguineche (quizás no le faltaba razón al decirlo). “Le pedía (a Dios) que lo liberara del cáliz que estaba acabando con su vida”, José María Bakovic. “Su muerte preanunciada al estilo del cine de Sam Peckinpah”, Luis Espinal…
Hay textos en los que el Gato se entusiasma y se extiende, nos cuenta apasionado la historia de un libertario como Líber Forti y la ética de un anarquista; la de ese curioso espía que llegó del frío que era el Chino Sánchez y la odisea de la expulsión de Klaus Barbie; el surrealismo hecho vida del Canalla Montesinos, el periodista y su desopilante “libro Blanco de Lidia Gueiler”; el papel higiénico convertido en modelo de derecho por Reynaldo Peters; la mirada azorada de la entrañable Loyola Guzmán en su encuentro con el Che; el volcán incontenible llamado Filemón Escobar, hombre comprometido con su tierra hasta el dolor…
Retazos perfectamente escogidos y narrados que construyen nuestra vida colectiva. Líneas apasionantes y entretenidas, y aquí la palabra no tiene –como no puede tener– ninguna sinonimia con superficialidad. Quien es capaz de atrapar al lector y entretenerlo, logra lo que cualquier escritor debe lograr: cautivar.
En estas páginas compruebo además del periodista de pura raza el talento para reflejar una parte de lo que fuimos en varios de quienes tuvieron o tienen vidas dignas de ser contadas… y en este caso muy bien contadas.
“La semblanza no es una historia de vida, ni siquiera un perfil, sino una visión fugaz: una apariencia, una semejanza”, define Juan Carlos Salazar. El experimentado periodista reúne 41 retratos de sus “personajes inolvidables” en el libro Semejanzas, que se presenta el jueves en la UCB.
La casa de Juan Carlos Salazar del Barrio está llena de gatos. Los hay pequeñitos de cerámica, gordos de peluche, exóticos de vidrio y originales de fierro. Unos, alebrijes felinos, miran con ojos de espanto y otros se insinúan apenas en acuarelas. Si no fueran los ojos claros que le valieron el apodo de Gato, sería hoy suficiente su colección gatuna.
Cofundador de la agencia ANF, corresponsal por 20 años de la Agencia Alemana de Prensa (DPA) en Bolivia, Argentina, México, América Central y Cuba. Más tarde, director del Servicio Internacional en Español de esa agencia, Salazar fue también director de Página Siete y recibió el Premio Nacional de Periodismo.
“Creo que el periodismo me eligió a mí y no al revés”, cuenta y recuerda que toda su adolescencia había pensado estudiar geología, para continuar el negocio minero paterno; no obstante, reprobó el examen y se topó con el padre Gramunt y con el periodismo. No hubo retorno.
En un viaje a Palos Blancos, para cubrir el plan de colonización en la década de los años 60, descansando a la orilla de un río, determinó su destino: “Decidí ser corresponsal de prensa. Luego Banzer, obligándome al exilio, concretó ese objetivo”. Y así se fue medio siglo.
Ahora, que ha dejado de cubrir guerras, de entrevistar presidentes, de cambiar de residencia y ha logrado finalmente reunir su colección gatuna diseminada por el mundo, el corresponsal de prensa se dedica a la docencia, investiga, escribe y siente que está en casa. “Dicen que tu hogar está donde están tus libros; en mi caso es también donde están mis gatos”, dice con una sonrisa.
El año pasado publicó La guerrilla que contamos, sobre la cobertura periodística de la guerrilla del Che y del Ejército boliviano en 1967. También fue parte del libro Cabalgata sin fin de Página Siete y ahora presenta Semejanzas. Es una época prolífica.
Lo que pasa es que cuando me vine de Madrid en 2010, después de jubilarme en DPA, tenía el plan de hacer las cosas pendientes, varios libros que requerían un trabajo metódico… Vine con esa idea pero inmediatamente me puse a trabajar. El padre Gramunt me pidió que lo ayudara con la agencia Fides y estuve un año en ANF. Después me llamó Página Siete para la dirección en la que estuve más de tres años. Por eso puse un límite al tiempo de la dirección del diario para encarar las cosas que tenía pendientes. Una de ellas, este libro.
¿Cómo eligió a los 41 personajes que retrata en Semejanzas?
Es un libro bastante autobiográfico en el sentido de que las semblanzas son de gente que he conocido. Con muchos he estado unido por la amistad –Liber Forti, Enrique Arnal, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Luis Espinal, Pepe Ballón…– y con otros por razones circunstanciales profesionales –Fidel Castro, Juan Pablo II, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo…–. Escribir de ellos implicaba buscar en mi memoria recuerdos, revisar mis apuntes y también visitar hemeroteca para precisar fechas.
Otra característica es que la mayoría de las semblanzas ya las publiqué pero en versiones resumidas, para el periódico. Ahora las he ampliado y actualizado, algunas son nuevas. Son 41 semblanzas, la mayoría de bolivianos y en general son personajes positivos. No podría escribir, por ejemplo, de García Mesa porque no encuentro el tono.
La semblanza es uno de los géneros híbridos más complejos, ¿cómo la encara?
Pienso que es el género más difícil pero el más lindo de todos. Cuando era niño en mi casa de Tupiza siempre había tres revistas que compraba mi padre: Selecciones delReader’s Digest, Life en español y Visión. Y desde muy niño yo leía algunas secciones que eran mis favoritas en Selecciones: Citas citables y Mi personaje inolvidable, que eran semblanzas de gente común hechas por gente común. Los reseñados eran personas positivas, que de alguna manera eran un ejemplo en su comunidad, en su ciudad. Y ese fue mi primer acercamiento al género.
Después, cuando vine a La Paz y era estudiante de secundaria, me topé con las semblanzas de Paulovich (Alfonso Prudencio Claure). Él tenía una sección en Presencia Literaria de personajes de la época que se llamaba Apariencias y que recomiendo leer a todo periodista. Ese fue mi segundo acercamiento.
Ya siendo periodista quedé asombrado por las semblanzas de John Dos Passos en su trilogía USA, el gran dinero, donde, oscilando entre la novela y el testimonio, va intercalando semblanzas y arma un retrato de la época. Eso me impresionó mucho y desde entonces me apasiona la semblanza.
El reto de la semblanza es alto, y el primero, quizás, traicionar al reseñado.
No es fácil retratar a una persona por una razón muy sencilla: la gente no es como cree que es o como pretende ser; la gente es como la otra gente la ve. Entonces alguien me ve de una manera, otro de forma distinta y alguna de esas miradas puede no gustarme. Por eso creo que el título de las reseñas de Paulovich es preciso: Apariencias.
En la presentación del libro cito una frase de Felipito, el amigo de Mafalda, que decía: “Qué culpa tengo yo de parecerme a mí mismo”. No lo decía por cómo se veía a sí mismo, sino porque estaba preocupado por cómo lo veían sus compañeros de pandilla. Cito otra frase de Liber Forti, que está también retratado, que decía: “Soy como me ven, no como yo me anoto”. Y es así. Lo que veo, lo cuento.
¿Y en cuánto a la estructura?, ¿cómo ha logrado escribir 41 semblanzas sin repetirse?
La semblanza depende de un tono y de un hilo conductor y esa combinación no es fácil. La biografía de una persona es una cadena de anécdotas, que están una tras otra. Si las ves aisladamente no significan nada pero en su conjunto sí. Entonces el gran derrotero de la vida de una persona es la cadena de anécdotas; y el tono que debes encontrar va a dar sentido a todo. En todo caso, la semblanza no es una historia de vida, ni siquiera un perfil, sino una visión fugaz: una apariencia, una semejanza. Casi todas mis semblanzas empiezan con anécdotas, con algún hecho que encuentro significativo para dibujar a la persona como la veo.
Julio Villanueva Chang dice que de cerca nadie es normal. Al unir la cadena de anécdotas de otras vidas, ¿no ha encontrado cosas que no le hubiese gustado haber descubierto?
Depende; por ejemplo, en la semblanza de Augusto Montesinos Hurtado, un periodista que le decían El canalla, cuento anécdotas de él que, de acuerdo con quien las interprete, pueden ser de alguien muy audaz o de un sinvergüenza. Montesinos era muy conocido en América Latina; Vargas Llosa incluso lo había tomado como personaje para una novela por como era, más interesante que Raúl Salmón de La Tía Julia y el escribidor.
Siempre, sin querer quizá, a partir de estas lecturas de Mi personaje inolvidable, he tratado de escribir sobre personajes positivos, por ejemplo Juan Rulfo o García Márquez, quienes, como todos, tienen luces y sombras. Cuento por ejemplo un episodio de debilidad de Rulfo vinculado al tema de Bolivia. Él fue el orador principal en el homenaje a Marcelo Quiroga Santa Cruz en México y después el Gobierno se tiró contra él por una alusión que hizo al Ejército mexicano. Él estaba muy asustado, pensaba que lo iban a matar y yo me sentía responsable porque yo fui quien difundió el discurso en México porque había organizado el acto. Si ves esa anécdota en el conjunto del personaje le da una dimensión más humana.
¿Cómo logra esa dimensión con personajes históricos como el papa Juan Pablo II o Fidel Castro, por ejemplo?
La semblanza del Papa se titula Los viajes incómodos de Juan Pablo II y se construye a partir del primer viaje de su pontificado que fue al México anticlerical que no tenía relaciones con el Vaticano. Los curas estaban prohibidos de vestir sotana en la calle y de celebrar cultos externos. Entonces el Papa no llega como jefe de Estado, porque no lo reconocía el Gobierno mexicano. López Portillo se ve obligado a darle la bienvenida y lo deja con su grey y Juan Pablo II moviliza a todo México en el que era un viaje ilegal. Cuento también sus viajes a Centroamérica tan controvertidos, a Haití de la dinastía Papá Doc y termino con el viaje a Cuba que todo el mundo pensaba que era el principio de la caída del socialismo; pero el Papa se concatenó tan bien con Fidel, se sintieron los dos tan a gusto, que no pasó absolutamente nada. Fueron esos viajes incómodos de Juan Pablo II que cubrí como corresponsal de DPA.
En cuanto a Fidel Castro, mi primer encuentro fue cuando él llegó a México, 30 años después de su partida en el Granma. Nos citaron a los corresponsales y llegando nos dijeron que el entrevistado era Castro. Esa noche hubo una cena de Fidel con López Portillo y con los periodistas que no seríamos más de 15. Y Castro comenzó a recordar su época en México, donde él llegó para armar la guerrilla después de ser liberado de su condena por el asalto del 16 de julio. Se acordó del Che, del Granma, de la revolución. Estuvimos escuchándolo hasta las cinco de la mañana.
Después me tocó volverlo a ver en Cuba. Es una semblanza complicada, larga, porque él es un personaje que polariza. Si muestras un lado positivo o negativo, te van a cuestionar.
Este y otros libros demuestran que un periodista nunca se jubila, ¿en qué trabaja ahora?
Ahora estoy trabajando otro libro para el próximo año, también autobiográfico, sobre la cobertura de conflictos armados: la guerra sucia en Argentina, la guerra centroamericana, Chiapas, el periodo especial en Cuba, que es otra forma de guerra, y los primeros atentados yihadistas en Europa que también me tocó cubrir.
Son otras facetas del periodismo. Con la jubilación dejas la coyuntura para hacer otra cosa. Yo creo que hay momentos para todo, y hay siempre cosas que contar. Ya lo he dicho ya con el libro La Guerrilla que contamos: un periodista cuando cubre algún acontecimiento importante siempre vive dos historias: la que cuenta y escribe para sus lectores; y la historia que vive para contar esa historia. Entonces lo que estoy haciendo es el reportaje del reportaje.
¿Cómo evalúa al actual periodismo boliviano?
En todas partes hay buen periodismo y mal periodismo, buenos periodistas y malos periodistas, buenos medios y malos medios. Pero hay un hecho: la prensa boliviana no tiene recursos y es difícil hacer algo sin dinero. Hay gente talentosa que no tiene posibilidades ni de roce: por ejemplo en los alegatos en La Haya estaba acá toda la prensa chilena; lo lógico era que nosotros enviemos periodistas bolivianos a Chile, pero no hubo recursos.
Lo que sí me preocupa es que los propios periodistas no lean, a veces ni periódicos. No puedes hacer buen periodismo si no lees buen periodismo. También sostengo que este es un oficio que se aprende. Al periodismo escrito lo va a salvar el buen periodismo y allí no hay nada que inventar.
41 esbozos biográficos de gente poco común
Semejanzas: Esbozos biográficos de gente poco común recoge las historias de vida de 41 personajes, en su mayoría bolivianos, “que lo único que tienen en común es, precisamente, que son poco comunes”, resume el autor del libro, Juan Carlos Salazar.
La obra, publicada por Plural, se presentará este jueves 7 de junio en el auditorio VIP de la Biblioteca de la Universidad Católica Boliviana (calle 2, Obrajes,). Y el sábado 9, en la Feria del Libro de Santa Cruz.
Las semblanzas se dividen de acuerdo con la actividad de los personajes. En el área de Cultura figuran: Enrique Arnal Velasco: Quico a la arrabbiata; Pepe Ballón Sanjinés: El héroe anónimo; José Bayro Corrochano: El carnaval de la vida: Luis Ramiro Beltrán Salmón: El adelantado; Héctor Borda Leaño: Con el idioma de la rabia; Robert Brockmann: El recreador de la historia; Amalia Decker: Protagonista de tragedias reales, creadora de ficciones.
Gabriel García Márquez: Un boliviano de corazón; Manuel Leguineche: El descubridor de la “República del Quiquibey”; Hugo Rodas Morales: Marcelo Quiroga, biografía de una fascinación; Juan Rulfo: Un tal Rulfo…; Gregorio Selser: El cronista de Sandino; Mario Vargas Llosa: Entre “dictaduras perfectas” y democracias imperfectas; y Luis Zilveti Calderón: El músico del silencio.
«La semblanza de Arnal resulto breve pero no quise tocarla porque cuando uno siente que un texto está redondo es mejor no tocarlo”, comenta Salazar.
En el área de Sociedad incluye semblanzas de: José María Bakovic: El hombre de las cábalas; Domitila Barrios de Chungara: La mujer símbolo; María Barzola: Fundadora de la saga de luchadoras mineras; Luis Espinal: La noche de los desalmados; Liber Forti: El “luchador amoroso por la justicia”; José Gramunt de Moragas: “Navigare necesse est, vivere non est necesse”. Liber Forti fue un gran amigo e influencia en mi niñez en Tupiza.
Con Espinal tuve una relación singular: “él era mi subalterno en Fides y también mi catedrático en la universidad”, comenta Gato y añade: “Lucho era un hombre sencillo, tímido, nunca quería estar por encina de nadie. A los tres días de su asesinato, mataron al obispo de San Salvador, a monseñor Romero, y Espinal pasó al segundo plano. En su humildad hasta en el martirio cedió protagonismo”.
También están los retratos de Juan Pablo II: El viajero incómodo; César Luis Menotti: El “filósofo” del fútbol y… la política; Augusto Montesinos Hurtado: El Canalla ; Reynaldo Peters : Un canto a la libertad en papel higiénico; Gustavo Sánchez Salazar: El hombre que sabía demasiado. “El Chino Sánchez es el periodista que arrestó a Klaus Barbie cuando fue subsecretario de Gobierno. Se lo veía mucho en Cuba y los amigos lo llamábamos ‘nuestro hombre en La Habana’”, dice el autor.
En Política están: Salvador Allende: El “héroe romano”; Gloria Ardaya: Una mujer agradecida con la vida; José Chingo Baldivia: “¡Qué felices somos!”; Fidel Castro Ruz: El superviviente; Roger Cortez Hurtado: Los “12 apóstoles” de los años de fuego; Filemón Escóbar: Filippo, el vendaval; Loyola Guzmán: Un encuentro en la selva “entre damas y caballeros”; Cayetano Llobet: Así nomás había sido… Tano; Carlos Mesa Gisbert: Testigo, cronista y protagonista de la historia; Víctor Paz Estenssoro: Paradigma de una época; José Antonio Quiroga Trigo: La saga de los Quiroga Santa Cruz; Marcelo Quiroga Santa Cruz: La última campaña; Simón Reyes: Un hombre “curtido ante la muerte”; Eduardo Rodríguez Veltzé: Un negociador pragmático en busca del tiempo perdido, y Hernán Siles Zuazo: De puño y letra, al borde del abismo.
Ajetreado por su nuevo libro, Juan Carlos el Gato Salazar ya sabe que su nueva obra superará las 350 páginas con más de una veintena de semblanzas o “aproximaciones” a personajes que conoció a lo largo de su carrera periodística que comenzó a finales de los sesenta a bordo de la Agencia de Noticias Fides (ANF).
De esos años mozos del periodismo, Salazar recupera, por ejemplo, a Luis Espinal, el sacerdote jesuita que fue asesinado en marzo de 1980, cuatro meses antes del golpe de Estado que dirigió Luis García Meza. “Lucho era tímido y modesto. ‘¿En qué puedo ayudar?’, dijo, a manera de presentación, el día que llegó a la redacción de Radio Fides (donde también funcionó la ANF). ‘Es un tío listo’, nos había advertido en la víspera el director, José Gramunt, jesuita como él. Era una manera de decir que no venía a aprender, sino a enseñar. Pero él no pedía nada ni daba instrucciones a nadie. Se ponía a disposición de todos, pese a la bisoñez de sus colegas, porque, como ya se sabe, su filosofía consistía en gastar la vida —y los conocimientos— en los demás”.
De hecho, los textos del Gato Salazar reflejan, de cierto modo, varias de las facetas de su recorrido por las rutas del oficio que lo llevó hasta la jefatura del servicio en castellano de la agencia alemana DPA. Por eso es que entre estos artículos aparecen personajes como del líder cubano Fidel Castro, “el superviviente”: “Nada le gustaba más que evocar sus glorias y hazañas en la conquista del poder. ‘Fue una empresa de locos antes que de estrategas militares’, nos dijo al recordar el día que se embarcó en el Granma en el puerto veracruzano de Tuxpan, el 25 de noviembre de 1956, para iniciar la lucha revolucionaria en la Sierra Maestra. Fidel Castro, el superviviente, hablaba con un reducido grupo de periodistas en la isla de Cozumel durante la sobremesa de una cena, aderezada de añoranzas y nostalgias, con el presidente mexicano José López Portillo como anfitrión, que se prolongó hasta la madrugada. Era mayo de 1979”, cuenta.
“La semblanza, uno de los géneros más atractivos del periodismo, requiere de un tono y un hilo conductor. Son las anécdotas, entendidas como sucesos circunstanciales, las que conforman el derrotero de esa gran crónica que es la vida, y es el entorno el que da sentido a esos pequeños acontecimientos. En todo caso, la semblanza no es una historia de vida, como se supone, ni siquiera un perfil, sino una visión fugaz, la percepción del destello de una trayectoria, un trazo que apenas insinúa contornos y contextos, sin precisar facciones ni semblantes. No es, pues, una fotografía, sino apenas una apariencia”, señala Salazar en la introducción del libro que será presentado el miércoles 6 de junio.
Esta entidad, la decana del gremio periodístico del país, galardonó a Salazar en 2016 con el Premio Nacional. Ese mismo año había dejado el ejercicio activo del oficio tras dirigir la ANF, donde comenzó, y Página Siete. En 2017, cuando se cumplieron 50 años de la muerte del Che Guevara, presentó La guerrilla que contamos, junto a sus colegas y amigos José Luis Alcázar y Humberto Vacaflor. El tomo fue un éxito editorial. El Gato espera, en este caso, dar un buen testimonio de su credo: contar esas historias reales, crudas y relevantes, pero esta vez desde la sabiduría de su experiencia que ayuda a comprender de mejor manera la historia y sus contextos.
Un poco más modesto, el autor anota que su nuevo aporte es en realidad una serie de “aproximaciones” a la vida de un puñado de personajes a los que se vinculó por amistad, “en la mayoría de los casos”, o por simples relaciones profesionales “en todo caso, circunstanciales”. Además, el cronista de estas semblanzas también pinta a través de sus escritos sus propias vivencias. La obra también incluye retazos de algunas conversaciones que se presentan a manera de entrevistas. La idea, según dice, es reflejar a los elegidos desde sus propias opiniones.
“Los personajes no han sido elegidos al azar. La selección tiene que ver, como todo lo que ocurre en el periodismo, con la pertinencia noticiosa. Ha sido su fugaz asomo a la actualidad mediática, en algunos casos, o esa última anécdota vital que es la muerte, en otros, lo que ha llevado al memorioso a recuperar estos pedazos de vida, que tienen más sentido de testimonio que de homenaje. Antes que semblanzas, prefiero llamarlas apariencias —a sabiendas de que las apariencias (casi) siempre engañan—, porque simplemente son eso, percepciones, apuntes elaborados a imagen y semejanza de alguien”, explica el periodista.
Leer los escritos del Gato Salazar es una experiencia gratificante y altamente ilustrativa. Y es que estas semblanzas plantean también “unas aproximaciones” a escenarios variopintos que, en suma, ayudan a comprender el presente, a mirar a los personajes de estos años como el resultado de una historia siempre inconclusa.
Mario Moreno era un actor novato cuando olvidó su monólogo en pleno escenario. Paralizado por el pánico, en medio de las burlas y rechiflas de un auditorio agresivo y exigente, comenzó a balbucear palabras y frases sin sentido, en un monólogo enrevesado que arrancó sonrisas, primero, y sonoras carcajadas, después.
“¿Qué está pasando?”, susurró, muerto de miedo, a su compañero de rutina, el también cómico Estanislao Shilinsky. “¡Sigue así!”, le respondió. “Se están riendo porque dices mucho y al mismo tiempo no dices nada”. En ese momento, Mario Moreno supo que había triunfado. Acababa de nacer Cantinflas.
El célebre comediante mexicano, a quien Charles Chaplin elogió como uno de los mejores de su época, tenía 20 años cuando abandonó sus estudios de medicina para dedicarse a la actuación. Ganador del Globo de Oro por La vuelta al mundo en 80 días (1956), Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes -su verdadero nombre- protagonizó 39 largometrajes, siete cortometrajes y tres películas internacionales.
Fue el sexto de doce hijos del matrimonio formado por el cartero Pedro Moreno Esquivel y María de la Soledad Reyes Guízar. De los doce, sobrevivieron ocho. Nació el 12 de agosto de 1911 en el barrio de Santa María la Ribera, pero se crió en el de Tepito, uno de los más pobres de México, cuna del “peladito”, el típico personaje de la clase baja, pícaro, audaz y simpático, el pobre que supera las adversidades, pero nunca progresa ni asciende de clase social, a quien interpretó magistralmente en el celuloide.
Ayudante de zapatero, limpiabotas, cartero, taxista, boxeador aficionado, bailarín y aprendiz de torero, hizo de todo antes de subir al escenario para ganarse la vida como artista. Decía que había adoptado el nombre de Cantinflas para no avergonzar a su familia. Aunque nunca precisó el origen de su apodo, sus biógrafos lo atribuyen a una contracción de las expresiones “cuánto inflas”, por parlanchín, o “en la cantina inflas” (en el argot mexicano, “inflar” significa beber).
Debutó en 1936 con No te engañes corazón, pero su primer éxito fue Ahí está el detalle (1940), donde desplegó sus dotes y consagró al personaje. La frase que le dio nombre a la cinta fue la muletilla de toda su carrera. Luego siguieron El gendarme desconocido, A volar joven, El siete Machos, Caballero a la medida y Abajo el telón, entre sus películas en blanco y negro, y El bolero de Raquel, El analfabeto, El padrecito y El profe, en su producción a color.
Con su pantalón a media cadera, su “gabardina” colgada del cuello, su sombrerito de pico y su bigotito ralo, casi pintado, supo captar la viveza, la astucia y el “rebuscarse la vida” del “peladito”, a quien el cronista Carlos Monsiváis definía como el lumpen proletario, “el que nada lleva y nada tiene (…), el que nunca tuvo con qué cubrirse”.
Según el escritor, Cantinflas es “la erupción de la plebe en el idioma”, porque “así merito” habla el mexicano del pueblo. Su “estilo” –dice– es una “brillante incoherencia”. En la “manipulación del caos” y la “completa emancipación de palabras y frases”, lo enredaba todo: “Y le dije. Y entonces, ¿qué dices? Ni me dijo nada, nomás me dijo que ya me lo había dicho, y entonces, ¿qué?, como no queriendo. Entonces, pues, yo digo, ¿no?”.
La Academia de la Lengua reconoció las palabras Cantinflas, cantinflada y cantinfleo, los adjetivos cantinflesco, cantinflero y acantinflado y el verbo cantinflear para definir el modo de “hablar o actuar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada con sustancia”.
Al intervenir en una polémica entre dos líderes sindicales, uno de ellos había desafiado al otro a demostrar su “capacidad dialéctica” en un debate con Cantinflas. El cómico aceptó el reto y le lanzó la siguiente perorata: “Ahora voy a hablar claro, camaradas: hay momentos en la vida que son verdaderamente momentáneos. Y no es que uno diga, sino que hay que ver. ¿Qué vemos? Es lo que hay que ver. Porque, qué casualidad, camaradas, que poniéndose en el caso, no digamos que puede ser, pero sí hay que reflexionar y comprender la sicología de la vida para analizar la síntesis de la humanidad. ¿Verdad? Pues, ahí está el detalle”.
Paradójicamente, era un hombre serio en su trato cotidiano. Vestía íntegramente de negro, de pies a cabeza, y usaba unas gafas oscuras que acentuaban su gesto adusto. Así lo vimos el día que lo visitamos con Alfonso Gumucio en su oficina de la colonia Roma de la capital mexicana, para una entrevista para la agencia DPA.
“Cuando inicié mi carrera como actor cómico, mi familia se oponía. Prefería que yo fuera doctor o licenciado, pero yo insistí en el show bussines y para que mi familia no lo supiera, comencé a inventar nombres que fonéticamente me gustaran, y entre ellos encontré el de Cantinflas. Mi familia lo descubrió mucho después”, nos dijo en esa oportunidad.
Para muchos críticos, Cantinflas era una versión latinoamericana de los vagabundos del cine cómico mudo, particularmente de Chaplin, pero él no reconocía tal influencia. “En realidad, no le debo nada al cine mudo norteamericano, pero sí le tengo mucha admiración a mi amigo Charles Chaplin, que fue un gran comediante”, afirmó.
Autor del libro Vocabulario para entender a los mexicanos, el escritor Héctor Manjarrez dice que “los mexicanos no hablan como Cantinflas, pero piensan como él”, sobre todo los políticos, en quienes el cantinfleo es más que evidente, “por los rodeos verbales que dan para no llegar a ninguna parte”.
Interpretó a los políticos en varias películas, como Si yo fuera diputado y Su excelencia, y los ridiculizaba cada vez que se refería a ellos en sus cintas, burlándose de su demagogia. Decía que “el poder político es simplemente el poder organizado de una clase para oprimir a otra”, y que los políticos habían convertido la democracia en una “dedocracia”, donde “todas las cosas salen al dedillo” de los propios líderes.
Tenía fama de conservador, afín al partido de gobierno, aunque
sus personajes le dieron la reputación de defensor de los pobres, enfrentado al
poder. “Algo malo debe tener el trabajo o los ricos ya lo habrían acaparado”,
dijo en una ocasión. “A pesar de ser tan pollo, tengo más plumas que un gallo
y, sobre todo, tengo ganas de hacer justicia y darle al pueblo lo que el pueblo
necesita”, afirmó en otra.
Fallecido un 20 de abril de 1993, él mismo dictó su epitafio: “Parece que se ha ido, pero no es cierto”.