Con el idioma de la rabia

Augusto Vera Riveros

Tomo el libro y mi pulgar izquierdo se interpone entre la escueta semblanza de un maestro del periodismo boliviano y la página 33, a que le antecede.  No supe si hojear u ojear ante la indiscriminada agrupación de personajes de la historia –preferentemente de la segunda mitad del siglo XX–, lo que me provocó cierto desconcierto sobre su contenido.

Semejanzas: Esbozos biográficos de gente poco común (Plural, 2018) llegó a mis manos de forma casual, sí; pero inconscientemente buscado, porque antes ya tuve la oportunidad de leer y reseñar una magnífica obra de coautoría de Juan Carlos Salazar (JCS).

Me congratulo, porque el albur hizo marcar aquella página dedicada a Héctor Borda Leaño, a quien de muy niño vi sin saber por qué llamaba mi atención. Después supe algo más de él, no mucho; había una gran distancia generacional; pero ver su imagen y el subtítulo que da nombre a la presente reseña, estimuló mi curiosidad.

Creo  que toda obra literaria constituye una unidad indisoluble que no admite valoración a primera impresión. Y entonces se vino abajo aquélla, que me provocó de inicio ver a Juan Rulfo y Cesar Luis Menotti, entre quienes no parece haber mucha semejanza, pero Semejanzas no es una obra histórica que segmente circunstancias o personajes y la ubicación grupal de todos los que en el libro aparecen.

Más bien obedece, creo yo, a una generosa consideración horizontal del autor respecto a la figura de cada uno de aquéllos. Y ante eso, el lector puede comenzar a leerla por cualquiera de sus partes y dentro de ellas, por cualquiera de sus personajes, lo que no justificaría dejar inconclusa ninguna de sus páginas, porque es probable que solo al final de ellas se haga una reflexión cabal sobre el carácter holístico del conjunto de su texto.

Y, con ese preámbulo, resulta complejo categorizar el género literario de Semejanzas, en tanto no son biografías strictu sensu, pero riesgoso sería considerar que sus páginas contengan datos históricos en la rigurosidad del concepto. Cuando leí La guerrilla que contamos, percibí que Salazar no es escritor de encasillamientos literarios; su pluma fluye con soltura, haciendo uso de un talento nato, propio del periodista que sabe de lides del oficio desde que era un imberbe. Así, podría decirse que son perfiles, historias de vida, facetas personales de cada uno de los que protagonizan la cuarentena de vidas y, aún, rasgos de una época.

Si hay algún atributo común en esta obra de mediano volumen pero de importante contenido, es que todos, con contadísimas excepciones, han tenido una relación con el autor, aunque sea efímera, como él mismo señala en la introducción metodológica.  Esa interacción hace posible un recurso testimonial directo y con el aprovechamiento que JCS tiene en el manejo comunicacional, se crea una combinación que desahucia cualquier posibilidad de distorsión del temperamento del personaje.

Ahora bien; el libro, que parece aproximarse al subgénero biográfico, no aspira al papel de instrumento heurístico, porque nada hay de inédito en su metodología, pero la literalidad estilística ecléctica a que JCS acude lo muestra en una faceta de historiador antropológico, en tanto cada semblanza apareja una descripción individual del pensamiento y las experiencias en el campo que a cada uno le cupo desempeñar en su vida y que él considera trascendente divulgarlas.

Así, Semejanzas se reparte en lo que la teoría denomina historias de vida, como subgénero de la biografía en su definición clásica, y en lo que en la técnica literaria se conoce como fuentes orales. 

Es decir que en el libro concurren técnicas distintas pero no antagónicas. Para Amalia Decker, se emplea una narración en primera y tercera persona, y casi en todos los casos, salvo error u omisión, el expediente de la entrevista. Esa danza de técnicas parece caótica, pero hay un orden y armonía que va más allá de la simple recopilación de datos que suele casi siempre ser fría, porque eso es biografía pura, con móviles distintos del escritor.

En la entrevista hay una estimulación al entrevistado de manera que siga un hilo conductor de su narración para garantizar la profundidad de la información (que no tiene por qué ser sinónimo de amplitud literaria). De hecho, en ese ámbito hay asimetrías entre personajes que no debe y no tiene porqué entenderse como inicua asignación del autor a uno u otro. La acuciosidad de JCS se traduce fielmente en la intención que tiene de transmitir al lector substancia y no cantidad.

Una particularidad es la transcripción que refleja adecuadamente el estilo personal de cada figura. A propósito de ello, es probable que exista cierta incoherencia en la clasificación de algunos de ellos en los diferentes segmentos temáticos. 

Una historia de vida-fuente oral por demás objetiva es la del exministro del Interior de 1983, que siendo uno de los hombres que más sabía de las argucias de la política, de los más polémicos de su tiempo y no siempre cristalino, debió formar parte del tercer bloque (política) del libro. Conocedor como era de las intrigas del oficio, Gustavo Sánchez, querido y odiado por idénticas causas, confesó al autor: “Todo gobierno tiene un hijo de puta, y yo soy el hijo de puta del gobierno de Siles Zuazo”. Pero ésos son aspectos anecdóticos que en nada enturbian el formidable contenido de Semejanzas.

En breves semblanzas biográficas también puede adscribirse este trabajo, que abre paso al conocimiento de vidas yuxtapuestas, a las que solo identifica el ámbito temporal, y hábilmente condensadas por un escritor que tiene la ventaja del oficio periodístico, lo que le permite lograr un enfoque integral gracias al trabajo de campo que hizo en casi todos los casos, respetando rigurosamente el estilo narrativo propio de cada personaje, y compartiendo en consecuencia la autoría, en cierta manera, con quienes no siendo formalmente creadores, han puesto su sello propio, sello que JCS respeta puntillosamente. 

En consecuencia, el escritor, al ajustar los monólogos, o las interlocuciones en su caso, a los cánones literarios y periodísticos que no colisionen con el perfil psicológico o social del personaje, está en cierta forma recurriendo al lenguaje de cada uno de ellos, predominantemente de rebeldía, sin renunciar a una prosa muy de su estilo y en un idioma muy suyo, atildado; matizando en cada caso particular en conformidad con quien de él o ella trata. Por eso, más que en un lenguaje rabioso, Semejanzas nos habla en un idioma que supera cualquier obstáculo emocional.

Página Siete – 24 de julio de 2020

Marcelo

Adela Cortina define la ética como “la búsqueda del bienestar humano a través del deber ser  para lograr la felicidad de la humanidad”, y sostiene que “el espacio de realización de la ética es la política”. Marcelo Quiroga Santa Cruz no llegó a conocer la obra de la filósofa española, puesto que ésta no había publicado todavía La moral del camaleón: ética política para nuestro fin de siglo (1991) y Ética aplicada y democracia radical (1993), pero nadie como el líder socialista hizo de la política el “espacio de realización de la ética” como postulaba la pensadora valenciana.

Marcelo fue asesinado el 17 de julio de 1980 por los paramilitares y militares de García Meza y Arce Gómez. Sus restos permanecen secuestrados. Las Fuerzas Armadas, que como institución tienen una inocultable responsabilidad en el golpe, mantienen desde entonces un silencio cómplice, responsabilidad que alcanza al presidente huido, quien, como  Capitán General, no hizo nada durante 14 años –excepto utilizar indebidamente su nombre– para devolverlos a la familia.

Si Marcelo practicó la “ética de los ciudadanos”, la ”ética cívica”, en el sentido de que “no se puede construir un país  si no hay unos elementos éticos que todos compartan” –como sostiene Cortina–, el líder socialista supo también interpretar las reivindicaciones de los marginados a partir de la convicción –para citar nuevamente a la filósofa española– de que “el pobre no puede aspirar a ser feliz», mientras lo sea, y de que la pobreza  “no es sólo falta de recursos, es falta de libertad para llevar a cabo los planes de vida”.

Evoco  a la autora de Aporofobia: el rechazo al pobre, la más popular de sus obras, para explicar la vigencia del legado de Marcelo a 40 años de su asesinato, presencia que parece acrecentarse en momentos de crisis, como los que hemos vivido en el pasado reciente y los que estamos viviendo actualmente, tal vez por aquello que el mismo Marcelo decía a manera de advertencia: “Cuando en una nación nadie sabe señalar el camino a seguir, cualquiera que señale un camino será seguido, ciegamente, aunque sea al desastre”.

Nada definió mejor la conducta personal y política del líder socialista que el título de uno de sus documentos programáticos más emblemáticos: “Una sola línea”. Es lo que hizo a lo largo de toda su vida, seguir la línea que le trazaban sus principios morales, por encima de los políticos e ideológicos, porque, si estamos de acuerdo con él, toda praxis política responde a la concepción ética que la sustenta.

Son esos valores los que lo llevaron a reflexionar sobre la dramática realidad boliviana y a buscar soluciones para enmendarla. “¿Qué lo llevó a la política?”, le preguntó un periodista en una entrevista reproducida por Hugo Rodas Morales en su magnífica biografía (Marcelo Quiroga Santa Cruz: El socialismo vivido): “Ni mis escritos ni mis lecturas”, respondió. “Fue la experiencia cotidiana en nuestro medio. Creo que no hay otro país como Bolivia, en América Latina, donde se observen  contrastes tan lacerantes (…).  Es la vida misma la que me ha llevado a mí a la vocación y la práctica de la política”.

La coherencia es una virtud escasa en el mercado político. Lo que sí abundan son los pretextos para justificar los cambios de rumbo, los golpes de viento que marcan los giros de las veletas. Marcelo decía lo que pensaba y hacía lo que decía. Criticaba a “los complacientes, oportunistas y claudicantes de ayer” que se mostraban como “los intransigentes del día siguiente” y a los que utilizaban un lenguaje reservado y otro público. Y pedía que “no se contradiga en el balcón de discursos lo que se comprometía en el pasillo de la negociación”. En otro documento emblemático (Lo que no debemos callar), decía que “la tarea del político no es la del creador; nada debe inventar”, sino “expresar lo que yace inexpreso en el fondo del espíritu colectivo; objetivizar una latencia”. 

Marcelo solía repetir ese viejo proverbio árabe que dice que “el hombre se parece más a su época que a su padre”. Marcelo vivió su tiempo e intentó dar respuesta a los problemas y desafíos de la Bolivia del siglo XX.  Creía en una “revolución integral”, que definía como “un ánimo colectivo de renovación”, que involucrara a ciudadanos, partidos políticos, sindicatos y empresas, y que solucionara la cuestión del pan y respetara la libertad. Pero, ante todo, decía que esa revolución “debe ser moral”.

Un día después de la sentencia de muerte que pronunció García Meza, cuando lo amenazó públicamente con “ponerlo en su lugar”, Marcelo me dijo: “Si los militares quieren matarme, lo harán, haga lo que haga. Tendría que ocultarme debajo de las piedras o irme del país, y eso no lo voy a hacer (…) No puedo rehuir a mis responsabilidades ni renunciar a mis convicciones”. No lo hizo.

Es el Marcelo que conocí, el amigo y compañero, el hombre de una sola línea, cuya coherencia política y personal lo levó a la muerte. Nunca su presencia fue tan necesaria como hoy. Pero nos queda su palabra, como guía y esperanza. Como dijo en una oportunidad: “Cada día se yergue Bolivia por la primera vez. Por esto su marcha tiene toda la vacilación de un tambaleante ambular infantil y esta misma razón explica el que sus siempre primeros pasos terminen en una lamentable caída”.

Página Siete – 16 de julio de 2020

Fe de erratas

Marcelo Quiroga Santa Cruz solía decir que “la realidad es la fe de erratas de la política”. Son los hechos, puros y duros, los que corrigen y enderezan las acciones de los políticos, más allá de sus intenciones, porque es la realidad, con su terquedad cotidiana, la que finalmente hace que la política sea “el arte de lo posible”, según una conocida definición.

La pandemia del coronavirus es la realidad que está marcando la política de los últimos meses, no sólo en Bolivia, sino en todo el mundo. La “nueva normalidad” está obligando a los gobernantes a buscar soluciones para males desconocidos en un recetario todavía inexistente, porque la crisis que está viviendo la humanidad ha hecho añicos las recetas tradicionales. Se dice que es fácil gobernar en tiempos de bonanza y que el verdadero líder muestra de qué mimbres está hecho cuando debe remar con el viento en contra. Pues bien, ahora es cuando.

A diferencia de otros países, Bolivia está enfrentando una doble crisis, la política y la sanitaria, y está entrando a una tercera, la económica. A la dramática falta de infraestructuras y recursos para hacer frente a la pandemia y a la tormenta económica y social que se avecina, se ha sumado la ausencia de consensos políticos mínimos, producto de la polarización que divide a la sociedad y que se expresa en una creciente presión de inadmisibles radicalismos.

Está claro que ningún país estaba preparado para proteger a su población de la pandemia, pero el caso de Bolivia tiene como factor agravante el despilfarro de 14 años de bonanza. El escritor español Javier Marías dijo alguna vez que  “el  cinismo  es la expresión de la  brutalidad  en estado puro”, la brutalidad entendida como la falta de razón. Cinismo y necedad, además de una total ausencia de autocrítica, es lo que advertimos en las declaraciones de Evo Morales y su vicario en Bolivia cuando pretenden negar lo evidente, que nos dejaron una sanidad pública en cueros.

La crisis política tiene manifestaciones altamente preocupantes, como el enfrentamiento entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, la gestión partidaria de algunas instancias municipales opositoras y el activismo claramente subversivo de ciertas organizaciones sociales afines al presidente huido.

La participación política y la libertad de manifestación son derechos consagrados por la Constitución, pero pierden su esencia y justificación cuando atentan contra el bien público. ¿Qué se puede decir de los bloqueos del trópico? ¿Cómo se puede entender el bloqueo legislativo masista a los créditos internacionales para combatir la pandemia? Son atentados a la salud pública.

Una de las manifestaciones más graves de la crisis política se está dando en torno al Tribunal Supremo Electoral, la única institución surgida del consenso político, a propósito de la fecha elegida para las elecciones generales. Es grave porque la campaña pretende restar credibilidad y legitimidad al árbitro, presidido por un experto de reconocida solvencia ética y profesional, que debe garantizar la transición democrática mediante una elección libre y transparente.

Nadie podría pronosticar el curso de la pandemia en los dos próximos meses, pero seguramente la curva no habrá moderado su actual ascenso. No tengo ninguna duda de que la autoridad electoral tomará todos los recaudos de bioseguridad para proteger la salud de funcionarios y electores, pero un acto comicial en tales condiciones implica también riesgos políticos importantes, como el de la legitimidad, que podría resultar afectada por una elevada abstención, sobre todo en los centros urbanos. Como se está viendo en otros países, el miedo al contagio está inhibiendo a los ciudadanos a acercarse a las mesas de votación. Y no es para menos.

La explosión de la pandemia es la realidad -la fe de erratas- que determinará el futuro de las elecciones, más allá del deseo de sus actores y protagonistas. Como ya lo hizo una vez al modificar la fecha inicialmente prevista para la cita en las urnas, seguramente el tribunal analizará en su momento la nueva situación, sopesando no sólo el factor sanitario, sino también el político, en ese difícil equilibrio que le ha tocado administrar. La mala noticia es la falta de consensos mínimos. 

En todo caso, no está dicha la última palabra, ni en éste ni en otros temas, ni en la crisis que afecta al país ni en la que agobia al propio gobierno, cercado por dos poderes del Estado y enfrentado al tercero, presionado desde la calle y sin recursos para enfrentar la pandemia, tras haber renunciado a su papel rector de la transición al tomar partido en la pugna electoral. 

Me pregunto si la terca realidad, esa “fe de erratas” de la que hablaba Quiroga Santa Cruz, convencerá a la señora Jeanine Añez de que no es posible ser parte de la procesión y tocar las campanas al mismo tiempo.

Página Siete – 2 de julio de 2020

La serenata amorosa de Gladys Moreno

Raúl Otero Reiche se refirió a su canto como el milagro de “la sonrisa y la fuga de luciérnagas en el bosque de esmeralda”, la “cántiga amorosa” de la serenata que sube al balcón “por las escalas de la luna”; Eduardo Mitre, en cambio, la evocó en la nostálgica distancia como “la voz de un sueño”. Gladys Moreno, ícono del pentagrama boliviano, sedujo a poetas y embrujó a generaciones con su arte.

Nació en Santa Cruz de la Sierra el 28 de noviembre de 1933. Acunada en el buen gusto por las artes, perteneció a ese linaje provinciano de antaño que se educaba en la biblioteca familiar y desarrollaba sus aptitudes musicales en el piano de los abuelos. Era descendiente del historiador, bibliógrafo y crítico literario Gabriel René Moreno y nieta del director de la Filarmónica del Beni, Zacarías Cuellar.

Su biógrafa Beatriz Rossells la describe como una mujer de “figura muy esbelta, talle de palmera, cara alargada y fina, belleza nada convencional, nariz larga, boca sensual, mirada penetrante un tanto huraña, mezcla de Anouk Aimée y Capucine”. Para el escritor e historiador  Porfirio Díaz Machicao, era “un colibrí de rosedal que el cóndor mira desde la altura”, una artista de “trino cálido y encanto camba para el oído kolla”.

Vivía la música, como le confesó a Rossells, con el “corazón estrujado”, tal como reflejaba el tono doliente y desgarrado de sus polcas y valses. De tanto “meterse” en su canto, según le dijo a su biógrafa, sentía que volaba y que su voz viajaba hasta el infinito. Y así lo creían también sus miles de admiradores. Como opinó un comentarista de la época, la artista expresaba en cada nota “su propia ternura, su propio dolor y su propia felicidad”. Y la ternura, el dolor y la felicidad de los demás.

Hija de un militar cruceño, el coronel Rómulo Moreno Suárez, y de Hortensia Cuellar Rivera, oriunda de Santa Ana de Yacuma, Beni, heredó la vena musical de su abuelo y de su propia madre, quien tocaba varios instrumentos y era aficionada al canto. Vivió desde su infancia entre Santa Cruz y La Paz a causa de la profesión de su padre. Estudió en los colegios Alemán e Inglés Católico de la sede del gobierno.

Se sintió atraída por la música desde su niñez. Tarareaba las chobenas que le escuchaba cantar a su madre y permanecía durante horas pegada a la radio, atenta a las canciones en boga, al punto de aprender de memoria sus letras y tonadas para después cantarlas en las fiestas familiares. Era la época en que la radiodifusión boliviana cobraba auge al compás de Radio Illimani. A través de sus ondas escuchó a un dúo folklórico, Las Kantutas, que interpretaba bailecitos, cuecas, taquiraris y carnavalitos con el acompañamiento de Jorge Luna y Gilberto Rojas. “Quiero ser como ellas”, le había dicho a su madre. 

En La Paz se incorporó al coro del Colegio Alemán, donde recibió la única y elemental enseñanza musical de su vida. Nunca pensó en el canto como profesión. De hecho, estudió secretariado, como muchas jovencitas de su tiempo, y trabajó como maestra de kínder. Del salón familiar y las fiestas de beneficencia, en las que también solía actuar, saltó a una emisora local, Radio Electra, que le dio su primera oportunidad. Tenía entonces 15 años. 

Pero fue el sello Méndez, la empresa que inauguró el negocio discográfico en Bolivia, el que le abrió las puertas en 1948 para que grabara sus primeras canciones, un disco de vinilo de 78 revoluciones por minuto (RPM), con solo dos temas, uno por lado, Para decir que te quiero y Vida de mi vida. Lo hizo a invitación de Gastón Méndez y Lola Sierra de Méndez, quienes llegarían a tener una influencia decisiva en su carrera artística. 

Si Méndez le abrió las puertas, La Pascana, el tradicional salón cruceño ubicado en una esquina de la plaza principal de Santa Cruz, la lanzó a la popularidad. Allí cantó los fines de semana durante varios años, tantos que su nombre quedó indisolublemente ligado a ese escenario.

Poco a poco llegaron los éxitos. Invitada por una empresa brasileña, grabó dos discos para la RCA, en 1958 y 1959, en una época en que ningún artista boliviano había cruzado las fronteras. Cantó en el Manhattan Center de Nueva York, en 1976, y compartió escenario con Raúl Shaw Moreno, integrante del famoso trío mexicano Los Panchos, probablemente el cantante romántico boliviano más conocido a nivel internacional, autor del bolero Cuando tú me quieras.

Durante su carrera de más de 30 años, con varias interrupciones motivadas por las prioridades familiares, grabó nueve discos de larga duración, con un repertorio de gran versatilidad, que incluía  taquiraris, cuecas, carnavalitos, polcas y valses de los grandes poetas y letristas del folklore nacional, como Simeón Roncal, Gilberto Rojas, Raúl Otero, Roger Becerra, Ambrosio García, Nilo Soruco, Pedro Shimose, Percy Ávila, José Ferrufino, Nicolás Menacho y Lola Sierra de Méndez, entre otros.

Aunque ya había actuado en las radios Altiplano y Nueva América de La Paz, tuvo un gran debut ante el público paceño en el Club Sahara del Hotel Copacabana, en El Prado, en un show que reunió a un selecto grupo de poetas, periodistas, pintores e intelectuales. Pedro Shimose, autor de uno de los grandes éxitos de la artista, Sombrero de Saó, quien asistió a la velada, dijo que su voz “electrizó” al público. 

Como escribió Rossells, “tenía unos registros que establecían una especie de cables de alta tensión entre los ojos, los oídos, la mente, el corazón y el cuerpo de los oyentes y el canto y la presencia de la artista”. Sus interpretaciones, sin importar el género, tenían un profundo tono romántico, producto de un sentimiento que parecía brotar de su propia vivencia, porque, como ella misma decía, no cantaba nada que no la conmoviera.

Según Díaz Machicao, citado por Rossells, su canto, “pleno de matices aterciopelados, ronco y embriagador”, se acomodaba “a toda nostalgia”, sin apartarse de la “volcánica pasión que conmueve y seduce” de la música oriental. Nadie reflejó mejor que ella el desgarro del desamor, la añoranza del amor perdido, el dolor por la querencia traicionada y el tormento de la pasión comprometida. “Tu voz y tus palabras”, le dijo el poeta Eduardo Mitre, “no se separan en el silencio”. 

Era la fiel intérprete de las “cántigas” de los trovadores y juglares de su tiempo, la personificación –como la define su biógrafa– de la “canción enamorada”. Y así se muestra en Perdóname, el vals de Roger Becerra.

Perdona que te quiera

Así como te quiero

Yo no creo que exista, amor como mi amor

Y si en el mundo alguien quiere como te quiero

Estará sufriendo mucho como estoy sufriendo yo.

No puedo remediarlo y mas y mas te quiero

Y estando convencida de tu sincero amor

Aún no he conseguido sabiéndome tu dueña

Poder hallar la calma para mi corazón.

Para el filólogo y crítico literario Luis H. Antezana, las interpretaciones de Gladys Moreno “diseñan mundos, despiertan tensiones, recuerdan caricias, cometen errores, arman tradiciones, despiertan horizontes”, que sin ese valor agregado, “su canto podría nomás perderse en el cúmulo de  los que cantan… sin cantar, sin permanecer en la memoria y discernimiento colectivos”.  Es el sello que  impone a su versión de Ojos negros,  la polca de A. Pinker y J.R. Moreno Kreider.

Nunca tuve yo un querer,

como el que siento por ti.

Sólo sé mi dulce amor,

que los ojos que yo vi, 

me enloquecen sin piedad.

Ojos negros que al mirar,

me despiertan la pasión

y me dan felicidad.

Siempre vida te amaré, 

con todo mi corazón.

Cada día más te querré,

por tus ojos de carbón

embrujada me quedé.

La artista no tenía géneros favoritos, aunque parecía sentirse más cómoda con los boleros, los valses y las polcas por las posibilidades dramáticas de su poesía, pero similar talento desplegaba en la interpretación de un taquirari, como en Quise darte, de Roger Becerra y Ambrosio García, en el que la alegría del ritmo no le impide transmitir el dolor de la ruptura amorosa.

Truncó la vida mis sueños

de realizar la ambición de tener, 

tu amor vigente y risueño, 

con su ternura de beso y de ayer.

Se fue la estrella escondida, 

que yo llevaba en mi fuego interior.

Quedó tan solo la herida en el rubor de mi loca ilusión.

Ahora el amor se acabó, 

y sin querer te perdí, llevando adentro el penar,

de lo que fuiste y no fui.

La cantante solía recordar su niñez en la hacienda Patujú, propiedad de su tío Germán Moreno Suárez, ubicada en la campiña de Montero, cuya belleza natural influyó decisivamente en la formación de su personalidad infantil, dotándola de una sensibilidad que le permitiría, años después, transmitir lo que un diario cruceño describió como “el extraño embrujo de la tierra amada” y  la “cálida y lujuriante belleza oriental”. 

Ambiente y sentimiento que ella reflejaba en cada una de sus interpretaciones folklóricas, como en los taquiraris Lunita camba, Alborada, El trasnochador, Sombrero de Sao y El carretero,  los valses Alma Cruceña y Misterios del Corazón, los carnavalitos Viva Santa Cruz y Soledad,  o la cueca Sed de Amor, ritmos y letras en los que impuso su impronta personal, un estilo con sabor a buri, banda y tamborita, apoyada por el acompañamiento de los tríos Los Cruceños y Los Cambitas.

Como se lee en la presentación de uno de sus discos, la cantante traducía “con delicadeza y sentimiento inigualados las emociones, las inquietudes y las ternezas del pueblo oriental” como “la más feliz intérprete del alma cruceña”. Fue intérprete e inspiración de muchos poetas, no sólo por la belleza de su voz, “profunda y llena de matices”, como escribió el periodista y escritor Germán Araúz Crespo, sino también por la “carga expresiva muy personal” de sus interpretaciones. 

En palabras de Otero Reiche, era la serenata con nombre de Gladys Moreno. Hubo quien la comparó con la francesa Edith Piaf y la peruana Chabuca Granda. No la ayudó el aislamiento de la Bolivia de entonces y le faltó la  promoción que requiere todo artista para trascender. Tuvo que navegar sola y abrirse paso a golpe de voz. 

“La vida del músico en los años 50 y 60 era como hoy nomás: andábamos todos ‘yescas’.  Yo no conozco un artista rico en Bolivia, no conozco. Yo lo único que tengo de valor de esos años son mis condecoraciones”, declaró en una de sus últimas entrevistas de prensa. “Yo me estoy muriendo pobre”, agregó, al recordar que nunca recibió las regalías que le correspondían de parte de las discográficas, pese a que vendió miles de placas. 

Casada con Alfredo Tomelic, tuvo una sola hija, Ana Carola. Fue declarada Embajadora de la Canción Boliviana por el presidente Víctor Paz Estenssoro, en 1962, y condecorada con el Cóndor de  los Andes por Lydia Gueiler, en 1980. Actuó por última vez en 1987, junto con la folklorista Zulma Yugar, en el Chaplin Show de Cochabamba.

“Dejé el canto porque me enfermé, de tanto sufrir. Para mí era un sufrimiento cantar porque me metía tanto, pero tanto en el canto, que me olvidaba hasta de mi persona, yo pensaba que estaba volando y solamente sentía mi voz en el infinito. Cuando volvía y terminaba de cantar, estaba completamente agotada, tanta era mi concentración”, le confesó a Beatriz Rossells, autora de la más completa biografía de la cantante (Gladys Moreno: La canción enamorada). 

Falleció el 3 de febrero de 2005, hace 15 años, víctima de un infarto, tras haberse reunido ese día con su grupo de oración y haber departido con sus amigas en un te rummy. “Quería morir sin dar qué hacer y así fue”, declaró a la prensa su esposo, Alfredo Tomelic.

Se sentía feliz –y así lo decía– de haber unido a cambas y collas con su voz. Agradecía a la vida por lo mucho que le dio y a Dios por el don de la canción. “Quiero que mi música y mi voz queden grabadas en todos los corazones de mi patria. Nunca me olviden. Nunca”, es el deseo que recogieron Luis H. Antezana y Marcelo Paz Soldán en el libro multimedia La pascana de Gladys Moreno, editado por el Centro de Estudios Superiores Universitarios, de la Universidad Mayor de San Simón. Y así la recuerda Bolivia.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 19 de junio de 2020